domingo 2 de agosto de 2009

SUBDESARROLLO, ensayo sobre. Libro


Titulo: Ensayo sobre el subdesarrollo, latinoamerica, 200 años despues. Autor: Augusto Zamora Rodriguez Editorial: Foca. Esp. 332 pags.

Palabras preliminares

Que la historia la escriben los vencedores es verdad antigua.
Que todo el mundo sepa o asuma este hecho es otro menester.
De la historia contada por el vencedor a los tópicos denigrantes sobre los vencidos no hay más que un paso.
El cine, las novelas, el boca-a-boca y hasta escrito­res o investigadores que pasan por muy serios y muy hondos, pueden caer en la trampa.
Es más cómodo asumir un tópico que investigarlo.
Ya no se diga recurrir a uno para sostener ideas o prejuicios que, sin ese tópico, morirían solos.
Hay tópicos divulgados tan prolijamente que el cine ha convertido en verdad.
Así, en EEUU se da por hecho incontestable que los «pieles rojas» tenían por costumbre arrancar las rubias cabelleras a los «rostros pálidos» que colonizaban sus tierras.
El tópico era útil a dos fi­nes. Por una parte, servía para mostrar el nivel de salvajismo y barbarie de los pueblos amerindios (lo que justificaba su exterminio). Por otra, permitía exaltar el heroísmo, la abnegación, el sufrimiento y los peligros que pasaron los «pioneros» para fundar el Gran Estado. El antropólogo estadounidense Marvin Harris ha negado el tópico y afirmado que la verdad histórica es que fueron «rostros pálidos» quienes iniciaron la bár­bara costumbre de arrancar cabelleras de indios, las cuales exhibían como trofeos. Los «pieles rojas», en venganza, copiaron la costumbre, pero no pudieron escribir la historia.
La Inquisición española y, en general, la «leyenda negra» de España son, quizás, uno de los mayores tópicos de la Historia moderna Y, tal vez, la más exitosa campaña de propaganda contra un enemigo externo que haya habido jamás.
A pesar de los siglos pasados, Inquisición y «leyenda negra» siguen siendo el telón de fondo de los años de apogeo del Impe­rio español.
La Inquisición existió, eso es indudable, como cierto es que perpetró innumerables atropellos y crímenes.
Más difícil es contemplarla como un instrumento político, antecedente del Terror durante la Revolución francesa, de la Cheka bolchevique y de la suma de CIA y FBI en EEUU, es decir, una maquinaria represiva al servicio de una «razón de Estado».
En los siglos XV y XVI, fue el instrumento del que se sirvió la monarquía española para imponer un poder absoluto. ¿Qué hay de cierto en todo lo que se atribuye a la Inquisición? ¿Sólo se dio en España la caza de brujas? ¿Cómo actuaron las Iglesias protes­tantes? Según informa la popular revista Muy Interesante, un trabajo rea­lizado por 29 especialistas concluyó que la «tenebrosa» Inquisición espa­ñola «sólo» condenó a la hoguera a 59 mujeres entre los siglos XVI y XIX, de los 125.000 procesos abiertos por el Santo Oficio.
En Italia quemaron a 36. Sin embargo, en el resto de Europa (en su mayor parte protestan­te), tribunales civiles condenaron a 100.000 brujas, de las que 50.000 fueron quemadas. Pero, ¿cuántos vinculan la quema de brujas a Alema­nia, Holanda o Inglaterra? Más singular aún. El último proceso por bru­jería llevado a cabo en Europa no se dio en España, sino en la muy im­poluta Suiza, donde una humilde mujer llamada Anna Góldi (o Góldin) fue declarada bruja y decapitada el 18 de junio de 1782. Al gran inquisi­dor Torquemada lo conocen muchos, pero muy pocos a Matthew Hop­kins, que, entre 1644 y 1646, durante la guerra civil inglesa, ordenó la ejecución de unas 200 brujas, es decir, una media de dos por semana.
Torquemada, a su lado, debió parecer un aprendiz. «Libertad, igualdad, fraternidad» es el lema que identifica y unifica a todas las corrientes de pensamiento modernas, sobre todo a las liberales. Pocos saben que el lema que resume el ideario de la Revolución france­sa —la revolución de la libertad y los Derechos del Hombre y del Ciuda­dano— es obra de Maximilian Robespierre, inventor del Terror y archifa­moso por utilizar la guillotina como remedio a los males de la Francia revolucionaria. En Francia, con excepción de su pueblo natal, no hay es­tatuas ni calles que recuerden al revolucionario jacobino, inventor del lema del país que lo niega.
Por demás, Olimpia de Gouges, autora teatral y militante revolucionaria, no satisfecha con la declaración revolucio­naria que limitaba los derechos al macho, publicó, en 1791, una Decla­ración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana que era, simplemente, una copia literal de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional en agosto de 1789. Su pro­puesta, que incluía el derecho de voto para las mujeres, fue considerada intolerable. Un asambleísta revolucionario, de apellido Chaumette, ex­clamó, exaltado: «¿Desde cuándo le está permitido a las mujeres abjurar de su sexo y convertirse en hombres?».
En 1793, Olimpia de Gouges fue declarada rebelde, condenada a muerte y ejecutada. Cosas veredes, ami­go Sancho. E n 1808, el pueblo de Madrid se levantó contra el ejército napoleó­nico. Se hizo célebre la consigna de los sublevados de que «la Virgen del Pilar no quiere ser francesa». Se usa para significar el contenido reaccio­nario y ultramontano de la rebelión española contra Napoleón.
Pero la primera sublevación clerical y reaccionaria contra las ideas revoluciona­rias no ocurrió en España, sino en Francia, más concretamente en la re­gión de La Vendée. En 1793, al grito de «Viva la religión», centenares de miles de campesinos, baja nobleza y clero se levantaron contra la Con­vención revolucionaria.
La sublevación dio pie a los jacobinos para de­rrocar a la Convención y establecer el Comité de Salud Pública, presidi­do por Robespierre. La guerra fue breve, pero sumamente sangrienta. Los ejércitos revolucionarios arrasaron La Vendée y sus alrededores. Según últimas investigaciones, los muertos habrían sido, al menos, 150.000 vendeanos. El jefe de los ejércitos revolucionarios, el general Wester­man, escribió eufórico al Comité: « ¡La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos!
Ha muerto bajo nuestra libre espada, con sus mujeres y ni­ños».
¿Cuántos vinculan estos episodios con los orígenes del liberalis­mo? Casi nadie.
El liberalismo triunfó en Francia, se extendió por Euro­pa, alcanzó América y se hizo mito romántico. Todo lo negro se resumió en Robespierre, el hombre que salvó a la revolución de la anarquía y el caos.
Lo demás se relegó al desván. En esta línea podríamos seguir y no terminar.
Los ejemplos citados sirven para ilustrar cuánto y por cuánto tiempo puede tergiversarse un hecho, episodio o época.
Tal ha ocurrido con la historia latinoamericana, que, de tan deformada, más se aproxima a la mitología que al relato ve­rídico de los hechos realmente acontecidos. Hechos que han marcado a sangre y fuego la deriva de esta inmensa región. De esos mitos y de sus consecuencias trata este trabajo, que, como el dios Jano, tiene un rostro que mira al pasado y otro que mira al futuro. Se han evitado, en lo posible, las conclusiones y las recetas.
No existen de carácter general, aunque, como cuando se construye una casa, hay pasos, pesos y materiales que no pueden evitarse sin riesgo de que haya derrumbe. El filósofo estadounidense de origen español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, alias George de Santayana, dijo que «los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo».
A los pueblos latinoamericanos hasta el derecho de la memoria se les ha nega­do.
Este trabajo escarba en el pasado.
A lo que salga. Estelí y Managua, en Nicaragua
Colmenar Viejo, en Madrid Mayo de 2008.
I

En el año 2010, probablemente se iniciarán los fastos de celebración de los 200 años del inicio de los procesos de independencia en las colo­nias iberoamericanas.

Serán, previsiblemente, como tantas cosas en la región, exuberantes en sus formas y exultantes hacia los libertadores.
El acontecimiento está lleno de singularidades.
Una de ellas es que Latino­américa fue la primera región del mundo en lograr su independencia de tres potencias coloniales.
Los países que la integran están entre los Esta­dos independientes más antiguos del mundo, anteriores en su formación a Italia, Alemania, Australia o la India.
Cuando se firma la Carta de Na­ciones Unidas, en junio de 1945, diecinueve de los 51 Estados firmantes son latinoamericanos.
De los 32 restantes, sólo diez países pueden indi­car una fecha de su nacimiento como Estados independientes anterior a la de los Estados latinoamericanos. Las excepciones eran Cuba y Pana­má, independizados formalmente en 1898 el primero y en 1903 el se­gundo, pero que habían pasado, sin interludio, a control directo de EEUU, sin gozar de ningún periodo de independencia real.
La otra sin­gularidad es que Latinoamérica se independiza en momentos en que se inicia, en otras zonas del mundo, el proceso de colonización por parte de un puñado de potencias europeas, con Inglaterra y Francia a la cabeza.

Dicho de otra manera, Latinoamérica se independiza de España justo cuando vastas regiones del mundo, incluso continentes enteros, van ca­yendo bajo el dominio de unas pocas potencias europeas.
El siglo XIX será el gran siglo del colonialismo y del imperialismo europeos y, también, el gran siglo del capitalismo, hijo predilecto de la Revolución industrial y de la Re­volución francesa y, ambas, motores del colonialismo y del imperialismo (y de la emigración y las distintas revoluciones científicas y técnicas que se han desarrollado desde entonces, incluida la última basada en la Informática).
Latinoamérica, aparentemente, quedó exenta de esas dos la­cras que tantas calamidades produjeron a los países y pueblos coloniza­dos, y pasó a formar parte del reducido club de Estados independientes que formaban la sociedad internacional decimonónica.
Esas dos singularidades, sumadas, deberían haber posibilitado el sur­gimiento de un conjunto de países ricos, fuertes y desarrollados, o, cuan­do menos, de unos Estados adecuadamente ricos, que velaran por lo suyo y tuvieran una positiva presencia internacional.
No ocurrió así.
La rele­vancia económica de Latinoamérica, en el conjunto de la economía mundial, ha venido sufriendo un constante retroceso, siendo hoy la re­gión menos significativa del mundo, sólo superada en la minusvalía eco­nómica, comercial, científica y técnica por África, el continente más de­vastado, expoliado y maltratado por el brutal colonialismo europeo.
Las cifras no permiten engaños al respecto.
Latinoamérica representaba el 12,4 por 100 de PIB mundial en los años 50.
En 1980, según cifras del FMI y del Banco Mundial, bajó al 7,2 por 100, para descender a un sim­bólico 5,4 por 100 en 2005.
Otro dato: según un informe del Banco Mundial, presentado en octubre de 2006, Latinoamérica permanece es­tancada desde 1980.
En opinión del Banco Mundial, los motivos princi­pales son dos: un crecimiento modesto y la persistencia de enormes de­sigualdades entre ricos y pobres.

