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Registro de Escritura:
Aurea María Sotomayor
Registro de escritura presenta en esta ocasión a la poeta y ensayista Aurea María Sotomayor. Situada cronológicamente como una escritora de la promoción del setenta, Sotomayor es autora de los libros «Velando mi sueño de madera», «Sitios de la memoria», «La gula de la tinta», «Rizoma», «De lengua, razón y cuerpo» e «Hilo de Aracnes», entre otros. Próximo a salir está «Diseño del ala». Con Sotomayor estamos ante una poeta que tempranamente encontró una voz propia para construir una poesía que entreteje lo interior con lo exterior . (Eugenio García Cuevas)

Pregunta: Al momento de escribirse tu biografía, ¿qué información sobre tus orígenes no debería faltar?

Respuesta: Como de alguna forma ya se está escribiendo con esta respuesta, pensemos que toda reflexión sobre los orígenes es además una puesta en escena. En ese decorado que da forma a la vida insistiría en el amor y el respeto hacia mis predecesores, un padre orgulloso de haber nacido en una hacienda cañera llamada la Central Mercedita en la costa sur de la isla, una madre y una abuela de tierra adentro que bordaron pañuelos para sobrevivir, unos bisabuelos paternos y maternos que por alguna razón llegaron de Islas Canarias, Cataluña, Sicilia, alguna región de Africa y, posteriormente, de las islas franco-caribeñas, para ubicarse en esta otra isla de Puerto Rico. Su alegría de vivir se confunde con el esfuerzo de sobrevivir. De ese esfuerzo nace el respeto que le tengo al conocimiento, la cultura y la belleza, la honestidad y el orgullo de ser, la sinceridad, la defensa de aquello en lo que creo, la compasión hacia los menos afortunados, la esperanza y la búsqueda de la felicidad. La rectitud y sabiduría de mi padre, un abogado honesto y sensible, el dinamismo y fortaleza de mi madre, un ama de casa intachable, y la entrega y el apoyo de mi abuela materna son los faros que iluminan mi pasado, y en cierta medida, mi futuro.

P. ¿Cómo nace tu interés por la escritura y cuándo decides dar a la luz pública tus primeros escritos?

R. Me interesó escribir cuando tuve conciencia de que era una forma alterna de vivir y de decir. Leer ya me sumía en un mundo diferente, por lo que escribir ofrecía una atracción adicional, es decir, me prometía inventar el mundo. Me recuerda mi madre que ya a los tres años cogía un bulto para ir a la escuela a la que tuvieron que mandarme. Allí era la más pequeña del grupo (en edad y en estatura) y desde que aprendí a leer a los tres años y medio, no he parado. Ensayaba leyendo la cartilla, así como desde un carro en movimiento leía en alta voz lo que decían los horribles anuncios urbanos. También leía cuentos de hadas con princesas que llevaban mi nombre, poemas de Darío y Bécquer y la revista Billiken, hasta que una vez una monjita de la caridad en un aeropuerto me reprendió por estar leyendo «Por quién doblan las campanas», de Ernest Hemingway. Tendría como 12 años y no comprendía por qué me regañaba. Yo era una niña aplicada, seria y ensimismada. Aparte de tocar piano desde los ocho años y correr bicicleta como una desquiciada, me encantaba estudiar. Mis padres nunca me habían prohibido ninguna lectura y de momento llega una extraña a irrumpir públicamente en mi intimidad para censurarme. De ahí en adelante continué buscando qué sería aquello prohibido que se ocultaba en los libros y todavía sigo buscándolo. Ese derrotero tras lo oculto formó mi escritura. Lo prohibido era sensual: la sensualidad de la palabra, de la lectura de un texto bien escrito, el secreto que resulta amenazador para tantos, como para aquella monjita. Ese otro erotismo que sostiene a una frase bien dicha, el sonido de esa frase y el mundo que rezuma sostiene mi artesanía.

