Puerto Rico,
espacio fronterizo y de ruptura de cánones
Tal vez por su
especial coyuntura sociohistórica como Estado Libre Asociado
(1952) escindido entre dos espacios, la isla y los Estados
Unidos, transitados por la “guagua aérea”- Luis Rafael Sánchez
dixit-, Puerto Rico vive varias décadas antes de la
postmodernidad la experiencia híbrida y postcolonial de quienes
andan desterritorializados. Ya la generación del 30 nucleada en
torno a Insularismo (1934), el mítico ensayo de Pedreira
que acuñó la metáfora de la “nave al garete” para una isla sin
rumbo tras el 98, pivotó en torno al asunto identitario -la
tierra, el jíbaro, el polo europeo del mestizaje...-, a tono con
el resto del Nuevo Mundo. Y desde entonces la identidad parece
estar siempre ahí, sinuosa y multiforme, incluso en quienes la
denuncian como “moderna” y “superada”. Las generaciones del 50 y
del 70 -René Marqués, Rosario Ferré, Ana Lydia Vega o Rodríguez
Juliá...- incidieron en la ocupación yanqui y sus consecuencias,
entre ellas la rotunda presencia de una lengua extraña en su
propio territorio. Lo hicieron desde binarismos maniqueos, en el
marco heredado del viejo realismo social (los del 50), o desde
la ironía, el humor y el divertimento lingüístico los del 70.
¿Con qué finalidad? La búsqueda identitaria, el viejo motivo
reutilizado una y otra vez con la urgencia de una literatura que
se hacía eco del colonialismo camuflado tras el E.L.A: “Como la
de sus antecesores -dice Luis Felipe Díaz (2008, 211)-, su
literatura continuó girando en torno a una gran ansiedad
na(rra)cional que los comprometía con un discurso de salvación
patria de estirpe decimonónica”1.
No obstante, la
metáfora “casa=nación”, tan prolífica y con tantos matices en la
literatura de los ochenta (López-Baralt, 2004, 31-64), fue
paulatinamente abandonada. Los escritores se embarcan ahora en
otros experimentos, en una línea más postmoderna/postcolonial,
que contempla la ruptura de géneros (crónica, periodismo,
fotografía, ensayo...) y el abandono de binarismos, mientras se
exploran los intersticios de un país nómada, definido por el
“entre”, con niveles lingüísticos variados y complejos. Por lo
que atañe al tema de este coloquio -reescrituras y
transgenericidades-, ya René Marqués, ensayista, dramaturgo
y renovador del cuento en la generación del cincuenta
adelantó interesantes juegos intertextuales al trasvasar varios
de sus cuentos al teatro (Purificación en la calle del
Cristo/Los soles truncos); además de reescribir el mundo
clásico y la Biblia... Pero será la generación del setenta
la que amplíe y diversifique los juegos de reescritura, en el
marco de la incorporación de los mass-media, la fractura
lingüística y la genérica. Es el caso de Luis Rafael Sánchez con
La guaracha del Macho Camacho; o Rosario Ferré, quien
publica en inglés y se traduce a sí misma al castellano en un
juego de ida/vuelta; también de Edgardo Rodríguez Juliá, al
incorporar estructuralmente la fotografía en crónicas cada vez
más posmodernas y nómadas. Por fin, el de la transgresión y
reescritura histórica en Luis López Nieves, el puertorriqueño
más popular en la red a través de su biblioteca digital
ciudadseva.com.
A pesar de todo, habrá
que esperar a los noventa para un cambio más ¿radical? Esa
circulación transnacional de la cultura, de la que habla Alfonso
de Toro; esa identidad multilingüística y transterritorial
glosada en tantas ocasiones por Martín-Barbero, afecta a un
Puerto Rico que todavía no es nación independiente... Serán el
comic, la hibridación y las reescrituras virtuales de la era
cibernética las que consagren el término de reescritura de la
mano de nuevos autores como Cabiya, Lalo, Acevedo o Aponte
Alsina... generando una literatura híbrida, que se sitúa en los
intersticios genéricos y abre cauces novedosos a la
postmodernidad/postcolonialidad de los escritores isleños.
De virtualidades y
demás cuestiones...
Curiosamente, los
primeros ejemplos al respecto en la literatura puertorriqueña se
deben a intelectuales del setenta, como Eliseo Colón -Archivo
Catalina. memorias online (2000), cuya protagonista es una
computadora-; o Luis López Nieves con sus dos últimas novelas,
El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo
(2009), cuyo molde formal es el email. En breve, irán
seguidos por otros tantos (Cancel, 2007 y Díaz, 2008), lo que
define un nuevo fenómeno -aún más híbrido- que desde el papel
saltará a la blogosfera, incoando nuevas transmedialidades. El
tema es muy amplio y desborda por completo los límites
temporales de que dispongo. Por lo que quisiera concentrarme en
el comentario de las dos últimas novelas de López Nieves, no sin
antes dejar apuntadas algunas peculiaridades de su escritura. Es
un tipo versátil muy alejado del intelectual tipo 30-50-70,
periodista y activista político, profesor y responsable de la
primera Maestría de Creación Literaria en la Universidad
del Sagrado Corazón (2004), dos veces Premio Nacional de
Literatura, traducido al inglés, alemán, francés, islandés y
neerlandés.
