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El corazón de Voltaire
es una novela fascinante, de la más pura ficción literaria; abunda
en excelencias, como sutiles homenajes a escritores complejos e
icónicos, como Humberto Eco y Jorge Luis Borges. También, es
sabido que la relación de Eco con Borges queda remarcada en la
primera novela del primero, El nombre de la rosa; cuando,
igual que Aristóteles a Platón, le enmienda la plana a su
inspirador y lo critica en cada una de sus páginas. Lo mismo puede
decirse de López Nieves y El corazón de Voltaire, aunque
más atrevido con la naturaleza de sus maestros que con sus
maestros mismos; cuando, por ejemplo, el más ordinario de los
personajes de El corazón de Voltaire insiste quisquilloso
en su cuestión.
Se trata de una
ficción intelectual, que se desarrolla entre intelectuales y muy
intelectualmente; y de pronto, en medio de tanta excelencia
irrumpe la vulgaridad de un simple peluquero; cuya máxima relación
con la república platónica, además, era la portañuela de un
académico al que no comprendía. La insistencia del entrometido,
incluso, consistía en una pregunta perpetua; si los libros sobre
Voltaire se vendían en las vitrinas y las estaciones de tren,
“como sucede con las biografías de Piaf, Aznavour, Deneuve y
Depardieu”. Entonces es como la ironía que usó Eco para con Borges
en el personaje de Guillermo de Basquerville; en plena victoria
(postmoderna) de la Ilustración, un entredicho sobre su sentido y
eficacia, y hasta sobre la validez de sus propósitos.
Obviamente, se podrán
argüir y elaborar todos los conceptos neoplatónicos y hegelianos
del mundo; que si la república de las letras, la espantosa Utopía
que se expande en la usura de las universidades; todo eso, pero el
ensayo ya no es más literario, como con Borges, porque volvió a
ser académico, como con Eco; y eso es un hecho, como si el propio
Baskerville no hubiera podido escapar de aquella biblioteca
incendiada por su irreverencia; no sólo por el dogmatismo de un
monje ciego, sino también por el irrespeto de una persona que no
sabía lo que el otro. A nadie sabe cuántos años de aquella ficción
de Eco, hoy nos gastamos esta otra; donde el populismo
socialistoide, ya poderoso y cruel, desdeña el protocolo y las
caretas.
El peluquero gay de
un perdido pueblo, en una perdida ficción, queda para siempre sin
una respuesta; nunca sabrá, aunque los intelectuales sí y se lo
callan, si tan renombrado personaje “es importante fuera de las
universidades”, y si no para qué sirve entonces. Obvio, como que
en definitiva se trata de la lucha de clases, y que esa lucha es
por el poder; porque Marx tuvo muchas veces -casi siempre- razón
en sus intuiciones, aunque se extraviara en los fines mismos y en
el método; pues entonces no pasa otra cosa que la decadencia
inevitable de una tendencia triunfante, para que el péndulo vuelva
un poco más calmo a intentar el centro. El péndulo de Foucault,
en una tardía reivindicación de Eco, brindaría entonces la
reivindicación de Eco; al fin y al cabo, se trata de gratuidad,
que es por lo que el análisis estético es más efectivo que el
ético; aunque por tanta sutileza no soporte la mediocridad de los
intereses que negocian su acceso al poder.
Privilegio sufrido de
monjes extraños, que se erotizan y lo trasgreden todo en pos de la
santidad iluminada; el conocimiento mismo, que salvífico
condesciende a desvelarse al escriba enamorado de su imposible.
¿Será que López Nieves rescata los perdidos juegos de Castalia?,
¿cuántos homenajes, por Dios?; no es tan sólo Eco y Borges, es
también Lezama Lima y Herman Hesse, ¿o es tan sólo el impulso del
campanero de Foucault?
FIN |