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Introducción a un tema elusivo Primero quisiera agradecer el honor y el
placer que representa estar con ustedes esta tarde. Conversar es
un modo de exorcizar y conjurar dudas a la vez que se siembran
otras con la esperanza de que el debate sobre estos asuntos
continúe. No negaré que he pensado reiteradas veces sobre cuál es
la importancia de que se me invite a cancelar un Congreso de esta
naturaleza. O bien cuál es el sentido que el mismo se ofrezca en
Manatí, lejos de los grandes centros culturales que son, a veces,
frágiles megalópolis de saberes agonizantes.
Otro asunto es el hecho de que se me
invite a mí y que entre los ponentes de esta actividad se
encuentre el amigo y poeta Alberto Martínez-Márquez a quien me
unen tantas cosas. Digo esto porque durante el año 2000, cuando
publiqué en complicidad con Alberto El límite volcado: Antología
de la Generación de poetas de los ochenta y algunas de las voces
más significativas de las izquierdas y las derechas intelectuales
condenaron la propuesta con argumentos parecidos, jamás me hubiese
imaginado departiendo en un acto como este.
¿Dónde radica la incomodidad de este tipo
de situaciones? Una cuestión es que el ponente puede resultar
discordante sin que se lo proponga. La otra cuestión va de la mano
de la anterior. Se trata de inquirir dónde radica la molestia o,
para decirlo de otro modo, por qué estar aquí es un reto. La
respuesta me parece evidente: los conferenciantes nunca saben qué
habrán dicho aquellos que le antecedieron, dónde quedaron cabos
sueltos en las presentaciones de los demás.
Siempre se depende de los discursos
imaginados de aquellos que te preceden. En Puerto Rico, por
suerte, los discursos han sido relativamente previsibles hasta
hace poco tiempo. Esos mismos discursos que se rebelaron en las
décadas de 1980 y 1990 y demostraron la potencialidad y la
plasticidad del discurso puertorriqueño; corren otra vez el
peligro de fosilizarse según toda la originalidad de aquellas dos
décadas de cambio se va fijando, se estructura y se codifica.
Me refiero a la novedad que representó El
país de cuatro pisos de José Luis González (1980). O la revolución
interpretativa que planteó Insularismo e ideología burguesa del
amigo Juan Flores (1979); o algunos excelentes trabajos de Arcadio
Díaz Quiñones como El almuerzo en la hierba (1982) con su
revelador juicio sobre Luis Lloréns Torres y René Marqués.
Literatura y paternalismo en Puerto Rico, otra ojeada inquisitiva
sobre Pedreira y su época escrita por Juan Gelpí (1993), fija la
mirada en el nacionalismo cultural y marca en Ana Lydia Vega la
frontera de la transgresión. Del mismo modo La memoria rota (1993)
no dejó de sorprender por la agresividad hacia ese mundo de las
construcciones históricas que tanto ha pesado y pesa cuando se
manufacturan las grandes preguntas en torno a la cultura
puertorriqueña.
Polifonía salvaje: ensayos de cultura y
política en la postmodernidad (1995), editado por Carlos Gil e
Irma Rivera Nieves, ofrece el panorama más halagador y creativo de
ese tipo de juicio original que establece una actitud y promueve
el conflicto. Carlos Gil es, de hecho, una de las voces más
interesantes en todo este territorio como ya lo ha demostrado en
su volumen El orden del tiempo (1994), verdadero juicio crítico
sobre los manejos de la temporalidad, la subjetividad y las
ideologías en el estado hipermoderno. Lo interesante es que buena
parte de las aproximaciones se elaboran a través de la óptica de
la filosofía, la literatura y sus laberintos.
Hoy día a nadie debería sorprender los
argumentos explosivos de Juan Duchesne Winter en Ciudadano insano:
y otros ensayos bestiales sobre cultura y literatura (2001); o el
cinismo digno de Luciano de Carlos Pabón en Nación post mortem
(2002). Estas son recopilaciones de textos cuya médula discursiva
se haya dispersa en demasiados polos y cuya intención es despertar
inquietudes en lectores ansiosos de involucrase en un debate.
Todo, incluso el buen pensamiento -el que establece un desafío-
puede acabar en figura o performance. El siglo XX fue el tiempo de
la imagen. El peligro de que el artificio y el contenido no
encontraran un balance, y la lectura (y la escritura) acabaran en
un callejón sin salida, era un riesgo que se debía tomar. Estos
comentarios no restan en nada la importancia que le doy en otros
contextos a volúmenes como los indicados.
La antesala de ese desbarajuste
discursivo se encuentra casualmente en otro de los debates
liminares de los noventa: el de la pertinencia de la nación que no
fue sino una extensión de la propuesta del centro cultural de
Puerto Rico, de la bipolaridad entre nacionalismo político y
nacionalismo cultural. La cuestión del neonacionalismo y de las
identidades en la época de la globalización, apareció con toda su
crudeza en La nación en la orilla (respuesta a los postmodernos
pesimistas) (1996) de Luis Fernando Coss. Desde entonces, las
afirmaciones de pertinencia no han dejado de sucederse.
