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Mitos, nación y militarismo: la literatura menor y el 1898*

Mario R. Cancel
Universidad de Puerto Rico

“¡ay, Dios mío, sí, la memoria del asco es mayor
que la memoria de la ternura!”
Milan Kundera,
El libro de la risa y el olvido, (1978)

“-Ser escritor no es saberlo.”
Marguerite Duras, Emily L., (1988)

La guerra que todos soñamos

Ficcionalizar el momento de la invasión del 1898 plantea una serie de problemas al ordenador de ficciones. La producción literaria implica inevitablemente una toma de posición en torno a un proceso que, como el del 1898, ha sido sacralizado en el conjunto de la historia. En ese sentido significa introducirse en un terreno movedizo, en un debate peligroso y comprometerse con la invención de modelos que no siempre se ajustan a la lógica que se pretende homenajear. El lenguaje y la traición, me parece, son elementos que van de la mano: dicen y dejan de decir involuntariamente el movimiento de una época. Si, como ha sostenido la crítica posmoderna, el discurso del historiador debe ser leído “como si fuera literatura”1, y las fronteras entre un campo y otro no muestran las simas que se pretendió establecer entre ellas, entonces una relectura de la literatura de la invasión se hace forzosa. La historia, como la literatura, no sería sino otra forma de la metáfora, otra invención de algo que se “ama” y que el ser humano asocia a las diversas manifestaciones del tiempo. Sería, en consecuencia, una forma de la pasión por todo lo que ese elemento llamado tiempo implica en la vida humana vista como un conjunto.

En mi caso de lo que se trata, en primer lugar, es de ubicar esa literatura. Dónde va a comenzar y dónde va a terminar mi definición de lo literario y de lo histórico si ya he decidido de antemano borrar al máximo los bordes entre una cosa y otra. La pregunta que yo me voy a hacer es sencilla. ¿Cómo es posible que un fenómeno que ha sido convertido en uno de los mojones del gran relato de la historia nacional, haya sido tan poco y tan peculiarmente tratado en la literatura de ficción tradicional puertorriqueña?2 Lo cierto es que en ese territorio, la llamada Guerra Hispano-Cubano-Americana muestra una bibliografía muy pobre. Buena parte de ella apenas se conoce y no pasaría de la mera curiosidad literaria. La mirada que se echa al 1898 como un fenómeno bélico es esquiva, y cuando se tratan los aspectos militares de aquel trance, se hace de la forma vacilante que algunos analistas descubren en el carácter de Hostos y en el del pueblo puertorriqueño en general3. El mito de la “pequeña guerra espléndida”, en cierto modo, ha ocupado las mentalidades insulares de manera definitiva. En esencia, difícilmente podría considerarse a aquélla como una literatura imprescindible para la definición del canon literario puertorriqueño. Del mismo modo, la literatura de ficción que gira alrededor del 98 tampoco podría considerarse imprescindible para la definición del canon de lo propiamente nacional. Lo curioso es que cuando el 1898 ha sido tomado literariamente por las que considero las más atrevidas vanguardias, pienso en La llegada (crónica con ficción) (1980) de José Luis González, y Seva: historia de la primera invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico ocurrida en mayo de 1898 (1984) de Luis López Nieves, la actitud inicial fue la del escándalo por todo lo que ello significó en términos de una ruptura inesperada no sólo con los modelos tradicionales de historiar, sino con los modelos tradicionales de ficcionalizar la historia. El acostumbrado pudor de la liturgia de las letras había sido violado por aquellos textos a pesar de que, como demostraré más adelante, la versión de González ya podía leerse en algunos trabajos tardíos de la Generación del 30.

La idea de la guerra que persistió en buena parte de la literatura anterior al 1980 fue en resumen una muy opaca que, en gran medida, minimizó aquella eventualidad tan significativa en la historia colectiva del país. No se concluye lo mismo cuando se mira la bibliografía histórica del 1898. Desde 1922 la reinvención de ese momento en el discurso de los historiadores tiene su propia fisonomía y su propio sentido. Es cierto que la concepción de una ocupación ordenada y civil del territorio se apropió de los espacios, modos y estilos que la imagen de una guerra real hubiese podido ocupar. Dicha conceptualización se transformó en pieza clave de la definición de la cultura nacional puertorriqueña en el tiempo, definición en la cual el “sesgo” del 1898 y el advenimiento de una genérica “modernidad”, bien o mal entendida, se transformaron en sinónimos. Evidentemente se podría, y así se ha hecho recientemente, interpretar el acceso a esa modernidad desde diversos puntos de referencia. El discurso modernizador adoptó múltiples formas en la vida diaria del pueblo puertorriqueño después de 1898, formas que se sintetizaron desde la aspiración a las comodidades que ofrecía la civilización capitalista industrial, hasta el disfrute de un sistema de derecho capaz de garantizar el ejercicio de la magia liberadora.4

De hecho, cuando se revisa una muestra de la prensa de tiempos de guerra a través de las páginas de El Boletín Mercantil, La Democracia, El País, La Gaceta, El Liberal, publicaciones que representaban la multiplicidad de voces en las que la opinión de los sectores privilegiados estaban divididos al momento de la confrontación, las convergencias del lenguaje son sorprendentes. Todos coincidieron en la forjación de una imagen equívoca y confusa de los Estados Unidos. Pero también estuvieron de acuerdo en la necesidad de fortalecer unos lazos emocionales con España y recrear la vieja imagen de la España heroica, poderosa e invencible que sólo cabía en la mente enferma de un militar enajenado o en la de un soldado que pensase que honor y machetes eran recursos suficientes para hundir el “Gloucester”.5 Esa aparentemente extraña campaña le sugiere al lector cuán débiles podían estar esos lazos entre la colonia y la metrópoli a pesar de las imágenes triunfales del 1892, 1893 y 1897.

Naturalmente, una cosa fue la propaganda guerrerista de la prensa antes y durante la guerra, y otra la voz de esa misma prensa tras la entrega del poder a los Estados Unidos. La necesidad de “acomodarse” sabiamente a una realidad política y económica inevitable, demostró la fragilidad del lenguaje del viejo hispanismo de los tradicionales sectores de poder. Pero de paso también puso en tela de juicio la sinceridad de los sorprendentes compromisos con la nueva soberanía que parecían brotar como por arte de magia de los sectores políticamente organizados. Las elites locales, que antes de la intervención americana eran pro-españoles confesos, terminaron pronto del lado de los vencedores disfrutando de los mismos privilegios que les había garantizado el antiguo régimen. Sobre ese asunto he trabajado personalmente en la zona oeste y mi única sorpresa fue lo quebradiza y frágil que podía ser una fidelidad nacional ante la presencia de un nuevo poder.

A pesar de ello, para algunos observadores de la Generación del 30, el estado de guerra fue el elemento impulsor de una soñada “unidad” entre España y Puerto Rico, espíritu que cruzaría las fronteras del cambio de siglo hasta trasformarse en la hispanofilia característica del canon cultural puertorriqueño.6 La tesis de Miguel Meléndez Muñoz es clara en cuanto a esto. La unidad que él observa tiene un carácter bien definido. El jíbaro, que es su conceptualización de lo nacional, actuó “como colaborador”, “al lado de sus hermanos peninsulares” en ese ámbito.7 La esperanza y la confianza en el triunfo de España en la coyuntura de la guerra contra los Estados Unidos parecía clara.8 El papel del jíbaro fue el de un cómplice de la hispanidad retrógrada que más tarde muchos dibujarían. La lectura de Meléndez Muñoz del momento del 1898, no refleja otra cosa sino el proyecto político de su generación.

