Primera parte
Saliendo a relucir aquí, sin saber cómo ni por qué, algunas dolencias
sociales, nacidas de la falta de nutrición y del poco uso que se viene haciendo
de los benéficos reconstituyentes llamados Aritmética, Lógica,
Moral y Sentido Común, convendría dedicar estas páginas...
¿a quién? ¿al infeliz paciente, a los curanderos y droguistas que, llamándose
filósofos y políticos, le recetan uno y otro día?... No; las dedico a los que
son o deben ser verdaderos médicos: a los maestros de escuela.
B. P. G.
Madrid.-Enero de 1881.
| PERSONAJES DE ESTA PRIMERA PARTE |
| |
| ISIDORA RUFETE, |
protagonista. |
| MARIANO RUFETE, |
su hermano. |
| LA SANGUIJUELERA, |
tía. |
| AUGUSTO MIQUIS, |
estudiante de Medicina. |
| JOAQUÍN PEZ, |
Marqués viudo de |
| SALDEORO, |
hijo de |
| DON JUAN MANUEL JOSÉ DEL PEZ, |
Director general en el Ministerio de Hacienda. |
| DON JOSÉ DE RELIMPIO Y SASTRE, |
espejo de los vagos. |
| DOÑA LAURA, |
su esposa |
| MELCHOR DE RELIMPIO, |
hijos |
| EMILIA, |
hijos |
| LEONOR, |
hijos |
| LA MARQUESA DE ARANSIS. |
| EL MAJITO, |
niño. |
| ZARAPICOS, |
pícaros |
| GONZALETE, |
pícaros |
| TOMÁS RUFETE. |
| EL SEÑOR DE CANENCIA. |
| MATÍAS ALONSO, |
conserje de la casa de Aransis. |
| UN CONCEJAL. |
|
| UN COMISARIO DE BENEFICENCIA. |
|
| MI TÍO EL CANÓNIGO (que no sale). |
| Hombres y mujeres del pueblo, niños, Peces
de ambos sexos, criados, guardias civiles, etc. |
| La escena en Madrid, y empieza en la
primavera de 1872. |
Capítulo I
Final de otra novela
-I-
«...¿Se han reunido todos los ministros?... ¿Puede empezar el Consejo?... ¡El
coche, el coche, o no llegaré a tiempo al Senado!... Esta vida es intolerable...
¡Y el país, ese bendito monstruo con cabeza de barbarie y cola de ingratitud, no
sabe apreciar nuestra abnegación, paga nuestros sacrificios con injurias, y se
regocija de vernos humillados! Pero ya te arreglaré yo, país de las monas. ¿Cómo
te llamas? Te llamas Envidiópolis, la ciudad sin alturas; y como eres
puro suelo, simpatizas con todo lo que cae... ¿Cuánto va? Diez millones,
veinticuatro millones, ciento sesenta y siete millones, doscientas treinta y
tres mil cuatrocientas doce pesetas con setenta y cinco céntimos...; esa es la
cantidad. Ya no te me olvidarás, pícara; ya te pillé, ya no te me escapas, ¡oh
cantidad temblorosa, escurridiza, inaprehensible, como una gota de mercurio!
Aquí te tengo dentro del puño, y para que no vuelvas a marcharte, jugando, al
caos del olvido, te pongo en esta gaveta de mi cerebro, donde dice:
Subvención personal... Permítame Su Señoría que me admire de la
despreocupación con que Su Señoría y los amigos de Su Señoría confiesan haber
infringido la Constitución... No me importan los murmullos. Mandaré despejar las
tribunas... ¡A votar, a votar! ¿Votos a mí? ¿Queréis saber con qué poderes
gobierno? Ahí los tenéis: se cargan por la culata. He aquí mis votos: me los ha
fabricado Krupp... Pero ¿qué ruido es este?¿Quién corretea en mi cerebro? ¡Eh!,
¿quién anda arriba?... Ya, ya; es la gota de mercurio, que se ha salido de su
gaveta...».
El que de tal modo habla (si merece nombre de lenguaje esta expresión
atropellada y difusa, en la cual los retazos de oraciones corresponden al
espantoso fraccionamiento de ideas) es uno de esos hombres que han llegado a
perder la normalidad de la fisonomía, y con ella la inscripción aproximada de la
edad. ¿Hállase en el punto central de la vida, o en miserable decrepitud? La
movilidad de sus facciones y el llamear de sus ojos, ¿anuncian exaltado ingenio,
o desconsoladora imbecilidad? No es fácil decirlo, ni el espectador, oyéndole y
viéndole, sabe decidirse entre la compasión y la risa. Tiene la cabeza casi
totalmente exhausta de pelo, la barba escasa, entrecana y afeitada a trozos,
como un prado a medio segar. El labio superior, demasiado largo y colgante,
parece haber crecido y ablandádose recientemente, y no cesa de agitarse con
nerviosos temblores, que dan a su boca cierta semejanza con el hocico gracioso
del conejo royendo berzas. Es pálido su rostro, la piel papirácea, las piernas
flacas, la estatura corta, ligeramente corva la espalda. Su voz sonora regalaría
el oído si su palabra no fuera un compuesto atronador de todas las maneras
posibles de reír, de todas las maneras posibles de increpar, de los tonos del
enfático discurso y del plañidero sermón.
Acércase a él un señor serio y bondadoso, pónele la mano en el hombro con
blandura y cariño, le toma el pulso, lee brevemente en su extraviada fisonomía,
en sus negras pupilas, en el caído labio, y volviéndose a un joven que le
acompaña, dice a este:
«Bromuro potásico, doble dosis».
Sigue adelante el médico, y el paciente toma de nuevo su tono oratorio,
tratando de convencer al tronco de un árbol. Porque la escena pasa en un gran
patio cuadrilongo, cerrado por altos muros sin resalto ni relieve alguno que
puedan facilitar la evasión. Árboles no muy grandes, plantados en fila, tristes
y con poca salud, si bien con muchos pájaros, dejan caer uniformes discos de
sombra sobre el suelo de arena, sin una hoja, sin una piedra, sin un guijarro,
llano y correcto cual alfombra de polvo. Como treinta individuos vagan por aquel
triste espacio; los unos lentos y rígidos como espectros, los otros precipitados
y jadeantes. Este da vueltas alrededor de dos árboles, trazando con su paso
infinitos ochos, sin cesar de mover brazos, manos y dedos, fatigadísimo sin
sudar y balbuciente sin decir nada, rugoso el ceño, huyendo con indecible
zozobra de un perseguidor imaginario. Aquel, arrojado en tierra, aplica la oreja
al polvo para oír hablar a los antípodas, y su cara de idiota, plantada en el
suelo, es como un amarillo melón que se ríe. Un tercero canta en voz alta,
mostrando un papel o estado sinóptico de los ejércitos europeos, con división de
armas y los respectivos soberanos o jefes, todo lo cual debe ser puesto en
música.
El médico va de uno a otro, interrogándoles, contemporizando graciosamente
con las manías de ellos, sin dejar de hacer objeciones discretas a cada una. Ya
se detiene a echar un párrafo con aquel, de rostro estúpido, que lleva el pecho
cargado de medallas, escapularios y amuletos; ya habla rápidamente con un
viejecillo encanijado y risueño que, paseándose solo y tranquilo junto al muro,
con un mugriento kempis en la mano, parece filósofo anacoreta o Diógenes del
Cristianismo, por el abandono de su traje y la unción bondadosa de su fisonomía.
Es un sacerdote que tuvo mucho seso. Está meditando ahora la carta que ha de
dirigir al Papa en este día, siguiendo una costumbre que se repite
infaliblemente en los trescientos sesenta y cinco de cada año, y ya lleva veinte
de encierro. Estrecha con mucho afecto la mano del doctor, échale unos cuantos
latines muy bien encajados en la conversación, y por último pregunta si ha sido
echada al correo su epístola del día anterior, a lo que contesta el médico que
sí, y que forzosamente Su Santidad anda muy distraído en Roma cuando no se digna
contestar a comunicaciones de tanta importancia.
Vuelve el médico hacia donde está el que en los primeros renglones hemos
descrito, y antes de llegar a él dice al practicante:
«Este desgraciado Rufete va a pasar a Pobres, porque hace tres meses
que su familia no paga la pensión de segunda. Él no se dará cuenta del cambio de
situación. Si se exacerba esta tarde, será preciso encerrarle».
Poniéndole la mano en el hombro, el facultativo dice a Rufete:
«Basta, basta ya de violencias. Ya hemos dicho que seremos amigos, siempre
que usted no se me salga de las vías legales... El país le hará justicia...
Calma, serenidad. Si pudiera usted dejar el poder por unos cuantos meses, ¡qué
bien nos vendría a los dos! Nos dedicaríamos a curar radicalmente ese constipado...
-No es constipado-replica Rufete con prontitud, describiendo arcos con la
cabeza-. Es una gota de mercurio... Anda rodando y escurriéndose... Ahora está
aquí, en la sien derecha... Ahora corre y pasa a la sien izquierda... Son ciento
sesenta y siete millones, doscientas...
-Ya, ya sé... Yo quisiera que no se ocupase usted más de esa cantidad, puesto
que está segura.
-No, no está segura-dice Rufete, demostrando terror-. No sabe usted qué
guerra me hacen esos pillos. No me pueden ver. Pero yo gozo con sus infamias.
Cuando un verdadero genio se empeña en subir a la gloria, la envidia le
proporciona escaleras. Deme usted una envidia tan grande como una montaña, y le
doy a usted una reputación más grande que el mundo... Adiós; me voy al Congreso.
¿No sabe usted que se han sublevado los maceros?... Abur, abur».
El médico hace a su compañero la expresiva seña de no tiene remedio, y
pasa adelante.
-II-
No consta si fue aquel día o el siguiente cuando trasladaron al infeliz
Rufete desde el departamento de pensionistas al de pobres. En el primero había
tenido ciertas ventajas de alimento, comodidad, luz, recreo; en el segundo
disfrutaba de un patio insano y estrecho, de un camastrón, de un rancho. ¡Ay!
Cualquiera que despertara súbitamente a la razón y se encontrase en el
departamento de pobres, entre turba lastimosa de seres que sólo tienen de humano
la figura, y se viera en un corral más propio para gallinas que para enfermos,
volvería seguramente a caer en demencia, con la monomanía de ser bestia dañina.
¡En aquellos locales primitivos, apenas tocados aún por la administración
reformista, en el largo pasillo, formado por larga fila de jaulas, en el patio
de tierra, donde se revuelcan los imbéciles y hacen piruetas los exaltados, allí,
allí es donde se ve todo el horror de esa sección espantosa de la Beneficencia,
en que se reúnen la caridad cristiana y la defensa social, estableciendo una
lúgubre fortaleza llamada manicomio, que juntamente es hospital y presidio! ¡Allí
es donde el sano siente que su sangre se hiela y que su espíritu se anonada,
viendo aquella parte de la humanidad aprisionada por enferma, observando cómo
los locos refinan su locura con el mutuo ejemplo, cómo perfeccionan sus manías,
cómo se adiestran en aquel arte horroroso de hacer lo contrario de lo que el
buen sentido nos ordena!
Si en unos la afasia excluye toda clase de dolor, en otros la superficie
alborotada de su ser manifiesta indecibles tormentos... ¡Y considerar que
aquella triste colonia no representa otra cosa que la exageración o el extremo
irritativo de nuestras múltiples particularidades morales o intelectuales... que
todos, cuál más, cuál menos, tenemos la inspiración, el estro de los disparates,
y a poco que nos descuidemos entramos de lleno en los sombríos dominios de la
ciencia alienista! Porque no, no son tan grandes las diferencias. Las ideas de
estos desgraciados son nuestras ideas, pero desengarzadas, sueltas, sacadas de
la misteriosa hebra que gallardamente las enfila. Estos pobres orates somos
nosotros mismos que dormimos anoche nuestro pensamiento en la variedad
esplendente de todas las ideas posibles, y hoy por la mañana lo despertamos en
la aridez de una sola. ¡Oh! Leganés, si quisieran representarte en una ciudad
teórica, a semejanza de las que antaño trazaban filósofos, santos y estampistas,
para expresar un plan moral o religioso, no, no habría arquitectos ni fisiólogos
que se atrevieran a marcar con segura mano tus hospitalarias paredes. «Hay
muchos cuerdos que son locos razonables». Esta sentencia es de Rufete.
El cual no se dio cuenta de aquella caída brusca desde las grandezas de
pensionista a la humildad del asilado. El patio es estrecho. Se codean demasiado
los enfermos, simulando a veces la existencia de un bendito sentimiento que
rarísima vez habita en los manicomios: la amistad. Aquello parece a veces una
Bolsa de contratación de manías. Hay demanda y oferta de desatinos. Se miran sin
verse. Cada cual está bastante ocupado consigo mismo para cuidarse de los demás.
El egoísmo ha llegado aquí a su grado máximo. Los imbéciles yacen por el suelo.
Parece que están pastando. Algunos exaltados cantan en un rincón. Hay grupos que
se forman y se deshacen, porque si no amistad, hay allí misteriosas simpatías o
antipatías que en un momento nacen o mueren.
Dos loqueros graves, membrudos, aburridos de su oficio, se pasean atentos
como polizontes que espían el crimen. Son los inquisidores del disparate. No hay
compasión en sus rostros, ni blandura en sus manos, ni caridad en sus almas. De
cuantos funcionarios ha podido inventar la tutela del Estado, ninguno es tan
antipático como el domador de locos. Carcelero-enfermero es una máquina muscular
que ha de constreñir en sus brazos de hierro al rebelde y al furioso; tutea a
los enfermos, los da de comer sin cariño, los acogota si es menester, vive
siempre prevenido contra los ataques, carga como costales a los imbéciles, viste
a los impedidos; sería un santo si no fuera un bruto. El día en que la ley haga
desaparecer al verdugo, será un día grande si al mismo tiempo la caridad hace
desaparecer al loquero.
Rufete huía maquinalmente de los loqueros, como si los odiara. Los
funcionarios eran para él la oposición, la minoría, la prensa; eran también el
país que le vigilaba, le pedía cuentas, le preguntaba por el comercio abatido,
por la industria en mantillas, por la agricultura rutinaria y pobre, por el
crédito muerto. Pero ya le pondría él las peras a cuarto al señor país,
representado en aquellos dos señores tiesos, que en todo querían meterse, que
todo lo querían saber, como si él, el eminentísimo Rufete, estuviera en tan alta
posición para dar gusto a tales espantajos. Le miraban atentos, y con sus ojos
investigadores le decían: «Somos la envidia que te mancha para bruñirte y te
arrastra para encumbrarte».
Todos los habitantes del corral tienen su sitio de preferencia. Esta
atracción de un trozo de pared, de un ángulo, de una mancha de sombra, es un
resto de la simpatía local que aquellos infelices llevan a la región de
tinieblas en que vive su espíritu. Constantemente se agitaba Rufete en un ángulo
del patio, tribuna de sus discursos, trono de su poder. La pared remedaba las
murallas egipcias, porque el yeso, cayéndose, y la lluvia, manchando, habían
bosquejado allí mil figuras faraónicas.
Cuando Rufete se cansaba de andar, sentábase. Tenía mucho que hacer,
despachar mil asuntos, oír a una turba de secretarios, generales, arzobispos,
archipámpanos, y después..., ¡ah!, después tenía que echar miles de firmas,
millones, billones, cuatrillones de firmas. Se sentaba en el suelo, cruzaba los
brazos sobre las rodillas, hundía la cara entre las manos, y así pasaba algunas
horas oyendo el sordo incesante resbalar del mercurio dentro de su cabeza. En
aquella situación, el infeliz contaba los ciento sesenta y siete millones de
pesetas. Esto era fácil, sí, muy fácil; lo terrible era el pico de aquella suma.
