El festín de Clío y Calíope
Literatura, historia y novela histórica
Por Félix Julio Alfonso López
Ilustraciones: Ángel Ramírez
Si
el arte pude emocionarnos por el reconocimiento de las pasiones que
conocemos, es porque es un artificio que no pretende ser la verdad.
Pero es también porque este artificio se deja tomar por esa verdad a la
cual dice que no pertenece.
Jacques Ranciére
1.
Uno de los géneros literarios más exitosos desde el punto de vista de
las ventas comerciales en el mundo contemporáneo, es la llamada Novela
Histórica. Para lectores indulgentes que necesitan una intriga y unos
personajes más o menos conocidos con los cuales identificarse —casi
siempre reyes y reinas del mundo antiguo y medieval, miembros de la
nobleza o de la aristocracia europea, pícaros y prostitutas—, mientras
esperan un vuelo demorado o tratan de combatir el insomnio, las enormes
cantidades de títulos que salen todos los años bajo el rótulo de
“narrativa histórica”, les vienen como el guante a la mano. Debo dejar
claro que este tipo de literatura, comúnmente conocida como best sellers,
nada tiene que ver con verdaderos clásicos de las letras
contemporáneas, sin necesidad de ponerles ninguna etiqueta, aunque
toman sus referentes y argumentos de la historia, como El nombre de la Rosa, de Umberto Eco; Burr, de Gore Vidal; Ragtime de E. L. Doctorow; Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar o Noticias del imperio de Fernando del Paso, pero la avalancha de folletines “históricos” (los títulos no pueden ser más elocuentes: La reina oculta, Tiempo de bastardos, Madame serpiente, La esclava de marfil, La conjura del faraón, El espía templario,
etc.) ha llevado a muchos críticos a dudar de la legitimidad o seriedad
de esta propuesta. Indignado, el escritor español Francisco Umbral ha
llegado a decir que esta “ola de novelas históricas” ni es novela ni es
historia, sino un fenómeno construido por el mercado editorial. 2.
Para empezar, hay una cierta sospecha sobre la propia definición de
Novela Histórica, e incluso no faltan detractores radicales, quienes
piensan que se trata de dos términos irreconciliables, que se anulan
mutuamente. Es decir, si novelar implica necesariamente ficcionalizar y
fabular, y la ciencia histórica más tradicional blasona, en sentido
contrario, de su apego a la veracidad de los datos y documentos,
entonces se crea cierta ambigüedad en el término, un inquietante límite
entre la “verdad” y la “mentira”. El asunto se complica si nos
adentramos en la discusión sobre la propia naturaleza del discurso
histórico, entendido como “narrativa”, lo cual tornaría aun más
imprecisas las fronteras. El tema de la historiografía (entendida como escritura de la historia y la naturaleza del lenguaje
en que esta expresa la realidad) y sus semejanzas con el discurso
literario ha sido objeto de fuertes controversias en las últimas
décadas; y hunde sus raíces en la tradición del “giro lingüístico”
(Gustav Bergman, Richard Rorty), la teoría crítica, el
deconstruccionismo y otras hermenéuticas del discurso. En esta
dirección, Roland Barthes negó la posibilidad de que existiera algo que
pudiéramos llamar “pasado” fuera del discurso1
y el alemán Siegfried Kracauer sugirió la idea de que la
ficción contemporánea del siglo XX, y sobre todo la "descomposición de
la continuidad temporal" operada en las obras de Joyce, Proust y
Virginia Woolf, ofrecía un desafío y una oportunidad a los narradores
históricos2. A echar más leña al fuego contribuyó la publicación del libro de Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX
(1973), cuyo autor afirmaba una identidad absoluta entre los
relatos de la ficción y de la historia, pues ambos se valían de las
mismas estructuras narrativas y fórmulas retóricas, estableciendo de
paso la imposibilidad de la historia de convertirse en un conocimiento
científico. Esto sería así porque la “trama” de la narración histórica
nunca lograría reproducir el pasado, ni explicarlo, sino tan solo
suplantarlo con alegorías simbólicas.
