En el espacio donde coincidieron los corazones
Cuarto Encuentro:
Segunda Parte
Dio inicio la ronda de lectura de cuentos, y
en vez de disponerme a escuchar la narrativa de los cuentistas, volví a fijarme
en el cuadro de la sirena de los dientes afilados. (Esa figura me hacía
presentir que algo malo iba a suceder.) No puse atención de lo que narraban los
cuentistas, ya que no dejaba de pensar en ella. Ante el desespero, no tuve más
remedio que sentir tranquilidad al recordar cómo inició mi historia con
ella…
Por caminos distintos nos habíamos matriculado en la Maestría
de Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. (Esta maestría ha
sido uno de los pasos más acertados que he dado en mi vida.) Pero las travesuras
de la vida quisieron que nunca coincidiéramos en un curso.
Pues… sentado
sobre una de las mesas redondas que están en la plazoleta de Barat Norte, fue
donde mis ojos la vieron por primera vez. Yo tenía apoyados los pies en el
banco, los codos en las rodillas y en las manos, El Corazón de Voltaire
(la última novela de Luis López Nieves). Mis ojos se dejaban seducir de tan
exquisita e innovadora pieza literaria. Desde el principio, la trama me acaparó
la atención. Leía a gusto y tranquilo en la ricura del silencio. Me concentraba
tanto en la lectura que, sin darme cuenta, cada vez iba escondiendo la cara
dentro del libro. Y cuando el protagonista, Roland de Luziers, cuestionaba si
realmente la Biblioteca Nacional de París conservaba el verdadero corazón del
filósofo Voltaire, alguien en el patio dijo en voz alta:
—Nena, mira
quién está sentado allí: el hombre con cara de libro abierto —escuché la risa,
pero no le hice caso y seguí con la lectura (es lo maravilloso de esta novela:
te lleva a un ritmo que no puedes despegarte de ella).
Pasó no sé cuánto
tiempo cuando oí unos pasos, por los que deduje que alguien se acercaba; cesó el
caminar; bajé la mirada al suelo y vi una sombra. Estaba frente a mí, pero la
novela estaba más interesante, y seguí leyendo. La persona comenzó a golpear el
piso con el zapato. Ello me distrajo un poco, pero no podía dejar de leer.
Entonces, quienquiera que fuera, se tomó la molestia de dar dos golpecitos en el
lomo de ‘Voltaire’, temblaron las letras, y me perdí momentáneamente.
Y
justo cuando alcanzaba a leer la respuesta a Roland de Luziers sobre la
autenticidad del corazón del filósofo, me desvió la vista de la lectura un dedo
que apareció por encima del libro. El índice se encorvó y se enganchó en medio
de la novela, y comenzó a bajarme El corazón de Voltaire. Yo quería
seguir leyendo y, hasta donde pude, seguí con los ojos puestos en ‘El corazón’,
y cuando levanté la mirada y vi quién me desconectó de leer ‘El corazón’, en ese
instante mi corazón anheló besarla.
—Sabías que llevaba tiempo aquí y no
me hacías caso. ¿Qué debía hacer…, que te preguntara qué lees?
—¡Mi
corazón se voltea!, perdón, quise decir…: El corazón de Voltaire —ante
esta intervención inconexa y fuera de lugar, y ante mi sumo papel de tonto, ella
no pudo controlarse, y escuché por primera vez su risa, la que emerge
inesperada, la que te captura de sorpresa, y te extraña por su dulzura. Mientras
ella reía, mis ojos descubrían la gama de sus encantos, pero particularmente,
quedé deslumbrado al descubrir que nunca había visto una boca de tan moldeado
espesor, tampoco de tan arquitectas dimensiones, ni diseñada con tanta
sensualidad.
Después de que serenara la risa, se disculpó por la broma
que me había hecho su amiga. Me quedé sin palabras por no sé cuántos segundos
más. Ella sonó los dedos cerca de mi entrecejo y me sacó del letargo—: ‘No se
preocupe, muy amable de tu parte’, dije por fin. Ella sonrió y, antes que
volviera con a su amiga, pronuncié mi nombre, y ella el suyo. Coloqué los
pulgares dentro de la novela para marcar con ellos dónde me había quedado
leyendo, y me dediqué a observarla mientras se iba. Para nada me perdería la
extensión de su silueta, ni el desplace de su caminar, ni el embate de su pelo
que danzaba junto al aire y dejaban al descubierto parte de su cuello; jamás
podía perderme la interrelación que conforma su espalda, sus hombros y sus
piernas. Ella era una visión inmaculada, sin excesos, intachable.
Así,
‘Mis Fantasmas’, comenzó esta historia con la Mujer de Boca Grande, la que me ha
inspirado y me inspira a seleccionar y encuadrar estas letras. Definitivamente,
sin ella, no existirían. A ella le debo lo más bello que he escrito en mi vida.
No importa cómo la describa, o cómo la sueñe…, ella sabe que es ella. Merece
mucho más de lo que he hecho; pero no nací virtuoso para elevar esta
dedicación…, a categoría de tributo. No sé qué piensen ‘Mis Fantasmas’… si ya lo
es, o todavía falta.
