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Lúdicas travesías de la historia
Reseña del nuevo libro de cuentos de Luis López Nieves:
La verdadera muerte de Juan Ponce de León
Ningún otro
discurso ha provocado más la desaparición de la historia que el discurso
históriográfico. La historia se exorcisa en la escritura, desaparece entre
los gestos retóricos que articulan su deseo. El lenguaje de las fechas y
los archivos se fusiona con la metáfora y la analogía para dejar entrever
una voluntad que sólo logra darle una estructura a la ausencia; ensayar el
pasado. De ahí la sentencia del antropólogo francés Claude Lévi-Strauss:
"Que haya tres versiones de la Revolución Francesa es prueba inequívoca de
que la Revolución Francesa nunca exitió". A diferencia del discurso
historigráfico tradicional, el relato histórico promete invocar una verdad
cuya única pretensión es recordar minuciosamente aquellos hechos que nunca
sucedieron. Ejercer una memoria singular, no facsímil. Estrategia que no
se propone recuperar el pasado, sino provocarlo. Asediarlo; hacer
que se realice siempre por primera vez. Trabajos como los de Hayden White,
Paul Ricoeur y Michel de Certeau han denunciado el parentesco tropológico
del lenguaje histórico y el literario. En la literatura puertorriqueña,
Seva es el caso paradigmático de esta filiación. Publicado como
hallazgo periodístico en las páginas del semanario Claridad, este cuento
logró anonadar a sus lectores con la articulación de una mentira bien
documentada. En su nuevo libro, La verdadera muerte de Juan Ponce de
León, Luis López Nieves vuelve a explorar las veredas literarias del
discurso histórico. En esta ocasión, su locus es el siglo XVI de un Puerto
Rico en gestación, "nuestro periodo histórico más universal".

Escritos con el dominio de una prosa diáfana,
ensayada en los manierismos retóricos de la época, La verdadera muerte
de Juan Ponce de León es un libro de develamientos. Cada cuento se
escribe a partir de un secreto estructurador. Contagiados con el siglo,
los relatos proponen el viaje (intelectual, naval, terrestre) como el
móvil de cada historia. Viajes hacia espacios incógnitos en donde aguarda
un destino perverso o fatal. Movidos por la soberbia, la ambición o la
estupidez, los personajes centrales emprenden un terco recorrido hacia
ellos mismos. En ocasiones, como en "El conde de Ovando", hacia la
transgresión: "La mañana del 11 de marzo de 1577 doña Isabel de Ovando y
Portilla ...montó el caballo favorito de su padre y anunció que nadie en
el mundo, ni el Obispo ni el Gobernador ni el Rey, nadie en el mundo
detendría su paseo hasta el Convento de los Dominicos." La adopción del
discurso hiperbólico ("nadie en el mundo") por parte de la hija del
gobernador sugiere una fisura en la determinación. La hipérbole es siempre
una máscara retórica demasiado visible, y por tanto, sospechosa; la
sublimación del gesto traiciona el énfasis, lo hace víctima de su propia
reiteración. Desafiando a los guardias y a las órdenes de su padre, Doña
Isabel irá en busca de un elíxir abortivo que marcará el término de su
viaje, el fracaso del gesto hiperbólico, pero también el límite moral por
el cual será castigada por las autoridades eclesiásticas. Más que un
líquido prescrito, el brebaje es el espacio de la confrontación, el umbral
en el que el poder clerical y el polítcio medirán sus fuerzas. El conde,
un seudo científico que quería medir la distancia entre la tierra y el
cielo, termina encadenado en un barco rumbo a Sevilla. El discurso
teológico ("la autoridad de la Vulgata") termina derrotando a la voluntad
hiperbólica, asociada al discurso secular de la ciencia y la anatomía.
La historia que inicia el libro, "El gran secreto de Cristóbal
Colón", recrea la primera travesía del almirante a tierra americana. En
este cuento pensado, como aconsejaba Poe, desde el final, el uso del
tiempo y del temple del navegante preparan una conclusión lógica pero
inesperada. Revelado "el gran secreto" en la última línea, el verdadero
descubrimiento lo hace el lector. Hallazgo que desestabiliza la
mitificación de ese viejae iniciático, interrogando a su vez el verdadero
saber geográfico de una época en la que la redondez de la tierra parecía
menos monstruosa que la del "borde del mundo".
