|
“¡ay, Dios
mío, sí, la memoria del asco es mayor
que la memoria de la ternura!”
Milan Kundera,
El libro de la risa y el olvido, (1978)
“-Ser
escritor no es saberlo.”
Marguerite Duras, Emily L., (1988) |
La guerra que todos soñamos
Ficcionalizar el momento de la invasión
del 1898 plantea una serie de problemas al ordenador de ficciones.
La producción literaria implica inevitablemente una toma de
posición en torno a un proceso que, como el del 1898, ha sido
sacralizado en el conjunto de la historia. En ese sentido
significa introducirse en un terreno movedizo, en un debate
peligroso y comprometerse con la invención de modelos que no
siempre se ajustan a la lógica que se pretende homenajear. El
lenguaje y la traición, me parece, son elementos que van de la
mano: dicen y dejan de decir involuntariamente el movimiento de
una época. Si, como ha sostenido la crítica posmoderna, el
discurso del historiador debe ser leído “como si fuera literatura”1,
y las fronteras entre un campo y otro no muestran las simas que se
pretendió establecer entre ellas, entonces una relectura de la
literatura de la invasión se hace forzosa. La historia, como la
literatura, no sería sino otra forma de la metáfora, otra
invención de algo que se “ama” y que el ser humano asocia a las
diversas manifestaciones del tiempo. Sería, en consecuencia, una
forma de la pasión por todo lo que ese elemento llamado tiempo
implica en la vida humana vista como un conjunto.
En mi caso de lo que se trata, en primer
lugar, es de ubicar esa literatura. Dónde va a comenzar y dónde va
a terminar mi definición de lo literario y de lo histórico si ya
he decidido de antemano borrar al máximo los bordes entre una cosa
y otra. La pregunta que yo me voy a hacer es sencilla. ¿Cómo es
posible que un fenómeno que ha sido convertido en uno de los
mojones del gran relato de la historia nacional, haya sido tan
poco y tan peculiarmente tratado en la literatura de ficción
tradicional puertorriqueña?2
Lo cierto es que en ese territorio, la llamada Guerra
Hispano-Cubano-Americana muestra una bibliografía muy pobre. Buena
parte de ella apenas se conoce y no pasaría de la mera curiosidad
literaria. La mirada que se echa al 1898 como un fenómeno bélico
es esquiva, y cuando se tratan los aspectos militares de aquel
trance, se hace de la forma vacilante que algunos analistas
descubren en el carácter de Hostos y en el del pueblo
puertorriqueño en general3.
El mito de la “pequeña guerra espléndida”, en cierto modo, ha
ocupado las mentalidades insulares de manera definitiva. En
esencia, difícilmente podría considerarse a aquélla como una
literatura imprescindible para la definición del canon literario
puertorriqueño. Del mismo modo, la literatura de ficción que gira
alrededor del 98 tampoco podría considerarse imprescindible para
la definición del canon de lo propiamente nacional. Lo curioso es
que cuando el 1898 ha sido tomado literariamente por las que
considero las más atrevidas vanguardias, pienso en La llegada
(crónica con ficción) (1980) de José Luis González, y
Seva: historia de la primera
invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico ocurrida en mayo
de 1898 (1984) de
Luis
López Nieves, la actitud inicial fue la del escándalo por todo
lo que ello significó en términos de una ruptura inesperada no
sólo con los modelos tradicionales de historiar, sino con los
modelos tradicionales de ficcionalizar la historia. El
acostumbrado pudor de la liturgia de las letras había sido violado
por aquellos textos a pesar de que, como demostraré más adelante,
la versión de González ya podía leerse en algunos trabajos tardíos
de la Generación del 30.
La idea de la guerra que persistió en
buena parte de la literatura anterior al 1980 fue en resumen una
muy opaca que, en gran medida, minimizó aquella eventualidad tan
significativa en la historia colectiva del país. No se concluye lo
mismo cuando se mira la bibliografía histórica del 1898. Desde
1922 la reinvención de ese momento en el discurso de los
historiadores tiene su propia fisonomía y su propio sentido. Es
cierto que la concepción de una ocupación ordenada y civil del
territorio se apropió de los espacios, modos y estilos que la
imagen de una guerra real hubiese podido ocupar. Dicha
conceptualización se transformó en pieza clave de la definición de
la cultura nacional puertorriqueña en el tiempo, definición en la
cual el “sesgo” del 1898 y el advenimiento de una genérica
“modernidad”, bien o mal entendida, se transformaron en sinónimos.
Evidentemente se podría, y así se ha hecho recientemente,
interpretar el acceso a esa modernidad desde diversos puntos de
referencia. El discurso modernizador adoptó múltiples formas en la
vida diaria del pueblo puertorriqueño después de 1898, formas que
se sintetizaron desde la aspiración a las comodidades que ofrecía
la civilización capitalista industrial, hasta el disfrute de un
sistema de derecho capaz de garantizar el ejercicio de la magia
liberadora.4
De hecho, cuando se revisa una muestra de
la prensa de tiempos de guerra a través de las páginas de El
Boletín Mercantil, La Democracia, El País, La Gaceta, El Liberal,
publicaciones que representaban la multiplicidad de voces en las
que la opinión de los sectores privilegiados estaban divididos al
momento de la confrontación, las convergencias del lenguaje son
sorprendentes. Todos coincidieron en la forjación de una imagen
equívoca y confusa de los Estados Unidos. Pero también estuvieron
de acuerdo en la necesidad de fortalecer unos lazos emocionales
con España y recrear la vieja imagen de la España heroica,
poderosa e invencible que sólo cabía en la mente enferma de un
militar enajenado o en la de un soldado que pensase que honor y
machetes eran recursos suficientes para hundir el “Gloucester”.5
Esa aparentemente extraña campaña le sugiere al lector cuán
débiles podían estar esos lazos entre la colonia y la metrópoli a
pesar de las imágenes triunfales del 1892, 1893 y 1897.