La idea de un pueblo americano distanciado de la práctica de la guerra, sin tradición militar, aparece en esta literatura reiteradas veces. El mismo Meléndez Muñoz, en su interesante relato del Dr. X, “sospechoso de radicalismo” por su formación estadounidense, pone a aquél a afirmar sin que le quede un átomo de duda “que el pueblo americano no es militarista”, “no tiene tradición guerrera”, “es muy laborioso y emprendedor”.9 Incapaz de ver el expansionismo como un ejercicio de fuerza el Dr. X. argumenta públicamente en la tertulia, como traducción de la esperanza modernizadora, contra un símbolo del poder tradicional, el Padre Miguel Fretó. Aquel Dr. X, tan genérico como la modernidad de la que se hacía portavoz, no parece haber sido sino el mismo Guachinanguez en el que Rosendo Matienzo Cintrón había convertido a José Celso Barbosa.10 El aliento arielista, proyecto típicamente treintista, estructura el planteamiento de Meléndez también en este caso. En síntesis, la imagen de los Estados Unidos antes y durante la guerra, aparece signada por la confusión y el caos, antes que nada. El soldado, me parece, era España porque la guerra se entendía dentro de la tradición que ella había canonizado. La guerra moderna, no era sino la parodia de la guerra verdadera, aquella en la que el honor y el poder todavía se jugaban a la vez.

A la larga la eventualidad de la guerra no fue otra cosa que una invitación a la interpretación de lo nacional desde una óptica que tenía que ser forzosamente nueva. De hecho, cualquier lectura detenida de los intérpretes de lo nacional de la primera generación que se enfrentó a la nueva soberanía hacia 1910, con las herramientas que le ofrecían los modernismos hispanoamericanistas, los romanticismos tardíos y las vanguardias renovadoras; de la generación de 1930, la que se impuso la tarea de responder la pregunta del origen del ser insular desde una perspectiva moderna y ordenada; y la del 1950, que creyó concretarlas en la liturgia de las tres razas abiertas a lo nuevo del siglo XX; traducen un protagonismo de lo hispano que para muchos es todavía el único elemento que mantiene a la cultura nacional anclada en la convicción de que es “otra” y “distinta”. No sólo traducen el protagonismo de lo hispano. El artista, el académico, el hombre de letras, es el responsable de la suprema definición. No tiene que preguntarse si es o no el traductor de las masas, o ni siquiera si preocupa a las masas verdaderamente el asunto de definirse.

El “sesgo” del 1898, construido sobre la imagen de la nostalgia por un pasado perdido o el de un doloroso cambio, sobrevivió desde la Crónica de la Guerra Hispanoamericana (1922),11 aun antes; hasta buena parte de la historiografía del protestatario 1960 y del cuestionador y cientificista 1970. En este marco de referencia, la utopía era el pasado, pero el pasado empezaba antes de 1898. La metáfora de “la vuelta al conuco”, arma tan bien elaborada por Meléndez Muñoz en sus textos,12 tenía sus costosas implicaciones. El conuco era la mitológica pequeña propiedad, único mecanismo social capaz de oponerse al poderoso capital extranjero en su proceso de acaparamiento de tierras, y único mito capaz de unir a un pueblo ansioso de tierra. La cantada modernización tenía sus múltiples rostros. Agredía una naturaleza, un estilo de ser que daba sentido vital a un pueblo. Para Meléndez Muñoz la proletarización (la pérdida del conuco) y el obrerismo (la organización sindical) eran enemigos del jíbaro (del espíritu nacional).13 Pero naturalmente ambos fenómenos sociales eran productos de “sesgo” del 1898 primero que nada y, a la larga también se convertían en enemigos de su proyecto político.

En el plano teórico el “pasado idílico” sólo podía existir después de la invasión del 1898. El hispanismo que algunos resaltaron del momento de la guerra no parece haber sido más que un gesto vacío en un momento de confusión. El hispanofilismo que fue madurando después de la invasión hasta convertirse en el cimiento ético de la resistencia a la agresión cultural de los Estados Unidos, no parece haber sido sino la única opción capaz de sintetizar el “idilio” preinvasión. A fin de cuentas, los nacionalismos y los populismos del 1930 y del 1940, pudieron ufanarse de ese origen ideológico común. La fuerza que estaba detrás de todo ese proceso como indicadora de caminos era una: la noción de la historia como maestra, es decir, la noción moderna de la historia como séquito alrededor del cual se ordena el caos de los hechos.

Lo cierto es que, bien mirada la situación, la vida del hombre y la mujer comunes antes y después del 1898, muestra lamentables paralelos de miseria y opresión hasta muy entrado el siglo XX que nadie puede tampoco pasar por alto. Lo que quiero decir es que en la vida cotidiana, una bandera arriada y otra puesta, un acto heroico de Illescas en Coamo o de Cervera en altamar; o un Eduardo Lugo Viñas al frente de los “Porto Rican Scouts” tienen un significado distinto que en el tablero del historiador y en del poeta.

El discurso y la traición

Si las gentes hablaran a través del discurso de sus intelectuales, de las elites o sus líderes, el problema de la reinterpretación del 1898 se podría resolver por medio de una simple revisión crítica de la literatura, la escritura y el discurso que ha sido canonizado como el que sintetiza la nación puertorriqueña. El asunto tal vez podría limitarse a revisar el complejo juego metafórico generacional que construyeron aquellas elites para expresar sus avenencias y desavenencias, que fueron múltiples y significativas, con las circunstancias nuevas del siglo XX.

La interpretación que un sector de las elites le dio a Puerto Rico quizá pueda ser dramatizada por medio de una simple anécdota. Hacia el mes de enero de 1911, en un gesto simbólico de la actitud de la primera generación de pensadores bajo la soberanía americana, generación que había vivido personalmente el cambio, un pensador marginal como lo fue Rosendo Matienzo Cintrón, resumía lo 37 que pretendo decir. “Mi pasado —decía— me llena de tristeza, mi presente de confusión y mi porvenir me alienta”.14 Todavía Matienzo no se había inventado la utopía del pasado hispánico, del “idilio” pre-invasión típico del hispanofilismo y del nacionalismo treintista. Su utopía estaba en el futuro, al lado de la soñada modernidad americana. La confesión de su estado de confusión era totalmente atípica entre los pensadores de su tiempo. A la altura de 1910, lo que parecía predominar era poseer un programa o un proyecto político bien esbozado. De hecho, poco después también Matienzo se hizo partícipe de aquellas posturas mediante la fundación del Partido de la Independencia. Lo que sucede es que la naturaleza de las continuidades y discontinuidades durante el período inter-siglos facilitó en algunos pensadores la evasión hacia esferas extrañas, a la vez que impidió a la mayoría escuchar las “otras voces” de la nación. Esa podía ser la raíz de su confusión confesa.

Mi intención, en primer lugar, es echar una ojeada a una muestra de esas otras voces, de esa expresión, llámese literatura menor, marginal o no-canónica, a fin de obtener un balance de la diversidad de significados que la misma imprimió no sólo al fenómeno de lo histórico en general, sino al 1898 en particular. En cierto modo, de lo que se trata es de determinar la impresión que “la guerra”, en sus múltiples manifestaciones, pudo dejar en una muestra de la literatura no-canónica puertorriqueña hasta 1950. El concepto “literatura” ha sido utilizado en el sentido más amplio posible dentro de las limitaciones de este trabajo, como toda palabra impresa entendida como una manifestación de los proyectos ideológicos de ciertos sectores sociales. En última instancia, nada le asegura al redactor, al académico o al pensador canónico o mayor, no-canónico, menor o marginal, su condición de voz traductora de la cotidianidad de la gente común. El emisor de la palabra no tiene ninguna garantía de que es un fiel reflejo de la voz de la cotidianidad de las mayorías.

