Su presidente, Ramón Luis Acevedo, conversa sobre el proceso y el futuro de los premios.
Si es de los que se ha preguntado cómo el Instituto de Literatura Puertorriqueña selecciona a los ganadores de su certamen anual y quiénes conforman su jurado, sepa que la información dejó de ser un misterio.
Ramón Luis Acevedo, quien preside la institución creada por ley en 1933, gracias a un proyecto impulsado en la Legislatura por Bolívar Pagán para premiar las mejores publicaciones y artículos periodísticos del patio, asegura que la identidad de los miembros del jurado “no es ningún secreto, es muy fácil de averiguar”.
La composición de la Comisión Ejecutiva del Instituto de Literatura Puertorriqueña, que a su vez constituye el jurado, está diseñada por ley. Ningún integrante recibe remuneración económica por su participación y su término no está determinado. Su presidente tampoco cuenta con “dietas ni tarjetitas para gastos de representación”.
Debe haber un representante de los presidentes de Cámara y Senado, del presidente de la Universidad de Puerto Rico y del presidente de la Junta de Directores del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Además, tiene silla el Secretario de Educación, el Presidente de la Junta de Gobierno del Ateneo Puertorriqueño, de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, de la Academia Puertorriqueña de la Historia, de la Academia Puertorriqueña de las Artes y las Ciencias, y dos escritores nombrados con el consentimiento del gobernador.
Para el reciente otorgamiento de los premios correspondientes al año 2007, cuya ceremonia privada tendrá lugar esta noche, Acevedo indicó que participó Ana Mercedes Palés, por el Departamento de Educación; Luis González Vale, por la Academia Puertorriqueña de la Historia; Eduardo Morales Coll por el Ateneo Puertorriqueño, y Acevedo, en representación de la Universidad de Puerto Rico, donde hace casi cuatro décadas es catedrático del Departamento de Estudios Hispánicos.
Éste indicó que José Luis Vega, quien preside la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, confirmó en una misiva que se inhibía del proceso, puesto que un libro gestado en la Academia estaba en carrera.
Los demás representantes no participaron de esta edición del proceso, a pesar de que Acevedo asegura que les envía el paquete de libros para su consideración, antes de la asamblea extraordinaria en la que discuten los méritos de las publicaciones y otorgan los premios.
A pesar de que integra el cuerpo evaluador hace más de diez años, y lo preside desde el 2003, Acevedo no recuerda asistencia de un representante de la Academia Puertorriqueña de las Artes y las Ciencias. De Senado y Cámara, tampoco suele haber representación consistente.
El espacio reservado para los dos escritores que deben ser nombrados por el gobernador lleva años vacío. Pocos cumplen con la invitación que el Instituto asegura cursa mediante carta a cada primer mandatario. Pedro Rosselló nombró a la poeta Vanessa Droz, que sólo participó en 1996.
Sea porque no valorizan la oportunidad porque no es prioridad o conflige con sus agendas e intereses, pocas de las personas aptas para tomar parte activa en el Instituto aprovechan la oportunidad. Esto aumenta las posibilidades de que haya rostros repetidos cada año.
“El prestigio de un premio depende de dos factores: la trayectoria de la institución y el jurado. En 1933, el legislador pensó que para que sean personas de prestigio y autoridad en la comunidad debían seleccionarse de instituciones de base cultural”, puntualiza Acevedo, “en un jurado establecido por ley, en el que uno no puede excluir gente porque no vaya, uno trabaja con el que participa que -de todos modos- es el más interesado y el que tiene mejor criterio”.
Agrega que “la última vez que hablamos con Cámara y Senado estaban de acuerdo con que se cambiara la ley para que no hubiese representación de ellos”.
“El interés decayó e incluso representantes y senadores cuestionan la deseabilidad de su participación”, apunta Acevedo al tiempo que menciona a la senadora Velda González como una de las últimas en tomar parte del jurado.