El caso de Brasil es ilustrativo.

El gigante sudamericano hace alardes de ser la décima economía mundial, presentando datos macroeconómi­cos deslumbrantes.
En 2006, su economía creció el 3,7 por 100, superan­do el registro de 2,9 por 100 de 2005.' En 2007, las estimaciones preli­minares de la Comisión Económica para América Latina de la ONU (CEPAL), presentadas en diciembre de 2007, calculaban el crecimiento de Brasil en el 5,3 por 100. Entre 2000 y 2006 su PIB creció un impresio­nante 21,7 por 100. Examinando más de cerca la situación, aparece el tí­pico modelo latinoamericano. El crecimiento brasileño ha estado impul­sado por los buenos precios internacionales de las materias primas, y también por la afluencia masiva de inversión extranjera directa, que au­mentó un 25 por 100 en 2006, alcanzando los 18.000 millones de dólares. Macroeconómicamente, todo perfecto.
Pero en Brasil, el servicio de la deuda externa –que ascendía en diciembre de 2007 a 194.000 millones de dólares– absorbió el 36 por 100 (le las exportaciones; el 36,3 por 100 de la población vive en la pobreza y, de ellos, el 8 por 100 vive con menos de un dólar al día, el paro es del 10 por 100, la criminalidad una de las más alto del mundo, la deuda pública equivale casi al 50 por 100 del 1,1 y la renta per cápita es de 6.000 dólares, una quinta parte de la que posee la Unión Europea.
Brasil quiere codearse con los grandes, pero carece de los presupuestos básicos para hacerlo. Su desarrollo científico y técnico está en un segmento muy bajo, sus industrias funcionan la mayoría de ellas comprando patentes extranjeras, y su economía sigue descansando en la exportación de materias primas o productos con escasa transformación, como lo demuestran los datos. En 2007, Brasil alcanzó la cifra récord de 160.649 millones de dólares en exportaciones, equivalente a un 16 por cien mas de lo exportado en 2006. La causa de ese crecimiento sorprendente radica en los altos precios internacionales de los llamados commodities, que significaron el 65 por 100 de las exportaciones totales. Commodities, como define el Diccionario panhispánico de dudas, es un anglicismo innecesario que se emplea par referise a productos básico o materias primas.
Salvo en volumen, Brasil sigue siendo periferia. Nada ilustra mejor la situación de un país que el trato que da a su infancia. Según un estudio de la CEPAL y el Fondo de Naciones Unidas pera la Infancia (UNICEF), titulado La pobreza infantil en América Lati­na, unos 52 millones de niños son pobres en América Latina y, de ellos, unos 30 millones padecen hambre, pese a que la región produce tres veces los alimentos que necesita, según informes internacionales. En cifras los niños pobres son hoy más que en 1980.

EMIGRACION

Latinoamérica ha pasado, finalmente, de ser una geografía receptora neta de inmigración a ser una región emisora de emigrantes, dentro de los cuales se encuentran los sectores más preparados y la gente más diná­mica. Nada ilustra mejor el fracaso de los Estados latinoamericanos que contemplar la riada de gente que, desde hace décadas, los abandona. Tampoco hay nada que exprese con mayor dramatismo el fracaso de dichos Estados.
Según un informe especial de la American Immigration Law Foundation (AILF), titulado A Humanitarias Crisis at the Bordes, entre 2.000 y 3.000 cadáveres de emigrantes latinoamericanos (hom­bres, mujeres y niños) han sido hallados en las proximidades de la frontera suroeste de EEUU desde 1995.
La AILF señala que al menos mil de ellos fueron encontrados en el sur del Estado de Atizona, una cifra que sería –según expertos citados en el informe– diez veces superior al nú­mero total de víctimas que dejó el desaparecido muro de Berlín a lo lar­go de sus veintiocho años de existencia.
El aumento del número de víc­timas ha sido proporcional al incremento de los controles migratorios por parte de las autoridades estadounidenses, al obligar a los emigrantes a buscar rutas cada vez más peligrosas para intentar su ingreso en EEUU.
Incluso agencias oficiales del gobierno estadounidense, como la Oficina de Contabilidad del Gobierno (GAO, en inglés), consideran que el au­mento de víctimas es consecuencia directa del incremento de las restric­ciones y la vigilancia. También consecuencia indirecta del desastre de los Estados latinoamericanos, incapaces de ofrecer trabajo y esperanza a sus poblaciones. Según la CEPAL, en 2006 la emigración latinoamericana era ya de 25 millones de personas, lo que convierte a Latinoamérica en la región del mundo que mayor número de personas expulsa de sus países de origen.

Economia-ciencia

Dos siglos después de su independencia, la región se halla en el fur­gón de cola de la economía, el comercio y el desarrollo científico-técni­co mundiales, sobre todo de este último, lo que compromete seriamente su futuro y perspectivas.
La crudeza de los datos sobre el atraso no ocupará ningún lugar de honor en el previsible torrente de actos conmemorativos de los 200 años de vida independiente.
Como ha venido ocurriendo a lo largo de estos dos siglos, el aluvión de fastos servirá para ocultar un hecho difícilmen­te soslayable, y es que la independencia de España y de Portugal terminó en fraude, pues sólo significó cambiar el tipo de dominación y de amo.
El blando imperialismo ibérico fue sustituido, casi sin transición, por uno más taimado, cruel y rapaz, como fue el imperialismo informal de Gran Bretaña, menos visible pero más incisivo e implacable.
La nueva forma de dominio penetrará tan profundamente en la estructura política, econó­mica y social, que los nuevos Estados van a ser conformados para satisfa­cer las demandas de la nueva metrópolis, con olvido de sus propios intere­ses.
Tan hondo calará el imperialismo informal, que este imperialismo aún perdura, no en cuanto al país dominante (los británicos fueron sustituidos en el siglo XX por EEUU y en el XXI por un conglomerado de países, algunos europeos, que no podían faltar al festín pantagruélico que supusieron las privatizaciones), sino en cuanto al modelo económico y social.
La dominación británica

La dominación británica, además, aisló a Latinoamérica de los cambios que sacudieron a Europa y al mundo en el siglo XIX, y que cambiaron el rostro del planeta en lo bueno y en lo malo. Pasando el tiempo, este aislamiento determinó que la región se fuera quedando en el furgón de cola de la economía mundial y completamente al margen de las revoluciones industriales y científico-técnicas que, desde el siglo XIX, han moldeado y transformado, como nunca en su historia, a la humanidad, eso que continúa hoy a velocidad vertiginosa.


Un origen

El origen del imperialismo informal y de otros muchos desastres, que siguen afligiendo y mantienen entrampados a los países, se encuentra en la cuna misma de la independencia, es decir, en el periodo inmediato, ulterior y posterior, a las guerras contra el dominio de España.
Está tam­bién en aquel reducido grupo de criollos, hijos casi todos de las oligar­quías nativas, buena parte de ellos educados en Europa como europeos, que, al tiempo que profesaban un profundo sentimiento antiespañol –no obstante serlo ellos mismos–, eran admiradores devotos del poder britá­nico, lo que les llevó a actuar, de manera consciente o inconsciente, como agentes del imperialismo inglés.
Fue así cómo su sentimiento an­tiespañol –y el deseo de imitar miméticamente a los independentistas estadounidenses– les impulsó a buscar la independencia sin detenerse a
analizar costos ni analizar las precarias circunstancias internas y externas que existían para la región. Fue así también cómo su anglofilia los llevó entregar los países y las economías a los intereses británicos, hasta el punto de renunciar, antes aún de haberse consumado la derrota de España a cualquier planteamiento de construcción nacional autónoma. Los Estados emergentes pasaron a convertirse en simples apéndices de los intereses comerciales, económicos y políticos de Inglaterra, hecho que determinará su evolución posterior y explica parte sustancial de su fracaso actual como Estados.

Los grupos dominantes que tomaron el poder en los países recién crea­dos, estuvieron más pendientes de satisfacer al poder extranjero y defen­der sus intereses de clase que preocupados por crear Estados fuertes y pueblos educados y felices.
Su preocupación fue crear Estados que sirvie­ran a sus intereses de clase y a los intereses de la metrópoli tutelar: El Es­tado oligárquico, clasista, excluyente, anclado en el siglo XVII, en el que las oligarquías de comerciantes y terratenientes se perpetuarían a sí mis­mas y donde los ciudadanos serían como los peones en sus grandes ha­ciendas, masas para cumplir con lo que decidiera el gobierno oligarca de turno.
Siendo más fácil imitar que crear, dichas oligarquías se dedicaron con afán a copiar las ideas y conductas, inglesas en economía, francesas en modas y arte. En suma, a imitarlas miméticamente, para sentir que ellos, criollos, aunque vivieran como exiliados en aquel aislado conti­nente, eran sus pares en América, aunque les separara no sólo el océano Atlántico, sino todo lo demás, salvo religión y cultura.
Ellos, además, te­nían una misión que realizar, expuesta de manera clara por uno de los personajes más singulares del sigloXIX argentino, Domingo Faustino Sarmiento, autor de una obra que tuvo un gran impacto en la región: Fa­cundo, Civilización y barbarie, escrita por fascículos durante su exilio en Chile y publicada como libro en 1845. En sus páginas exclama Sarmien­to: «De eso se trata, de ser o no ser salvaje».
Luego, en el capítulo II de su obra, escribe:
Si un destello de literatura nacional puede brillar momentáneamente en' las nuevas sociedades americanas, es el que resulta de la descripción de las grandiosas escenas naturales y, sobre todo, de la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la inteligencia y la materia.

¿Y que entendía por «civilización»?

Simplemente, la imitación me­cánica de lo que entendían por europeo, que era lo británico y lo francés (no lo español o portugués).
De ahí la importancia de volver al pasado para poder entender mejor el presente.
A pesar de haber transcurrido casi dos siglos, la historia de la región sigue anclada en sus orígenes y continúa pagando con creces los errores cometidos por las clases oligár­quicas que tomaron el poder, en sustitución de España y Portugal.
Erro­res que siguen vigentes y son repetidos una y otra vez, década tras déca­da, prolongando en el tiempo la postración y haciendo más profundo el atraso y el dolor de Latinoamérica.
III

De la imprevisión y ausencia de visión de futuro que tenían los libertadores, y las oligarquías en general, da cuenta un hecho que marcará el tino de los nuevos países:
Las derrotas de los maltrechos y aislados ejercitos realistas abren las puertas a la anarquía, el caos y peor aun , las guerras civiles.
De México a Argentina, las oligarquías se dividen por obtener el control del poder y, en ese afán, hunden a los pueblos en interminables guerras fratricidas, que se prolongarán a lo largo del siglo XIX en algún caso como Colombia, perduran todavía.
Mientras Bolívar avanza, sin mirar atrás, sobre Bogotá y cruza los Andes, Venezuela se sume en una guerra atroz de todos contra todos que, con 100.000 muertes sobre una población inferior al millón de habitantes, la dejará arruinada y desangrada para el resto del siglo.
Entre 1821 y 1846, México se hunde en una espiral destructiva.
Tiene 27 gobiernos con 72 gobernantes, lo que es aprovechado por EEUU para arrebatarle, en 1847, la mitad del territorio heredado de España.
Bolivia, a lo largo del siglo XIX, tiene 28 gobiernos y cinco guerras, entre ellas la Guerra del Pacífico, que la priva de su salida al mar.