¿Por qué lo elijo?
Entre otras cosas por su representatividad; tal vez sea el
escritor puertorriqueño más mediático: no hay más que pinchar
CiudadSeva (1995), su hogar electrónico que tiene ya más de
veinte millones de visitantes. Y porque sirve para echar por
tierra todo intento de encasillamiento generacional, al
incorporar a su narrativa -y recuerdo que por edad (1950)
pertenece a la generación del setenta- no sólo la deconstrucción
de la historia propia de los setenta/ochenta, sino la ruptura de
fronteras entre ficción e historia -eso es Seva (1984)-.
Ha demostrado que se mueve con soltura en la transgenericidad.
Su trabajo minucioso, su capacidad imaginativa que se plasma en
intrigas absorbentes ha heredado de Borges el policial, tan de
moda en Hispanoamérica. Su afición por la historia y las
genealogías lo convierte en creador de ucronías, en las que una
historia falsa sustituye a otra porque no interesa la vieja
búsqueda de la verdad. Es más, le resulta patética la fragilidad
de los símbolos nacionales, sean grandes hombres como Voltaire o
Galileo; o hechos aparentemente palmarios -el 98-.
¿Cuestionamiento postmoderno?
Para quienes no hayan
tenido el placer de leerlo en su momento, Seva, historia de
la primera invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico en
mayo de 1898 es un relato híbrido -transgenérico a tope-, en
el que se integran una serie de cartas, fotos, fragmentos de un
diario de campaña, documentos y notas de un investigador, Víctor
Cabañas, con los que se va tejiendo el hilo narrativo. Todo al
servicio de una historia de la invasión isleña, una historia
épica en la que la invasión se produciría no por Guánica (25 de
julio), sino dos meses antes y por Seva, aldea que lucha con
heroísmo hasta el exterminio a manos del invasor. El paratexto
es imprescindible y en gran medida permitió a su autor jugar con
la recepción, escandalosa, tras ser editado en el suplemento
dominical de Claridad sin referencia alguna a su estatuto
ficcional: hubo manifestaciones, los americanos protestaron
airadamente. Hasta el punto de que Claridad se vio
obligada a publicar un editorial insistiendo en que...“se trata
de un cuento y nada más que de un cuento producto de la
imaginación y la combinación de recursos literarios de su autor,
Luis López Nieves” (López Nieves, 1995, 62). Irónicamente ello
aumentó las protestas de quienes afirmaban que Seva era
la realidad y el Editorial la ficción” (López Nieves,
1995, 64).
¿Simple pasatiempo
lúdico? El autor declaró su pretensión de dotar a los
puertorriqueños de un mito -“Seva es una celebración,
una apoteosis de la puertorriqueñidad viva e indócil (...) Quise
inventar una leyenda, un mito y compartir la emoción de ésta con
los lectores” (López Nieves, 1995, 85). Tal vez... y el fenómeno
tiene precedentes en Hispanoamérica: estoy pensando en el
argentino Mujica Láinez quien manifestó lo mismo a la hora de
redactar Misteriosa Buenos Aires (Caballero, 2001). Pero
eso se produce en un contexto concreto: el debate sobre la
docilidad, la falta de rumbo, el pesimismo... heredados de “El
puertorriqueño dócil” (1962), de René Marqués. “El reto que
presenta López Nieves a este mito es su cuento Seva, un
texto falsamente histórico cuyo propósito no es rescatar una
historia perdida sino reescribirla” (García-Calderón, 1998,
121).Y a fe que se hace. En su nivel profundo el texto es
brutalmente revisionista y paródico, en pro de socavar la
justificación del poder propio de todo discurso histórico -Foucault
dixit-. No en vano, la Historia es también una historia, un
relato más entre otros, como recordara acertadamente Annales
(Bloch, Febvre, Le Goff...), quienes insistieron en el proceso
al documento y la inclusión del imaginario social como ejes de
la historia de las mentalidades... “La ficción configura la
historia: funda al inventar” -ha escrito Fernando Aínsa (1991)-.
El relato histórico es una reconstrucción narrativa, luego los
acontecimientos se construyen al mismo tiempo que el relato los
cuenta. Ya lo dijo Lotman, documentos y monumentos son simple
material para reescribir historia y ficción, increíblemente
cercanas, casi intercambiables... Ataque a la legitimidad de la
versión oficial, multiplicidad de perspectivas, lo que implica
la inexistencia de la Verdad.
En el caso de López
Nieves y sin ese radicalismo, la postura revisionista respecto a
la historia colonial puertorriqueña ha sido objeto de la
colección de cuentos La verdadera muerte de Juan Ponce de
León (2000) y, en distinta medida, estuvo presente en los
cinco cuentos que fueron apareciendo del 2000 al 2004,
estudiados a fondo en una monografía sobre su obra (Irizarry
2006). En esta trayectoria se abre el referente, que alternando
con el San Juan colonial, será la Europa de Voltaire (“La
absolución”, 2001) o de la Monna Lisa del Louvre (“Lisa di Noldo”,
2004).