Naturalmente, una cosa fue la propaganda
guerrerista de la prensa antes y durante la guerra, y otra la voz
de esa misma prensa tras la entrega del poder a los Estados
Unidos. La necesidad de “acomodarse” sabiamente a una realidad
política y económica inevitable, demostró la fragilidad del
lenguaje del viejo hispanismo de los tradicionales sectores de
poder. Pero de paso también puso en tela de juicio la sinceridad
de los sorprendentes compromisos con la nueva soberanía que
parecían brotar como por arte de magia de los sectores
políticamente organizados. Las elites locales, que antes de la
intervención americana eran pro-españoles confesos, terminaron
pronto del lado de los vencedores disfrutando de los mismos
privilegios que les había garantizado el antiguo régimen. Sobre
ese asunto he trabajado personalmente en la zona oeste y mi única
sorpresa fue lo quebradiza y frágil que podía ser una fidelidad
nacional ante la presencia de un nuevo poder.
A pesar de ello, para algunos
observadores de la Generación del 30, el estado de guerra fue el
elemento impulsor de una soñada “unidad” entre España y Puerto
Rico, espíritu que cruzaría las fronteras del cambio de siglo
hasta trasformarse en la hispanofilia característica del canon
cultural puertorriqueño.6
La tesis de Miguel Meléndez Muñoz es clara en cuanto a esto. La
unidad que él observa tiene un carácter bien definido. El jíbaro,
que es su conceptualización de lo nacional, actuó “como
colaborador”, “al lado de sus hermanos peninsulares” en ese
ámbito.7
La esperanza y la confianza en el triunfo de España en la
coyuntura de la guerra contra los Estados Unidos parecía clara.8
El papel del jíbaro fue el de un cómplice de la hispanidad
retrógrada que más tarde muchos dibujarían. La lectura de Meléndez
Muñoz del momento del 1898, no refleja otra cosa sino el proyecto
político de su generación.
La idea de un pueblo americano
distanciado de la práctica de la guerra, sin tradición militar,
aparece en esta literatura reiteradas veces. El mismo Meléndez
Muñoz, en su interesante relato del Dr. X, “sospechoso de
radicalismo” por su formación estadounidense, pone a aquél a
afirmar sin que le quede un átomo de duda “que el pueblo americano
no es militarista”, “no tiene tradición guerrera”, “es muy
laborioso y emprendedor”.9
Incapaz de ver el expansionismo como un ejercicio de fuerza el Dr.
X. argumenta públicamente en la tertulia, como traducción de la
esperanza modernizadora, contra un símbolo del poder tradicional,
el Padre Miguel Fretó. Aquel Dr. X, tan genérico como la
modernidad de la que se hacía portavoz, no parece haber sido sino
el mismo Guachinanguez en el que Rosendo Matienzo Cintrón había
convertido a José Celso Barbosa.10
El aliento arielista, proyecto típicamente treintista, estructura
el planteamiento de Meléndez también en este caso. En síntesis, la
imagen de los Estados Unidos antes y durante la guerra, aparece
signada por la confusión y el caos, antes que nada. El soldado, me
parece, era España porque la guerra se entendía dentro de la
tradición que ella había canonizado. La guerra moderna, no era
sino la parodia de la guerra verdadera, aquella en la que el honor
y el poder todavía se jugaban a la vez.
A la larga la eventualidad de la guerra
no fue otra cosa que una invitación a la interpretación de lo
nacional desde una óptica que tenía que ser forzosamente nueva. De
hecho, cualquier lectura detenida de los intérpretes de lo
nacional de la primera generación que se enfrentó a la nueva
soberanía hacia 1910, con las herramientas que le ofrecían los
modernismos hispanoamericanistas, los romanticismos tardíos y las
vanguardias renovadoras; de la generación de 1930, la que se
impuso la tarea de responder la pregunta del origen del ser
insular desde una perspectiva moderna y ordenada; y la del 1950,
que creyó concretarlas en la liturgia de las tres razas abiertas a
lo nuevo del siglo XX; traducen un protagonismo de lo hispano que
para muchos es todavía el único elemento que mantiene a la cultura
nacional anclada en la convicción de que es “otra” y “distinta”.
No sólo traducen el protagonismo de lo hispano. El artista, el
académico, el hombre de letras, es el responsable de la suprema
definición. No tiene que preguntarse si es o no el traductor de
las masas, o ni siquiera si preocupa a las masas verdaderamente el
asunto de definirse.
El “sesgo” del 1898, construido sobre la
imagen de la nostalgia por un pasado perdido o el de un doloroso
cambio, sobrevivió desde la Crónica de la Guerra Hispanoamericana
(1922),11 aun antes; hasta buena
parte de la historiografía del protestatario 1960 y del
cuestionador y cientificista 1970. En este marco de referencia, la
utopía era el pasado, pero el pasado empezaba antes de 1898. La
metáfora de “la vuelta al conuco”, arma tan bien elaborada por
Meléndez Muñoz en sus textos,12
tenía sus costosas implicaciones. El conuco era la mitológica
pequeña propiedad, único mecanismo social capaz de oponerse al
poderoso capital extranjero en su proceso de acaparamiento de
tierras, y único mito capaz de unir a un pueblo ansioso de tierra.
La cantada modernización tenía sus múltiples rostros. Agredía una
naturaleza, un estilo de ser que daba sentido vital a un pueblo.
Para Meléndez Muñoz la proletarización (la pérdida del conuco) y
el obrerismo (la organización sindical) eran enemigos del jíbaro
(del espíritu nacional).13 Pero
naturalmente ambos fenómenos sociales eran productos de “sesgo”
del 1898 primero que nada y, a la larga también se convertían en
enemigos de su proyecto político.
En el plano teórico el “pasado idílico”
sólo podía existir después de la invasión del 1898. El hispanismo
que algunos resaltaron del momento de la guerra no parece haber
sido más que un gesto vacío en un momento de confusión. El
hispanofilismo que fue madurando después de la invasión hasta
convertirse en el cimiento ético de la resistencia a la agresión
cultural de los Estados Unidos, no parece haber sido sino la única
opción capaz de sintetizar el “idilio” preinvasión. A fin de
cuentas, los nacionalismos y los populismos del 1930 y del 1940,
pudieron ufanarse de ese origen ideológico común. La fuerza que
estaba detrás de todo ese proceso como indicadora de caminos era
una: la noción de la historia como maestra, es decir, la noción
moderna de la historia como séquito alrededor del cual se ordena
el caos de los hechos.