De lo que se trata, en segundo lugar, es de revisar una versión semi-silenciada de la historia insular, un discurso obscurecido a través del tiempo, que quedó atrapado en los laberintos del olvido que son los laberintos en que el investigador encuentra a la gente común y trata de responder a la pregunta de por qué está allí. No se trata, en consecuencia, que me vaya a centrar en la literatura de una clase social como la presuntamente obrera; o en la que la cronología tradicional impuso como literatura de la transición porque maduró alrededor del cambio de siglo. De hecho, mucha de aquella literatura hizo caso omiso al 1898 o simplemente no enfatizó en él tanto como el testimonio o la crónica periodística. Una revisión detallada de la literatura de creación publicada en la prensa sangermeña en particular durante el período de la transición, pienso en revistas como El Abanico, El Eco de las Lomas, La Opinión, El Patriota, El Porvenir, entre otros, jamás se ocupó del problema” del 1898 como tal. Aquella prensa, publicada en un momento crítico del proceso puertorriqueño de modernización, los años 1891 a 1903 que fueron lo de la maduración de la tradición hispánica y los de su ruptura, estaban demasiado embebidos en los proyectos modernizadores que España había esbozado para su única colonia segura en el Caribe. Sus compromisos con el cambio y el progreso se habían traducido a compromisos con España mientras ésta estuvo allí. Del mismo modo, el lenguaje de la literatura que se publicaba en sus páginas respondía más bien a los modelos de un ya anticuado y evasivo romanticismo tardío, mejor aliado que reto dentro de una sociedad cambiante.15

En tercer lugar, debe quedar claro que si se pretende un análisis amplio del asunto según se ha planteado, tampoco se puede encarcelar la literatura en las trampas de los géneros que la tradición ha canonizado. Testimonio, discurso histórico, crónica periodística, literatura de ficción, ensayo interpretativo: todos los géneros accesibles deben ser interrogados, y esa es mi intención, como simples modalidades del discurso del poder. A fin de cuentas, todos ellos pueden ser de utilidad para lo que me propongo. La maldición de las relecturas Una relectura del “Diario...” y de la Crónica de la Guerra Hispanoamericana (1898 / 1922) de Ángel Rivero Méndez16 da la impresión de que el militar pretende no dejarle duda al lector en cuanto a todo el respeto que despertaron las tropas de los Estados Unidos entre los soldados españoles y las columnas volantes puertorriqueñas, especialmente después del bombardeo de San Juan en mayo de 1898 y del desembarco del 25 de julio. El hecho de que el respeto aparezca en esas circunstancias particulares lo ubica muy cerca de las fronteras del miedo. Aquella actitud honorable, respetuosa y cívica, en cierto sentido civilizada, con todo lo que eso significaba en las mentalidades de la época, facilitó el proceso de invasión sin lugar a dudas. Muchos de los pueblos en la ruta de Guánica a Cayey, y de Guánica a Añasco, no mostraron resistencia a los invasores. Por el contrario, según el relato los vítores sustituyeron a la resistencia.

Pero aquella situación no condujo a la total aceptación de los códigos morales, culturales y éticos de los vencedores. Claro que Rivero Méndez estaba hablando del fenómeno de 1898 en 1922, veinticuatro años más tarde, cuando ya la presencia de los Estados Unidos en Puerto Rico era parte de la cotidianidad insular y de su problemática. Y evidentemente hablaba como el militar que había defendido los intereses de España, no como un puertorriqueño consciente de su nacionalidad, según han pretendido algunos críticos. Su afán de protagonismo tampoco es muy meritorio, es simplemente un elemento humanizador del texto.

A nadie debe sorprender, por lo tanto, el lenguaje aparentemente nacionalista, comprometido, esperanzador y confiado que predominó en su texto y en la prensa, fuese autonomista o conservadora entre enero y febrero de 1898. Aquellos meses eran la antesala de la guerra y reinaba la confusión respecto al enemigo que se cernía sobre España. Por eso un vocero es capaz de decir: “La obra del Gobierno será nuestra obra”. Era el periódico El Liberal del 20 de enero. La identificación de aquel foro autonomista con el poder peninsular era total. Para los ideólogos de El Liberal, ellos eran el poder, tal y como insiste el viejo mito de la democracia plural y popular. Pero también tal y como la culminación de un viejo ideal autonomista, la Carta de 1897, parecía garantizar. Por eso el autonomismo insiste en que se “halla pronto al sacrificio”, como quien piensa que la lealtad que se inventa es suficiente garantía para el triunfo que se sueña.17 El lenguaje bélico es el lenguaje de la entrega. Los paralelos entre el lenguaje de aquel hispanismo finisecular y el hispanofilismo treintista deberían ser considerados aparte. Lo cierto es que la concepción del “pasado idílico” se presentía en aquellos discursos.

Del mismo modo, el hecho de que El Boletín Mercantil publicara un artículo titulado “¡Viva España!” el 9 de abril, no debe causar algazara. Ese era uno de los foros de los incondicionales y del gobierno.18 Su lenguaje era el del poder peninsular y su resistencia al cambio les convertía no sólo en los mayores hispanistas sino en lo más notables y persistentes antiyanquis. Los paralelos entre el lenguaje de aquellos sectores autoritarios del hispanismo y el nacionalismo treintista tampoco pueden ser puestos en duda. Pero el que La Democracia del 21 de abril, periódico que era la voz de Luis Muñoz Rivera y de los sagastinos en Puerto Rico, ofreciera “en cada puertorriqueño un soldado” en un documento titulado “Todo por la Patria”, sí resulta patético.19 Resulta patético especialmente cuando al cabo de los años, el historiador, el relector morboso en este caso, está en posición de mirar los caminos múltiples que tomaron los autonomistas después de la invasión del 1898. La vacilación hostosiana, que era la de los puertorriqueños según una autoridad, ya otros la habían visto en todo muñocismo desde 1880. Las traiciones de que he hablado, ya se podían atisbar. La reverencia casi religiosa al heroísmo español, heroísmo también imaginado y construido durante cuatrocientos años de coloniaje, dio contra el muro de una modernidad avasalladora en 1898 para hacer de la lealtad a la nación un juego impredecible. El heroísmo americano se reconstruiría bajo otros criterios muy distintos a los de la tradición hispánica.

Quizá el ejemplo más claro de ello sea la postura recogida por Meléndez Muñoz en su breve trabajo “La estética y la guerra”. Su posición no puede ser más clara. Meléndez Muñoz, un testigo del 1898 citado varias veces en este texto, se atrevió asegurar que “la guerra ha perdido su acento teatral al modernizarse”.20 La modernización había vuelto a aparecer como un enemigo pero la transformación de la idea de la guerra era, en gran medida, responsable de la situación de la isla. “Ya la guerra no es un arte”,21 sostenía desde la cómoda posición del ateneísta. “Soult, Kléber, Massena, Murat...ayer. Hoy...los tipos burgueses-mecánicos del anciano Pétain y de Weygand, el vencido...”.22 La noción de Meléndez Muñoz era clara. En su utopía el soldado anterior al siglo XX, tenía resuelto el dilema de las armas o las letras. La profesionalización del ejercicio de las armas desmereció al soldado, pero debo recordar que eso fue lo que garantizó la derrota definitiva de España ante el ascendente poder estadounidense.

