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| Edición #76, 14-11-05 |
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Fortalezas no tan fuertes del Caribe
Quedémosnos en el condado de San Juan, Puerto Rico. El parque Ventana al Mar da a una diminuta playa de arena dorada, frente a las aguas de color turquesa, y nos lleva hasta una acumulación rocosa donde yace una original pieza escultórica en metal del artista Víctor Vásquez. Es un barco encallado, con el velamen destrozado, las jarcias quebradas y casi desarmada toda la embarcación. Por supuesto, ni un solo ser humano aparece sobre la cubierta, ni tripulante, ni pasajero ni rata alguna. Estos restos de una tragedia naval son solamente la muestra representativa de la destrucción que abatió a la orgullosa obra humana, la nave que se diseñó para cruzar los mares y aquí acabó. Germán Arciniegas, en su monumental Biografía del Caribe, puso un epígrafe del poeta colombiano León de Greiff que vale la pena retomar aquí:
"nuestra nao pirata Son versos que quizá inspiraran a todos aquellos que como el escultor puertorriqueño se asoman a la endeble Cultura del Mar, si es que fuera ésta la embarcación que se termina de desmembrar en la parte rocosa de esta playa. Empero, no es todo porque este parquecito tiene dos obras más, ambas de Ángel Botello Barros. Entre "Recostada" y "Niña con tucán", la fragilidad humana que transmite esta segunda es apabullante, sobre todo porque se trata de una enorme y sólida escultura en bronce del artista español que vino primero a la Española, donde pasó largas temporadas en Haití, tras el arribo a República Dominicana, y luego de varios avatares se radicó hasta su fallecimiento en Puerto Rico. José Gómez Sicre le había reconocido en 1943 que sus dibujos y pinturas se ubicaban dentro de la búsqueda de los nuevos medios de expresión que son propios de la primera mitad del siglo XX, del pos-impresionismo al fauvismo. Repasemos algunos elementos de esta Cultura del Mar desde esta fortificación portuaria del Morro, a partir de un fragmento literario. "Caminaban Franca y Fina en una tarde calurosa en dirección al fuerte de San Felipe del Morro, buscando un poco de alivio para sus respectivos pelambres en la fresca brisa que se levantaba del Atlántico, cuando se entabló entre ellas una conversación memorable. Perras sabias y trotamundos retomaban siempre, en sus paseos respectivos por las calles del Viejo San Juan, algún tema literario que las apasionaba y que solían examinar extensamente mientras desahogaban, frente a algún paisaje digno de Francisco Oller y entre aguas mayores y menores, las exigencias naturales del cuerpo y el alma". Así, con este párrafo, da inicio el Coloquio de las perras, de la escritora puertorriqueña Rosario Ferré, con las protagonistas ubicadas precisamente cuando se dirigen a este inmueble histórico que data de varios siglos. En dirección diametralmente opuesta a los designios que el monarca español Felipe II fijara para sus edificaciones defensivas en la isla de Borinquen, Franca y Fina son personajes muy contemporáneos de nosotros. Se trata de seres por completo ajenas a la vida militar y a la disciplina de la flota naval que el monarca llamara su Armada Invencible, y pueblan ahora esta imponente Fortaleza que era parte de la defensa naval del imperio que llegaba hasta el archipiélago filipino. Llaman la atención, entre todos los sujetos, las perras Franca y Fina, puesto que se trata de personajes literarios, pero asimismo vemos caminando a grupos de alegres lugareños y de bulliciosos turistas anglosajones en sus recorridos peatonales para practicar sesiones fotográficas y de videos, dentro y fuera de esta mole de arquitectura militar renacentista, y entre una y otra toma se le introducen al fuerte hasta jadeantes perros callejeros que se filtran entre las multitudes de andantes. Este hecho es una paradoja cotidiana de la historia porque la construcción militar de este Morro fue concebida para frenar a los piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros -europeos y norteamericanos- que en los siglos XVI y XVII llegaban, cruzando a vela el Atlántico y el Caribe. Venían en fragatas, bajeles y navíos de todo calado, con el propósito de lanzarse a degollina y entrar a saco en la ciudad de San Juan Bautista, como la bautizó Colón al fundarla en 1493. Obviamente sus bergantines también buscaban los galeones que llegaban de México