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Siempre he pensado que en el vasto mundo de la literatura se habla
de ‘escritores’ un tanto genéricamente, sin mayor cualificación ni
distinción. Da lo mismo, aparentemente, que hayan escrito un libro
o decenas de ellos: es escritor, se suele decir, y basta. Pero no
es lo mismo. Escritores son todos los que escriben, los que han
publicado alguna obra con mayor o menor éxito, incluso con gran
éxito. Pero de quien tiene uno o dos libros no se puede decir que
haya creado un universo literario con espacios de resonancias en
que sus obras conversen las unas con las otras o con las de otros
escritores.
En
la trayectoria de algunos escritores, sin embargo, llega un
momento en que se puede hablar de un “autor”, tomando prestado el
término de la teoría cinematográfica francesa de los años sesenta.
Los críticos de la prestigiosa revista “Cahiers du Cinema”
hablaban del “auteur” como de alguien responsable de un universo
creativo, alguien que le imponía su sello a las películas que
hacía, alguien que transmitía -a través de ellas- una visión
particular del mundo.
Luis
López Nieves no es meramente un escritor: es un autor. No se trata
ya de que haya acertado con su primera obra,
Seva, que
fue, como todos sabemos, un evento literario de grandes
proporciones. El que historiadores serios y gente conocedora haya
tomado su ficción sobre un pueblo rebelde ante la invasión
norteamericana, un pueblo aniquilado por los invasores, es ya una
prueba de su extraordinario poder de persuasión con la escritura,
de su pericia en el manejo de estrategias que convencen, de su
acierto en identificar un aspecto muy sensible de la siquis
puertorriqueña. En otras palabras, él supo poner el dedo en la
llaga sangrante de una frustración largamente sustentada y de unas
apetencias de heroísmo tan fuertes que hubo un “reconocimiento”
general de la validez o conveniencia del planteamiento que hacía
allí el autor. (Y uso la palabra “reconocimiento” en el sentido
clásico que le dio Aristóteles en su “Poética” al hablar de la
‘anagnorisis’ o toma de conciencia de una identidad o de una
verdad y del sentimiento que parte de ese cambio en el
pensamiento, tan fuerte que altera el curso de los
acontecimientos.) Seva tocó esa fibra irredenta, llevando a
los lectores a identificarse con los reclamos reivindicativos del
texto al presentar una heroicidad que no existió documentadamente
(y que, por cierto, no tenía por qué existir dadas las condiciones
sociopolíticas del momento y el desafecto con España, provocado
por las propias acciones tiránicas de aquella metrópoli).
Aún
así, si Luis López Nieves se hubiera quedado con ese solo relato,
hubiera sido siempre un escritor interesante, pero no un autor.
Afortunadamente para todos aquéllos que nos definimos como
lectores, siguió escribiendo, siguió poblando nuestro mundo
literario con sus visiones retantes, alternas, novedosas. Y
publicó en 1987 los cuentos de
Escribir para Rafa;
en 2000 los de
La verdadera muerte de Juan Ponce de León;
en el 2005 su primera novela,
El corazón de Voltaire
y ahora
El silencio de Galileo
(por el camino editó también, en 1997, Te traigo un cuento
que reúne varios de los gestados en el taller de cuento que
dirigía en la Universidad del Sagrado Corazón, y que hoy es una
Maestría en Creación Literaria).
Situados ante esta obra, nos situamos ante un universo literario
repleto de personajes, muchos históricos, que se imponen sobre lo
que conocemos de ellos por otras vías. La hazaña es
extraordinaria. El que la muerte de Juan Ponce de León, por
ejemplo, haya sido tan diferente a la anunciada por los
historiadores y el que Luis López Nieves logre persuadirnos de la
plausibilidad de tal visión alterna respecto a la figura que
conocemos desde la escuela no es algo que suceda al azar. Es el
fruto del talento conjugado con una visión muy personal de los
acontecimientos y su encadenamiento, y con unas investigaciones y
lecturas históricas extensas en las que López Nieves ha sabido
buscar no sólo los datos escuetos y las fechas, sino también las
pasiones que subyacen a los hechos, los múltiples caminos posibles
mediante los cuales se ha llegado a los acontecimientos, muchos de
los cuales han permanecido inexplorados.