En otro poco conocido texto de Manuel García Cabrera, imaginado alrededor de los años 1914 a 1918, el autor se enfrenta de manera tradicional al problema de la modernización y la muerte de un modelo vital. Su frontera es el “sesgo” del 1898. Digo de manera tradicional porque produce el texto al modo cervantino, mediante la técnica del “manuscrito hallado”, y por la constante evocación a un pasado y a un espíritu que aspira reconstruir. La idealización del soldado, recreado éste sobre el concepto que Meléndez Muñoz hubiese llamado la guerra de “acento teatral” o la guerra articulada como un “arte”, le sirve de cimiento en el relato “Literatura de la Primera Guerra Mundial. Memorias de Juan de Ávila”.23 Ávila es un soldado con los rasgos de uno del siglo XIX para el cual aventura, amor y honor fueron las mayores guías vitales. Esos mismos principios, y la emulación del heroísmo español, le llevaron a luchar al lado de los franceses ante el avance de Hindenburg. Los matices que Meléndez Muñoz y García Cabrera imponen a sus argumentos, no dejan lugar a dudas en un elemento: el soldado era España. La modernidad no era capaz de producir aquel tipo de mito.

Esa capacidad de vacilar

Culturalmente, los textos traducen múltiples vacilaciones pero también múltiples acuerdos, conclusiones que parecen irreversibles. Inventar un don Pancho Ibero para enfrentarlo al Tío Samuel, era avenirse a un juego de opuestos que nada garantizaba en última instancia.24 Pancho Ibero era el gesto de una América en la cual el rudo Pancho era lo americano, y el suave Ibero el signo del origen.25  Los fundamentos del arielismo se estaban insinuando en los textos no-canónicos desde tan temprano como el 1911. Para muchos fue la única manera de enfrentar el “sesgo” del 1898.

¿Por qué se vacila? Lo que sucedió fue que el 1898 forzó a las elites a negociar un arreglo con aquel nuevo poder. Naturalmente, en el arreglo las elites no estaban dispuestas a perder un ápice de sus privilegios seculares. Eso, me parece, ha quedado plenamente demostrado en toda una serie de investigaciones recientes que se han visto precisadas a ordenar las continuidades del poder en el período inter-siglos.26 Por ejemplo, aceptar una fórmula de americanización no pareció, a la larga, problemático para los sectores de poder en la colonia. El asunto era el contenido de dicho proceso de americanización y los espacios que esa americanización dejara a la preservación de ciertas expresiones distintivas. Aceptar la americanización no tenía que significar, necesariamente, dejar de ser un puertorriqueño. No tenía que significar eso porque la americanización no era otra cosa que la “modernización material” de un país que en aquel momento se entendió como víctima del atraso más atroz. La definición que ellos le daban a aquel fenómeno se circunscribía a los cambios materiales, al progreso económico, a la modernización y al progreso que Estados Unidos significaba para Puerto Rico, El Caribe y el mundo, y eso nadie iba a rechazarlo en

1898. Aquel “progreso” era uno de los preceptos consagrados en el lenguaje de la política y la economía de la época lo mismo entre conservadores que entre liberales, llámense ortodoxos, puros o liberales. “Progreso” y “orden” iba de la mano en el discurso del poder. La verdadera apostasía hubiese sido no ser un amigo de estos principios en el siglo del “progreso”.

Para el ya citado M. García Cabrera, el libro y la palabra impresa fueron a la larga los forjadores de una opinión y de una resistencia pero también fueron claves en el proceso hacia el progreso que vivió la nación durante el siglo XX. El libro fue también la traducción del tempo de una época que él sólo podía ver en la Generación del 30. La librería, tan asociada al libro, no dejaba de ser sin embargo una experiencia eminentemente urbana, forjadora y producto del mundo de la urbe.27 Pero el libro también era España y su reflejo. El “idilio del pasado” era imposible de ocultar tras leer una frase del texto del editor. Cuando hablaba de la Librería Sanjurjo Vidal, ubicada en la calle San José, entre la San Francisco y Fortaleza, Bernardino su dueño aparece en una mecedora de bejuco. “El interior de la librería —enfatiza— era bastante obscuro”.28 García Cabrera fue concluyente cuando dijo: “la inmensa mayoría de los libros eran españoles”.29 Su boceto de la ciudad del libro no deja lugar a dudas de que hacia 1910, cuando aquella primera generación de observadores tomaba conciencia de la presencia estadounidense en Puerto Rico, el mito de la España culta se iba fortaleciendo en ciertos sectores. La importancia que el autor, empresario del libro, le dio a la labor de Cristóbal y Romualdo Real en El Heraldo Español, la tipografía Real Hermanos y, después de 1910 en la revista Puerto Rico Ilustrado, evidencia lo que acabo de decir.30

Del mismo modo, la conclusión de una investigación reciente sobre el casino español de San Juan es clara. Más allá del relevo imperial que muchos habían imaginado “el 1898 más bien implicó que en las salas del Casino Español se produjera un ajuste político y cultural ante las nuevas realidades coloniales”.31 Retener la ciudadanía española, lazos económicos, culturales y familiares con la península y velar por el buen nombre de España32 les permitió en gran medida sobrevivir ante la agresiva actitud de los Estados Unidos durante los primeros años después de la guerra. La cuestión era sobrevivir y cuando fue necesario abandonar proyectos que podían parecer radicales, como era el de fundar una colonia española en Puerto Rico, se abandonaron.

Lo que parecía difícil negociar era aquel proyecto de asimilación material, y la asimilación cultural a los Estados Unidos que muchos veían como procesos inseparables. Para estos sectores aquellas dos caras de la americanización tenían que ser impuestas. Dos de los autores más evidentemente comprometidos con este tipo de proyecto fueron Paul G. Miller, el historiador, y Juan B. Huyke, el pedagogo y el polígrafo. Miller y Huyke coincidieron en la construcción, en las décadas del 1920 y el 1930, de una literatura de fines pedagógicos y edificantes que la tradición canónica ha despachado, a veces, con suma facilidad por su trasfondo abiertamente americanizador y asimilista. Aunque ellos no son el único ejemplo disponible, pienso en “El jíbaro americano” de Pablo Morales Otero, por ejemplo,33 la ansiedad de mediar entre el invasor y el invadido a veces restó credibilidad a estos otros autores. Además sería muy difícil hallar en Miller o Huyke una visión tan aterradora de algunos aspectos de la modernidad como aquella de Morales cuando dice: “el camión invade nuestros caminos y a su ritmo metálico la vida se acelera, haciendo dura la brega y más fugaz la existencia”.34 El planteamiento de Morales Otero se parece más al balance conservador que aspiraba Blanco en los años 50 que al afán de cambio total y a la confianza en la modernidad de Huyke y Miller.

Pero esos compromisos totalizadores, evidentes en la vida política de ambos, no impidieron su convivencia ideológica con la idea del jíbaro y del campo que ya había sido tomada como la mejor traducción de lo nacional por sus coetáneos. Los textos “Morse” (1925) y “Lincoln, padre” (1925), pensados desde Puerto Rico al lado de “Hostos” (1925) por Huyke; o un “Cuento de Santa Claus” (1925) del mismo autor, verdadera antítesis del “Santa Cló va a la Cuchilla” de Abelardo Díaz Alfaro, son elementos que hablan de una ideología más compleja de lo que se han inventado las polarizaciones simplistas.35 La intención de los textos resulta obvia. De lo que se trataba era de hacer partícipes a sus lectores insulares del pasado heroico de los Estados Unidos esencialmente.

Por lo regular, siempre que aquella literatura miró el 1898, se cuidó de correr dentro de unos márgenes bien precisos. No podía salvar de ninguna manera el carácter militar de un fenómeno que incluso era difícil catalogar de “invasión” porque ello hubiera representado una apostasía. El soldado, el español de la resistencia, el machetero de las patrullas volantes de insulares, e incluso el tiznao o sedicioso sobrevive en la invisibilidad. Esa invisibilidad secular desembocó a la larga en los ya tediosos debates en torno a los probables compromisos de José Maldonado “Águila Blanca”, convirtiendo en manía comprometerlo con lo que el historiador está comprometido.

