ENSAYO
DE ALBERTO MARTÍNEZ-MÁRQUEZ
Marcos sin retratos de Hugo
Ríos
Leído en
la Sala Manuel Álvarez Nazario
Recinto
Universitario de Mayagüez, Universidad de Puerto Rico
marzo de
2004
publicado
en Letras Salvajes
número 4,
2004
Ya es bastante común en las
apreciaciones críticas sobre la narrativa puertorriqueña actual, mencionar que
la más reciente producción cuentística del país ha abandonado prácticamente de
sopetón aquellos temas, estilos y lenguajes que giraban en torno al dilema de
la identidad nacional y las experiencias colectivas puertorriqueñas. Sin embargo, pienso que no está demás
repetirlo; especialmente cuando escucho algunos statements detrimentales a los novísimos narradores, hechos por
quienes añoran con suma nostalgia aquella narrativa del realismo social del
cincuenta que, sin lugar a dudas, dejó una huella demasiado profunda en nuestra
literatura; hasta el punto de convertirla en un paradigma obsesivo. Es menester recordar que en nuestra cambiante
realidad van surgiendo otros modos de ver las circunstancias que nos rodean y
que ése weltenschauung, o visión de
mundo, se traduce en una transformación de las formas y materiales literarios.
En un trabajo que titulé
“Apuntes sobre la narrativa breve puertorriqueña a partir de los ochenta,”
presentado el año pasado en el Primer Congreso de Literatura auspiciado por la
American University, recinto de Manatí, Puerto Rico, y que gracias a los
escritores y webmasters
Luis López Nieves, Mario R. Cancel y Ana María Fuster
está circulando por internet, esbocé lo que, a mi entender, son las
características más sobresalientes de la nueva narrativa puertorriqueña que
surge a partir de la década de 1980:
(1). Alejamiento del plebeyismo y de lo soez; (2). Uso de un lenguaje
más escritural y literario; (3). Abandono del lenguaje coloquial; (4).
Desalegorización y deconstrucción del tema de la identidad (prácticamente
ausente en los escritores del 90 y en los más actuales); (5). Utilización
constante de la ironía, el cinismo y el humor negro; (6). Tematización de la
otredad; (7).Narrativización del cuerpo desde una perspectiva epistemológica;
(8). Recurrencia del tema de lo absurdo; (9). Intertextualidad; (10).
Incorporación de elementos extraliterarios; (11). Inclinación hacia el
minimalismo; (12). Rechazo de lo dramático y finales anti-climáticos; (13). Uso
de la reflexión; (14). Presencia constante del elemento lúdico; (15).
Preponderancia del intimismo; (16). Apropiación formas y los lenguajes de la
cultura de masas; (17). Rechazo del
realismo mimético.
Felizmente Marcos sin retratos de Hugo Ríos,
colección de narraciones breves publicado este año por la editorial Isla Negra,
participa de varios de los rasgos antes expuestos, de los que haré mención
selectiva y desorganizadamente en el presente trabajo. El lenguaje de la mayor parte de los cuentos
de Hugo Ríos, puedo decir con justicia, está matizado por lo poético. Precisamente Julio Cortázar comentaba en su
ensayo “Del cuento breve y sus alrededores” que tanto el poema como el cuento
tienen un mismo origen, una misma génesis, que se resuelve en “un repentino extrañamiento,”
“un desplazarse que altera el régimen
normal de la consciencia” (Último round,
78). Hacia lo que Cortázar apunta es a
lo que la Escuela Formalista de críticos literarios rusos de 1910 y 1920
llamaron ostranenie, o
“defamiliarización,” que es uno de los recursos, o artificios, si se quiere,
que determinan la literalidad o calidad artística de un objeto.
Esa defamiliarización
mediante la utilización poética del lenguaje o poeticidad puede verse en uno de
los mejores cuentos de esta colección, que lleva por título, muy lírico por
cierto, “Un nombre escrito en el agua.”
En este relato un inmigrante cuenta cómo abandona su patria en busca de
las tierras del oro, en clara referencia a los procesos de conquista y
colonización de las Américas durante los siglos VI y VII de nuestra era. El proceso de la llegada a las costas
americanas está referido por el narrador de “Un nombre escrito en el agua” modo
que sigue:
Fui uno más en la inmensa marejada humana que se desprendió de aquellas
viejas costas, en busca de la libertad, que sólo se consigue siendo esclavo del
oro. Las noches al comienzo se me hacían
externas, extendiéndose, pobladas de miserias, insectos y pesadillas, bajo un
cielo hostil.
