Luego de tres años de existencia, la Maestría en Creación
Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón es comentada por los propios
estudiantes que le han dado vida.
El escenario es éste: una montaña altísima, infinidad de musas danzantes y en el
centro él, vestido de blancas telas y casi flotando en el aire: el escritor. O
qué tal este otro: una nube densa atravesada desde el cielo por un arcoiris cuya
fuente no es otra que la pluma de ella: la escritora.
Para mucha gente -y es posible que no sea una exageración- ésta es la imagen
preconcebida de lo que es un escritor, pero para un grupo de estudiantes de
todos los niveles de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad del
Sagrado Corazón -creada y dirigida por el escritor y profesor
Luis López Nieves-
nada más lejos de la realidad.
Dolor de cuello y muñeca, algún callito incipiente en las yemas de los dedos y
nada de ir a la placita de Santurce a “janguear” los viernes en la noche. Para
ellos, el oficio tiene muy poco que ver con esa idea del escritor inalcanzable y
casi divino que durante tantos años ha predominado. Más allá de ser escritores,
quieren escribir y el propio proceso creativo es el mejor justificante para
todos los cuestionamientos de familiares y amigos. Así lo manifestaron
estudiantes en diferentes etapas de la maestría -desde primer año hasta tesis-
en una mesa redonda celebrada en la Universidad del Sagrado Corazón, en la que
hablaron abiertamente con El Nuevo Día sobre el cambio de vida que ha
representado el haberse atrevido a “lanzarse al vacío” por seguir -la que
sienten- es su vocación.
Ecléctica convergencia
Un doctor, un abogado, dos maestras, una ejecutiva, una diseñadora de prendas,
un graduado de diplomacia, una periodista, una secretaria legal y un joven que
ha sido desde piloto hasta bartender, integraron el grupo.
“Uno primero idealiza un poco lo que es ser escritor y siempre piensa que quiere
ser importante y que todo el mundo le conozca, pero después de haber empezado la
maestría veo que me falta tanto por aprender y es ahí cuando me doy cuenta de
que me voy a dedicar sólo a escribir no a ser escritora”, opina Renia Fermaint,
quien posee una maestría en Creación Literaria de España.
“Yo creo que es un poquito de los dos, cualquiera que diga que escribe solamente
porque le gusta o para sí mismo no creo que diga la verdad. Yo creo que uno
escribe para ser leído, así sea para 5 personas en tu blog”, dice José Borges,
quien actualmente se desempeña como coordinador de actividades en la Editorial
Santillana.
La mayoría llegó a la maestría para probar si tenía lo que se necesita para ser
un escritor, para buscar lectores críticos, para darle estructura a las ideas
sueltas o, simplemente, porque considera que así como se aprenden técnicas para
pintar, bailar, actuar tocar un instrumento o cualquier otra manifestación
artística, el escritor aprende escribiendo. De hecho, consideran que ésa es una
de las debilidades más grandes en las universidades, puesto que de no existir
esta maestría, los que tienen la inquietud de la escritura y quieren atenderla
desde la academia, sólo cuentan con la preparación formal en literatura, tal
como le sucedió a Damaris Reyes quien, luego de estudiar esta disciplina, llegó
a la maestría buscando eso que le faltó.
“Yo lo comparo con el músico que toca de oído... ahora estamos aprendiendo a
leer esas notas literarias, ese solfeo de las letras”, ejemplifica José Rabelo,
médico con especialidades en pediatría y dermatología, quien estudió la segunda
especialidad para tener más tiempo para finalmente dedicarse a escribir.
“Mis lectores eran mis amigos y familiares y a ellos siempre les parecía bueno
lo que escribía. Yo me preguntaba: ‘¿por qué si es tan bello y tan hermoso no me
publican?’, ahí fue cuando me decidí”, rememora el doctor, quien llegaba con
taquicardia a sus primeros talleres, pero hoy y al igual que a sus compañeros,
la crítica mutua es fundamental.
Para ellos la experiencia de taller es vital pues sus textos sin lector y sin
crítica no están completos, ejercicio en el que también han aprendido a domar
sus egos, a declararle la guerra al cliché y a “buscar esa esquina que no vio
otro escritor”.
Te vas a morir de hambre...
¿Cuántas obras literarias jamás habrán llegado al papel porque sus autores no
las escribieron, desalentados por esa frase? Y es que, como si fuera una
sentencia incuestionable, muchos humanistas por vocación abortan sus proyectos
intimidados por la resonancia de esas palabras que preludian atroces necesidades
económicas.
Por esa razón José Rabelo estudió medicina, Luis Saldaña se hizo abogado y
Natalia Ortiz Cotto casi termina un bachillerato en farmacia cuando se decidió a
estudiar literatura y casi termina la carrera de derecho cuando decidió entrar a
la maestría. Natalia aún escucha los reproches, pero no le importa porque sabe
que está donde debe estar.
“El lastre fue haber estudiado derecho y no haber tenido el valor de estudiar
literatura. Yo lo intuí desde los 7 u 8 años, pero era bien difícil estudiar
literatura e irse a ser escritor porque no había una dirección, uno no sabía por
donde ir...”, manifiesta Saldaña.
Primero lectores
“Algunas personas vienen con la idea extraña de que van a ser escritores y van a
hacer un texto maravilloso y todo el mundo se lo va a criticar muy bien, pero en
el fondo te das cuenta de que necesitan unas lecturas, que tienen unos vacíos”,
apunta Maribel Rivera Ortiz, quien trabaja como maestra. A juicio de Rivera, es
precisamente la lectura lo que les ayudará cuando llegue el momento de terminar
la maestría y soltar la seguridad que quizá les ofrece el salón de clases.
“Una de las limitaciones de la maestría puede ser la misma dependencia que te
puede causar de la gente del taller, que una vez fuera de eso no sepas
autocriticarte o no te atrevas... Eso de que esto es una profesión solitaria es
muy cierto y por eso hay que aprender a autocriticarse”, enfatiza José Borges.
Nuevos Retos
Los estudiantes parecen estar muy satisfechos con la maestría sobre todo porque,
además de los talleres, han encontrado una sólida base teórica. Consideran un
privilegio la oportunidad de tomar clases con profesionales, así como asistir a
los conversatorios con escritores reconocidos que se organizan en la
universidad. Pero aún hay espacio para crecer. A juicio de la mayoría, la
maestría debe comenzar a salir del País a través de convenios e intercambios
estudiantiles con otras universidades, así como ofreciendo residencias a
profesores foráneos.
“Al principio escribimos mucho de nuestro entorno, de Caguas, Culebra -algunos
se aventuran más lejos- pero hay que salir”, dice Luis Ponce, graduado de
diplomacia.
Además, les gustaría que se estableciera algún acuerdo con una editorial que
cada año publicase una antología de los estudiantes que completen la maestría.
“El escritor que se está formando en la maestría es activo, no está en la cima
de la montaña, es un escritor que se va a la calle a llevar el arte, a hacer
tertulias, lecturas de cuentos, programas de radio”, destaca Awilda Cáez, quien
conduce un programa radial sobre literatura.
Y es que para ellos esto no se puede quedar así, hay que crear nuevos lectores
pues mientras exista un escritor -como diría la estudiante Leomaris Nazario-
“dispuesto a desafiar el papel” y a habitar entre los mortales, habrá lectores,
habrá creación.
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Laboratorio de escritores
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