y otras costas entre Panamá y la Florida. Se le reconocía tanta importancia en el escenario global de las luchas imperiales que, para los españoles, San Juan representaba la "llave de todas las Indias" frente a las andanzas de los que navegaban con patente de corso otorgada por los soberanos de Francia, Inglaterra y Holanda. Usando el lenguaje del Rey, su corte y sus comandantes, había que contener en aquellos días a los herejes, pero la propia "chusma de las galeras" y una "ralea de todo tipo" que fue apareciendo por aquí con el paso del tiempo, avanzó poco a poco para irse posesionando de esta fortificación. La instrucción de los monarcas del Siglo de Oro era que ésta debía ser una Fortaleza muy poderosa, para establecer una línea directa y segura de comunicaciones y transporte naval con San Juan de Ulúa, Veracruz, la "llave de la Nueva España". De este modo fue que cuando lo diseñaron los arquitectos Juan Bautista Antonelli y Juan de Tejeda, el fuerte de San Felipe representaba y materializaba una ardua experiencia de construcciones defensivas en todo el Mediterráneo (Almería, Gibraltar, etc.), ideadas por los Austrias para contener a los turcos y a los franceses. Tanto fue el empeño imperial que este Antonelli se apersonó para ver el desarrollo de la obra, en 1586 y en 1589. Y luego vino también a inspeccionarla su sobrino del mismo nombre, entre 1632 y 1636, hasta que terminara de levantarse el fuerte a finales del siglo XVII. Desde entonces el Morro quedó sometido a un avance que soñaron e intentaron pero nunca pudieron completar los piratas John Hawkins y Francis Drake porque, en sentido contrario a lo que quiso el Emperador Felipe II, en cuyo honor se llama el Fuerte, vemos a la gente de Borinquen y a los turistas de todo el mundo cuando recorren hoy sus rampas y parapetos, se introducen en las bodegas y en las celdas, visitan los amplios salones y llegan hasta las almenas y claraboyas a través de estrechos pasillos interiores. Esta edificación y la muy próxima del Fuerte de San Cristóbal, dominan no solamente la entrada por mar al Viejo San Juan sino que están presentes en la cultura nacional puertorriqueña, como puede verse en sus principales exponentes. Este Morro es como un símbolo, un punto de partida que va recibiendo diversas valoraciones de lo que, a través de los siglos, se plasma en las páginas escritas por los borinqueños, una y otra vez. Empecemos por un un pasado no tan remoto, en el que el Morro de San Felipe era una muestra de la tardía dominación colonial de España, a mediados del siglo XIX, como lo atestiguara Eugenio de Hostos, de primero, en "La peregrinación de Bayoán". El protagonista va escribiendo un diario que transcurre en muy distintos escenarios de Cuba, Puerto Rico y España, así como en las aguas del Caribe y del Atlántico, durante un amplio viaje por mar. Se le ofrece el escenario para hacer una simbolización de nombres para las correspondientes personificaciones de Cuba, Borinquen y Quisqueya, junto con la simbolización del arduo viaje del navegante que busca derrotero, en una ambientación naval a Barlovento. Se va haciendo evidente el afán de nombrar como para ganar la posesión del medio antillano, y nos vamos introduciendo en la simbolización del mismo texto que se va desplegando por parte del autor. Novela de corte romántico en la que por supuesto que no faltan los amores -al estilo de Goethe y José Mármol- junto con las más fundadas apelaciones nacionalistas y patrióticas -dentro del género de Lord Byron- de un independentista como fue Hostos, "La peregrinación de Bayoán" ha sido redescubierta y reeditada, varias veces en las últimas décadas, para sorpresa de los que han encontrado en ella una fuente para toda clase de investigaciones. El fuerte del Morro aparece, por supuesto, en "La peregrinación..." aunque ha dado para mucho más ya que muy recientemente Rosario Ferré ubicó en esta misma Fortaleza su "Coloquio...". Si en la literatura borinqueña del siglo XIX la Fortaleza era parte de la dominación colonial, en el Coloquio de Ferré se está retomando un título similar de las Novelas Ejemplares, de Miguel de Cervantes Saavedra, y haciendo una narrativa picaresca con un tema tan de nuestro tiempo como puede ser la cuestión de género. La notable indagatoria se facilita por la perspectiva que toman las dos protagonistas, Franca y Fina, hablando a ras del suelo. A modo de ilustración, citábamos al inicio