Por momentos -y con un optimismo fugaz- he pensado que el Escritor no sólo recibió mi mensaje, sino que lo leyó hasta llegar a las preguntas, seducido por la curiosidad de ver qué nuevos argumentos se inventan los periodistas para franquear el muro que lo protege
Hace unos días Gabriel García Márquez debe haber recibido un correo electrónico
desde el Caribe -desde Puerto Rico- con escala en Cartagena de Indias, uno más
de los cientos o miles que periódicamente él -o Mercedes, su esposa- convierte
en nada con un simple teclazo.
No quiero parecer pesimista, pero sospecho con bastante certidumbre que ese
mensaje ha corrido la misma suerte: todas las partículas eléctricas con cargas
positivas y negativas que habrían de ser heraldo del mensaje desde mi teclado en
Guaynabo hasta el monitor de su computadora en la Ciudad de México han dejado de
existir. Así de simple: se esfumaron, desaparecieron. Ya no son, en flagrante
contradicción a esa vieja ley del francés que afirma que en el Universo nada se
pierde, sino que todo se transforma.
Ahora que lo pienso, debo admitir la posibilidad de que en el fondo de todo esto
haya un problema de fe. Para más precisión, debo decir de ausencia de fe: nunca
tuve esa convicción ciega a la que nos aferramos los humanos cuando sabemos que
lo que pretendemos parece imposible y, ciertamente, este intento por tener unas
respuestas directas del escritor colombiano tuvo desde el principio la lapidaria
advertencia de su sobrino Luis Carlos, quien trabaja en la Fundación Nuevo
Periodismo Iberoamericano: “Es bien conocida la decisión de Gabriel García
Márquez, nuestro fundador y presidente, de evitar en lo posible entrevistas o
contestar inquietudes como la que ahora le pides a través de nosotros”, me
escribió no hace mucho. “El razonamiento es que si contesta una debería
contestarlas todas y no te imaginas la cantidad de solicitudes que recibimos de
todas partes del mundo. Aquí te puedo ayudar en cualquier cosa que esté a mi
alcance pero no te entusiasmo porque es muy difícil, por no decir que imposible,
contactarlo. Cualquier otra cosa que se te ofrezca con gusto te ayudo”.
Los periodistas nos ganamos la vida no sólo contando historias, sino también
insistiendo. E insistí.
“Luis Carlos”, le contesté al hijo de Luis Enrique García Márquez, “gracias mil
por tu respuesta y la aprecio... pero nada pierdo con pedir: ¿crees que le
podrías hacer llegar al Escritor 4 ó 5 preguntas que yo te envíe por este medio?
No te imaginas lo que esto significaría para El Nuevo Día”.
“Hola Mario”, me respondió. “Yo no tengo ningún inconveniente en hacerle llegar
las preguntas, lo que no te garantizo es que las conteste ni que me las envíe de
vuelta”.
Hice caso omiso del tono sombrío y le escribí al Escritor, con una breve nota a
mi emisario:
“Apreciado Luis Carlos: como te prometí -y a merced de la fortuna que puedas
darme en esta gestión- a continuación (y también en un documento adjunto) te
someto el mensaje del que te hablé para el señor Gabriel García Márquez, con la
certeza de que harás lo posible por darle una señal que al menos lo invite a
leerlo. Una vez suceda eso, sé que las respuestas llegarán si considera las
preguntas dignas de ello. Independientemente de lo que suceda, te agradezco
infinitamente tu gestión y me reitero a tus órdenes para lo que estimes
pertinente...”.
Esta fue la misiva que el Escritor nunca leyó o, si lo hizo, la despachó al éter
con un irrevocable teclazo:
San Juan, Puerto Rico
17 de febrero de 2007
Estimado Sr. Gabriel García Márquez:
Espero que este intento de alcanzarlo haya superado todas las razones que
pudiesen existir para que no fuese así. Sé de su añeja e inflexible decisión de
no conceder entrevistas y de mantenerse distante de todo intento de establecer
contacto con usted, en especial cuando la iniciativa parte de un diario.
No obstante, no tengo más remedio que alimentar la esperanza -como si esta fuese
obra de la voluntad- de que estas líneas lleguen al destino que les sirve de
aliento, gracias a la generosa ayuda del señor Luis Carlos García-Márquez
Morelli, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.