Si la historia es un
mero artificio literario -como dice Ricouer, quien recoge la
idea de White, insistiendo en la idéntica estructura narrativa
de ficción e historia- no hay más que discursos que sustentan
una ilusión de referencialidad porque, habría que recordar con
Roland Barthes, toda construcción es simbólica; edificada a
partir del lenguaje es una convención. En definitiva, el acto
desrealizador que es en sí mismo toda escritura, implica la
modificación de la naturaleza de todos los discursos, incluido
el histórico -algo que también trabajó Blanchot-.No quiero
seguir por este camino harto conocido, pero me parecían
necesarias algunas referencias para entender ese fenómeno
mediático denominado Seva, definitivamente a caballo
entre ficción e historia; ficción y realidad; texto singular y
privilegiado para el enfoque transversal y transtextual que es
la única opción para abordar su ambigüedad genérica. Y cuya
estructura se convierte en hipertexto de las dos novelas
siguientes -esa es mi tesis, tal vez arriesgada, pero creo que
con suficiente base textual-.
Las tres tienen en
común la apelación a la historia desde el propio título,
directamente o a través de personajes significativos -“historia
de la primera invasión”... “Voltaire”, “Galileo”-. Bien sea la
historia puertorriqueña del pasado siglo, o la europea del XVII/XVIII.
Y
una misma estructura narratológica, la epistolar, en forma de
cartas-diario, o de emails, su correlato postmoderno. La carta
de López Nieves al director del periódico Claridad que
abre Seva y enlaza con la postdata en una estructura
circular, va acompañada de una serie de anejos: cartas-diario de
Cabañas; diario del general Miles; un afidavit y una grabación
testimonial de un cimarrón, único superviviente de la masacre.
Incluso una serie de mapas y una foto en blanco, cuyo valor
semiótico es obvio. Es decir mediante la amplificatio, el viejo
manuscrito encontrado tomó proporciones de pequeño dossier,
pulverizando las convenciones narrativas, constituyendo un
material híbrido, transgenérico. De ahí su modernidad. En las
dos novelas posteriores (2005 y 2009) los emails se acompañan de
archivos adjuntos, fruto del escaneo de documentos. Porque hay
que convencer, hay que compartir la evidencia -el documento- en
novelas de estructura policíaca, de aventuras, de suspense.
En las tres, el
investigador es un profesor universitario, a quien le apasiona
su tarea hasta el punto de implicarse vitalmente y desaparecer
en el intento -Seva-. Eso, tras haber dejado su trabajo y
perdido a su novia en busca de una “verdad” censurada por la
historia oficial. “En una semana he aprendido lo suficiente
como para reescribir la historia de Puerto Rico” -dirá Víctor
Cabañas (López Nieves, 1995, 22)-. Habrá merecido la pena; y la
carta al amigo lo certifica: “no intentaré disimular: lo cierto
es que estoy loco de alegría.¡Eureka, coño! ¡Lo encontré al fin!
No sé cómo ni por qué llegó a la biblioteca de tan remota
ciudad”... (López Nieves, 1995, 41). Se trata de un falso final
feliz ya que el dato molesto tan evidente debe desaparecer; y
eso incluye al sujeto de la investigación.
Llegados a este punto,
debería matizar algo: Seva es un texto moderno: paliar
las injusticias y arbitrariedades históricas bien merece una
vida. Por el contrario, El corazón de Voltaire y El
silencio de Galileo son textos postmodernos: no ha lugar
ofrendar una vida por la Verdad; incluso y como veremos, sus
protagonistas -Roland de Luziers, Ysabeau de Vassy...- dejan
traslucir una cierta laxitud moral, todo es válido para
conseguir el codiciado tesoro: idolatran las bibliotecas,
matarían por el acceso a ellas, por conseguir adueñarse de su
legado... Pero su relativismo moral los hace postmodernos. Y ya
que hablamos de transtextualidad y transgenericidad, es obvio el
interés de las novelas para el tema: lo suyo es el entre.
El diálogo entre modernidad y postmodernidad que las caracteriza
se emblematiza también y sobre todo en la difícil convivencia de
biblioteca y soporte digital, libro y mensaje electrónico...
El corazón de Voltaire (2005)
Como ya se adelantó,
en la década del 2000 el referente puertorriqueño se
compagina con el europeo, en una especie de viejo retorno de los
galeones al estilo modernista en el que los americanos enjuician
y reescriben la historia europea. ¿Cómo un derecho? Quizá, más
bien como un juego.
La primera aparición
de Voltaire en el universo narrativo del autor de CiudadSeva
corresponde a “La absolución”, un relato breve, incisivo, regido
por la espera, de pocas pero rotundas palabras, en consonancia
con el carácter del protagonista. Su tema, el diálogo
entre un obispo y un moribundo; un diálogo teñido de tenso
suspense, que...“recrea una clara confrontación de voluntades de
dos hombres poderosos, uno por su puesto eclesiástico, el otro
por su portentoso intelecto” (Irizarry, 2006, 51). Sólo al final
sabemos que se trata de Voltaire, al que el escritor
puertorriqueño accede de la mano del “Diálogo entre un sacerdote
y un moribundo”, cuento del marqués de Sade que previamente
traduce para colgarlo en su portal. Como dice Irizarry en su
completo trabajo,
El cuento de Luis
López Nieves rescata a Voltaire de la muerte horrible contada
por algunos testigos, y al mismo tiempo de una supuesta
conversión in articulo mortis que lo tendría renegando su
rebeldía y falta de fe, en fin, la labor de toda su vida
(Irizarry, 2006, 62).