Cuando pienso en el 1898 tal y en la manera en que se vierte en el contexto de lo que llamo literatura menor o no-canónica me sorprenden ciertas tendencias que hablan del impacto del pueblo americano sobre un Puerto Rico profundamente hispanizado en el sentido que ese concepto podía tener a fines del siglo XIX. La hispanofilia es un asunto posterior al 1898 porque antes de ese momento Puerto Rico era España. Si una voz como la de Ángel Rivero Méndez, testigo, actor y puertorriqueño, había hecho todos los esfuerzos por destacar el carácter bélico, castrense y militar de aquel proceso desde una perspectiva española, las tendencias de otras voces eran totalmente distintas. Claro que a Rivero Méndez le iba el honor en el relato y ese no era el caso de muchas de las otras voces. Para Rivero Méndez, Voluntario e incondicional antes de 1898, la necesidad de salvar el honor y el valor de sus soldados estaba por encima de todo. La guerra como tal tenía que ser salvada para que él se salvara con ella como soldado. Todas las invenciones de la Crónica... son, en gran medida, comprensibles.

Miguel Meléndez Muñoz se enfrentó al problema del soldado del 1898 de manera original. Por una parte se abrazó a la imagen del cínico mito de los “soldados desconocidos, los héroes anónimos de todas las guerras y de todos los tiempos”,36 mito que transforma la invisibilidad en genio. En la medida en que dentro de su discurso el jíbaro era la síntesis de lo nacional, salvar al desconocido y al invisible era salvar al jíbaro. Era una manera de justificar su invisibilidad pero ese es otro asunto. Aquel heroísmo estaba obviamente modelado en los moldes del hispanismo del fin de siglo y de la hispanofilia treintista. En cierto modo se trataba de un héroe civil forzado por la historia a vivir la experiencia del militar.37 De lo que se trataba era de garantizar la idea de que el pasado heroico de la España de los conquistadores era el de los puertorriqueños. Entre Huyke y Miller y Meléndez Muñoz, las diferencias son de tonalidades solamente.

Esa no fue la forma en que vieron el proceso otros testigos de la época. Luis Sánchez Morales, miembro del gabinete autonómico como subsecretario de hacienda y autor de centenares de artículos y relatos muestra de la cual puede consultarse en el tomo De antes y de ahora (1936), tiende a trivializar el episodio bélico hasta transformarlo en una parodia de sí mismo.38 La teoría del “desembarco pacífico” ante “la invasión violenta” encuentra en estas versiones y narrativas un fuerte cimiento. El relato testimonial “El sombrero militar”, curiosamente firmado el 4 de julio de 1933, es en gran medida el mejor ejemplo de ello.39 El honor de la milicia española es burlado cuando el sombrero, que debe representar la dignidad militar le queda grande a un soldado recién inventado para una guerra grande. El soldado es Sánchez Morales. La imagen de siglos de una España grandiosa estaba rota.

El único héroe salvable para Sánchez Morales es el Capitán Frutos López, de Coamo, personaje de quien “el espíritu de Don Quijote se posesionó” pero “todo tirando a Sancho”.40 Otra vez las minucias de Pancho Ibero aparecen. La vulgaridad del Pancho de Matienzo Cintrón y la de Sancho de Sánchez Morales son paralelas. El escritor no parecía recordar la actitud de Sancho ante el Quijote cansado en su lecho de muerte cuando le decía: “No se muera vuesa merced señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida, es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía”.41 La paradoja es obvia: de lo que se trata es de definir un héroe indeciso o fronterizo entre arieles.

Lo que quiero decir es que el Quijote vencido puede ser una mejor síntesis de la España del 1898 que un Sancho dispuesto al sacrificio por el amo, malinterpretado por la academia del 1930. León Felipe Camino Galicia, el zamorano y uno de los poetas más extraños de su tiempo, supo figurarlo de ese modo en su apacible texto “Vencidos”.42 Sólo pudo hacerlo adoptando la postura de Sancho al filo de la muerte del Quijote. Los versos “hazme un sitio en tu montura, / caballero derrotado” o “ponme a la grupa contigo, / caballero del honor”,43 muestran la actitud sanchesca de aceptar la derrota pero adoptar la locura como una forma del nihilismo.

Ahora cuando se lee la literatura puertorriqueña y se divisan los textos de lo que sí fue una guerra, de lo que parece tratarse es de una impertinente tendencia a dictar una imagen que Rivero Méndez, con cierta tonalidad cervantina y caballeresca, llamaba “desigual lucha”, según un texto de 1933; o “desigual batalla”, según otro de 1923. La derrota de España, estaba escrita en el libro de la vida. Toda forma de resistencia era una resistencia a la manera de un Quijote tal mal entendido como su Sancho. La actitud quijotesca, para este tipo de testigo, era la del soldado que se sabía de antemano derrotado y aún así se enfrentaba a su Sansón Carrasco.

La parodia se transformó en el mayor artificio de aquellos que no pudieron hablar de la guerra del 1898 de otra manera. La escritura paródica del heroísmo es evidente en el texto “El bombardeo” de Luis Sánchez Morales, firmado el 9 de julio de 1933, relato en el cual el único personaje que se salva por su valor al continuar remando en medio de un chubasco de balas que no explotan, es el mulato Naguabo. Este mulato precisamente es el que no recibe el reconocimiento oficial del poder español.44 La España decadente, se sugiere, es incapaz de reconocer al verdadero héroe. Debo recordar que el Sánchez Morales que habla ha reevaluado su imagen de España y ha aceptado buena parte de los valores de los Estados Unidos. Es parte de una interesante generación de amigos de aquel país que sueña a España y la vuelve a crear.

Meléndez Muñoz adoptó una posición parecida en la construcción de Chula y Agapita en su citado texto del 1898 en Cayey. Chula, “trascuerda” o ramera en su juventud, “acabada reumática (...) vieja como una ruina yente y viniente”, acechaba a los viejos clientes en las cercanías del Casino donde se entretenían “manipulando la enciclopedia de las 40 páginas (naipe)”.45 La imagen de la España decadente parece evidente en el texto. Dos de los adjetivos favoritos de Meléndez Muñoz para hablar de España fueron “pobre y agotada”.46

Agapita, Brazo de Bronce, no sólo resulta ser una alusión a otra de las ficciones mayores de la historia del siglo XIX: la de Mariana Bracetti, prisionera durante la Insurrección de 1868 por revolucionaria, no por costurera. Agapita aparece en el texto con fuertes rasgos palesianos: “era un specimen mulatoide excepcional”, dice.47 Es la atracción del macho la que fija la imagen de esta mujer. La atracción instintivamente se fija en la talla exagerada, el rostro y sus tonalidades, el cabello y sus atisbos de mulatería, el tórax y sus senos pequeños y duros, la grupa. Lo nacional y lo étnico se han sintetizado en Agapita para darle al lector una imagen de lo que el autor pensaba que era el país. Agapita era el país mulato ciertamente mirado desde la posición, repito, del ateneísta occidentalizado. Pero también Simplicio, el machetero vencido, era el país después del 1898. 48 Esa capacidad de lamentarse de su propia condición que desarrollaron los escritores de la Generación del 30 es verdaderamente sorprendente.

Meléndez Muñoz convirtió el 1898 de Cayey en una comedia interesante. Los apuntes específicos de la guerra nunca dejaron de ser una broma. El concepto “héroe a la fuerza” que inventó para hablar de aquellos militares puertorriqueños es suficiente argumento para imaginar su posición.49 Él no sabe si el machetero se lanzaba contra el americano por su voluntad o si era porque el caballo se le desbocaba. El juego de adjetivos en cuanto al héroe es contradictorio y siembra un semillero de dudas en tomo a su naturaleza. “Aquellos valientes y maltratados soldaditos” —el diminutivo sugería incapacidades y falta de disciplina— desertaba por causas que él consideró minucias: el amor de paso.50 Los amantes de guerra del folclor no compaginaban con el patriotismo hispanista soñado.