Perú, entre 1821 y 1851, tiene 21 gobiernos. La República Federal Centroamericana naufraga en 1836, a causa de las guerras civiles y las mezquindades de las oligarquías, mientras Inglaterrase queda con Belice y ocupa la Mosquitia de Nicaragua y Honduras, donde, en 1856, una nueva guerra civil hace posible que un puñado de filibusteros se apodere del país, con la intención de anexar Centroamérica a EEUU.
La unidad centroamericana logra vencerlos, pero Nicaragua queda arrasada.
En Argentina, las guerras civiles se prolongan hasta 1860, para desembocar en el peor conflicto conocido por América Latina, la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay.
Éste era, paradójicamente, el único País que se había librado del caos y las guerras.
Único país, también, que había sentado la bases de un Estado fuerte, con reforma agraria, educa­ción pública y proteccionismo económico.
La guerra agravará la crisis económica argentina y destruirá Paraguay por cien años.

Bolívar tiene conciencia tardía del caos en que se hundían, uno tras otro, los países latinoamericanos, y la solución que propone al desastre reinante, provocado por él mismo, hace aún mayor la perplejidad res­pecto de su idea sobre el futuro de la región.

La solución de Bolívar es poner a los nuevos países bajo tutela extranjera, hasta la resolución de las crisis intestinas.
«Los Estados americanos han menester de los cuida­dos de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despo­tismo y la guerra», afirma Bolívar en la Carta de Jamaica.

Primero pi­diendo la intervención foránea y luego proponiendo la tutela extranjera sobre los países emergentes,
¿qué independencia podía ser aquélla?
¿La guerra contra España para cambiar las cadenas?
¿Alguien se imagina, en el EEUU de los años de independencia, a Thomas Jefferson o a George Washington pidiendo la tutela extranjera para el naciente Estado?

Cier­tamente, los independentistas estadounidenses necesitaron de Francia y España, sin cuya intervención hubiera sido imposible lograr la derrota de Inglaterra.
Pero no es menos cierto que, en las negociaciones de París entre las potencias europeas sobre EEUU, los negociadores estadouni­denses terminaron arreglando bilateralmente sus diferencias con Ingla­terra para garantizar, justamente, la independencia real de su país, dando con un palmo en las narices a los dos países que habían hecho posible esa independencia.
Los próceres estadounidenses nunca se plantearon cam­biar un dominio por otro, es decir, pasar del dominio británico al franco-español.
Su objetivo fue siempre, como lo demostraron en París, tener un país para ellos mismos.
No se trataba tanto de derrotar a Inglaterra por derrotarla, sino de crear un país independiente, la defensa de cuyos intereses ocupó siempre (y ha seguido ocupando) un lugar señero en la mente y los planes de los dirigentes de EEUU, lo que ha sido un factor determinante de su éxito como clase dominante y como país.
En Lati­noamérica, por el contrario, se buscaba la derrota de España sin más, razón por la cual no se dudó en bendecir la injerencia extranjera antes y después de las guerras de independencia.
Por ese motivo, los intereses naciona­les no ocuparon nunca un lugar similar al que poseían en EEUU y sí, en cambio, quedó formando parte del ethos nacional la reverencia casi idolatrica al poder foráneo.

Otro efecto terrible dejó la independencia, cual fue la fragmentación de los dominios de España en quince países, división que hizo mayor la ruina de los nuevos Estados y dio pie a conflictos bélicos, intervenciones extranjeras y la rapiña de territorios.
En el caso de Centroamérica, determino que aquellos reducidos Estados fueran presa de oligarquías cavernarias y ambiciones extranjeras, que a la postre dejarán como resultado la desarticulación de los países del Itsmo , convertido en campo de batalla de los intereses de estadounidenses e ingleses.

Tres países resultaron beneficiarios netos de la desastrosa indepen­dencia hispanoamericana:

Inglaterra, que queda como potencia hege­monica y aprovecha el caos imperante para imponer su diktat económico y comercial, consolidar el dominio dobre Belice y Guayana y apoderarse de la Mosquitia Nicaraguense y Hondureña y del archipielagod e las Malvinas de Argenina;

EEUU, que logra triplicar su territorio a expensas de España primero y México después; y Brasil, que merced al ejército sabe evitar la fragmentación de su vasto territorio y, desde Sáo Paulo, impulsa un política de expansión territorial que le permitirá ampliar sus dominios a costa de casi todos los países vecinos, hasta convertirse en el mas extenso Estado de Sudamerica, como se vera mas adelante.­

Un factor determinante del futuro de la región es que la independen­cia latinoamericána no es resultado de causas endógenas, por más que los historiadores nativos, sobre todo en el siglo XIX, hayan querido pre­sentar aquel proceso como una gesta nacida de las entrañas de los pue­blos «oprimidos» por España.

No es que no existieran causas objetivas que habrían llevado en un momento dado —como ocurrirá en Cuba a partir de 1860— a plantear la independencia como parte de un proceso natural de maduración de las sociedades iberoamericanas.

Pero a princi­pios del siglo XIX esas causas no existían, entre otras razones porque las colonias españolas vivían un periodo de prosperidad o resurgimiento a causa, sobre todo, de las reformas internas y extendidas a América duran­te el reinado de Carlos III y la época del despotismo ilustrado.
Estas re­formas habían provocado una recuperación notable de España como po­tencia mundial y contribuido a mejorar la economía y la administración de los vastos dominios que conformaban la Corona española, de Améri­ca a Filipinas.

Por lo demás, algunos episodios históricos permiten sostener que no sólo no existía un sentimiento independentista en la vasta mayoría de la amplia mixtura que formaba la población hispanoamericana, suma de españoles, criollos, mestizos, mulatos, zambos, indígenas, negros y euro­peos de la más variada procedencia, sino todo lo contrario.

En el siglo XVII se había consolidado un fuerte sentimiento de identidad y perte­nencia a un corpus político propio y singular, una patria grande, que lle­vaba a las autoridades y habitantes de aquellos extendidos dominios a defender sus territorios y la Corona con un ardor y un empeño envidia­bles.
Las páginas de la historia hispanoamericana están llenas de peque­ñas, medianas y enormes victorias militares sobre Inglaterra, que resulta­rían imposibles de explicar —sobre todo las que se dieron entre 1760 y 1807— de no existir un fuerte espíritu de vinculación al sistema imperan­te y, por qué no decirlo (rompiendo otro tabú de la mitología regional), a lo que representaban España y la Corona.

Los dominios españoles se defendían unos a otros, comerciaban y se movían dentro de un espacio común que se aceptaba como tal.

El aporte que llegaba de España era va­riable, según la magnitud del conflicto, pero las provincias, por lo gene­ral, se defendían con lo que tenían y les llegaba de otras provincias, solbre todo en el Caribe.

Entre 1741 y 1807, Inglaterra realizó esfuerzos denodados por apode­rarse de plazas y sitios estratégicos en América, para quebrantar el domi­nio español y expulsar a España como gran potencia colonial continen­tal y mundial.

Se inició la campaña con el intento inglés de tomar Cartagena de Indias, dando lugar a la primera de una serie de encarniza­dos combates entre españoles y británicos en plazas españolas en el con­tinente americano.

La invasión e intento de ocupar Cartagena fue la ma­yor derrota sufrida a lo largo de su historia por la flota imperial británica.

Para el ataque, Inglaterra juntó la flota más grande jamás vista por el mundo —186 buques—, sólo superada siglos después por la que desembarcó en Normandía.

Los defensores de Cartagena eran apenas unos 3.600 hom­bres, frente a los 27.000 soldados británicos.
Pese a ello, la invasión fue derrotada tras encarnizados combates, y los ingleses sufrieron tales pérdidas que tuvieron que incendiar varios barcos por falta de tripulación.
La anécdota la dejó el presuntuoso jefe de la flota británica, el almirante Vernon, quien, antes de cazado el oso, había enviado a Londres una car­ta dando cuenta de su victoria.

El rey Jorge II, al recibir la carta, ordenó acuñar monedas en las que aparecía el jefe español de Cartagena, Blas de Lezo, de rodillas ante un triunfante Vernon.
Cuando en Londres se supo la verdad, Jorge II ordenó retirar las monedas y borrar de la historia in­glesa la humillante derrota de Cartagena de Indias.

Un intento similar ordenó Inglaterra sobre La Habana, en 1762, de la que se logra apoderar después de feroces combates, de lo que da cuen­ta el número de bajas de los contendientes, que son mil de hispano-cu­banos y casi dos mil entre los británicos.

La Habana permaneció bajo control inglés once meses, siendo devuelta a España a cambio de la Flo­rida.

No hubo, pese al atinado gobierno inglés, que abrió un periodo de prosperidad en la isla, intento alguno de rebelión contra España, que, de haberse dado, le habría hecho casi imposible recuperar su mayor do­minio caribeño (la sublevación de las colonias británicas en América se iniciaría doce años después, en 1775).

Entre 1762 y 1780, los ingleses intentan apoderarse del río San Juan (un viejo sueño acariciado desde los tiempos de Cromwell), en la pro­vincia de Nicaragua, viéndose en ambos casos frustrados sus intentos.

En la primera, de 1762, son derrotados por una jovencita de 19 años, de nombre Rafaela Herrera, que había quedado al mando de la fortaleza de la Inmaculada por la muerte de su padre, jefe de la misma.
Atemori­zados por la flota inglesa y privados de capitán, muchos de los defensores hablaron de rendirse.
Cuenta la historia que, en aquella coyuntura, la jo­vencita Herrera exclamó:
“Los cobardes que se vayan y los valientes que se queden a morir conmigo”.

Ante tal arrojo, la tropa se aprestó a la de­fensa, disparando ella el primer cañón, «con tan feliz acierto —cuenta el historiador José Dolores Gámez— que del tercero logró matar al coman­dante inglés y echar a pique una balandrita».

Por la noche, hizo empapar lonas de combustible y echarlas al río, hacia las naves inglesas, que leva­ron anclas, asustadas por lo que creyeron fuego griego.