Si transcribo la cita
es porque, implícitamente, quiero mantener una tesis a lo largo
de mi trabajo: el paso de lo moderno a lo postmoderno en los
textos de López Nieves. Y aunque sea adelantar acontecimientos,
el final de Voltaire en el cuento es claramente “moderno” en
cuanto que respeta la idiosincrasia del personaje; mientras que
en la novela, el juego se impone, el narrador manipula la
historia, subvirtiéndola. No deja de ser una ironía histórica un
Voltaire que acaba sus días como monje, encerrado
voluntariamente por los siglos de los siglos en el cementerio
benedictino de Aurillac. En ese sentido, estoy en total
desacuerdo con la tesis de Irizarry, según la cual... “la
tergiversación de eventos históricos en López Nieves se
convierte paradójicamente en un método de revelar verdades
profundas acerca de sus protagonistas” (Irizarry, 2006, 18). No;
eso funciona en Seva... -además del juego que implica el
modo de manejar el paratexto-. Pero en las dos novelas que
comentaré a continuación, no tiene sentido hablar de “verdades”
profundas o superficiales... eso no interesa al escritor quien
busca divertir, poner el dedo en la llaga de la fragilidad del
documento/monumento. ¡No pasa nada! ¡Todo da lo mismo!. Lo
importante es que el lector se apasione, que el libro le atrape
de la primera a la última página. De ahí el diseño estructural
del policial: enigma, búsqueda, aparente triunfo pero... nueva
pesquisa y vuelta a empezar. Y en torno a grandes hombres
europeos porque el escritor del Nuevo Mundo tiene más que
derecho a jugar con la “sagrada historia occidental”.
Estructuralmente,
esta novela no es sino una larga hilera de emails, transcritos
en formato libro. ¿Mejor libro del año? ¡Premio Nacional de
Literatura! -eso sí- y primer Premio del Instituto de Cultura
Puertorriqueña, son ya más de 150.000 ejemplares vendidos.
Novela ingeniosa, redonda, clara, adictiva -eso dicen los
lectores en la red- se construye mientras se lee y los emails se
ensartan al modo de la vieja novela epistolar, reconocible como
hipertexto. Novela histórica por el personaje que le da título,
se mueve en dos tiempos: en realidad, el presente propio de la
electrónica aplicado a la investigación del pasado. Novela de
encargo (grupo editorial Norma, de Colombia), tiene como
objetivo reescribir “otra vida” de un escritor clásico. Un reto
excelente para quien siempre creyó que “toda historia es
cuestionable y todo país inventa la suya”.
En El corazón de
Voltaire, Roland de Luziers, catedrático de genética de la
Sorbonne parisina, será el encargado de demostrar si el corazón
que se conserva en la Biblioteca Nacional francesa es o no el
del filósofo. En su investigación topará con bastantes escollos
en lo que resulta una nueva novela policíaca; como lo fuera
Seva, policíaca con ribetes melodramáticos. Reescritura de
múltiples biografías, hipertexto que genera nuevos textos, esta
vez electrónicos -tributo a la postmodernidad-, parte de la
“historia oficial”: la muerte del gran hombre en 1778, su
entierro en la abadía de Scellières tras múltiples desencuentros
con la Iglesia debido al “volteiranismo” del personaje; el
traspaso de sus restos al Panteón en el 91, no sin antes haber
extraído su corazón que reposará en la Biblioteca Nacional de
Paris: la violación de su tumba en 1814 por un grupo
ultraderechista que tira al basurero su cadáver sin que nadie se
entere hasta cincuenta años después. ¡Patético!
Como Volpi, como
Padilla, López Nieves se mueve con soltura en el marco de la
historia/ficción europea. ¡Fuera la obsesión por la vieja
identidad puertorriqueña! Incluso -guiño al neofeminismo- es una
mujer, la embajadora francesa en Brasil, quien pone en marcha la
trama que se desenvolverá en el marco de la investigación
genética: el ADN permitirá reproducir la inteligencia de
Voltaire millones de veces, mediante copias integradas en el
cerebro de otros -ésa es la motivación secreta de Roland de
Luziers-. Pero ¡ay! la historia tiene sus malas pasadas, no es
oro todo lo que reluce y más allá de lo creíble el viejo
Voltaire tuvo una doble vida que, paradójicamente, le llevó a
morir como monje de un perdido convento!
La “ultramodernidad”de
la novela en soporte email queda entonces ceñida a sus
auténticos términos: una estructura policíaca, una investigación
-juego apasionante- que deriva en cuestionamiento de la historia
oficial: hay otra versión conocida y transmitida en lo secreto
por los abades del convento benedictino. Oculta durante siglos
por inconveniente, sale a la luz para volver a ocultarse,
porque los poderes públicos implicados -gobierno,
intelectuales...- no quieren problemas. El honor nacional
francés se derrumbaría, la escritura del gran “volteriano”
quedaría en entredicho. Ergo, se echa tierra sobre el asunto y
aquí no ha pasado nada.
Pero vamos a lo
textual: Irizarry ha resumido bastante bien el andamiaje en que
se apuntala:
Las
investigaciones se llevan a cabo durante un periodo de más o
menos nueve meses en 2002 y 2003, en la secuencia cronológica de
las fechas que encabezan los 187 mensajes electrónicos que
componen la novela. La analepsis o retrospección se realiza
mediante cartas y anejos comunicados por vía electrónica,
recreando el pasado histórico (Irizarry, 2006, 106).
