–Emergencias médicas,
diga.
–Mire, es en serio. Necesito ayuda. Tengo el corazón hecho pedazos.
–Pues llame a Notiuno. Si vuelve a llamar, lo arrestamos.
Colgó de
nuevo.
¿Qué hacer? Me senté en los fríos escalones de mármol blanco –tan
gélidos como su dueña–, reflexioné unos minutos y volví a llamar al
911.
–Emergencias médicas, diga.
–Soy yo de nuevo, el del corazón
hecho pedazos. Estoy en la avenida Ponce de León número 900. Manda a la policía
porque te seguiré llamando toda la noche, puta.
A los diez minutos
llegaron dos patrullas. De la segunda descendió un sargento delgado, de bigote
fino, a quien se le notaba de lejos que era un hombre sensible. Quizás, en su
tiempo libre, era poeta o compositor de baladas. Les pidió a los demás policías,
de aspecto bastante violento, que aguardaran, y caminó sin prisa hasta el mármol
en que yo esperaba sentado.
–Buenas noches –dijo. Su semblante era el de
un hombre en paz consigo mismo.
–Sargento, gracias por
venir.
–¿Cuál es el problema?
–Es que tengo el corazón hecho
pedazos y no me atrevo a manejar el carro. Me falta el aire y estoy
mareado.
–Señor, ¿no cree que estos asuntos se ventilan mejor con un
amigo o sacerdote? El 911 es para emergencias médicas reales.
–Pero es
que tengo el corazón hecho pedazos.
–Amigo –dijo el sargento, en tono
paciente y comprensivo–, usted no es el primero que sufre una tragedia amorosa.
Yo le juré a mi novia que si me abandonaba mi vida sería un continuo ir y venir,
un perpetuo vagar sin sentido por el mundo, un purgatorio.
–¿Por eso es
policía?
–Por eso. Y vago todo el día por la ciudad, aunque siempre
tratando de ayudar a los que, como usted, sufren tragedias
amorosas.
–Pero lo mío es más concreto, ¿no cree? Mire.
Saqué del
bolsillo el pañuelo, lo abrí con cuidado y le mostré los pedazos de mi corazón.
Al sargento se le llenaron los ojos de lágrimas.
–Perdón, amigo, estuve
ciego –dijo con un sollozo–. Es cierto: usted tiene el corazón hecho pedazos.
Llamaremos una ambulancia de inmediato.
En menos de treinta minutos la
ambulancia me dejó en la sala de emergencias del hospital. Los paramédicos
habían colocado los pedazos de mi corazón en una neverita con hielo. El
paramédico jefe, muy competente, quería llevarla en la falda, pero yo insistí en
transportar mi propio corazón. Por pena, o tal vez porque en realidad no les
importaba, me permitieron cargar la neverita.
En la sala de espera me
sentaron al lado de una rubia treintona. El pelo lacio, partido a la mitad, le
caía sobre los hombros. Llevaba una blusa rosada ceñida al cuerpo y sonreía con
dulzura mientras leía una revista. Se notaba que era una mujer
comprensiva.
Estuvimos unos minutos sin hablar. Yo no tenía ganas de
hacerlo porque no es fácil terminar con un amor de quince meses. Todavía quería
a Margarita, a pesar de que me había destrozado el corazón; cuando se sufre de
amor no quedan muchas energías para hablar.
Pero la mujer soltó la
revista de pronto, cruzó las piernas y se inclinó hacia mí:
–¿Cuál es tu
signo? –preguntó.
–Qué importa –exclamé sorprendido.
–Importa
mucho –aclaró–. ¿Qué tienes en esa neverita?
–El corazón, lo tengo hecho
pedazos –dije–. ¿Y tú?
–Estoy a punto de volverme loca.
–¿Por
qué?
–El bandido de mi novio me dejó. Yo se lo había dicho muchas veces:
“Si algún día me dejas, el dolor me volverá loca”. Pero no me hizo caso, no le
importó un ajo mi salud mental. Eso fue ayer. Hoy amanecí con mucho dolor.
Pronto, en horas o tal vez minutos, es obvio que me volveré loca. Quizá tengan
que atarme.
–¿Qué te recomiendan?
–Electrochoque. Terapia
cognitiva-conductista. Pastillas. Meditación. Dieta macrobiótica vegetariana.
Depende del psiquiatra. ¿Y a ti?
–Todavía no me ha visto el
médico.
–Bueno, pero lo tuyo es sencillo. A mí me han roto el corazón
muchas veces.
–¿Y cómo te curaste?
–El tiempo lo cura todo.
Paciencia.
Cuatro meses después había empezado a acostumbrarme a la idea
de vivir sin Margarita. Todavía la quería, pero me quedaba muy poquito amor. En
escasas horas, tal vez en minutos, emitiría un último suspiro y la olvidaría
para siempre. Pero debo admitir que, en cierto modo, soy rencoroso. Margarita ya
me importaba poco, cierto, pero sentía ganas de vengarme, de hacerla sufrir como
yo había sufrido. ¿Acaso es fácil vivir con el corazón hecho pedazos? ¿Es poca
cosa?
Esa noche, pues, fui a la casa de Margarita. Aún tenía las llaves,
las cuales esa engreída ni siquiera se había molestado en pedirme de vuelta.