Creo que la música tuvo que ver con mi aficción especial por la poesía. Los poemas con rima fueron los primeros, sobre todo, las palabras que suenan bien, las palabras bonitas, las palabras extrañas, luego, las palabras rotundas y precisas. Me di cuenta de la fuerza que tienen las palabras, el acto de pronunciarlas y de publicarlas. Más tarde percibí que esas palabras también debían decir algo y entonces sentí la necesidad de publicar algo así como mi reacción a unos hechos que veía pasar y me tocaban. Hacía unos diez años que tomaba clases de piano con Consuelo Lee Tapia de Corretjer, quien alentaba mi amor por la música. Le mostré un poema titulado «Elegía a un obrero», que luego le entregó ella a don Juan. El poema nació de una imagen, una foto publicada en el San Juan Star de un obrero muerto caído de un andamio. Sufrí esa muerte y traté de describirla, y escribí un poema que luego Juan Antonio Corretjer tuvo la gentileza de publicar en «Correo de la Quincena». Con el aprecio de don Juan, ya me sentía poeta a los 17 años y de ahí en adelante, continué escribiendo. En la Universidad nos conocimos un grupo de amigos que disfrutábamos la literatura, el arte, la arquitectura, las buenas películas: Luis López Nieves, Vanessa Droz, Walter Torres, Dhara Rivera, Rosario Ferré, Giannina Brashi, Che Meléndez, Ana Irma Rivera Lassen, y, más adelante, Carmen Vázquez, Enrique Trigo y Rubén Ríos. Nosotros cuatro tomamos unas clases de latín en la que nos reíamos mucho y que realmente disfrutamos. Por entonces fundamos una revista a la que puse por nombre «La sapa tsé-tsé», una publicación «alternativa» de aliento dadaísta que incluía en un sobre manila fotos, cuentos, dibujos, poemas, volantes de la FUPI, etc.; participé en un taller de escritura al que asistía de vez en cuando y de donde salió la primera antología universitaria y empecé a leer en público, lo cual no me daba tanto miedo como tocar en público. En la universidad participé en la fundación de «Penélope y el otro mundo» y luego colaboré en «Zona de carga y descarga». Intenté estudiar en España, pero no sabía griego y París estaba muy lejos para mí, de modo que después de un verano lleno de calor y aburrimiento, el de 1974, decidí irme a los Estados Unidos a continuar mis estudios graduados de literatura. Pero entre mi graduación del Bachillerato de Estudios Generales y mi partida a EU., estudié en el Departamento de Literatura Comparada la mejor literatura europea y caribeña de la mano de maestros como Carla Cordua, Esteban Tollinchi, Piri Fernández, Nilita Vientós Gastón y Ani Fernández. Fue Esteban Tollinchi quien me sugirió que publicara en «Sin Nombre» un artículo sobre un cuento de Borges, el cual sometí sin ningún titubeo. Ahí comienza la otra vertiente de mi escritura, la crítica. Sólo años después de mi regreso a Puerto Rico en 1980 nace el ensayo breve con mis colaboraciones en la sección literaria del periódico El Mundo a partir del 86.

P. ¿Te sientes identificada con alguna generación o con algún movimiento literario particular, ya sea de aquí o de otra parte del mundo?

R. Nunca me he identificado con movimientos, más bien busco lo significativo y lo que concuerda con mi sensibilidad o mi gusto, que es un espacio entre lo barroco, lo romántico y lo preciso. Detesto la chabacanería, lo manido y lo fácil. Desconfío de los que escriben merodeando el escándalo, la moda o la fama. Prefiero leer a los poetas en su lengua original para captar sus ritmos y sonidos. Todavía me seduce la osadía de las imágenes surrealistas, su experimentación con lo insólito y lo cotidiano. No creo en la inspiración, sino en el trabajo y, contrario a los que dicen que escribo una poesía cerebral, estimo que nunca he escrito más que con mi corazón y mis pasiones. Fuera de las figuras irrepetibles de San Juan de la Cruz, Góngora y Bécquer, a mí siempre me atrajo la poesía hispanoamericana más que la española, es decir, poetas como Vallejo, Neruda y Cardenal, todos ellos, en mi opinión, románticos conmovidos por lo social. Y luego, las sonoridades darianas, las disonancias trilceanas, el oleaje de Neruda, la hemorragia de Lezama, la precisión de Borges, así como la inteligencia de Brecht y Valéry. Poetas como Rilke, Apollinaire y Césaire, llegaron con los cursos, cuyo contenido yo orientaba hacia mi aprendizaje escritural. Hoy releo a Pizarnik, Celan, Walcott, St. John Perse y a tantos poetas desconocidos y extraordinarios. En el camino hacia la expresión estética, sólo tengo como objetivo la belleza y el amor a las palabras. Mi poesía busca crear un sitio para abrazar y para abrasar. El logro de ese espacio, su regalo, esa dádiva, proviene del tono, mi única inspiración.

P. ¿Cuál crees tú, si alguna, que debe ser la función de la poesía o la literatura en este momento en Puerto Rico?

R. No le atribuyo funciones al arte, porque nace cuando es necesario, ya sea por (que no para) la pura expresión emocional o para dialogar con su entorno. Más allá de eso, el arte y, en particular, la poesía, puede sensibilizar y conmover, pero nunca prescribir ni ordenar. Con lo primero se logra mucho más que con cualquier consigna.