Dos días después levaban anclas, derrotados.
Los defensores de la fortaleza celebraron la victoria al grito de «Viva Carlos III», no «Viva Nicaragua», entidad política que entonces no existía, salvo bajo la forma de provincia integrada en la Capitanía General de Guatemala, que era parte de la Corona espa­ñola.

En el segundo ataque inglés, de 1780, los invasores llevan entre su oficialidad al capitán Horacio Nelson, entonces de 22 años.
Es la más grande fuerza expedicionaria enviada contra el castillo, contando los ingleses con centenares de zambos mosquitos para el ataque.
El castillo de la Inmaculada, por su parte, se encuentra reparado y dotado de una fuerte guarnición de castellanos, criollos, pardos y negros.
Al amane­cer del día 12 de abril de 1780, sigue relatando el historiador Gámez, «el enemigo tocó una diana y saludó el pabellón con un hurra prolonga­do.
Los españoles izaron también su bandera, dieron un viva a Carlos III y rompieron los fuegos».
Los combates son durísimos y la oficialidad del castillo decide resistir «hasta el último extremo».
No obstante, para el 19 de abril habían agotado las balas de cañón, salvo 63 reservadas para casos extremos.
La situación se torna imposible el día 21, pues los si­tiados no pueden mantener el aprovisionamiento de agua.
Sin muni­ciones ni agua, el 22 de abril tiene lugar la rendición.
Sin embargo, la victoria inglesa es pírrica.
Sus pérdidas han sido tan graves, en hom­bres y barcas, que no pueden moverse de la fortaleza.
Los escasos re­fuerzos que llegan de Jamaica no bastan para suplir las bajas.
Final mente, la disentería se ensaña con las tropas y se ven obligados a retirarse meses después.
Entre las bajas inglesas, dicho sea de paso, se cuenta Nelson, afectado seriamente de disentería. De los 200 hombres que había llevado el capitán Nelson al asalto del castillo de la Inmacu­lada, sólo sobrevivieron diez.

Puerto Rico afrentó, en 1797, la siguiente gran ofensiva británica so­bre dominios españoles. Inglaterra envió 68 buques y 14.000 hombres.
Frente a ellos había, según la mayoría de historiadores puertorriqueños, unos 6.000 defensores.
Los combates se prolongan del 18 de abril al 1 de mayo, cuando los ingleses se ven obligados a volver a sus barcos, después de sufrir fuertes pérdidas y ante el temor de verse rodeados por las tropas hispano-puertorriqueñas.
Para el escritor puertorriqueño Luis López Nieves, «la historia de esta invasión es probablemente la más dramática de todas» las invasiones extranjeras sufridas por la isla. El impacto dejado entre sus habitantes fue tan grande que, aún hoy, cantan la copla que recuerda el heroísmo del sargento mayor del Toa, Pepe Díaz, quien, rela­ta López Nieves, «reunió a 50 milicianos voluntarios de su pueblo y acu­dió al rescate de la capital. En el puente de Martín Peña, tras una lucha heroica cuyos detalles no se conocen, Pepe Díaz recibió de frente la des­carga de un cañón y murió». La copla que siguen cantando en Puerto Rico dice así:

En el puente de Martín Peña
mataron a Pepe Díaz,
el soldado más valiente
que el Rey de España tenía.

Las últimas en el tiempo fueron las invasiones inglesas de Buenos Aires, entre 1806 y 1807, que terminaron igual que las anteriores en otros puntos de la geografía americana de España.
No obstante, por su proximidad en el tiempo a las guerras de independencia, las dos inva­siones de Buenos Aires merecen una recapitulación.
La primera, de 1806, terminó con la conquista de Buenos Aires y la derrota inglesa merced a los soldados y pertrechos enviados por Montevideo, al mando de Santiago de Liniers, español de origen francés.
Episodio singular protagonizó Manuel Belgrano, quien, tras la rendición del cabildo bo­naerense al invasor inglés, se retiró «casi fugado», según expresara él mismo, a la banda oriental del Plata, afirmando decidido:
«Queremos al antiguo amo o a ninguno».
El ejército de Liniers se refuerza con la caballería de Juan Martín de Pueyrredón y los voluntarios de Martín de Álzaga, rico comerciante de origen vasco. Juntos acorralan a los ingle­ses y logran su rendición.
La flota inglesa, pese a la derrota, no abandona el río de La Plata, a la espera de refuerzos. Éstos llegan al mando del general Whitelocke, a fi­nales de 1806.
Con las nuevas tropas, toma Montevideo y prepara la se­gunda invasión de Buenos Aires.
Ante el peligro que se cierne sobre la ciudad, Liniers emite una proclama para crear unos cuerpos urbanos que asumieran su defensa.
La proclama, de septiembre de 1806, decía, entre otras soflamas:

“Es justo temor de que veamos nuevamente cubiertas nuestras costas de aquellos mismos bajeles enemigos que poco hace hemos visto desaparecer huyendo de la energía y vigor de nuestro invencible esfuerzo; la lisonjera y bien fundada esperanza de conservar en toda su opinión las victoriosas ar­mas de nuestro muy amado soberano; y el mantenimiento y sostén de la alta gloria con que se acaba de cubrir esta felicísima provincia por el incompara­ble ardor con que habéis vencido y sojuzgado los escuadrones enemigos que osaron profanar con el estruendo de sus armas este afortunado suelo, me ha­cen esperar sin el menor motivo de zozobra que correréis ansiosos de prestar vuestro nombre para defensa de la misma patria que acaba de deberos su res­tauración y libertad. [ ... ]
Así, para que no decaiga un solo punto la gloria de que para siempre ha­béis cubierto al suelo americano, para mantener con dignidad la alta reputa­ción de las armas del rey católico, y para asegurar la quietud tranquila de vuestros hijos y la posesión de vuestros bienes, exige el respeto a la religión, la lealtad al soberano y el amor a la patria, de que sois tan dignos habitantes, el que renazcan en América los antiguos e inextinguibles timbres de las pro­vincias de la monarquía española, resucitando aquí sus hijos aquel antiguo esplendor que ha constituido el carácter distintivo de su fidelidad y dé su gloria. [...]
Vengan, pues, los invencibles Cántabros, los intrépidos catalanes, los va­lientes asturianos y gallegos, los temibles castellanos, andaluces y aragone­ses; en una palabra, todos los que llamándose españoles se han hecho dignos de tan glorioso nombre. Vengan, y unidos al esforzado, fiel e inmortal ame­ricano, y a los demás habitadores de este suelo, desafiaremos a esas aguerri­das huestes enemigas que, no contentas con causar la desolación de las ciu­dades y los campos del mundo antiguo, amenazan envidiosas invadir las tranquilas y apacibles costas de nuestra feliz América.

¿Puede creerse que, en esos años, anidaba alguna idea clara, determi­nada o precisa de independentismo?
¿No habrían firmado o repetido la proclama de Liniers los ejércitos y milicias que habían defendido tan he­roicamente La Habana, Puerto Rico, Cartagena de Indias o el río San Juan de Nicaragua?
Un ardor que, en el caso de Buenos Aires, hizo ex­clamar al derrotado general Whitelocke, delante de la corte marcial que lo juzgaba por la terrible y humillante derrota militar sufrida en el Plata:
No hay un solo ejemplo en la historia que pueda igualarse a lo ocurrido en Buenos Aires donde, sin exageración, todos los habitantes, libres o escla­vos, combatieron con una resolución y una pertinacia que no podía esperar­se ni del entusiasmo religioso o patriótico, ni del odio más inveterado o im­placable.

La realidad es que los generales ingleses derrotados en Cartagena, Puerto Rico o el río San Juan de Nicaragua habrían podido repetir las mismas palabras.

Los hechos, en este sentido, se acumulan en los libros de historia, censurados o desfigurados durante 200 años para mantener la mitología oficial.

Así, la resistencia en el castillo de la Inmaculada Concepción, en Nicaragua, en 1780, fue tan feroz que, habiendo agota­do las balas sus defensores, tomaban las inglesas y las devolvían con sus cañones.
De no haberse quedado sin suministro de agua, la resistencia habría sido hasta la muerte. Pero para entonces, las pérdidas humanas inglesas eran tan graves que los invasores debieron retirarse.
Una victo­ria pírrica que no impidió que el San Juan siguiera siendo español.

En todas aquellas invasiones que se prolongaron por medio siglo, es­pañoles, criollos, zambos, mestizos, indígenas y negros combatieron, hombro con hombro, contra los invasores, defendiendo algo que era más que un dominio colonial.
Que era, ya, el germen de patria, pero in status nascendi, verde, inmaduro, razón por la cual la identificación seguía estando en la pertenencia a un ente superior cuya capital estaba en Madrid.

Por tal motivo, en ninguno de los sitios atacados por los ingle­ses se dio conato alguno de rebelión o secesión.
Fue, como señalan los epi­sodios recogidos, lo opuesto. Una defensa heroica y férrea de todas y cada una de las plazas frente al invasor extranjero, dato tanto más rele­vante cuanto que España mantenía poca tropa peninsular en América, de manera que el grueso de sus ejércitos americanos lo formaban gente del lugar.
De esta realidad hay tantos ejemplos que sería cansino relatar­los.
Con pardos y mestizos, el capitán general de Guatemala forma el ejército que expulsa a los ingleses de la Mosquitia de Nicaragua, reduciéndolos a Beli­ce.
Bernardo de Gálvez recluta, en 1779, tropa en México, Canarias, Cuba, Puerto Rico y Dominicana para las campañas militares contra In­glaterra en Luisiana y Florida, con resonantes victorias.
Fuerzas milicia­nas, recursos y armas llegan a Buenos Aires de Uruguay y Paraguay, para la defensa de la ciudad rioplatense ante la segunda invasión inglesa, en 1807.
Tropas de Cuba y Puerto Rico llegan a Nueva Granada, para com­batir las primeras intentonas de Bolívar y Miranda... Ciertamente, aquella América española unida era fuerte, invencible y respetada.

Nun­ca pudo el inglés obtener triunfos principales ni retener mucho tiempo sus conquistas, y sí, en cambio, sufrir algunas de sus mayores derrotas en Cartagena, Puerto Rico o Buenos Aires, derrotas tan devastadoras para el orgullo inglés que las borraban de su historia.
IV
En este punto es necesario hacer una inflexión.
España era, indudable­mente, un imperio, y sus dominios americanos, colonias.
Pero, ¿qué clase de imperio, qué tipo de colonias?