Probablemente había cambiado las cerraduras.
Pero no, era la misma. Pude
abrir la puerta de la sala. Nadie. En la esquina de la derecha, como siempre, el
cono de luz formado por la lámpara que acostumbra dejar prendida cuando está en
el cuarto. Entré a la habitación. Nadie. Pero alguien se duchaba en el baño. Me
acosté sobre la cama a esperar, con los brazos bajo la cabeza. Me sentía algo
arrogante y supongo que mi semblante era el de un envanecido desdeñoso,
carcomido por un terrible deseo de venganza. Ya me sentía casi libre de
Margarita. Sólo me quedaban pocos minutos de amor y los dediqué a contemplar la
decoración del cuarto. No quedaba nada mío: ni una foto, ni uno solo de mis
regalos, como si yo no hubiera existido nunca.
Tras una larga espera,
salió al fin del baño. Estaba desnuda y tan perfecta como siempre, pero no me
afectó su presencia. Era claro que el amor se me escapaba de prisa. Me miró con
gesto lacónico, sin expresión ni sorpresa.
–Olvidé pedirte la llave
–dijo–. ¿Viniste a traerla?
–A eso –dije–. Y a otra cosa mucho más
importante.
–¿A qué? –dijo sin miedo. No estaba preocupada por mi
presencia en la habitación. No se molestó en cubrir su relumbrante cuerpo
desnudo. Así de poco me respetaba.
–Vine a decirte que me quedan poquitos
segundos de amor por ti.
–¡Todavía te quedan! –soltó una carcajada–. Qué
lento eres. De todos modos, ¿a mí qué me importa? Deja la llave y
vete.
–Sé que no recuerdas lo que me prometiste. Yo mismo he olvidado
mucho en estos meses. Pero hay una promesa tuya que no puedo olvidar. Me pareció
linda en aquel entonces.
–¿Cuál?
–Me dijiste: “Sin tu amor soy un
pájaro sin alas”.
–Pendejadas –dijo ella–. Ahora vete. Pronto vienen a
buscarme.
–Antes escucha.
–¿Qué cosa? Hazme el favor y sal de mi
casa.
–Espera... escucha... escucha bien...
–¿Qué
dices?
–Silencio, ahora... ahora... oye.
–Tonto,
qué...
–¡Calla, carajo! Escucha...
De golpe sentí como si una
larga aguja me atravesara el pecho desde adentro, una afilada aguja que quería
abrirse paso entre mi carne y salir a la libertad. Entonces lo vi. Primero se
escuchó un tenue arpegio como de telenovelas: un “tlin tlin” agudo y sostenido.
Luego un hilo rojo muy fino, casi invisible, comenzó a salir de mi pecho. Al
contacto con el aire, se disolvía.
–¿Lo ves, Margarita? –dije calmado–.
¿Lo oyes...? Los últimos segundos de amor por ti. Salen lentos. Los siento
salir. Salen. Ah..., se fueron. Míralos disolverse. Ya no te amo, Margarita.
Ya-no-te-amo.
Esa noche envolví a Margarita con mi pañuelo y la coloqué
en el bolsillo del gabán, donde había guardado los pedazos de mi corazón
destrozado. En mi casa la metí en una caja de zapatos, a la que le hice agujeros
pequeños para que respirara. Al día siguiente compré una jaula dorada para
pájaros raros, con columpios, campanas y una bañerita. Por tratarse de
Margarita, también compré muchos espejos. En el colmado adquirí alpiste,
semillas de anís y galletitas. Coloqué la jaula en la pared de la izquierda de
mi sala, al lado de la ventana.
Ahora, cuando recibo visitas, la
espantosa pájara sin alas es siempre el centro de atención. La gente es cruel.
Algunos han dicho que la criatura es un monstruo, un simulacro de pájaro, y que
debería morir porque no tiene alas. Lo han dicho al frente mismo de Margarita,
en su cara.
Otros visitantes –los amantes de los animales, los
ecologistas, los vegetarianos– han llegado al indelicado descaro de preguntarme
si fui yo quien le cortó las alas. Pero no me ofendo jamás. Comprendo que estas
personas –dichosas, en verdad– nunca han sufrido: nunca han conocido, como yo,
la perfecta congoja de aquel que está de rodillas, solo, desconsolado, en medio
de blanquísimos escalones de mármol frío... recogiendo uno por uno los tibios
pedazos de un corazón destrozado.
FIN
El escritor y el
ilustrador
Luis López Nieves (Puerto Rico, 1950) es escritor y
catedrático. Ganó el Primer Premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña
(Premio Nacional de Literatura) en dos ocasiones: la primera, en 2000, por su
libro de cuentos históricos La verdadera muerte de Juan Ponce de León; la
segunda, en 2005, por su novela El corazón de Voltaire. Es autor del célebre
cuento “Seva”, uno de los mayores éxitos literarios de Puerto Rico.
Pablo Suárez (Buenos Aires, 1937-2006) fue uno de los
artistas más singulares y críticos del país. Autodidacta, pasó por el Instituto
Di Tella y por el movimiento Tucumán Arde. Homenajeó el mate y la milanesa y
también pintó y esculpió taxi boys, boxeadores y trepadores.

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