Lo cierto es que, bien mirada la
situación, la vida del hombre y la mujer comunes antes y después
del 1898, muestra lamentables paralelos de miseria y opresión
hasta muy entrado el siglo XX que nadie puede tampoco pasar por
alto. Lo que quiero decir es que en la vida cotidiana, una bandera
arriada y otra puesta, un acto heroico de Illescas en Coamo o de
Cervera en altamar; o un Eduardo Lugo Viñas al frente de los
“Porto Rican Scouts” tienen un significado distinto que en el
tablero del historiador y en del poeta.
El discurso y la traición
Si las gentes hablaran a través del
discurso de sus intelectuales, de las elites o sus líderes, el
problema de la reinterpretación del 1898 se podría resolver por
medio de una simple revisión crítica de la literatura, la
escritura y el discurso que ha sido canonizado como el que
sintetiza la nación puertorriqueña. El asunto tal vez podría
limitarse a revisar el complejo juego metafórico generacional que
construyeron aquellas elites para expresar sus avenencias y
desavenencias, que fueron múltiples y significativas, con las
circunstancias nuevas del siglo XX.
La interpretación que un sector de las
elites le dio a Puerto Rico quizá pueda ser dramatizada por medio
de una simple anécdota. Hacia el mes de enero de 1911, en un gesto
simbólico de la actitud de la primera generación de pensadores
bajo la soberanía americana, generación que había vivido
personalmente el cambio, un pensador marginal como lo fue Rosendo
Matienzo Cintrón, resumía lo 37 que pretendo decir. “Mi pasado
—decía— me llena de tristeza, mi presente de confusión y mi
porvenir me alienta”.14 Todavía
Matienzo no se había inventado la utopía del pasado hispánico, del
“idilio” pre-invasión típico del hispanofilismo y del nacionalismo
treintista. Su utopía estaba en el futuro, al lado de la soñada
modernidad americana. La confesión de su estado de confusión era
totalmente atípica entre los pensadores de su tiempo. A la altura
de 1910, lo que parecía predominar era poseer un programa o un
proyecto político bien esbozado. De hecho, poco después también
Matienzo se hizo partícipe de aquellas posturas mediante la
fundación del Partido de la Independencia. Lo que sucede es que la
naturaleza de las continuidades y discontinuidades durante el
período inter-siglos facilitó en algunos pensadores la evasión
hacia esferas extrañas, a la vez que impidió a la mayoría escuchar
las “otras voces” de la nación. Esa podía ser la raíz de su
confusión confesa.
Mi intención, en primer lugar, es echar
una ojeada a una muestra de esas otras voces, de esa expresión,
llámese literatura menor, marginal o no-canónica, a fin de obtener
un balance de la diversidad de significados que la misma imprimió
no sólo al fenómeno de lo histórico en general, sino al 1898 en
particular. En cierto modo, de lo que se trata es de determinar la
impresión que “la guerra”, en sus múltiples manifestaciones, pudo
dejar en una muestra de la literatura no-canónica puertorriqueña
hasta 1950. El concepto “literatura” ha sido utilizado en el
sentido más amplio posible dentro de las limitaciones de este
trabajo, como toda palabra impresa entendida como una
manifestación de los proyectos ideológicos de ciertos sectores
sociales. En última instancia, nada le asegura al redactor, al
académico o al pensador canónico o mayor, no-canónico, menor o
marginal, su condición de voz traductora de la cotidianidad de la
gente común. El emisor de la palabra no tiene ninguna garantía de
que es un fiel reflejo de la voz de la cotidianidad de las
mayorías.
De lo que se trata, en segundo lugar, es
de revisar una versión semi-silenciada de la historia insular, un
discurso obscurecido a través del tiempo, que quedó atrapado en
los laberintos del olvido que son los laberintos en que el
investigador encuentra a la gente común y trata de responder a la
pregunta de por qué está allí. No se trata, en consecuencia, que
me vaya a centrar en la literatura de una clase social como la
presuntamente obrera; o en la que la cronología tradicional impuso
como literatura de la transición porque maduró alrededor del
cambio de siglo. De hecho, mucha de aquella literatura hizo caso
omiso al 1898 o simplemente no enfatizó en él tanto como el
testimonio o la crónica periodística. Una revisión detallada de la
literatura de creación publicada en la prensa sangermeña en
particular durante el período de la transición, pienso en revistas
como El Abanico, El Eco de las Lomas, La Opinión, El Patriota, El
Porvenir, entre otros, jamás se ocupó del problema” del 1898 como
tal. Aquella prensa, publicada en un momento crítico del proceso
puertorriqueño de modernización, los años 1891 a 1903 que fueron
lo de la maduración de la tradición hispánica y los de su ruptura,
estaban demasiado embebidos en los proyectos modernizadores que
España había esbozado para su única colonia segura en el Caribe.
Sus compromisos con el cambio y el progreso se habían traducido a
compromisos con España mientras ésta estuvo allí. Del mismo modo,
el lenguaje de la literatura que se publicaba en sus páginas
respondía más bien a los modelos de un ya anticuado y evasivo
romanticismo tardío, mejor aliado que reto dentro de una sociedad
cambiante.15
En tercer lugar, debe quedar claro que si
se pretende un análisis amplio del asunto según se ha planteado,
tampoco se puede encarcelar la literatura en las trampas de los
géneros que la tradición ha canonizado. Testimonio, discurso
histórico, crónica periodística, literatura de ficción, ensayo
interpretativo: todos los géneros accesibles deben ser
interrogados, y esa es mi intención, como simples modalidades del
discurso del poder. A fin de cuentas, todos ellos pueden ser de
utilidad para lo que me propongo. La maldición de las relecturas
Una relectura del “Diario...” y de la Crónica de la Guerra
Hispanoamericana (1898 / 1922) de Ángel Rivero Méndez16 da la
impresión de que el militar pretende no dejarle duda al lector en
cuanto a todo el respeto que despertaron las tropas de los Estados
Unidos entre los soldados españoles y las columnas volantes
puertorriqueñas, especialmente después del bombardeo de San Juan
en mayo de 1898 y del desembarco del 25 de julio. El hecho de que
el respeto aparezca en esas circunstancias particulares lo ubica
muy cerca de las fronteras del miedo. Aquella actitud honorable,
respetuosa y cívica, en cierto sentido civilizada, con todo lo que
eso significaba en las mentalidades de la época, facilitó el
proceso de invasión sin lugar a dudas. Muchos de los pueblos en la
ruta de Guánica a Cayey, y de Guánica a Añasco, no mostraron
resistencia a los invasores. Por el contrario, según el relato los
vítores sustituyeron a la resistencia.