Tentado es irse por la parte más fácil y asimilarlo a otros imperios que han existido en la época moderna, como el británico o el francés.
No parece acertado hacer una equiparación miméti­ca.
En muchos sentidos, el Imperio español, como el portugués en Amé­rica, más recuerdan al Imperio romano que no a los imperialismos moder­nos.
América fue tierra de expolio de riquezas y explotación de los pueblos indígenas, pero fue también tierra de emigración, colonización y esperan­za.
Desde las primeras naos que trajeron a Colón y sus hombres, las Indias fueron tierra de explotación y promisión.
La administración colonial ex­trajo cuando pudo y también exportó lo que pudo, desde las lenguas y la re­ligión hasta la cocina, la arquitectura y los hábitos.
Roma invadió y expo­lió Hispania y Lusitania, pero también la colonizó con su gente, le dio su lengua y su cultura, y la hizo parte de su propia entidad.
A la Europa roma­nizada se la llama la Europa latina, para distinguirla de la Europa germáni­ca y eslava.
España y Portugal invadieron y expoliaron sus dominios ame­ricanos, pero también los colonizaron con su gente.
De la misma manera que había actuado Roma siglos atrás, España hispanizó sus dominios y Por­tugal «portugalizó» Brasil.
Millones de ibéricos cruzaron el océano Atlán­tico para establecerse en una nueva patria que sería, para siempre, la suya.

No son una pléyade desquiciada del tipo del capitan Kurtz, el perso­naje siniestro que retrata Joseph Conrad en su magistral novela El cora­zón de las tinieblas, el europeo brutal y criminal que expolia y destruye un continente para su propio provecho, inmerso en la «danza de la muerte y el comercio», que Hannah, Arendt usa como referente en su análisis del imperialismo en su conocida obra Los orígenes del totalitarismo.
No son Leopoldo II, el criminal rey belga que hizo del Congo el mayor muestrario de atrocidades hasta la llegada del nazismo (a fin de cuentas, como dijo Hannah Arendt, el nazismo fue la aplicación de los métodos del colonia­lismo en Europa).

Un hecho puede ilustrar la diferencia: cuando se inde­pendizó Brasil, ningún portugués se sintió obligado a regresar; cuando se independizaron Angola y Mozambique, millones de portugueses regresa­ron a Portugal.

África no era su patria.
Tampoco regresaron a España los españoles de Hispanoamérica.
Ni siquiera lo hicieron todas las autorida­des coloniales.
Los colonos que habían arribado a las Indias eran como los que describe el poderoso Neruda, en su Canto General:

Las barcas van apretadas de garras
y barbas rojas de Castilla.
Son Arias, Reyes, Rojas, Maldonados,
hijos del desamparo castellano,
conocedores del hambre en invierno
y de los piojos en los mesones.
[……..1
No salieron de los puertos del Sur
a poner las manos del pueblo
en el saqueo y en la muerte:
ellos ven verdes tierras, libertades,
cadenas rotas, construcciones,
y desde el barco, las olas que se extinguen
sobre las costas de compacto misterio.
[...1
Eran pueblo, cabezas hirsutas de Montiel,
manos duras y rotas de Ocaña y Piedrahita,
brazos de herreros, ojos de niños
que miraban el sol terrible y las palmeras.
El hambre antigua de Europa,
hambre como la cola de un planeta mortal,
poblaba el buque,
el hambre estaba allí, desmantelada,
errabunda hacha fría, madrastra
de los pueblos, el hambre echa los dados en la navegación,
soplan las velas...
[...1
«Más allá, más allá, lejos del piojo,
del látigo feudal, del calabozo,
de las galeras llenas de excremento.»
Y los ojos de Núñez y Bernales
clavaban en la ilimitada
luz el reposo,
una vida, otra vida,
la innumerable y castigada
familia de los pobres del mundo.



Eran gentes así las que llegaron, huyendo del hambre, las servidum­bres, las guerras...
Según recoge Manuel Lucena –en el capítulo «La in­terdependencia entre América y Europa», en el tomo II de la obra Histo­ria de Iberoamérica–, «a fines de la tercera década del siglo XVI había unos 150.000 habitantes blancos en Hispanoamérica», que a finales del siglo XVII «sobrepasarían el millón».
En 1680, embarcaban tantos portugueses a Brasil que la Corona debió adoptar medidas para evitar la despoblación.
Esa gente pobló cuanto pudo un continente inmenso, fundó ciudades y pueblos que llamaron Granada, León, Valladolid, Córdoba, Guadalajara, Segovia... es decir, como sus sitios de origen, en los que construyeron iglesias, universidades, oficios, y se mezcló con indígenas y negros para in­ventar el mestizo y el mulato, aunque sólo fuera porque, de cada cien emigrantes, sólo diez eran mujeres (los británicos nunca se mezclaron).

Se hicieron americanos y, cuando era menester, tomaban las armas para defender sus tierras, ciudades y bienes de los invasores ingleses, holande­ses o franceses.
Fundaron países y después, cuando más necesaria era la unión, rompieron lo que habían defendido 300 años, siguiendo a un gru­po de iluminados aventureros que no tenía otro propósito que destruir el dominio de Madrid, logrando ellos hacer en pocos años lo que Inglaterra no había podido en siglos: liquidar a España como potencia mundial, pri­vándola de sus dominios americanos.
Este será un factor fundamental para la constitución de Inglaterra como potencia hegemónica mundial en lo que resta del siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial.

En este punto, es pertinente abordar otro tópico hispanoamericano:

El de la responsabilidad con lo que ocurrió en América durante la conquista y la colonia.

El tópico es culpar a España y a sus conquistadores y coloni­zadores, reduciéndolo todo a una cuestión geográfica.

Según este tópico, los responsables serían la España peninsular y los españoles que habitaban y siguen habitando la España de hoy.

Se trata de una verdad a medias.
La parte verdadera es que España extrajo cuanta riqueza pudo de sus domi­nios americanos, sobre todo metales preciosos.
Lo hizo sobre la servidum­bre de los indígenas y la esclavitud de los negros, y millones de ellos pere­cieron por el exceso de trabajo, el maltrato y las pésimas condiciones en que vivían.
Una verdad que es imposible negar.
La otra mitad es que del expolio se beneficiaron también los descendientes de españoles, los lla­mados criollos, como ilustrara ampliamente Severo Martínez Peláez en su conocido ensayo La patria del Criollo.
Una mayoría de conquistadores mu­rió éñ América.
Pedrarias Dávila, de viejo, en Panamá; Almagro, ejecuta­do en Lima; Pizarro, asesinado en la misma ciudad; Ponce de León, de una herida, en Cuba. O se quedó a vivir en los territorios conquistados, trans­formándose de conquistadores en colonos.
Por ejemplo, Bernal Díaz, sol­dado de Hernán Cortés, que se quedó a vivir en Guatemala, donde escri­bió su Historia verdadera sobre la conquista de la Nueva España, cuya vida resume poética y magistralmente Ernesto Cardenal en El Estrecho Dudoso:

En Santiago de los Caballeros de Guatemala
hay un viejo regidor. Un viejo conquistador
de barba blanca, con una hija por casar,
casi sordo y casi ciego. Apenas oye las campanas
lejanas, como las campanas de Medina del Campo.
1...1
Irá escribiendo con su pluma, despacio, despacio,
corrigiendo los errores con cuidado, como el piloto
que va descubriendo las costas, echando la sonda...
Ya es tarde. El cuarto se está oscureciendo.
Las campanas de Santiago de los Caballeros de Guatemala
suenan lejanas, lejanas, como las campanas
de Medina del Campo.

Serán estos colonos los beneficiarios del sistema colonial. Una mino­ría seguirá, como Bernal Díaz, siendo pobre, pero los más forman el es­trato más alto de la jerarquía social colonial, levemente por debajo del funcionariado nombrado por la Corona.
Se convertirán, con el paso de los siglos, en las oligarquías que tomarán el poder con la independencia y que, para obviar sus propias responsabilidades, escribirán a su antojo la historia de sus respectivos países.

Bolívar era de la aristocracia caraque­ña y hacendado millonario, y esos millones pagaron su vida y lujos en Europa;
Santander era otro latifundista;
O'Higgins era hijo del virrey del Perú, de quien heredó una inmensa fortuna;
San Martín era hijo y sobrino de gobernadores provinciales, y de su origen da cuenta que estudiara en el Real Seminario de Nobles de Madrid...
Para las oligarquías, achacar todas las culpas a España les posibilitaba autoeximirse de res­ponsabilidad por los inmensos desatinos y los desastres que habían pro­vocado.
A fin de cuentas, como se ha indicado al inicio de este trabajo, escribir la historia es privilegio de los vencedores.

Era fácil, también, desde el monopolio de la ideología y el poder que detentaban esas oligarquías, presentarse a sí mismas como salvadoras de sus respectivas pa­trias, aunque su primer oficio había sido —y ha seguido siendo— atender sus intereses de clase, y el segundo, atender los intereses de la potencia protectora, Inglaterra o EEUU.

Otro grupo que se beneficia de la explotación de indígenas y negros es el de los mestizos, estrato ascendente en la sociedad colonial a medi­da que aumentaba su número y aliados imprescindibles de los criollos en el mantenimiento del sistema de opresión de los indígenas.
Según Luce­na, los mestizos eran un estrato «que tenía acceso a la propiedad media de bienes o vivía en la pobreza y se ocupaba de las actividades agrícolas como granjeros independientes, militares como mandos subalternos o co­merciales como minoristas.
También eran jornaleros y artesanos».
Mestizos y mulatos fueron, por siglos, elemento principal de los ejércitos que los libros de historia hispanoamericana refieren como «españoles», dando a entender que en esos ejércitos no participan criollos, mestizos y mulatos cuando, en muchos casos, constituían el grueso de las fuerzas «españolas».

Un ejemplo contribuiría a aclarar el hecho.
Los indígenas miskitos y los negros creole de la costa caribe de Nicaragua siguen lla­mando a los habitantes del centro y Pacífico del país «españoles».
Du­rante la colonia, Inglaterra abrió establecimientos en el Caribe, desde donde hostigaba los asentamientos y ciudades españoles y reclutaba a mis­kitos y creoles para atacar los puestos avanzados.
Para miskitos y creoles, los habitantes de la provincia de Nicaragua eran, simplemente, «españo­les», adjetivo que se debe entender en un sentido cultural, no étnico o racial, un calificativo que siguen empleando 180 años después del fin del dominio español.
V
El proceso de independencia de las colonias españolas no tenía, por más que se quiera tapar la historia, raíces endógenas, ni había, como se puede colegir de la fiereza con que españoles y americanos combatieron al invasor inglés, sentimientos separatistas ni antiespañoles.
El examen de los hechos obliga a sostener lo contrario: que el sentimiento que pre­valecía era de lealtad a España y de unidad y solidaridad con el resto de dominios que formaban el Imperio español.
Esta afirmación contradice la mitología oficial que se estudia como historia en la región, donde el periodo colonial de 300 años se presenta y analiza como si la colonia hu­biera durado dos días.
Por otra parte, si fuera cierta la fábula que se repi­te desde la independencia, de que en las colonias existía un potente sen­timiento independentista y antiespañol,
¿por qué Miranda, Bolívar o San Martín suplicaban la intervención británica?
¿Por qué invocaban que Europa en su conjunto debía asumir la tarea como propia?
Porque sabían que, sin una intervención de la poderosa Albión, su movimiento sería derrotado
¿Por qué no se aprovecharon las invasiones inglesas de 1806 y 1808 para independizarse, si lo tenían todo en la mano?
Porque nadie, salvo un ínfimo grupo de iluminados, pensaba en la indepen­dencia.