las primeras líneas del Coloquio, de Rosario Ferré. Tenemos que de esta manera, la imponente Fortaleza de Antonelli y Tejeda es un elemento meramente circunstancial para las deliberaciones de ambas hablantes caninas. En un primer momento estaríamos tentados a decir que se trata de una pincelada urbana para las tratativas de Franca y Fina, aunque hay algo de más. Corresponde a la filología histórica dilucidar las valoraciones y significaciones de las menciones de esta edificación que hace ya, no solamente de marco físico para ellas, sino que establece un contrapunto cultural a los nobles contenidos de este coloquio, entre lo masculino y lo femenino, entre la potencia colonial y la isla sometida, entre el poder y el individuo, entre el pasado y el presente. El sistema de oposiciones podríamos ampliarlo para introducirnos en el arco semántico del texto, pero eso está más allá de este artículo periodístico, por lo que lo mencionamos para darnos una idea aproximada de sus contenidos dentro de la producción cultural puertorriqueña. Digno trabajo de la estirpe cervantina, la noveleta de Rosario Ferré tiene ya un lugar entre las letras de Borinquen y del Caribe. Dejemos en este punto introductorio a esta pieza literaria que tanto ha llamado la atención, entre la copiosa obra de una intelectual latinoamericana tan madura como Ferré. Su extensa lista de escritos se enriquece con un ejercicio del periodismo cultural en las páginas de la prensa puertorriqueña así como con investigaciones de corte académico, y por supuesto que con su obra novelística, pero este Coloquio es un hito de la cultura finisecular. Ya en nuestros días del nuevo milenio, Luis López Nieves ha tomado por sorpresa un relevante puesto en la literatura hispanoamericana, y en un cuento que nos concierne ha reconstruido lo que pudo ser un ataque pirata contra San Felipe del Morro, cuando era ésta una plaza militar estratégica del Imperio donde el sol nunca se ponía. Leemos una reconstrucción épica de un fragmento histórico a cargo de éste ultimo, en un fragmento del cuento "La última noche de Rodrigo de las Nieves", que integra el volumen de narraciones titulado "La verdadera muerte de Juan Ponce de León". Escribe López Nieves: "Los piratas habían colocado sus veintiséis navíos en la boca de la bahía, al frente del Castillo del Morro, y el incesante bombardeo de sus cañones sembraba el pánico en la ciudad. Los artilleros españoles, famosos en el mundo entero por su mortífera puntería, devolvían el fuego. Sobre la bahía de San Juan caían docenas de enormes bolas de hierro pero pocas daban en el blanco. Era un duelo de artillería como nunca antes se había visto en el Caribe". López Nieves es un autor de publicaciones literarias que han visto la luz en Puerto Rico, México, Venezuela, Estados Unidos, Cuba, Colombia y España. Sus títulos se han ganado el aprecio de los lectores en castellano, a partir de "Seva", siguiendo con "Escribir para Rafa", luego vinieron los cuentos de "La verdadera muerte de Juan Ponce de León" y, de reciente salida, "El corazón de Voltaire". Por supuesto que ha incurrido en el periodismo cultural a través de una serie de columnas de prensa que ha titulado Cartas Bizantinas. La brevísima cita de su cuento basta para ubicarnos ante una narrativa de corte histórico con todo el acento de la crónica de una epopeya, énfasis al que se presta el sitio del Morro cuya arquitectura y su complejo marco cultural diacrónico es tan determinante para los sanjuaneños y para la perspectiva visual de cualquier visitante extranjero. En la operación de buscar identidades para Puerto Rico, a partir de la circunstancia geográfica y arquitectónica, la fortaleza del Morro le ha saltado de frente a Hostos igual que a Rosario Ferré y a López Nieves pero sin que la solidez física trascienda a sustento cultural, porque las múltiples significaciones de este complejo militar apenas empezamos a aquilatarlas. Lo que en Hoyos aparece como un rasgo de lo que fue su ominoso tiempo presente, dentro del imperio hispano, en el Coloquio de las perras podría representar la antítesis de la temática que ellas, Franca y Fina, abordan desde su animalidad humanizada y en López Nieves es más bien parte de una evocación épica intencionada que apenas comienza su autor. Pero entonces tenemos que replantearnos la presencia cultural de las fortalezas de los Antonelli que se encuentran tan dispersas en el Caribe como