Pero aquella situación no condujo a la
total aceptación de los códigos morales, culturales y éticos de
los vencedores. Claro que Rivero Méndez estaba hablando del
fenómeno de 1898 en 1922, veinticuatro años más tarde, cuando ya
la presencia de los Estados Unidos en Puerto Rico era parte de la
cotidianidad insular y de su problemática. Y evidentemente hablaba
como el militar que había defendido los intereses de España, no
como un puertorriqueño consciente de su nacionalidad, según han
pretendido algunos críticos. Su afán de protagonismo tampoco es
muy meritorio, es simplemente un elemento humanizador del texto.
A nadie debe sorprender, por lo tanto, el
lenguaje aparentemente nacionalista, comprometido, esperanzador y
confiado que predominó en su texto y en la prensa, fuese
autonomista o conservadora entre enero y febrero de 1898. Aquellos
meses eran la antesala de la guerra y reinaba la confusión
respecto al enemigo que se cernía sobre España. Por eso un vocero
es capaz de decir: “La obra del Gobierno será nuestra obra”. Era
el periódico El Liberal del 20 de enero. La identificación de
aquel foro autonomista con el poder peninsular era total. Para los
ideólogos de El Liberal, ellos eran el poder, tal y como insiste
el viejo mito de la democracia plural y popular. Pero también tal
y como la culminación de un viejo ideal autonomista, la Carta de
1897, parecía garantizar. Por eso el autonomismo insiste en que se
“halla pronto al sacrificio”, como quien piensa que la lealtad que
se inventa es suficiente garantía para el triunfo que se sueña.17
El lenguaje bélico es el lenguaje de la entrega. Los paralelos
entre el lenguaje de aquel hispanismo finisecular y el
hispanofilismo treintista deberían ser considerados aparte. Lo
cierto es que la concepción del “pasado idílico” se presentía en
aquellos discursos.
Del mismo modo, el hecho de que El
Boletín Mercantil publicara un artículo titulado “¡Viva España!”
el 9 de abril, no debe causar algazara. Ese era uno de los foros
de los incondicionales y del gobierno.18 Su lenguaje era el del
poder peninsular y su resistencia al cambio les convertía no sólo
en los mayores hispanistas sino en lo más notables y persistentes
antiyanquis. Los paralelos entre el lenguaje de aquellos sectores
autoritarios del hispanismo y el nacionalismo treintista tampoco
pueden ser puestos en duda. Pero el que La Democracia del 21 de
abril, periódico que era la voz de Luis Muñoz Rivera y de los
sagastinos en Puerto Rico, ofreciera “en cada puertorriqueño un
soldado” en un documento titulado “Todo por la Patria”, sí resulta
patético.19 Resulta patético especialmente cuando al cabo de los
años, el historiador, el relector morboso en este caso, está en
posición de mirar los caminos múltiples que tomaron los
autonomistas después de la invasión del 1898. La vacilación
hostosiana, que era la de los puertorriqueños según una autoridad,
ya otros la habían visto en todo muñocismo desde 1880. Las
traiciones de que he hablado, ya se podían atisbar. La reverencia
casi religiosa al heroísmo español, heroísmo también imaginado y
construido durante cuatrocientos años de coloniaje, dio contra el
muro de una modernidad avasalladora en 1898 para hacer de la
lealtad a la nación un juego impredecible. El heroísmo americano
se reconstruiría bajo otros criterios muy distintos a los de la
tradición hispánica.
Quizá el ejemplo más claro de ello sea la
postura recogida por Meléndez Muñoz en su breve trabajo “La
estética y la guerra”. Su posición no puede ser más clara.
Meléndez Muñoz, un testigo del 1898 citado varias veces en este
texto, se atrevió asegurar que “la guerra ha perdido su acento
teatral al modernizarse”.20 La modernización había vuelto a
aparecer como un enemigo pero la transformación de la idea de la
guerra era, en gran medida, responsable de la situación de la
isla. “Ya la guerra no es un arte”,21 sostenía desde la cómoda
posición del ateneísta. “Soult, Kléber, Massena, Murat...ayer.
Hoy...los tipos burgueses-mecánicos del anciano Pétain y de
Weygand, el vencido...”.22 La noción de Meléndez Muñoz era clara.
En su utopía el soldado anterior al siglo XX, tenía resuelto el
dilema de las armas o las letras. La profesionalización del
ejercicio de las armas desmereció al soldado, pero debo recordar
que eso fue lo que garantizó la derrota definitiva de España ante
el ascendente poder estadounidense.
En otro poco conocido texto de Manuel
García Cabrera, imaginado alrededor de los años 1914 a 1918, el
autor se enfrenta de manera tradicional al problema de la
modernización y la muerte de un modelo vital. Su frontera es el
“sesgo” del 1898. Digo de manera tradicional porque produce el
texto al modo cervantino, mediante la técnica del “manuscrito
hallado”, y por la constante evocación a un pasado y a un espíritu
que aspira reconstruir. La idealización del soldado, recreado éste
sobre el concepto que Meléndez Muñoz hubiese llamado la guerra de
“acento teatral” o la guerra articulada como un “arte”, le sirve
de cimiento en el relato “Literatura de la Primera Guerra Mundial.
Memorias de Juan de Ávila”.23 Ávila es un soldado con los rasgos
de uno del siglo XIX para el cual aventura, amor y honor fueron
las mayores guías vitales. Esos mismos principios, y la emulación
del heroísmo español, le llevaron a luchar al lado de los
franceses ante el avance de Hindenburg. Los matices que Meléndez
Muñoz y García Cabrera imponen a sus argumentos, no dejan lugar a
dudas en un elemento: el soldado era España. La modernidad no era
capaz de producir aquel tipo de mito.
Esa capacidad de vacilar
Culturalmente, los textos traducen
múltiples vacilaciones pero también múltiples acuerdos,
conclusiones que parecen irreversibles. Inventar un don Pancho
Ibero para enfrentarlo al Tío Samuel, era avenirse a un juego de
opuestos que nada garantizaba en última instancia.24 Pancho Ibero
era el gesto de una América en la cual el rudo Pancho era lo
americano, y el suave Ibero el signo del origen.25 Los
fundamentos del arielismo se estaban insinuando en los textos
no-canónicos desde tan temprano como el 1911. Para muchos fue la
única manera de enfrentar el “sesgo” del 1898.