En el medio, se va
tejiendo una intriga cuyo planteamiento, nudo y desenlace se
bifurcan en miles de intrigas subsidiarias. El cruce de emails
que podemos considerar como planteamiento (pp. 9-22) se
caracteriza por las dilaciones administrativas que potencian el
suspense del policial, tras delimitar los objetivos de la
investigación oficial encargada por el gobierno al genetista
Roland (pequeño paréntesis, es una cuestión de estado y no el
reconocimiento de sus méritos, como cree en su entusiasmo):
encontrar descendientes de Voltaire para analizar su ADN y
cruzarlo con el del corazón que se guarda en la Biblioteca
Nacional.
Se abre el nudo como
sucesión de aventuras siempre fracasadas, según el molde de la
novela bizantina: búsqueda de Daumart y su hija Gracielita en la
Argentina (pp. 22-30); nueva búsqueda de Daumart en San Juan de
Puerto Rico para traerle a Paris y analizar ADN (pp. 31-40);
exhumación de los cadáveres de sus padres en México (pp.41-49).
El esquema estructural es siempre el mismo: entusiasmo inicial,
dilaciones administrativas que en la novela se plasman como
interminable cruce de emails, elipsis narrativa del momento
álgido, en este caso la prueba, y rápido email-sumario que
relata el fracaso. Digamos que de la página 22 a la 50 se
suceden tres microintrigas, con tres protagonistas, tres
geografías y un hilo conductor: el genetista sabueso Roland de
Luziers. El esquema sería el siguiente:
-planteamiento de la intriga: pp. 22-25...
desenlace pp. 29-30
-planteamiento de la intriga: pp. 31-32...
desenlace pp. 39-40
-planteamiento de la intriga: pp. 41-42...
desenlace pp. 48-49.
Sobre todo en los dos
últimos casos, el desbordamiento de las páginas intermedias -la
inevitable burocracia administrativa- incentiva el suspense del
lector que, al final ve escamoteada la acción
narrativa... Eficacia de maestro, en definitiva, acicatear la
imaginación e implicar al lector en su taller obligándole a
recrear a su manera unos hechos que, siempre le llegan a tiro
pasado, por el email de Roland.
No puedo diseccionar
toda la novela, que se ajusta a estos parámetros. Sí me gustaría
señalar cómo tras esos callejones sin salida, lo que vuelve a
bombear la acción narrativa es la propuesta de un loco: en este
caso, Claude Durieu quien mantuvo la tesis del doble de
Voltaire... tesis a la que dedicó su vida y que le valió el
rechazo de la academia. López Nieves es un artífice del taller,
tiene a sus espaldas años de fecunda enseñanza; repite ahora un
motivo que ya utilizó en Seva... -coplillas, romances,
rumores...”fue en mayo”, es decir, una pista loca como punto de
partida del sabueso protagonista-, y que reiterará en El
silencio de Galileo -las tesis que sobre su telescopio
mantiene Uwe Söseman, personaje excesivamente paródico en cuya
caracterización al autor se le va la mano... quizá porque su
intencionalidad histriónica se agigantó mientras tanto, a tono
con la distancia postmoderna con que trata el relato. Pero no
adelantemos acontecimientos.
También me resulta
paradójica la importancia del manuscrito o la letra impresa en
estas novelas “cibernéticas”. Durieu ha muerto, pero deja su
libro con las pistas pertinentes sobre Gustave de Tamerville,
punto de partida de la investigación según resume Roland en sus
emails a Jerôme (pp. 67-72). Hitos de la investigación serán
igualmente las cartas de Tamerville a Voltaire (pp. 99-108) y
las notas del abad sobre el retorno del mismo a Aurillac (pp.
126-136). Constituyen los núcleos narrativos, junto a un par de
largos emails que ficcionalizan el texto epistolar: me refiero
al que Roland escribe al peluquero respondiendo a su pregunta,
excusa para darle al lector las notas mínimas sobre Voltaire
(pp. 57-60); y al que envía a sus dos colegas y amigos, Jerôme e
Ysabeau, relatando la historia de Tamerville. Por fin, el de
Roland a Jerôme (pp. 168-180), que engloba notas del diario en
alemán de Voltaire:
Estábamos solos:
Ysabeau, yo, el cadáver estupendamente conservado y la urna
dorada que contiene el corazón de la Biblioteca Nacional. No sé
cuánto tiempo transcurrió mientras ambos trabajábamos en
silencio; varias horas. De pronto Ysabeau empezó a sollozar
(...), me miró con los ojos enrojecidos y leyó en voz alta su
traducción del primer párrafo del cuaderno:
Hoy, 5 de junio
de 1775, a los ochenta años de edad, abandono para siempre mi
vida como Voltaire y me convierto en conde de Vire, Mi nueva
identidad es un regalo de mi amigo Gustave de Tamerville, a
quien dejo en Ferney transformado en Voltaire. Hoy abandono la
pluma para siempre. Nací Arouet, fui Voltaire, moriré
Tamerville. Soy tan feliz que me da vergüenza
(López Nieves, 2005, 168-169).
Cierre de la
investigación con el email burocrático a los superiores (p.