Todo esto es de gran pertinencia para la
literatura, especialmente si se trata de la literatura del siglo
XXI. En Puerto Rico, literatura y nación, han sido considerados
elementos inseparables desde tiempos inmemoriales. Si alguien se
pregunta por qué sólo hago referencia a ensayos en este breve
panorama, la respuesta puede ser más de una. Primero, y ésta es
una respuesta que resta valor a la pregunta, me parece que el
asunto del género literario es hoy menos significativo que nunca
antes. Simplemente se hace literatura o no se hace nada. Se
escriben textos que la crítica tradicional codifica, desecha o
acepta, pero los textos se han ido tomando la libertad de
transgredir los límites y de quebrar los bordes con suma
facilidad. Esa era mi ilusión cuando publiqué Islote: Revista de
Literatura e Historia con Carmelo Rodríguez Torres entre 1985 y
1988. También lo fue cuando participé en 1994 en el foro Historia
y literatura (1995) con Ana Lydia Vega, Fernando Picó y Juan Gelpí
en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.
Desde otro punto de vista, eso que se
acostumbra denominar “ensayo” y que es consustancial a la
expresión de lo puertorriqueño desde El Jíbaro (1849) de Manuel
Alonso Pacheco hasta hoy para armarnos en la discusión del
contenido del pensamiento de las elites, es el segmento más
dinámico del hacer literario colectivo de este país. Allí están
las peculiaridades de cualquier cosa que pueda identificarse como
distintivamente puertorriqueña.
La poesía, la narrativa breve, la
narrativa larga, el teatro, la cinematografía, todas ellas
expresiones artísticas que poseen un valor intrínseco
incuestionable, no tienen mucho que decir en este momento a la
materia planteada por este Congreso. Puerto Rico no ha sido un
país de grandes narradores, con excepciones hechas en José de
Diego Padró y el mágico Luis Rafael Sánchez quien es menos
narrador que dramaturgo. Un comentario aparte merecería Edgardo
Rodríguez Juliá por la manera en que se enfrenta a lo prohibido,
por el insistente juego con la historia nacional y la
deconstrucción de sus mitos (desde José Campeche hasta Luis Muñoz
Marín) y por el ritmo de la escritura. En Rodríguez Juliá la
crónica tomó por asalto la narrativa y definió otro tipo de
hiperrealismo mágico propio del Caribe insular.
Las narradoras que hoy se proyectan en el
ámbito internacional (Rosario Ferré, Mayra Montero, Mayra Santos
Febres) son productos híbridos de un mercado donde lo literario
cuenta menos que la imagen publicitaria. No niego que en ese
sentido son modelos del escritor(a) del futuro: el del mundo
global. Pero en efecto, su calidad ha sido medida de acuerdo con
la capacidad que han mostrado para insertarse en el mercado
internacional del libro por medio de casas publicadoras poderosas.
La poesía por su parte es un género para
iniciados que solo interesa a especialistas y que se cultiva en
ocasiones sin la conciencia de lo que significa ser un o una
poeta, como si se pensara que si escribir es un deber, “por algún
lugar hay que comenzar”. También hay mucha escritura poética sin
disciplina, con pocas lecturas a cuestas, o con lecturas que se
cierran en un círculo diminuto que reitera modos caducos de decir
cosas también caducas.
Buena poesía sí hay en Puerto Rico y, de
hecho, intergeneracionalmente se ha ido estructurando sobre
modelos parecidos. Gilberto Hernández y su Libro de los viernes
(2001) es un buen ejemplo. Antonio Ramírez Córdova, en Renovada
penumbra (2000), me parece una voz lúcida que ofrece un panorama
fresco y limpio a las posibilidades de la poesía. Daniel Torres en
su Fusilado dios (2000) reta de verdad el orden en un mundo social
que, a pesar de todo, no comprende las cuestiones de la transgresión del género. La propuesta, en un orden que tiene que
abrirse a la pluralidad, es en definitiva reconfortante. Los
pequeños talleres que veo nacer en San Juan y en Mayagüez,
publican una prometedora literatura también.
Pero el panorama de la poesía es
variopinto. Para bien, se hace difícil hablar del horizonte de la
lírica porque la polifonía es ensordecedora. Eso sí, la intimidad
ha vencido otra vez aquel simulacro que imponía la relación con el
exterior y esa tendencia parece que marcará este campo de la
creación por mucho tiempo. Claro que en esta lista de poetas y
experiencias están aquellas que se encuentran en mi biblioteca,
que me rodean y además me agradan. No me disculpo. ¿Qué otro
criterio podría esgrimir?
El teatro y el cine, que son ámbitos
mixtos donde la palabra, el movimiento y lo plástico se
entretejen, no tienen el carácter de los otros discursos en que la
palabra se vierte. El teatro para ser leído técnicamente no
existe. Se escribe drama como un ejercicio para las tablas -muy
rico por demás- pero ese proceso por medio del cual el teatro
surgía como pieza escrita es hoy inaccesible a aquellos que nos
gusta el género. En el cine, que es otra forma de la literatura en
el siglo XX, sucede algo parecido. La imagen domina y el guión, la
escritura, es un mundo vedado al interesado. Además el cine
puertorriqueño nunca ha cruzado el umbral de la juventud y las
utopías agotadoras.
El ensayo, sin embargo, está en la médula
de todo el dilema y puede ayudar a aquellos géneros a “mirarse en
el espejo”. Quiero decir que todavía no resulta absurdo o pasado
de moda leer a Jorge Luis Borges, a Marguerite Duras, a Milan
Kundera o a José Saramago. En el territorio marcado por esos
textos el lector se confunde y no sabe si se enfrenta a un
discurso histórico finamente inventado igual que la eterna
metáfora de los historiadores; a un recuerdo de un guión de cine
con sus descripciones pausadas en cuanto a dónde va la mano en un
momento dado durante la trama; a una disquisición sobre la crisis
del noventa envuelta en la nubla de unos personajes complejos que
vuelven a una Praga entre la humareda de las utopías rotas; o una
nueva utopía o distopía donde la ceguera es la regla como aquellas
otras a las que nos acostumbró la ilustración y la modernidad
salvaje.
