| Viaje a la semilla de Vieques:
El proceso de una identidad nacional hostosiana en Puerto Rico
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Voy a incurrir en este error de etiqueta y categorización porque creo
que es inútil sacarle el cuerpo a su seducción, y porque creo que en el
fondo es un ejercicio de comunicación útil por su claridad de esquemas.
Los esquemas, bien lo sabemos, son sólo, a fin de cuentas, proposiciones,
tanteos en el claroscuro -o en el umbral de nuestras certidumbres- que no
pretenden fijar verdades sino sólo interpretaciones más o menos informadas
en un proceso de diálogo y de acercamiento a la realidad que nunca
termina. Pero, además, me mueve el hecho de sentir y de saber que no me
represento a mí mismo en estas jornadas, sino a los escritores de mi país,
Puerto Rico, así como me mueve la certeza de tener que enfrentar equívocos
sobre nuestra historia y certidumbres defectibles sobre nuestra realidad
cultural y política.
Se piensa, por ejemplo, que consentimos la colonia; se piensa que somos
norteamericanos; se piensa que hablamos inglés o que somos bilingües; se
piensa que el embajador yanqui en Chile representa a los puertorriqueños.
Si este es un encuentro de escritores latinoamericanos, tengo que
agradecer a los que han sabido que una representación de Puerto Rico era
imperativa, pues no se puede reflexionar sobre las identidades
latinoamericanas ni vislumbrar una utopía posible para Nuestra América sin
contar con nuestro punto fronterizo.
Frontera imperial desde Colón -y lo digo como homenaje póstumo a Juan
Bosch-, el Caribe fue campo de lucha de las potencias europeas durante
siglos hasta que los Estados Unidos logró imponer con la guerra del 1898
su hegemonía. Sobre este escenario comenzaron todas las invasiones de
América, así como también, todas las rebeliones: todas las venas abiertas
de esta América Nuestra. Me refiero a los indios taínos en las Antillas
Mayores; aludo al primer deicidio cometido por un cacique de
Boriquén-Puerto Rico llamado Urayoán tan temprano como en 1510, y a la
primera rebelión masiva de indios de principios de 1511. Pero, cierto es
también, por el Caribe comenzaron las restauraciones y las reinvasiones.
Luego, tras la guerra contra España que le permitió ocupar a Puerto Rico,
Cuba y Filipinas, Estados Unidos desarrollaría una ininterrumpida
actividad de intervención que le permitiría construir y establecerse en el
Canal de Panamá, así como intervenir continuamente en Nicaragua,
Guatemala, República Dominicana, Haití, Venezuela, Colombia, Honduras,
etc. El Caribe parece haber sido para ser enclave de todos los poderes que
aspiran a la hegemomía en Occidente, o, sencillamente, plataforma
imprescindible del poder. Acaso por eso mismo, nunca hemos visto
enseñorearse más una utopía que sobre estas tierras quemadas.
500 años después de Colón continúa la reoccidentalización del mundo
dentro del marco de una globalización que hasta hoy sólo podemos
considerar como un capitalismo imperialista que continúa apoyando,
mientras puede, como garantía del poder, a esa economía neoliberal que
parece inevitablemente fundida con la corrupción y con cierta versión ya
hoy desacreditada de la democracia. Y cuando no puede, apoya la economía
neoliberal y el golpe de estado, o la economía neoliberal y la invasión,
el bombardeo y la guerra abierta o encubierta.
Quiero recordar aquí, como punto de partida, dos reflexiones que me
parecen instrumentales: primero, la obra de Pedro San Miguel titulada
Isla imaginada: historia, identidad y utopía en La Española
; y, segundo, la Historia de la literatura hispanoamericana
de Jean Franco. La primera nos recuerda desde una de esas
perspectivas posmodernas que hacen de la historia un metarrelato virtual,
y desde luego, una disciplina histórica impotente, que la historia de las
Antillas es un contrapunteo entre la realidad y el deseo, un imaginario
construido no sólo por la esperanza y la utopía sino, también -y aquí
convergemos con Jean Franco-, con una imaginación colonizada, pues el caso
colonial de las Antillas se prolongó hasta mucho después de lograr su
independencia el continente de Bolívar y San Martín. Si Martí afirmaba al
borde del fin del siglo XIX que "no hay letras que son expresión, hasta
que no hay esencia que expresar con ella. Ni habrá literatura
hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica", daba al clavo con este
problema de la identidad cultural, no sólo antillana-que vislumbraron
tempranamente Andrés Bello y el mismo Bolívar-, pues Martí se expresaba
sobre el continente todo al referirse al problema de los imaginarios
colonizados. No quiero expresarme hoy sobre el continente todo, ni
siquiera sobre nuestra hermana Cuba, pues mi compromiso es con mi país.
Pero tengo que partir de un hecho común a todos, pero especialmente
determinante para nosotros en El Caribe: nuestro siglo XX es un siglo de
intervención colonial norteamericana.