¿Por qué se vacila? Lo que sucedió fue
que el 1898 forzó a las elites a negociar un arreglo con aquel
nuevo poder. Naturalmente, en el arreglo las elites no estaban
dispuestas a perder un ápice de sus privilegios seculares. Eso, me
parece, ha quedado plenamente demostrado en toda una serie de
investigaciones recientes que se han visto precisadas a ordenar
las continuidades del poder en el período inter-siglos.26 Por
ejemplo, aceptar una fórmula de americanización no pareció, a la
larga, problemático para los sectores de poder en la colonia. El
asunto era el contenido de dicho proceso de americanización y los
espacios que esa americanización dejara a la preservación de
ciertas expresiones distintivas. Aceptar la americanización no
tenía que significar, necesariamente, dejar de ser un
puertorriqueño. No tenía que significar eso porque la
americanización no era otra cosa que la “modernización material”
de un país que en aquel momento se entendió como víctima del
atraso más atroz. La definición que ellos le daban a aquel
fenómeno se circunscribía a los cambios materiales, al progreso
económico, a la modernización y al progreso que Estados Unidos
significaba para Puerto Rico, El Caribe y el mundo, y eso nadie
iba a rechazarlo en
1898. Aquel “progreso” era uno de los
preceptos consagrados en el lenguaje de la política y la economía
de la época lo mismo entre conservadores que entre liberales,
llámense ortodoxos, puros o liberales. “Progreso” y “orden” iba de
la mano en el discurso del poder. La verdadera apostasía hubiese
sido no ser un amigo de estos principios en el siglo del
“progreso”.
Para el ya citado M. García Cabrera, el
libro y la palabra impresa fueron a la larga los forjadores de una
opinión y de una resistencia pero también fueron claves en el
proceso hacia el progreso que vivió la nación durante el siglo XX.
El libro fue también la traducción del tempo de una época que él
sólo podía ver en la Generación del 30. La librería, tan asociada
al libro, no dejaba de ser sin embargo una experiencia
eminentemente urbana, forjadora y producto del mundo de la urbe.27
Pero el libro también era España y su reflejo. El “idilio del
pasado” era imposible de ocultar tras leer una frase del texto del
editor. Cuando hablaba de la Librería Sanjurjo Vidal, ubicada en
la calle San José, entre la San Francisco y Fortaleza, Bernardino
su dueño aparece en una mecedora de bejuco. “El interior de la
librería —enfatiza— era bastante obscuro”.28 García Cabrera fue
concluyente cuando dijo: “la inmensa mayoría de los libros eran
españoles”.29 Su boceto de la ciudad del libro no deja lugar a
dudas de que hacia 1910, cuando aquella primera generación de
observadores tomaba conciencia de la presencia estadounidense en
Puerto Rico, el mito de la España culta se iba fortaleciendo en
ciertos sectores. La importancia que el autor, empresario del
libro, le dio a la labor de Cristóbal y Romualdo Real en El
Heraldo Español, la tipografía Real Hermanos y, después de 1910 en
la revista Puerto Rico Ilustrado, evidencia lo que acabo de
decir.30
Del mismo modo, la conclusión de una
investigación reciente sobre el casino español de San Juan es
clara. Más allá del relevo imperial que muchos habían imaginado
“el 1898 más bien implicó que en las salas del Casino Español se
produjera un ajuste político y cultural ante las nuevas realidades
coloniales”.31 Retener la ciudadanía española, lazos económicos,
culturales y familiares con la península y velar por el buen
nombre de España32 les permitió en gran medida sobrevivir ante la
agresiva actitud de los Estados Unidos durante los primeros años
después de la guerra. La cuestión era sobrevivir y cuando fue
necesario abandonar proyectos que podían parecer radicales, como
era el de fundar una colonia española en Puerto Rico, se
abandonaron.
Lo que parecía difícil negociar era aquel
proyecto de asimilación material, y la asimilación cultural a los
Estados Unidos que muchos veían como procesos inseparables. Para
estos sectores aquellas dos caras de la americanización tenían que
ser impuestas. Dos de los autores más evidentemente comprometidos
con este tipo de proyecto fueron Paul G. Miller, el historiador, y
Juan B. Huyke, el pedagogo y el polígrafo. Miller y Huyke
coincidieron en la construcción, en las décadas del 1920 y el
1930, de una literatura de fines pedagógicos y edificantes que la
tradición canónica ha despachado, a veces, con suma facilidad por
su trasfondo abiertamente americanizador y asimilista. Aunque
ellos no son el único ejemplo disponible, pienso en “El jíbaro
americano” de Pablo Morales Otero, por ejemplo,33 la ansiedad de
mediar entre el invasor y el invadido a veces restó credibilidad a
estos otros autores. Además sería muy difícil hallar en Miller o
Huyke una visión tan aterradora de algunos aspectos de la
modernidad como aquella de Morales cuando dice: “el camión invade
nuestros caminos y a su ritmo metálico la vida se acelera,
haciendo dura la brega y más fugaz la existencia”.34 El
planteamiento de Morales Otero se parece más al balance
conservador que aspiraba Blanco en los años 50 que al afán de
cambio total y a la confianza en la modernidad de Huyke y Miller.
Pero esos compromisos totalizadores,
evidentes en la vida política de ambos, no impidieron su
convivencia ideológica con la idea del jíbaro y del campo que ya
había sido tomada como la mejor traducción de lo nacional por sus
coetáneos. Los textos “Morse” (1925) y “Lincoln, padre” (1925),
pensados desde Puerto Rico al lado de “Hostos” (1925) por Huyke; o
un “Cuento de Santa Claus” (1925) del mismo autor, verdadera
antítesis del “Santa Cló va a la Cuchilla” de Abelardo Díaz
Alfaro, son elementos que hablan de una ideología más compleja de
lo que se han inventado las polarizaciones simplistas.35 La
intención de los textos resulta obvia. De lo que se trataba era de
hacer partícipes a sus lectores insulares del pasado heroico de
los Estados Unidos esencialmente.