¿Por qué se escapaban las cifras, huyendo y desapareciendo en menudas partículas
del metal líquido por los intersticios del tul del pensamiento? Era preciso
pensar fuerte y espesar la tela, para coger aquellas 233.412 pesetas, con sus
graciosas crías los 75 céntimos.
Los vestidos de este sujeto sin ventura eran puramente teóricos. Había sobre
sus miserables y secas carnes algunas formas de tela que respondían en principio
a la idea de camisa, de levita, de pantalón; pero más era por los pedazos que
faltaban que por los pedazos que subsistían. ¡Hacía tanto tiempo que su familia
no le llevaba ropa!... Últimamente le pusieron una blusa azul. Pero una mañana
se comió la mitad. Era el más indócil y peor educado de todos los habitantes de
la casa. No obstante, sobre aquellos harapos se ponía todos los días una corbata
no mala, liándosela con arte y esmero delante de la pared, hecha espejo de un
golpe de imaginación. Aquel negro dogal sobre la carne desnuda del estirado
cuello, impedíale a veces los movimientos; pero llevaba con paciencia la
molestia en gracia del bien parecer.
Cuando anochecía o cuando el tiempo era malo, Rufete era el último que dejaba
el patio. Comúnmente los loqueros se veían en el caso de llevarle a la fuerza.
Dormía en una sala baja, húmeda, con rejas a un largo pasillo, el cual las tenía
a la huerta. Desde los duros camastros veíase la espesura del arbolado; pero, al
través de las rejas dobles, la alegría del intenso verdor llegaba a los ojos de
los orates mermada o casi perdida, con un efecto de país bordado en cañamazo. En
el dormitorio no cesaban, ni aun a horas avanzadas, los cantos y gritos. Las
tinieblas eran para la mayor parte de ellos lo mismo que el claro día. Algunos
dormían con los ojos abiertos. Oíase desde la sala la murmuración del chorro de
una fuente, la cual con tal constancia estimulaba el oído, que Rufete se pasaba
horas enteras en conversación tirada con el agua charlatana en estos o parecidos
términos: «En todo lo que Su Señoría me dice, señor chorro, hay mucha parte de
razón y mucho que no puede admitirse. Subí al poder empujado por el país que me
llamaba, que me necesitaba. El primer escalón fue mi mérito, el segundo mi
resolución, el tercero la lisonja, el cuarto la envidia... ¿Pero qué habla usted
de convenios reservados, de pactos deshonrosos? Cállese usted, tenga usted la
bondad de callarse; le ruego, le mando a usted que se calle».
Y colérico se abalanzaba a la reja, ponía el oído, hacía señales de
conformidad o denegación, oprimía los barrotes. La fluida elocuencia del chorro
no tenía fin jamás. Era como uno de esos oradores incansables que siempre están
hablando de sí mismos. La aurora le encontraba engolfado en la misma tesis, y a
Rufete diciendo con espantosa jovialidad: «No me convence, no me convence Su
Señoría».
¡La aurora!, aun en una casa de locos es alegre; aun allí son hermosos el
risueño abrir de ojos del día y la primera mirada que cielo y tierra, árboles y
casas, montes y valles se dirigen. Allí los pájaros madrugadores gorjean lo
mismo que en las alamedas del Retiro sobre las parejas de novios; el sol, padre
de toda belleza, esparce por allí los mismos prodigios de forma y color que en
las aldeas y ciudades, y el propio airecillo picante que menea los árboles, que
orea el campo, que estimula a los hombres al trabajo y lleva a todas partes la
alegría, el buen apetito, la sazón y la salud, derrama también por todas las
zonas del establecimiento su soplo vivificante. Las flores se abren, las moscas
emprenden sus infinitos giros, las palomas se lanzan a sus remotos viajes
atmosféricos; arriba y abajo cada cual cede al impulso excitante según su
naturaleza. Los locos salen de los cuartos o dormitorios con sus fieros
instintos poderosamente estimulados. Redoblan, en aquella hora del
despertamiento general, sus acostumbrados dislates, hablan más alto, ríen más
fuerte, se arrastran y se embrutecen más; algunos rezan, otros se admiran de que
el sol haya salido de noche, aquel responde al lejano canto del gallo, este
saluda al loquero con urbanidad refinada; quién pide papel y tinta para escribir
la carta, ¡la indispensable carta del día!; quién se lanza a la carrera, huyendo
de un perseguidor que aparece montado en el caballo del día, y todo aquel
carnavalesco mundo comienza con brío su ordinaria existencia.
La numerosa servidumbre de la casa emprende la faena de limpieza, y estrépito
de escobazos corre por salas y pasillos, confundiéndose con el sacudir de ropas,
el arrastrar de muebles. A misa llama la campana de la capilla, el Director
administrativo sale de su despacho a inspeccionar los servicios, y las hermanas
de la Caridad, alma y sostén del asilo por estar encargadas de su régimen
doméstico, van y vienen con actividad de madres de familia. Sus faldas azules,
azotadas por enorme rosario, sus blancas tocas aladas, respetables y respetadas
como enseña de paz, se ven por todas partes, entre el verdor de la huerta, entre
los estantes de la botica, en la enorme cocina, cuyos hogares de hierro vomitan
lumbre; en la despensa llena de víveres; en el lavadero, donde ya saltan los
chorros de agua; en el alto secadero que domina la huerta, y en el patio de
mujeres, en la región de las locas, que es el departamento de trabajo más penoso
y de las dificultades más terribles.
¡Las locas! Estamos en el lugar espeluznante de aquel Limbo enmascarado de
mundo. Los hombres inspiran lástima y terror; las hijas de Eva inspiran
sentimientos de difícil determinación. Su locura es, por lo general, más
pacífica que en nosotros, excepto en ciertos casos patológicos exclusivamente
propios de su sexo. Su patio, defendido en la parte del sol por esteras, es un
gallinero donde cacarean hasta veinte o treinta hembras con murmullo de
coquetería, de celos, de cháchara frívola y desacorde que no tiene fin, ni
principio, ni términos claros, ni pausa, ni variedad. Óyese desde lejos, cual
disputa de cotorras en la soledad de un bosque... Las hay también juiciosas.
Algunas pensionistas, tratadas con esmero, están tranquilas y calladas en
habitación clara y limpia, ocupándose en coser, bajo la vigilancia y dirección
de dos hermanas de la Caridad. Otras se decoran con guirnaldas de trapo, flores
secas o con plumas de gallina. Sonríen con estupidez o clavan en el visitante
extraviados ojazos.
También la hermosa mitad tiene sus jaulas de dobles rejas. No serían
mujeres si no necesitaran alguna vez estar bajo llave. Es frecuente ver dos
manos flacas y nerviosas asidas a una reja, y oír la voz ronca de una
desgraciada que pide le devuelvan los hijos que nunca ha tenido. Hay una que
corre por pasillos y salas buscan do su propia persona.
Volvamos al patio de varones pobres. Aquel día faltaba en él Rufete.
Creeríase que había crisis. Poco después de amanecer se dirigió al loquero y le
dijo: «Hoy no estoy para nadie, absolutamente para nadie». Después cayó en un
marasmo profundo. Enmudeció. El chorro de la fuente preguntaba por él y ninguno
de los asilados allí presentes sabía darle razón.
Lleváronle a la enfermería. El médico mandó que le dieran una ducha, y fue
llevado en brazos a la inquisición de agua. Es un pequeño balneario, sabiamente
construido, donde hay diversos aparatos de tormento. Allí dan lanzazos en los
costados, azotes en la espalda, barrenos en la cabeza, todo con mangas y tubos
de agua. Esta tiene presión formidable, y sus golpes y embestidas son
verdaderamente feroces. Los chorros afilados, o en láminas, o divididos en hilos
penetrantes como agujas de hielo, atacan encarnizados con el áspero chirrido del
acero. Rufete, que ya conocía el lugar y la maquinaria, se defendió con fiero
instinto. Le embrazaron, oprimiéndole en fuerte anilla horizontal de hierro
sujeta a la pared, y allí, sin defensa posible, desnudo, recibió la acometida.
Poco después yacía aletargado en una cama con visibles apariencias de bienestar.
Al fin, durmió profundamente.
-III-
A la misma hora que esto pasaba, una joven llegó a la puerta del
establecimiento. Quería ver al señor Director, al señor facultativo, quería ver
a un enfermo, a su señor padre, a un tal don Tomás Rufete; quería entrar aunque
se lo vedaran; quería hablar con el señor capellán, con las hermanas, con los
loqueros; quería ver el establecimiento; quería entregar una cosa; quería decir
otra cosa...
Estos múltiples deseos, que se encerraban en uno solo, fueron expresados
atropelladamente y con turbación por la muchacha, que era más que medianamente
bonita, no por cierto muy bien vestida ni con gran esmero calzada. Temblaba al
hacer sus preguntas y ponía extraordinario ardor en la expresión de su deseo.
Sus ojos expresivos habían llorado, y aún lloraban algo todavía. Sus manos algo
bastas, sin duda a causa del trabajo, oprimían un lío de ropa seminueva, mal
envuelta en un pañuelo rojo. Rojo era también el que ella en su cabeza llevaba,
descuidadamente liado debajo de la barba a estilo de Madrid. ¿Con qué prenda se
cubría? ¿Sotana, mantón, gabán de hombre? No: era una prenda híbrida, un arreglo
del ruso al español, un cubrepersona de corte no muy conforme con el usual
patrón. Ello es que su pañuelo rojo, sus lágrimas acabadas de secar, su gabán
raído y de muy difícil calificación en indumentaria, su agraciado rostro, su
ademán de resignación, sus botas mayores que los pies y ya entradas en días,
inspiraban lástima.
No le fue difícil llegar al despacho del señor Director. Al verle y darse a
conocer y preguntar por el Sr. Rufete, se le vinieron tantas lágrimas a los ojos
y la garganta se le obstruyó de tal modo, que tuvo que callarse. El Director,
hombre compasivo, la mandó sentar, rogándole que se calmase.
«Hace tres meses que no se ha pagado la pensión-dijo ella al cabo, metiendo
la mano en alguna parte de su extraña vestimenta».
Porque el gabán tenía un bolsillo hondo. Su autora había sido pródiga en esto,
presumiendo tener mucho que guardar. De aquel pozo de tela sacó un paquete de
papel que parecía contener dinero.
«Luego, luego veremos-dijo el Director, resistiéndose a tomar la suma-. ¡Ah!
¿También trae ropa? Veo que no se descuida usted... Está bien, bien. El pobre D.
Tomás tenía ya mucha falta... Déjelo usted ahí. Luego... Siéntese usted y
descanse.
-¿Pero no le veré ahora mismo?-preguntó ella con ansiedad.
-No es fácil, no es fácil. Ya sabe usted que se excitan mucho al ver a las
personas de su familia. Precisamente el pobre Sr. Rufete está sufriendo ahora
una crisis bastante peligrosa».
La del ruso cruzó las manos, y miró al techo.
«El señor facultativo está haciendo ahora la visita... Le hablaremos, veremos
lo que dice. Si él consiente... Pero no lo consentirá. No conviene que usted vea
a su señor padre ahora. Más tarde... Siéntese usted, tranquilícese. Ya, ya
recuerdo cuando vino usted con él hace bastante tiempo. Usted se llama...
-Isidora, para servir a usted... ¡Pobrecito papá! Si no me le dejan ver,
dígale usted que estoy aquí, que está aquí su Isidorita, que viene a darle un
beso, que mañana traeré a Mariano, mi hermanito... ¡Ah Dios mío!; pero él no
entenderá, no entenderá nada. ¡Pobre hombre! ¿Y no hay esperanzas de que vuelva
a la razón?».
El Director hizo signos de cabeza y boca sumamente desconsoladores. Parecía
empeñado en quitar toda esperanza. Isidora, rendida de cansancio, se sentó en
una banqueta. Habiéndole recomendado con frases convencionales, si bien
generosas, la resignación y una tranquilidad que era imposible, el Director
salió.
No se quedó sola la joven en el despacho. En un ángulo de este había una mesa
de escribir. Sentado tras ella, con la espalda a la pared, un hombre escribía,
fija la vista en el papel, trazando con seguro pulso esos hermosos caracteres
redondos y claros de la caligrafía española. La mesa estaba llena de papeles que
parecían estados, listas de nombres, cuentas con infinitas baterías de números.
Un alto estante repleto de papeles y libros rayados indicaba que aquel buen
señor de pluma y suma ayudaba al Director, cuya mesa no distaba mucho, en la
difícil administración del Establecimiento. Era el tipo del funcionario antiguo,
del ya fenecido covachuelista, conservado allí cual muestra del metódico,
rutinario y honradísimo personal de nuestra primitiva burocracia. Era de edad
provecta, pequeño, arrugadito, bastante moreno y totalmente afeitado como un
cura. Cubría su cabeza con un bonetillo circular, ni muy nuevo ni muy raído,
contemporáneo de los manguitos verdes atados a sus codos. Escribía con trazos
tan seguros, uniformes y ordenados, que parecía escribientil máquina. Sin alzar
los ojos del papel estiraba de rato en rato toda la piel de la boca, mostraba
los dientes blancos, finos y claros, y por entre los huecos de ellos sorbía una
gran porción de aire. Isidora, harto ocupada de su dolor, no hacía caso del
anciano escribiente; pero este no cesaba de echar ojeadas oblicuas a la joven
como buscando un motivo de entablar conversación. Siendo al fin más fuerte que
su timidez su apetito de charlar, rompió el silencio de esta manera:
«Señorita, ¿se cansa usted de esperar?... Todo sea por Dios. No hay más
remedio que conformarse con su santa voluntad».
A Isidora (¿por qué ocultarlo?) le gustó que la llamaran señorita. Pero como
su ánimo no estaba para vanidades, fijó toda su atención en las palabras
consoladoras que había oído, contestando a ellas con una mirada y un hondísimo
suspiro.
«Esta casa-añadió el amanuense dando a conocer mejor su voz melodiosa y dulce,
que llegaba al alma-no es una casa de divertimiento; es un asilo triste y
fúnebre, señorita. Yo me hago cargo, sí, señorita, me hago cargo de su dolor de
usted...».
Y se envasó en el cuerpo, aspirándola por entre los dientes, otra gran
cantidad de aire. Jugaba graciosamente con la pluma, y mojándola y sacudiéndola
a golpecitos metódicos, prosiguió así:
«Pero no debe esperarse de este pícaro mundo otra cosa que penas, ¡ay!...
penas y amarguras. Usted es joven, usted es una niña, y todavía... vamos,
todavía no conoce más que las flores que suelen adornar al principio los bordes
del camino; pero cuando usted ande más, más...».
Isidora dio otro suspiro. Grandísimo consuelo le infundían las palabras
sensatas y filosóficas de aquel bondadoso sujeto, a quien desde entonces tuvo
por sacerdote.
«¿Es usted....por casualidad sacerdote?-le preguntó con timidez.
-No, señora-repuso el otro, escribiendo un poco-. Soy seglar. Hace treinta y
dos años que trabajo en esta oficina. Pero, volviendo al asunto, el mundo,
señorita, es un valle de lágrimas. Váyase usted acostumbrando a esta idea.
Afortunadamente hemos nacido y vivimos en el seno de la religión verdadera, y
sabemos que hay un más allá, sabemos que en ese más allá, señorita,
nos aguarda el premio de nuestros afanes; sabemos que hemos de volver a ver a
los que hemos perdido...».
El anciano se conmovió un poco, Isidora tanto, que volvieron a salir lágrimas
de sus ojos. Llevándose a ellos la punta del pañuelo rojo, exclamó:
«¡Mi pobre enfermo!...