El movimiento independentista fue, por tanto, de principio a fin, efecto de causas que tenían su vértice en las disputas de poder en Euro­pa, que nunca, en ningún momento, tomaron en cuenta la opinión de las oligarquías nativas y, menos todavía, a los habitantes de las colonias. Tan poco contaban esas oligarquías que, en 1792, París propuso a Lon­dres un plan para independizar la América española a fin de dejarla abierta a las mercancías británicas y francesas.
La propuesta quedó en nada porque, en breve tiempo, ambos países volvieron a guerrear amuerte.
Londres, único lugar al que acudía la reducida minoría que pen­saba en la independencia, variaba su posición según fuera España aliada o enemiga de Francia.
Miranda, Bolívar, O'Higgins o Mariño no eran más que piezas insignificantes en un juego que, seguramente, jamás lle­garon a entender y al que finalmente se prestarían siguiendo los compa­ses marcados por Inglaterra.
Tampoco existía un sentimiento independentista que mereciera tal nombre.
La historiografía oficial, desde la independencia, se aplicó a magnificar los brotes aislados que se dieron en algunos puntos, todos posteriores a 1808, año de la invasión napoleónica de España, ninguno de los cuales progresó.
Es más fácil medir el espíritu reinante en las colo­nias iberoamericanas si se compara con lo que ocurrió en EEUU.
Según narra Philip Jenkins en su Breve historia de Estados Unidos, entre 1766 y 1775, la oposición a los impuestos aumentó considerablemen­te, y los disidentes crearon una vigorosa red de propaganda y resistencia or­ganizada, basada en los clubes clandestinos de los Hijos de la Libertad.
Entre 1765 y 1767 una muchedumbre de bostonianos protagonizó violentas protestas contra la Ley del Timbre A partir de 1772 Boston se convirtió en el centro de una red de «Comités de Correspondencia», en continuo de­sarrollo, que compartían información y planeaban acciones conjuntas me­diante las que promover la identidad de una Norteamérica unida en contra de la represión británica.

En 1774 se celebró un Congreso Continental en Filadelfia y, en 1775, los agravios y disturbios habían vuelto la situación casi ingoberna­ble.
En abril de ese año se sucedieron las primeras escaramuzas que, an­dando los meses, se transformaron en guerra abierta entre un tercio de la población de las colonias y el poder inglés.
Siguiendo la cronología, la resistencia a los abusos de Inglaterra se inicia con disturbios en 1765, es decir, diez años antes de que empiecen a dispararse los primeros fusiles.

No hubo, en Iberoamérica, nada equivalente y, menos, ningún con­greso previo, ninguna coordinación, preparación o proyecto de futuro para aquellos inmensos dominios, que se extendían desde el Oregón has­ta el sur del mundo, que diría Neruda.
David S. Landes, en su obra La riqueza y la pobreza de las naciones, resume las circunstancias en que se dio la independencia latinoamericana:

En Latinoamérica, la independencia no procedió de la ideología colo­nial ni de la iniciativa política, sino de las carencias y los reveses de España (y Portugal) en casa, y de las rivalidades y guerras europeas.

Cuando Espa­ña se reveló incapaz de gobernar allende el mar, los hombres fuertes del Nuevo Mundo se aprovecharon de ese vacío y se apoderaron del poder, en­contrando sólo esporádicamente focos de resistencia.
La independencia les cayó del cielo, sorprendiendo a las entidades informes, rudimentarias, que sólo pretendían cambiar de amo.

No existió relación alguna entre los dirigentes y los grupos indepen­dentistas dirigida a mantener la unidad de los dominios españoles.
Bien al contrario, la anarquía que, por negligencia o ceguera, producen las guerras de independencia, propició la balcanización de la región.
Su efecto más inmediato fue desatar la voracidad de las oligarquías nativas, que veían en el movimiento independentista la ocasión de crear sus pro­pios Estados, no con la visión de modernidad que alumbraba en Europa el movimiento de las nacionalidades, sino con la visión dieciochesca de principados y reinos gobernados por una clase aristocrática.
Fue así cómo, en vez de alumbrar Estados modernos, crearon arcaicos Estados oli­gárquicos, que pasaron a gobernar como si de grandes haciendas se trata­ra.
Estados cuyo fin no era la modernidad propiciada por el liberalismo triunfante en Europa; tampoco extender los valores de libertad, igualdad y fraternidad que emanaban de la Europa pos napoleónica; menos aún promover el desarrollo y bienestar de los respectivos pueblos.
Su propó­sito era, simplemente, preservar los privilegios de clase y conservar el poder para usufructo y goce de aquellas oligarquías reaccionarias.
Arrastrados por los sucesos europeos y por la voluntad de una mino­ría de oligarcas, las provincias son llevadas a las guerras contra el poder español sin más idea que la independencia por la independencia.
No hay, como en EEUU, ideólogos o grupos concienciados que trabajen pensando en preservar la unidad como base de la fuerza y la prosperidad de aquellos inmensos dominios.
Todo se ejecuta de forma improvisada, a marchas forzadas y al socaire de los acontecimientos europeos.
No hay más visión que el acto inmediato al que hacer frente en el día a día.
Los libertadores no miran hacia atrás ni tampoco hacia adelante.
Su filosofía era el carpe diem multiplicado al cubo y aplicado a la política.
Las oligar­quías tienen más claro sus propósitos.
Las mueve la avaricia.
Si se inde­pendizan –piensan–, podrían organizar las economías a su antojo, subir o bajar impuestos, decidir cuánto, qué y con quién comerciar, quedarse con todo lo que deseen tomar, con los países como botín, en un sistema que multiplicaría sin fin sus beneficios y las perpetuaría para siempre en el poder.
Sólo así se explica la prisa que se dieron en entregar sus paí­ses al saqueador británico y su renuncia a sentar bases mínimas para construir Estados fuertes.

Así pasó lo que pasó, y de aquellos polvos, es­tos lodos.

Por tal motivo, las situaciones esperpénticas se suceden una tras otra.
La independencia de México fue resultado del cambio de bando de Agustín de Iturbide, realista convencido que, de tan reaccionario que era, prefirió abanderar la independencia mexicana antes que aceptar la progresista Constitución aprobada en Cádiz en 1812.
La Constitución `de Cádiz, entre otras tantas reformas, había determinado la elimina­ción del mayorazgo, declarado la libre propiedad, establecido la libertad de prensa, eliminado la Inquisición y puesto en marcha la desamortiza­ción de bienes propios y baldíos.
Estas últimas dos disposiciones la lleva­ron a chocar con los sectores más reaccionarios del clero y con las clases latifundistas, sectores que eran determinantes en la Nueva España.
La «conspiración de la Profesa», por la iglesia mercedaria donde se celebró, ha quedado en los anales de México como episodio surrealista.
La se­cuencia es la siguiente.
Para 1817 había sido aplastada la lucha indepen­dentista de Hidalgo y Morelos, y muertos o perseguidos sus seguidores.
El pronunciamiento liberal de Rafael de Riego, en 1820 –como veremos más adelante–, y la restauración de la Constitución de 1812 sacuden a los sectores más reaccionarios del Virreinato de Nueva España, entre ellos Iturbide, quienes replican organizando una conspiración, con el objetivo de impedir que las reformas liberales llegaran al Virreinato.
El Plan de la Profesa contempla la destrucción de los restos de fuerzas insurgentes, la independencia de España y el establecimiento de una monarquía absoluta, encabezada por Fernando VII, que debía garantizar todos sus privile­gios.
Cálculo no esperado, Iturbide encuentra la ocasión para satisfacer su conservadurismo y su ambición de poder, trasmutándose en líder in­dependentista y proclamándose luego emperador. Por estos hechos na­die, en México, rinde honores a Iturbide, quien fue el verdadero artífice de su independencia.
Colombia presenta otro caso de esquizofrenia histórica, pues venera como pater patriae a Simón Bolívar y a su mayor enemigo, Francisco de Paula Santander, quien incluso participó en un complot para asesinar al primero.
El venerado como libertador escapó por los pelos saltando por una ventana.
En Venezuela, los mayores enemigos de las fuerzas inde­pendentistas no eran los españoles, sino los más pobres entre los pobres, los célebres llaneros dirigidos por otro llanero, de origen asturiano, José Tomás Boves.

Y si en México Iturbide encabeza el mayor acto reaccionario de la historia mexicana, sus pares en Venezuela –la aristocracia esclavista y latifundista conocida como los mantuanos– habían organizado, en 1808, una Junta Suprema, siguiendo las instrucciones de la Junta constituida en Sevilla, pero formada por dos marqueses y cinco condes, todos crio­llos, para garantizar el control absoluto de la provincia y la defensa férrea de sus privilegios.
Como señala Juan Bosch, en su conocida obra De Cristóbal Colón a Fidel Castro,

“la minoría mantuana quería el poder político para mantener su posición de privilegio. La burguesía [francesa del siglo XIX], encarnada por Napoleón [Bonapartel, era en ese momento una clase progresista, la más avanzada del mundo, y los banqueros temían a esa burguesía tanto como un banquero norteamericano del año 1965 podía temer a Mao Tse Tung o a Fidel Castro.”

Bolívar, mantuano él mismo, recoge Bosch, recibió el título de «Li­bertador» de otros mantuanos.
«Estos detalles dan idea de las razones por las que la masa del pueblo no se sentía comprometida con la tarea de crear la república, y lo que es peor, ni los poderdantes ni Bolívar creían que esa masa tuviera nada que ver en la creación de la república.»


Son esas oligarquías archirreaccionarias las que toman el poder en los países que, luego, contribuirán a crear para satisfacer sus ambiciones de clase y poder.

Por tal motivo, asimilar las guerras de independencia a movi­mientos revolucionarios es una de las mayores falacias construidas sobre la historia latinoamericana.

Fueron exactamente lo contrario, el mayor movimiento contrarrevolucionario de la historia continental, como ilustra el caso del México de Agustín de Iturbide.
Que así ocurriera tie­ne una lógica irrefutable.
¿Iban aquellas oligarquías a encabezar una revo­lución para destruirse a sí mismas?
¿Cuándo las oligarquías latinoameri­canas han encabezado nada que huela a reforma, no digamos ya a revolución?
Si quitamos a los escritos de los libertadores sus diatribas contra España,
¿qué queda?
¿Qué tenía que ver aquel movimiento sin norte con el torbellino que sacudió Francia en 1789 y liquidó de forma fulminante el Ancien régime?
¿O con el ilustrado y autóctono movimien­to independentista de EEUU?