Se trata de una “crisis” de pensamiento
camino hacia o dentro del siglo XXI. Y la “crisis” anida en el
“núcleo” de la discusión: se discute la “crisis”, la transición
como tema. Han ocurrido grandes y visibles cambios en las formas
de apropiarnos de la fragmentada totalidad (real o simbólica). Hoy
día resultaría tonto preguntar “qué somos” colectivamente hablando
los puertorriqueños. Se presume que el problema ya está resuelto.
En la actualidad se inquiere sobre “qué no somos” o “cuándo
dejamos de ser” equis cosa los puertorriqueños. ¿No hizo eso en
parte Esmeralda Santiago en Cuando era puertorriqueña (1994)? O
bien se inquiere (tercera opción en un teclado a fin de entrar a
otra ventana virtual) “qué no queremos ser” los puertorriqueños,
qué imagen de este triste trópico, el concepto es de Claude Levi-Strauss,
se quisiera borrar.
Cambian las formulaciones y las
alternativas, las que se espera escuchar. Todas conviven y ese es
un nivel de complejidad nuevo al que las aristocracias del saber
que se amparan en la tradición no se han acostumbrado. Ante una
situación así, el conferenciante tiene que desprenderse de las
presentaciones de los otros y concebir la propia. Olvidar los
compromisos y reinventar una manera de compromiso que no lo
desdiga después de, como es mi caso, 20 años haciendo literatura
por el gusto de hacerla.
Otro de los problemas de pláticas como
ésta, es el modo en que se impone al emisor un tema a la vez muy
abierto y muy equívoco. Mi primera reacción es siempre la misma:
decido olvidarme un poco de los procesos racionales. Trato de
deconstruir intuitivamente, como sugería Jacques Derrida, el
asunto planteado para no caer en la trampa de los discursos
prescritos. Me consta que todo tema de conferencia es una
interpelación, una inquisición. Como en toda inquisición, los
abogados del diablo esperan escuchar ese tipo de verbo o palabra
penitencial que Michel Foucault descubría en el pensamiento
helenístico y en el cristianismo temprano en su pequeño clásico
Tecnologías del yo (2000). Y toda demanda de este tipo espera
ciertos tipos de respuestas (réplicas paradigmáticas) de aquellos
a quienes interroga.
Se puede responder diciendo lo que los
oyentes esperan. Es la manera más sencilla de salir del paso y
complacer al público. Ese es el carácter que adoptan algunas
disertaciones -ya tradicionales, ya de vanguardia- a fin de
resolver el problema de las “preguntas” y llenar la tasa de la
“autocomplacencia”. Tratar de eludir esa práctica impuesta por la
costumbre es una tarea de magos. El conferenciante se siente
tentado a las soluciones fáciles.
En Puerto Rico se ha acostumbrado
escribir, vuelvo a pensar en Foucault, al estilo rimbombante del
mea culpa ancestral. Es como si en la escritura siempre tuvieran
los puertorriqueños que estarse inculpando por algo: la
culpabilidad del pasado. Este es un tipo de discurso “confesional”
en el cual el pasado que se presume, y el futuro que nunca se
asume del todo, se van convirtiendo en una muralla que no deja
vivir (que es pensar, sentir, escribir) el presente. No se trata
de limitar el análisis a un sicologismo simplificador. Es que por
lo general resulta fácil inculpar a las “circunstancias
históricas” ante la pregunta de por qué las cosas pasan de un modo
característico.
En cuanto a esta ponencia supongo que
alguna gente esperará una afirmación gratuita y no objetable de
los llamados valores “nacionales”. Por lo menos ese fue el estilo
del discurso hasta la crisis ideo-filosófica de ese proyecto o
dios de la modernidad (Llobera), al cabo de la segunda posguerra.
En Puerto Rico los nacionalismos, el político y el cultural,
fueron fantasmas de larga duración. Aquí el colapso de las
propuestas nacionalistas tradicionales, esperó hasta mediados de
la década de los ochenta cuando “los grandes relatos” (Lyotard) de
la modernidad comenzaron a ser substituidos por “los grandes
relatos” de la postmodernidad. En ese tránsito se encuentra
presuntamente la humanidad -prefiero pensar que una parte de ella-
en el occidente postindustrial.
Otros oyentes que me conozcan esperarán
todo lo contrario. Que el discurso toque a rebato contra otras
ideologías. Que proclame el triunfo del pluralismo y que apunte
hacia una serie de afirmaciones culturales diseñadas sobre bases
menos totalitarias que la nación o la clase. Eso me colocaría en
campo abierto del postmodernismo pero la verdad es que a mí no me
cautivan las etiquetas.
O tal vez haya quien espere que vuelva a
contar el discurso del arte por el arte, una proclamación de la
libertad creativa, en el estilo de los románticos del siglo XIX
para los cuales sentimiento e intuición eran una fuente de saber
tanto o más válida que la razón misma (Rousseau). Pero eso es
subjetivismo o irracionalismo en muchos sentidos y desechar la
razón como recurso no significa necesariamente adoptar un
irracionalismo desenfrenado o una actitud desenfrenada.
En alguna ocasión establecí la relación
entre estos tiempos y los del romanticismo con una metáfora
baudeleriana y cierta mala crítica de izquierda se incomodó
muchísimo en la medida en que se sentía reflejada en el
comentario. Resultaba insultante la acusación de irracionalismo
para una intelectualidad que imaginaba que en esa trampa estaban
las respuestas a todas las preguntas.
