EL CARRUA
JE
de Margarita de Messina se detuvo frente a la Catedral de San Juan. Uno
de los lacayos colocó la banqueta debajo de la portezuela y ayudó a su
señora a bajar, mientras otro les daba luz con una lámpara de aceite de
coco. Margarita levantó el velo negro que le cubría el rostro joven,
bajó del carruaje y subió la escalinata del templo muy despacio,
observando cada escalón con cuidado. Al acercarse a las grandes puertas
del vetusto edificio, sintió un agradable olor a incienso.
En la
oscura sacristía, alumbrada apenas por dos antorchas, esperaba el
obispo de Puerto Rico. Margarita de Messina despachó a las esclavas y a
los lacayos que la escoltaban, se arrodilló ante el mitrado y le besó
el anillo. El prelado les ordenó al sacristán y a los demás clérigos
que salieran, levantó a Margarita de Messina por el codo y la sentó a
su lado.
—Hija, perdona que te haya mandado a buscar a la casa
de tu hermano. Es bueno que pases allí una temporada luego de la
tragedia de anoche. Pero mis votos y una promesa me obligan a darte
noticias espantosas.
—¿Excelencia?
—Antes de morir,
durante la confesión, tu marido me hizo jurar que te diría todo lo que
ahora escucharás: Cuando tu padre murió el año pasado te dejó toda su
fortuna y sus tierras. Pero tu marido sobornó –y amenazó– al notario
para cambiar el testamento y otorgarle la fortuna a tu único hermano.
Lo hizo porque le temía a tu belleza y quería que dependieras de él
para todo. Hundido en su egoísmo infinito, pensó que si tenías riqueza
propia ya no sería tu dueño. Esta abominación la confesó anoche antes
de irse con Nuestro Señor, que todo lo perdona. Lo hizo para purificar
su alma y morir en paz. Luego me pidió que te suplicara perdón. Cumplo
mi promesa, hija mía.
Margarita de Messina reflexionó unos minutos en silencio.
—Excelencia, ¿dijo algo más mi marido?
—Nada más. ¿Por qué?
—¿No acusó a nadie?
El
sacristán, sofocado, entró de pronto al aposento semioscuro. Se excusó
ante la señora y susurró unas palabras al oído del Obispo, a quien se
le humedecieron los ojos. Al terminar de escuchar el mensaje afirmó con
la cabeza y despachó al clérigo. Luego agarró las suaves manos de
Margarita de Messina y exclamó:
—Horror, hija mía. Debo darte otra noticia execrable. Tu hermano acaba de morir, también envenenado. Resignación, hija mía.
Confesión
Luis López Nieves [Puerto Rico, 1950]
http://www.ciudadseva.com/otros/lln-int.htm
http://www.cuentosymas.com.ar/cuento.php?idstory=26
http://www.alternativabolivariana.org/pdf/nieves_en_la_muralla_de_San_Juan.pdf
http://cuentoenred.xoc.uam.mx/cer/numeros/no_4/pdf/cer4_maeseneer.pdf
http://www.ciudadseva.com/
http://www.ciudadseva.com/datos/index.htm
http://lopeznieves.com/
http://www.ciudadseva.com/obra/2004/actual04/rdj02.htm
http://www.ciudadseva.com/obra/2001/mono/mono.htm
http://es.geocities.com/cuentohispano/lopeznieves/
http://7mares.podomatic.com/entry/2007-02-24T18_10_28-08_00
http://librosgratis.podomatic.com/entry/2006-11-12T17_53_58-08_00
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http://freddymurphy.blogspot.com/2007/04/los-nuevos-indios.html
http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=3753&mode=thread&order=0&thold=0
Contenido
Rey Enmanuel Andujar Hondura
Alejandra Bermúdez Mundo inventado
Fredy Ramón Pacheco Confesiones de una frase de despedida
Elena Román Diez pinceles para un poema
Raúl Dorantes El papel
Hondura
Las
heridas de la mujer, mudas, comunicaban nuestras frustraciones dentro
del silencio reciclado de los doctores. Promesas: no llorar, no ceder,
no pensar… Todo rastro de sangre ha sido lavado aunque, ahí están las
negras suturas que servirán de ayuda al recuerdo. Salgo (siempre en
taxi, a veces en el asiento de atrás) y me destrozo la fulana con
árboles cortados, la isleta rota, la promesa de palmera… de qué clase
de forros salen estas ideas, en qué isla se ha visto cosa semejante.
Olivia,
casi sana, cicatrizando, sueña con playas entre lo gris y soleado,
arena blanca y olitas inquietas; una mano protege la falda, la otra
recoge lágrimas. Recuerda: Considerando que tu abrazo es un saludo a la
nada, de que vivimos en un mundo de ideas que chocan, se entrecruzan, y
obstaculizan.
Deberías escribir cosas coherentes, dice el
maestro de literatura creativa y le explico, Maestro, llego hasta la
página en blanco tan temida con las ideas articuladas y al final viene
la nostalgia de una ciudad destrozada en verano permanente en donde
todo está cerrado y me gana a la coherencia y lo que termino haciendo
son estos relatos de trescientas palabras, que aunque las palabras, por
separado, sean interesantes, el conjunto siempre termina siendo algo
bien tanguero, bien bachatú.