Otros historiadores menos radicales que White, como Paul Ricoeur3 o Michel de Certau4,
enfatizaron en el carácter narrativo del texto histórico, aunque no
objetaron la posibilidad de una comprensión de la verdad. En medio de
tales polémicas, Lawrence Stone lanzó un grito de alerta
por lo que consideró “the revival of narrative”5.
Mucho ha llovido desde entonces, y se han impuesto posturas más
razonables, como la sostenida por el también historiador francés Roger
Chartier, en el sentido de afirmar que la historia puede ser
considerada una escritura “de ficción”, entendiendo este último término
como “la idea de que es una escritura que representa una realidad que
ya no es, que está representada únicamente a través del discurso
histórico”6, y que explicar
históricamente unos acontecimientos puede operar como el develamiento
de una intriga, pero sin llegar a los extremos de igualar el
texto histórico con un cuento o una novela, cuyas interpretaciones del
pasado pueden diferir radicalmente en función de la fantasía de su
autor. Para terminar esta digresión, me gustaría citar el
criterio del gran historiador británico Eric Hobsbawm, quien afirmó que
el historiador, al igual que el literato:
“Tiene que ser infinitamente curioso; tiene que poder imaginar las
emociones de personas que no se le parecen. No se puede llegar al fondo
de un período histórico si no se trata de averiguar cómo era. Alguien
dijo una vez, muy acertadamente, que el pasado es otro país. Los
historiadores son, de alguna manera, escritores, novelistas: tienen que
imaginar pero no pueden inventar, deben guiarse por los hechos. Y el
historiador tiene sus propios sentimientos pero ellos no deben
interferir con las pruebas. En este sentido, el gran modelo es el
francés Marc Bloch. No sólo era un maravilloso historiador: en su
primer gran libro también imaginó una sociedad que creía que el rey
estaba en contacto directo con el Cielo y que, por eso, la mano del rey
podía curar sus males.”7
3. Existe ya una significativa cantidad de estudios sobre la novela
histórica, tanto desde el ángulo de la crítica literaria como de la
historia cultural, y no es nuestro objetivo detenernos en un inventario
prolijo de estos textos. Por ahora solo señalaremos algunos principios
básicos que sustentan su definición, a partir del consenso de que se
trata de un género narrativo que se inició con la rebelión romántica
del siglo XIX y el auge de los nacionalismos europeos y americanos
(Walter Scott en Inglaterra, James Fenimore Cooper en los Estados
Unidos, Alfred de Vigny y Víctor Hugo en Francia, Alejandro Manzoni en
Italia, Pushkin y Tolstoi en Rusia) y según uno de sus principales
estudiosos, el filósofo húngaro Gyorgy Lukács, este toma por propósito
principal ofrecer una perspectiva creíble de una época histórica,
deseablemente lejana, de forma que parezca una visión realista o
costumbrista de su sistema de valores y creencias. Según Lukács, una de
las premisas de este tipo de novelas es que han de utilizarse hechos
verídicos aunque los personajes principales sean imaginados, que
aparezcan en un primer plano “héroes mediocres” y se represente la vida
cotidiana del pueblo, y en un plano secundario las grandes figuras y
acontecimientos históricos8.
Extremos opuestos a este paradigma serían la novela de aventuras, donde
la historia es un simple telón de fondo de la acción; y la
historia novelada, donde los hechos históricos rebasan a la fábula y se
tiende a un acercamiento al ensayo. Otros teóricos, como el
argentino D. G. Teobald, desplazan su interés de los escenarios y
protagonistas, a las maneras de expresar esos contenidos por la
literatura:
“El
hecho de plantearse la pertinencia de la novela histórica, como tal,
implica reformular algunos parámetros, que tienen su punto de anclaje
en la inevitable relación entre historia y ficción. En este plano de
discusión, los que adquieren verdadera relevancia son los diversos
modos de narrar. Se puede contar la ficción como una ficción; la
historia como la historia; la ficción como historia; la historia como
ficción. Todo, según el lugar que la ficción o la historia ocupen como
referentes.”9 Está claro
que cualquier escritor de novelas históricas, o de formas híbridas como
Memorias, Diarios, Autobiografías o Crónicas, más o menos fingidas como
“reales”, se debate siempre entre la elección de crear seres
imaginarios e insertarlos en una “atmósfera” de época, o tomar
personajes históricos reales y poner en sus actos o en sus palabras las
obsesiones o inquietudes de su subjetividad. Esta dualidad se extiende,
no sin cierta ironía, a los lectores, pues quienes tratan de explicar
el éxito de este tipo de obras, argumentan que se debe al escaso
interés y conocimiento de la historia en la generalidad de la
población; lo que a su vez implica un peligro todavía mayor, y es que
las personas tomen por historias reales las de las novelas, y se
queden sin saber la verdad histórica atesorada en los archivos y
bibliotecas.