Lo anormal siempre es responder
preguntando y, sin embargo, esa sigue siendo la forma más precisa
de aproximarse a los saberes, cualesquiera que sean. Lo
impertinente, me parece, es comenzar por la formulación de unas
preguntas que cuestionen la pregunta de este Congreso. Se trata de
responder a las preguntas con otras preguntas porque responder
siempre es una manera de imponer limitaciones y tentar absolutos.
Interrogar al inquisidor: otra manera
de decir cosas
Lo primero es cuestionarse, ¿qué
significa eso de la literatura hoy? ¿Qué territorio, si alguno,
compete a la literatura exclusivamente en estos tiempos
radicalmente insumisos a fijarse en los moldes heredados tras poco
más de cinco mil años de escritura? La literatura fue alguna vez
una parte de la creatividad humana vaciada en la letra solamente.
Dentro de esa definición tramposa se convertía en gesto de poder y
en mecanismo de control. Fue, y es, un discurso ordenador y un
discurso de poder.
Letra e historia se asociaron en una
hermandad malévola: la historia comenzaba con la escritura, se
decía. O bien las sociedades ágrafas no poseían, no podían poseer
historia puesto que no la registraban. Aquellas eran formas
aceptadas de matar la memoria viva y su magicalidad. La esclavitud
a la escritura, que martirizó la historia literaria durante
siglos, se fue quebrando cuando la revolución de lo textual abrió
paso a elementos como la oralidad y con ello se fundamentaron
técnicamente otro tipo de “lecturas”. Desde las publicaciones de
Eric Wolf, ese molde se quebró dramáticamente (Wolf, Hobsbawm).
Posteriormente, la teoría de los discursos que se entrecruzan,
completó apenas recientemente la liberación de la palabra de la
originaria cárcel de lo escrito interpretado como un absoluto (Foucault).
La impresión que a veces me queda de todo
esto, es que en ocasiones la escritura es la perfecta tumba de un
texto en la medida en que lo fija y lo deja indefenso ante la
lectura del “otro”. Entonces la riqueza del texto no es intrínseca
o taxativa sino extrínseca o contingente.
Paralelamente hay que plantearse una otra
cuestión ¿cuál es el panorama de la “escritura” y las “letras
impresas” en un mundo que se virtualiza? ¿Qué será de la letra tal
y como se aprendió hasta el siglo XX en un orden en que domina la
rarefacción de todo y todo se hace ilusorio aceleradamente? (Marx,
Nietzsche) ¿Qué ha pasado y qué pasará en un caos de pensamiento
donde predomina y se celebra la fluidez?
También está el asunto de si acaso la
literatura es una zona exclusiva o una zona inclusiva. ¿Es un hato
cerrado o un territorio abierto y dispuesto a tolerar todo cuanto
venga a nutrirla? Cuando se escribe desde los límites de los
discursos, y esa metáfora es crucial para entender el discurso
literario ante el siglo XXI, el redactor se da cuenta que eso de
la literatura se ha convertido en una gran sombrilla que todo lo
arropa con sus signos, y todo lo abraza con su mirada. Eso no
significa que sea el único modo del lenguaje. Significa que las
fracturas en el discurso tradicional han sido notablemente
enriquecedoras en este panorama.
Lo cierto es que desde esta perspectiva
de análisis las fronteras, los límites de los discursos, las
diferencias entre lo que es literatura y lo que no lo es son
profundamente imprecisas. Me parece que ese es un logro que exige
cada vez más de las personas que pretenden entrar a la literatura
y que, en esa misma medida, beneficia a la literatura como un todo
múltiple. No es fácil producir y sobrevivir en estos territorios
marginales.
La cuestión es que se escribe desde los
límites de los discursos. No se respetan las fronteras. Se falta
el respeto a la tradición porque hacerlo se considera un deber. Se
afirman los roces y las intersecciones. Los encuentros de camino y
los engaños parecen ser la forma más apropiada de elaborar un
lenguaje que aparenta ser cada vez más un conjunto de códigos
caóticos que el discurso soñado por la modernidad.
Bien leída
Seva (1984), la escandalosa crónica de
Luis López Nieves, ocupa una posición muy especial en todo
este entorno. En este texto la torsión, la flexión del discurso
histórico literariamente hecho, engañó a los seres más
rabiosamente petulantes de su capacidad de tomar la verdad por
asalto: los historiadores de toda laya. Las fronteras estaban
rotas otra vez. López Nieves escribió desde los límites de los
discursos literario e histórico. Un texto de François Guizot o de
Jules Michelet sobre la revolución francesa de 1789 causaría el
mismo efecto en un lector inexperto del presente. Resultaría
difícil para el mismo precisar si se trata de textos históricos
(presuntamente verdaderos) o de novelas históricas
(sospechosamente ficticias). Con la crónica de Seva / Ceiba, López
Nieves rescató un recurso ancestral del discurso histórico
-falsear a medias, autenticar a medias- procesos históricos poco
conocidos. Se trataba de un interesante juego en donde un sector
presuntuoso se incomodó cuando quedó en evidencia su propensión a
ser engañado. Mucho más cuando el texto había aparecido a modo de
artículo de investigación en Claridad, un órgano de las izquierdas
en Puerto Rico en diciembre de 1983. La situación resultaba
patética: un periódico alucinaba a los intelectuales que leían lo
que no tenían que leer y tejían la lectura que mejor se ajustaba a
sus peculiares intereses.