180); no así final de la novela, cuya tercera parte constituye
un rápido desenlace armado como cruce de emails con el rechazo
oficial (pp. 182-194) y la indignada resignación de los
impotentes profesores que intercambian los corazones en un juego
que hace justicia histórica. En todo este proceso, el dúo Roland-Jerôme
deja paso al Roland-Ysabeau, protagonista de la siguiente novela;
dúo en el que la mujer desempeña un papel central: es a ella,
como historiadora, a quien se le ocurren las artimañas de
encubrimiento -cartas escondidas en tapas de libros...etc-. Y
ella, lectora del alemán, quien -como se dijo- descifra el
cuadernillo de la tumba de Tamerville, es decir, de Voltaire.
¿Simple casualidad? ¿Tributo al feminismo postmoderno?
Que el cruce de emails
hace justicia al gran escritor de cartas que fue el francés...
ya se ha dicho. Lo interesante de esta novela es el uso del
email como medio de caracterización psicológica. Remitente,
destinatario y encuadre siempre formalmente iguales, para emails
protocolarios que remedan el lenguaje jurídico o administrativo
-eso está bien logrado-; o por el contrario informales, de trazo
rápido y tratamiento coloquial, capaces de perfilar el carácter
sesudo de Jerôme o el inquieto y brillante de Ysabeau. ¿El reto?
Diversificar y romper desde dentro un molde que uniformiza a los
seres humanos y corre el riesgo de hacer reiterativo el texto.
López Nieves supera la prueba con brillantez.
Dejo a un lado
los recursos procedentes del humor y la ironía, bien trabajados
por Irizarry (2006), así como el contexto histórico. Pero me
gustaría subrayar un detalle. La novela, en consonancia con el
volterianismo de su protagonista, lanza cargas de profundidad
contra la Iglesia; entre otras, burdos comentarios sobre las
reliquias. Desde su título, no deja de ser una parodia de la
nueva sacralización laica -valga el oxymoron- propia del mundo
moderno. Un mundo que pierde progresivamente la fe, mientras
venera objetos como el corazón que, paradójicamente, ni siquiera
es del gran hombre, sino de su doble. Toque postmoderno éste de
espejos y dobles, guiño al lector borgiano que sabe cuán
inapresable es la identidad de cada ser humano...
Para concluir, tal vez
no sea -como la propaganda editorial subrayó en su lanzamiento-
la primera novela escrita totalmente en emails -que no lo es-;
pero sí la primera que conjuga modernidad/postmodernidad, en una
lúdica mirada sobre un artífice de la cultura del Viejo Mundo
tan relevante como Voltaire.
El silencio de Galileo (2009)
A punto de entregar la
versión escrita del trabajo, el escritor puertorriqueño publica
una nueva novela, que merece al menos un primer comentario de
urgencia. El silencio de Galileo retoma el cruce de
emails entre viejos conocidos, la doctora Ysabeau de Vassy,
catedrática de Historia de la Sorbonne parisina, y su amigo, el
doctor Roland de Luziers, catedrático de genética de la misma
universidad, ahora destinatario más que protagonista. ¿Asunto?
Atender a la petición de una vieja amiga y compañera de
estudios, Monique D´Avignon, cuyo padre desea probar su linaje
como descendiente de Galileo. Las cosas nunca son lo que parecen
y se van complicando al hilo de una anécdota tal vez
excesivamente folletinesca y que deja para el final el asunto
genealógico. Antes resulta prioritario descifrar otro enigma
¿fue o no Galileo el inventor del telescopio? Reto apasionante
para nuestra Ysabeau, hasta el punto de posesionarse de la mente
(“es el asunto más serio que he enfrentado en mi vida” (López
Nieves, 2009, 154) y el destino futuro de quien nunca pensó
dedicarle más que unas semanas; el tiempo de hacerle un favor a
una amiga.
Existe una férrea
lógica, un diseño estructural detrás de lo que, a simple vista,
pudiera parecer simple acumulación de correos electrónicos. No
en vano López Nieves es un avezado narrador acostumbrado a los
talleres narrativos, a enseñar a construir ficciones; en
definitiva, director de un master en esta línea. Sabe que es
crucial encontrar un tema, más interesante aún dibujar una
estructura que mantenga en este caso el suspense del folletín
-género en el que tan bien le fue con El corazón de Voltaire-.
Y va a por ello. Lo que explica cómo la intriga en torno a la
búsqueda se divide netamente en dos partes: encontrar pruebas
fehacientes -la protagonista es historiadora- de la invención
del telescopio por parte de Galileo; y descubrir el secreto de
su última descendiente, madame Livia Galilei, quien a sus 86
años vive recluida en un exquisito palazzo pisano:
Por favor, ¿me
ayudas a probar que descendemos de Galileo? (López Nieves, 2009,
9).
Perdóname,
querida, pero no te lo he dicho todo. Estoy mala de la mente
(...). Ma chère, ¿no te mencioné que tenemos que resolver el
problema del telescopio? ¡es una gran injusticia histórica!
Resulta que algunos historiadores, tremendos chismosos y
mentirosos, han dicho que Galileo no inventó el telescopio.
¿Puedes creer semejante calumnia?. Nena, para que veas a lo que
puede llegar la envidia... (López Nieves, 2009, 11).
Favor pedido... reto
planteado. Y técnica dilatoria, como se deduce de estas citas.