Si la historiografía y las crónicas son la base de estos
cuentos, el discurso mítico ocupa, en consecuencia, un espacio
indispensable. El cuento que da título al libro se escribe desde la
subversión del mito. La búsqueda de la fuente de la juventud será la
estratagema narrativa que los indios usarán para dar muerte al primer
gobernador de Puerto Rico. El testimonio del asesinato por parte del indio
Danuax es sólo la relación final de una serie de historias concatenadas
que se desplazan desde 1594 a nuestros días. Un pergamino de 1732
encontrado en el Palacio Arzobispal de San Juan inicia la intriga de esta
narración con matices detectivescos: "Volviendo a la trayectoria del
manuscrito, solo hay una etapa sin documentar: la última, la que lo
depositó en la parte de abajo del gabinete en que pasó casi 300 años. La
explicación es evidente: alguien lo escondió ahí. ¿Quién? Pudo ser
cualquiera, desde un secretario de la cancillería hasta el mismo obispo".
El contenido de este "manuscrito infernal", como "El eclipse" de Eduardo
Galeano, subvierte la noción mítica del "buen salvaje" así como el
paradigma jerárquico del conocimiento renacentista.
"La última
noche de Rodrigo de las Nieves" también se inscribe en la historia que le
reserva una sorpresa culminante a su protagonista. Ubicado en el ataque a
San Juan del pirata inglés, Sir Francis Drake, el cuento narra la defensa
espectacular de la ciudad por parte de los colonos y el destino paradojal
de su héroe. Historia de una heroicidad inadvertida. Batalla en la que el
azar (semejante a la memoria, al discurso histórico mismo) se ve obligado
a eliminar para retener. Aunque en los cuentos abunda la ironía y hasta
cierta velada mordacidad, aquí el evento dramático produce varios
episodios de humor. Los niños se caen de las camas con los estruendos de
las bombas, Doña Pilar de Adornio se pone el traje al revés en medio de la
confusión, y en pleno intercambio de fuego, varios soldados se precipitan
al mar desde las murallas del Morro, mientras "todos caminaban agarrándose
de los muros y gritando estoy aquí, no empujéis".
Sobre un
andamiaje textual más complejo se desarrolla "El suplicio caribeño de fray
Juan de Bordón". Archivos, epístolas, traducciones, pesquisas, crónicas,
son recursos que se entrecruzan entre Francia, Puerto Rico y España para
crear la historia más ambiciosa del libro. La búsqueda genealógica de su
apellido lleva al historiador francés Henri de Bordoin al borde de la
obsesión. Curiosidad de veinte años que lo conduce a descubrir el
parentesco con un fraile dominico del siglo XVI que, igual a Rodrigo de
las Nieves, fue víctima de un equívoco atroz. La misma jerarquía católica
a la que fue fiel toda su vida lo somete a las torturas inquistoriales de
un hugonote. Narrativamente, las descripciones del suplicio son
ejemplares; también lo es la excesiva misericordia del Inquisidor, quien
después de tragar los vómitos del fraile atormentado, explica: "Hijo, así
como Juan de la Cruz lame las heridas de los leprosos yo lamo sin miedo
los desperdicios que el demonio arroja desde su pérfida guarida dentro de
tu cuerpo."
Para un escritor el relato histórico tiene su
fascinación y sus retos. La documentación es fundamental, pero el uso de
ese bagaje histórico conlleva superar algunas tentaciones con sutileza. Si
para De Certeau el historiógrafo moderno es un "poeta del detalle", por
filiación, el narrador histórico también lo es. A través de una mirada
casi cinematográfica las páginas de La verdadera muerte restauran
un San Juan de Puerto Rico inquisitorial y épico, una capital de calles
ecuestres y luces de velas, de espadas toledanas y esclavos libertos, de
ataques piratas y robustas murallas que hoy ya son piezas de museo. Los
datos históricos, la composición de lugar y el lenguaje de la época se
trabajan con decoro para no abrumar ni aleccionar. López Nieves evita
además dos riesgos mucho más comunes a este género, el de sucumbir al maniqueímo (indios pasivos, españoles malvados) o al resentimiento
histórico.
Búsqueda y hallazgo marcan el movimiento narrativo de
este libro. Vaivén de una carabela escritural cuyo viaje se emprende (como
el del historiador que interroga el Archivo de Indias, como el del
navegante que escruta el horizonte) con fruición. Regata por un pasado a
la vez extraño y familiar en el que historia y literatura vuelven a
parecerse más de lo que ellas siempre han creído. Al final, la metáfora es
clásica y bella: escribir es zarpar.
© Luis
Maldonado
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