Del mismo modo Las formas del vértigo
(2002) de Alberto Martínez-Márquez es un modelo de hasta qué punto
se flexiona y re-flexiona en torno al discurso filosófico en un
poemario en que la imaginación y la intuición se transforman en un
medio, otra vez como en el romanticismo, castizo de saber. No se
trata de los romanticismos extenuantes ni de las renuncias a una
lógica que se impone. Los instrumentos de un surrealismo intimista
y renovado han hecho su juego en la literatura de
Martínez-Márquez. En este caso se trata de la invención o
descubrimiento de una hiper-lógica invadida por la anarquía y el
desorden de una realidad manifiestamente caótica. El “orden” que
la modernidad soñó no está por ninguna parte retratado ni en Seva
ni en Las formas del vértigo. Por fin se reconoce la condición de
que el orden presunto es una representación mínima del desorden
dominante. El sujeto (el creador) lo erige como un castillo de
naipes y lo rompe cuando quita una de las piezas. Me parece que
esa ha sido la verdadera revolución de la escritura en Puerto
Rico: el poeta, que aquí vale por escritor, está al fin consciente
de que es un dios.
Mi experiencia de la escritura ha sido
análoga con esos panoramas. Nunca he sentido incomodidad violando
la sacralidad de los géneros y las tradiciones. Si los siglos XIX,
en especial en su última parte, y XX, en las dos posguerras,
fueron específicamente irreverentes, esa tendencia debe afirmarse
en un siglo XXI que apenas nace. Mi escritura ha estado abierta a
la concurrencia de los lenguajes y a la ocupación de territorios
antes vedados por otros lenguajes. Para los historiadores
literatos o los literatos historiadores que es lo mismo, la
recuperación de las formas narrativas en el decir de los
historiadores, rechazadas con pasión por el racionalismo radical,
y el rescate de espacios de investigación que no hubiesen pasado
la criba de la disciplina 20 años atrás, han sido claves para
dinamizar unas letras que amenazaban desfallecer. Lo que pretendo
afirmar es que Puerto Rico no ha estado exento de estos procesos
de revisión a fines del siglo XIX, y no dejará de estarlo en el
siglo XXI.
En realidad no se puede aislar la
literatura de los múltiples contextos que la alimentan. Es como
intentar atrapar una manada de mamuts (que están extintos) para
preservarlas en el bosque seco de Guánica (donde van a morir de
calor). Tampoco se puede limitar la literatura a los territorios
consagrados por el tiempo porque la reiteración de una ficción
puede dar y da un extraordinario sentido de coherencia a cosas que
no la tienen.
En resumidas cuentas, la gente de
vanguardia está acostumbrada a escuchar que “Dios ha muerto” pero
se resiste a entender que la “literatura ha muerto” también. Ambas
propuestas son gemelas en muchos sentidos. Me parece que en
general la literatura (y esto es válido para todo tipo de arte y
ciencia) tal y como se concebía hasta el siglo XIX está muerta. Se
concibe de otro modo, se hace de otro modo. Ese fue el caso de
dios y no otra cosa.
Hoy día cuando se habla de literatura se
trata de determinar el comportamiento de una red de discursos que
se entrelazan de múltiples modos. Ese proceso de entrelazamiento
de discursos ocurre desde la esfera de lo simplemente cotidiano
hasta la de las disciplinas que, en la medida en que son
reevaluadas, se labran una nueva complejidad sorprendente. El
ejemplo de la literatura histórica, el cual es un campo que me
compete porque fue el que estudié, es particularmente
significativo. En el término de 250 años el objeto de la escritura
(y de la investigación) emigró de los planos de la civilización,
por el camino de la nación y la clase, hacia la atomización total
del discurso que en todo encuentra un texto por leer (Burke). La
cuestión de si eso es peligroso para las aspiraciones
sintetizadoras de toda ciencia, es importante solo para los que
todavía sueñan con una recuperación de un modelo neorracionalista (Habermas).
Hoy día ya ni siquiera se puede
garantizar que la literatura ocupe un lugar especial en el orden
de las ideas ni siquiera por su contenido o por su carácter
metafórico. La metáfora es el criterio de todo discurso incluso
del puramente científico como ha sugerido Thomas Kuhn (Glasserfeld).
La misma metaforicidad de la filosofía (J. Derrida) y su lenguaje,
rompe con unas fronteras consideradas hasta el presente
inviolables por la teoría del conocimiento en general y por la de
la ciencia en particular.
La segunda gran cuestión que quiero
plantear es ¿qué territorio compete en todo este oscuro panorama a
lo puertorriqueño? ¿Cuánto valor tiene verdaderamente ese concepto
en el territorio abierto de un despersonalizado y enrarecido mundo
global? Aquí los paquetes de respuestas pueden ser punzantes.
Cuando se escribe ante el siglo XXI, sea
éste lo que sea porque aún no se le ha definido, se escribe desde
la marginalidad, desde los límites de los discursos. Pero toda
marginalidad implica la pre-existencia de un centro autoritario.
Los siglos XIX y XX, fueron los periodos “literarios” de la
puertorriqueñidad en el sentido estrecho de la producción escrita
e impresa. Los mismos circunscribieron aquel discurso dentro de
una puertorriqueñidad que hoy no resuelve la pregunta de por qué o
para qué se escribe. Pero para responder una pregunta de esa
naturaleza se tiene que aceptar la posibilidad de formularla lo
cual significaría aceptar que las nacionalidades también nacen,
cambian e incluso, posiblemente, mueran.