Problema cardinal, eje ontológico que no se gasta, la invasión
norteamericana puso sobre el tapete, según una famosa frase de Pedro
Albizu Campos, "la suprema definición: yanquis o puertorriqueños". Sabemos
que somos seres históricos y que esta definición albizuista parece ignorar
la complejidad y conflictividad del problema. Pero no somos nuevos en este
debate del ser o no ser. José Luis González, en un célebre ensayo que
tituló El país de cuatro pisos, delineó los planos de un
proceso de construcción nacional que en nuestro caso, según expone
González, y transcribo aquí a grosso modo, cuajó en Puerto Rico, ya en el
siglo XVIII, una primera versión de identidad nacional afrocaribeña -un
país de jíbaros negros, como en todo el Caribe-; una segunda versión de
reconstrucción de esa identidad impuesta por una inmigración blanca
fomentada con toda intención tras la revolución haitiana que se extendía
por el Caribe, inmigración que creó en el siglo XIX, en Puerto Rico, un
país escindido en clases y etnias; y una tercera versión, ya en siglo XX,
inducida por las revolturas del régimen colonial norteamericano, en parte
desmanteladoras y en parte modernizadoras. La cuarta propuesta, o "cuarto
piso", según González, fue el proceso acelerado de industrialización que
liquidó nuestro telurismo e instaló la ilusión del régimen autonómico que
se llama aún oficialmente Estado Libre Asociado, nombre esquizofrénico
según algunos, que en los años sesenta comenzó a entrar en crisis tras la
elección del primer gobernador anexionista.
Aunque lo que intentamos es exponer someramente cómo evolucionó esa
búsqueda de identidad durante el último siglo, es necesario referirnos al
siglo anterior para suprimir equívocos y situarnos en perspectiva. La
primera década del siglo XIX trajo ante la atención de los
puertorriqueños, como ocurrió en Caracas, la necesidad de buscar una nueva
identidad política y un nuevo orden de gobierno. Ramón Power, en las
Cortes de Cádiz, defendió en 1811 a Caracas por desconocer el régimen
monárquico francés y propuso que se intentase mantener el lazo hispánico a
través de un régimen constitucional. Pero las voces liberadas por una
coyuntura confusa fueron, en Puerto Rico, rápidamente puestas dentro del
redil tras la restauración del absolutismo por una numerosa inmigración
conservadora que provenía tanto de la península como del continente en
guerra. A lo largo del siglo, mientras España se debatía entre el régimen
monárquico y los balbuceos republicanos, las Antillas agudizaron una
crisis de identidad que comenzó a enardecer en los palenques de esclavos y
entre los cimarrones, y también entre los criollos que adoptando con
ironía la voz del jíbaro dejaban traslucir en medio de la censura
imperante su creciente impaciencia contra el despotismo. Entre rebeliones
de esclavos, fue cuajándose una conciencia antiesclavista que es una de
las páginas más heroicas de nuestro siglo XIX. Entre esas páginas figura
la presencia enaltecedora de Ramón Emeterio Betances, mestizo que se
yergue como líder del antillanismo en el Caribe, como líder de la lucha
contra la esclavitud y cómo líder de la lucha por la independencia de las
Antillas Mayores. Es el rostro mulato de nuestro primer grito de
independencia.
En el 1868 estalla en Lares un grito de independencia planificado por
Betances, que resultó ser un aborto precipitado por una delación, y que
parecía estar coordinado con la Revolución republicana triunfante en
España y con el Grito de Yara y su secuela, la Guerra de los Diez Años, en
Cuba. Se trató de un estado de insurrección que no encontró solución hasta
que culminó la guerra reiniciada por Martí en el 1895. Manuel Zeno Gandía,
médico y novelista, había retratado en La charca la sociedad colonial como
aguas estancadas y putrefactas, y al jíbaro enviciado. Hostos había
analizado la obra del poeta cubano Plácido, para poner en evidencia a la
sociedad colonial como "el cadáver de una sociedad que no ha nacido".
Pero Hostos, Eugenio María de Hostos, defensor de la soberanía
antillana desde 1863, conspirador de la Revolución Septembrina española
por creer que la nueva República Española reconocería los derechos
políticos de sus islas, conspirador en Nueva York y en el Caribe, junto a
Betances y Luperón, propagandista por toda la América del Sur de la
necesidad para esa América de completar en las Antillas el sueño de
Bolívar, artífice de una revolución cultural latinoamericana, primero
desde una trinchera dominicana, y luego, en Chile, desde el Liceo de
Chillán, y más tarde desde el Liceo Miguel Luis Amunátegui de Santiago,
creado especialmente para él, regresa tras un prolongado exilio en el
1898, tras la invasión norteamericana, para encontrar su pueblo en un
estado de miseria y absoluta languidez anémica, en el espíritu y en el
cuerpo. Muerto Betances, se yergue como la figuraprincipal de los arrojos
de una utopía posible, y propone a los puertorriqueños la necesidad de
unirse en el reclamo de sus derechos naturales como pueblo, y en el
reclamo de las prerrogativas a que tenían derecho bajo la constitución
federal del país invasor. Por dos años intentó instrumentar una liga de
patriotas, e intentó instruir y mover a la opinión inerte. No tuvo éxito.
Sin embargo, su demanda de un derecho de plebiscito y del derecho de
Puerto Rico a la autodeterminación sigue vigente porque nunca, en los más
de cien años transcurridos, el gobierno federal ha instrumentado una
votación a esos efectos. Asimismo, sigue vigente su admonición en el
sentido de que sólo con unidad de pueblo, y bajo una acción de consenso,
puede moverse a actuar el poder imperial.
