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Querida Eudocia:
El término “homosexual” es relativamente
nuevo: se empezó a usar en el siglo XIX. Antes se conocía a los
homosexuales como “sodomitas”, término que surge de las historias
bíblicas sobre las ciudades de Sodoma y Gomorra. El “Pecado de
Sodoma” era el sexo anal. No se sabe cuál era el pecado de los
habitantes de Gomorra.
Muchas culturas precristianas aceptaban el homosexualismo con
naturalidad. Ese es el caso de nuestras civilizaciones madres:
Grecia y Roma. En ellas los hombres tenían tres opciones que
consideraban naturales: heterosexual, homosexual o bisexual. De
hecho, en La iliada (el poema escrito más antiguo de la
literatura occidental), una de las escenas más importantes es la
rabieta de su protagonista, Aquiles, cuando se entera de que los
troyanos han matado a su amante: Patroclo. Los griegos consideraban
La iliada una de sus obras literarias más importantes,
y era uno de los fundamentos del sistema educativo griego.
Al terminar la época clásica y comenzar la Edad Media, allá para el
siglo V, cambia el panorama: los homosexuales empiezan a ser
rechazados. La nueva religión dominante, el Cristianismo, prohibía
todo acto sexual que no sirviera para la reproducción.
A partir del siglo XIII el homosexualismo empezó a relacionarse con
la herejía religiosa, lo cual es un problema bastante más serio. En
los diferentes países europeos comenzaron a surgir nuevas leyes que
castigaban al homosexual con muerte por lapidación, horca u hoguera.
Los días en que los jueces se sentían más misericordiosos, en vez de
asesinar a los homosexuales se conformaban con castrarlos
públicamente.
A las lesbianas, históricamente, casi nunca se les ha hecho mucho
caso, aunque las mismas leyes antisodomitas se les podían aplicar a
las mujeres que practicaran el sexo anal con sus maridos. Algunos
historiadores señalan que la persecución de las supuestas “brujas”
realmente era un disimulo para pescar lesbianas y a otras mujeres
que se rebelaban en contra del sistema patriarcal, pero no hay mucha
evidencia concreta.
Gracias a la Revolución Francesa de 1789, Francia es el primer país
europeo que anula las leyes que castigan el homosexualismo. Empieza
un lento cambio de actitud con resultados disímiles. Dos siglos más
tarde, países notorios por su machismo, como España, han
evolucionado hasta legalizar el matrimonio entre personas del mismo
sexo, mientras que Polonia ha empezado, en pleno 2007, una nueva
campaña de odio en contra del homosexual.
Acá en América Latina, querida Eudocia, he descubierto que las
opiniones se dividen en dos grandes campos. A los que apoyan la
libertad de los homosexuales se les conoce como “cronopios”. A los
que desean reprimir a los homosexuales se les conoce como
“estreñidos”. Por acá abundan mucho los estreñidos. Con gran furia
se han organizado para ejercer presión sobre los legisladores y
promulgar leyes que repriman a los homosexuales.
Te juro por nuestro padre que no acabo de entender por qué los
estreñidos insisten en regir los deseos sexuales del prójimo. Cuando
las personas son honestas, las leyes son innecesarias; si son
corruptas, violarán la ley de todos modos. Normalmente las personas
(no importa el sexo) deciden casarse porque se aman. Promulgar una
ley que prohíba o castigue el matrimonio no sólo viola la libertad
íntima de los ciudadanos, sino que atenta contra el amor mismo.
Hace dos semanas estuvo en mi palacio tu amiga la duquesa de
Tribisonda, con su marido el príncipe Cristóbolo. Hablamos mucho
sobre ti. Me dijo que te aprecia muchísimo, pero no sé si es cierto
o si sólo busca congraciarse con nuestro poderoso padre. De todos
modos, durante la cena pude comprobar que ambos son muy estreñidos.
Te besa tu hermano,
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