El asunto de lo nacional ha sido tema de
debate en Puerto Rico tanto en la década de 1990 como en la
frontera inmediata de siglo XXI cronológico. No es ciertamente la
primera vez ni será la última. Antecedentes hay en la Generación
del 30. En aquel caso fueron también los ensayistas quienes
tomaron la batuta de la discusión. El montaje de una idea de lo
nacional funcional en el mundo del populismo fue el gran producto
de aquel laboratorio de ideas. Claro que estoy conciente que toda
conclusión en torno a temas tan volubles como estos es totalmente
tentativa. Lo que sucede es que no todos lo consideran de ese
modo. La idea de la nación como un asunto acabado ha sido uno de
los dilemas más complejos en la historia de las ideas (y de la
literatura) puertorriqueña. Solucionarlo con afirmaciones o
negaciones gratuitas no resuelve nada.
En el Foro del Ateneo Puertorriqueño,
1940 (1976) se intentó tomar el toro por los cuernos desde una
perspectiva analítica tradicional. Se realizó una invitación
abierta a aquellos sectores ideológicos que se estimaba habían
servido de fuentes al paradigma de lo nacional. Era además la
antesala del populismo y había que limpiar aquella idea de la
nacionalidad cargada de peligro que había inventado el albizuismo
de cara a un futuro en que la misma adquiría un cariz tolerable en
medio de una coyuntura de cambio. Enrique Laguerre, su discurso y
su lenguaje, ha sido la mejor traducción de aquel mundo hasta el
punto de que ha querido consagrársele con una candidatura del
Nobel de Literatura.
Cada vez que se ha presentado la pregunta
sobre el “presente” y, en consecuencia sobre el “pasado” y el
“futuro”, las puntas de lanza de los analistas han sido las
mismas. Se ha reincidido en lo que llamaré de inmediato el pecado
del esencialismo (la nación es una y la misma desde siempre) y el
irracionalismo (la nación se organiza por sí sola al margen de la
razón humana). Ambos elementos son inseparables de toda definición
de lo nacional que, sin remedio, debo disparar a las tradiciones
alemanas del romanticismo especialmente a Herder. Se aprendió el
molde de la idea de los europeos y solo se iba a interpretar como
lo hicieron los europeos.
La imagen del nacionalismo ha tenido una
historia traviesa durante los últimos 40 años. Las voces del
sesenta jugaron un papel crucial en todo aquel proceso. Los
intelectuales de aquel momento se encontraron ante el dilema de
rescatar lo rescatable de las generaciones que les habían
precedido, transformarse en su consecuencia inevitable (ese es el
artilugio de todo pensamiento historicista) y tratar de producir
un balance entre dos posturas siniestramente opuestas: los
proyectos nacionales y los de clase tendrían que aprender a
convivir.
Hacer nueva literatura (el mito de la
protesta social y un discurso para la revolución definitiva) y
rescatar el nacionalismo treintista haciendo todas las concesiones
a lo que no fue nacionalismo, fue un proyecto destinado al fracaso
desde sus inicios. Nadie lo podía percibir. No se intenta
transformar el mundo con la noción del fracaso a cuestas. Los
esquemas populistas se impusieron en la construcción de aquel
imaginario y el oficialismo se tragó cualquier posibilidad de un
discurso revolucionario penetrante.
El 1970 no me preocupa mucho porque allí
los ensayistas, los historiadores y los sociólogos tomaron la
batuta del debate. Los buenos literatos fueron continuadores
originales de aquel sesentismo confabulado con la tradición. La
fisura que representó a escala global la década de 1980 y la del
1990, en términos de la muerte definitiva de los metarrelatos (uso
el lenguaje de Lyotard) que habían animado a un occidente
ambicioso desde el siglo XVIII, son claves para entender este
problema.
La pregunta es si tiene que ser
“puertorriqueña” la literatura del siglo XXI. Lo otro es, en qué
sentido puertorriqueña o bien, cuáles serán los contenidos de ese
principio en el porvenir. Yo creo que la imagen del jíbaro es una
construcción caduca a la altura del siglo XXI. Incluso las
perspectivas de aquellos que teorizaron dentro de la literatura
sobre la transición del mundo agrario al mundo industrial ofrecen
pocas opciones hoy a quienes se preguntan por el futuro de la
nación.
Se reiteran problemas viejos: lengua e
identidad. Se presume que la resolución de la una remedia la otra.
En realidad ese es un problema demasiado académico como para que
se convierta en motivo que aliente a las masas a refinar la
definición de lo que son. Cuando en los años 1990 volvió sobre el
tapete la cuestión de la nación y se reevaluó a Pedro Albizu
Campos a través de un polémico libro de Luis Ángel Ferrao (1990),
yo pensaba que el dilema debía estar resuelto hacía tiempo. El
otro dilema es obvio. Se ha pretendido fundar en la literatura, la
república que no se fundó en la historia (Ríos Ávila, 1995). A
pesar de todo lo dicho, el debate del lenguaje sigue abierto.
Es curioso que aquel fuese el momento en
que la “literatura puertorriqueña” (ya no lo era en el sentido en
que lo había sido para la Generación del 1930 y la de 1950)
comenzó su tardía pero bien financiada penetración de los mercados
internacionales. La verdad es que aquella literatura había
comenzado a perder los atributos que en otra época la hubiesen
hecho netamente puertorriqueña.