La existencia de una generación puertorriqueña del 98 es algo que se
discute y se cuestiona. Francisco Manrique Cabrera, historiador primero de
nuestra literatura, la llamó "generación del tránsito y del trauma". Sin
embargo, aunque difícilmente le cuadre el concepto de generación, opinamos
que no puede cuestionarse la existencia de una época de ahogos simultáneos
en los planos político, económico y social, por los sobresaltos y las
expectativas de una identidad cultural sin apoyo real, por los
deslizamientos de una ruina repentina, por el eclipse de una caída. Los
claroscuros de ese entonces son en nuestro medio mucho más salvajes y
dramáticos que los de Ariel, y seguramente van más a tono
con el Calibán de Roberto Fernández Retamar. Aunque el
modernismo había estrenado en Puerto Rico sus galas en fechas tan
tempranas como 1886 en el largo poema de 202 cuartetas endecasílabas "Las
huríes blancas" de José de Jesús Domínguez, lo cierto es que los hechos
del 98 le imprimen a nuestro modernismo un matiz muy poco exótico y
desarraigado. Antes bien, todo lo contrario. Hablo del modernismo de José
de Diego en sus Cantos de rebeldía y sus Cantos de
pitirre, y hablo del modernismo de Luis Llóréns Torres en su
"Canción de las antillas". Hay una vuelta a la tierra y una idealización
del pasado que harán enaltecer la vida del jíbaro y evocar con nostalgia
sin desmanes ni acritud a la madrastra española. Procuramos rescatar los
símbolos patrios de la época española, la lengua española, la historia
borrada de la insurreción de Lares. Se llegará a evocar, incluso, la vieja
felicidad colectiva, que Virgilio Dávila retrató en su Pueblito de
antes.
Pero por estos años no dejarán de redefinirse las luchas políticas y
sociales, así como los contendientes, pues veremos, entre otras, el brote
de un reto obrero, una emigración masiva, la imposición del inglés como
lengua oficial y lengua de enseñanza, y la imposición de la bandera
imperial que llamamos la pecosa. En actitud de reto crecerá la voz de una
vanguardia que busca definir la nación en el verbo expansivo de Evaristo
Ribera Chevremont y de Clemente Soto Vélez. La llamada generación del 30,
que otros críticos han llamado con mayor precisión "literatura de la
crisis social y cultural de la identidad nacional puertoirriqueña" (José
J. Beauchamp), se autodefine por su propósito de buscar respuesta a la
pregunta sobre el ser puertorriqueño, qué somos, cómo somos.
Insularismo, de Antonio S. Pedreira, es seguramente clave en
este esfuerzo de búsqueda de una identidad que se define como nacional,
aunque está compenetrada de lastres ideológicos de prejuicios de clase, de
hispanofilia, y de ese telurismo hijo de los determinismos genético y
geográfico que convirtió al jíbaro blanco de la altura en encarnación del
ser nacional.
Obras como LLamarada de Enrique Laguerre, Tiempo
muerto de Manuel Méndez Ballester o La carreta, años
despúes, de René Marqués, exploran aspectos de una ruralía desvirtuada, de
una clase de hacendados destituida de sus atributos, de un mundo
sencillamente moribundo. El criollismo que giró en torno al jíbaro de la
altura, le atribuyó esa estrecha vinculación con la tierra que tuvo el
indio latinoamericano, según Mariátegui. Pero el pesimismo no deja escapar
la oportunidad de denunciar la presencia perturbadora de los bárbaros que
se apoderan de la tierra y del sistema capitalista que los proletiza. No
existe en nuestra literatura un drama que exprese mejor ni con mayor
altura estética la expulsión del paraíso, la enajenación de la tierra
prometida, que Los soles truncos de René Marqués, escrita
años más tarde. Así también, tardíamente, Abelardo Díaz Alfaro constituirá
en su cuento "El josco", un toro padrote de nación, pero sustituido por un
toro norteamericano y sometido a yugo, un símbolo irredimible de una
existencia atribulada, desesperada, y sin redención.
Esa visión grave que otras veces se concretiza en la expresión que
alude al puertorriqueño aplatanado, y dócil, se opuso a la arenga
insurgente y heroica que el Partido Nacionalista predicaba a partir de la
década del treinta en la voz de Pedro Albizu Campos. A pesar de sus
rémoras y limitaciones, el nacionalismo albizuista logró poner en jaque al
régimen norteamericano. Los documentos entonces secretos, ponen en
evidencia que Albizu fue una especie de archienemigo de Edgar Hoover, el
siniestro jefe por décadas, intocable, del FBI. La estrategia para
neutralizarlo fue la legalización de la represión política a través de una
ley que se conoció como Ley de la mordaza, cuya invocación se utilizó para
encarcelar repetidamente a Albizu Campos y a todo el liderato de ese
Partido por más de 20 años. Mientras, se inició la práctica del carpeteo
que articuló una unidad llamada de inteligencia levantándole un expediente
secreto a todo independentista o amigo o simpatizante de independentista,
y acosándolos de manera abierta en su lugar de trabajo y en su vecindario,
fabricando casos y recurriendo, incluso en el asesinato. Con los
comunistas y sus simpatizantes fueron, naturalmente, de una"inteligencia"
más furibunda. El carpeteo hizo crisis en los años 80, cuando la
investigación de los asesinatos de dos jóvenes independentistas en el
Cerro Maravilla descubrió la perversidad y el alcance de una práctica
gubernamental totalmente inconstitucional que se extendió -dentro del
gobierno local, porque en el federal continua- por más de 50 años. En la
investigación de este caso, posible gracias a que uno de los dos partidos
principales dominaba el poder ejecutivo mientras el otro controlaba el
poder legislativo, se llegó a involucrar en la planificación, ejecución y
encubrimiento de estos asesinatos a autoridades federales y a la persona
misma del gobernador Carlos Romero Barceló.