Por lo regular, siempre que aquella
literatura miró el 1898, se cuidó de correr dentro de unos
márgenes bien precisos. No podía salvar de ninguna manera el
carácter militar de un fenómeno que incluso era difícil catalogar
de “invasión” porque ello hubiera representado una apostasía. El
soldado, el español de la resistencia, el machetero de las
patrullas volantes de insulares, e incluso el tiznao o sedicioso
sobrevive en la invisibilidad. Esa invisibilidad secular desembocó
a la larga en los ya tediosos debates en torno a los probables
compromisos de José Maldonado “Águila Blanca”, convirtiendo en
manía comprometerlo con lo que el historiador está comprometido.
Cuando pienso en el 1898 tal y en la
manera en que se vierte en el contexto de lo que llamo literatura
menor o no-canónica me sorprenden ciertas tendencias que hablan
del impacto del pueblo americano sobre un Puerto Rico
profundamente hispanizado en el sentido que ese concepto podía
tener a fines del siglo XIX. La hispanofilia es un asunto
posterior al 1898 porque antes de ese momento Puerto Rico era
España. Si una voz como la de Ángel Rivero Méndez, testigo, actor
y puertorriqueño, había hecho todos los esfuerzos por destacar el
carácter bélico, castrense y militar de aquel proceso desde una
perspectiva española, las tendencias de otras voces eran
totalmente distintas. Claro que a Rivero Méndez le iba el honor en
el relato y ese no era el caso de muchas de las otras voces. Para
Rivero Méndez, Voluntario e incondicional antes de 1898, la
necesidad de salvar el honor y el valor de sus soldados estaba por
encima de todo. La guerra como tal tenía que ser salvada para que
él se salvara con ella como soldado. Todas las invenciones de la
Crónica... son, en gran medida, comprensibles.
Miguel Meléndez Muñoz se enfrentó al
problema del soldado del 1898 de manera original. Por una parte se
abrazó a la imagen del cínico mito de los “soldados desconocidos,
los héroes anónimos de todas las guerras y de todos los
tiempos”,36 mito que transforma la invisibilidad en genio. En la
medida en que dentro de su discurso el jíbaro era la síntesis de
lo nacional, salvar al desconocido y al invisible era salvar al
jíbaro. Era una manera de justificar su invisibilidad pero ese es
otro asunto. Aquel heroísmo estaba obviamente modelado en los
moldes del hispanismo del fin de siglo y de la hispanofilia
treintista. En cierto modo se trataba de un héroe civil forzado
por la historia a vivir la experiencia del militar.37 De lo que se
trataba era de garantizar la idea de que el pasado heroico de la
España de los conquistadores era el de los puertorriqueños. Entre
Huyke y Miller y Meléndez Muñoz, las diferencias son de
tonalidades solamente.
Esa no fue la forma en que vieron el
proceso otros testigos de la época. Luis Sánchez Morales, miembro
del gabinete autonómico como subsecretario de hacienda y autor de
centenares de artículos y relatos muestra de la cual puede
consultarse en el tomo De antes y de ahora (1936), tiende a
trivializar el episodio bélico hasta transformarlo en una parodia
de sí mismo.38 La teoría del “desembarco pacífico” ante “la
invasión violenta” encuentra en estas versiones y narrativas un
fuerte cimiento. El relato testimonial “El sombrero militar”,
curiosamente firmado el 4 de julio de 1933, es en gran medida el
mejor ejemplo de ello.39 El honor de la milicia española es
burlado cuando el sombrero, que debe representar la dignidad
militar le queda grande a un soldado recién inventado para una
guerra grande. El soldado es Sánchez Morales. La imagen de siglos
de una España grandiosa estaba rota.
El único héroe salvable para Sánchez
Morales es el Capitán Frutos López, de Coamo, personaje de quien
“el espíritu de Don Quijote se posesionó” pero “todo tirando a
Sancho”.40 Otra vez las minucias de Pancho Ibero aparecen. La
vulgaridad del Pancho de Matienzo Cintrón y la de Sancho de
Sánchez Morales son paralelas. El escritor no parecía recordar la
actitud de Sancho ante el Quijote cansado en su lecho de muerte
cuando le decía: “No se muera vuesa merced señor mío, sino tome mi
consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede
hacer un hombre en esta vida, es dejarse morir sin más ni más, sin
que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la
melancolía”.41 La paradoja es obvia: de lo que se trata es de
definir un héroe indeciso o fronterizo entre arieles.
Lo que quiero decir es que el Quijote
vencido puede ser una mejor síntesis de la España del 1898 que un
Sancho dispuesto al sacrificio por el amo, malinterpretado por la
academia del 1930. León Felipe Camino Galicia, el zamorano y uno
de los poetas más extraños de su tiempo, supo figurarlo de ese
modo en su apacible texto “Vencidos”.42 Sólo pudo hacerlo
adoptando la postura de Sancho al filo de la muerte del Quijote.
Los versos “hazme un sitio en tu montura, / caballero derrotado” o
“ponme a la grupa contigo, / caballero del honor”,43 muestran la
actitud sanchesca de aceptar la derrota pero adoptar la locura
como una forma del nihilismo.
Ahora cuando se lee la literatura
puertorriqueña y se divisan los textos de lo que sí fue una
guerra, de lo que parece tratarse es de una impertinente tendencia
a dictar una imagen que Rivero Méndez, con cierta tonalidad
cervantina y caballeresca, llamaba “desigual lucha”, según un
texto de 1933; o “desigual batalla”, según otro de 1923. La
derrota de España, estaba escrita en el libro de la vida. Toda
forma de resistencia era una resistencia a la manera de un Quijote
tal mal entendido como su Sancho. La actitud quijotesca, para este
tipo de testigo, era la del soldado que se sabía de antemano
derrotado y aún así se enfrentaba a su Sansón Carrasco.
La parodia se transformó en el mayor
artificio de aquellos que no pudieron hablar de la guerra del 1898
de otra manera. La escritura paródica del heroísmo es evidente en
el texto “El bombardeo” de Luis Sánchez Morales, firmado el 9 de
julio de 1933, relato en el cual el único personaje que se salva
por su valor al continuar remando en medio de un chubasco de balas
que no explotan, es el mulato Naguabo. Este mulato precisamente es
el que no recibe el reconocimiento oficial del poder español.44 La
España decadente, se sugiere, es incapaz de reconocer al verdadero
héroe. Debo recordar que el Sánchez Morales que habla ha
reevaluado su imagen de España y ha aceptado buena parte de los
valores de los Estados Unidos. Es parte de una interesante
generación de amigos de aquel país que sueña a España y la vuelve
a crear.