P. A tu modo de ver, ¿cuál debería ser la función de la crítica literaria publicada en los periódicos?

R. Más que crítica debería haber muestras de literatura. Al público lector se le sensibiliza y educa con los textos originales de los creadores mismos. No hay mejor crítico de arte que el que conoce el fenómeno desde adentro (el pintor, el músico o el bailarín) ni mejor crítico de literatura que el literato, porque el arte no depende del tema, sino de la forma y ésta escapa a la simple paráfrasis. Además, la emoción que suscitan esas formas es difícilmente describible, por lo que la crítica (académica o periodística) no dejará nunca de ser un suplemento y sólo así debe ser leída. No se debe viciar la entrada de los espectadores al mundo del arte con apreciaciones previas, extemporáneas a su disfrute. Esa valoración crítica del «texto» obstaculiza el acceso al anteponerse a su objeto, que es el arte a secas. De otra parte, los críticos están llenos de pretensiones difíciles de subsanar: la objetividad, la demora, la cautela. La crítica periodística adolece de una falta de humildad en parte por razón del modo en que se consume la crítica en Puerto Rico: el lector la asume como si se tratase de la palabra definitiva sobre un texto. La arrogancia pervierte el lugar desde el que habla el crítico: la posición que ocupa parece atribuirle la función de juez y evaluador del libro. Ese lugar y esa función asumida por el crítico convierte al artista en su héroe o en su víctima y condena la obra al estrellato, la heroicidad o la invisibilidad. Distinta a la crítica practicada por artistas y creadores que, ante todo, clarifican su posición ante lo artístico como una aleación de gusto y expertise, el crítico parecería verse a sí mismo como un dios. La crítica periodística debe asumirse como lo que es: debe informar, describir, velar, promover espacios para la escritura, estimular la lectura.

P. ¿Cómo definirías tu trabajo literario publicado hasta ahora y hacia dónde se dirigen tus otros proyectos de escritura?

R. Mi modo de trabajo está regido por la paciencia, la intensidad y la disciplina, aunque siempre he sentido que la poesía es casi un producto natural de mi cuerpo. La dicha viene del trabajo con la palabra, para extraerle pulimiento y temblor. Con ello aspiro a conmover la inteligencia por vía de la emoción, lo cual es algo paradójico pues la buena poesía, a diferencia de la buena prosa, no «dice» nada, sino que procura sobre todas las cosas hacer sentir. Por eso resulta insuficiente parafrasear lo que no deja de decir. Ese otro decir asume diferentes maneras en mis textos: el tanteo surreal de «Aquelarre» y la sencillez oblicua de «Velando mi sueño de madera» y luego la búsqueda que cifra los textos barrocos: «Sitios de la memoria», «La gula de la tinta» y «Rizoma». Muchas emociones transformadas estéticamente confluyen en la palabra poética. No puedo definir ese trabajo, sólo puedo decir que se trata de un espacio muy íntimo hecho para la entrega.

Mi último libro de poesía, aún sin publicar, se titula «Diseño del ala». Consta de tres movimientos: el mar, caja de música, el ala. El arco constituye la imagen recurrente, además de ser una palabra polisémica: el arco del ala, de los puentes, de las entradas, de los instrumentos de cuerda. El arco crea un marco para el mar, la constante de nuestro paisaje. El primer poema trata de una isla mirada desde el mar y continúa con un libro que yace abandonado en una playa. Ese libro se convierte en caja de música en la segunda parte, compuesta de poemas cortos subtitulados con algunas de las notas de la melodía comenzada in medias res de El canto de los pájaros de Pablo Casals y termina evocando algunos textos de Leonardo da Vinci y sus máquinas de vuelo elevándose sobre el mar. El texto pretende ir desprendiéndose del yo a medida que avanza.

P. ¿Qué lugar ocupa tu más reciente libro publicado dentro de tu producción poética?

R. «Rizoma» es una puesta en escena de las emociones que suscitaron unos textos fílmicos que cito al finalizar el libro. De ese libro donde cuento historias me atraen los espacios en blanco, los poemas sin historia en que no pasa nada. Depende además de un ciclo de imágenes que se repiten. La armonía del libro, su equilibrio o su balance, proviene del diálogo entre esas historias y los espacios en blanco, es decir, cómo se va llenando y vaciando de tiempo. La hibridez de sus textos, en prosa y en verso, apuntan a una historia con una pregunta que permea el libro: «¿qué quieres de mí?» Esa pregunta repetida en diferentes momentos y espacios, lo convierte en un hipertexto. De otro lado, la película como cita no es más que una herramienta para decir lo mío, a la postre, un instrumento prescindible. La pregunta que se repite y la imagen del rizoma sostienen formalmente al libro. Sin embargo, el peso del texto recae en la reflexión sobre el impacto de la pasión en el arte. Hubiera querido que se cumpliera lo que había previsto para este libro que era combinar la poesía con lo visual y lo musical. El problema era más bien técnico y de derechos de autor. Pero el hipertexto verbal se mantiene.

 

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