Al igual que en la novela anterior, el texto se moldea como
novela bizantina y policial, es decir, las aventuras se suceden
y el suspense siempre está servido. También se solapan los
falsos finales en una serie de escenarios escalonados: Berlín,
donde la protagonista investiga en soledad (pp. 73-110) y
Amsterdam con un excelente equipo a sus órdenes (pp. 111-214),
en la primera parte; y Pisa para la segunda (215-333). López
Nieves parte de la historia (Asimov 1975) y la ficcionaliza a su
antojo, generando toda una cascada de microintrigas en cadena:
Galileo descubrió el telescopio y lo vendió al Dux -en la
novela, Ysabeau encuentra el contrato que lo demuestra (p.
247)-. Los holandeses se lo roban. ¿Cómo? ¿Por qué? Sendos
emails-sumario de Ysabeau (pp. 190-203 y 209-215) sintetizan el
final con éxito de este segundo reto para la sorboniana.
El silencio de
Galileo hereda algunos motivos estructurales de la novela
anterior, por ejemplo: alguien -Nolfo- sintetiza los datos
históricos sobre Galileo y su telescopio para el público no
iniciado (pp. 34-38). Además la investigación se mueve
aprovechando la pista de un loco, Uwe Sösemann, quien escribió
sobre el Sidereus demostrando indirectamente que en 1601
el sabio ya tenía telescopios (pp. 89-95). Entre paréntesis, ese
casual desliz numérico entre 1601/1610 (pp. 103-109) que permite
a Joanna descubrirlo -¡siempre la mujer hilando fino!- es un
truco ya utilizado en El corazón de Voltaire (p. 109).
El lector va
enhebrando la historia a través del cruce de breves y ágiles
emails, si bien -y como sucedía en la novela anterior- se
alternan con otros más largos a modo de escenas o sumarios
narrativos. Si no fuera así, la narración se quebraría. Suelen
estar en boca de Ysabeau (pp. 56-65, 159-162, 247-251...) quien
va resumiendo las investigaciones pormenorizadamente y con
lenguaje y seriedad profesionales a su colega Roland; a la vez
que rinde cuentas a su amiga Monique, con la que emplea un tono
coloquial y mucho más frívolo. Porque el email vuelve a
desplegar un matiz psicosociológico, capaz de hacer patente la
frivolidad de Corinne, ridiculizar a un profesor engreido como
Nolfo, o plasmar la seriedad científica de investigadores como
Joanna. El mimetismo cínico que despliega Ysabeau para ganarse
al loco Sösemann o a la fanática Marcenaro (p. 217) es índice de
que el recurso se utiliza conscientemente por parte tanto del
autor como de algunos personajes.
Para cerrar la
estructura, sería esclarecedor dibujar un diagrama que muestre
cómo la novela gravita hacia el tercer escenario, Pisa y la
enigmática madame Galilei, cuya historia se “espolvorea” para
abrir el apetito, entreverándola en pequeñas entregas durante la
primera parte. El suspense, el juego con el lector que quiere
más está bien dosificado. Descubierta ocasionalmente por Nolfo,
un personaje secundario para quien no es sino una estrafalaria
vecina de su madre, capta la atención del lector por un email-sumario
(pp. 56-65 y 68), en que Ysabeau relata a su amigo la primera
entrevista en su magnífico palacio pisano. El misterio está
servido: ¿quién es? ¿qué esconde el sótano? La casa donde vivió
Galileo es una mina, guarda su taller, archivos, publicaciones,
aparatos... Algo que la profesora irá descubriendo poco a poco,
tras los reclamos -“la signora pregunta” (p. 140)... “la signora
convoca” (p. 190) que le obligarán a viajar desde Holanda (p.
148), y establecerse definitivamente en ese microcosmos pisano
al irse convenciendo de que todo lo que busca está allí. ¡Y a fe
que está! Cuando se descorran los velos, la vida de Ysabeau se
habrá visto implicada hasta tal punto que le escribirá a su
amigo Roland:
Yo quería una
vida tranquila. Yo era feliz con mi siglo XVIII, mis libros, mis
amigos, mis estudiantes. Pero hoy todo es diferente y debo tomar
decisiones que cambiarán mi vida para siempre. No lo pedí; ni
siquiera lo deseé. Pera ya mi vida, no importa la decisión que
tome, nunca será la misma. (López Nieves, 2009, 247).
La recta final del
desenlace está en función del dilema moral que debe resolver. El
asunto es ¿hasta dónde estaría dispuesta a llegar una
profesional seria para no perder un legado así? Aún más, ¿hasta
dónde estaría dispuesta a llegar una madre por preservar y dar
continuidad a un linaje ilustre? No quiero destripar el final,
dejo el suspense abierto al lector, no sin una acotación de tipo
narrativo. Creo que tras el excelente acierto en el modo de
manejar el suspense:
Al llegar a la
puerta, madame la abrió completamente.
Roland... la
oración anterior la escribí hace dos horas. Lo siento, pero no
puedo continuar (...). He llegado a la conclusión de que no
puedo más (...). Piensa que si fuera al revés, si tu me
confiaras un secreto terrible, yo cumpliría mi palabra y no lo
repetiría jamás (López Nieves, 2009, 250).
el folletín se dispara
de modo excesivo en este último tramo, indudablemente el de
matiz más postmoderno... Sí resulta bien trabajado el dilema
moral de Ysabeau (pp. 296-311) que no le impedirá falsificar los
documentos para reescribir la historia a su conveniencia: “me
tomé esta pequeña licencia para escribir la historia que me
conviene. Todos los historiadores lo han hecho y lo hacen.