La derrota de las fuerzas españolas es parodiada por Meléndez Muñoz de manera evidente en el relato del reencuentro de Simplicio y Guadalupe después de la guerra. Ante la versión del abandono de las posiciones españolas Guadalupe pregunta si los macheteros no hacían más que huir, huir, huir. Simplicio, herido en su orgullo le aseguró que “nosotros no juíamos. Díbamos de re-ti-ra-da. Reculando, reculando pa tomal pasesiones...”.51 El circo humano llega a su cenit con la venta de preseas de guerra a los americanos. Cada uniforme o sombrero español se remataba a los turistas o a los soldados por una buena cantidad. Pero era mejor pagado si estaba manchado de sangre: “con sangre de gallina...de puerco, de cualquier animal”.52 La ilusión de la guerra vendía.

Es evidente, y esto me parece clave para entender el 1898 de la literatura menor o no-canónica, que en la misma medida en que se desmerecía el carácter bélico del episodio había una acusada tendencia a folclorizar cada vez más un fenómeno de obvia trascendencia universal. Justificarlo no ha resultado difícil para muchos hombres y mujeres de letras. Amparados en la búsqueda de los héroes anónimos de la historia chica, también se pueden traicionar muchas cosas. Por eso a veces la literatura del ya comentado Sánchez Morales pareció para los constructores del canon un dardo dirigido a desviar la atención de las llamadas “realidades históricas”.

Esa trivialización del fenómeno es evidente en el lenguaje de otra testigo: Olivia Paoli Vda. de Braschi. A Olivia Paoli el 1898 le sirvió para tipificar las “pequeñas libertades” que habían representado los supuestos logros del Partido Autonomista Puertorriqueño en

1897. Establecer un cuadro comparativo ventajoso para los americanos no resultaba difícil desde su punto de vista. Después de todo ella era teósofa vinculada al espiritismo y el panorama de ambas escuelas de pensamiento en el pasado hispánico no fueron muy halagadoras.53 El paternalismo del americano aparece reflejado como espejo, también opaco, en el fantasioso maternalismo de Olivia quien terminó llamando a los invasores de Ponce “My American boys”. Tolerancia, respeto y miedo ante el “otro” aparecen en extraño entretejido en el discurso de esta curiosa y especial mujer.54

Las versiones revisadas y otras como, por ejemplo, las de Roberto H. Todd o Bernardo Vega, inventan un 1898 cimentado sobre el criterio del evento crucial y el personaje que se constituye en el eje central y protagónico de un momento. La historia aparece como una construcción dramática ideada casi por una mente inteligente. Se trata de un procedimiento literario que invita a la reiteración y a la construcción de patrones en donde historia y ficción no están nada distantes.55 La vuelta sobre el bombardeo de San Juan de mayo de 1898 y la utilización del mismo como un punto de contacto clave entre el león hispano y el águila yanki, los símbolos de los dos poderes, se hace evidente en Todd y Sánchez Morales. El mismo Todd, junto a José Julio Henna, pretende constituirse en el “negociador” y el “intermediario” entre americanos y puertorriqueños.

Desde mi punto de vista, lo único que queda claro en todo esto es que una cosa era Mateo Fajardo, el hacendado arraigado en el valle de San Germán, y otra muy distinta el conspirador exiliado Roberto H. Todd. Fajardo provenía de una poderosa familia de hacendados, estaba emparentado por sangre con toda una serie de conspiradores que desaparecieron físicamente del suelo puertorriqueño disueltos en un exilio que pudo significar muchas cosas. Militó él mismo al lado de los separatistas. Era de formación hispana y terminó siendo el guía de los estadounidenses cuando tomaron el Valle de Hormigueros. El elemento en común entre Todd y Fajardo es que ambos se comprometieron con el anexionismo desde antes de la llegada de los americanos como tantos migrantes y exiliados puertorriqueños en Nueva York, Nueva Jersey, Boston y Filadelfia desde la década de 1860.

Por último, la tradición literaria de los años cincuenta, tan poco investigada en su ámbito menor o no-canónico, muestra unas tendencias que voy a apuntar someramente por lo curioso de las mismas. En la muestra, fundamentalmente textos del centro-oeste del país, se tiende a re-inventar un heroísmo que se reconoce el 1898 ha perdido desde la perspectiva de Puerto Rico y de España. Por eso es importante la lectura de La muerte anduvo por el Guasio (1960) de Luis Hernández Aquino.56 En este caso, debo aclarar, no se trata de un literato menor ni estrictamente del cincuenta pero sí de una obra lastimosamente olvidada por la historia literaria tradicional. La “muerte” significa muchas cosas pero sobre todo es “resistencia” a la múltiple agresión del otro. La reinvención del mito de Diego de Salcedo se diafaniza en este texto de uno de los mejores indigenistas del país.

El deseo de reconstruir un pasado heroico se radica también en personajes como Frutos, no el Frutos López de la resistencia de Coamo, sino el camarero de “La Mallorquina” que presenció el bombardeo de San Juan y vivió para contárselo a José Arnaldo Meyners, periodista.57 Otra vez el folclor marca pautas interesantes. El heroísmo de Frutos es su condición de testigo y su capacidad de recordar el cambio de siglo desde adentro del siglo que cambia. La nostalgia por un “pasado idílico” no abandona a este Frutos, como tampoco abandona la versión novelada de la invasión de Ernesto Juan Fonfrías en Raíz y espiga (1970). Fonfrías se duele y explica a través del texto. Pero ya su versión se ha ajustado al mundo social del 1950 y, aunque él es un autor marginal, su obra no representa un reto real al proyecto que se urde desde el poder que es el proyecto cultural del populismo.58 Por el contrario, es una suma de posturas que, radicales dentro del discurso nacionalista, aparecen como domésticas miradas dentro de la mirada populista.

El hecho de que los episodios se desarrollen en una hacienda de café llamada “La esperanza”, la evidente identificación del mundo del café con el autonomismo de 1897, la idea del cafetal como refugio ante el mundo nuevo, el moderno, la concepción de la hacienda de café como “la casa” y no la empresa, todo ello está acorde con el discurso populista sobre la cultura puertorriqueña durante el siglo XX.59 El mismo patrón ocupa la extensa novela de Arturo Córdova Landrón, Ilusión y aventura de Aquiles Zurita, en donde las conexiones del héroe y benévolo señor, con la montaña como signo y el populismo muñocista resultan obvias. La sociedad señorial como alternativa tiene en este texto que mira a la invasión y que fue terminado de redactar hacia 1951, un papel protagónico evidente.60

De la vacilación a la propuesta

La mirada a la muestra de literatura no-canónica me obliga a elaborar, al menos, una propuesta en torno a esta expresión urdida de manera tan peculiar. Es evidente que, durante el período intersiglos, la conciencia insular evolucionó del más acendrado hispanismo a un americanismo soso de la manera más sorprendente. El “acomodo”, fuese este social, económico, político o cultural, se convirtió en regla; y la “supervivencia” en el fin último de la mayoría de las pretendidas voces del pueblo. La identificación del americanismo con la modernidad fue el mayor aliciente para cambio tan aparentemente drástico.

Pero aquel americanismo estuvo cargado de significados. Había quienes le circunscribían a la materialidad de la colonia y eran capaces de tolerar una americanización que no afectara las costumbres. Pienso en la voz mayor de Manuel Fernández Juncos y su compromiso con la conservación de lo que él creía era una cultura nacional en el cambio de siglo. Pero también hubo otros que pretendieron reconstruir la conciencia cultural del colonizado sobre el modelo de la asimilación total.