en los libros de los puertorriqueños que mencionamos arriba y en los de Germán Arciniegas (Biografía del Caribe), Alejo Carpentier (El camino de Santiago) y José Lezama Lima (Paradiso), por citar a tres expositors de esta Cultura del Mar. La exaltación iberoamericana de un conservador colombiano tan definido como Arciniegas se despliega en las narraciones de la operación naval de Hawkins en la Fortaleza de San Juan de Ulúa, Veracruz, y a partir de ella sigue los recorridos navales del corso, entre el Nuevo y el Viejo Mundo. El escenario mexicano se detalla con lujo de erudición, por parte de Arciniegas. Y no se oculta su íntima satisfacción con el desenlace del corso inglés, que es despojado en Cádiz, porque este capítulo le permite al erudito colombiano indagar luego en la historia económica y política de las rivalidades a guerra entre las potencias europeas. Despojado de sus riquezas y de sus sirvientes, apabullado, Hawkins pide las devoluciones correspondientes, implorando al monarca español. Le pregunta a Felipe II en un folio que Arciniegas cita a placer, que cómo va a ser privado, y le requiere la devolución de "mis negros y mis cueros". Los acontecimientos en la Fortaleza veracruzana de Antonelli han sido determinantes en el declive, para el pirata. Carpentier, por su parte, se aprovecha de la mención al Morro habanero -de nuevo, la obra de los Antonelli- para hacer otra documentadísima retrospectiva de las que ya nos tiene acostumbrados, acerca de la significación del Nuevo Mundo para los inmigrantes que vinieron a tejer un proceso de sincretismo religioso y cultural que todavía no ha acabado de dar su último producto. Recordemos esas significativas líneas de la narración El camino de Santiago: "... grita el vigía, una mañana, que por fin se divisa el morro del puerto de San Cristóbal de La Habana" y entonces la ciudad se convierte en el locus de Juan el indiano, durante una fase de extravío y pérdida de destino, frustraciones y decepciones. De ahí escapa a la manigua. Entonces, de cierta forma, este personaje que es un indiano de habla castellana, topa con un marrano de Toledo y un calvinista en fuga que van a ponerse, en grupo, en la convivencia a la fuerza de su escapada, dentro de una confrontación cultural con todo lo que congregaba La Habana, como sede del poder hispano y eje cultural del que se quieren aislar, desviar y perder, por distintos motivos. Junto con ellos aparecen los elementos de origen africano -llamados Golomón, doña Mandinga y doña Yolofa-, con lo que se tienen ya todos los ingredientes de un mestizaje en proceso aún. Todo ha dado comienzo con aquello de que "grita el vigía, una mañana". No muy distinta en este sentido, aunque plagada de signos de otro orden, es la novela de Lezama que realiza una introspectiva abocada -entre otras cosas- a la develación de las ceremonias sexuales habaneras de distintas preferencias, con un lenguaje tan descarnado como metafórico. Y si encuentra su originalidad en esa tarea, escarbando en la ciudad, también es cierto que la tiene por los planos de la metafísica donde yacen las claves de la humanidad en que plasma su barroca narrativa. Y emerge nuevamente el Morro portuario como un franco telón de fondo donde la figura paterna ejerce los poderes de la reconstrucción arquitectónica, para seguir luego como director en funciones de gobierno. El fuerte ha sido transformado una vez más y esta metamorfosis cultural se traduce en las relaciones intra-familiares. Es aquí donde citamos unas líneas de Paradiso: "Pasaron frente a un oscuro boquete, que terminaba en las cuevas rocosas, donde los selacios redondeaban sus sueños hipócritas y el látigo de su despereza. -Por ahí tiraban a los prisioneros, en la época de España-, dijo el Jefe para asustar a sus hijos..." Toda la imaginación y las pesadillas de un grupo infantil y juvenil se despliegan a partir de las palabras paternas. De la época de España a la época de la narración de Lezama, de Felipe II y el arquitecto Antonelli a la puerta que da al siglo XX, el Morro de La Habana también vive una metamorfosis, del mismo modo como han venido cambiando hasta nuestro milenio San Juan de Ulúa, Portobelo de Panamá, Santo Domingo, San Felipe de Puerto Rico y Cartagena de Indias. De esta manera, estas polifémicas moles siguen en pie pero en desuso, al menos para los militares. *ohr52@hotmail.com
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