Meléndez Muñoz adoptó una posición
parecida en la construcción de Chula y Agapita en su citado texto
del 1898 en Cayey. Chula, “trascuerda” o ramera en su juventud,
“acabada reumática (...) vieja como una ruina yente y viniente”,
acechaba a los viejos clientes en las cercanías del Casino donde
se entretenían “manipulando la enciclopedia de las 40 páginas
(naipe)”.45 La imagen de la España decadente parece evidente en el
texto. Dos de los adjetivos favoritos de Meléndez Muñoz para
hablar de España fueron “pobre y agotada”.46
Agapita, Brazo de Bronce, no sólo resulta
ser una alusión a otra de las ficciones mayores de la historia del
siglo XIX: la de Mariana Bracetti, prisionera durante la
Insurrección de 1868 por revolucionaria, no por costurera. Agapita
aparece en el texto con fuertes rasgos palesianos: “era un
specimen mulatoide excepcional”, dice.47 Es la atracción del macho
la que fija la imagen de esta mujer. La atracción instintivamente
se fija en la talla exagerada, el rostro y sus tonalidades, el
cabello y sus atisbos de mulatería, el tórax y sus senos pequeños
y duros, la grupa. Lo nacional y lo étnico se han sintetizado en
Agapita para darle al lector una imagen de lo que el autor pensaba
que era el país. Agapita era el país mulato ciertamente mirado
desde la posición, repito, del ateneísta occidentalizado. Pero
también Simplicio, el machetero vencido, era el país después del
1898. 48 Esa capacidad de lamentarse de su propia condición que
desarrollaron los escritores de la Generación del 30 es
verdaderamente sorprendente.
Meléndez Muñoz convirtió el 1898 de Cayey
en una comedia interesante. Los apuntes específicos de la guerra
nunca dejaron de ser una broma. El concepto “héroe a la fuerza”
que inventó para hablar de aquellos militares puertorriqueños es
suficiente argumento para imaginar su posición.49 Él no sabe si el
machetero se lanzaba contra el americano por su voluntad o si era
porque el caballo se le desbocaba. El juego de adjetivos en cuanto
al héroe es contradictorio y siembra un semillero de dudas en tomo
a su naturaleza. “Aquellos valientes y maltratados soldaditos” —el
diminutivo sugería incapacidades y falta de disciplina— desertaba
por causas que él consideró minucias: el amor de paso.50 Los
amantes de guerra del folclor no compaginaban con el patriotismo
hispanista soñado.
La derrota de las fuerzas españolas es
parodiada por Meléndez Muñoz de manera evidente en el relato del
reencuentro de Simplicio y Guadalupe después de la guerra. Ante la
versión del abandono de las posiciones españolas Guadalupe
pregunta si los macheteros no hacían más que huir, huir, huir.
Simplicio, herido en su orgullo le aseguró que “nosotros no
juíamos. Díbamos de re-ti-ra-da. Reculando, reculando pa tomal
pasesiones...”.51 El circo humano llega a su cenit con la venta de
preseas de guerra a los americanos. Cada uniforme o sombrero
español se remataba a los turistas o a los soldados por una buena
cantidad. Pero era mejor pagado si estaba manchado de sangre: “con
sangre de gallina...de puerco, de cualquier animal”.52 La ilusión
de la guerra vendía.
Es evidente, y esto me parece clave para
entender el 1898 de la literatura menor o no-canónica, que en la
misma medida en que se desmerecía el carácter bélico del episodio
había una acusada tendencia a folclorizar cada vez más un fenómeno
de obvia trascendencia universal. Justificarlo no ha resultado
difícil para muchos hombres y mujeres de letras. Amparados en la
búsqueda de los héroes anónimos de la historia chica, también se
pueden traicionar muchas cosas. Por eso a veces la literatura del
ya comentado Sánchez Morales pareció para los constructores del
canon un dardo dirigido a desviar la atención de las llamadas
“realidades históricas”.
Esa trivialización del fenómeno es
evidente en el lenguaje de otra testigo: Olivia Paoli Vda. de
Braschi. A Olivia Paoli el 1898 le sirvió para tipificar las
“pequeñas libertades” que habían representado los supuestos logros
del Partido Autonomista Puertorriqueño en
1897. Establecer un cuadro comparativo
ventajoso para los americanos no resultaba difícil desde su punto
de vista. Después de todo ella era teósofa vinculada al
espiritismo y el panorama de ambas escuelas de pensamiento en el
pasado hispánico no fueron muy halagadoras.53 El paternalismo del
americano aparece reflejado como espejo, también opaco, en el
fantasioso maternalismo de Olivia quien terminó llamando a los
invasores de Ponce “My American boys”. Tolerancia, respeto y miedo
ante el “otro” aparecen en extraño entretejido en el discurso de
esta curiosa y especial mujer.54
Las versiones revisadas y otras como, por
ejemplo, las de Roberto H. Todd o Bernardo Vega, inventan un 1898
cimentado sobre el criterio del evento crucial y el personaje que
se constituye en el eje central y protagónico de un momento. La
historia aparece como una construcción dramática ideada casi por
una mente inteligente. Se trata de un procedimiento literario que
invita a la reiteración y a la construcción de patrones en donde
historia y ficción no están nada distantes.55 La vuelta sobre el
bombardeo de San Juan de mayo de 1898 y la utilización del mismo
como un punto de contacto clave entre el león hispano y el águila
yanki, los símbolos de los dos poderes, se hace evidente en Todd y
Sánchez Morales. El mismo Todd, junto a José Julio Henna, pretende
constituirse en el “negociador” y el “intermediario” entre
americanos y puertorriqueños.
Desde mi punto de vista, lo único que
queda claro en todo esto es que una cosa era Mateo Fajardo, el
hacendado arraigado en el valle de San Germán, y otra muy distinta
el conspirador exiliado Roberto H. Todd. Fajardo provenía de una
poderosa familia de hacendados, estaba emparentado por sangre con
toda una serie de conspiradores que desaparecieron físicamente del
suelo puertorriqueño disueltos en un exilio que pudo significar
muchas cosas. Militó él mismo al lado de los separatistas. Era de
formación hispana y terminó siendo el guía de los estadounidenses
cuando tomaron el Valle de Hormigueros. El elemento en común entre
Todd y Fajardo es que ambos se comprometieron con el anexionismo
desde antes de la llegada de los americanos como tantos migrantes
y exiliados puertorriqueños en Nueva York, Nueva Jersey, Boston y
Filadelfia desde la década de 1860.