El diario con el que trabajo desde hace casi 20 años está preparando una edición
especial en torno al cuadragésimo aniversario de la publicación de ‘Cien años de
soledad’. No intentaré deslumbrarlo ni convencerlo con más argumentos: sé que en
este simple enunciado está cifrada la inmensa trascendencia que reviste para
nosotros -e infinidad de lectores- lo que usted tantas veces ha hecho a lo largo
de su vida: regalar unas cuantas respuestas...
Don Gabriel, perdone si para nosotros significa tanto lo que quizá para usted
pueda parecer tan poco...
Un abrazo desde este Caribe siempre incierto,
Mario Alegre Barrios
Editor / Cultura
El Nuevo Día
Durante casi una semana el intercambio epistolar cibernético con el sobrino
trató de alimentar la esperanza...
2/21/2007 2:27 p.m.
Saludos Luis Carlos, sólo para saber si te llegó mi correo del sábado con el
mensaje del que hablamos para el Escritor...
Gracias, gracias...
Mario Alegre Barrios
2/21/2007 5:22 p.m.
Efectivamente Mario, llegó un mensaje de asunto “en tus manos quedo”. Cuando
tenga una respuesta te aviso.
Cordialmente,
Luis Carlos García-Márquez Morelli
2/26/2007 2:53 p.m.
Sé que poco o nada logro con preguntar, si acaso exasperarte, pero tengo que
hacerlo: ¿hay alguna noticia del Escritor? ¿Crees que deba albergar alguna
esperanza de que responda? Perdona mil veces la molestia...
Un abrazo,
Mario Alegre Barrios
2/26/2007 5:05 p.m.
Hola Mario, no te preocupes, no te voy a odiar. No me han dado respuesta, de lo
contrario te la hubiera transmitido inmediatamente. La esperanza es lo último
que se pierde pero si no estoy mal cuando hablamos las primeras veces te dije
que era muy difícil. Exactamente, ¿qué es lo que estás haciendo ahora mismo
referente a Gabo? ¿No te gustaría entrevistar a alguien que no sea él pero que
pueda alimentar tu trabajo?
Cordialmente,
Luis Carlos García-Márquez Morelli
2/26/2007 5:08 p.m.
Luis Carlos, gracias por tu respuesta... y por no odiarme. Si de algo estoy
consciente es de tu advertencia sobre lo difícil de la empresa. Mira, lo que
estamos trabajando es una edición especial en La Revista -que es el suplemento
cultural dominical de El Nuevo Día- en la coyuntura de los 40 años de la
publicación de ‘Cien años de soledad’ y obviamente pensamos que una entrevista
con Gabriel sería vital para la dimensión que reviste el proyecto. Sin claudicar
a la esperanza de una respuesta a mis preguntas, ¿qué otras alternativas me
puedes sugerir?
Un abrazo,
Mario Alegre Barrios
2/26/2007 7:58 p.m.
Pues no sé… tal vez que entrevistes a Jaime García Márquez, su hermano y también
subdirector de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ahora mismo se me
pueden estar escapando de la mente otras formas de ayudarte, pero con seguridad
te puedo colaborar en más.
Cordialmente,
Luis Carlos García-Márquez Morelli
2/26/2007 9:07 p.m.
Sería interesante... ¿cuándo crees que me podría atender por teléfono por no más
de 20 ó 30 minutos, para no abusar de su tiempo?... otra pregunta, ¿tú que
parentesco tienes con Gabriel?
Saludos,
Mario Alegre Barrios
2/27/2007 12:07 p.m.
Sobrino, hijo de su hermano Luis Enrique. Déjame y consulto con Jaime cuándo te
puede atender y te aviso. Perdón por la pregunta: ¿de qué país eres?
Cordialmente,
Luis Carlos García-Márquez Morelli
2/27/2007 12:13 p.m.
Gracias, gracias... cualquier cosa -y lo que estás haciendo no es precisamente
“cualquier cosa”- vale un mundo... Soy mexicano, del D.F. Vivo en Puerto Rico
desde hace 29 años -tengo 50- y desde hace 19 trabajo en El Nuevo Día, siempre
como periodista en la sección de Cultura y, desde hace 5 años, como su editor...
a tus órdenes para lo que necesites...