Dos hechos históricos permiten, desde el tiempo, medir el talante y los intereses de las oligarquías criollas, uno anterior y otro parte misma de los movimientos independentistas.
El anterior es la sublevación indí­gena dirigida, en el Virreinato del Perú, por José Gabriel Condorcanqui.
Descendiente de los emperadores incas, Condorcanqui se rebela, en 1780, contra el dominio blanco, se proclama Inca y cambia su nombre por el de Túpac Amaru.
Al frente de un ejército de` miles de hombres, ejecuta al corregidor de Tinta, Antonio Arriaga, y derrota a las tropas vi­rreinales en Sangarara.
La rebelión se extiende y el Virreinato cruje.
Pero las fuerzas a las que hace frente son poderosas, y Túpac Amaru es derrotado por Gabriel de Avilés en 1781, gracias a los refuerzos envia­dos desde Lima y –atención– a la ayuda de Mateo García Pumacahua, cacique de Chinchero, Maras, Guayllabamba, Umasbamba y Sequecan­cha, que apoya la causa virreinal con pertrechos y hombres.
Contra el rebelde Túpac Amaru, por tanto, no se unieron solamente españoles y criollos, sino también mestizos e indígenas, que tuvieron un papel rele­vante en la derrota de la rebelión.
Pumacahua era un indígena integrado en el sistema de privilegios, tanto que en 1802 fue electo Alférez Real de los Indios Nobles del Cuzco, aunque en sus años finales abrazará la cau­sa independentista.
La muerte atroz sufrida por Túpac Amaru y su fami­lia debía servir de escarmiento a quienes pensaran rebelarse contra el dominio virreinal.
Un ejemplo más, de los tantos a citar, de que el siste­ma colonial tenía bases firmes en amplios segmentos sociales, incluidos los indígenas.
El otro hecho es la sublevación, en el Virreinato de la Nueva España, del sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla, que inicia su lu­cha en 1810 al grito de «¡Viva la Virgen de Guadalupe!
¡Abajo el mal gobierno!
¡Viva Fernando VII! ».
Aunque la rebelión deriva en reclamos independentistas, la reacción virreinal es contundente.
Para 1817, los rebeldes están aniquilados y las clases dominantes, firmes en sus privile­gios.
No existía interés entre los oligarcas y sectores beneficiados del sis­tema colonial en alterar el orden pacífico en el que vivían desde hacía tres siglos.

Las sublevaciones de Túpac Amaru y de Hidalgo y Costilla compar­ten ciertos elementos comunes que las hicieron extremadamente peli­grosas para el sistema de dominación virreinal: se trató de sublevaciones populares, apoyadas por indígenas y campesinos, que amenazaban seria­mente el orden imperante.
Por tal motivo, no hubo fisuras entre penin­sulares, criollos, mestizos e indígenas españolizados en el momento de afrentar una rebeliones que amenazaban su estatus y poder, sobre todo por parte de los criollos.
Ellos eran quienes ostentaban el poder real, aunque el formal lo tuvieran peninsulares.
Por tal motivo, sólo las oli­garquías criollas tenían poder y medios para poner fin al dominio formal de España.
Sólo ellos y únicamente ellos podían oponerse a los aires de reforma que llegaban de la península.
Disponían, en aquellos momentos históricos, de dos opciones.
1. Abrazar el reformismo que se había plasma­do en la Constitución de Cádiz de 1812, o
2. bien oponerse a él declarando la independencia.


Optaron por lo segundo. Independencia, antes que re­formas. Ésa fue, quizás, la única idea clara que llegaron a tener. Al me­nos, la única idea clara que pudieron transmitir.
VI
De la avaricia y ausencia de sentido de Estado que tenían las oligar­quías da cuenta su conducta. Antes aún de consolidarse la independencia de España, los líderes independentistas empiezan a intrigar unos contra otros, cuando no a matarse entre sí o ser víctimas de las intrigas de las oli­garquías reaccionarias, como le ocurre a Sucre, asesinado en 1830 cuando se dirigía a Quito, de lo que se libra Bolívar en Bogotá.
Los procesos de independencia en muchas regiones son de un patetismo desolador.
Cen­troamérica se independiza como efecto del desmoronamiento del poder español en México.
El sentimiento independentista en Centroamérica era tan exiguo que, cuando la pequeña flota corsaria de Luís Aury —en­viada por Buenos Aires y Chile para promover la independencia del Rei­no de Guatemala— arribó al castillo de Omoa, actual Honduras, en 1820, sufrió una derrota contundente.
El Virreinato de Lima fue independizado a la fuerza, por ejércitos que llegaron de Buenos Aires y Nueva Granada.
Quito estaba en el camino de Bolívar hacia Lima y San Martín llegó in­cluso a evitar una batalla con un ejército realista, porque éste lo dirigía un amigo suyo.
Paraguay era, simplemente, un país excéntrico y su inde­pendencia fue fruto de la inercia, pues los ejércitos enviados por Buenos Aireas para independizarlo a la fuerza cayeron derrotados uno tras otro.

Una última cuestión esperpéntica a anotar.
Los libertadores son pre­sentados como las grandes figuras que lucharon por la unión hispanoame­ricana.
La realidad, vista libre de prejuicios y de juicios preconcebidos, nos revela que fueron ellos los que desintegraron la región y la sumieron en la anarquía, el caos y las guerras oligárquicas.
Las provincias hispanas de América estaban, en 1809, en paz y unidas, defendiéndose como un solo puño de los invasores ingleses.
Estaban rotas y en el caos en 1825.
¿No es la visión tradicional de ese periodo, tan esencial en la historia regional, la traducción política del quebrar uno los platos para después eri­girse en adalid del pegamento que volverá a unir los pedazos?
¿O la del provocador del caos que después se presenta como promotor de la ley y el orden?
¿No debió Bolívar quedarse en Venezuela, para detener la guerra social que la disolución de la autoridad española estaba provocando en el país?
¿No pudo darse cuenta ninguna de estas figuras señeras en la histo­ria continental, San Martín, O'Higgins, Bolívar, que sus cruzadas estaban sumiendo a las provincias en una crisis sin fin, en guerras civiles san­grientas y ruinosas, sin más ganador que Londres y sin otro perdedor que sus propios pueblos, a los que estaban condenando al infierno?

Es este aluvión de esquizofrenia lo que ha hecho del surrealismo un elemento común en la región.
Algo tan común como trágico.
Porque como la historia regional está llena de episodios negros unos, grises otros, no hubo más remedio que llenar las páginas de los libros de histo­ria con una espiral interminable de disparates.
Así, ¿qué suerte corrieron los héroes de la defensa y reconquista de Buenos Aires, Liniers y Álzaga, episodios que tanto fulgor merecen en la historia de Argentina?
Les pasó algo muy latinoamericano:
Fueron fusilados por oponerse a los grupos in­dependentistas.
A Liniers, incluso, se lo fusiló con el propósito adrede de impedirle que llegara a Buenos Aires, donde gozaba de enorme populari­dad y donde podía neutralizar a los minoritarios' independentistas.
En Argentina se han visto obligados a celebrar el episodio de las invasiones inglesas omitiendo –casi– a sus protagonistas, para borrar que sus propios defendidos los fusilaron después.
A propósito de historias mal contadas, Liniers, el héroe de Buenos Aires, aquel aclamado con tanta adoración por la población que hasta fue nombrado virrey, comentará de las gue­rras de independencia:

La conducta de los de Buenos Aires con la Madre Patria, en la que se ha­lla debido al atroz usurpador Bonaparte, es igual a la de un hijo que, viendo a su padre enfermo, pero de un mal del que probablemente se salvaría, lo asesina en la cama para heredarlo.

¿Qué se pensaría de Canadá, Australia o Nueva Zelanda si, cuando Inglaterra entra en guerra con Alemania en 1914, estos dominios, alentados por agentes alemanes, hubieran decidido declarar la guerra a In­glaterra y proclamarse independientes?
Canadá tenía entonces 200 años de ser colonia británica, Australia y Nueva Zelanda, menos de siglo y medio.
No ocurrió nada parecido.
Por el contrario, los tres dominios se volcaron en ayuda a la madre patria y decenas de miles de sus hijos lu­charon y murieron en Europa defendiendo la política de Londres, que poco o nada interesaba a territorios tan lejanos.
Solamente en la batalla de Gallipoli, en la actual Turquía, considerada una de las más sangrientas de la Primera Guerra Mundial, entre marzo de 1915 y enero de 1916, perecieron 7.300 australianos y 2.400 neozelandeses, junto con 25.000 in­gleses, 10.000 franceses, 1.700 hindúes y 100.000 turcos.
En el presente, el vínculo se mantiene, como puede observarse en la guerra de Afganistán, país invadido en 2001.
Desde el inicio de la invasión y hasta mayo de 2008, habían muerto 803 soldados de la OTAN, de los cuales 651 eran de ejércitos anglosajones: 496 estadounidenses, 94 británicos, 82 cana­dienses y 5 australianos, es decir, más del 80 por 100 del total de bajas mortales.
La fidelidad de los dominios británicos a su tierra de origen fue un enorme espaldarazo moral, económico, militar y de recursos a Inglaterra, y esa vinculación y fidelidad sigue vigente en este siglo XXI en campos que van más allá de lo militar.
Véase, si no, el sistema UKUSA, padre de ECHELON, un sofisticado y eficaz sistema de espionaje por satelice, di­rigido por EEUU e integrado por Gran Bretaña, Australia, Canadá y Nueva Zelanda.
¿Cuál hubiera sido el curso de la historia si los dominios Americanos se hubieran conservado unidos y concurrido a la defensa de España frente al invasor?
No pasó así.

Los flamantes próceres olvidaron que la unión hace la fuerza y optaron por el divide y vencerás.

El problema radicaba en que los grandes derrotados no fueron España y los españoles –aunque también–, sino los propios pueblos, los países, la región entera.

Se puede cerrar este capítulo, en fin, con uno de los episodios más su­rrealistas del periodo de independencia, que ilustra los niveles de impro­visación, desconcierto y carencia de metas claras que tenían los padres de las futuras patrias.

El 6 de julio de 1816, en los albores de la Declara­ción de la Independencia de Argentina, Manuel Belgrano propone, en una reunión secreta del Congreso independentista, un llamado Plan del Inca.
Se trataría, según Belgrano, de designar, para ocupar el trono de las Provincias Unidas de Sudamérica, a un descendiente del último de los Incas.
No era Belgrano el padre de la idea, sino el general José de San Martín, que poco tiempo atrás había mencionado esa alternativa des­pués de fracasar su propuesta original de nombrar a un príncipe Borbón para que ocupara el trono americano, de la misma manera que el hijo del monarca portugués había creado el Imperio del Brasil como Pedro I.
El «admirable» Plan del Inca —como lo había calificado San Martín— tenía un problema: la capital del nuevo imperio debía ser Cuzco.
Así que, después de varios días de debates, el plan es rechazado, pues no hubo respuesta a otra pregunta esencial:
¿por qué instalar una monarquía inca-peruana que gobernara Buenos Aires?
Suena a chiste, pero tales eran los niveles de desarrollo político de los padres de los Estados hispanoamericanos.

