Batalla contra el bostezo

Por Carmen Dolores Hernández / cdh@caribe.net

El autor de ‘Seva’, cuya publicación constituyó uno de los eventos literarios más sonados del siglo pasado, nos ofrece ahora ‘El corazón de Voltaire’

 

A Luis López Nieves siempre le ha gustado jugar con la historia. La ha transformado en sus ficciones, dándole la vuelta para explorar lo que pudo haber sido y no fue… o fue sólo en el terreno de la imaginación o el deseo.

‘El corazón de Voltaire’ (2006), novela escrita a base de correos electrónicos, empieza con una pesquisa oficial en torno a los restos de François Marie Arouet (Voltaire) y se desarrolla como un enigma histórico que involucra -junto al filósofo descreído- a personajes eclesiásticos del pasado y a científicos e historiadores del presente, además de a un peluquero extravagante y a funcionarios oficiosos del gobierno francés. Aunque no es la primera vez que el escritor utiliza la historia para sus ficciones, es la primera en que va más allá de la de Puerto Rico, imaginada por él de forma tan impactante que su primera publicación, ‘Seva’, constituyó uno de los eventos literarios más sonados del siglo pasado, uno que sacudió los fundamentos mismos de las convenciones que han rodeado a la lectura en nuestra Isla.

Publicado como texto periodístico en 1983, ‘Seva’ era, aparentemente, el reportaje de una investigación seria. Presentaba la resistencia de un pueblo del este de la Isla a una invasión estadounidense anterior a la del 25 de julio de 1898. Tan convincente fue, que la “aniquilación” del pueblo y su sustitución por el de Ceiba suscitó reacciones apasionadas pidiendo reivindicaciones históricas.

De sus dos libros posteriores de relatos, el titulado ‘La verdadera muerte de Juan Ponce de León’ contiene cuentos que transforman de nuevo la historia conocida.

En una entrevista reciente, conversamos con el autor -fundador y director, en la Universidad del Sagrado Corazón, de una Maestría en Creación Literaria- sobre su fascinación con la historia.

 

CDH: En toda tu obra hay referencias a la historia. ¿De dónde parte esa fascinación?

 

LLN: Cuando escribo tengo gran influencia de la historia y me alegro de ello. Los historiadores y la gente en general leen literatura para entretenerse. Mi entretenimiento es la historia. Yo he leído toneladas de historia: de la Edad Media, de Bizancio, de las cruzadas, de Roma, de Grecia. He leído libros que nadie lee, como una historia de los papas en tres volúmenes, cada uno de mil páginas. Desde pequeño me encantaba mirar los atlas y leer el Almanaque Mundial.

 

CDH: Escribes como si fueras, efectivamente, historiador.

 

LLN: Diría que me gusta escribir como si estuviera escribiendo historia verdadera, y no como si estuviera escribiendo literatura, porque muchas veces, cuando se escribe literatura, hay una retórica que se nota. Eso es lo que trato de eliminar, como en ‘El corazón de Voltaire’; que en ningún momento la gente pueda decir que aquí hay alguien armando una oración ‘preñada’ de tropos. Trato de que no se vea la literatura.

 

CDH: Usas estrategias literarias como insertar elementos ficticios dentro de un contexto verosímil y cambiar identidades para hacer creíbles tus ficciones.

 

LLN: Eso me fascina; es lo que yo llamo historias trocadas. Es que para mí la historia es literatura, es el sexto género literario. Todo lo que leemos sobre personajes históricos es literatura.

 

CDH: Supongo que tienes que hacer mucha investigación para tus ficciones.

 

LLN: Después de 40 años leyendo historia obsesivamente, muchas veces sólo tengo que refrescar algunos datos que tengo en la memoria. Pero te diré que de todos modos el escritor no puede usar todos los datos históricos que conoce. Esa es una de las técnicas importantes cuando se escribe literatura histórica. El autor tiene que saber más de lo que dice. El escritor se autoedita, selecciona y usa solamente lo necesario para que su obra sea efectiva.

 

CDH: Pero los conocimientos, aunque no figuren en el texto, se proyectan en él.

 

LLN: El lector se percata de que uno sabe de lo que está hablando. Pero yo no dije todo lo que sabía de Voltaire ni del siglo XVIII. Antes de escribir la novela, leí varias biografías y escribí para mí una biografía de Voltaire. En la novela hay unas cartas en que Roland de Luziers [el geneticista que está tratando de determinar si el corazón que se preserva en la Biblioteca Nacional francesa es el de Voltaire] le cuenta a Frédéric, un peluquero, quién era Voltaire. Para escribirlas hice una selección de los datos, para darle al lector lo que necesitaba saber sobre Voltaire. Y ya. No lo puse todo. ¿Para qué aburrir al lector con detalles innecesarios?

 

CDH: ‘El corazón de Voltaire’ es una especie de thriller. ¿Te gusta el género?

 

LLN: Me gusta el thriller, no como género sino como técnica. Lo que pasa en Puerto Rico es que muchos escritores han olvidado que la literatura es entretenimiento. A veces da la impresión de que aquí la literatura no es más que una insensata búsqueda de anacolutos, jitanjáforas, retruécanos, solecismos y metaplasmos; por eso se escribe tanto ladrillo ilegible. Pero la literatura debe entretener.