Nótese la economía y concisión
de ese lenguaje y la manera en que sugiere la ambición de riqueza, por un lado,
y la lucha por ajustarse a circunstancias extrañas y adversas en el llamado
Nuevo Mundo, por el otro. Incluso, ese
minimalismo de la descripción que lleva a cabo el narrador en primera persona
va generando efectivamente toda una tensión narrativa hasta desembocar en el tour de force o giro inesperado del
cuento: la muerte de Diego de Salcedo. El relato o mito del ahogamiento de
Salcedo le sirve a Hugo Ríos de intertexto para montar su propia versión
narrativa. En ese rejuego intertextual
entra a colación, consciente o inconscientemente para Ríos, el cuento “Tres
hombres junto al río” de René Marqués, cuya versión del mito de Salcedo se
ofrece desde la perspectiva de los taínos y que remite a los lectores a una
alegoría de la nación. En cambio, en “Un
nombre escrito en el agua” de Hugo Ríos el movimiento se da hacia la
desalegorización del mito, cuya intencionalidad es más bien problematizar el
discurso historiográfico; lo que está más cerca de lo que la estudiosa Linda
Hutcheon denominó en su Poetics of
Postmodernism como metaficción
historiográfica.
Pero ese efecto de
extrañamiento no acontece en un vacío.
Como ya sugerí anteriormente es preciso mirar las redes intertextuales
que se entretejen a través de Marcos sin
retratos. Hablaré ahora de las
influencias, o como bien sugiere ese gran crítico de la poesía Harold Bloom, de
la angustia de las influencias. Lo que
Bloom destaca en su célebre estudio intitulado The Anxiety of Influence es que un escritor ejecuta una “mala
lectura” o misreading, llamémosle mejor “deslectura,” con respecto al escritor
paradigmático. No cabe duda de que el escritor argentino Jorge Luis Borges es
la influencia más persistente de Marcos
sin retratos. El motivo del espejo,
que puede apreciarse en los cuentos de Hugo Ríos “Frente al espejo,” “Al borde
del reflejo” (acompañado de un epígrafe del propio Borges) y “La búsqueda,”
evocan “El espejo y la máscara” y “El Aleph” de Borges. Otro tema borgesiano que retoma Ríos en esta
colección es el tema del enemigo, trabajado en los relatos “El número uno,” “En
nombre del padre” y “El enemigo,” que bien podrían ser deslecturas de “El tema
del traidor y el héroe” y “La forma de la espada” del autor de El libro de arena. La otredad, tema abordado consistentemente en
la narrativa borgesiana, ejemplificado por “Deutsches Réquiem” y “El inmortal,”
se insinúa en las narraciones “¿Cuándo volverá Lolita?,” “El otro” y “El sueño
estrusco” de Hugo Ríos.
Empero, debo destacar que
existe un desplazamiento aquí de la narrativa de Hugo Ríos con respecto al
precursor Borges. Verbigracia, “¿Cuándo
volverá Lolita?” es un cuento que se aleja de la metafísica borgesiana para
instalarse en la zona interior afectiva del ser humano. Precisamente Borges desdeñaba la narrativa de
corte psicológico. Basta con echar un
vistazo a sus juicios contra Dosteyevski.
“¿Cuándo volverá Lolita?” de Hugo Ríos es un relato que bordea el angst
existencial, donde la protagonista pugna por conocer la historia de la
desaparición de su hermana, que la familia le oculta y niega. Lolita se convierte en la otredad necesaria
de la hermana que narra:
Veo su rostro travieso como una niña de seis años vería a su hermanita, no
la puedo vislumbrar como un adulto la vería y mucho menos imaginarla
crecida. En algunas tardes, justo luego
de hervir la leche para el café, escucho su voz invitándome a jugar. Sin embargo, sigue ahí ese agujero en mi vida
que no logro llenar.
Se presenta aquí también un
motivo escritural: el rescate de la historia de ese non-dit que es la historia de Lolita sirve como pre-texto para
armar la narrativa; de manera que en esa búsqueda por rescatar la memoria de la
hermana el lector asiste a la propia
narrativización de la búsqueda. Es así
como el lector lleva a cabo esa reconfiguración de la experiencia narrada, de
la que habló alguna vez el hermeneuta francés Paul Ricoeur.
Un aspecto que me resulta
fascinante de los cuentos que constituyen Marcos
sin retratos de Hugo Ríos es su aproximación al humour noir o humor negro, técnica a través de la cual la
escritura recurre a la crueldad, lo macabro, el morbo y la perversidad mediante
un lenguaje irónico que muchas veces raya en el cinismo y que ciertamente profundiza
en aquellos aspectos inexplicables y sumamente oscuros de la experiencia y la
psiquis humanas. Uno de sus mayores
exponentes es el escritor francés de finales de siglo XIX Alfred Jarry, cuyo relato, deliciosamente irreverente, “De
la crucifixión considerada como una carrera de bicicletas” fue recogido en la afamada Antología del humor negro del máximo exponente del Surrealismo: André
Bréton.