Los mercados del concepto de la
puertorriqueñidad y las esferas que validan el producto literario,
han ido fluctuando de una manera notable en la segunda mitad del
siglo XX. Hay mercados que dejan de significar y validar en
momentos específicos cuando los programas que los alimentan
pierden sentido. Muchos de los elementos que sirvieron para que
Veinte siglos después del homicidio de Carmelo Rodríguez Torres
fuese una novela corta exitosa en 1971, dejaron de serlo en algún
momento. El discurso fue parcialmente silenciado y el emisor
también. Los discursos caducan en la medida en que los mercados de
las palabras se re-forman y eso es algo que los escritores tienen
que tener muy claro cuando se enfrentan a la página en blanco o a
la pantalla digital.
Yo recuerdo de manera paradójica, como
tras la caída del socialismo real -del bloque soviético
específicamente, -una inmensa cantidad de libros representativos de
aquella forma de interpretar el mundo fueron vendidos a precios de
liquidación en las aceras de un Río Piedras efervescente. Había
que abrir espacios a los nuevos mercados. Los espacios eran
físicos pero también emocionales. Desde entonces ha habido menos
presión para discutir todo lo que significó el socialismo durante
la segunda mitad del siglo XIX y el siglo XX. Pero no es menos
cierto que el mercado de ese tipo de discurso en más estrecho hoy
que cuando significaba una resistencia coherente al orden
capitalista internacional. Eso significa que había mucho de
“comprar y vender” en la cuestión de la conciencia de clase. Del
mismo modo hay mucho de “vender y comprar” -más de lo que se
piensa- en la cuestión de la postmodernidad y las actitudes
teóricas nuevas.
El tercer problema es ¿qué territorio
cronológico le compete al siglo XXI? ¿Cuándo se dispararon las
revoluciones en esas letras? Si se trata del futuro y sus
contenidos ¿ya llegamos a él? ¿dónde comenzó el futuro? Esta no es
una pregunta sin sentido. El tiempo de la memoria, los códigos del
recuerdo, los de la historia, tienen una importancia cardinal para
el historiador de las ideas que va a codificar representaciones.
Debo recordar que el historiador es primero que todo un
codificador, un archivista vivo de acontecimientos muertos, de
cosas imaginadas, un Funes memorioso (Borges) bastante limitado.
El historiador tiene el oficio
post-mortem por antonomasia. Historiar es una forma de la
necrofilia pero no se aman cadáveres de personas, se aman
cadáveres de acontecimientos. El historiador es un observador de
ruinas, de las ruinas temporales de lo que fue su casa. Cierto
momento de la historia le exigió un papel activo y creativo y los
historiadores jugaron su papel. Pero por lo regular, a pesar de
los esfuerzos, el discurso de los historiadores siempre deja ese
olor amargo de las cosas muertas.
Las transiciones de siglo se miden de
acuerdo con esas frustraciones. Así lo inventó el decadentismo,
catastrofista del occidente judeo-cristiano. Un historiador de las
ideas inquiere: ¿cuándo comenzó el siglo XX? Acaso en 1918 con el
fin de la Gran Guerra. Visto de otro modo, quizá con el bauhauss,
con el surrealismo o con la cinematografía. Para algunos la
revolución científica de Einstein o la invención del psicoanálisis
freudiano amojonan mejor aquel panorama. Es posible que otros
marquen el siglo con la consolidación de los electromecánicos o
con la aviación y la conquista del espacio. Lo cierto es que todas
las respuestas son válidas y explican un aspecto minúsculo de un
siglo complejo.
En realidad los siglos comienzan cuando
lo deciden los historiadores en general y los de la cultura en
particular. Siempre se fijan las fechas de nacimiento cuando
resulta imprescindible explicar problemas particulares de un
momento histórico. La idea de fijar el inicio del siglo XX en la
Primera Guerra Mundial es resultado de la noción de que Europa
decayó sistemáticamente después del proceso en beneficio de
Estados Unidos. Esto es un juego de cristales cromados
verdaderamente infinito.
Así se formularon las preguntas sobre el
origen de la última modernidad, la “civilización” que Spengler
marcó como el comienzo del “fin”, como la decadencia. Pero también
esa fue la gran pregunta sobre el nacimiento de la postmodernidad.
¿Dónde, cuando y por qué se habla de postmodernidad? (Lyon) Quizá
el problema radique no en la respuesta sino en la pregunta ¿por
qué tenemos que preguntarnos sobre el origen de las cosas? ¿Son
esos supuestos orígenes comprensibles o son meras invenciones para
justificar proyectos o discursos de poder? No tengo que recordar
que el saber occidental es un gran entusiasta de la noción de
origen: lo necesita para afirmarse.
Ahora bien, si me preguntan cuándo
comenzó el siglo XXI, no creo que el asunto se pueda resolver con
el 31 de diciembre de 2000. La cuestión es que siglo XXI y
postmodernidad parecen signos que se montan el uno sobre el otro.
La postmodernidad y el siglo XXI empezaron cuando perdimos la fe
en los metarrelatos de la modernidad, cuando la modernidad dejó de
responder preguntas y eso comenzó a ocurrir lentamente hace ya
bastante tiempo. Pero en el debate puertorriqueño, postmodernidad
sigue siendo mala palabra para cierta gente. Si se identifican
ambos polos es más sencillo dilucidar el problema planteado por
este Congreso.
La cuarta pregunta es ¿qué hacer ante el
problema de que todo es cada vez más raro y nada es radicalmente
seguro? Ese es uno de los rasgos de una postmodernidad que se
afirma sobre los cimientos de una modernidad que se va: el tiempo
de fuga. La mutua dependencia de estos ámbitos es obvia. Ambas
esferas se necesitan para negarse y afirmarse contra el otro. El
problema de responder este tipo de preguntas es que por lo regular
se espera un programa, y estos tiempos me parece no deben
enfrentarse con programas que corren el riesgo de convertirse en
lechos de Procusto. Todo sistema de pensamiento se idiotiza en la
medida en que se ideologiza y pierde el dinamismo que le impulsó a
desarrollarse. Los creadores del siglo XXI, el que sea o donde
haya comenzado, tienen que asegurarse de que sus actitudes no se
reduzcan a programas o síntesis que fácilmente actúan como una
trampa.
