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Puerto Rico • 27 de abril al 3 de mayo de 2006  
 
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Martha Bátiz Zuk
ESPECIAL PARA EN ROJO

Dice el diccionario que la nostalgia es el “pesar que produce el alejamiento de los lugares o seres queridos.// Dolor que provoca el recuerdo de un bien ya perdido.” Podría decirse, a propósito de este comentario, que la nostalgia es también una pena que lleva al movimiento y a la invención, una fuerza motora que, a fuerzas de extrañar algo, termina por inventarlo. Estas coordenadas parecen informar Seva, de Luis López Nieves. Lo que se extraña en este caso no existe, por eso hay que inventarlo: el lugar heroico cuya resistencia contra la invasión enemiga le dé un nuevo sentido al patriotismo puertorriqueño. Ese lugar inventado, que supuestamente yace bajo los cimientos de una base militar estadounidense, es el nudo que amarra una nueva raíz, que a su vez se extiende de forma rizomática en todas direcciones. Me explico: a partir de las inexistentes ruinas de Seva, se extendió una especie de red que unió de manera especial y única el espíritu de los lectores y estudiosos que tomaron el cuento como verdad histórica. En esta red o rizoma que se extendió como tejiendo túneles desde la tierra hasta llegar a la gente que habita la superficie, las raicillas principales fueron los personajes que, a su vez, habitan el papel: el doctor Víctor Cabañas, el comandante Nelson Miles, su diario (que es un personaje más) y su nieta Peggy Ann; y finalmente el hombre sin oreja, Ignacio Martínez. Ellos son las raicillas principales, los núcleos mayores de la inmensa red Seva, a los cuales se unieron, por afición, admiración o desdén, los cientos de otras raicillas: los lectores afectados personalmente por la historia.

En efecto la narración de López Nieves atrapa como una red, no sólo por la fluidez del lenguaje sino por la verosimilitud estilística que utiliza. Se cae en la trampa de no ser por los diálogos que aparecen en las cartas del Dr. Cabañas, tan de prosa de ficción: nadie escribe así, con diálogos vivos en medio de una carta, excepto un novelista. Mas se cae en la trampa también por necesidad, por esas ganas de encontrar en la propia sangre, la sangre de los antepasados, esa fuerza para luchar en defensa de la tierra y los ideales, sin temor a los peligros. Se abraza la trampa porque en la tierra del conquistado el héroe urge para reforzar la dignidad y el orgullo, y Seva es un héroe sorprendente, pues todos sus hijos se alzan contra el invasor. La nostalgia por lo que no existió (por un pueblo que, como los “irreductibles galos” de Uderzo y Goscinny, resistiera a costa de todo la expansión del imperio dominante), fue la fuerza motora que impulsó a López Nieves a inventar Seva, y lo que permitió que tantos lectores se dejaran llevar felizmente por el nuevo mito. La nostalgia fue, pues, lo que extendió los brazos del rizoma, de las ruinas imaginarias hacia la construcción de la realidad -de las muchas realidades de cada quien- y lo que acaso hizo que el público puertorriqueño, a tantos niveles, se diera cuenta de que ese bien que anhelaban no estaba perdido: sólo estaba en espera de que alguien lo recuperara y lo hiciera vivir, aunque fuera en la ficción de la tinta. Por eso los grafittis que prometen “Seva Vive” son todavía vigentes: porque cada vez que alguien desliza la mirada por el texto, enciende un nuevo foco dentro del rizoma, y se conecta con todos aquellos que hallaron en esas ruinas de mentiras el valor verdadero para sentirse orgullosos de su condición mestiza: caribeña: latinoamericana.

López Nieves, Luis. Seva. Hato Rey: Cordillera, 2003.

 
 
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