Pero no se terminó todo aquí… La veía
esporádicamente por la Universidad; y no importaba la distancia, el imán de su
figura me magnetizaba la mirada, que la seguía sin reparos a la vez que pensaba
en la dicha de tener una mujer tan esplendorosa. Comencé a preguntar por ella,
con mucha cautela, hasta que alguien me dijo que ella tomaba el curso de ‘Obras
de la Narrativa Universal’ (ella la tomaba el miércoles; yo, el lunes). Así que
decidí faltar el día que me tocaba, para reponer la clase el
miércoles.
Llegué tarde; entré, pero me detuve unos segundos en la puerta
del salón para buscar el mejor asiento que facilitara el cruce de una breve
mirada. Divisé dónde estaba sentada, pero no tuve la suerte de que hubiera un
asiento desocupado al lado de ella. Silenciosamente, me senté en la última silla
de la fila del medio. Allí estaba… atenta a lo que decía el profesor Mario
Cancel. Para ella era muy difícil percatarse de mi presencia. Tendría que
virarse bastante, y eso era mucho esfuerzo para gastarlo en un
desconocido.
Y desde mi asiento comencé a mesurar cuánto daba por
escuchar una aventura quijotesca en el regazo de su voz, o el cómo sería el
vigor del viento de los molinos con el movimiento autoritario de su cabello.
Definitivamente, sentiría la imagen de la valentía con el galope de su corazón
que se acuna en la gloria de su pecho, o atestiguaría el choque de la lanza
contra los ‘gigantes’ por la claridad inocente de sus ojos (pensándolo bien,
este fue mi primer ataque de delirio). Pero es que en realidad, qué daría un
escritor por que ella leyera su obra, con el estilo de su toque, con la
gramática de su voz, con la narrativa de sus labios hilvanados a su boca
literaria, canon de literatos y estrellas.
Se agudizó mi desesperación
porque todavía ella no se percataba de mi presencia en el salón. Y con el lápiz
comencé a dar golpes en el pupitre, pero no resultó. Dramaticé un poco al
colocarme la mano en la garganta para ponerme a carraspear con timidez, pero
ella no se viraba. Molesto con mis fracasos, comencé a toser de manera torpe,
mas ella mantenía sus ojos anclados en la figura del profesor. En mi locura, sin
recato alguno comencé a arrancar las páginas de la libreta. El ruido fastidiaba.
No me percataba (después lo supe) que todos en el salón me miraban molestos y
que ya Mario Cancel me estaba observando, y dicen que en uno que otro momento
fruncía el ceño, o su cara se retorcía de impaciencia, y me dijeron que hasta le
hice acelerar aún más la velocidad del habla.
Y al arrancar otra página,
de momento, logré mi objetivo: me miró. Pero no sólo capté su atención, sino que
la hice que moviera sus labios y me susurrara desde su asiento algo que no
entendía. Me extrañé un tanto al ver que en su cara, sus gestos y señas con las
manos me decían como que qué me pasaba..., que avanzara y respondiera. No me
daba cuenta, y comencé a escuchar mi nombre en murmullos, cuando miré hacia el
frente vi al profesor Cancel cruzado de brazos y con una postura de pocos
amigos—: Neftalí, por tercera vez, ¿podrías decirnos alguna influencia del cine
en la literatura posmoderna? —todos me miraban como si fueran los jueces y yo el
acusado, hubo un abismo de silencio, y dije lo que me pareció más ocurrente—: Me
encantaría, pero no tengo tan buena memoria para retener tanto —abrí los ojos al
darme cuenta que todos me miraban con desprecio. ‘Te pasaste’, dijo el gran
escritor Emilio del Carril, el rey del cuento erótico, ‘Sabes que él es nuestro
semi dios. ¡Prepárate!’ Pero lo importante para mí era que ella por fin supo que
yo estaba allí. Después que se acabó la clase, le di mis disculpas al
Profe.
Luego nos reunimos, hablamos un ratito, y no faltó que los
muchachos me regañaran por lo ocurrido. Y en medio de un discurso punitivo de
Emilio del Carril, de momento, sus palabras comenzaron a sustituirse por un
canto extraño. Sus labios no dejaban de moverse, pero no entendía lo que decía,
si no que, en vez de palabras, le salían de su boca un
‘Da-ba-rá-ra-pap-burú-dap-dap’ que me hizo volver al Café Berlín cuando escuché
de nuevo el ‘Da-ba-rá-ra-pap-burú-dap-dap’ pero esta vez en la voz del escritor
Jorge Valentine que leía su cuento de Jazz, ‘El solo del Palace’. Mi celular
sonó, lo tomé velozmente y dije ¡Hola! (Valentine me miró punzadamente como
diciendo ‘gracias por interrumpirme en la parte del solo’).
Salí afuera
para atender la llamada: era ella..., y no llegaría. Cuando volví a entrar a
Café Berlín, alcé la vista y miré el cuadro de la sensual sirena que tenía los
dientes afilados. Todavía reía. Sí, ella era el presagio de que no sería una
buena noche. Nada más me queda aclarar que no pude encontrarme con la Mujer de
Boca Grande. Pero aunque la luna y el sol se oculten, y la plena oscuridad me
dejara sin vista, bajo la nada no claudicaré en extender mi brazo, hasta que le
arrebate a la vida…, lo que me tiene privado.