Me voy de nuevo porque siempre ha
sido tarde, tu cuerpo sin fe ya no es mi casa, me entero que le has
puesto a aquellos sentimientos un se vende, un cerrado, un se traspasa
y te sientas a esperar: nuestra historia es un clasificado al que nadie
hace caso. Yo me he quedado con la esperanza de besos y el tamaño
profundo de tu mordida. No tuve nada que darte, esperanza única de
domingo playero, constancia de que sólo somos carne de consumo.
© Rey Emmanuel Andujar
Mundo inventado
Mis
aldeanas fueron a ver un médico que les diagnosticó artritis y achaques
menopáusicos. Entonces retornaron al papel, cargaron sus canastas y me
suplicaron que les regalara un camino para llevar sus flores. Así, de
espaldas, me inventaron un mundo de silencios grandes manchados de
colores.
Silencio roto
Mis aldeanas
presienten en el silencio otras dimensiones. Dicen ellas que así se
prepara una gran explosión universal o un grito de rebeldía. Presienten
que nadie aguanta el abandono, el desamparo, el silencio, mucho rato.
Por eso, necesito hablar de ellas para que ellas me inventen un camino
de acuarela y crayón.
Fe
Mis aldeanas
saben que están hechas de los mismos elementos que las piedras, el
agua, el maíz. Oyen desde acá el grito en las cavernas y conocen de
miedos universales y de cielos e infiernos. Ellas saben que yo les
mutilo las ofensas, los rituales de iniciación, su necesidad de
intercambiar carne con carne. Sabe que yo las obligo a creer contra
todo y todos.
© Alejandra Bermúdez
Confesiones de una frase de despedida
Se
perdió en el sopor del silencio. Las ratas y sus agudos chillidos
atropellaban las cañerías que transportaban la sangre nauseabunda; y
estallaban los tímpanos del monstruo. Se desplomaron los restos de piel
y huesos, al mismo tiempo que un coro enlutado de voces fantasmagóricas
salía desesperado a vomitar los últimos esputos de alma, aún
apelmazados en las entrañas. Resonaban las flatulencias disparadas por
las últimas palabras escritas en la conciencia. ¿Cómo podrían haber
convivido en vida la vida de aquel mal viviente desecho humano, los
semejantes del escritor de soledades, habitante de la oscuridad más
escalofriante de la egolatría vital? Una máscara rodeada de vísceras
inútiles había nacido y ni los fuegos de la pasión ni los instintos,
jamás la habían desgarrado con la sutileza que lo hizo él mismo el día
de su muerte. Un filoso cuchillo construido con el acero de sus propias
palabras, desnudó los asquerosos panfletos acumulados en su corazón:
“No amo nada ni nadie más que a mi. Soy la más suculenta e inteligente
defecación de la especie. Soy el Dios de mi exclusivo infierno. ¡Soy!”…
Pero
sí, era en realidad. Así desagradable y perverso. A diferencia de los
que no tenían idea de su ser y creían vivir. Se imaginaban hasta
especies similares y orgánicas, con sentido, con razón, alma,
inteligencia y el resto de sinónimos inventados por el verdadero
creador de las tinieblas; al punto de creerse contenedores de la verdad
impoluta y santificada.
En las penumbras desafiantes de esa
verdad, la continencia de la confesión convertía al monstruo en una
criatura pensante, capaz de reconocerse así mismo. Y ¡Ay! de aquel
mortal cerebro que viva, sin ser capaz de extirpar el tumor de la fe
que arrastra, sin saber que esa verdad no existe; y la fe no es más que
la muleta vergonzosa de un ser incapacitado para vivir. Esa pústula,
lacerante y pervertida pluma en mano, podía hundir la daga de palabras
dulces en la voracidad de las ansiedades femeninas; o incinerar las
bondades de una ofrenda de vibraciones afectuosas, venidas de otro ser
cautivado por el encanto de la víbora, a sabiendas de que el universo
giraría instantes después de la herida, y él estaría en otra
circunstancia, tiempo y espacio; adorado por las miserias de sus
reflexiones egocéntricas, y el infinito de moléculas sobrevivientes del
universo de soledad que lo habitaba.
No era ermitaño su
pensamiento, sin embargo; no era la ascendente morada espiral de un
gasterópodo, asimétrico recinto a causa del arrollamiento de sus
vísceras. Estaba lúcido y confiaba en la palabra de regreso que ella le
prodigó en la despedida. Alegres los senos, festivas sus caderas,
contoneos de la mirada, los párpados entrecortando el vacío que los
ojos reflejaban; un manojo de nervios erizando su piel. Un pródigo
equipaje balanceando en una mano, y las llaves del auto tintineando
impacientes en la otra. El me voy pero volveré antes del anochecer,
aunque cantarina la voz y temblorosos los labios al pronunciarlo, era
evidente despedida para no volver. La tarde ya era ocaso y las sombras
se proyectaban porque justo en ese instante era el antes del anochecer.