 

CDH: ¿Para quién escribes tú y desde qué perspectiva?

 

LLN: Estoy siempre muy consciente de que no escribo para lo que llamo los ‘doctos’: no me interesan. Lo que busco es un balance. Si escribes como Corín Tellado o Ian Fleming, pues se trata de puro entretenimiento: no hay nada que buscar intelectualmente, es chato. Si escribes como Lezama Lima, pues se trata del otro extremo, de una escritura de acceso muy difícil para el lector que quiere llevarse una novela para la playa o que quiere pasar una noche agradable con un libro en las manos. Trato de buscar un punto intermedio. Trato de crear una obra que sea inteligente, pero por otro lado es muy importante para mí que el lector diga ‘me divertí’.

 

CDH: A más de veinte años de ‘Seva’, ¿cómo ves su proceso y su recepción?

 

LLN: Pues nunca pensé que iba a pasar lo que pasó. Era una broma literaria. La culpa en cierto sentido fue de Ani Fernández Seín, porque yo había tomado un curso con ella que se titulaba ‘Juventud y rebeldía en la literatura europea’. Quedé atrapado por los surrealistas, por el Dadá y por todo ese tipo de juego artístico: la plancha con los clavos, el Manifiesto Surrealista, las películas de Buñuel, el método paranoico-crítico, etc. Con Ani descubrí el rostro lúdico de la literatura. Por eso fue que años más tarde se me ocurrió redactar un cuento demasiado increíble, pero hacerlo verosímil. Ese era el reto. Y me dije: ‘Quiero cambiar la historia de Puerto Rico, ¿cómo puedo hacerlo?’. Comprendí que no podía usar un género literario tradicional. Me pregunté qué es lo más creíble en Puerto Rico. Concluí que es la prensa. Si leen algo en la prensa es como si estuviera escrito en piedra. Así fui llegando poco a poco a la idea de que escribiría el cuento como si fuera un reportaje periodístico, una investigación. Cogí el texto y empecé a moldearlo y a cambiarlo y pensé: ‘Pues voy a escribir unas cartas y tengo que buscar un mapa y lo planeo con mapa y todo’. Cuando terminé dije: ‘Esto es todavía increíble’. Cuando se publicó en un periódico yo creía que la gente lo iba a creer por tres minutos y después dirían ‘Ah, qué tipo más ocurrente’. Y que ahí quedaría el asunto.

 

CDH: Pero no fue así.

 

LLN: Lo de publicar en un periódico sin decir que era un cuento era para lograr verosimilitud. Pero veinte años después ha pasado que me invitan a una clase de literatura y ya les han dicho a los estudiantes ‘lean ese cuento’, pero cuando llego al anfiteatro para dar la conferencia lo primero que me preguntan es ‘¿eso es verdad?’. He sabido que en muchas clases de historia asignan ‘Seva’ para enseñarles a los estudiantes a separar la realidad de la ficción.

 

CDH: Es interesante reflexionar sobre la línea divisoria entre la historia y la ficción.

 

LLN: Yo creo que la historia es ficción, no acepto que sea una ciencia, ni remotamente. Toda historia es interpretación, y todos los países crean su historia. De ahí parte ‘Seva’. Nosotros tenemos que quitarnos de encima esa visión negativa de nosotros mismos que nos han dado otros, y construir nuestra propia visión positiva de Puerto Rico. De la misma forma que los norteamericanos han armado esa mitología de un Jorge Washington que nunca mintió, y los españoles han creado un Cid, y los franceses tienen a una virgen de 19 años, Juana de Arco, que dirigió ejércitos, y los ingleses tienen al rey Arturo con una Mesa Redonda democrática en que todos eran iguales... pues nosotros también tenemos derecho a inventarnos una epopeya positiva y una mitología ejemplarizante. Realmente es eso. ¿Por qué no podemos inventarnos una historia que nos ponga los pelos de punta? Pues te diré: si los historiadores no pueden o no quieren hacerlo, entonces lo haremos los escritores.

 

CDH: ¿Cómo ves el panorama más actual de los escritores jóvenes de la Maestría en Creación Literaria?

 

LLN: De la Maestría en Creación Literaria van a salir escritores muy importantes. Ahí sí que hay mucho talento. Muchísimo. De la maestría está saliendo, por fin, un grupo de escritores que maneja a Chejov, a Maupassant, a Kafka, a Papini, al boom... y que no están ‘quedados’ en el neocriollismo ni en el ombligo propio. Puerto Rico, te diré, es un país que amo. Pero soy latinoamericano primero, puertorriqueño segundo. Puerto Rico es sólo un pedacito de nuestra gran patria latinoamericana. Somos una provincia de América Latina. Por eso tenemos que ver más allá de nuestras fronteras, pero mirar en todas direcciones. Primero al sur y al oeste, por supuesto. Luego al este y al noreste. Y luego, si queda tiempo, podemos mirar al norte.

 

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