Ello nos conduce al asunto, no menos escabroso, que se refiere a la
posibilidad de utilizar a las creaciones de ficción como fuentes del
conocimiento histórico. Si para el historiador está claro que su
propósito de búsqueda de la verdad debe siempre poder ser contrastado
científicamente, para el escritor el apego a lo histórico solo está
dictado por un interés estético. Es decir, la novela no pretende la
exactitud ni la acumulación de datos, mas bien busca una capacidad de
evocación (verosímil, pero libre, imaginativa) en un espacio/tiempo
histórico dado. Su función no es demostrar ninguna evidencia o verdad,
sino recrearla, transmutarla o en ocasiones “reconstituirla” o
“reinventarla”, como hizo el puertorriqueño Luis López Nieves con su
célebre relato “Seva”, desde una perspectiva de rescate nacionalista de
la memoria histórica de su país.10
Pero lo anterior no niega que existe la realidad de la historia (en
tanto discurso que necesita una referencia) y existe la realidad de la
novela (en tanto discurso que no necesita referenciarse), y ambos
discursos toman puntos de contacto, pero nunca pueden ser idénticos, y
a lo más que podemos aspirar es a que sean complementarios. Lo que no
implica, por supuesto, que el creador no realice un estudio minucioso
de la época o personajes de que se va a ocupar, a riesgo de caer
en simplificaciones burdas o anacronismos ingenuos. Irónicamente,
algunos autores de estas narraciones, como la española Rosa Montero,
confiesan que lo que les apasiona leer es la historia “de verdad” y no
les gustan las novelas históricas.11
Si algo comparten, hoy más que nunca, historiadores y creadores de
ficción, es un extrañamiento de los cánones supuestamente inconmovibles
de sus estructuras expositivas, y el gusto por desplazar sus miradas
hacia tópicos heterogéneos, desiguales y discontinuos. Incluso, desde
el punto de vista metodológico, nos encontramos frente a una
estimulante coincidencia entre las novelas históricas y la historia
escrita más reciente, ya que esta última postula la necesidad de
ampliar la noción tradicional de lo que es considerado un documento
histórico, para incluir textos y testimonios de todo tipo,
tradiciones orales, fotos, películas y otros materiales visuales,
monedas y otros productos de excavaciones arqueológicas, estadísticas,
etc12. Como afirma el gran novelista estadounidense Edgard Lawrence Doctorow en un penetrante artículo:
“El historiador y el novelista trabajan para deconstruir las visiones
compuestas y tradicionalmente transmitidas de sus sociedades. El
historiador erudito lo hace gradualmente, el novelista más
abruptamente, con sus imperdonables (pero excitantes) transgresiones
(…) La consanguinidad de los historiadores y de los novelistas es algo
que demuestran los recientes esfuerzos de reputados historiadores que,
por sentirse constreñidos en su disciplina, han escrito novelas. (…) No
deberíamos sorprendernos por estos cruces de fronteras. ¿A qué
escritor, de cualquier género, no le gustaría ver y penetrar en lo
oculto e invisible?”13
4. América Latina ha sido una región donde la literatura de ficción
histórica ha encontrado algunos de sus más ilustres y obstinados
cultivadores. Bastaría mencionar, entre muchísimas obras, El siglo de las luces y El arpa y la sombra de Alejo Carpentier; Yo el Supremo y Vigilia del almirante de Augusto Roa Bastos; Bomarzo de Manuel Mujica Laynez; El otoño del patriarca y El general en su laberinto de Gabriel García Márquez; La muerte de Artemio Cruz y Terra Nostra de Carlos Fuentes; La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa; Margarita está linda la mar de Sergio Ramírez; Los perros del paraíso, de Abel Posse; Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, de Miguel Otero Silva; Noticias secretas de América de Eduardo Belgrano Rawson o
El Corazón de Voltaire
de Luis López Nieves, para darnos cuenta de la existencia de una
fecunda, diversa e intensa tradición que, renovada por autores noveles,
se rehúsa a desaparecer.