Una de las repercusiones más extraordinarias que tuvo esta represión
sistemática ocurrió con el caso inaudito de Francisco Matos Paoli. Poeta
desde la década del treinta, la represión hace presa de sus pocos años
cuando se le acusa de cinco delitos: cinco distintos discursos de un poeta
de la patria. En la cárcel su razón delira y se pierde en brumas. Sin
embargo, escribe en las paredes y en pequeñas hojas de papel que sus
familiares logran sacar de la cárcel de manera inadvertida, cantos a
la Luz de los héroes, un Canto nacional a
Borinquen, y más que nada, su incalificable Canto de la
locura, libro en el que la mordaza represora se hace luz de
epifanía. Son los versos con los que abre un libro en el que el amor a Dios y a
la patria corren parejos, mutuamente ungidos, en una apoteósica redención:
Pedro Albizu Campos es el segundo rostro mulato de la independencia de
Puerto Rico.
Juan Antonio Corretjer fue Secretario del Partido Nacionalista. Es otro
de los poetas extraordinarios que se desprenden de este frutecido
nacionalismo albizuista, aunque luego evolucionó hacia el socialismo, e
incluso fundó una liga política. Nadie como Corretjer expresó de manera
más transparente lo que es el amor a la patria y lo que es una vida
dedicada, con sólo una pausa para el amor, a la lucha por la liberación y
a la lucha social de los trabajadores. Su libro Alabanza en la torre
de Ciales contiene uno de sus poemas más conocidos, musicalizado
como muchos otros suyos, titulado "Oubao moin", expresión ésta que en
lengua de los indios caribes nombra a Puerto Rico como "tierra de sangre".
El poema explica cómo la nación fue creada, sin proponérselo, por las
manos que trabajaron la tierra, los caminos, el café y el tabaco, y cómo
luego, lo que es la parte más importante, la patria liberada misma será
una creación irrenunciable del trabajo.
Julia de Burgos, o Julia del Agua, como la llamó amorosamente don Pedro
Mir, también pertenece a esta generación hija del nacionalismo albizuista.
Siguió, en el aspecto doctrinal, una evolución parecida a la de Corretjer,
pero la cifra de su vida es diferente, pues la traspasa la leyenda de un
amor trágico. Conocidísimo es su canto al Río Grande de Loíza, su amante
río-hombre, que termina con aquella referencia a su llanto para su"esclavo
pueblo", pero cargando con las notas de un neorromanticismo más íntimo que
desesperado a lo Neruda, neorromanticismo que aún seduce poderosamente a
autores y lectores.
La búsqueda de nuestra identidad nacional tomó también otros derroteros
de interés cuando Luis Palés Matos apunta en un libro célebre,
llamado Tun tun de pasa y grifería, a la negritud. En
efecto, el carácter afrocaribeño de nuestra cultura nacional señalado por
Palés apuntaba no sólo al rescate del rostro negro de nuestra cultura,
sino también a la necesaria ubicación de nuestra identidad nacional lejos
de los enormes rótulos que apuntaban hacia Occidente y dentro del contexto
geográfico de los pueblos del Caribe. Aguijoneado por la maestría del
verso inigualable de Palés, en Puerto Rico no olvidaríamos su lección aún
cuando se intentase domarla como simple máscara de folclor y carnaval. El
rescate de la raíz negra de nuestra cultura será motivo de numerosas
investigaciones, así como de innumerables elaboraciones
artísticas. Pero la mordaza impuesta al nacionalismo tiene también otra historia:
la creación y fundación del Estado Libre Asociado. Amén del empuje del
nacionalismo, coincidió con la historia de la Segunda Guerra Mundial. Si
la Primera Guerra Mundial nos trajo entre otras consecuencias la
imposición de la ciudadanía de Estados Unidos en 1917, la segunda nos
traerá una constitución editada y rectificada por el Congreso
estadounidense. Con ella vino la elección del puesto de gobernador, aunque
permaneció la autoridad congresional sobre todos los aspectos
fundamentales, y la supremacía inapelable del tribunal federal de San
Juan. Pero la guerra tuvo también la consecuencia de secuestrar gran parte
de nuestras tierras, que pueden ser incautadas para propósitos militares,
como en efecto ocurrió con las islas de Culebra y Vieques, ambas
municipios nuestros. El ELA, proclamado en 1952, tuvo también como
propósito eliminar a Puerto Rico de la lista de territorios a descolonizar
por las Naciones Unidas. Su creación está vinculado a un proceso de
industrialización y de empobrecimiento de la ruralía que se concretó en un
tránsito poblacional descomunal del campo a los arrabales de la capital, y
de la capital al ya nutrido exilio neoyorkino. Con este tránsito
modernizador, recorrido e impugnado en el drama de René Márques La
carreta, se transforma de manera imponderable el país. Es el
cuarto piso en el desarrollo de la nación que mencionaba José Luis
González. Junto con el urbanismo y la lumpenización de las ciudades
veremos aparecer los cuentos para fomentar el turismo (E. S. Belaval) y
una reacción tal vez evasiva de lacrisis de un mundo que se derrumba por
la guerra en el plano mundial y otro que se transforma con toda celeridad
en el plano nacional, que llamamos trascendentalismo porque quema los
inciensos de las eternas esencias metafísicas.