Un abrazo,
Mario Alegre Barrios
Hasta aquí la certeza de haber hecho todo lo posible –y también lo apropiado,
vamos, no se trata de caer en excesos más propios de los paparazzi- por
conversar aunque fuese electrónicamente con el tío de Luis Carlos.
Mientras escribo esto trato de adivinar si el Escritor supo de mi gesto. Tal vez
sí y en algún momento su mirada se posó por unos segundos en ese “Espero que
este intento de alcanzarlo haya superado todas las razones…”, para luego
murmurar: ‘¡Qué cursi el pendejo este… al carajo!’ y con una sonrisita huérfana
de misericordia -sin que le temblara el pulso- apuntar con el ratón a esa línea
nada menos que estúpida y enviar esas palabras al reino de nunca jamás con un
leve movimiento del dedo índice de la mano derecha.
Quizá el mensaje nunca llegó, pero darle espacio a esta idea sería poner en tela
de juicio la gestión de su sobrino y la verdad es que no soy tan miserable y
malagradecido como para pagar así lo que sentí como genuino. Creo que hubiese
bastado con que Luis Carlos respondiese de entrada mi petición con un “no jodas,
no se puede” –con esa asertiva contundencia tan propia de los personajes
garciamarquianos- para no haber alimentado ese -para mí esperanzador-
intercambio ciberepistolar.
Por momentos -y con un optimismo fugaz- he pensado que el Escritor no sólo
recibió mi mensaje, sino que lo leyó hasta llegar a las preguntas, alentado por
un morbo retorcido, seducido quizá por la curiosidad de ver qué nuevos
argumentos se inventan los periodistas para franquear el muro que lo protege y
ganar su atención.
Al final me quedo con algunas dudas que convertí en interrogantes para el
Escritor. De más está decir que el hecho de que yo no sepa las respuestas no
quiere decir que no las haya contestado ya en alguna de las miles de entrevistas
que le han hecho o en las líneas de algunas de sus novelas.
¿A cuál de todos sus personajes siente el Escritor que más se parece? Quizás a
Florentino Ariza, el hombre de ‘El amor en los tiempos del cólera’ que esperó 51
años, nueve meses y cuatro días para estar con la mujer que amaba. ¿Por qué? No
lo sé con certeza… tal vez porque Florentino es uno de los habitantes de ese
mundo alucinante que más entrañablemente se abraza del alma del lector.
Sí, sí... ya sé que no se trata de lo que yo crea, pero siento que, después de
lo que he relatado, resulta claro que intenté que fuese el Escritor quien nos
dijese -aunque se repitiese- cosas como: ¿en cuál de todos sus libros le
gustaría pasar la eternidad y por qué? ¿Cuál hubiese sido el libro que habría
elegido escribir si la vida solamente le hubiera alcanzado para uno? ¿Qué tan
agobiante ha sido para él la fama literaria? ¿Siente que ha sido demasiado alto
el precio que ha tenido que pagar por la vida que ha tenido? ¿Qué diría si
tuviese que resumir en un breve enunciado de no más de cinco palabras lo que
significa para él ‘Cien años de soledad’? ¿Cuándo y cómo se dio cuenta de que
había dejado de escribir desde la entraña? ¿Cómo se lleva consigo mismo y con
Dios? ¿Qué lo ilusiona en esta etapa de su vida? ¿Con qué sueña con los ojos
abiertos? ¿Qué respondería si la vida se le sentara al lado y le dijera:
“Gabriel, creo que mereces que te conceda un deseo”?
He leído todos los libros del Escritor y nada de lo que en su obra es comunión
de realidad y ficción me ayuda a saber con certeza -salvo estos balbuceantes
ejemplos, fruto de la imaginación- lo que finalmente sucedió con mi mensaje
luego de que el “enter” de mi teclado lo lanzó a la aventura.
Para terminar, un secreto que ahora deja de serlo: hay otro posible epílogo para
esta entrevista que nunca fue, situación que realmente me aprieta al alma al
pensar lo macondamente probable que puede ser: el Escritor sí recibió el
mensaje, lo leyó y estuvo dispuesto a contestar las preguntas… hasta que recordó
la promesa que le hizo a Luis López Nieves respecto a Puerto Rico como
aldabonazo a la bizantina relación de amistad que ambos sostuvieron y de la que
el autor de ‘El corazón de Voltaire’
da testimonio en estas mismas páginas.
Volver a:
La entrevista que nunca fue
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