Por último, la tradición literaria de los
años cincuenta, tan poco investigada en su ámbito menor o
no-canónico, muestra unas tendencias que voy a apuntar someramente
por lo curioso de las mismas. En la muestra, fundamentalmente
textos del centro-oeste del país, se tiende a re-inventar un
heroísmo que se reconoce el 1898 ha perdido desde la perspectiva
de Puerto Rico y de España. Por eso es importante la lectura de La
muerte anduvo por el Guasio (1960) de Luis Hernández Aquino.56 En
este caso, debo aclarar, no se trata de un literato menor ni
estrictamente del cincuenta pero sí de una obra lastimosamente
olvidada por la historia literaria tradicional. La “muerte”
significa muchas cosas pero sobre todo es “resistencia” a la
múltiple agresión del otro. La reinvención del mito de Diego de
Salcedo se diafaniza en este texto de uno de los mejores
indigenistas del país.
El deseo de reconstruir un pasado heroico
se radica también en personajes como Frutos, no el Frutos López de
la resistencia de Coamo, sino el camarero de “La Mallorquina” que
presenció el bombardeo de San Juan y vivió para contárselo a José
Arnaldo Meyners, periodista.57 Otra vez el folclor marca pautas
interesantes. El heroísmo de Frutos es su condición de testigo y
su capacidad de recordar el cambio de siglo desde adentro del
siglo que cambia. La nostalgia por un “pasado idílico” no abandona
a este Frutos, como tampoco abandona la versión novelada de la
invasión de Ernesto Juan Fonfrías en Raíz y espiga (1970).
Fonfrías se duele y explica a través del texto. Pero ya su versión
se ha ajustado al mundo social del 1950 y, aunque él es un autor
marginal, su obra no representa un reto real al proyecto que se
urde desde el poder que es el proyecto cultural del populismo.58
Por el contrario, es una suma de posturas que, radicales dentro
del discurso nacionalista, aparecen como domésticas miradas dentro
de la mirada populista.
El hecho de que los episodios se
desarrollen en una hacienda de café llamada “La esperanza”, la
evidente identificación del mundo del café con el autonomismo de
1897, la idea del cafetal como refugio ante el mundo nuevo, el
moderno, la concepción de la hacienda de café como “la casa” y no
la empresa, todo ello está acorde con el discurso populista sobre
la cultura puertorriqueña durante el siglo XX.59 El mismo patrón
ocupa la extensa novela de Arturo Córdova Landrón, Ilusión y
aventura de Aquiles Zurita, en donde las conexiones del héroe y
benévolo señor, con la montaña como signo y el populismo muñocista
resultan obvias. La sociedad señorial como alternativa tiene en
este texto que mira a la invasión y que fue terminado de redactar
hacia 1951, un papel protagónico evidente.60
De la vacilación a la propuesta
La mirada a la muestra de literatura
no-canónica me obliga a elaborar, al menos, una propuesta en torno
a esta expresión urdida de manera tan peculiar. Es evidente que,
durante el período intersiglos, la conciencia insular evolucionó
del más acendrado hispanismo a un americanismo soso de la manera
más sorprendente. El “acomodo”, fuese este social, económico,
político o cultural, se convirtió en regla; y la “supervivencia”
en el fin último de la mayoría de las pretendidas voces del
pueblo. La identificación del americanismo con la modernidad fue
el mayor aliciente para cambio tan aparentemente drástico.
Pero aquel americanismo estuvo cargado de
significados. Había quienes le circunscribían a la materialidad de
la colonia y eran capaces de tolerar una americanización que no
afectara las costumbres. Pienso en la voz mayor de Manuel
Fernández Juncos y su compromiso con la conservación de lo que él
creía era una cultura nacional en el cambio de siglo. Pero también
hubo otros que pretendieron reconstruir la conciencia cultural del
colonizado sobre el modelo de la asimilación total.
Esta literatura que, en gran medida, fue
producto de testigos inmediatos o mediatos de la guerra, adoptó
una postura poco convencional sobre un evento de profundo
significado mundial. El 1898 es, en cierto modo, la medida de la
caída definitiva de un imperio y del nacimiento de otro. Dentro de
la historia del occidente cultural podría decirse que el siglo XX
comienza allí. En Puerto Rico desmerecer el carácter bélico,
minimizar la condición de conflicto armado internacional, parodiar
incluso la guerra hasta convertirla en una caricatura de sí misma
o en un hecho folclórico, acercó la idea del 1898 a la concepción
de la “invasión cívica” de algunos historiadores e intérpretes.
El cuestionamiento de ciertos mitos, los
que habían alimentado el hispanismo floreciente de 1892 a 1897, no
significó la desaparición definitiva de los mismos. Desde tan
temprano como el año 1908, la hispanofilia germinal manifiesta en
el Pancho Ibero de R. Matienzo Cintrón se vigorizaba con la
recordación de Juan Ponce de León, entre otros relatos. El tiempo
de gloria del americanismo fue breve, pero ello no significó la
pérdida del poder sobre el territorio. Allí radica, me temo, la
mejor muestra de la vacilación ideológica tan característica del
discurso político y cultural de la elite intelectual y su
periferia.
La reiteración de la parodia en las
versiones del 1930 al 1950 ratifica lo antes dicho y abre puertas
para un análisis novedoso de las relaciones generaciones del
segundo tercio del siglo. El estudio sugiere filiaciones y
parentescos obvios entre las gentes vinculadas al momento del 1930
y los forjadores del momento del populismo. 53 Después de todo
ambas, en su afán de “acomodo”, necesitaban una versión ligera y
aceptable de la guerra que justificase la presencia de los Estados
Unidos en la isla. Y ambas necesitaban la construcción de un
“pasado idílico” útil al lenguaje cultural de ambos momentos. De
este modo, el mito mayor de la modernidad política, la nación,
podía ser sustituido por un modelo de laboratorio lo
suficientemente doméstico como para ser tolerado por ellos y por
nosotros.
FIN |