Esto sería así, según los criterios de estudiosos como Fernando Aínsa14, Peter Elmore15 y Seymour Menton16,
por la necesidad latinoamericana de recuperar su identidad y su memoria
histórica a través de la literatura. En algunos casos, estas
estrategias discursivas de apropiación de la historia por los
escritores, ha servido para desmitificar el pasado que cuentan las
historias oficiales, darle voz a los que no la tienen, recuperar para
la memoria colectiva hechos o personajes marginados y proponer,
mediante la reescritura ficcional de la historia, construcciones
alternativas de las identidades nacionales, regionales o de grupos de
personas. Es decir, el novelista histórico latinoamericano escribe “del
pasado”, pero no puede prescindir del presente, y de ahí también quizás
ciertas reservas de algunos novelistas a imitar el lenguaje o los giros
de una época determinada, pues después de todo escriben en el siglo XXI
para lectores contemporáneos. En este contexto, Seymour Menton
acuñó una tipología que llamó “La nueva novela histórica
latinoamericana”. Entre estas identificó La guerra del fin del mundo (1981) de Mario Vargas Llosa; El entenado (1983) de Juan José Saer; Maluco (1989) de Napoleón Baccino Ponce de León y Esta maldita lujuria (1991)
de Antonio Elio Brailovsky, las que en su opinión se
diferenciaban de la novelas históricas tradicionales por presentar un
conjunto de características específicas: presencia de los conceptos
bajtinianos de lo dialógico, lo carnavalesco, la parodia y la
heteroglosia; de la intertextualidad discursiva, de la metaficción y
del comentario autoreferencial; en ella aparecen protagonistas
tanto históricos como de ficción, y en ocasiones se mezclan personajes
ficticios y reales en el argumento novelesco. También señala Menton,
como una cuestión central en el abordaje de la historia por estas
novelas, la distorsión o violación consciente de la realidad histórica,
ya sea por omisión, por exageración o por la fantasía del novelista.
Esa dislocación subordina la reproducción mimética de la historia,
según el paradigma sugerido por Lukács, a las reflexiones
ideológicas del autor. A diferencia de los novelistas del boom o del realismo mágico,
que ejecutaron sus experimentaciones con el discurso y el lenguaje, la
nueva novela histórica latinoamericana realiza esta operación de
subversión con la historia. 17
5. En Cuba, la Novela Histórica cuenta ya con una apreciable
producción, tanto tradicionales como de nuevo tipo, aunque como
afirma la estudiosa de este género en nuestro país, Carmen Marcelo,
esta genealogía novelística ha sido “silenciada por la crítica como corpus narrativo”.18
Es a partir de los años 90, coincidiendo con la crisis económica cubana
y la búsqueda de nuevos referentes y paradigmas, que comienzan a
aparecer con fuerza un grupo de novelas históricas de autores de
diferentes generaciones, que permiten visibilizar una tendencia que
tuvo su mayor exponente en el Alejo Carpentier de El siglo de las luces, Concierto barroco, El arpa y la sombra y La consagración de la primavera. Entre estas obras, sin ánimo de ser exhaustivos, cabe mencionar Árbol de la vida (1992) de Lisandro Otero; Otro golpe de dados (1993), de Pablo Armando Fernández; Lances de amor, vida y muerte del caballero Narciso (1994), de Alfredo Antonio Fernández (1994); El ojo Dyndimenio (1994) de Daniel Chavarría (dedicada, no por casualidad, a su maestro Carpentier) y El polvo y el oro
(1996), de Julio Travieso. Aquí vale destacar que, con la excepción de
Chavarría que ubica la trama de su novela en el siglo V ateniense, el
resto toma sus referentes de la historia nacional, sin privilegiar
ningún período en particular, pues los creadores se mueven desde el
siglo XIX hasta la Revolución Cubana. El siglo XXI no ha hecho sino
reconocer la vigencia del canon de la novela histórica entre los
narradores cubanos, que se inaugura de un modo espléndido con esa joya
de la imaginación y el lenguaje que es Al cielo sometidos (2001) de Reynaldo González, ganadora del Premio Italo Calvino un año antes19.