-¡Ah!... ¡qué bello es el dolor de una hija!-dijo el bebedor de aire soltando
resueltamente la pluma-, ¡cuán meritorio a los ojos de Aquel que todo lo ve, que
todo lo pesa, que da a cada uno lo suyo!... Llore usted, llore usted; no seré yo
quien trate de combatir su pena con consuelos triviales. Lo único que le diré es
que la religión y el tiempo la curarán de este mal: la religión elevando su
espíritu y haciéndole ver una segunda vida de premio y descanso donde los que
hemos llorado seremos consolados, donde los que tuvimos hambre y sed de justicia
seremos hartos; el tiempo, pasando su mano suave, suave, por estas nuestras
heridas y cerrándolas poco a poco. Usted es aún muy joven. Puede ser que el
Señor le reserve aquí en la tierra algo de lo que, por no tener otra palabra,
llamamos felicidades; usted será esposa de algún hombre honrado, madre de
familia, dignísima abuela...».
Acababa de liar un cigarrillo, y con mucha finura dijo así:
«¿Le molesta a usted el humo del tabaco?
-¡Oh! no, señor; no, señor.
-Más cómodamente estará usted en el sillón que en ese banco. ¿Por qué no se
sienta usted allí?
-No, señor; muchas gracias. Aquí estoy bien».
Isidora estaba encantada. La discreta palabra de aquel buen señor, realzada
por un metal de voz muy dulce, su urbanidad sin tacha, un no sé qué de tierno,
paternal y simpático que en su semblante había, cautivaban a la dolorida joven,
inspirándole tanta admiración como gratitud. El ancianito la miraba como para
inundarla, digámoslo así, con las corrientes de bondad que afluían de sus ojos.
Había en su mirar tanta compasión, un interés tan puro y cristiano, que la pobre
joven se felicitó interiormente de aquella amistad que le deparaba Dios en
momentos de aflicción. Pensándolo así y dando gracias a Dios por un socorro
moral de tanta valía, se sintió tocada del deseo de confiarse, de abrir un poco
su corazón para mostrar sus penas. Era naturalmente expansiva, y las
circunstancias la ponían en el caso de serlo más aún que de ordinario.
«¿Conoce usted a mi padre?-preguntó.
-Sí, hija mía, le conozco y me da mucha lástima... Bastante se ha hecho en la
casa por aliviar sus penas y combatir sus manías... Pero Dios no ha querido.
Contra Él no se puede nada. Consolémonos todos pensando en que la grandiosa
armonía del mundo consiste en el cumplimiento de la voluntad soberana».
Esta sentencia afectó a la de Rufete, haciéndole pensar en lo cara que a ella
sola le costaba la armonía de todos. Enjugándose otra vez las lágrimas, dijo así:
«¡Y si viera usted qué bueno ha sido siempre!... ¡Cuánto nos quería! No tenía
más que un defecto, y es que nunca se contentaba con su suerte, sino que
aspiraba a más, a más. Es que el pobrecito tenía talento, se encontraba siempre
en último lugar debiendo estar en el primero... ¡Hay en el mundo cada injusticia...!
Por eso él no se conformaba nunca, y estaba siempre de mal humor y se enojaba y
reñía con mi madre. Como era caballero y sus posibles no le daban para portarse
como caballero, padecía lo indecible. Y no es que no trabajase... Iba a la
oficina casi todos los días y se pasaba en ella lo menos dos horas. Fue
secretario de tres Gobiernos de provincia y no llegó a gobernador por intrigas
de los del partido. Mi madre le decía: «¡Ah!, mejor te valdría haber aprendido
un oficio que no vivir colgado a los faldones de los ministros, hoy me caigo,
hoy me levanto...». ¡Pero quia!; él sabía de oficina más que la Gaceta, y
cuando hablaba de las rentas, del presupuesto y de esas cosas de gobernar, todos
los que le oían estaban asombrados. Su padre, mi abuelito, había sido también de
oficina. El pobre murió de mala manera. ¿Le conoció usted?...
-No, hija mía. Siga usted, que la oigo con mucho interés.
-Fue, en no sé qué tiempo, de la Milicia Nacional, hizo barricadas, hablaba
mucho, y para él todos los que gobernaban eran ladrones. Cuando yo era niña
jugaba con el morrión de mi abuelo... ¡Qué cosas!... Oiga usted... El que llamo
mi padre fue más listo que el que llamo mi abuelo. ¡Oh!, sí, era caballero y
tenía talento. En el partido le temían. Él mismo lo decía: «Yo tengo que llegar
a donde debo llegar, o me volveré loco...» ¡Pobrecito! Cuando estaba cesante se
desesperaba. Iba a las sesiones del Congreso y hacía mucho ruido en la tribuna
aplaudiendo a la oposición. Salía de Madrid con recados secretos. No hablaba más
que de la que se iba a armar, de una cosa tremenda..., ¿me entiende usted?».
El anciano, después de tragarse la mitad de la atmósfera del cuarto, hizo
signos afirmativos, arqueando las cejas y sonriendo como hombre conocedor de las
debilidades de sus semejantes.
«La última vez que le dejaron cesante, nos vimos tan mal, tan mal, que no se
podía esperar a que le colocaran. Yo trabajaba; mi mamá cayó enferma; mi padre
entró de corrector de pruebas en una imprenta donde se hacía un periódico grande,
muy grande... Trabajaba todas las noches junto a un quinqué de petróleo que le
abrasaba la frente. Se tragaba mil discursos, artículos, sueltos, decretos, y
cuando llegaba la mañana (porque el trabajo duraba toda la noche) y volvía a
casa, no descansaba, no, señor. ¿Qué creerá usted que hacía? Pues ponerse a
escribir. Todos los días entraba con una mano de papel y la llenaba de cabo a
rabo. ¿Qué creerá usted que escribía?
-Cartas al Soberano, al Santo Padre, a los embajadores y ministros. Por ahí
empiezan muchos.
-¡Quia!; no, señor. Escribía decretos, leyes y reales órdenes. Aunque al
salir de su cuarto cerraba siempre, yo hallé una noche medios de abrir, y vimos
todo. Mi mamá y yo decíamos: «Quizás esté copiando para traernos algo de comer».
¡Qué chasco nos llevamos!; todo se volvía: Artículo primero, tal cosa;
artículo segundo, tal cosa. Y luego: Quedo encargado de la ejecución del
presente decreto. Hacía preámbulos atestados de disparates. Conforme llenaba
pliegos los iba coleccionando con mucho cuidado, y a cada legajo le ponía un
letrero diciendo: Deuda Pública, o Clases Pasivas, Aduanas,
Banco, Amillaramientos. También ponía en ciertos paquetes rótulos
que no entendíamos, porque eran ya locura manifiesta, y decían: Ruinas, o
bien Fanatismo, Barbarie, Urbanización de Envidiópolis,
Vidrios rotos, Sobornos, Subvención Personal, y así por este
estilo. «¡Ay Dios mío!-dijimos mamá y yo-; ya no tenemos marido, ya no tenemos
padre. Este hombre está loco». Estuvimos llorando toda la noche.
-Todo sea por Dios-dijo, con emoción el viejo, al ver que Isidora se
interrumpía para llorar-. Pero ¿qué es eso, hija mía, comparado con lo que
Cristo padeció por nosotros?
-Mi madre murió en aquellos días-prosiguió Isidora, casi completamente
ahogada por el llanto-. Aquel día, ¡oh Dios mío, qué día!, mi padre hizo los
disparates más atroces; no lloró, no se afectó nada. Cuando mi madre expiró en
mis brazos, él dio dos o tres paseos por el cuarto, y mirándome con unos ojos...,
¡Jesús, qué ojos!..., me dijo: «Se le harán los honores de tenienta generala
muerta en campaña...». No puedo recordar estas cosas; me muero de pena. Fue
preciso encerrarle aquí. Un pariente bastante acomodado que teníamos en el Tomelloso se condolió de mí y ofreció dar la pensión de segunda. Yo me fui a la
Mancha con él, y mi hermanito se quedó aquí con una tía de mi madre. Pasado
algún tiempo, mi tío el canónigo se olvidó de pagar la pensión. Es el mejor de
los hombres; pero tiene unas rarezas...».
Desde la mitad de esta relación, ya tenía Isidora que beberse las lágrimas
entre palabra y palabra. El bendito señor que la oía, enternecido de tanta
desdicha, levantose de su asiento y dio algunos pasos para vencer su emoción.
«Todo sea por Dios-dijo liando nerviosamente otro cigarrillo-. Noble criatura,
su juventud de usted ha sido muy triste; ha nacido usted en un páramo...
-Y todo cuanto he padecido ha sido injusto-añadió ella prontamente, sorbiendo
también una regular porción de aire, porque todo es contagioso en este mundo-.
No sé si me explicaré bien; quiero decir que a mí no me correspondía compartir
las penas y la miseria de Tomás Rufete, porque aunque le llamo mi padre, y a su
mujer mi madre, es porque me criaron, y no porque yo sea verdaderamente su hija.
Yo soy...».
Se detuvo bruscamente por temor de que su natural franco y expansivo la
llevase, sin pensarlo, a una revelación indiscreta. Pero el escribiente, con esa
rapacidad de pensamiento que distingue a los hombres perspicaces, se apoderó de
la idea apenas indicada, y dijo así:
«Sí, entiendo, entiendo. Usted por su nacimiento pertenece a otra clase más
elevada; sólo que circunstancias largas de referir la hicieron descender... ¡Cosas
de Nuestro Padre que está en los Cielos! Él sabrá por qué lo hace. Acatemos sus
misterios divinos, que al fin y a la postre, siempre son para nuestro bien.
Usted, señorita-añadió tras breve pausa, quitándose cortesanamente la gorra-, no
ve, no puede ver en el infelicísimo Rufete más que un padre putativo, tal y como
el Santo Patriarca San José lo era de Nuestro Señor Jesucristo».
¡De qué manera tan clara relampagueó el orgullo en el semblante de Isidora al
oír aquellas palabras! Su rubor leve pasó pronto. Sus labios vacilaron entre la
sonrisa de vanidad y la denegación impuesta por las conveniencias.
«Yo no quisiera hablar de eso-dijo tomando un tonillo enfático de calma y
dignidad, que no hacía buena concordancia con su ruso-. ¡Respeto tanto al que
llamo mi padre, le quiero tanto, nos quiso él tanto a mí y a mi hermanito!..., ¡fuimos
tan mimados cuando éramos niños!... Nos hacía el gusto en todo, y como entonces
mandaba el partido y él tenía una buena colocación (porque estaba en Propiedades
del Estado), vivíamos muy bien. En aquella época Rufete puso nuestra casa con
mucho lujo, con un lujo... ¡Dios de mi vida! Como él no tenía más idea que
aparentar, aparentar, y ser persona notable...
-Hija mía-dijo el anciano con vivacidad-, una de las enfermedades del alma
que más individuos trae a estas casas es la ambición, el afán de
engrandecimiento, la envidia que los bajos tienen de los altos, y eso de querer
subir atropellando a los que están arriba, no por la escalera del mérito y del
trabajo, sino por la escala suelta de la intriga, o de la violencia, como si
dijéramos, empujando, empujando...».
No bien hizo el venerable sujeto esta sustanciosa observación, que indicaba
tanto juicio como experiencia, marchó con acompasado y no muy lento andar hacia
el rincón opuesto del despacho. Reflexionaba Isidora en aquellas sabias palabras,
fijos los ojos en las rayas de la estera de cordoncillo; pero su pena y la
situación en que estaba la reclamaron, y volvió a suspirar y a asombrarse de que
el Director tardase tanto. Cuando alzó los ojos, el anciano pasaba por delante
de ella en dirección de la mesa; en seguida pasaba de nuevo en dirección del
ángulo. Sin advertir que el buen señor estaba muy agitado, sin duda por hacerse
generosamente partícipe de las penas que había oído referir, Isidora se distraía
un poco, pues por grande que sea una desdicha y por mucho que embargue y ahogue,
hay momentos en que deja libre el espíritu para que dé un par de vueltas o
paseos por el campo de la distracción, y se fortifique antes de volver al
martirio. Un dilatado aburrimiento, un largo período de antesala, ayudan este
fenómeno del alma.
Como en el despacho aquel reinaban el silencio y la calma; como en el pasar y
repasar del anciano escribiente había algo de oscilación de péndulo; como,
además, del propio interior de Isidora se derivaba una dulce somnolencia que
aletargaba su dolor, la joven se entretuvo, pues, un ratito contemplando la
habitación. ¡Qué bonito era el mapa de España, todo lleno de rayas divisorias y
compartimientos, de columnas de números que subían creciendo, de rengloncitos
estadísticos que bajaban achicándose, de círculos y banderolas señalando
pueblos, ciudades y villas! En la región azul que representaba el mar, multitud
de barquitos precedidos de flechas marcaban las líneas de navegación, y por la
gran viñeta de la cabecera menudeaban las locomotoras, los vapores, los faros, y
además muelles llenos de fardos, chimeneas de fábricas, ruedas dentadas, globos
geográficos, todo presidido por un melenudo y furioso león y una señora con las
carnes bastante más descubiertas de lo que la honestidad exige... ¡Qué silencio
tan hondo y suave se aposentaba en la sosegada estancia, y cómo se sentía el
ambiente puro del campo! Sólo cuando se abría la puerta entraba un eco lejano y
horripilante de risas y gritos que no eran como los gritos y risas del mundo. ¡Y
cuántos y cuán bonitos libros encerraba el armario de caoba, sobre el cual
gallardeaba un busto de yeso! Aquel señor blanco sin niñas en los ojos, con los
hombros desnudos como una dama escotada, debía de ser alguno de los muchos
sabios que hubo en tiempos remotos, y en él, en el estante de los libros y en el
mapa gráfico-estadístico se cifraba toda la sabiduría de los siglos.
En este reconocimiento del lugar empleó Isidora menos de un minuto. De pronto
se fijó en el anciano, que seguía pasando por delante de ella con rapidez
creciente, y se asombró de ver la agitación de sus manos, el temblor de sus
labios y la vivacidad de sus ojos, apariencias muy distintas de aquella su
anterior facha bondadosa y simpática. Parándose ante Isidora, exclamó con
palabra torpe y muy conmovida:
«Señora, nunca hubiera creído esto en una persona como usted.
-¡Yo!-murmuró Isidora, llena de espanto.
-¡Sí!-dijo el otro alzando la voz-, usted me está insultando; usted me está
insultando».
El disparatado juicio, la voz alterada del viejo, su agitación creciente,
fueron un rayo de luz para Isidora. Se levantó buscando la puerta; corrió hacia
ella despavorida. El terror le daba alas. Entre tanto el anciano gritaba:
«Insultándome, sí, sin respeto a mis canas, a mis sufrimientos de padre...
¡Oh, Señor! Perdónala, perdónala, Señor, porque no sabe lo que se dice».
Isidora salió al pasillo cuando llegaba el Director, que al instante
comprendió la causa de su miedo. Sonriendo, la tomó de la mano para obligarla a
entrar.
«El pobre Canencia...-dijo-. Cosa rara... Hace tanto tiempo que está
tranquilo... Pero es un ángel, es incapaz de hacer el menor daño».
Ambos le miraron. El semblante del anciano no expresaba ira, sino emoción, y
dos lágrimas rodaban por sus mejillas.
«También usted me insulta, señor Director-dijo oprimiéndose el pecho, y con
la entonación y los ademanes de un cómico mediano-. No puedo más, no puedo más...
¡Adiós, adiós, ingratos!».
Y salió escapado.
«Eso le pasa pronto-indicó el Director a Isidora, que aún no había vuelto de
su espanto-. Es un bendito; hace treinta y dos años que está en la casa y pasa
largas temporadas, a veces dos y tres años, sin la más ligera perturbación. Sus
accesos no son más que lo que usted ha visto. Principia por decir que tiene dos
máquinas eléctricas en la cabeza y luego sale con que le insulto. Echa a correr,
da unos cuantos paseos por la huerta, y al cabo de un rato está ya sereno.
Trabaja bien, me ayuda mucho, y, como usted habrá visto si le ha oído, es de
encargo para dar consejos. Parece un santo y un filósofo. Yo le quiero al pobre Canencia. Vino por cuestiones y pleitos con sus hijos... Historia larga y triste
que no es de este lugar. Vamos a la de usted, que tampoco es alegre, y hoy menos
que nunca».