En Centroamérica fue todavía más patético.
Realista la gran mayoría de cabildos y población, al socaire de las guerras de México se reúne un congreso en Guatemala.
Los delegados de las cinco provincias deciden, en 1921, declararse independientes, sin más precedentes que unos moti­nes de criollos exaltados en San Salvador y Granada de Nicaragua.
Por Nicaragua asiste a la reunión —y firma el Acta de Independencia— Mi­guel de Larreynaga, un señor que tiene tan poca idea de las consecuen­cias de lo que están decidiendo que ni siquiera regresa a Nicaragua.
De Guatemala pasa a Chiapas, donde obtiene un trabajo de burócrata, y allí se quedará hasta su muerte.
En Nicaragua, en fin, se tiene a la castellana Rafaela Herrera como heroína de la patria (la llaman «la niña de Nica­ragua»), aunque Nicaragua no existía como país, ni Rafaela defendió a Nicaragua del invasor inglés, sino que luchó por España y por su rey.
Es­tas son las derivas que da el contar las historias acomodándolas como mitologías.
Producen disparates.
VII
El detonador real del proceso independentista fue la invasión de Espa­ña por Napoleón en 1808 y el cautiverio por el gran emperador de la familia real española (la portuguesa tuvo la visión de refugiarse en Bra­sil).
Invasión y cautiverio desarticulan España y dan origen a la guerra de independencia contra el invasor francés. España se desangra y arruina en esta guerra, que un grupo de oligarcas de las colonias aprovecha para asestar una puñalada en la espalda del invadido reino. Cinco años atrás, en 1803, en Trafalgar, España había perdido la flor y nata de su flota de guerra, quedando por tal causa casi imposibilitada, desde entonces, para hacer presencia efectiva en sus dominios americanos, toda vez que el único medio de conseguirlo era con una potente fuerza naval. Los ejérci­tos que responden a la Corona española son pequeños y están armados pobremente. El mismo Bolívar es sabedor de esa realidad:
« ¡Qué demen­cia la de nuestra enemiga, pretender reconquistar América, sin marina, sin tesoros y casi sin soldados! ».

Los datos oficiales de las batallas mitificadas por la historia hispano­americana (que en Europa habrían sido consideradas escaramuzas por la escasa cantidad de soldados participantes) así lo indican.
En la segunda batalla de Carabobo, en 1821, se enfrentaron 6.500 combatientes inde­pendentistas, incluido un batallón inglés, contra 4.300 realistas.
La desi­gualdad de la preparación y el armamento puede medirse por el número de bajas en la batalla: 2.908 realistas muertos por unos 200 entre los inde­pendentistas.
Es decir, entre los primeros las bajas superaron el 60 por 100, lo que en términos militares es asombroso. Una situación similar se había producido en Maipú, Chile, en 1818, donde combatieron 5.300 realistas con 12 piezas de artillería contra 4.900 independentistas y 21 piezas de artillería. Perecieron 2.000 soldados realistas y 1.400 fueron hechos prisioneros (aniquilación total), por mil muertos indepen­dentistas.
En Ayacucho se repitió el guión. Los realistas, que eran 8.300 hombres, tuvieron 1.800 muertos, por 309, de 5.600 soldados, los inde­pendentistas.

Más que ejércitos, las fuerzas realistas parecían responder al patrón de tropas milicianas, y el enorme número de bajas lo explicaría la mala pre­paración de los soldados y la escasez de armamento.
Por lo demás, había españoles, indígenas, mestizos, negros y mulatos en ambos bandos.
Aquellas batallas correspondían más al cuadro de una guerra civil, no al de una guerra entre invasores e invadidos.
Tampoco era una lucha entre opresores y oprimidos.
En realidad, los únicos oprimidos eran los mili­cianos reclutados por los dos bandos, para que dirimieran, matándose con saña, una pugna por el poder entre grupos oligárquicos que domina­ban las colonias, en nombre de España los unos, en su propio nombre y en el de Inglaterra los otros. Así quedó sembrada la semilla de las guerras fratricidas.
Para tener cabal idea de lo disparatado de tantas bajas, basta revisar las cifras de dos batallas anteriores en el tiempo, pero casi contemporá­néas. En el combate de Somosierra, cerca de Madrid, en 1808 se enfren­taron 20.000 soldados españoles y 45.000 franceses. España tuvo 250 ba­jas, entre muertos y heridos, por 138 los franceses.
En la célebre batalla de Bailén combatieron, ese 1808, 33.000 soldados españoles contra 24.000 franceses. El saldo fue, entre los españoles, de 1.000 bajas, entre muertos y heridos, por 2.000 muertos los franceses. En la batalla de Ara-piles, de 1812, donde combatieron 51.900 soldados aliados contra 47.000 franceses, los muertos totales rondaron los 2.000 hombres. Mu­rieron más soldados realistas en Carabobo (2.908) que en Bailén y Ara-piles, aunque en Carabobo fueran sólo 6.500 los combatientes frente a 33.000 en Bailén y 98.900 en Arapiles.
Y los oficiales que dirigían las tropas en España y en América habían sido formados en las mismas es­cuelas. En la batalla de Bailén combatió José de San Martín, como ofi­cial del ejército español. Carlos de Alvear y José Manuel Carrera habían combatido también por España contra Napoleón.
Sin marina ni recursos y sumida en crisis interna, era imposible que España pudiera presentar otra forma de resistir que recurriendo a los recursos que estaban a disposición de los virreinatos y capitanías, entre ellos el reclutamiento de ejércitos milicianos, como el que preparó el capitán general de Guatemala contra el intento de Luis Aury de orga­nizar un foco independentista en Centroamérica. Los dirigentes inde­pendentistas, en tanto, tenían de su lado a la mayor potencia naval del mundo.
Las guerras de independencia, para mantener el estilo, no terminan por sucesos en las colonias, sino por otro que ocurre en España. Hacien­do un esfuerzo mayúsculo, la Corona había preparado un formidable ejército —puede que el primero que mereciera tal nombre—, formado por diez batallones, que debía zarpar a América en 1820, al mando del gene­ral Rafael de Riego.
La historia se tuerce, en ese momento, de manera definitiva, pues el general Riego, en vez de tomar rumbo a América, se rebela contra el rey Fernando VII y dirige sus tropas hacia Madrid. Con Riego se abre el llamado Trienio Liberal, que finalizará en 1823 con una nueva invasión francesa —ésta pedida y consentida, los Cien Mil Hijos de San Luis—, que restablece en el poder la desastrosa monarquía de Fer­nando VII. Privados de refuerzos y recursos, los restos del poder español en América estaban condenados.
Es así cómo la independencia de las colonias españolas terminará como había empezado, siendo un subproducto de los conflictos y crisis europeos.
La invasión de la península por Napoleón desarticuló España. El desgobierno provocado puso en manos de los grupos oligárquicos en las colonias, alimentados por la avaricia y los intereses británicos, la idea independentista. España, arruinada por la guerra contra Napoleón, ha­bría podido derrotar la rebelión de no estar ella misma sumida en una profunda crisis interna por las luchas entre absolutistas y liberales. El le­vantamiento de Riego dio el tiro de gracia, quedando abandonadas las colonias, salvo las insulares, Cuba y Puerto Rico, que permanecieron fie­les a España.

El resultado fue devastador para ambas partes. España e Hispanoamé­rica perdieron. Del poder hispánico que, sumando sus fuerzas en la pe­nínsula y en América, había podido derrotar una y otra vez las invasio­nes inglesas e incluso vencer al ejército napoleónico en Bailén, no quedaron sino trozos convertidos en republiquillas de opereta.
Latinoamérica pasa a formar parte del imperio informal inglés, en manos de oligar­quías comerciantes y terratenientes, con escasa ilustración y desvincula­das del resto del mundo. España se sumirá en el peor siglo de su dilatada historia, que la hará desaparecer como potencia y la arrastrará a un caos de levantamientos y asonadas militares, guerras civiles y enfrentamien­tos mortales entre progresistas y conservadores, que terminará llevando a la Guerra Civil de 1936. Merced a su reingreso en el concierto europeo en 1986, España se ha convertido en un gran país. Latinoamérica, sin embargo, sigue atada a las cruces que se plantaron en el periodo de inde­pendencia.
En el campo económico, la independencia tiene efectos devastado­res.
Durante la colonia, se habían creado grandes mercados regionales, que Manuel Lucena llama «mercado común indiano», que, por las difi­cultades que imponía la orografía americana, se realizaba por medio de comunicaciones marítimas.
La fortuna y prosperidad de unas regiones dependía en gran medida del intercambio con las otras.
El cacao vene­zolano fluía a México, que pagaba con monedas de plata y harina, de lo que carecía Venezuela. De Charcas salía trigo, aceites, paños de Cuzco y Quito, y salazones de pescado a los virreinatos de la Plata y Nueva Gra­nada. De Nicaragua salía tabaco y añil a México y tabaco, miel, sebo y brea a Portobelo. Del Callao enviaban vino, azúcar y trigo a Guatemala y México. Todo este sistema quedó desarticulado con la independencia y fue causa principal del colapso económico que sufrieron los nuevos paí­ses entre 1820 y 1870, pues se vieron privados, de repente y sin altema­tivas, de mercados y proveedores.
No terminó allí el daño económico. La independencia determinó la pérdida de los «situados» (antecedentes de lo que, dentro de la Unión Europea, se llaman «fondos de cohe­sión»), que, explica Lucena, consistían en unos envíos, más o menos periódicos, de dinero desde las regiones más ricas de Hispanoamérica hacia las más pobres, sobre la construcción teórica de que Hispanoamérica era una estructura unitaria en la cual los reinos más próspe­ros debían ayudar a los pobres, pues éstos tenían unas funciones muy especí­ficas en la defensa del conjunto, por lo que debían recibir una compensa­ción económica.

De las cajas de México y Lima, las capitales más ricas, salían decenas de ducados para las zonas más pobres. México tenía a su cargo la defensa del Caribe. La caja de Lima cubría «los gastos de fortificación de Sura­mérica», dice Lucena. Lima, desde el siglo xvi, sufragaba los gastos de Chile en la guerra contra los araucanos, de la misma forma que financia­ba la plaza de Cartagena de Indias. El sistema de situados murió con la independencia. Los entonces «fondos de cohesión» dejaron de fluir. Moría el sistema y moría la economía de los nuevos países. Los libertado­res sabían muy poco de economía y bastante menos de los fondos de co­hesión.