Y si pocas veces varían los seleccionadores, ¿qué oportunidades de ganar tiene la obra de un escritor que no sea del gusto de éstos? “No es una cuestión de gusto, se trata de evaluar de forma impersonal. Se trata de neutralizar los intereses con los representantes de instituciones de naturaleza distinta”, expone con su hablar pausado Acevedo.
El rol de jurado requiere compromiso y disciplina, pues hay que leer decenas de ejemplares de novela, cuentos, ensayos, poesía o investigación, entre otros géneros, para deliberar. Este año se sometieron cerca de 70 publicaciones.
En un país con geografía chica, es complicado ubicar figuras del ámbito cultural libre de relaciones con algún participante. El presidente del Instituto no fomenta que los integrantes del jurado se inhiban porque concursen personas de las agencias o instituciones que representan, ya que “nos quedaríamos sin jurado”.
“Ahora, si un miembro del jurado escribe un libro y lo somete, no puede participar ese año”, insiste.
De categorías y laudos
Cada
año fiscal, el Instituto de Literatura Puertorriqueña recibe una
asignación gubernamental de $20 mil para el renglón de premios y de $30
mil para su funcionamiento administrativo. Éste cuenta con un director
ejecutivo, Roberto Ramos Perea, una secretaria y un mensajero.
Comparte espacio y renta con el Archivo de Cine del Ateneo Puertorriqueño, en un edificio situado en la calle San Francisco del Viejo San Juan.
“Desde que soy presidente, estamos dividiendo en dos categorías todos los libros: la de Creación -que incluye cuento, novela, poesía y teatro- y la de Investigación -que cuenta con ensayo y crítica literaria-, porque era bien difícil comparar una cosa con la otra. En cada una hay un primer y segundo premio, además de menciones. Sólo tienen dinero el primer premio ($4,000) y el segundo ($2,000)”, explica Acevedo.
Agrega que en el Premio de Periodismo otorgan $2,000 al primer lugar y $1,000 al segundo.
Si una categoría es declarada desierta, Acevedo indica que los fondos se utilizan para estimular la publicación de libros cuyas propuestas se hayan sometido al Instituto. “Es una ayuda y se hace el pago a la imprenta, no se le da al autor”, aclara. El más reciente caso de colaboración fue la publicación El libro de las luces. Leyenda aljamiada sobre la genealogía de Mahoma, una edición crítica de María Luisa Lugo Acevedo, catedrática de la UPR.
Comenta que alquilan un espacio en la Feria Internacional del Libro local, en la que escritores que lo soliciten pueden vender sus libros.
Ahora en enero abrió la convocatoria para los premios y se recibirán participaciones hasta el 1 de marzo. En los premios del 2007, se declaró desierto el primer lugar en la categoría de Creación.
“El Instituto tiene plena libertad de criterio para eso. Las expectativas eran una obra de la categoría de El corazón de Voltaire, de Luis López Nieves (2005), o Nuestra Señora de la Noche, de Mayra Santos-Febres (2006), por mencionar algunos Premios Nacionales recientes”, indica.
Desde 1935 se han premiado diversas plumas boricuas y Acevedo se enorgullece con la lista. “Como sucede con cualquier institución de esta naturaleza, tiene sus altas y sus bajas, pero siempre se ha mantenido un criterio de excelencia. Y claro, no consideramos al que no somete”, declara.
La participación, a su juicio, ha aumentado, puesto que “los autores han visto la seriedad con que se evalúa y se premia”.
Hace años el Instituto dejó de incorporar laudos al otorgar los premios, en los que consideran calidad, aportación cultural, dominio del idioma y del género.
“El Instituto no está obligado a hacerlos. Los laudos tienen sus ventajas y desventajas, pero la Junta podría considerarlos de nuevo”, culmina el presidente.
Si interesa información sobre el certamen, puede llamar al (787) 977-2307.
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