La mentira hacía lodosas las palabras y podía verse el acento del
volveré goteando sobre el camino que la conducía a los brazos de su
amante. El me voy si era definitivo y cristalino. El monstruo, tan
experto crítico literario, sin embargo fue el más torpe analfabeta ese
antes del anochecer, cuando ella decidió liberarse de sus palabras
vanas, insidiosas, cargadas de letras inútiles; sus hostiles oraciones
de verbos y predicados indecentes, las frases de cortedad criminal como
guillotinas, cada vez que inventaba un relato de presentes o pasados.
Ella se iba y solo invirtió la frase del clímax: “Me voy y jamás
volveré a ver otro anochecer en tus asquerosos textos repetidos de
insolencia”, debió decir, si no fuera porque ella era bondadosa y
perdonaba todas las infidelidades del editor conspicuo, cuando él era,
y no ahora convertido en vulgar escribiente de panfletos.
Escuchó
un grito cuando cerraba la portezuela, y sabía que era la interjección
del loco dejado en su estercolero de frases chorreando desde la
biblioteca. Se había atravesado su pluma en la garganta, por eso
ahogaba el ¡Vuelve antes del amanecer maldita! Tarde, muy tarde
confesaba su debilidad, a pesar de sus danzas celestiales y sus
comuniones con las musas. Tarde se resignaba a que ella llegara, aunque
fuera al amanecer; porque antes del anochecer era imposible; cuando
apenas el auto se ponía en marcha con las luces encendidas, los grillos
aturdidos se volvían sordos y el cuerpo rodaba escaleras abajo, con la
pluma en la garganta, escupiendo las últimas palabras tintas de sangre;
minúsculas todas, sin exclamaciones, huecas mas bien, hasta llegar a la
última contrahuella imprimiendo los últimos puntos suspensivos.
© Fredy Ramón Pacheco
Diez pinceles para un poema
Un
hombre en una cueva. Una cueva en un hombre. Un hombre dentro de una
cueva construyendo una ventana sobre un trípode. Un trípode de siete
pies. Una ventana de cristal de hiedra.
Un hombre se acerca a
una ventana a medio hacer. Una ventana por la que sólo puede ver lo que
él quiera. Una ventana de cristal de hiedra hecha añicos y semillas que
se sostienen en vilo por un conjuro (o un don).
Un hombre lleva
sus dedos a la ventana. Las manos de un hombre se mueven a cámara lenta
descansada sobre un trípode de siete pies. Los dedos de un hombre
contra el cristal lo hacen acuarela. Diez pinceles para un poema.
Un
hombre en una cueva construye una ventana de cristal de hiedra sobre un
trípode de siete pies, siete añicos y siete semillas. Un hombre dibuja
un poema con diez pinceles y un conjuro (o un don) que le permite ver
lo que él quiera a cámara lenta. Un hombre en una cueva en vilo
sostiene una acuarela. [a rrs]
© Elena Román
El papel
Vivo
en el cuarto piso de un edificio ubicado en Granville y Winthrop; una
calle es ruidosa, la otra más bien tranquila. Casi pegado a la ventana
del pequeño estudio, tengo un escritorio de formica, el mismo en el que
solía escribir notas para recordarme lo que tenía que hacer. Pero
durante el verano que recién pasó, me empezó a llenar de ansias la
posibilidad de que una de las hojas se levantara a causa del viento y
se escapara por la ventana. Se me ocurría que la hoja de papel podría
llegar hasta la banqueta y provocar una fatalidad… Ya después caminaba
por alguna de esas calles, y cada vez que veía una hoja me detenía a
corroborar que no era una de las mías. De cualquier modo, la recogía y
la ensartaba en un clip que siempre llevo en la mochila. No había de
otra: tenía que recoger esa hoja, a menos que a ojos vistas fuera papel
encerado o un pliego con restos de chocolate. En mis andanzas, llegué a
topar con un paquistaní que no discriminaba: igual le daban los
manuscritos en papel cuadriculado que las envolturas de celofán. En una
ocasión, a la altura de la Broadway, le pedí que me dejara revisar si
por ahí, entre sus montones, no se había colado alguno de mis papeles;
la mala suerte no debía caer sobre él ni sobre nadie... Llegó el mes de
julio. Y antes de montar mi bicicleta era de rigor revisar que no se
asomara un pedazo de papel en la mochila o en alguna bolsa de mis
pantalones. Ya en agosto no podía fumar sin que antes auscultara
minuciosamente el cigarrillo: no fuera a suceder que hubiese algún
pedacito de mis hojas perdido en la ranura que hay entre el tabaco y el
filtro. Con las primeras lluvias ni siquiera intenté hacer el amor con
mi mujer. Tenía la certeza de que un papel doblado con alguna de mis
notas se interponía entre su vientre pálido y mi ombligo.
© Raúl Dorantes
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mediaIslaproSÁBADO 047 29 de diciembre 2007.-
Saturday, December 29, 2007
proSÁBADO 047
Posted by
poeMARTES
at
7:22 AM
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