Precisamente González es uno de los iniciadores de una nueva narrativa
que se ubica en la ciudad, con sus personajes y sus miserias. El hilo del
asunto llevará a estos escritores a tratar desde la isla el tema del
exilio en la urbe neoyorkina. Pedro Juan Soto, recopila varias historias
del barrio neoyorkino en el que los puertorriqueños son tratados como
spiks, expresión coloquial despectiva que es también el título de uno de
estos libros de relatos (1957). Soto será también uno de los que primero
novelará la historia del secuestro de Vieques en una novela de 1959 que se
titula Usmaíl, nombre trágico-cómico del protagonista, hijo
de una negra viequense y de un empleado yanqui del servicio postal
US-MAIL. Un realismo muchas veces desesperanzador y existencialista anega
muchas de estas páginas que se detienen en el examen minucioso de las
lacras de la depauperización social, la abulia del lumpen, la anonimia del
arrabal, el alcoholismo, la drogadicción, el abuso contra la mujer y los
niños, el analfabetismo, y la guerra.
Otro de los aspectos más complejos y dramáticos de esa identidad
puertorriqueña que buscamos la constituyen las caras del exilio. Puerto
Rico, como país colonial, tiene una proporción enorme de su población que
vive desterritorializada. Como Estados Unidos es uno de esos países que
rastrea el DNA de la sangre y que exige ser americano viejo, es decir, de
nacimiento, de padres y abuelos y bisabuelos norteamericanos, los
puertorriqueños que pueden reclamar ciudadanía desde 1917 no se sienten
nunca parte de la sociedad norteamericana, y como hablan un español
defectuoso y muestran hábitos diferentes a los isleños, tampoco son
aceptados en el país. La parte neoyorkina será rama segregada de la isleña
por cuanto parte de otras experiencias, recorre la ruta del desconcierto
de una identidad perdida, de la nostalgia, del choque de culturas, del
discrimen social, del encuentro de lazos afines extranacionales, como la
identificación entre latinos, o la identificación tercermundista con
emigrados de otros países colonizados por potencias europeas, o la
identificación de clase proletaria. Además, está la ambivalencia ante el
idioma y la elección en muchos casos del inglés que entienden muy pocos en
la isla y que abre una brecha, acaso irreconciliable, que bifurca la
nación. Esa condición híbrida, mezcla de ser y no ser, genera una agonía
de muy difícil. Algunas historias de la literatura los ignoran o sólo
mencionan algunas figuras más destacadas que ya habían ganado su espacio
en el país. Otros los incluyen como un sector o grupo aparte, de autores
neoyorricans, expresión que no esconde un matiz peyorativo y segregador.
No obstante, siempre habrá que reconocerles la necesidad de aprender, como
Calibán, la lengua del amo si se aspira a decirle en su lengua un día:
"¡Libertad, tirano!".
Pero los años sesenta serán años de cambios radicales en todo el mundo.
Abren con el triunfo de movimientos de liberación nacional, la guerra de
Viet Nam, el triunfo de la Revolución Cubana y la imagen mítica del
cadáver del Che Guevara que sigue triunfando como el Cid. En Puerto Rico,
sacude la muerte de Pedro Albizu Campos y el primer triunfo electoral de
un gobernador anexionista. La poesía de la generación del sesenta se
centrará en el compromiso con la lucha por libertad de Puerto Rico desde
una perspectiva nacionalista-socialista. Este último ingrediente, en
cuanto encuadra según el concepto de la lucha de clases muchos elementos
culturales de manera diferente, dará espacio para intensas polémicas entre
estos poetas con sus mayores. Varios grupos darán respuestas a las
inquietudes generacionales, pero de ellas sobresale el grupo de Guajana,
nombre de su revista. El telurismo de su nombre, que se refiere, como
sabemos, a la flor de la caña de azúcar, disfraza el hecho de que su
vocación nacionalista inicial, a la vez continuidad y ruptura, se dirigirá
por el cauce, según algunos, de un realismo socialista mesiánico, aunque
lo cierto es que este ingrediente es sólo uno, aunque tal vez
protagonista, de un registro amplio y diverso de voces y de temas que
incluyó la ternura armada, evocadora del tiempo, del amor, del dolor y de
la muerte. Entre ellos, Ángela María Dávila, Vicente Rodríguez Nietzsche,
Andrés Castro Ríos, José Manuel Torres Santiago, Wenceslao Serra, Etna
Iris Rivera, Jorge Ruscalleda, Magaly Quiñones y muchos otros.
Por otra parte la novela, se ocupa de denunciar la transculturación y
enajenación que amenaza al país en Emilio Díaz Varcárcel, la naturaleza
colonial del ELA en César Andreu Iglesias, y la destrucción apocalíptica
de Vieques a manos de los nefilim -figuración bíblica de ese mundo hebreo
poblado de seres míticos incomprensibles y horribles- que en Vieques
representan los marinos del Navy norteamericano, en la novela de Carmelo
Rodríguez Torres titulada Veinte siglos después del homicidio.