El Director dio un gran suspiro, expresión oficial de sus sentimientos
compasivos, e Isidora quedose fría, aguardando terribles noticias. ¡Cómo miraba
al buen señor, deletreando en su cara, y qué bien le decía esta que no esperara
nada bueno!
«Yo quisiera verle...-balbució Isidora.
-Eso es imposible. ¡Verle!, ¿y para qué?... Mal, muy mal está el pobre Rufete-afirmó
el Director, moviendo la cabeza-. Llénese usted de paciencia, porque,
verdaderamente, si esta enfermedad es incurable, si no cesa de atormentarse el
que la padece, mejor es que se vaya a descansar... Yo, lo digo con franqueza, si
tuviera alguna persona de mi familia en ese estado, desearía...».
Trabajo le costó a Isidora admitir la funesta verdad que se le quería
anunciar con caritativas precauciones, y tragando saliva para deshacer aquel
nudo que en su garganta se formaba, habló con medias palabras de esta manera:
«Quién sabe... Todavía... Pero yo quiero verle.
-Vamos, que no... Ya...».
El buen señor estaba impaciente. Tenía que hacer.
«Siéntese usted...-murmuró acercando un sillón-. ¿Quiere usted que le traiga
un vaso de agua?».
Isidora no decía nada. Sus ojos, aterrados, se clavaron en el busto de yeso.
Lo examinó bien y estúpidamente, viéndole con claridad, por esa atracción rara
que en el momento de recibir una noticia grave ejerce sobre los sentidos un
objeto material cualquiera, que luego queda por algún tiempo asociado a la
noticia misma...
-IV-
Al mismo tiempo que Isidora contaba sus desdichas al inocentísimo Canencia,
ocurría no lejos de allí un hecho que, con ser muy triste, no afectaba
grandemente a los que lo presenciaban. Eran éstos el Director facultativo, el
administrativo, un practicante, alumno de Medicina, el capellán y un enfermero.
El moribundo, pues de morirse un hombre se trata, era Rufete. La crisis era
violenta y calmosa, de desarrollo fácil y término decidido. El enfermo apenas
tenía movimiento y vida más que en la cabeza; no padecía nada; se iba por rápida
y llana pendiente, sin choque, sin batalla, sin convulsiones, sin defensa.
«Muere bien»-dijo en voz baja el médico.
El paciente dio un gran suspiro, abrió los ojos, miró a todos uno por uno; y
no con furia, no con espasmos de insensato, ni iracundas recriminaciones, sino
con apagada voz, con sentimiento tranquilo, que más que nada era profundísima
lástima de sí mismo, pronunció estas palabras: «Caballeros, ¿es cierto lo que me
figuro?... ¿Es cierto que estoy en Leganés?».
El médico le quiso consolar con palabras campechanas.
«Hombre, no sea usted tonto...; si está usted en su casa... Vamos, que se va
usted a poner bueno».
El enfermo movió tristemente la cabeza. Permaneció largo rato mudo. Después
tomó la mano del cura, la besó... Quiso hablar, no pudo, se le vio luchar con la
palabra. Al fin, tras un desesperado esfuerzo de voluntad, pudo decir a media
voz:
«Mis hijos..., la marquesa...».
Y calló para siempre. Médico y aprendiz observaron con la atención y la
frialdad de la ciencia aquel caso de tránsito, y después se fueron a extender el
parte. Acercose a ellos el Director, manifestándoles con más lástima que alarma
la presencia en la casa de una hija del muerto. El aprendiz de médico declaró al
punto conocerla, y alegrándose de que allí estuviera, quiso participar de las
dificultades de darle la noticia y del compromiso de consolarla y darle algún
socorro si lo había menester.
Fue el Director a su despacho en busca de Isidora, y allí pasó lo que
referido queda. Ya la desgraciada joven del ruso empezaba a comprender la
certeza de su desdicha, cuando entró en el despacho un mozo como de veinticuatro
años, el cual, llegándose a ella con muestras de confianza, le dijo:
«¿Conque usted por aquí, Isidora?... ¡Y en qué momento tan triste!... ¿Pero
no me conoce usted? ¿Tan desmemoriada estamos, Isidora? ¿No se acuerda usted de
D. Pedro Miquis, el del Toboso, que iba muchas veces al Tomelloso a buscar a su
tío de usted, el señor Canónigo, para salir juntos de casa? Pues yo soy hijo de
D. Pedro Miquis. ¿No se acuerda usted tampoco de mi hermano Alejandro? ¿No se
acuerda de que algunas veces, por vacaciones, íbamos acompañando a mi padre?...
Pues hace cinco años que estoy aquí estudiando Medicina. ¿Y cómo está su señor
tío? ¿Hace mucho que ha dejado usted aquel célebre Tomelloso?...».
Isidora le miraba por una rasgadura hecha en la nube negra de su pena; le
miraba y le reconocía. Sí, su memoria se iba iluminando ante aquella fisonomía
que con ninguna otra podía confundirse. Aquel semblante pálido y moreno, tan
moreno y tan pálido que parecía una gran aceituna; aquella brevedad de la nariz
contrastando con el grandor agraciado de la boca, cuyos dientes blanquísimos
estaban siempre de manifiesto; aquella ceja ancha, tan negra y espesa que
parecía cinta de terciopelo, y aquellos ojos garzos donde anidaban traidoras
todas las malicias y toda la ironía del mundo; aquella fealdad graciosa, aquella
desenvoltura de maneras, aquel abandono en el vestir, y, por último, la
desenfadada manera de insinuarse, pregonaban, sin dejar lugar a dudas, a
Augustito Miquis, el hijo de D. Pedro Miquis, el del Tomelloso. De golpe
entraron a la mente de Isidora ideas mil y recuerdos de una época en que la
infancia se confundía con la adolescencia, época de tonterías, de miedos, de
inocentes confianzas y de lances cuya memoria no siempre es agradable. No acertó
a contestar sino con medias palabras. Miquis se hizo cargo de la situación, y
poniéndose todo lo serio que podía, cosa en él de grandísima dificultad, dijo en
tono grotescamente compungido:
«Lo primero es que usted salga de esta casa...; ¡ay, qué casa!... Nada hay
que hacer aquí. Si va usted a Madrid tendré mucho gusto en acompañarla».
Isidora manifestó deseos de marcharse pronto. Quiso dejar el dinero que había
traído para pagar los atrasos de la pensión de Rufete, pero el Director no lo
consintió. En cuanto a las ropas, tanto instó al bondadoso señor para que las
admitiera, que este hubo de dejarlas, dando las gracias en nombre de los demás
enfermos pobres que tanto las necesitaban.
Salieron Isidora y Augusto de la morada de la sinrazón y se alejaron
silenciosos del tristísimo pueblo, en el cual casi todas las casas albergan
dementes. Isidora no hablaba, y el charlatán Miquis, respetando su dolor, tan
sólo indicó esto:
«En Carabanchel hallaremos coches. Dicen que van a poner un tranvía».
Al llegar al arroyo de Butarque, Miquis creyó oportuno distraer a su
compañera de viaje, porque, realmente, ¿a qué conducía aquel llorar continuo, si
nada podía remediarse? Era preciso hacer frente al dolor, fiero enemigo que se
ceba en los débiles; convenía sobreponerse, pues... hacerse cargo de que... Tras
estos emolientes que hicieron, como siempre, un efecto completamente nulo,
Miquis habló de la belleza del primaveral día (que era uno de los hermosos de
abril), del barranco de Butarque, a quien dio el nombre de oasis, y finalmente
invitó a Isidora a descansar a la sombra de un espeso y verde olmo, porque
picaba el sol y la jornada iba a ser un poco larga.
Sentados uno junto a otro, callaron largo rato, él contemplativo, dolorida
ella. Miquis canturriaba entre dientes. Isidora cuidaba de ocultar sus pies para
que Miquis no viera lo mal calzados que estaban.
«Isidora...
-¿Qué?
-No me acuerdo bien de una cosa. Ayude usted mi memoria. ¿Es cierto o no que
en el Tomelloso nos tuteábamos?».
Capítulo II
La Sanguijuelera
En el domicilio de su pariente y padrino, don José de Relimpio (de quien se
hablará cuando sea menester), pasó Isidora la noche de aquel día de abril,
esperando con impaciencia el amanecer del siguiente para visitar a Encarnación y
a su hermanito, que habitaban en uno de los barrios más excéntricos de Madrid.
La que llamaremos todavía, por respeto a la rutina, hija de Rufete, tenía la
costumbre de representarse en su imaginación, de una manera muy viva, los
acontecimientos antes que fueran efectivos. Si esperaba para determinada hora un
suceso cualquiera que la interesase, visita, entrevista, escena, diversión,
desde mediodía o medianoche antes el suceso tomaba en su mente formas de
extraordinario relieve y color, desarrollándose con sus cuadros, lugares,
perspectivas, personas, figuras, actitudes y lenguaje. Así, mucho antes del
alba, Isidora, despierta y nerviosa, imaginaba estar en la casa de su tía y de
su hermano; los veía como si los tuviera delante; hablaba con ellos preguntando
y respondiendo, ya con seriedad, ya con risas, y oía las inflexiones de la voz
de cada uno.
Las ocho serían cuando salió para hacer verdadero lo imaginado; pero como
tenía que ir desde la calle de Hernán Cortés a la de Moratines, en el barrio de
las Peñuelas, deteniéndose y preguntando por no conocer muy bien a Madrid, ya
habían dado las diez cuando entró por el conocido y gigantesco paseo de
Embajadores. No le fue difícil desde allí dar con la morada de su tía. A mano
derecha hay una vía que empieza en calle y acaba en horrible desmonte, zanja,
albañal o vertedero, en los bordes rotos y desportillados de la zona urbana.
Antes de entrar por esta vía, Isidora hizo rápido examen del lugar en que se
encontraba, y que no era muy de su gusto. Tenía, juntamente con el don de
imaginar fuerte, la propiedad de extremar sus impresiones, recargándolas a veces
hasta lo sumo; y así, lo que sus sentidos declaraban grande, su mente lo trocaba
al punto en colosal; lo pequeño se le hacía minúsculo, y lo feo o bonito
enormemente horroroso, o divino sobre toda ponderación.
Al ver, pues, las miserables tiendas, las fachadas mezquinas y desconchadas,
los letreros innobles, los rótulos de torcidas letras, los faroles de aceite
amenazando caerse; al ver también que multitud de niños casi desnudos jugaban en
el fango, amasándolo para hacer bolas y otros divertimientos; al oír el
estrépito de machacar sartenes, los berridos de pregones ininteligibles, el
pisar fatigoso de bestias tirando de carros atascados, y el susurro de los
transeúntes, que al dar cada paso lo marcaban con una grosería, creyó por un
momento que estaba en la caricatura de una ciudad hecha de cartón podrido.
Aquello no era aldea ni tampoco ciudad; era una piltrafa de capital, cortada y
arrojada por vía de limpieza para que no corrompiera el centro.
Y siguiendo en su manía de recargar las cosas, como viera correr por la calle-zanja
aguas nada claras, que eran los residuos de varias industrias tintóreas, al
punto le pareció que por allí abajo se despeñaban arroyuelos de sangre, vinagre
y betún, junto con un licor verde que sin duda iba a formar ríos de veneno. Alzose con cuidadosa mano las faldas, y avanzó venciendo su repugnancia. No tuvo
que andar mucho para encontrar la puerta que buscaba. Sí, allí era. Bien
reconocía la muestra que años atrás estaba en la calle de la Torrecilla, y que
decía clarito, con azules caracteres, Cacharrería. Reconoció también una
amistad vieja en la otra tablita blanquecina, donde, jeroglíficamente, se
anunciaba un importante comercio. ¡Cómo recordaba Isidora haber visto en su
niñez la redoma pintada, en cuyo círculo aparecían nadando unas culebrillas, o
curvas negras de todas formas, que servían de insignia industrial a Encarnación
Guillén, conocida en distintos barrios con el nombre de la Sanguijuelera!
La puerta tenía una trampilla en la parte baja, la cual parecía servir de
mostrador, de resguardo contra los perros y los chicos, y hasta de balcón en
caso de que por allí, cosa no imposible, pasasen procesiones cívicas o
religiosas. Isidora se había figurado que su tía (o más bien tía de su supuesta
madre) estaría en la puerta; pero esto, como otras muchas cosas de las que
imaginaba, no resultó cierto. Asomose a la tienda, y de un golpe de vista abarcó
la menguada granjería, sacando consecuencias poco lisonjeras del estado
pecuniario de Encarnación Guillén. ¡Cómo había descendido la infeliz de grado en
grado, desde su gran comercio de loza y sanguijuelas de la antigua calle del
Cofre, en tiempos desconocidos para Isidora, hasta aquel miserable ajuar de
cacharros ordinarios! Y los anélidos que componían su escudo, ¿dónde estaban?
¡Oh!, no podían faltar; allí se los veía en enormes botellas, con la viscosa
trompa o ventosa pegada al cristal, enroscados, aburridos, quietos, como si
acecharan una víctima y esperasen a que entrara por la puerta. Isidora admiró
después el orden y aseo con que todo estaba puesto y arreglado en tienda de tan
poco fuste.
Los pucheros de Alcorcón, los jarros de Talavera y Andújar, los botijos y la
cristalería de Cadalso, las escobas, las cajas de arena y tierra de limpiar
metales revelaban una mano tan hacendosa como inteligente. Ni faltaba un poco de
arte en aquellos cuatro trebejos colocados sobre cuatro no muy iguales tablas.
Pero lo que mejor declaraba la limpieza de Encarnación era un estantillo que a
mano izquierda de la puerta estaba, y que contenía diversidad de artículos,
compañeros infalibles del ramo de cacharrería. En un hueco había flor de malva,
en otro cercano violetas secas, más allá greda para limpiar, adormideras,
cerillas de cartón. Seguía el pimentón molido, que sirve para pintar la comida
del pueblo, y luego los cañamones, de que se sustentan los pajarillos presos. El
espliego se daba la mano con los estropajos, y no faltaban algunas resmas de
papel picado con que las cocineras adornan los vasares. Entre tanta chuchería,
Isidora encontró otro antiguo conocido, otra amistad de su infancia. Era un
cartel que decía:
Ojo al Cristo.
Aquí murió el fiar
y el prestar también murió,
y fue porque le ayudó
a morir el mal pagar.
Isidora sabía de memoria esta composición epigramática de su tía, que
terminaba así:
Si fío,
aventuro lo que es mío.
Y si presto,
al pagar ponen mal gesto.
Pues para librarme de esto,
ni doy, ni fío, ni presto.
Estas observaciones y recuerdos duraron segundos nada más. Isidora gritó: «¡Tía,
tía!».
Apareció entonces la Sanguijuelera, y tía y sobrina se abrazaron y
besaron. La joven callaba llorando; la anciana empezó a charlar desde el primer
momento, porque no había situación en que pudiese guardar silencio, y antes se
la viera muerta que muda.
«¡Oh quimerilla!..., ya estás aquí... Pues mira, te esperaba hoy. Anoche supe
que cerró el ojo Tomás... No te aflijas, paloma. Más vale así... ¿Qué vas a
sacar de esos sentimientos? Siéntate... Espera que quite estos botijos... Si
Tomás ya no vivía ¡el pobre! Bien lo dije yo hace cinco mil domingos: «Este
acabará en Leganés». Nunca tuvo la cabeza buena, hija, y con sus locuras
despachó a tu madre, aquella santa, aquella pasta de ángel, aquel coral de las
mujeres... ¡Pobre Francisca, niña mía!
-¿Y Mariano?-dijo Isidora, que extrañaba no ver allí a su hermano.
-Está en el trabajo... Le he puesto a trabajar. ¡Hija, si me comía un
carcañal!... Es más malo que Anás y Caifás juntos. No puedo hacer carrera de él.