Las peripecias eróticas de dos pícaros (Antonio el de Extremadura y
Antonio el de Ávila) en un burdel, en los días anteriores y posteriores
a la salida de la expedición colombina, es el leitmotiv de
una novela ambiciosa por su lenguaje barroco y la densidad de su prosa,
donde es evidente el homenaje a la gran tradición de la picaresca
española y a los escritores del Siglo de Oro. Canto a la libertad
individual y a los goces de la carne y del espíritu, la novela de
Reynaldo González se revela también como una alegoría de la
resistencia del hombre a todos los poderes que en el mundo han sido.
En palabras de la ensayista cubana Nara Araújo:
“Al cielo sometidos es
pues novela histórica en la medida en que se remite, por su asunto,
ambiente y personajes, por su lenguaje y exposición de los ideologemas
entonces vigentes, al pasado de la España inquisitorial: salida de los
moros e inicio del proyecto imperial. Pero es nueva novela histórica
porque no lo hace de forma mimética. El écart, la distancia,
la proporcionan los protagonistas, nuevos pícaros que brindan una
lectura sesgada del entorno. Por la naturaleza de su urdimbre artística
(…) Al cielo sometidos articula una visión del pasado en que
el punto de vista se coloca en los márgenes y en el envés. Nueva novela
histórica, (re)escribe la historia entre bambalinas, en las zonas de
silencio, proponiendo un imaginario que se alimenta de lo ‘real’ para
contar, según el Estagirita, como los hechos pudieron haber sido.”20
Siguiendo un orden más o menos cronológico en las temáticas tratadas,
no en su fecha de publicación, me gustaría comentar brevemente, desde
mi óptica de historiador, otras tres novelas históricas cubanas
aparecidas en los últimos años. Son ellas Inglesa por un año (2006), de la escritora y periodista Marta Rojas, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Novela 2006; La novela de mi vida (2002), de Leonardo Padura, recompensada con el Premio Internacional de Novela Casa de Teatro 2001; y Hotel Tampa Bay (2007), del historiador y ensayista Eliades Acosta Matos.
Antes de Inglesa…
Marta Rojas había dado muestras de una singular vocación hacia la
novela histórica, desplegando una trilogía de novelas tituladas: El columpio del Rey Spencer, Santa Lujuria y El Harén de Oviedo21. Si en Santa Lujuria,
la autora había ubicado su trama en las décadas finales del siglo XVIII
y las primeras del siglo XIX, recreando la impronta de la Revolución
Francesa en el Oriente cubano; en Inglesa… se retrotrae a una
época ligeramente anterior, aunque igualmente poco trabajada en nuestra
historiografía, y que evidentemente a la autora le fascina, y es el
momento de la ocupación británica de La Habana en 1762. La historia se
articula en torno a las peripecias de un filibustero al que llama
Martín de Andares o Sable desnudo (mote que alude a las dimensiones de
su falo), quien debe llevar la noticia del sorpresivo ataque inglés a
las autoridades españolas. Con un excelente nivel de información
histórica y acatamiento formal al lenguaje de época, Marta Rojas no
tiene sin embargo un interés “historicista” en su novela, como tampoco
el de cautivarnos solo con las aventuras eróticas de este filibustero y
una distinguida dama de la sociedad habanera, en este caso un personaje
real, la marquesa Beatriz de Jústiz de Santa Ana, conocida por sus
inclinaciones intelectuales.22
Su interés principal radica en “imaginar” como pudo haber sido la
sociedad habanera del último tercio del siglo XVIII, dominada por una
oligarquía marinera y militar, aún no impactada por el fenómeno de La
Plantación. La metáfora de la unión carnal entre un aventurero de
dudoso origen y una señora culta y respetable, quizás nos revela la
visión poética de un mundo de tolerancia y permisividad social, donde
todavía las diferencias de castas y estamentos no habían hecho pleno
acto de presencia, como si sería a partir de la década de 1790 con el
auge de la esclavitud plantacionista. Ambos amantes saben cuales son
los límites que los separan, pero aun así se permiten juegos de
seducción que nos hablan de una actitud ante la vida desafiante y
transgresora. Otro personaje histórico que aparece en la novela, el
poeta esclavo Juan Francisco Manzano, mimado por la marquesa y luego
desdichado en su vida real, cierra el texto con un retrato vehemente de
su ama, como alegoría de un tiempo ido, perdido para siempre.