Pero las lanzas coloradas de la generación del sesenta
nutrieron las vertientes de muchas polémicas que se desarrollarían de
manera diversa y que desmantelarán poco a poco la ideología sesentista.
Algunos llevarán la revolución al plano estético; otros se desplazarán del
plano sociopolítico para realizar reinternaciones por una intimidad que se
siente marginada y desarraigada de valores y propósitos; otros, recurrirán
a refugiarse en una intimidad soledosa y encastillada, vacía en su
desencanto; otros, transitarán a través de una realidad anárquica,
alucinada y esquiza; algunos despertarán a la luz pública sus pasiones
prohibidas homosexuales, y luego la penalidad terrible del sida; otro
grupo corresponderá al rescate de las peculiaridades del sexo femenino
reprimido y darán cuerpo de mujer a su palabra renacida para retar incluso
la obscenidad; otros darán protagonismo, entre la ironía y la parodia, a
la voz popular de la calle, y con ella, la del salsero, la del
desempleado, la del drogadicto, la del exilio. Son las rutas múltiples de
lo que llaman transgresión del canon, que recorren voces maestras como Ana
Lydia Vega, Olga Nolla, Iván Silén, José Luis Vega y Roberto Ramos Perea,
entre tantos otros. José Luis González explica el fenómeno en términos de
lo que llama plebeyización de nuestra literatura que resulta en una
reafirmación cultural de una identidad nacional que hace causa común con
los innumerables rostros de lo popular y que ejemplica magistralmente Juan
Antonio Ramos. Luis Rafael Sánchez se refiere a lo que llama, poética de
lo soez. Contrario a Edgardo Rodríguez Juliá que ha hecho la crónica, todo
oído, de ese mundo que borbotea sin máscaras su carnaval diario, Luis
Rafael Sánchez concreta en La guaracha del Macho Camacho la
parodia grotesca, mezcla de realismo y caricatura de ese mundo colonial
enfermo que Manuel Zeno Gandía metaforizó a fines del siglo XIX, respecto
a la colonia española de Puerto Rico, como una charca. La
charca, novela realista-naturalista, es, como dijimos antes, el
festival putrefacto de las aguas estancadas en el que agoniza eternamente
un jíbaro irredimible. Entonces se habló de Puerto Rico como el cádaver de
una sociedad que no ha nacido. Sánchez le otorga a esa noria donde todo
gira como animal amarrado y no va a ninguna parte, una visión que es
paradigma de nuestra posmodernidad colonial: un tapón, un embotellamiento
del tránsito, un corcho de vino puesto a un culo así enmudecido entre los
gritos ensordecedores de la radio, con la violencia de una violación y de
un asesinato.
En un trabajo de hace pocos años Sánchez enumeró los que a su juicio
son los cinco problemas del escritor puertorriqueño de fin de siglo:
primero, la pesada cruz de la identidad; segundo, la literatura de la
culpa que impone laimperiosidad de tratar el primer punto; tercero, el
problema de los asedios al idioma que complican la manera de abordar el
purismo y las versiones de la calle de nuestra lengua bastarda; cuarto, el
verismo en una realidad borracha y desgarrada; y quinto, la necesidad de
enfrentar la tormenta con humor, burlas y zafia.
Cierto es que en los noventa, y a tono con eso que se ha dado con
llamar posmodernidad, predomina una literatura que reniega de mesianismos
y descree de utopías; una literatura virtualmente inerte o sorda a los
reclamos de la nación y de lo nacional, y dedicada a individualizar la
experiencia, por lo general de tonos asordinados. Algunos de ellos se
identifican con lo que han llamado generación soterrada, otros emergente,
pero siempre automarginada, que busca autodefinirse sin referencia a sus
raíces, pues las han desvirtuado como mero imaginario, metarrelato,
virtualidad. José Ángel Rosado se refiere en una antología reciente
titulada El rostro y la máscara, a una "suspensión de la
continuidad". A nuestro juicio esta desubicación del tránsito temporal los
define como adanistas, anticipos del nuevo milenio y habitantes de un
mundo que creen nuevo y al que abordan como Descartes con un nuevo cogito
ergo sum, ignorando acaso los muchos supuestos que Renato olvidó
descartar.
Algunos de los defensores de la perspectiva posmoderna en Puerto Rico
han convertido la historia en metáfora y han convertido la lucha por
constituir la nación puertorriqueña en un gato que maúlla a los ángeles
caídos. Para nuestra sorpresa, un grupo divulgó un manifiesto en el cual
proponían lo que llamaron "estadidad radical" bajo el alegato de que la
anexión de Puerto Rico era un hecho irreversible en un mundo globalizado,
y de que la tarea posible entonces era radicalizar esa anexión adelantando
causas sociales como la feminista, la sindical, la racial.