¡Vaya, que ha salido una pieza colunaria!... Yo le llamo Pecado,
porque parece que vino al mundo por obra y gracia del demonio. Me tiene asada el
alma. ¿Sabes dónde está? Pues le puse en la fábrica de sogas de ese que llaman
Diente, ¿estás?, y me trae dieciocho reales todas las semanas...
-¿Y no va a la escuela?-preguntó Isidora expresando no poco disgusto.
-¡Escuela! Que si quieres... ¿Y quién le sujeta a la escuela? Bueno es el
niño. Ahí le puse en esa de los Herejes, donde dicen la misa por la tarde
y el rosario por la mañana. Daban un panecillo a cada muchacho, y esto ayuda.
Pero aguárdate; un día sí y otro no, me hacía novillos el tunante. Después le
puse en los Católicos de ahí abajo, y se me escapaba a las pedreas... Es
un purgatorio saltando. Nada, nada, a trabajar. ¡Qué puñales!..., no están los
tiempos para mimos. Estoy muy mal de acá, hija. Ya ves este escenario. ¿Te
acuerdas de mi establecimiento de la calle de la Torrecilla? ¡Aquéllos sí que
eran tiempos majos! Pero tu divina familia me arrumbó; tu papaíto, que de Dios
goce, ¡tres puñales, me trajo a esta miseria! ¡Ya ves qué polla estoy!; sesenta
y ocho años, chiquilla, sesenta y ocho miércoles de Ceniza a la espalda. Toda la
vida trabajando como el obispo y sin salir nunca de cristos a porras. Hoy ganado
y mañana perdido. Todo se hace sal y agua. Eso sí, siempre tiesa como un ajo, y
todavía, aquí dónde me ves, le acabo de dar una patada a la muerte porque el año
pasado tuve una ronquera, pero una ronquera... Pues nada, Dios y la flor de
malva aclararon el modo de hablar, y aquí me tienes. Soy la misma
Sanguijuelera, más saludable que el tomillo, más fuerte que la puerta de
Alcalá, siempre ligera para todo, siempre limpia como los chorros del oro, más
fiera que el león del Retiro, si se ofrece, resignada con la mala suerte, sin
deber nada a nadie, y más charlatana que todos los cómicos de Madrid».
Era Encarnación Guillén la vieja más acartonada, más tiesa, más ágil y
dispuesta que se pudiera imaginar. Por un fenómeno común en las personas de
buena sangre y portentosa salud, conservaba casi toda su dentadura, que no
cesaba de mostrarse entre su labios secos y delgados durante aquel charlar
continuo y sin fatiga. Su nariz pequeña, redonda, arrugada y dura como una
nuececita, no paraba un instante: tanto la movían los músculos de su cara
pergaminosa, charolada por el fregoteo de agua fría que se daba todas las
mañanas. Sus ojos, que habían sido grandes y hermosos, conservaban todavía un
chispazo azul, como el fuego fatuo bailando sobre el osario. Su frente, surcada
de finísimas rayas curvas que se estiraban o se contraían conforme iban saliendo
las frases de la boca, se guarnecía de guedejas blancas. Con estos reducidos
materiales se entretejía el más gracioso peinado de esterilla que llevaron
momias en el mundo, recogido a tirones y rematado en una especie de ovillo, a
quien no se podría dar con propiedad el nombre de moño. Dos palillos mal
forrados en un pellejo sobrante eran los brazos, que no cesaban de moverse,
amenazando tocar un redoble sobre la cara del oyente; y dos manos de esqueleto,
con las falanges tan ágiles que parecían sueltas, no paraban en su fantástico
girar alrededor de la frase, cual comentario gráfico de sus desordenados
pensamientos. Vestía una falda de diversos pedazos bien cosidos y mejor
remendados, mostrando un talle recto, liso, cual madero bifurcado en dos piernas.
Tenía actitudes de gastador y paso de cartero.
Era mujer de buena índole, aunque de genio tan turbulento y díscolo, que
nadie que junto a ella estuviese podía vivir en paz. No había tenido hijos ni
había sido casada. Crió a una sobrina, a quien quiso a su manera, que era un
amor entreverado de pescozones y exigencias. La tal sobrina casó con Rufete,
resultando de esta unión una desgraciada familia y el violentísimo odio que
la Sanguijuelera profesaba a todos los Rufetes nacidos y por nacer. Aquel
matrimonio de una mujer bondadosa y apocada con un hombre que tenía la más
destornillada cabeza del orbe, consumió diferentes veces las economías y la
paciencia de Encarnación, que era trabajadora y comerciante, y tenía sus buenas
libretas del Monte de Piedad. «Todo se lo comió ese descosido de Rufete-decía-,
ese holgazán con cabeza de viento. Mi comercio de la calle del Pez se hizo agua
una noche para sacarle de la cárcel, cuando aquel feo negocio de los billetes de
lotería. La cacharrería de la calle de la Torrecilla se resquebrajó después, y
pieza por pieza se la fueron tragando el médico y el boticario, cuando cayó
Francisca en la cama con la enfermedad que se la llevó. He ido mermando,
mermando, y aquí me tienen, ¡qué puñales!, en este confesonario, donde no me
puedo revolver. Quien se vio en aquellos locales, con aquellas anaquelerías y
aquel mostrador donde había un cajón de dinero que sonaba a cosa rica..., verse
ahora en este nido de urracas, con cuatro trastos, poca parroquia, y en un
barrio donde se repican las campanas cuando se ve una peseta..., ¡qué puñ...!».
Francisca murió; Rufete fue encerrado en Leganés. De los dos hijos,
Encarnación recogió al pequeñuelo, e Isidora partió al Tomelloso a vivir al
amparo de su tío el Canónigo. De lo demás, algo sabe el lector, y el resto, que
es mucho y bueno, irá saliendo.
«¿Sabes que estás muy cesanta?»-dijo la Sanguijuelera, observando el
vestido y las botas de Isidora, cosas que en verdad dejaban mucho que desear.
Isidora contestó con tristeza que su tío el Canónigo no era hombre de muchas
liberalidades. Después la Sanguijuelera observó con malicia el rostro y
talle de la joven, diciéndole:
«Pero estás guapa. Pues no lo parecías... Cuando niña tenías un empaque... Me
acuerdo de verte en aquella casa..., ¡qué casa!... Era la jaula del león...,
pues andabas por allí en pernetas con un mal faldellín. Parecías el Cristo de
las enagüillas. ¡Qué flaqueza!, ¡qué color! Yo decía que te habían destetado con
vinagre y que te daban tu ración en moscas... Vaya, vaya, en la Mancha has
engordado..., ¡qué duras carnes!-añadió pellizcándola en diferentes partes de su
cuerpo-. Y en la cara tienes ángel. De ojos no andamos mal. ¡Qué bonitos dientes
tienes! Veremos si te duran como los míos. Mírate en este espejo».
Y le enseñó su doble fila de dientes, muy bien conservados para su edad.
Isidora se aburría un poco. Mirando con tristeza a la calle, preguntó:
«¿En dónde está trabajando Mariano? Yo quiero verle.
-Si la vecina no tiene que hacer y quiere guardarme la tienda, iremos allá.
No es a la vuelta de la esquina; pero yo ando más que un molino de viento... ¡Señá
Agustina!...».
Gritó desde la puerta; pero como no respondiera al llamamiento su vecina,
salió impaciente. No tardó cinco minutos en volver acompañada de una mujer joven
y flacucha, insignificante, lacrimosa, horriblemente vestida, pero peinada con
increíble esmero. Aquella gente tiene su lujo, su aseo y su elegancia de cejas
arriba, y aunque se cubra de miserables trapos, no pueden faltar el moñazo
empapado en grasa y bandolina, ni los rizos abiertos y planchados sobre la
frente, como una guirnalda de negras plumas, pegada con goma. Arrastraba aquella
mujer una astrosa bata de lana roja con cuadros negros, que parecía haber
servido de alfombra en un salón de baile de Capellanes.
«Guárdeme la tienda un ratito-le dijo la Sanguijuelera-, que voy con
mi sobrina a un recado... ¿No conocía usted a mi sobrina? ¿Ve usted qué moza?... Isidora, esta señora es una amiga..., pared por medio. Se llama la señora A
ti suspiramos, porque no resuella como no sea para lamentarse. Verdad es que
ella está enferma, su marido es borracho, su padre ciego, y la casa, ¡qué
puñales!, no está empedrada con pesetas...».
Agustina dio un conmovedor suspiro, seguido de dos expectoraciones. Con esto
anunciaba un relato sentidísimo de sus desgracias. Pero la Sanguijuelera,
cortándole la palabra, se echó un mantón sobre los hombros y salió con su
sobrina, tomando el camino de la calle de las Amazonas, adonde llegaron pronto.
Capítulo III
Pecado
«Ese tunante de Pecadillo-dijo la Sanguijuelera metiéndose por
un portal obscuro-no sospecha que viene a verle su hermana. No te conocerá. Era
un cachorro cuando te fuiste. Pero qué..., ¿no ves? Agárrate a mí, que yo veo en
lo negro como las lechuzas».
Atravesaron un antro. Encarnación empujó una puerta. Halláronse en extraño
local de techo tan bajo que sin dificultad cualquier persona de mediana estatura
lo tocaba con la mano. Por la izquierda recibía la luz de un patio estrecho,
elevadísimo, formado de corredores sobrepuestos, de los cuales descendía un
rumor de colmena, indicando la existencia de pequeñas viviendas numeradas, o sea
de casa celular para pobres. La escasa claridad que de aquella abertura, más que
patio, venía, llegaba tan debilitada al local bajo, que era necesario
acostumbrar la vista para distinguir los objetos; y aun después de ver bien, no
se podía abarcar todo el recinto, sino la zona más cercana a la puerta, porque
lo demás se perdía en ignoradas capacidades de sombra. Era como un gran túnel,
del cual no se distinguía sino la parte escasamente iluminada por la boca. El
fondo se perdía en la indeterminada cavidad fría de un callejón tenebroso. En la
parte clara de tan extraño local había grandes fardos de cáñamo en rama, rollos
de sogas blancas y flamantes, trabajo por hacer y trabajo rematado, residuos,
fragmentos, recortes mal torcidos, y en el suelo y en todos los bultos una
pelusa áspera, filamentos mil que después de flotar por el aire, como espectros
de insectos o almas de mariposas muertas, iban a posarse aquí y allá, sobre la
ropa, el cabello y la nariz de las personas.
En el eje de aquel túnel que empezaba en luz y se perdía en tinieblas, había
una soga tirante, blanca, limpia. Era el trabajo del día y del momento. El
cáñamo se retorcía con áspero gemir, enroscándose lentamente sobre sí mismo. Los
hilos montaban unos sobre otros, quejándose de la torsión violenta, y en toda su
magnitud rectilínea había un estremecimiento de cosa dolorida y martirizada que
irritaba los nervios del espectador, cual si también, al través de las carnes,
los conductores de la sensibilidad estuviesen sometidos a una torsión semejante.
Isidora lo sentía de esta manera, porque era muy nerviosa, y solía ver en las
formas y movimientos objetivos acciones y estremecimientos de su propia persona.
Miraba sin comprender de dónde recibía su horrible retorcedura la soga
trabajada. Allá en el fondo de aquella cisterna horizontal debía de estar la
fuerza impulsora, alma del taller. Isidora puso atención, y en efecto, del fondo
invisible venía un rumor hondo y persistente como el zumbar de las alas de
colosal moscardón, zumbido semejante al de nuestros propios oídos, si tuviéramos
por cerebro una gran bóveda metálica.
«Es la rueda-dijo la Sanguijuelera, adivinando la curiosidad de su
sobrina y queriendo iniciarla en los misterios de aquella considerable industria.
-¡La rueda! ¿Y Mariano, dónde está?».
Miraba a todos lados y no veía ser vivo. Pero de pronto apareció un hombre,
que salía de la oscuridad andando hacia atrás muy lentamente y con paso tan
igual y uniforme como el de una máquina. En su cintura se enrollaba una gran
madeja de cáñamo, de la cual, pasando por su mano derecha y manipulada por la
izquierda, salía una hebra que se convertía instantáneamente en tomiza,
retorcida por el invisible mecanismo. Aquel hombre del paso atrás, ovillo
animado y huso con pies, era el principal obrero de la fábrica, y estaba armando
los hilos para hacer otra soga.
«¿No está D. Juan?»-le preguntó la Sanguijuelera extrañando no ver
allí al dueño del establecimiento.
El huso vivo movió bruscamente la cabeza para decir que no, sin dignarse
expresarlo de otro modo.
«¿Pero dónde está mi hermano?»-preguntó Isidora con angustia.
La anciana señaló a lo obscuro, diciendo con aterrador laconismo: «En la
rueda».
Isidora echó a andar hacia adentro, dando la mano a su tía. A causa de los
accidentes del piso y de la oscuridad, necesitaban apoyarse mutuamente.
Anduvieron largo trecho tropezando. ¡Oh! La soga era larga, la caverna parecía
interminable. En lo obscuro, aun se veía la cuerda blanca gimiendo, sola, tiesa,
vibrante. Cuando las dos mujeres anduvieron un poco más, dejaron de ver la soga;
pero oyeron más fuerte el zumbar de la rueda acompañado de ligeros chirridos. Se
adivinaba el roce del eje sobre los cojinetes mal engrasados y el
estremecimiento de las transmisiones, de donde obtenían su girar las roldanas,
en las cuales estaban atadas las sogas. Pero nada se podía ver.
«¡Mariano, hermanito!-exclamó Isidora, que creía sentir su garganta apretada
por uno de aquellos horribles dogales-. ¿En dónde estás? ¿Eres tú el que mueve
esa rueda? ¿No estás cansado?».
No se oyó contestación. Pero el artefacto amenguaba la rapidez de su marcha.
Las roldanas, las transmisiones, la rueda, se emperezaban como quien escucha.
«Pecado, ¿qué tal te va?»-gritó con bufonesco estilo la
Sanguijuelera.
Y añadió, volviéndose a su sobrina:
«Es un holgazán. Así criará callos en las manos, y sabrá lo que es trabajar y
lo que cuesta el pedazo de pan que se lleva a la boca... ¿Qué crees tú? Es buen
oficio... No podía hacer carrera de este gandul. Todo el día jugando en el
arroyo y en la praderilla. Al menos, que me gane para zapatos. Tiene más
malicias que un Iscariote».
Desde el comienzo de este panegírico, redoblose bruscamente la marcha del
mecanismo, y acreció el ruido hasta ser tal que parecían multiplicarse las
transmisiones, las roldanas y los ejes.
«¡Mariano!-gritó Isidora extendiendo los brazos en la obscuridad-. ¡Para,
para un momento y ven acá! Quiero abrazarte. Soy tu hermana, soy Isidora. ¿No me
conoces ya?».
El ruido volvió a ceder, y la maquinaria tomaba una lentitud amorosa.
«No puede pararse el trabajo»-dijo Encarnación.
Pero como realmente se detenía, oyose un grito del huso viviente que dijo: «¡Aire!
¡Aire a la rueda!».
Y en efecto, la rueda volvió a tomar su aire primero, su paso natural. Las
dos mujeres callaron, consternada y atónita la joven, aburrida la vieja. Como
había pasado algún tiempo desde su llegada al término de la caverna, los ojos de
entrambas comenzaron a distinguir confusamente la silueta del gran disco de
madera, que trazaba figura semejante a las extrañas aberraciones ópticas de la
retina cuando cerramos los ojos deslumbrados por una luz muy viva.
«¿Ves aquellas dos centellitas que brillan junto a la rueda?... Son los ojos
de Pecado...».
Isidora vio, en efecto, dos pequeñas ascuas. Su hermano la miraba.
«Pronto serán las doce-indicó la anciana-. Esperemos a que levanten el
trabajo, y nos iremos los tres a comer».