Es notable esta tendencia
hacia el humor negro en Marcos sin
retratos, por lo que referiré uno de los cuentos que lo ejemplifican. Me refiero
al brevísimo cuento “Migas,” que reproduzco aquí en su totalidad:
Una señora, ya entrada en simpáticos años fue arrestada en el parque junto
a la iglesia. La gente consternada reaccionó con violencia contra los insensibles
policías que molestaban a una agradable anciana. Todos en el lugar conocían que todas las
tardes desde hacía ya algún tiempo la viejecilla se sentaba a darle migas de
pan a las palomas. Cierto que las
palomas habían estado mermando recientemente, pero siempre había una que otra
que visitaba la longeva benefactora de animales en la banca del parque para
comer. Al preguntársele al jefe de la
policía local la razón por la cual se procedía de tal manera contra tan
inofensiva dama, éste se limitó a entregar al periodista más cercano la bolsa
de migas de la señora y a invitar con un gesto de la cabeza, a la inspección de
la misma. Dentro de ella, triturados y
mezclados con algunas migas de pan, se encontraban pequeños fragmentos de
vidrio que probablemente las palomas engullían y luego se iban a morir a algún
lugar lejano.
De este choque de dos
visiones con respecto a la anciana, el acto que aparentemente ella ejecuta y el
lenguaje irónico utilizado en la narración, nace el efecto del humor negro, presente
también en otros cuentos de Marcos sin
retratos como “Cannibal Street” y “Otro cuento de gatos.” Es importante notar que en “Migas” nunca se
establece que la anciana envenenó las palomas, sino que dicho acto se deduce de
la prueba que el policía le muestra al periodista con el fin de sugerirle que
la anciana perpetró dicha acción. Por
otro lado, “Migas” es un cuento sin clausura, dado que en ningún momento se
relata que la gente que intenta defender a la anciana por la “afrenta” de la
policía se entera de lo sucedido. Ese
momento es postergado por medio de la duda razonable que el agente policiaco
introduce en la mente del periodista y de nosotros los lectores. La sorpresa del periodista es nuestra
sorpresa. Lo que sigue es la reticencia
de la no clausura del relato. Esa mirada
hacia esos ámbitos insospechados de la conducta humana es también una forma de
defamiliarizarnos de las vivencias cotidianas, que se esgrime aquí como un
momentum fenomenológico.
Si desde un principio hice
hincapié en que el cuento puertorriqueño más reciente ha prescindido de
aquellos elementos que conforman las narrativas identitarias y nacionales, no
deberá entenderse por ello que dicho cuento está desarraigado de la realidad y
del contexto social y formativo de los propios narradores. Con ello quiero implicar que en la medida que
surgen nuevas experiencias y estructuras de afecto, se va transformando el
horizonte de expectativas de los narradores y de los lectores. Recientemente la llamada “Teoría del Caos” ha
influido notable y transformativamente no sólo cómo se concibe en estos
momentos la disciplina de las Ciencias Físicas, sino otras dimensiones del
saber humano. El llamado “efecto
mariposa,” derivado de esta teoría, establece que el movimiento de las alas de
dicho insecto en una parte del mundo crea toda una tormenta en otra región del
orbe. “Conveyor Belt” es un cuento que
ejemplifica lo que acabo de apuntar. En
el mismo se suceden una serie de acciones que se relacionan independientemente
de la voluntad de sus actores. Un acto
tan común como cruzar una calle dispara de inmediato a toda una gama de
posibilidades:
Un hombre vestido de azul parado en una esquina se dispone a cruzar la
calle. Algo distraído por sus
pensamientos cruza en luz roja. Mira la
luz y el color rojo le recuerda el traje bello y corto que llevaba aquella
mujer distraída por sus pensamientos.
Ella trataba de encontrar la forma en que diría a su padre que acababa
de ser despedida de su empleo. Sabía que
su padre se pondría furiosos. Él saldrá
a toda prisa en su auto para buscar el jefe y aclarar cuentas, y acelerando
distraído no se fijará en el hombre vestido de azul que cruza la calle en luz
roja.
Los treinta relatos breves
que constituyen Marcos sin retratos de
Hugo Ríos ofrecen al lector toda una gama de situaciones misteriosas como
“Piedras,” extrañas como “Vestida de blanco” e inexplicables como “El
homenajeado,” todas éstas narraciones en extremo penetrantes sobre la realidad
que nos rodea, pero sin quitarnos el mínimo gozo del placer que produce leer un
buen cuento. La ironía punzante, el
humor negro y macabro, las relaciones no causales, el advenimiento de un mundo
ajeno a nosotros mismos dentro de nuestro propio mundo, son signos de un
saludable desvío de los duros caminos del realismo social que por fin la
narrativa actual ha abandonado como quien se quita una opresiva piel escamosa y
áspera.
Felicito a Hugo Ríos por
esta ópera prima que no decepcionará en absoluto al público lector y que
ciertamente le proyecta como una voz original en el ámbito narrativo
puertorriqueño.
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