Cuando la realidad molesta demasiado, simplemente se cambia”
(López Nieves, 2009, 311). Un toque postmoderno que echa por
tierra la credibilidad histórica de toda la cultura occidental!
Un toque postmoderno que una investigadora tan seria como ella
no debería permitirse. ¡Pero vivimos otros tiempos!
La dialéctica
modernidad/postmodernidad aflora en la alternancia
libro/grabadora... más aún, en la necesidad de escribir largos
emails al amigo, que traicionan el espíritu breve y presentista
de este medio, convirtiéndose en material histórico encaminado a
perdurar como guión de futuros libros; son parte de la memoria
histórica de la comunidad:
Además de
informarte a ti, que me podrás aconsejar cuando sea necesario,
estas cartas son cruciales porque también me sirven como notas
para luego recordar todo lo que me está pasando. Las veo como
una bitácora de viaje o un diario que podré usar cuando empiece
a escribir los libros (López Nieves, 2009, 243).
Tal vez, esos libros
se propongan romper “el silencio de Galileo”. Un título bisémico
al menos: es el silencio al que se ve obligado el personaje
histórico por temor a represalias. También es el silencio de la
estirpe, la ausencia de palabra de Leo, el último descendiente
que arrastra su larga vida como un vegetal a consecuencia de un
terrible accidente. Con diferencias marcadas: el primero es
exterior, no incapacita la brillante mente de Galileo; mientras
que el segundo responde a un encefalograma casi plano.
Podrían/deberían
comentarse muchas otras cuestiones, la novela está repleta de
guiños al lector. Solamente quisiera dejar constancia de una
cuestión lingüística: El corazón de Voltaire depura el
texto hasta el punto de que casi el único sintagma que podría
identificarlo como puertorriqueño corresponde al peluquero amigo
de Durieu de quien dice “era tremendo intelectual” (López Nieves,
2005, 60 y 63). No sucede lo mismo con esta nueva novela cuajada
de sintagmas que delatan su origen. Se refieren sobre todo al
régimen preposicional: “como si fuera poco” (p. 21) en vez de
“por si fuera poco”; consistía de” (pp. 35, 268) por “consistía
en”; “todos esos privilegios de gratis” (p. 236) donde sobra el
partitivo: “se recostó de la pared” (p. 239), por “se recostó en
la pared... Son restos de usos “distintos” propios de la
evolución del español americano. Más significativo me parece el
habitual uso del apelativo “nena” (pp. 7, 11, 39, 82, 117, 183,
208, 222 y 256). Casi siempre en boca de Monique, suelen abrir
sus email -“nena, estoy viva de milagro” (p. 39) y definen el
texto como puertorriqueño . Algo que constituye un anacronismo
-sólo Ysabeau figura como hija de puertorriqueña-. Lapsus tan
fácilmente evitables para un escritor cuidadoso que... deben
tener una razón para estar ahí, tan evidentes en el texto. Quizá
constituyan un nuevo reto para el lector.
En definitiva y para
concluir ¿estamos ante novelas modernas o postmodernas?
El hombre del
siglo XXI no es más moderno por usar la Red, ni por no usarla.
Será moderno por la utilización racional que haga del recurso de
Internet o del recurso de mantenerla inoperante (Mora, 2006,
214).
Tal vez la respuesta
tenga que ver con ese dilema al que los críticos dan vueltas una
y otra vez: ¿cómo puede hablarse de postmodernidad en
Latinoamérica, si nunca alcanzó una modernidad en el sentido
europeo, occidental de la palabra? Alfonso de Toro, quien ha
trabajado transversalidades, transmedialidades etc... responde:
“Hispanoamérica ha sido siempre transcultural, híbrida; antes de
la teoría postmoderna en Latinoamérica, de fecha muy reciente,
se produjeron manifestaciones culturales postmodernas” (De Toro,
1997, 27). O no necesariamente postmodernas -diría yo-; ese
desplazamiento de formas, sentidos y valores responsable de
tantas hibridaciones genéricas, viene de muy atrás. La variación
genérica no es una transgresión, sino una posibilidad de las
transgenericidad que forma parte del lenguaje y sus
posibilidades. Y no conviene olvidar que la postcolonialidad
como categoría epistemológica tiene su lugar en la cultura
postmoderna, y se entiende como reescritura del discurso del
centro. En estas novelas, un puertorriqueño reescribe la
historia europea, reinterpreta a dos de sus grandes
intelectuales. Aquí adquiere todo su sentido el medio -el medio
hace el mensaje, dijo hace ya tiempo Mc Luhan-: el email se
convierte en un símbolo, “la comunicación -como diría Martin
Barbero- convertida en el más eficaz motor del desenganche e
inserción de las culturas -étnicas, nacionales o locales- en el
espacio/tiempo del mercado y las tecnologías globales”
(Martín-Barbero, 2006, 144). Ese es el futuro -presente ya en la
blogosfera puertorriqueña.
FIN
Bibliografía citada
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