La hora del descanso no se hizo esperar. Soltó el obrero el cáñamo, parose la
rueda, y el que la movía salió lentamente del fondo negro, plegando los ojos a
medida que avanzaba hacia la luz. Era un muchacho hermoso y robusto, como de
trece años. Isidora le abrazó y le besó tiernamente, admirándose del desarrollo
y esbeltez de su cuerpo, de la fuerza de sus brazos, y afligiéndose mucho al
notar su cansancio, el sudor de su rostro encendido, la aspereza de sus manos,
la fatiga de su respiración.
«Es un gañán-dijo Encarnación examinándole la ropa con tanta severidad coma
un juez que interroga al criminal ante el cuerpo del delito...-.Ya me ha roto
los calzones... Ya verás, Holofernes, ya verás».
Turbado por la presencia y los cariños de su hermana, a quien no conocía,
Mariano no despegaba sus labios. La miraba con atención semejante a la estupidez.
Por último, dijo así con aspereza, remedando el hablar francote y brutal de la
gente del bronce:
«Chicáaaa..., no me beses más, que no soy santo.
-A casa»-dijo la Sanguijuelera, saltando sobre el cáñamo.
Aquel día añadió Encarnación a su olla algo extraordinario. Comieron en la
trastienda, que más bien era pasillo por donde la tienda se comunicaba con un
patio. Durante el festín, que tuvo su añadidura de pimientos y su contera de
pasas, no habría sido fácil explicar cómo con una sola boca podía la
Sanguijuela engullir medianamente y hablar más que catorce diputados.
Isidora, triste, cejijunta, ni hablaba ni hacía más que probar la comida.
Observaba a ratos con gozo la voracidad de su hermano.
«Ya ves qué lindo buitre me ha puesto Dios en casa-decía Encarnación-. Es
capaz de comerme el modo de andar, si le dejo. Él come y yo soy quien se harta;
sí, me harto de trabajar para su señoría. Pero oye, león, ¿dirás algún día: «Ya
no quiero más»?».
Pecado devoraba con el apetito insaciable de una bestia atada al
pesebre, después de un día de atroz trabajo.
«Y tú, linda mocosa, ¿no comes?-añadió la vieja-. ¿O es que te has vuelto tan
pava y tan persona decente que no te gustan estos guisos ordinarios? Vamos, que
para otro día te pondré alas de ángel... Se conoce que allá en el Tomelloso se
estila mucha finura».
Isidora no contestó. Parecía que estaba atormentada de una idea. Cuando se
acabó la comida y se marchó Pecado para jugar un poco antes de volver al
trabajo, Isidora, sin dejar su asiento y mirando a su tía, que a toda prisa
levantaba manteles, le dijo:
«Tía Encarnación, tengo que hablar con usted una cosa.
-Aunque sean cuatro».
Como quien se quita una máscara, Isidora dejó su aspecto de sumisa
mansedumbre, y en tono resuelto pronunció estas palabras:
«No quiero que mi hermano trabaje más en ese taller de maromas; no quiero y
no quiero.
-Le señalarás una renta-replicó la anciana con ironía-¡Le pondrás coche! Y
para mis pobres huesos, ¿no habrá un par de almohadones?
-No estoy de humor de bromas. Mi hermano y yo somos personas decentes...
-Ya lo creo...
-Pues claro.
-Pues turbio.
-Somos personas decentes.
-Y príncipes de Asturias.
-Aquel trabajo es para mulos, no para criaturas. Yo quiero que mi hermano
vaya a la escuela.
-Y al colegio.
-Eso es, al colegio-replicó Isidora marcando sus afirmaciones con el puño
sobre la endeble mesa-Yo lo quiero así..., y nada más».
¡Qué fierecilla! ¡Cómo hinchaba las ventanillas de su nariz, y qué
fuertemente respiraba, y qué enérgica expresión de voluntad tomó su fisonomía!
Todo esto lo pudo observar la Sanguijuelera sin dejar su ocupación.
Amoscándose un poco, le dijo:
«¿Sabes que estás cargante, sobrina, con tus colegios y tus charoles? A ver,
echa aquí lo que tengas en el bolsillo. ¿Crees que la gente se mantiene con
cañamones? ¿Crees que hay colegios de a ochavo como los buñuelos? ¡Qué puño!...
Dame guita y verás.
-Tengo para no pordiosear.
-¿Te ha dado el Canónigo?
-Lo bastante para poner a Mariano en una escuela y para vestirme con decencia.
-¡Ah!, canóniga..., tú pitarás... Hablemos claro».
Y se sentó, haciendo silla de una tinaja rota. Puesto el codo en la mesilla y
el hueso de la barba en la palma de la mano flaca, aguardó las explicaciones de
su sobrina.
«Tía...-murmuró esta sintiendo mucha dificultad para iniciar la cosa grave
que iba a decir-. Usted sabe que yo y Mariano... ¿Pero usted no lo sabe?
-No sé sino que sois un par de perchas que ya, ya. Nada habría perdido el
mundo con que os hubierais quedado por allá..., en el Limbo. Venís de Tomás Rufete, y ya sé que de mala cepa no puede venir buen sarmiento.
-A eso voy, tía, a eso voy. Precisamente... Usted lo debe saber, como yo...
Precisamente, ni yo ni mi hermano venimos de Tomás Rufete.
-Justo, justo; mi Francisca, mi ángel os parió por obra del Espíritu Santo, o
del demonio.
-¿Para qué andar con farsas? No somos hijos de D. Tomás Rufete ni de D.ª
Francisca Guillén. Esos dos señores, a quienes yo quiero mucho, muchísimo, no
fueron nuestros padres verdaderos. Nos criaron fingiendo ser nuestros papás y
llamándonos hijos, porque el mundo..., ¡qué mundo este!».
La Sanguijuelera cambió bruscamente de disposición y de tono. No
palideció, por ser esto cosa impropia de la inanimada sustancia de los
pergaminos; pero abrió los ojos, y empuñando el brazo de su sobrina, le golpeó
el codo contra la mesa, y le dijo con ira:
«¿De dónde has sacado esas andróminas? ¿Quién te ha metido esa estopa en la
cabeza?
-Mi tío el Canónigo.
-Me parece a mí que tu tío el Canónigo...
-Él me ha contado todo-afirmó Isidora con acento de profundísima convicción-.
Usted se hace de nuevas, tía; usted me oculta lo que sabe... No se haga usted la
tonta. ¿Es la primera vez que una señora principal tiene un hijo, dos, tres, y
viéndose en la precisión de ocultarlos por motivos de familia, les da a criar a
cualquier pobre, y ellos se crían y crecen y viven inocentes de su buen
nacimiento, hasta que de repente un día, el día que menos se piensa, se acaban
las farsas, se presentan los verdaderos padres?... Eso, ¿no se está viendo todos
los días?
-En sesenta y ocho años no lo he visto nunca... Me parece que tú te has
hartado de leer esos librotes que llaman novelas. ¡Cuánto mejor es no saber
leer! Mírate en mi espejo. No conozco una letra... ni falta. Para mentiras,
bastantes entran por las orejas... Pero acábame el cuento. Salimos con que sois
hijos del Nuncio, con que una señorita principal os dio a criar, y desapareció...
-¡Usted lo sabe, usted lo sabe!-exclamó la joven rebosando alegría.
-No sé más sino que te caes de boba. Eres más sosa que la capilla protestante.
-Mi madre-declaró Isidora poniéndose la mano en el corazón, para comprimir,
sin duda, un movimiento afectuoso demasiado vivo-, mi madre... fue hija de una
marquesa».
Como un petardo que estalla, así reventó en estrepitosa risa la
Sanguijuelera, apretándose la cintura y mostrando sus dos filas de dientes
semisanos. Se desbarataba riendo, y después le acometió una tos de hilaridad que
le hizo suspender el diálogo por más de un cuarto de hora. Algo confusa, Isidora
esperó a que su tía volviese en sí de aquel síncope burlesco para seguir
hablando. Por último, dijo con malísimo humor:
«¡Qué bien finge usted!
-Perdone vuecencia-replicó Encarnación en el tono más cómico del mundo-.
Perdone vuecencia que no la hubiera conocido... Pero vuecencia tendrá que hacer
diligencias y buscar papeles.
-Tengo papeles..., ¡y qué papeles!
-¿Quiere vuecencia que le preste dos reales?..., porque tendrá que untar
escribanos.
-No creo que sea preciso, porque esta bien claro mi derecho.
-Vuestra serenísima majestad cogerá una herencia, porque sin herencia todo
sería pulgas, ¿verdad, hermosa?
-Mi madre no vive. Mi abuela sí.
-¡Ah!, ¿la abuelita de tu vuecencia vive? ¿Y quién es la señora pindonga?
-No se burle usted, tía. Esto es muy serio-declaró Isidora tocada en lo más
vivo de su orgullo-. Es usted lo más atroz... Yo que venía a que me diese
pormenores y su parecer...
-Voy a darte mi parecer, hijita de mi alma-repuso la Sanguijuelera
levantándose-. Pues tú has querido que yo te dé pormenores..., pobre almita mía...».
En el rincón del pasillo había una larga caña que servía para descolgar los
cacharros. Encarnación revolvió sus ojos buscándola.
«Vaya que ha sido una picardía haberle ocultado a estos angelitos que
salieron del vientre de una marquesa».
Y tomó la caña.
«¡Quién será el dragón que ha querido birlarlos la herencia!... ¡A ese
tunante le sacaría yo las entrañas!... Cuidado que engañar así a mis niños,
haciéndolos pasar por hijos de un Rufete... Quitad allá, pillos, que mi niña es
duquesa y mi niño es vizconde... ¡Re-puñales!».
Honradez y crueldad, un gran sentido para apreciar la realidad de las cosas,
y un rigor extremado y brutal para castigar las faltas de los pequeños, sin
dejar por eso de quererles, componían, con la verbosidad infinita, el carácter
de Encarnación la Sanguijuelera. Su flaca pero fuerte mano empuñó la caña,
y descargándola sin previo anuncio sobre la cabeza de su sobrina, la rompió al
primer golpe. Puso el grito en el cielo la víctima, exclamando: «¡Pero, tía!...».
La vieja recogió y unió los dos pedazos de la caña, de lo que resultaba que
podía pegar más a gusto, y ¡zas!, emprendió una serie de cañazos tan fuertes,
tan bien dirigidos, tan admirablemente repartidos por todo el cuerpo de Isidora,
que esta, sin poder defenderse, gesticulaba, manoteaba, gemía, se dejaba caer en
el suelo, se arrastraba, escondía la cabeza, se revolvía. Y en tanto la feroz
vieja, incitada al castigo por el castigo mismo, encendíase más en furia a cada
golpe, y los acompañaba de estas palabras:
«¡Toma, toma, toma duquesa, marquesa, puños, cachas!... Cabeza llena de
viento... Vivirás en las mentiras como el pez en el agua, y serás siempre una
pisahormigas... Malditos Rufetes, maldita ralea de chiflados... ¡Ah, puño!, si
yo te cogiera por mi cuenta, con un pie de solfeos cada día te quitaría el polvo.
Toma vanidad, toma lustre».
Y cada palabra era un golpe y cada golpe un cardenal leve (es decir,
subdiácono), un rasguño o moledura. Incapaz Isidora de desarmar a su verdugo,
aunque lo intentó devolviendo cólera por cólera, hubo de rendirse al fin, y
sucumbió diciendo con gemido: «Por Dios, tía, no me pegue usted más».
En sus veinte años, Isidora tenía menos fuerza que la sexagenaria Encarnación.
Sin aliento yacía en tierra la víctima, recogiendo sus faldas y sacudiéndoles la
tierra, tentándose en partes diversas para ver si tenía sangre, fractura o
contusión grave, mientras la Sanguijuelera, respirando como un fuelle en
plena actividad, arrojaba los vencedores pedazos de caña y alargaba su mano
generosa a la víctima para ayudarla a levantarse.
«¡Cómo se conoce-dijo al fin la sobrina con vivísimo tono de desprecio-que no
es usted persona decente!
-¡Más que tú, marquesa del pan pringao!-gritó la vieja, esgrimiendo de tal
modo las manos, que Isidora vio los diez dedos de ella a punto de metérselos por
los ojos.
-Usted no es mi tía. Usted no tiene mi sangre.
-Ni falta... A mucha honra... De gloria y descanso te sirva tu ducado, harta
de miseria. Mira, como vuelvas aquí, ¿sabes lo que hago?
-¿Qué?-preguntó Isidora, sintiéndose con más fuerzas para rechazar un nuevo
ataque.
-Pues si vuelves aquí, cojo la escoba... y te barro ¡qué puño!, te echo a la
calle como se echa el polvo y cáscaras de fruta».
Isidora no dijo nada, y recobrándose marchó hacia la puerta. Abierta con
trémula mano la trampilla, salió andando aprisa, cuesta arriba, en busca de la
ronda de Embajadores, que debía conducirla a país civilizado. Temía que la vieja
iría detrás injuriándola, y no se equivocó. La Sanguijuelera, echando la
cabeza fuera de la puerta, la despedía con una carcajada que produjo siniestros
ecos de hilaridad en toda la calle. Asomaban caras curiosas, frentes guarnecidas
de rizos, bocas de amarillos dientes descubiertos hasta la raíz por estúpido
asombro, bustos envueltos en pañuelos de distintos colores; y más de cuatro
andrajosos chiquillos saltaron detrás de Isidora para festejarla con gritos y
cabriolas.
Sin detenerse, la joven lanzó desde lo profundo de su alma, llena de pena y
asco, estas palabras:
«¡Qué odioso, qué soez, qué repugnante es el pueblo!».
Capítulo IV
El célebre Miquis
-I-
Salvo algunas ligeras neuralgias de cabeza, Isidora gozaba de excelente salud.
Tan sólo era molestada de frecuentes y penosos insomnios, que a veces la hacían
pasar de claro en claro las noches. La causa de esto parecía ser como una sed de
su espíritu, que se fomentaba, sin aplacarse, de audaces previsiones de lo
futuro, de un perpetuo imaginar hechos que pasarían, que tendrían que pasar, que
no podían menos de tomar su puesto en las infalibles series de la realidad. Era
una segunda vida encajada en la vida fisiológica y que se desarrollaba potente,
construida por la imaginación, sin que faltase una pieza, ni un cabo, ni un
accesorio.
En aquella segunda vida, Isidora se lo encontraba todo completo, sucesos y
personas. Intervenía en aquellos, hablaba con estas. Las funciones diversas de
la vida se cumplían detalladamente, y había maternidad, amistades, sociedad,
viajes, todo ello destacándose sobre un fondo de bienestar, opulencia y lujo.
Pasar de esta vida apócrifa a la primera auténtica, érale menos fácil de lo que
parece. Era necesario que las de Relimpio, con quienes vivía, le hablasen de
cosas comunes, que fuese muy grande el trabajo y empezase muy temprano el ruido
de la máquina de coser, o que su padrino, el bondadosísimo D. José de Relimpio,
le contase algo de su vida pasada. Como estuviera sola, Isidora se entregaba
maquinalmente, sin notarlo, sin quererlo, sin pensar siquiera en la posibilidad
de evitarlo, al enfermizo trabajo de la fabricación mental de su segunda vida.
Cinco días después de su llegada a Madrid y a los cuatro de la escena con
la Sanguijuelera, levantose Isidora más tarde que de costumbre, por haber
dormido la mañana, y se arregló aprisa. Aquel día estrenaba unas botas. ¡Qué
bonitas eran y qué bien le sentaban! Esto pensó ella poniéndoselas y recreándose
en la pequeñez y configuración graciosa de sus pies, y dijo para sí con orgullo:
«Hoy, al menos, no me verá con el horrible calzado roto que traje del Tomelloso».
La vergüenza que sintió al mirar las botas viejas que en un rincón estaban,
también muertas de vergüenza, no es para referida. Juró dar aquellos miserables
despojos al primer pobre que a la puerta llegase.