Esta literatura que, en gran medida, fue producto de testigos inmediatos o mediatos de la guerra, adoptó una postura poco convencional sobre un evento de profundo significado mundial. El 1898 es, en cierto modo, la medida de la caída definitiva de un imperio y del nacimiento de otro. Dentro de la historia del occidente cultural podría decirse que el siglo XX comienza allí. En Puerto Rico desmerecer el carácter bélico, minimizar la condición de conflicto armado internacional, parodiar incluso la guerra hasta convertirla en una caricatura de sí misma o en un hecho folclórico, acercó la idea del 1898 a la concepción de la “invasión cívica” de algunos historiadores e intérpretes.

El cuestionamiento de ciertos mitos, los que habían alimentado el hispanismo floreciente de 1892 a 1897, no significó la desaparición definitiva de los mismos. Desde tan temprano como el año 1908, la hispanofilia germinal manifiesta en el Pancho Ibero de R. Matienzo Cintrón se vigorizaba con la recordación de Juan Ponce de León, entre otros relatos. El tiempo de gloria del americanismo fue breve, pero ello no significó la pérdida del poder sobre el territorio. Allí radica, me temo, la mejor muestra de la vacilación ideológica tan característica del discurso político y cultural de la elite intelectual y su periferia.

La reiteración de la parodia en las versiones del 1930 al 1950 ratifica lo antes dicho y abre puertas para un análisis novedoso de las relaciones generaciones del segundo tercio del siglo. El estudio sugiere filiaciones y parentescos obvios entre las gentes vinculadas al momento del 1930 y los forjadores del momento del populismo. 53 Después de todo ambas, en su afán de “acomodo”, necesitaban una versión ligera y aceptable de la guerra que justificase la presencia de los Estados Unidos en la isla. Y ambas necesitaban la construcción de un “pasado idílico” útil al lenguaje cultural de ambos momentos. De este modo, el mito mayor de la modernidad política, la nación, podía ser sustituido por un modelo de laboratorio lo suficientemente doméstico como para ser tolerado por ellos y por nosotros.