Propuestas para olvidar rencores
Como respuesta tentativa se me ocurre una
metáfora de coleccionista de libros. A lo largo de su historia
literaria los escritores formados aquí o que han decidido ser
puertorriqueños, han caminado por los pasillos de una biblioteca
relativamente pequeña, agotadora y a veces aburridamente similar a
sí misma. La nación y la tradición occidental han sido las claves
de una forma de la lectura en donde el cosmopolitismo -lo que hoy
muchos llaman perspectivas globales- y el pluralismo -la capacidad
de comprender y aprehender la diferencia- han sido un mito.
No se trata de que los literatos no hayan
sido bien leídos u opinionados. Yo podría enumerar muchas
excepciones a este planteamiento. Se trata de que el paradigma
occidental ha marcado el proceso de construcción de esas imágenes
del mundo. Las preguntas y las respuestas se formulan como las
haría la tradición occidental. Así se formuló la pregunta de este
congreso porque el siglo XXI sólo es una preocupación imaginaria
del occidente cristiano.
La primera propuesta es reelaborar esa
“biblioteca imaginaria” que se recorre en el extraordinario camino
de la lectura y escritura. La invitación es a viajar por todas las
esferas de la palabra que sea posible. Entender la palabra escrita
y la no escrita y sentir la literatura hasta donde sea posible
como una “búsqueda” perpetua, no comprometida o acaso comprometida
con la búsqueda misma. Cavilar la literatura puertorriqueña como
un producto acabado que se puede formular y componer y perpetuar,
es una forma idónea de perder el tiempo. Aquí los programas
académicos de literatura no resuelven mucho porque ofrecen la idea
de una disciplina que nace en la medida en que muere.
Ya sugerí en alguna parte de esta
ponencia, el papel que está jugando y jugará la red en la
redefinición de toda literatura a la luz de ese hipotético siglo
XXI que se adelantó a la cronología. La batalla que habrá que
llevar a cabo será contra la democratización o vulgarización
excesiva de unos medios -los literarios- que han sido territorio
de iniciados. Los portales culturales, las revistas virtuales, las
listas abiertas o controladas, las páginas personales en las
cuales “literatura” bien o mal hecha, “imagen”, “efecto” y
“publicidad” se hermanan en la redefinición de la multiplicidad
del yo, son una preocupación para la crítica.
No se trata de sostener visiones
aristocráticas de la escritura necesariamente. Ya se sabe que el
mundo de la letra impresa nunca estuvo exento de ese fenómeno (Chartier).
Desde el libro de entretenimiento condenado por cierto catolicismo
extremo (Baker) hasta la novela rosa, pasando por la novela por
entregas hasta el “best-seller”, el producto de las aristocracias
del saber siempre ha sido retado de diversos modos. Curiosamente
la red y la oralidad popular se dan la mano en un orbe literario
que se había tecnificado y academizado altamente. Todavía no se
sabe dónde conducirá esta llamada democratización del saber que yo
llamaré “democratización de la creatividad”.
La segunda propuesta es que hay que
“traicionar las trampas de la tradición”. La tradición es una
impostura. La concepción de que equis es igual a equis no responde
las grandes dudas de los escritores del presente. Cada vez es más
cuestionable pensar que existen cosas que “debemos hacer”,
demonios que es forzoso celar o actitudes que “tenemos que
cultivar” en el proceso de elaboración de un producto literario
netamente puertorriqueño. Esto puede parecer otra forma del
individualismo radical pero después de todo ¿cuál sería el
problema? ¿En qué consiste el problema del individualismo radical?
Aquí no se trata de espíritu fronterizo
del romanticismo que se refugiaba en un medievo poco conocido para
hilvanar respuestas a la problemática de un tiempo que se
consideraba retador por la celeridad del cambio. Esa puede ser una
forma encantadora del desencanto con los grandes proyectos de una
modernidad que ya no es capaz de resolver los problemas de la
totalidad y la particularidad de una manera aceptable. Se trata de
aceptar de una vez la noción de que yo soy todos los seres de la
historia en la medida en que me defino como sugirió en algún
momento Federico Nietszche en camino abierto hacia el pluralismo.
La tercera propuesta tiene que ver con
los conceptos de “desarraigo”, “alienación” y “marginación”. Es
importante rescatar el principio de que no existe tal cosa como un
“mal del siglo” ante el periodo que se aproxima. Se trata de una
propuesta para romper los viejos moldes. Hay que vivir separados
de los centros que se sienten con derecho a reclamarle a los
creadores posicionamientos y compromisos. No sé si eso será del
todo posible pero me parece que enajenarse de los focos de poder,
no ya políticos sino culturales e intelectuales, es fundamental
para que la independencia de la gente que escribe en Puerto Rico
sea una realidad.
Me parece que los escritores tienen que
ser transgresores primero que todo. Transgresores incluso de la
transgresión misma. No serlo sería adoptar una posición
irresponsable en el sentido en que mi generación, la del 1980 de
escritores, reaprendió el compromiso al paso de la debacle
ideológica del cambio de siglo. Aceptar que la transgresión es
inseparable del acto de escribir y escribir y vivir no son sino la
misma cosa. Muchas gracias.
FIN |