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En la muralla de San Juan al maestro Pedro Juan Soto Hay un olor a sangre La mañana del 10 de mayo de 1898 unos tres mil ciudadanos contemplaban
en silencio, desde la muralla norte de la ciudad de San Juan, a los seis
buques de guerra norteamericanos que acababan de llegar en formación de
ataque. Más arriba, en la ciudadela de El Morro, el Gobernador de Puerto
Rico y sus ayudantes militares, hechos los preparativos de la defensa,
también esperaban en silencio. Tanto los civiles como los militares
apoyaban los codos sobre las murallas centenarias. Nadie se movía, nadie
hablaba. Todos observaban, desde lo alto de la espesa muralla, a los seis
acorazados inmensos. Con algo de asombro, y mucho de terror, se
preguntaban si se trataría de una mera bravuconada de la Armada
Norteamericana o del preludio de un ataque verdadero. En las cubiertas de los buques los marineros norteamericanos apenas se
movían. La mayoría ocupaba sus puestos de combate al lado de los cañones.
Otros estaban sentados en las bordas de sus naves sin hacer nada:
contemplaban las murallas de la exótica ciudad como turistas silenciosos,
balanceando las piernas sobre el agua verde. En ese juego de ajedrez paralítico transcurrieron unas dos horas. La
ciudad inmóvil, meditabunda; los buques de la flota enemiga meciéndose
despacio sobre las olas del Océano Atlántico. De pronto, el aire y la tierra temblaron: se escuchó un estrépito tan
violento, tan inesperado, que la mayor parte de los espectadores
sanjuaneros, excepto los militares, dieron un paso atrás y se taparon los
oídos con las manos. Las bocas de seis grandes cañones, uno en cada buque,
arrojaron repentinas lenguas de fuego y nubecillas de pólvora. En seguida
se escuchó un silbido siniestro, agudo, horrífico, que se acercaba a la
ciudad a velocidad incomprensible. Y por último, todo en cuestión de dos
segundos, se escucharon los recios impactos de los proyectiles. El comienzo del ataque había sido simbólico: cada buque, a pesar de sus
decenas de cañones, había hecho un solo disparo. Dos de éstos fallaron.
Volaron por encima de las cabezas de los ciudadanos y se perdieron detrás
de la ciudad, en la distancia; es posible que cayeran en la Bahía. Dos
grandes balas de cañón golpearon las murallas de la ciudad y rebotaron
como si fueran de goma. La quinta bala se incrustó en la pared norte de la
antigua Iglesia de San José, donde descansan los restos de Juan Ponce de
León, conquistador de Puerto Rico. Y la última gran bala de hierro, la
sexta, golpeó en el pecho a la hermosa Verónica Toledo, nacida y criada en
San Juan, a quien destrozó frente a las miradas incrédulas de sus cinco
hermanas y tres hermanos. Si Verónica Toledo no hubiera muerto ese día, se habría casado el
próximo domingo, 15 de mayo de 1898, a las cuatro de la tarde, en la
Catedral de San Juan. Luego se hubiera ido de luna de miel quizás a París,
destino predilecto de los criollos de la época, o tal vez a la romántica
ciudad de Venecia, que siempre ha sido destino de enamorados. Meses
después habría regresado a San Juan y le hubiera contado a su familia
sobre el Arco del Triunfo, el Bosque de Bolonia y los anchos bulevares
parisinos; o hubiera descrito, casi sin aliento, sus paseos en góndola
bajo la luna y las estrellas venecianas. Dos, cinco o diez años después de su regreso de la luna de miel,
Verónica Toledo habría tenido el primero de sus muchos hijos. Uno de éstos
-el primogénito o el cuarto o el séptimo- se hubiera llamado Jacobo Sanz,
como su padre, y es verosímil que se habría hecho médico, igual que éste.