FIN

Bibliografía

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Notas

1. Véase a R. Acevedo, “Como si fuera literatura,” A.L. Vega, F. Picó, J.G. Gelpí, M. R. Cancel, Historia y literatura San Juan: Postdata, 1995: 13; S. Álvarez Curbelo, “La caricia de la historia”, Historia y literatura 17 quien ve en la historia otra generadora de textos; S. Álvarez Curbelo, “Invadiendo el ‘98” ; A. Gaztambide Géigel y S. Álvarez Curbelo, Historias vivas: Historiografía puertorriqueña contemporánea (San Juan: Asociación Puertorriqueña de Historiadores/Postdata, 1996): 226-30
2. Piénsese en el carácter fundacional de la literatura y el análisis de la Generación del 30. Dos ensayos muy reveladores sobre el reto al amojonamiento tradicional de ese relato son el de A. Díaz-Quiñones, “Tomás Blanco: La reinvención de la tradición”, Op. Cit. Boletín del Centro de Investigaciones Históricas 4 (1988-1989): 147-83; J. Gelpí, “Otro modo de lectura (Respuesta a un artículo sobre las crónicas de Rodríguez Juliá)”; I. Rivera Nieves, C. Gil, eds. Polifonía salvaje. Ensayos de cultura y política en la postmodernidad. (San Juan: Postdata / Universidad de Puerto Rico Decanato de Estudios Graduados e Investigación, 1995): 222-36. La conceptualización de un 98 visto como un “sesgo violento”, y la reformulación de continuidades inter-siglo de todo tipo, puede verse en M. de los A. Castro Arroyo, “El 98 incesante: su persistencia en la memoria histórica puertorriqueña”, 1898: Enfoques y perspectivas (San Juan: Academia Puertorriqueña de la Historia, 1997): 17-41. Una visión paralela en la literatura es obvia en M. Rodríguez Castro, “El ‘98: los arcos de la memoria”; S. Álvarez Curbelo, M.F. Gallart y C.I. Raifucci, eds.. Los arcos de la memoria. El ‘98 de los pueblos puertorriqueños (San Juan: Oficina del Presidente de la Universidad de Puerto Rico / Comité del Centenario de 1898 / Asociación Puertorriqueña de Historiadores / Postdata, 1998): 305-37. Sobre la bibliografía literaria del 1898 véase C. Rosario Natal, El 1898 puertorriqueño en la historiografía -Ensayo y bibliografía crítica- (San Juan: Academia Puertorriqueña de la Historia, 1997): 59. Contiene un registro de “temas diversos” que incluye alguna de la literatura escrita sobre el tema.
3 Véase a R. Rosa, “Comentarios,” Op. Cit. Revista del Centro de Investigaciones Históricas 9 (1997): 263 supervivencia; para los puertorriqueños es eso...”
4. Véase sobre la situación de Mayagüez a M.R. Cancel, “Mayagüez 1898: La ciudad y los manejos del poder”, en S. Álvarez Curbelo, et al., Los arcos de la memoria... 39-55. Sobre el impacto civilizador de la magia consúltese M.R. Cancel, “Teosofía y modernización: el caso de Olivia Paoli de Braschi,” M.R. Cancel, comp., Historia y género. Vidas y relatos de mujeres en el Caribe (San Juan: Asociación Puertorriqueña de Historiadores / Postdata, 1997): 43-58.
5. Una muestra de lo que pretendo decir puede consultarse en R.B. Bothwell y L. Cruz Monclova, Los documentos... ¿qué dicen? (Río Piedras: Editorial Universitaria, 1974) : 362-8, 540-1, 543-4, 583-4, entre otros. El discurso guerrerista le dio a la colonia lo que un poderoso sector había siempre aspirado: la ilusión de la unidad o la asimilación con España que tanto asimilistas como autonomistas en cierto modo reclamaban.
6. Véase a M. Meléndez Muñoz, “Capítulo X. 1868- El jíbaro insurrecto. 1887- El jíbaro componteado y 1898- El jíbaro, guerrillero, primero...y sedicioso después. El jíbaro en el siglo XX” Obras completas de Miguel Meléndez Muñoz. Volumen III (Barcelona: Ediciones Rumbos, 1963): 596.
7. M. Meléndez Muñoz, Obras completas de Miguel Meléndez Muñoz. Volumen III; 592
8. M. Meléndez Muñoz, Cayey en el drama del cambio de soberanía (Año 1898) Obras completas de Miguel Meléndez Muñoz, Volumen III; 130.
9. Ibíd., 131.
10 R. Matienzo Cintrón, “Un gobierno militar, naval y tal [ms]” L.M. Díaz Soler. Rosendo Matienzo Cintrón. Recopilación de su obra escrita. Tomo II (Río Piedras: Instituto de Literatura Puertorriqueña, 1960): 58.
11 Una buena síntesis de este texto con información biográfica de A. Rivero Méndez puede encontrarse en M. de los A. Castro Arroyo, “¿A qué pelear si los de Madrid no quieren? Una versión criolla del 98 en Puerto Rico”, Revista de Indias 57. 211 (1997): 657-94.
12 M. Meléndez Muñoz, “La vuelta al conuco. Sobre esto y aquello...”, Obras completas de Miguel Meléndez Muñoz. Volumen III; 171.
13 M. Meléndez Muñoz, Obras completas de Miguel Meléndez Muñoz. Volumen III 170 y del mismo autor “La realidad del jíbaro. Sobre esto y aquello...”, Obras completas de Miguel Meléndez Muñoz. Volumen III; 157.
14 R. Matienzo Cintrón, “El tío Sam y Pancho Ibero” [ms] L.M. Díaz Soler, Rosendo Matienzo Cintrón... Tomo II 285. El tío Sam y Pancho Ibero son síntesis nacionales que el autor espera ver darse la mano en un proceso de colaboración y aprendizaje mutuo. Los visajes de la dialéctica arielista son patentes.
15 Una muestra de la literatura local de San Germán del momento entre siglos puede ser consultada en el Archivo Histórico Municipal de San Germán, Colección de periódicos. En la referida muestra predomina el espíritu localista y la prensa no ha perdido aún el carácter de “hoja de anuncios” que le convertía en un documento aceptable dentro de un ordenamiento autoritario.
16 A. Rivero Méndez, Crónica de la guerra hispanoamericana (Nueva York: Plus Ultra Educational Publishers, Inc., 1973). La primera edición es de 1922.
17 R.B. Bothwell y L. Cruz Monclova, Los documentos... 363.
18 Ibíd., 536-7.
19 Ibíd., 540-1.
20 M. Meléndez Muñoz, "La estética y la guerra. Sobre esto y aquello...", Obras Completas... Volumen III; 244.
21 Ibíd., 245.
22 Ibíd., 246.
23 M. García Cabrera, Estudios (San Juan: Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1987) : 43-9. García Cabrera fue el fundador de Biblioteca de Autores Puertorriqueños, una de las colecciones más significativas en la tradición del libro insular después del cambio de soberanía. Su colección se transformó, al cabo de los años, en el espejo de la generación del treinta y sus herederos.
24 Véase además del ya citado supra “El tío Sam y Pancho Ibero” al mismo R. Matienzo Cintrón, “Pancho Ibero” Rosendo Matienzo Cintrón... Tomo II 283-4. Pancho es un invento alrededor de la obra de Benito Pérez Galdós y muestra grandes paralelo con el “Avila” de M. García Cabrera y con el soldado de M. Meléndez Muñoz, síntesis de las armas y las letras. En el caso de R. Matienzo Cintrón, las armas son substituidas por el trabajo. El pacifismo del espiritista le impedía rendir culto al soldado en cualquiera de sus manifestaciones.
25 Rosendo Matienzo Cintrón..., Tomo II; 283.
26 Una buena muestra de lecturas recientes sobre el 1898 dentro de esa línea de análisis puede descubrirse en el tomo editado por L.E. González Vales, ed., 1898: Enfoques y perspectivas; S. Álvarez Curbelo, et als., Los arcos de la memoria...
27 M. García Cabrera, “Las librerías de San Juan a principios de siglo,” Folios (San Juan: Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1984, 2da. Ed.) 1-3. La librería era un fenómeno más abierto que la mera tienda de libros. Entre los materiales sin clasificar el Archivo Tió de San Germán he notado incluso como tiendas por departamento como “La favorita” suplían libros de diversos temas a buen precio a sus clientes.
28 M. García Cabrera, Folios 5.
29 M. García Cabrera, Folios 1.
30 M. García Cabrera, Folios 13. El mismo interés puede verse en M. García Cabrera, “El libro puertorriqueño” Folios 46. En este ensayo, en último caso, la tesis es filiar la industria del libro con el populismo muñocista y asegurar su papel protagónico en el proceso.
31 J.M. Pérez Rivera, “El antiguo Casino Español de San Juan tras la crisis de 1898”, S. Álvarez Curbelo, et als., Los arcos de la memoria... 261.
32 M. Pérez Rivera, “El antiguo Casino Español de San Juan tras la crisis de 1898”, S. Álvarez Curbelo, et als., Los arcos de la memoria... 263, 266.
33 P. Morales Otero, “El jíbaro americano,” Nuestros problemas (San Juan: Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1943): 27-38. La lectura de Morales Otero obedece a los mismos parámetros de Blanco y Pedreira a quienes cita. Contiene elementos de la crítica a la proletarización de Meléndez Muñoz y aspira a un puertorriqueño en el que lo americano sea parte constituyente.
34 P. Morales Otero, “El jíbaro americano”, Nuestros problemas 37.
35 J.B. Huyke, Páginas escogidas (Boston: D.C. Heath y Compañía, 1925). Los textos están según el orden citado en las siguientes páginas, “Morse”, 49-59, “Lincoln, padre,” 73-8, “Cuento de Santa Claus,” 10-7. La presencia de Hostos parece estar dirigida a recoger al prócer cívico por excelencia, el más cercano a la imagen del maestro tolerante que educa esencialmente sin alterar dramáticamente un orden.
36 M. Meléndez Muñoz, Cayey en el drama del cambio de soberanía (Año 1898); Obras Completas... Vol III; 135-136.
37 Ibíd., 135-136.
38 Véase por ejemplo a L. Sánchez Morales, “El bombardeo” De antes y de ahora (Madrid: Centro Editorial Rubén Darío, 1936): 459-71, texto en cual la confrontación se transforma en juego.
39 El relato puede consultarse L. Sánchez Morales, “El bombardeo”, De antes y de ahora 453-58.
40 L. Sánchez Morales, “El Capitán Frutos”, De antes y de ahora 476.
41 M. de Cervantes, El Quijote. Lectura de Camilo José Cela (Alicante: Ediciones Rembrandt, S.A., c. 1981) 287. Ese fue el discurso del soldado quijotizado por el afecto al amo. Los debates en torno a los límites entre la cordura y la locura, y el quijotismo y el sanchismo quedan rotos cuando se llega a este discurso del escudero.
42 Véase L. Felipe, “Vencidos”, Antología rota, 2da ed. (Buenos Aires: Editorial Losada, S.A., 1965): 19-20. El texto es de 1920 y pertenece a la colección “Versos y oraciones del caminante”, El poeta sugiere que la España del siglo nuevo es la nación errante que algunos, llamándolo “nave al garete,” apropiaron como rasgo clave del Puerto Rico del siglo XX.
43. L. Felipe, “Vencidos”, Antología rota 20.
44. L. Sánchez Morales, “El bombardeo” De antes y de ahora 464-466.
45 M. Meléndez Muñoz, Cayey en el drama..., Obras Completas... Volumen III; 22.
46 Ibíd., 128. El paralelo entre los rasgos de Chula y España no puede pasar inadvertido. Chula busca el de cada día cerca de los poderosos que compartieron con ella un pasado idílico. Ibíd., 123.
47 Ibíd., 124.
48 Ibíd., 143.
49 Ibíd., 136.
50 Ibíd., 137-138.
51 Ibíd., 144.
52 Ibíd., 146.
53 L. Torres-Braschi, Olivia. Vida de Olivia Paoli Viuda de Braschi (1855-1942) (Barcelona: s.e., 1979): 21. Véase el estudio de M.R. Cancel, “Teosofía y modernización: El Caso de Olivia Paoli Braschi” en M.R. Cancel, comp. Historia y género: Vidas y relatos de mujeres en el Caribe,: L. Torres-Braschi, Olivia. Vida de Olivia Paoli Viuda de Braschi, 43-58.
54 Ibíd., 37-38.
55 Véase R.H. Todd, Estampas coloniales (San Juan: Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1954) .
56 L. Hernández Aquino, La muerte anduvo por el Guasio, 3ra ed. (Santo Domingo: Editora del Caribe, C. por A., 1969).
57 J. A. Meyners, “Frutos: Un documento humano”, Siluetas y ensayos (San Juan:
58 E. J. Fonfrías, “XIII” y “XIV” Raíz y espiga (San Juan: Editorial Club de la Prensa,
59. Ibíd., 218, 227, 243 entre otras.
60 A. Córdova Landrón, Ilusión y aventura de Aquiles Zurita (San Juan: Editorial Librería Editorial Ateneo, 1998).

* Revista Atenea, Facultad de Artes y Ciencias Universidad de Puerto Rico Recinto Universitario de Mayagüez Mayagüez, Puerto Rico, Año XXII 3ª Época Número 1-2, diciembre 2002.

06 Ago 2005

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