Leonardo Padura, conocido por su tetralogía Las cuatro estaciones
y otros textos donde relata las peripecias del teniente Mario
Conde, se estrenó como novelista histórico con una obra de madurez a la
que tituló con una frase de su protagonista, el poeta romántico José
María Heredia: La novela de mi vida. Estructurada como una
novela en tres tiempos, las tramas discurren entre una biografía
novelada de Heredia y su relación con algunos de sus contemporáneos,
los últimos años de su hijo en la Cuba de los años 30 y el enigma de un
secreto documento herediano (nada menos que sus Memorias) donde
se referían pasajes delicados de su existencia, y la búsqueda de ese
manuscrito por un intelectual castigado en los años 70 y que
regresa a su país tras casi veinte años de ausencia. Se
trata de una novela escrita con solidez y maestría, apoyada en una
formidable investigación y en la consulta de fuentes numerosas, según
nos declara la “Noticia histórica” que aparece al final del tomo. Aun
así, Padura prefiere curarse en salud y nos advierte desde el inicio
que:
“Aunque
sustentada en hechos históricos verificables y apoyada incluso
textualmente por cartas y documentos personales, la novela de la vida
de Heredia, narrada en primera persona, debe asumirse como obra de
ficción. La existencia real del poeta y de los personajes que lo
rodearon (…) ha sido puesta en función de un discurso ficticio en el
que las peripecias reales y las novelescas se entrecruzan libremente.
Así, todo lo que Heredia narra ocurrió, debió o pudo ocurrir en la
realidad, pero siempre está visto y reflejado desde una perspectiva
novelesca y contemporánea.”23
A pesar de que sabemos que se trata de un “discurso ficticio”, no
podemos menos que celebrar la destreza con que el autor cala en la
psicología de algunos personajes históricos que se relacionaron con
Heredia. Dentro de los retratos novelados, uno de los más logrados es
el de Domingo del Monte, el gran mecenas cultural de La Habana de
principios del siglo XIX, dueño de un carácter voluble y
aficionado a los juegos de azar, que el novelista capta cuando dice
que: “no quería ser pobre y estaba seguro de que moriría rico; quería
ser poeta y publicaría libros; y sería famoso, a costa de lo que fuese”.24
Otro prócer de aquel tiempo de fundaciones, el padre Félix Varela
recibe un trato amable de parte del novelista, que lo describe
“predestinado a la santidad, todavía joven pero con cara de viejo,
enjuto hasta lo extremo, dueño de una mirada penetrante y una voz suave
y autoritaria”.25
Contrastando con el oportunismo delmontino, el joven Heredia se nos
presenta un tanto idealizado, como un hombre cuyo único norte era la
poesía. Ambas figuras se mueven a lo largo de la novela como dos
caracteres opuestos que, sin embargo, se atraen fatalmente, como dos
caras de una misma realidad, que no es otra que la de la colonia
cubana, donde conviven la amargura, la simulación y el cinismo con el
amor a la libertad, la pasión y el sacrificio. Sin embargo, la
personalidad de Heredia también se muestra con un costado de humanidad
palpitante y desgarrada, como cuando se alude a sus frecuentes visitas
a un burdel, donde sostenía enardecidas relaciones con una meretriz
llamada Betinha o a las angustias que le provoca su condición de poeta
inmerso en trajines políticos (“la política, que suele ser el cáncer de
la poesía”, según las reflexiones que Padura atribuye a Heredia), y que
marcaría su destino, cubriéndolo de “pesares y derrotas”.26
Hotel Tampa Bay,
del historiador Eliades Acosta Matos, es una novela que se anuncia en