La tesis posmoderna se produjo en un contexto desalentador. Desde los
años sesenta, de las últimas nueve elecciones, cinco de ellas las ganó un
partido político que favorece y plantea como causa primera la búsqueda de
la estadidad. Hoy día ese partido enfrenta una probable desaparición
acechado por acusaciones de la justicia federal de extorsión y hurto de
fondos federales que han identificado a muchas de las más altas figuras
políticas de ese gobierno. Contra esa oleada anexionista, uno de los
baluartes de la resistencia política de los puertorriqueños fue el que
ofreció el mundo de las letras y de la alta cultura. Atrincherados en la
poesía, la narrativa, el ensayo, el teatro, las artes plásticas, la música
sinfónica y la popular, las artes populares en general, la producción
cultural puertorriqueña siempre enarboló la bandera nacional, aún cuando
estuvo prohibida, y rescató de la historia las páginas de orgullo
sepultadas, las figuras históricas como Hostos y Betances, algunas de las
cuales eran más recordadas y honradas en países del extranjero como
República Dominicana, Cuba y Francia, que en el nuestro. Atrincherada o en
la brecha, como dijo uno de nuestros poetas del 98, nuestras artes
identificaron nuestros valores y símbolos nacionales, exploraron las
causas de nuestros desconsuelos, expusieron las lacras del coloniaje,
mantuvieron y recuperaron el ejercicio de un vernáculo que se ha
fortalecido en vez de debilitarse. Por eso la tesis de la "estadidad
radical" amenazaba con tener un efecto demoledor, pues algunos de sus
propulsores eran intelectuales de reputación establecida que habían
medrado en ese lindero de las izquierdas. Algunas de las nuevas voces más
conocidas y mejor establecidas, como Rosario Ferré, incurrieron en la
práctica también "escandolosa" de escribir sus obras en inglés, práctica
que hasta entonces sólo habíamos visto en el sector de los nacidos en
exilio, pues no cumple en Puerto Rico una necesidad de la comunicación.
Hay dos lenguas oficiales, pero más del 80% de la población no domina la
conversación en inglés, el 98% reconoce al español como su vernáculo, y no
hay una sola comunidad que reclame el inglés.
Un cuento de Luis López Nieves publicado en 1983 me viene muy a
propósito de la tesis que estoy por enunciar. Se titula Seva:
historia de la primera invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico
ocurrida en mayo de 1898. El largo título busca la confusión con
un texto de historia. Se publicó por primera vez en la revista cultural de
un periódico de izquierda sin advertir que se trataba de una ficción. El
texto es un collage compuesto por un historiador que dice estar oculto
porque teme por su seguridad. La razón: el haber descubierto que hubo una
invasión norteamericana anterior a la de Guánica, en un pueblo llamado
Seva, donde los puertorriqueños rechazaron y derrotaron a los
norteamericanos. Tras la invasión llevada a cabo meses después por
Guánica, los norteamericanos destruyeron Seva así como borraron toda
referencia documental de su existencia. Muchos lectores no se percataron
inicialmente de que se trataba de una ficción, y como ocurrió con la
célebre trasmisión de Orson Wells sobre la invasión de los marcianos, el
texto causó en muchos una impresión de impacto por significar la
certificación anhelada de un heroísmo retroactivo.
Los asombrosos hechos de Vieques no sólo han desmentido la tesis
posmoderna de la virtual anexión de Puerto Rico y la pintura despectiva
que hizo del nacionalismo puertorriqueño: resultan ser también, de cierta
manera, una realización de la heroica hazaña que ficcionalizó López Nieves
en Seva.
Digamos de entrada que a todo el mundo sorprendió el intenso y
virtualmente unánime consenso que en Puerto Rico generó la muerte de David
Sanes. Se trataba de un desconocido guardia de seguridad viequense muerto
por una bomba errática lanzada por un avión durante una sesión de práctica
de la Marina de Guerra Norteamericana. La Marina de Guerra venía
utilizando a Vieques -antes también utilizaba a otra isla municipio de la
misma zona- para sus prácticas de bombardeo desde el aire y desde el mar,
así como prácticas de desembarco, desde la Segunda Guerra Mundial. Por más
de sesenta años habían echado sobre Vieques toda clases de materiales
bélicos, detonantes, incendiarios, radiactivos incluso, sobre tierra y en
la atmósfera, con absoluta impunidad. Las agresiones a la población civil,
la estrangulación de la economía severamente limitada, la contaminación
auspiciada a alarmantes índices de mortalidad infantil, cáncer,
hipertensión, envenenamiento con plomo, mercurio y otros metales, habían
caído en los oídos sordos de la población de la isla grande y del gobierno
estatal. De vez en vez pequeños davises enfrentaban a Goliat: pescadores
en lanchas de muy pocos metros interrumpían las prácticas de portaviones y
acorazados. Nunca, en la historia política de Puerto Rico, todas las
organizaciones políticas habían coincidido en la determinación de parar
las prácticas militares. El gobernador anexionista Pedro Rosselló nombró
una comisión de espectro amplio, en la que participaron todos los sectores
políticos así como religiosos y sociales, y tras atender las vistas
públicas y examinar la prueba presentada, de forma unánime recomendaron al
gobernador el cese inmediato de las prácticas. Al gobernador hizo del
informe y de sus recomendaciones la política pública oficial. Nunca en la
historia política de Puerto Rico se han hecho manifestaciones más masivas
y contundentes, ni nunca se han producido resultados electorales tan
definitivos. El fenómeno que se ha producido desborda el organigrama
partidista, pues la verdadera fuerza gestora la ejercen los poderes
civiles. Acaso por eso, esa fuerza gestora no ha podido ser neutralizada
por laMarina de Guerra, que tiene sus mecanismos ocultos para controlar
los partidos políticos principales. Por primera vez en nuestra historia,
esa nación dividida que es Puerto Rico -casi cuatro millones de almas en
la isla y cerca de otros dos en el exilio- ha unido las fuerzas de la
banda de allá, la del exilio, con la de acá. En Nueva York y otros estados
del este, así como en Chicago, se han escenificado innumerables protestas,
y los líderes puertorriqueños de la otra banda, tres de los cuales son
congresistas y otros ejecutivos en alcaldías, endosan unánimemente la
desobediencia civil. La nación puertorriqueña se aglutina como quiso
Hostos hace más de cien años y, como lo anticipó Hostos, sólo unido tiene
finalmente el país la fuerza de imponerse sobre su destino.