Púsose su vestidillo negro, que a toda prisa se había hecho aquellos días,
colocose el velito en la cabeza y hombros, mirándose al espejo con movimientos
de pájaro, y se dispuso a salir. Antes abrió el balcón, y mirando a la calle,
dijo: «Allí está ya. ¡Qué puntual y qué caballero es!».
Salió. Las de Relimpio le preguntaron que dónde iba.
«Voy en busca de mi tía»-repuso ella.
Y bajando la escalera decía para sí:
«He tenido que mentir. Cuando yo esté en mi posición, en mi verdadera
posición, no diré jamás una mentira. ¡Cuánto me repugna lo que no es verdad!...
¿Pero qué pensaría esa gente si yo les dijera que voy de paseo con Miquis?... Es
domingo, hoy no tiene clase, y anoche me dijo que quería enseñarme las cosas
bonitas de Madrid, el Museo, el Retiro, la Castellana».
Y volvió a mirarse las botitas. Los documentos de que se ha formado esta
historia dicen que eran de becerro mate con caña de paño negro cruzada de
graciosos pespuntes.
«Me han costado tres duros-pensó Isidora en los últimos peldaños-. Con siete
del vestido son diez; seis que di a doña Laura a cuenta, son dieciséis. Aún me
queda para vestir a Mariano y ponerlo en la escuela. Después el tío me mandará
más, y después...».
Isidora vivía en el 23 de la calle de Hernán Cortés. Miquis se paseaba desde
la lechería a la esquina de la calle de Hortaleza, y estaba embozado en su capa
de vueltas rojas, porque si bien el día era claro y hermoso, se sentía fresco.
Saludáronse y emprendieron su marcha hacia el Retiro. Isidora, conforme a su
costumbre de anticiparse a las ideas y a las intenciones de los demás, pensaba
así durante los primeros pasos: «Ahora me va a decir que parezco otra, que me he
transformado desde que estoy aquí...».
Pero también se equivocó esta vez, como otras muchas, porque Miquis habló de
cosa muy distinta.
«Me parece-dijo-que yo conozco a esas de Relimpio. Las he visto en las
regiones etéreas. ¿No entiendes? En el paraíso del Teatro Real.
-Sí, allá van alguna vez. Son dos chicas, Emilia y Leonor. Trabajan mucho,
cosen a máquina; pero ganan tan poco... Me han cedido un cuartito con balcón a
la calle. Antes no sé si lo ocupaba un señor sacerdote. Necesitan ayudarse las
pobres. Son muy buenas. Mi padrino D. José es el tipo más célebre del mundo».
Isidora rompió a reír, y después, haciendo gala de uno de sus talentos más
brillantes, el de retratar en cuatro rasgos a una persona, se explicó así:
«¿No le conoces? Si le hubieras visto alguna vez no le olvidarías. Es un
galán viejo con la cara sonrosada. Tiene un bigotito rubio que parece cabello de
ángel, y hace pliegues con la boca... Los ojos son de almíbar; qué sé yo...
Parecen dos uvas demasiado maduras. Usa un gorro con borla de oro, y es tan fino,
tan relamido... Ha sido un tenorio, según dicen. Cose a máquina para ayudar a
las chicas; pero su oficio es lo que llaman la Partida Doble. Se entretiene en
poner todos los gastos en un libro grande, ¿sabes?... Es preciso que le conozcas.
-¿Hace falta médico en la casa?
-Hombre, sí. Doña Laura se queja de un dolor..., no sé dónde.
-Pues entraré contigo. Iré a hacerte una visita de ceremonia, diciendo que me
manda tu tío el de Tomelloso.
-Ya veremos el modo de que entres».
Siguieron hablando de otras cosas, y avanzaban poco en su paseo, porque
Isidora se detenía ante los escaparates para ver y admirar lo mucho y vario que
en ellos hay siempre. También era motivo de sus detenciones el deseo oculto de
mirarse en los cristales, pues es costumbre de las mujeres, y aun en los
hombres, echarse una ojeada en las vitrinas, para ver si van tan bien como
suponen o pretenden.
En el Museo las impresiones de aquella singular joven fueron muy distintas, y
sus ideas, levantando el vuelo, llegaron a zonas mucho más altas que aquella por
donde andaban al rastrear en los muestrarios llenos de chucherías. Sin haber
adquirido por lecturas noción alguna del verdadero arte, ni haber visto jamás
sino mamarrachos, comprendía la superioridad de lo que a su vista se presentaba;
y con admiración silenciosa, su vista iba de cuadro en cuadro, hallándolos todos,
o casi todos, tan acabados y perfectos, que se prometió ir con frecuencia al
edificio del Prado para saborear más aquel goce inefable que hasta entonces le
fuera desconocido. Preguntó a Miquis si también en aquel sitio destinado a
albergar lo sublime dejaban entrar al pueblo, y como el estudiante le contestara
que sí, se asombró mucho de ello.
Llegaron por fin al Buen Retiro, cuyo lindo nombre ha querido en vano
cambiarse con el insulso rótulo de Parque de Madrid. Allí las emociones
de Isidora fueron una alegría casi infantil, un deseo vivo de correr, de
despeinarse, de entrar descalza en los charcos de las acequias, de subir a las
ramas en busca de nidos, de coger flores, de dormir a la sombra, de cantar.
Aquella naturaleza hermosa, aunque desvirtuada por la corrección, despertaba en
su impresionable espíritu instintos de independencia y de candoroso salvajismo.
Pero bien pronto comprendió que aquello era un campo urbano, una ciudad de
árboles y arbustos. Había calles, plazas y hasta manzanas de follaje. Por allí
andaban damas y caballeros, no en facha de pastorcillos, ni al desgaire, ni en
trenza y cabello, sino lo mismo que iban por las calles, con guantes, sombrilla,
bastón. Prontamente se acostumbró el espíritu de ella a considerar el Retiro (que
sólo conocía por vagos recuerdos de su niñez) como una ingeniosa adaptación de
la Naturaleza a la cultura; comprendió que el hombre, que ha domesticado a las
bestias, ha sabido también civilizar al bosque. Echando, pues, de su alma
aquellos vagos deseos de correr y columpiarse, pensó gravemente de este modo:
«Para otra vez que venga, traeré yo también mis guantes y mi sombrilla».
Después de admirar el afeitado Parterre, fueron a dar la vuelta al estanque
grande, que es un mar de bolsillo, como decía Miquis. Este la llevó luego por
sitios escondidos y por las callejuelas y laberintos que están entre el estanque
y la fuente de la China. Miquis estaba alegre como un niño, porque también en él,
parroquiano constante del Retiro, hacía sentir su influjo la vegetación nueva de
Primavera, los juegos del sol entre las ramas, el meneo de las hojas
acariciándose, y aquel ambiente, compuesto de frescura y tibieza, que al mismo
tiempo atemperaba el cuerpo y el alma. La capa le daba calor. Se la quitó
arrojándola por tierra. Hizo después una almohada de ella y se tendió en el
suelo. Isidora se sentó frente a él.
«¿Oyes los pájaros?-dijo Miquis-Son ruiseñores».
Isidora había oído hablar de los ruiseñores como cifra y resumen de toda la
poesía de la Naturaleza; pero no los había oído. Estos artistas no iban nunca
por la Mancha. Puso atención, creyendo oír odas y canciones, y su semblante
expresaba un éxtasis melancólico, aunque a decir verdad lo que se oía era una
conversación de miles de picos, un galimatías parlamentario-forestal, donde el
músico más sutil no podría encontrar las endechas amorosas de que tanto se ha
abusado en literatura. Miquis se echó a reír, y como si tuviera gusto en
despoetizar la hermosa situación en que ambos se encontraban, dijo de improviso:
«Isidora, ayer he estado trabajando en el anfiteatro con el Dr. Martín Alonso
desde las dos hasta las cinco. Éramos tres alumnos. Le ayudábamos a hacer la
autopsia de un viejo que murió de corazón. ¡Si vieras, chica!...».
Isidora se puso las manos ante la cara con muestras de horror.
«Es el trabajo más bonito-añadió Miquis-. Tonta, ¿por qué no se ha de hablar
de esto? Si es la realidad, la ciencia... ¿Qué sería de la vida si no se
estudiara la muerte? Nada me gusta como la Cirugía, chica. O he de ser un gran
cirujano, o nada. Verás. Cuando el doctor no estaba allí, cogíamos uno de los
brazos del muerto, y ¡zas!, nos pegábamos bofetadas unos a otros...».
Isidora dio un grito.
«Eres tonta... Pues si vieras lo que yo gozo cuando levanto un músculo con mi
escalpelo, cuando me apodero de una entraña...».
Isidora se levantó, echando a correr y metiéndose un dedo en cada oído.
«Aguarda, ruiseñora, no hablaré más de esto».
Luego se iban a otro sitio. Isidora, sentada junto a un tronco, se quedaba
meditabunda, mirando por un hueco del ramaje las blancas masas de nubes que
avanzaban sobre lo azul del cielo con soberana lentitud. Miquis cogía una rama
seca, y acercándose cautelosamente por detrás de la joven, se la pasaba por la
cara y decía con voz lúgubre: «¡La mano del muerto!».
Isidora daba un chillido; después reían los dos. Miquis cantaba trozos de
ópera, corrían un poco; escondíase él tras las espesas matas de aligustre, para
que ella le buscase; encontrábanse fácilmente; se cogían las manos; se sentaban
de nuevo; charlaban, convidados de la hermosura del día y del lugar, donde todo
parecía recién criado, como en aquellos días primeros de la fabricación del
mundo, en que Dios iba haciendo las cosas y las daba por buenas.
-II-
Augusto Miquis, por quien sabemos los pormenores de aquellas escenas, es hoy
un médico joven de gran porvenir. Entonces era un estudiante aprovechadísimo,
aunque revoltoso, igualmente fanático por la Cirugía y por la Música, ¡qué
antítesis!, dos extremos que parecen no tocarse nunca, y sin embargo se tocan en
la región inmensa, inmensamente heterogénea del humano cerebro. Recordaba las
melodías patéticas, los graciosos ritornelos y las cadencias sublimes allá en la
cavidad taciturna del anfiteatro, entre los restos dispersos del cuerpo de
nuestros semejantes. Él, en presencia de Raoul y Valentina, o ante la sublime
conjuración de Guillermo Tell, o en la sala de conciertos, pensaba en la
aponeurosis del gran supinador. Él, posado sobre los libros, como un ave sobre
su empolladura, soñaba con un monumento colosal que expresase los esfuerzos del
genio del hombre en la conquista de lo ideal. Aquel monumento debía rematarse
con un grupo sintético: ¡Beethoven abrazado con Ambrosio Paré!
Nació en una aldea tan célebre en el mundo como Babilonia o Atenas, aunque en
ella no ha pasado nunca nada: el Toboso. Diole el Cielo inteligencia superior,
que en aquella edad era todavía un desordenado instinto genial. Su aplicación no
era constante como la de las medianías, sino intermitente y caprichosa. Tan
pronto devoraba libros, emprendía penosos estudios y practicaba con ardor la
cirugía, como lo abandonaba todo para leer partituras al piano, tocándolo con
pocos dedos y menos nociones de Música. Pero en estas alternativas de trabajo y
holganza, se ha apoderado poco a poco de la ciencia, y cada idea que llegaba a
ser suya, daba al punto en su mente magníficos frutos.
Todas las teorías novísimas le cautivaban, mayormente cuando eran enemigas de
la tradición. El transformismo en ciencias naturales y el federalismo en
política le ganaron por entero. Tenía gran facilidad de dicción. Se asimilaba
prodigiosamente las ideas de los libros y las ideas de los maestros orales, sus
frases, su estilo y hasta su metal de voz. Burla burlando, imitaba a todos los
profesores de la Facultad, y como poseía extraordinaria retentiva, lo mismo era
para él repetir un allegro lleno de dificultades, que pronunciar dos o
tres discursos sobre Medicina o Filosofía naturalista.
Su carácter siempre alegre, erizado de malicias, se manifestaba en punzadas
mil, en bromas a veces nada ligeras, en apropósitos y en charlar voluble,
compuesto ya de hipérboles, ya de pedanterías burlescas, que ciertamente no
indicaban que él fuese pedante, sino que, por bromear, bromeaba hasta con la
ciencia. Tomando un tono hueco, hacía pasar por sus labios todas las palabras
retumbantes, todas las frases obscuras de la fraseología científica, y las
intercalaba de paradojas de su propia cosecha, graciosas y originales.
Aún hoy, que es un hombre de saber sólido, no ha perdido Miquis aquellas
mañas, y nos divierte con sus chuscas habladurías. A veces parece querer zaherir
aquello que adora; pero en realidad no hace más que mofarse de lo que es
realmente pedantesco. Entonces no; sus burlas no perdonaban ni la verdad misma,
ni la ciencia adorada. En la leonera que tenía por vivienda y que era una
caverna de disputas, se oía su voz declamatoria, diciendo estas o parecidas
cosas: «... porque, señores, a todas horas estamos viendo que, unidas en fatal
coyunda las enfermedades diatésicas, determinan la depauperación general, la
propagación de los vicios herpético y tuberculoso, que son, señores, permitidme
decirlo así, la carcoma de la raza humana, la polilla por donde parece marchar a
su ruina...». O bien, elevándose a lo teórico, gritaba: «Reconociendo, señores,
la revolución que las ciencias naturales, y especialmente la Química, han hecho
en la materia médica moderna, no conviene afirmar que la Química, señores, forma
un sistema médico por sí sola, porque antes que las leyes químico-orgánicas
están las leyes vitales. Volved la vista, señores, a Paracelso, Helmoncio y
Agrícola, y ¿qué hallaréis, señores?...».
Isidora vio un araña que se descolgaba de un hilo, un pájaro que llevaba
pajas en el pico, una pareja de mariposas blancas que paseaban por la atmósfera
con esa elegante desenvoltura que tanto ha dado que hablar en poesía, y sobre
estos accidentes y otros dijo cosas que hicieron reír a Miquis. Hablando y
hablando, Augusto llegó a decir:
«Señores, evolución tras evolución, enlazados el nacer y el morir, cada
muerte es una vida, de donde resulta la armonía y el admirable plan del Cosmos».
¡El Cosmos! ¡Qué bonito eco tuvo esta palabra en la mente de Isidora! ¡Cuánto
daría por saber qué era aquello del Cosmos!..., porque verdaderamente ella
deseaba y necesitaba instruirse.
«¿Quieres saber lo que es eso, tonta?-le preguntó Miquis-. Vamos, veo que
eres un pozo de ignorancia.
-No sé más que leer y escribir; deseo aprender algo más, porque sería muy
triste para mí encontrarme dentro de algún tiempo tan ignorante como ahora.
Enséñame tú. Yo me pongo a pensar que será esto de morirse. Pues el nacer
también...
-También tiene bemoles-añadió Augusto en tono sumamente enfático-, porque,
señores, debemos principiar declarando que todo el mundo se compone de las
mismas sustancias no creadas, no destructibles, y se sostiene por las mismas
fuerzas imperecederas que actúan según las mismas leyes, desde el átomo
invisible hasta la inmensa multitud de cuerpos celestes, conservándose
invariables en el conjunto de su efecto total... ¿Te has enterado?
-El demonio que te entienda... ¡Qué jerga!
-¡Qué bonitos ojos tienes!
-Tonto... Vamos a ver las fieras.
-No me da la gana. ¿Qué más fiera que tú?
-El león.
-¡Leoncitos a mí!... Esos dos hoyuelos que te abrió Natura entre el músculo maseter y el orbicular me tienen fuera de mí... No te pongas seria, porque
desaparecen los hoyuelos.
-Vámonos de aquí-dijo Isidora con fastidio.