su cubierta como un “policiaco”, pero en mi opinión no es la intriga
detectivesca para descubrir las causas del homicidio de un oficial
cubano del Ejército Libertador, asesinado en un callejón de Nueva York
por los celos de una exprostituta irlandesa, lo que mueve esta novela,
sino su penetrante reconstrucción del mundo de los emigrados cubanos en
los Estados Unidos y su asimilación a aquella sociedad mientras
esperaban el momento propicio para regresar a la patria, a morir o a
vivir en ella como hombres libres. Dentro de la trama de ficción,
donde merodean toda suerte de personajes del mundo sureño, negros
veteranos de la Guerra de Secesión, pícaros y meretrices, aventureros y
mafiosos italianos, junto a los grandes capitalistas y sus testaferros,
se insertan sucesos reales de enorme sensibilidad, que muestran las
complicadas relaciones de las dirigencias emigradas, tras la muerte de
Martí, con las elites de poder norteamericano y sus turbias
negociaciones y cabildeos con relación al futuro de la Isla,
incluyendo el plan de guerra contra España para apoderarse de sus
posesiones.
“Es cierto que compramos políticos, generales, senadores, jueces. Es
cierto que eso jamás lo hubiera permitido Martí (…) dejamos de cortejar
y ensalzar a los humildes, a los negros, a los tabaqueros, a los
veteranos de la otra guerra, a los jefes viejos, llenos de cicatrices y
achaques en al manigua. Necesitábamos gente como Rafael Díaz
Albertini…‘rico y quien se mueve en los mejores círculos’. Y les
hacemos espacio, y siguen con nosotros hasta el final.”27
En un largo monólogo interior atribuido a Gonzalo de Quesada y
Aróstegui, gran amigo de Martí, este saca a relucir sus propias
ambigüedades e impotencias, y describe con adjetivos sombríos el
panorama de la emigración en manos del nuevo delegado, Tomás Estrada
Palma:
“Benjamín Guerra, el probo tesorero del Partido, piensa como yo: con la
muerte de Martí, la situación es otra. Es como si a un cuerpo se le
hubiera sacado el alma y se le ordenase vivir sin su soplo,
desarticulado. Desde entonces, lo que era brillante, se ha vuelto opaco
y aburrido, cosas de hombres, no divinas (…) ¡qué diferente a don
Tomás! Ahora es el Delegado, pero Horacio y yo, en privado, le llamamos
el “bodeguero catalán”, porque es mezquino, espiritualmente pequeño,
ordenado e incapaz de pasión alguna. Su discurso santurrón, de
predicador puritano, su falta de gracia y refinamiento, su escaso valor
humano, hacen de él un perfecto político americano. Cubano, jamás. “28
Otras subtramas dentro de la novela aluden al intenso trabajo de
espionaje realizado por las autoridades españolas, dirigido a perseguir
y sabotear los esfuerzos de los cubanos emigrados en sus tareas
revolucionarias; pero en mi opinión los extensos párrafos dedicados a
estos “informes” de los espías españoles, resultan excesivamente
didácticos y retóricos, y no le aportan mucho al, por otro lado,
excelente relato de ficción, cuyos contenidos “no verificables”
(diálogos, descripciones, semblanzas, evocaciones, etc.) me parecen
mucho más eficaces a la hora de transmitir un saber histórico.
Esperemos, pues, que este breve acercamiento a los temas sobre
literatura e historia y sus complejas interrelaciones, y a la nueva
novela histórica que se escribe en Cuba hoy, estimule a los críticos a
visibilizarla como objeto de estudio, e incite a los novelistas a
encontrar en la rica tradición nacional, o en las de otros países,
formas provocadoras, inteligentes y lúcidas de narrar los muchos
relatos que componen una buena Historia. Mientras tanto, los ávidos
lectores esperamos por el renovado festín de Clío y Calíope.
