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Querida Eudocia: Desde el
día que tomé posesión de mi cargo en Puerto Rico, me llamó la atención un hecho
muy peculiar de América Latina. Acabo de enviar un informe secreto a nuestro
Ministro del Exterior. A continuación te incluyo un resumen.
Cuatro países de lo que aquí llaman el “Cono Sur”
(Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay) pertenecen a Mercosur, un embrión de
mercado común regional. Hasta ahora sus esfuerzos han sido vanos; sus dos países
más ricos, Brasil y Argentina, viven una crisis perpetua.
En el norte y oeste de Suramérica existe la Comunidad
Andina (Pacto
Andino), que reúne a Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela en una
asociación semejante a Mercosur. La mayoría de sus países está pasando por
dramáticas transformaciones. La mitad de Colombia, por ejemplo, no está en manos
de su presidente, sino de ejércitos populares (guerrillas). Bolivia acaba de
derrocar a un presidente que llamaban “El Gringo” porque habla español con
acento norteamericano y quería regalar las reservas de gas de su país a Estados
Unidos. Y Venezuela, como sabe todo el mundo, está bajo un virulento ataque de
Estados Unidos y Europa, parecido al que eventualmente derrocó a Salvador
Allende en Chile. Por tanto, el Pacto Andino es un cadáver.
En Centroamérica existe el llamado Parlamento
Centroamericano (Parlacen), que pretende ser una organización de unidad
política, pero en realidad es una tontería sin peso internacional porque ninguno
de sus países es independiente. El control que ejerce Estados Unidos sobre esa
región es descarado. Así se vio cuando arrestó al presidente de Panamá y
abiertamente derrocó al gobierno de Nicaragua. El Parlacen es más bien una
tertulia inconsecuente, que pagan los pobres de América Central.
En el Caribe existe un pequeño mercado común llamado
Caricom, que une a las islas antillanas con varias naciones de la cuenca del
Caribe. Algunas de estas islas son tan pequeñas que se pueden cruzar a pie, de
norte a sur, en quince minutos. No es una asociación con peso político ni
económico.
México, uno de los gigantes de América Latina,
pertenece al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Por tanto,
parece que el gobierno mexicano le ha dado la espalda al resto de Latinoamérica. En cierto modo
considera que su futuro depende de algún tipo de alianza con los ricos países
del norte, aunque mi observación es que México sólo ha recibido la humilde tarea
de proveerle sirvientas y peones a sus vecinos norteños.
En un nivel mayor, intercontinental, los países de
América Latina pertenecen a la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de
Gobierno, que cada año reúne a los políticos de América Latina, España y
Portugal. Comen comida típica, posan para fotos, hacen declaraciones bonitas
sobre la justicia social, besan el anillo del Rey de España y se despiden hasta
la próxima cumbre. Ésta es una reunión cosmética, que no cumple ninguna función
para América Latina excepto recordarle sus orígenes coloniales.
También existe la Organización de Estados Americanos
(OEA), a la que pertenece la gran mayoría de los países del hemisferio, excepto
Cuba, que fue expulsada por órdenes de Estados Unidos. Esta organización es lo
que nosotros, los diplomáticos, llamamos un “disfraz”. Basta con decirte que
tiene su sede en Wáshington, DC, cerca del Pentágono y la Casa Blanca. Esta
organización no vela ni remotamente por los intereses de América Latina, sino
todo lo contrario: Sirve de fachada para que Estados Unidos ejerza su dominio
imperial. Recientemente Estados Unidos ha planteado la posibilidad de
militarizar a la OEA para luchar dizque “contra el narcotráfico”, pero todos
sabemos que la lucha es contra guerrilleros antiimperialistas, a quienes los
EEUU llaman “narcotraficantes”, “terroristas” o “narcoterroristas”, las palabras
de moda para demonizar al enemigo.
Por último, la mayoría de los países de América Latina
pertenece a las Naciones Unidas. En este punto, hermana mía, no me tomé la
molestia de explicarle al Ministro del Exterior cuál es la función de las
Naciones Unidas. Él lo sabe. Todos los diplomáticos padecemos, a diario, los
golpes de este instrumento de las grandes potencias del mundo, creado para
servir sus intereses y justificar sus abusos.
En fin, querida Eudocia, sospecho que ya has adivinado
la conclusión de este informe: América Latina es una nación despedazada, sin una
sola institución que proteja sus intereses. ¡Ni una sola!
Países asiáticos, africanos, musulmanes, europeos,
entre otros, han creado organizaciones para proteger sus intereses comunes. Pero
América Latina sólo tiene organismos regionales raquíticos. Las pocas veces que
rebasa lo regional, lo hace bajo el ala del poder imperial que los atraca
diariamente (Estados Unidos) o con los antiguos imperios (España y Portugal) que
ya los brutalizó hasta dejarlos de rodillas y sin aire.
¿Qué le pasa a esta gente?
Aunque es obvio que América Latina existe culturalmente
(la presencia mundial de la cultura, la literatura y el arte latinoamericanos es
real y potente), todavía estos pueblos no han sido capaces de unirse
políticamente, a pesar de lo mucho que tienen en común. ¡Ni siquiera tienen
competencias deportivas propias! Los juegos más importantes de la región se
llaman Juegos Panamericanos. En éstos participa Estados Unidos, que naturalmente
se lleva la mayoría de las medallas.
Desde mi perspectiva como observador objetivo, debería
felicitar a mis colegas norteamericanos. Han sido muy hábiles a la hora de
fomentar las peleas intestinas y la desunión de los latinoamericanos. La función
principal de los diplomáticos es debilitar a los enemigos por medio de tretas y
espionaje. (Por suerte, en este momento América Latina no es enemiga de nuestra
amada patria bizantina.)
Los norteamericanos saben que cuando América Latina
despierte y tome la decisión de formar una nación unida -la Unión
Latinoamericana-, se convertirá en la nación más poderosa de todos los tiempos,
porque los recursos naturales y humanos de este continente son casi infinitos.
Los norteamericanos lo saben. Pero ¿quién se lo dirá a los latinoamericanos?
Te abraza tu hermano,
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