Aunque más tarde que temprano un sector del anexionismo encontró
oportunidad de abandonar el barco, lo cierto es que la unión absoluta del
pueblo de Puerto Rico logró detener las prácticas y paralizó por más de un
año al gobierno federal. Cuando se reactivaron las prácticas detrás de
unas directrices promulgadas por el presidente Clinton que permitían las
prácticas por tiempo limitado y sólo con municiones inertes, directrices
que además llamaban a realizar una consulta al pueblo de Vieques sobre la
continuación de las prácticas a cambio de unos cuantos millones de
dólares, la desobediencia civil masiva, la incursión en la zona prohibida
de centenares de desobedientes civiles, obligó al gobierno a utilizar sin
disfraz toda su fuerza bruta. Esta situación que se ha mantenido desde
entonces, ha forzado al presidente Bush a cancelar la consulta, pero
anunciando el retiro definitivo de la Marina de Guerra en mayo del 2003.
Algunos analistas sostienen que la Marina de Guerra Norteamericana actúa a
favor de la colonia sólo por mantener sus bases navales. De verse
obligados a abandonarlas, ¿desistirán de mantener la colonia de Puerto
Rico?
Una última reflexión. La globalización es un fenómeno vasto imbricado también con la
reducción de la diversidad y de las opciones, la extinción de especies en
el mundo natural, así como de lenguas y culturas en elmundo social. Se
afirma que la posmodernidad es también, entre otras cosas, la época
poscolonial, pero tras escuchar una sola edición de CNN, todo parece
broma. Saramago observó no hace mucho tiempo cómo en este proceso se
desarrollaba, a partir de un punto de vista único, globalizado, el
pensamiento cero.
Si el problema de la identidad es siempre un problema de sujetos, y si
hemos aprendido que los sujetos no pueden ser concebidos aisladamente,
sino dentro de una red de relaciones sociales, historicoculturales y
materiales, entonces el planteamiento del problema nos mueve a indagar con
quiénes compartimos el espacio, los esfuerzos, la cooperación y los
dolores. Es un asunto de afinidades y empatía, de punto de anclaje y de
orientación en la rosa de los vientos del porvenir. La identidad que
buscamos no puede ser la de la élite cultural latinoamericana, sino la de
nuestros pueblos. Esa fue la gran lección de Pablo Neruda que no quiero ni
puedo olvidar. Pero hablar de la identidad de nuestros pueblos es volver
al conflictivo y complejo entramado de nuestras naciones que pugnan y
pujan, con ardiente paciencia, por un porvenir menos estrecho y más
promisorio. Hablar de porvenir con los ojos conmovidos ante la visión de
una utopía desesperadamente urgente, que se llama a cacerolazos, con
paros, fuego, pancartas y pedradas en Buenos Aires, lo mismo que en Quito,
Santiago y San Juan, es colocarnos en trincheras de lucha, asumir bando,
reflejar el rostro elegido. Es, en fin, una elección de la solidaridad.
En el Primer Encuentro de Escritores Latinoamericanos de Asunción, en
1994, vi irrumpir, literalmente, en el salón de actividades solemnes, a un
personaje que encarnaba la voz de la pobreza y la marginación, y
protestaba contra la discriminación y la persecución. En Corrientes,
Argentina, vi cómo las actividades de las Segundas Jornadas Sobre
Educación, Literatura y Comunicación, se desarrollaron en medio de las
plazas ocupadas por los desempleados y los empobrecidos. En Granada,
España, el Congreso de Comunicación Social de la Ciencia parecía
desentenderse de los gitanos afuera. En San Felipe y La Ligua, Chile,
1997, una muchedumbre de adultos y adolescentes estudiantes buscaban
desesperadamente su propia voz. En mi San Juan de Puerto Rico, centenares
de deambulantes, violentados por un sistema excluyente que le huye a la
solidaridad, han regresado por una limosna de misericordia.
¿Cómo podemos atar, de manera tan imbricada que cobre pleno sentido,
todo esto con esa isla de Vieques que el poeta llamó con insondable
ternura nuestra Isla Nena? Corretjer, el Secretario del Partido
Nacionalista cuando lo presidió Pedro Albizu Campos, escribió hace décadas
este hermoso poema que tituló "Día antes":
"Jugábamos a recrear este mundo. Yo, por lo pronto, me coloco el rostro de un pescador de Vieques
llamado Taso Zenón. Un pescador que conoce las causas de su hambre y de
sus miserias y que, es lo importante, hoy milita heroicamente, nuevamente
encarcelado, para vencerlas. Repito aquí, ya para terminar, lo que decimos
día a día en Puerto Rico, preñado de ese sol hostosiano del mundo moral:
¡Vieques, sí; Marina, no!
Muchas gracias.
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