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Querida Eudocia:
Para nosotros, los bizantinos, los héroes son
figuras como Hércules, Aquiles, Ulises y Alejandro Magno... seres
humanos o mitológicos que con sus acciones se ganaron la admiración
de sus pares, sus países y hasta del mundo entero. Siempre he
pensado que esta era, más o menos, la definición de un héroe. Pero
acá en el hemisferio occidental he descubierto, con grande sorpresa,
un uso extravagante de la palabra “héroe”.
El 11 de septiembre de 2001, por ejemplo, sobre tres mil personas
murieron en las Torres Gemelas de Nueva York debido a un ataque
terrorista. Eran personas normales: secretarias, conserjes,
ejecutivos, vendedores. Sin embargo, a partir de ese día el gobierno
y la prensa del Imperio del Norte los ha proclamado “héroes” a
todos, sin ninguna distinción.
Asimismo ocurre con los soldados del Imperio que participan de la
invasión de Irak. Cada vez que uno de ellos padece daño o muere a
causa de una bomba o de un disparo enemigo, de inmediato la prensa
occidental lo proclama héroe. De hecho, no importa cómo muera: si su
helicóptero se estrella debido a un desperfecto mecánico, si su
camión se vuelca, si un compañero le dispara por error, si sufre un
ataque al corazón... no importa, este soldado recibe el título
inmediato de “héroe”.
Este fenómeno estrambótico no se limita a situaciones
extraordinarias, como las guerras o el terrorismo. Acá he notado,
querida Eudocia, que para ser héroe basta con que un autobús choque
y todos sus pasajeros mueran: de inmediato la prensa anuncia que el
ómnibus iba lleno de “héroes”. Si un barco turista se hunde y
perecen 200 pasajeros o un gran fuego destruye un edificio
residencial, al instante se proclama “héroes” a todos los muertos,
ya sean niños, jóvenes o viejitos.
De hecho, digamos que ocurre un atraco en un banco y que toman
veinte rehenes. Una vez liberados, la prensa occidental sufre una
especie de frenesí: entrevista a los rehenes, cuenta sus
hagiografías, prepara extensos reportajes sobre sus cónyuges y sus
hijos... y básicamente proclama héroes no sólo al ex rehén, sino a
su familia, a sus vecinos, al cartero, al lechero, al pediatra de
los niños, al perrito y a cualquier otra persona o criatura viviente
que en algún momento de su vida haya tenido contacto con el ex
rehén.
Desde que estoy por acá ha llamado mi atención este uso excéntrico
de la palabra “héroe”, pero no había hecho nada al respecto. Hoy
decidí buscar en el diccionario y encontré lo siguiente: “Héroe:
famoso por sus hazañas o virtudes”. En efecto, esta es la definición
que, durante más de dos milenios, tanto los bizantinos como el resto
de la humanidad le ha dado a esta palabra.
Pero mi indagación no se detuvo. Casi por impulso decidí, de pronto,
buscar otra palabra: “Víctima: persona que padece daño o muere por
culpa ajena o por causa fortuita”.
Descifrado el misterio, querida hermana. Aunque el diccionario dice
lo contrario, acá en Occidente el Imperio del Norte ha optado por
abusar de la palabra “héroe”... y sus devotos admiradores de América
Latina los imitan servilmente, como es la costumbre.
¿Qué palabra usan acá para describir a los héroes verdaderos, a los
que realizan auténticas hazañas? No lo sé. Muchas veces tengo
dificultades para comprender a estos latinoamericanos tan
singulares. Como dice nuestra amiga, la condesa Miriam de la Solaine:
“No es fácil ser embajador en el trópico”.
Te besa tu hermano,
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