La tiranía permitió, en el año 1951, la celebración de
la primera Feria del Libro. Acogió la idea de don Julio Postigo, mentor
de la Colección Pensamiento Dominicano y propietario de la Librería Dominicana.
La muestra era deleite para elites en aquella sociedad sojuzgada, con mayorías ágrafas y analfabetas. Hubo suspensiones, inconvenientes y desencantos, empero, la actividad continuó. Mediante Decreto, el Poder Ejecutivo creó, en el 1970, la Comisión Permanente de la Feria.
El espacio para la reunión de lectores, coleccionistas, libreros, era modesto. La
asistencia escasa. Veintisiete años después, cambia el concepto y el
alcance. Los organizadores convocan editores y escritores extranjeros.
El resultado fue positivo. Representantes de ocho países y agentes de
cuarenta editoras, ocuparon el recinto ferial.
Se pactó el compromiso internacional invitando, cada año, a un país y honrando a un autor. La hospedería ha sido para España, Francia, Italia, México, Chile, Venezuela, Argentina, Cuba, Puerto Rico.
Los autores reconocidos: Salomé Ureña, Eugenio María de
Hostos, Juan Bosch, Pedro Mir, Manuel del Cabral, Pedro Henríquez
Ureña, Pablo Neruda, Aída Cartagena Portalatín, Marcio Veloz Maggiolo.
Transcurrió una década y la República Dominicana,
con su lamentable índice de Desarrollo Humano, insuficientes lectores,
escasa inversión en Educación, ostenta, la mayor y más prestigiosa
Feria del Libro de Centro América y El Caribe. Durante quince días, el público itinerante aprovecha una extraordinaria oferta.
La X Feria Internacional del Libro –XFIL- invitó a Colombia y fue dedicada al poeta Franklyn Mieses Burgos. Pautó
trescientas noventa y nueve-399- conferencias, ciento veintitrés -123-
conversatorios y tertulias, mil ciento cincuenta y seis -1156-
presentaciones artísticas.
Estuvo el reguetón y la sinfonía, la bachata y el merengue, el gagá y el vallenato. Botero
y Bidó. Ospina, Bryce Echenique, Andrés Burgos, Sánchez Baute,
López
Nieves. Bosch, Balaguer, Caamaño, Peña Gómez. Las Mirabal y Manolo.
Tatico Henríquez y Juan Luis… La Unión Europea,
Suramérica, El Caribe, las Universidades, el esoterismo, editoriales
nacionales y foráneas… la conmemoración de Cien Años de Soledad.
Fue lugar de encuentro para humillados y ofendidos, halagados y vilipendiados, para consumidores de gaseosas y maíz. Una fiesta. Y
como siempre, cuando termina, vuelve el libro a su anaquel, el escritor
a su silla, el librero a sus lamentos, el poeta a su reclamo, el actor
deja el proscenio. Retornan los estudiantes a sus remotas comunidades y desde sus desvencijados pupitres, sueñan con pantallas imposibles.
El contraste es innegable, la convergencia de
realidades disímiles, también. Pero, durante dos semanas, la Plaza de
la Cultura se convierte en un espacio ideal. Es el mejor de los mundos
posibles. Coinciden legiones de muchachos azorados, deseosos de ver,
averiguar. Hojean libros que nunca comprarán, solicitan autógrafos,
escriben reportes, luego de una charla, de la exhibición de una
película o una obra de teatro. Entran y salen de los quioscos.
Tropiezan con escritores, artistas, políticos. Los huéspedes, cargados
de libros y asombro, no entienden la masiva asistencia, la puntualidad,
las atenciones, la riqueza del intercambio. Es el paraíso. La Feria admite predicadores del
evangelio, seguidores de la revolución bolivariana, librerías, autores
prolíficos desconocidos, artesanos, músicos, poetas, cantantes,
bailarines, fotógrafos, pintores, caricaturistas… Lo sublime y lo
ridículo. Lo posible y lo probable. La necedad y la
imprudencia, la vanidad. Video, gastronomía, idiomas, cibernética,
salud, auto ayuda, conferencias magistrales, prédicas insulsas.
Aunque año tras año, aguarden en una esquina los folios
de la realidad, la FIL permite, a millones de dominicanos, disfrutar un
espacio de expresión libre y diversa del
pensamiento. Algunos elucubran, quieren saber cuál es el misterio.
Dilucidar el motivo de la permanencia y persistencia. Averiguar qué
extraño artificio permite bregar con pertinaces disidentes, petulantes
legendarios, soberbias huecas. Quieren encontrar las razones del entusiasmo.
País de desmesura el nuestro. La distorsión pretende
explicar victorias y fracasos. Pródigos con el insulto y el halago, la
crítica es implacable, el piropo, hipérbole. El encomio adecuado se
regatea. Sin embargo, calificar la XFIL, es fácil. El albur no
interviene en el éxito. Los responsables de su realización acatan las
reglas de la organización, del trabajo colectivo, coordinado. No improvisan. Retan con la eficiencia. En la Secretaría de Estado
de Cultura y en la Dirección General de la Feria, acordaron eliminar la
reyerta inútil, las contiendas coyunturales, la respuesta a la
provocación episódica. Laboran. ¿Cuándo comienza el trabajo para la
próxima Feria? Preguntó una entrevistadora al discreto Director de la
Feria del Libro. Alejandro Arvelo, filósofo, alejado del fausto y la banalidad, respondió: El día después de la clausura. Ese es el secreto. Sencillo y eficaz. No hay misterio. Se impone el elogio.