NOTAS:
1. Roland Barthes, “Le discourse de L’Histoire” (1967)
2. Siegfried Kracauer, The Last Things before The Last (1969).
3. Paul Ricoeur, Temps et récit. L'intrigue et le récit historique. (1983); Temps et récit. La configuration dans le récit de fiction. (1984); Temps et récit. Le temps raconté. (1985)
4. Michel de Certau, L’écriture de L’Histoire (1975).
5. Lawrence Stone, “The Revival of Narrative: Reflections on a New Old History” (1979).
6. Carlos Alfieri, “Contra el escepticismo histórico. Entrevista a Roger Chartier”, en: www.escueladeletras.com/actualidad literaria/index.php
7.Ivana Costa, “La historia del siglo: Entrevista al historiador Eric Hobsbawm”, en: www.escueladeletras.com/bagdad/index.php.
8. Gyorgy Lukács, La novela histórica (1936).
9. Daniel Gustavo Teobald, “Notas sobre la novela histórica argentina”,
en: www.ucm.es/OTROS/especulo/numero9/historia.html
10. Ver la entrevista “electrónica” que le realizó Rafael Grillo a
López Nieves bajo el título de: “El corazón de López Nieves o el revés
de la historia”, El Caimán Barbudo, mayo-junio de 2007, pp. 10-12.
11. Rosa Montero, “Entrevista sobre el libro El Rey Transparente (2005)”, en: www. Clubcultura.com
12. Edgard Lawrence Doctorow, “La historia de la ficción”, Página12, 3 de septiembre de 2006 (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2221-2006-09-03.html).
13. Ver el excelente análisis que hace Valeria Grinberg Pla, “La novela
histórica de fines del siglo XX y las nuevas corrientes
historiográficas”, en:
www.denison.edu/collaborations/istmo/n02/articulos/novhis.html.
13. Fernando Aínsa, "Invención literaria y 'reconstrucción'
histórica en la nueva narrativa latinoamericana", en: Karl Kohut,
(Ed.), La invención del pasado. La novela histórica en el marco de la posmodernidad, (1997).
14. Peter Elmore, La fábrica de la memoria. La crisis de la representación en la novela histórica (1997).
15. Seymour Menton, Latin American's New Historical Novel (1993).
16. Seymour Menton, op. cit. Para una discusión del término ver:
“Lukasz Grützmacher, Las trampas del concepto “la nueva novela
histórica” y de la retórica de la historia postoficial”, Acta Poética 27 (1), 2006, pp. 141-167.
17. Carmen Marcelo, Cinco novelas cubanas, Santa Clara, Editorial Capiro, 2006, p. 35.
18. También en 2001 se publicó Un hombre providencial,
de Jaime Sarusky (Premio Alejo Carpentier de Novela), que aborda la
figura del filibustero William Walker y sus fechorías en el Caribe,
pero por razones de espacio no puedo tratarla aquí.
19. Nara Araújo, “Verdad, poder y resistencia en Al cielo sometidos”, Anales de Literatura Hispanoamericana, 32, 2003, pp. 187-192.
20. Estas novelas han merecido ya interesantes acercamientos como el de
Elba D. Birmingham-Pokorny: “Re-escribiendo la Historia y la Identidad
cubana, la Legitimación del Amor, y el Otro, la novela El columpio del rey Spencer”; Miriam DeCosta-Willis: “Santa Lujuria,
novela de Marta Rojas, y la transformación de la historia cubana en una
ficción mística” y Mirta Yánez: “Una fugaz mirada a los noventa y un
comentario sobre El harén de Oviedo”. Agradezco a Marta Rojas la cortesía de facilitarme la lectura de estos textos.
21. Ver un excelente ensayo sobre esta singular mujer en Luisa Campuzano, Las muchachas de La Habana no tienen temor de Dios… (2004).
22. Leonardo Padura, La novela de mi vida, La Habana, Ediciones Unión, 2002, p. 5.
23. Idem, p. 27.
24. Idem, p. 53.
25. Idem, p. 109.
26. Eliades Acosta, Hotel Tampa Bay, La Habana, Casa Editora Abril, 2007, p. 106.
27. Idem, p. 84. |