Siempre hay, debajo de los hechos históricos y al margen de éstos,
toda una red de relaciones, interconexiones, causalidades y
proximidades que ignoran –o descartan- los historiadores. Ese
sustrato es la materia prima para López Nieves, que sabe usarla
para sus propósitos literarios, conectando, de paso, con toda una
corriente de posibilidades truncadas que constituye –desde hace
muy poco tiempo- una vertiente fascinante de la disciplina
histórica. En un libro reciente editado por un historiador
reputado, Andrew Roberts: What Might Have Been: Imaginary
History from Twelve Leading Historians, Robert Cowley se
pregunta qué hubiera pasado si Benedict Arnold no hubiera sido
juzgado como espía y hubiera podido conseguir que Inglaterra
sofocara la revolución americana; Adam Zamoyski se pregunta qué
hubiera pasado si Napoleón no hubiera sido derrotado en Rusia;
Norman Stone se pregunta qué hubiera pasado si el Archiduque
Francisco Fernando no hubiera muerto asesinado en Sarajevo y
Conrad Black se pregunta qué hubiera pasado si los japoneses no
hubieran atacado a Pearl Harbor. El ejercicio es útil, incluso
desde un punto de vista puramente histórico, porque estudiar las
coyunturas de los hechos y las causalidades que los generan ayuda
a entender cuán intrincado, vasto e impredecible es el tejido
histórico en sí y sirve también para subrayar la importancia de
ciertos personajes o hechos que hubieran podido alterar la
andadura del ser humano sobre la tierra. Existe, de hecho, un
nombre para tales ejercicios: “counterfactual history” o historia
virtual.
Aparte de entrar en ese universo fascinante con su literatura,
labrándose un lugar singular en nuestra historia literaria, Luis
López Nieves ha ido expandiendo su alcance temático. Desde El
corazón de Voltaire ha enfocado en Europa, cuya historia –al
igual que la del Medio Oriente y la del Asia Menor- conoce muy
bien este novelista, como pudimos comprobar por sus columnas de
“Mirador”, en El Nuevo Día, las divertidas –y analíticas- “Cartas
Bizantinas”.
Resulta pues, interesante que López Nieves, desde Puerto Rico, no
sólo haya recogido la corriente virtual de la novísima historia,
sino también los amplios horizontes de la novísima literatura.
Reclamando para su temática el mundo entero y sus diferentes
edades, se ha independizado de la servidumbre a los intereses
puramente locales en sus dos novelas, situadas ambas en Europa,
aunque siempre con apoyos caribeños. ¿No es esto lo que han
reclamado también los del ‘crack’ mexicano y los del ‘McOndo’
chileno? Si nuestro país tuviera medios menos limitados de
difusión de su producción cultural, esta obra seguramente sería
ampliamente reconocida por la originalidad de sus planteamientos.
Ahora, con la Editorial Norma y su gran capacidad de difusión,
posiblemente consiga ese reconocimiento extra-isleño, como ha
conseguido difusión mundial el Volpi que exploró la Alemania de
Hitler en En busca de Klingsor; el Pedro Ángel Palou que se
adentró por los archivos secretos del Vaticano de Pío XI en El
dinero del diablo o el Padilla que se trasladó al Himalaya,
extrañamente asociado a una obra maestra prerrenacentista, en
La gruta del toscano. López Nieves es nuestra respuesta
boricua a tales creadores. Como ellos, y aún antes que ellos,
rompió el cerco temático que ha enmarcado a nuestra literatura,
anclándola en lo local, para darle una amplitud sugerente.
Por
último, si consideramos la función del escritor en la sociedad, su
papel como intérprete de la realidad, el de López Nieves ha
resultado fundamental para la nuestra. El novelista, ha dicho
Vargas Llosa, cuenta la verdad de las mentiras, aquello que no
figura en los documentos pero que está allí, escondido, latente,
listo para ser expuesto. "Sólo
la literatura dispone de las técnicas y poderes para destilar ese
delicado elíxir de la vida: la verdad escondida en el corazón de
las mentiras humanas", escribió el peruano en el prólogo del libro
que lleva ese título, en el que analiza 25 novelas de importancia
extraordinaria. La verdad que expresan, dice Vargas Llosa, depende
"de su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa
de su fantasía, de la habilidad de su magia".
El
novelista nos hace ver el mundo no como es, sino como podría ser.
Su poder no depende de la fuerza ni del dinero, sino de la
imaginación. Es el poder de los sueños que se hace real en la
escritura. Su mirada (lo ha dicho también Vargas Llosa), resulta
subversiva porque engendra la insatisfacción con el status quo,
con lo prescrito y con lo consabido. Nos impele a buscar lo que
está más allá de lo establecido, de lo factual. La realidad
entonces se tambalea, no puede ser ya el rasero único de nuestra
experiencia. En ese sentido un buen escritor -este escritor- es un
provocador que nos mueve a buscar alternativas y nos salva de la
chatura de la vida sin horizontes. También nos salva, como lo ha
hecho una y otra vez López Nieves, del aburrimiento, el más letal
de todos los estados del hombre. El humor, siempre presente en su
escritura, garantiza su vitalidad. Enhorabuena, pues, Luis, por
esta nueva adición a un universo literario que, después del Big
Bang de Seva, no ha hecho sino crecer y expandirse.
FIN |