Y el doctor Jacobo Sanz Toledo, hijo de Verónica, varias décadas después
se hubiera casado también, probablemente en la misma Catedral de San Juan,
pero a causa de las guerras europeas hubiera pasado la luna de miel en la
Ciudad de México, escuchando la vigorizante música de los mariachis, o tal
vez bailando tangos eróticos en el mismísimo Buenos Aires. Y al regreso de
la luna de miel la nuera de Verónica habría tenido también sus hijos, y
una de las niñas -la primogénita o la tercera o la séptima- se habría
llamado Verónica, como la abuela, y es evidente que se habría negado a
estudiar medicina, como su padre, porque hubiera insistido en vivir su
propia vida sin que ninguno de sus familiares se entrometiera ni le diera
órdenes impertinentes. Por eso es muy posible que hubiera estudiado Derecho o Periodismo. Se
habría hecho defensora de los pobres y de los perseguidos políticos y de
las mujeres maltratadas, y como resultado natural de su crianza, de su
época y de su grande inteligencia, es obvio que, a pesar de las protestas
airadas de toda la familia, Verónica la Nieta habría salido
independentista. Habría pertenecido a algún partido político
antinorteamericano y participado en marchas y en protestas, y es posible
que hasta le hubiera dado por tomar las armas para expulsar a los
norteamericanos de la colonia de Puerto Rico. Mujer apasionada, se habría
entregado a la lucha por la patria -una especie de autoinmolación
conspicua- y toda la familia le hubiera advertido, muchas veces, que
estaba echando a perder su vida. Algunos de ellos, tal vez hasta su abuelo
el doctor Juan Sanz, le habría retirado la palabra a su nieta la
subversiva, y uno que otro de sus hermanos asustadizos también le hubiera
empezado a negar el saludo. En las reuniones familiares la única que
hubiera recibido con auténtico júbilo a Verónica la Nieta hubiera sido
Verónica la Abuela. Le habría dado fuertísimos abrazos y muchos besos con
los ojos llorosos de alegría, y ambas se hubieran querido mucho y se
habrían contado sus secretos, y habrían tenido esa conexión peculiar que
nace cuando el amor se salta a los padres para caer directamente en los
nietos. Verónica la Abuela le habría dicho a su nieta, mientras hablaban
en privado en la cocina, que no le hiciera caso al resto de la familia
porque ya aprenderían a aceptarla como era. “Pase lo que pase, digan lo
que te digan, siempre me tendrás a mí, corazón mío”, le habría dicho. A pesar de la firmeza de su carácter y del grande amor de su abuela, es
muy probable que Verónica la Nieta llegara a tal nivel de exasperación con
la situación política del país que optara por tomar una acción concreta.
Es posible que se le hubiera metido en la cabeza, junto a un grupo de
cinco compañeros -Carlos, Arnaldo, Santiago, Antonia y Fefel-, organizar
algún tipo de ataque simbólico contra un edificio federal o una base
militar del gobierno norteamericano, o quizás contra las torres de
comunicaciones del Cerro Maravilla, para que el mundo supiera que la
mansedumbre puertorriqueña no era unánime. Y a causa de algún espía o
agente encubierto (o por cualquier otro motivo: un error en la
planificación, digamos, o una llanta vacía) es muy posible que a Verónica
la Nieta las fuerzas del gobierno la capturaran, y al verla bella y
desafiante la hubieran torturado y asesinado a modo de escarmiento para
revolucionarios del presente y del futuro, y luego la propia familia de
Verónica la Nieta habría reaccionado con indignados “Se lo dijimos, le
dijimos a esa loca que no se metiera en política”. Ésa es la reacción de todos menos de Verónica la Abuela, a quien se
le calienta el rostro al ver en la televisión el cadáver de su nieta
querendona; siente un sofoco feroz, se agarra el pecho como si se le
quemara por dentro, pega el grito más agudo de su vida y cae al suelo
arrasada por un robusto ataque cardiaco. Varios días está al borde de la
muerte en la unidad de cuidados intensivos, y padece grandes tormentos
mentales cada vez que abre los ojos y ve, en el techo y en las paredes de
la habitación, imágenes sangrientas de su nieta sometida al suplicio, el
cuerpo violado y magullado de su querida nieta a los pies de los
torturadores. Pero gracias a los cuidados de sus hijos y nietos, casi
todos médicos, Verónica la Abuela se recupera del golpe en pocos meses,
aunque luego todos dicen, a sus espaldas y en voz baja, que no ha quedado
igual, que desde la muerte de su nieta -de esa niña egoísta y
desconsiderada- la abuela Verónica ha envejecido, ya no se tiñe el pelo,
no sonríe como antes, está hecha una anciana. Todo esto pudo haber ocurrido, pero el 10 de mayo de 1898 el sexto
proyectil de la Guerra Hispano-Norteamericana, aunque simbólico, mató a
Verónica la Abuela en dos segundos y ya no hay forma de saber qué habría
sido de sus hijos ni de sus nietos, porque nunca los tuvo. Pero sí se sabe
lo que ocurrió con sus cinco hermanas y sus tres hermanos, que estaban
junto a ella en la Muralla de San Juan cuando la grande bala de cañón la
convirtió en montones de pedazos, y vieron con estupor la muerte
instantánea de esa dulce hermana que tanto amaban y que sin querer los
bañó con su sangre y los golpeó con los pedazos de su carne. Largas son
las historias de lo que han sufrido las hermanas y los hermanos desde ese
triste día, y largas son las crónicas de los hijos de estos hermanos, que
hubieran sido primos de Verónica la Nieta, algunos de los cuales hasta han
seguido los pasos de esa prima que nunca tuvieron, pero estas historias no
son parte de este simple cuento, en que sólo se ha contado lo que nunca
habrá de ocurrir. FIN |
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