Andinismo
Escribir
es un tanto destilar pedazos de nuestras vidas, a modo de cuñas
biográficas. Quienes lo hacemos públicamente y de manera regular vamos
desnudando ante los lectores o lectoras nuestras vidas, nuestros
sentires, nuestras alegrías, nuestros dolores. Proveemos a modo de un
rompecabezas salpicado y fragmentado que el lector podría armar para
tener ante sí a modo de un collage de nuestras vidas. Todo ello palabra
tras palabra, escrito tras escrito... página a página, espacio tras
espacio.
Una vez decidí trabajar los temas que hoy deseamos
compartir con lectores y lectoras de este espacio dedicado al lenguaje,
se me ha hecho inevitable la reiterada evocación de mi fallecida madre
y la de un lugar muy especial -e igualmente muy privilegiado- que una
de sus ocupaciones me proveyó. Durante mi niñez temprana mi madre fue
bibliotecaria de la Escuela Federico Asenjo en Barrio Obrero. Muy
frecuentemente cuando no había clases en el colegio -gracias a la
festividad de este santo o aquella virgen- me llevaba con ella a su
centro de trabajo. Los maestros y maestras colegas de mi madre eran
Cecilia Orta Allende -más tarde reconocida pintora carolinense-, Emma
Duprey -autora de un excelente libro de reciente publicación sobre la
cocina artesanal boricua-, el declamador de poesía negra Juan Boria,
quien me alzaba en brazos para colocarme a su lado sobre la mesa del
salón de Artes Industriales mientras encuadernaba libros (lo cual hace
inolvidable el particular y no muy agradable olor de la pega que
empleaba para tales menesteres), hablaba incesantemente o me recitaba
poesía afroantillana. ¡Un recital para mí sola! Todos y todas
inolvidables, todos definitivos en mi formación humana.
Por su
condición de bibliotecaria, Mami solía hablarme mucho de sus libros
favoritos, algunos de los cuales en su momento leí y otros nunca lo
hice. Así, motivada por ella, leí en mi adolescencia La corbata
celeste, El final de Norma, El sombrero de tres picos, los libros de
Alejandro Dumas, los de Edmundo de Amicis. De este último autor solía
mencionar mucho mi progenitora el cuento extenso De los Apeninos a los
Andes. Desde que pensé escribir sobre los términos alpinismo y
andinismo, ha estado presente con evocadora insistencia el título de la
pieza de De Amicis y la musicalidad de la voz y las narrativas de mi
madre.
Leía, durante unas breves vacaciones recientes fuera del
país, un libro sobre temas lingüísticos donde me topé con el término
andinismo empleado por su autor, un español, en alusión a que en Europa
se habla de alpinismo, pero en América del Sur lo que se practica,
naturalmente, es el andinismo. Ni corta ni perezosa, me aboqué a mi
compulsiva afición de búsqueda en el diccionario. En el lexicón
académico actual (2001), al igual que en el Diccionario de uso del
español actual Clave, se acogen tan precisas y adecuadas voces. Señala
el académico que el andinismo -voz proveniente del gentilicio andino o
andina para denotar a lo relativo a la cordillera de los Andes, al
igual que a los naturales de la ciudad de Los Andes en Chile y la
región del mismo nombre en Bolivia- es voz empleada en América para
designar al “deporte que consiste en la ascensión a los Andes y otras
montañas altas” y, consecuentemente, es andinista la persona que
practica dicho deporte, vocablo de género común: el andinista, la
andinista. El diccionario Clave define el término andinismo
remitiéndonos al vocablo más genérico o amplio montañismo, el cual a su
vez codifica como “deporte que consiste en realizar marchas a través de
las montañas”.
Seguidamente alerta este lexicón que debe
distinguirse entre el montañismo y el alpinismo, que es “deporte que
consiste en escalar montañas elevadas”. La Academia por su parte no
emplea el verbo escalar en su definición, sino que le define como
“deporte que consiste en la ascensión a las altas montañas”.
El
verbo escalar participa de tres entradas independientes en el
diccionario de la Academia. La primera define seis acepciones entre las
que se encuentra la alusiva al tema que nos ocupa: “subir, trepar por
una gran pendiente o una gran altura” y la relativa al escalamiento
como delito -“entrar subrepticia o violentamente en alguna parte o
salir de ella rompiendo una pared, un tejado, etc.”, entre otras. Se
incorpora, además, como sustantivo masculino para denominar al “paso
angosto en una montaña con escalones naturales o hechos a mano” y como
adjetivo para lo que, en el campo de la física, “carece de dirección,
como la temperatura”.
Edmundo De Amicis (Italia, 1846-1908) es
autor del libro de corte juvenil y romántico Corazón (Cuore, 1888), que
contiene el cuento De los Apeninos a los Andes, el cual ha sido llevado
a la caricatura por los japoneses. Se considera a este libro italiano
como el más célebre para niños después del Pinocho de Carlo Collodi. En
Corazón se intercalan diversas narrativas de niños héroes, entre los
que destaca el pequeño genovés Marcos, protagonista del cuento que da
marco hoy a este espacio y a las voces que en él se trabajan.[Si desea
leer De los Apeninos a los Andes, vaya a www.ciudadseva.com,
extraordinario sitio cibernético mantenido por el Dr. Luis López
Nieves. Allí podrá disfrutarlo.]
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