-Estamos en el lugar más recogido del laboratorio de la Naturaleza. Señores,
hemos sido admitidos a presenciar sus trabajos misteriosos. Entremos en la selva
profunda y sorprenderemos el palpitar primero de las nuevas vidas. Ved, señores,
cómo de los infinitos huevecillos acariciados por el sol salen infinitos seres
que ensayan entre las ramas su primer paso y su primer zumbido. ¿No oís cómo
estrenan sus trompetillas esos niños alados, que vivirán un día y en un día
alborotarán la vecindad de este olmo? En el reino vegetal, señores, la nueva
generación se os anuncia con una fuerte emisión de aromas mareantes, alguno de
los cuales os afecta como si la esencia misma de vivir fuera apreciable al
olfato. Las oleadas de fecundidad corren de una parte a otra, porque la
atmósfera es mediadora, tercera o Celestina de invisibles amores. Sentís
afectado por estas emanaciones lo más íntimo de vuestro ser. Mirad los tiernos
pimpollos, mirad cómo al influjo de esa fuerza misteriosa desarrollan las
menudas florecillas sus primeras galas, cómo se atavían las margaritas mirándose
en el espejo de aquel arroyo, cómo se acicalan...
-Cállate... Pues no tendrías precio para catedrático...
-Para catedrático-poeta, que es la calamidad de las aulas. Mira: el día en
que yo sea médico, voy a poner una cátedra para explicar...
-¿Qué?
-Para dar una lección de armonía de la Naturaleza-dijo Miquis, mirándola a
los ojos-, y explicar esos radios de oro que nacen en tu pupila y se extienden
por tu iris... Déjame que lo observe de cerca...
-¡Qué pesado! Quita... enséñame las fieras.
-Vamos, mujer, esposa mía, a ver esas alimañas-dijo Augusto en tono de
paciencia-. Desde que me casé contigo me traes sobre un pie. Eras tan amable de
polla, ahora de casada tan regañona y exigente... Vamos, vamos, y me pondré un
tigre en cada dedo... ¿Qué más? Se te antoja una jirafa. ¡Isidora, Isidorilla!».
Ambos se detuvieron mirándose entre risas.
«Si no me das un abrazo me meto en la jaula del león... Quiero que me
almuerce. O tu amor o el suicidio.
-Si pareces un loco.
-El suicidio es la plena posesión de sí mismo, porque al echarse el hombre en
los amorosos brazos de la nada... Pero vamos a ver a esos señores mamíferos.
-¿Qué son mamíferos?-preguntó Isidora, firme en su propósito de instruirse.
-Mamíferos son coles. Vidita, no te me hagas sabia. El mayor encanto de la
mujer es la ignorancia. Dime que el sol es una tinaja llena de lumbre; dime que
el mundo es una plaza grande y te querré más. Cada disparate te hará subir un
grado en el escalafón de la belleza. Sostén que tres y dos son ocho, y superarás
a Venus.
-Yo no quiero ser sabia, vamos, sino saber lo preciso, lo que saben todas las
personas de la buena sociedad, un poquito, una idea de todo..., ¿me entiendes?
-¿Sabes coser?
-Sí.
-¿Sabes planchar?
-Regularmente.
-¿Sabes zurcir?
-Tal cual.
-Y de guisar, ¿cómo andamos?
-Así, así.
-Me convienes, chica. Nada, nada, te digo que me convienes, y no hay más que
hablar.
-Pues a mí no me convienes tú.
-¡Boa constrictor!
-¿Qué es eso?
-Tú.
-Pero que, ¿es cosa de Medicina?
-Es una culebra.
-¿La veremos aquí?... Entremos. ¿Es esto la Casa de Fieras?
-¿Quieres ver al oso? Aquí me tienes.
-Sí que lo eres»-dijo Isidora riendo con toda su alma.
Y entraron. Un tanto aburrido Miquis de su papel de indicador, iba mostrando
a Isidora, jaula por jaula, los lobos entumecidos, las inquietas y feroces
hienas, el águila meditabunda, los pintorreados leopardos, los monos acróbatas y
el león monomaníaco, aburridísimo, flaco, comido de parásitos, que parece un
soberano destronado y cesante. Vieron también las gacelas, competidoras del
viento en la carrera, las descorteses llamas, que escupen a quien las visita, y
los zancudos canguros, que se guardan a sus hijos en el bolsillo. Satisfecha la
curiosidad de Isidora, poca impresión hizo en su espíritu la menguada colección
zoológica. Más que admiración, produjéronle lástima y repugnancia los infelices
bichos privados de libertad.
«Esto es espectáculo para el pueblo-dijo con desdén-. Vámonos de aquí.
-Aunque enamorado-indicó Miquis al salir-, estoy muerto de hambre. Lo divino
no quita lo humano. Amémonos y almorcemos».
-III-
También Isidora estaba desfallecida. Discutieron un rato sobre si darían por
terminado el paseo en aquel punto, yéndose cada cual a su casa; pero al fin
Miquis hizo triunfar su propósito de almorzar en uno de los ventorrillos
cercanos a los Campos Elíseos. No eran ciertamente modelo de elegancia ni de
comodidad, como Isidora tuvo ocasión de advertir al tomar posesión de una mesa
coja y trémula, de una silla ruinosa, y al ver los burdos manteles y el
burdísimo empaque de la mujer sucia y ahumada que salió a servirles.
Compareció sobre el mantel una tortilla fláccida que, por el color, más parte
tenía de cebolla que de huevo, y Miquis la dividió al punto. El vino que llegó
como escudero de la tortilla era picón y negro, cual nefanda mixtura de pimienta
y tinta de escribir. El plato, mal llamado fuerte, que siguió a la tortilla, y
que sin duda debía la anterior calificación a la dureza de la carne que lo
componía, no gustó a Isidora más que el local, el vino y la dueña del puesto.
Con desprecio mezclado de repugnancia observó la pared del ventorrillo, que
parecía un mal establo, el interior de la tienda o taberna, las groseras
pinturas que publicaban el juego de la rayuela, el piso de tierra, las mesas, el
ajuar todo, los cajones verdes con matas de evónymus, cuyas hojas tenían
una costra de endurecido polvo, el aspecto del público de capa y mantón que iba
poco a poco ocupando los puestos cercanos, el rumor soez, la desagradable vista
de los barriles de escabeche, chorreando salmuera...
«¡Qué ordinario es esto!-exclamó, sin poderse contener-. Vaya, que me traes a
unos sitios...
-¡Bah, bah!... ¿No te gusta conocer las costumbres populares? A mí me encanta
el contacto del pueblo... Para otra vez, marquesa, iremos a uno de los buenos
restaurants de Madrid... Perdóname por hoy... Tenías carita de hambre
atrasada.
-Esto no es para mí-dijo Isidora con remilgo.
-¡Impertinencia, tienes nombre de mujer!-exclamó el estudiante, a un tiempo
riendo y mascando-¡Descontentadiza, exigente! ¿A qué vienen esos melindres?
Somos hijos del pueblo; en el seno del noble pueblo nacimos; manos callosas
mecieron nuestras cunas de mimbre; crecimos sin cuidados, mocosos, descalzos; y
por mi parte sé decir que no me avergüenzo de haber dormido la siesta en un
surco húmedo, junto a la panza de un cerdo. Usted, señora duquesa, viene sin
duda de altos orígenes, y ha gateado sobre alfombras, y ha roto sonajeros de
plata; pero usted se ha mamado el dedo como yo, y ahora somos iguales, y estamos
juntos en un ventorrillo, entre honradas chaquetas y más honrados mantones. La
humanidad es como el agua; siempre busca su nivel. Los ríos más orgullosos van a
parar al mar, que es el pueblo; y de ese mar inmenso, de ese pueblo, salen las
lluvias, que a su vez forman los ríos. De todo lo cual se deduce, marquesa, que
te quiero como a las niñas de mis ojos.
-Vámonos-dijo Isidora con fastidio.
-Vámonos a Puerto Rico-replicó Miquis, después de pagar el gasto-. Vámonos
despacito hacia la Castellana, para que te hartes de ver coches, aristócrata,
sanguijuela del pueblo... Si digo que te he de cortar la cabeza... Pero será
para comérmela».
¡Con qué inocente confianza y abandono iban los dos, en familiar pareja, por
los senderos torcidos que conducen desde el camino de Aragón a Pajaritos!
Bajaban a las hondonadas de tierra sembrada de mies raquítica; subían a los
vertederos, donde lentamente, con la tierra que vacían los carros del Municipio,
se van bosquejando las calles futuras; pasaban junto a las cabañas de traperos,
hechas de tablas, puertas rotas o esteras, y blindadas con planchas que fueron
de latas de petróleo; luego se paraban a ver muchachos y gallinas escarbando en
la paja; daban vueltas a los tejares; se detenían, se sentaban, volvían a andar
un poco, sin prisa, sin fatiga.
Miquis, a ratos, hacía burlescos encarecimientos del paisaje. «Allá-decía-las
pirámides de Egipto, que llamamos tejares; aquí el despedazado anfiteatro de
estas tapias de adobes. ¡Qué vegetación! Observa estos cardos seculares que
ocultan el sol con sus ramas; estas malvas vírgenes, en cuya impenetrable
espesura se esconde la formidable lagartija. Mira estos edificios, San Marcos de
Venecia, Santa Sofía, el Escorial... ¡Ay! Isidora, Isidora, yo te amo, yo te
idolatro. ¡Qué hermoso es el mundo! ¡Qué bella está la tarde! ¡Cómo alumbra el
sol! ¡Qué linda eres y yo qué feliz!».
Pasaban otras parejas como ellos; pasaban perros, algún guardia civil
acompañando a una criada decente; pastores conduciendo cabras; pasaban también
hormigas, y de cuando en cuando pasaba rapidísima por el suelo la sombra de un
ave que volaba por encima de sus cabezas. Y ellos charla que charla. Miquis
empezó contándole su historia de estudiante, toda de peripecias graciosas. Su
hermano mayor, Alejandro Miquis, que estudiaba Leyes, había muerto algún tiempo
antes, de una enfermedad terrible. Augusto despuntaba, desde muy niño, por la
Medicina, y jamás vaciló en la elección de carrera. Su padre le enviaba treinta
y cinco duros al mes, y él sabía arreglarse. ¡Había tenido diez y siete patronas!
Entregábale las mesadas, y tenía además el encargo de vigilarle y darle consejos,
un hombre de posición humilde y sanas costumbres, bastante viejo, amigo y aun
algo pariente de los Miquis del Toboso. Este bravo manchego se llamaba Matías
Alonso y era conserje de la casa de Aransis.
Al oír este nombre Isidora palideció, y el corazón saltó en el pecho. Su
espontaneidad quiso decir algo; pero se contuvo asustada de las indiscreciones
que podría cometer. Después salió a relucir el tema más común en estos paseos de
parejas. Hablaron de aspiraciones, del porvenir, de lo que cada cual esperaba
ser. Miquis habló seriamente, sin dejar su expresión irónica, por ser la ironía,
más que su expresión, su cara misma. Él esperaba ser un facultativo de fama y
operador habilísimo. Llevaría un sentido por cada operación, y viviría con lujo,
sin olvidar a su bondadoso y honrado padre, labrador de mediana fortuna, que
tantos sacrificios hacía para darle carrera. En cuanto esta fuese concluida
pensaba el buen Miquis hacer oposición a una plaza de hospitales.
«En los hospitales-decía-, en esos libros dolientes es donde se aprende. Allí
está la teoría unida a la experiencia por el lazo del dolor. El hospital es un
museo de síntomas, un riquísimo atlas de casos, todo palpitante, todo vivo. Lo
que falta a un enfermo le sobra a otro, y entre todos forman un cuerpo de
doctrina. Allí se estudian mil especies de vidas amenazadas y mil categorías de
muertes. Las infinitas maneras de quejarse acusan los infinitos modos de sufrir,
y estos las infinitas clases de lesiones que afligen al organismo humano; de
donde resulta que el supremo bien, la ciencia, se nutre de todos los males y de
ellos nace, así como la planta de flores hermosas y aromáticas es simplemente
una transformación de las sustancias vulgares o repugnantes contenidas en la
tierra y en el estiércol».
Pensaba Miquis trabajar y aplicarse mucho, sin desdeñar espectáculo triste,
ni dolencia asquerosa, ni agonía tremenda, porque de todas estas miserias había
de nutrir su saber. Después vendrían las visitas bien remuneradas, las consultas
pingües. Él se dedicaría a una especialidad. Al fin completaría sus
satisfacciones abonándose a diario a la Ópera, para que su espíritu, cansado del
excesivo roce con lo humano, se restaurase en las frescas auras de un arte
divino.
Luego tocaba a Isidora explanar sus pretensiones. ¡Pero le era tan difícil
hacerlo!... Sus ideales eran confusos, y su posición particular, su delicadeza,
no le permitían hablar mucho de ellos. ¡Oh!, si dijera todo lo que podía decir,
Miquis se asombraría, se quedaría hecho un poste. ¡Pero no, no podía explicarse
con claridad! La cosa era grave. Quizás entre el presente triste y el porvenir
brillante habrían de mediar los enojos de un pleito, cuestiones de familia,
escándalos, revelaciones, proclamación de hechos hasta entonces secretos, y que
llenarían de asombro a la buena sociedad, a la buena sociedad, fijarse
bien, de Madrid. Entretanto, únicamente se podía decir que ella no era lo que
parecía, que ella no era Isidora Rufete, sino Isidora... A su tiempo madurarían
las uvas; a su tiempo se sabría el apellido, la casa, el título... Vivir para
ver. Estas cosas no ocurren todos los días, pero alguna vez...
Pasó un naranjero.
«¿Son de cáscara fina?-preguntó Miquis al comprar cuatro naranjas-. Toma,
cómete esta para que se te vaya refrescando la sangre. La fluidez de la sangre
despeja el cerebro, da claridad a las ideas...
-Así es-prosiguió Isidora con cierta fatuidad mal disimulada-, que si me
preguntas cosas que no sean de lo que ahora está pasando, quizás no te podré
contestar. ¿Qué sé yo lo que será de mí? ¿Conseguiré lo que deseo y lo que me
corresponde? ¡Hay tanta picardía en este mundo!
-Verdaderamente que sí-dijo Augusto en el tono más enfáticamente burlesco que
usar sabía-. El mundo es una sentina, una cloaca de vicios. En él no hay más que
dolor y falsía. Malo es el mundo, malo, malo, malo. ¡Duro en él! En cambio
nosotros somos muy buenos; somos ángeles. La culpa toda es del pícaro mundo, de
ese tunante. Es el gato, hija mía, el gato, autor de todas las fechorías que
ocurren en... el Cosmos. ¡Ah, mundo, pillín, si yo te cogiera!... Pero ven acá,
alma mía; puesto que vas a dar un salto tan brusco en la escala social..., dime:
allá, en esos Olimpos, ¿te acordarás del pobre Miquis?
-¿Pues no me he de acordar? Serás entonces un médico célebre.
-¡Y tan célebre!... Vamos a lo principal. ¿Y tendrás a menos ser esposa de un
Galeno?
-¿De un qué?... ¿De una notabilidad?... ¡Oh, no! Poco entiendo de cosas del
mundo; pero me parece que los grandes doctores pueden casarse con...
-Con las reinas, con las emperatrices.
-Y sobre todo chico-añadió Isidora-, de algo ha de valer que nos conozcamos
ahora. Y lo que es a mí...».
¡Cuánta ternura brilló en sus ojos, mirando a Miquis, que la devoraba con los
suyos!
«Lo que es a mí... no me han de imponer un marido que no sea de mi gusto,
aunque esté más alto que el sol.
-¡Bendita sea tu boca!-exclamó Augusto, apoderándose de las dos manos de ella-.
¡Ay!, prenda, ¡qué frías tienes las manos!
-¡Y las tuyas, qué calientes!».
Isidora volvió a pensar en que nunca más saldría a la calle sin guantes.
«¿Querrás siempre a este pobre Miquis, que te quiere más?... Desde que te vi
en Leganés, me estoy muriendo, no sé lo que me pasa, no estudio, no duermo, no
puedo apartar de mí esos ojos, ese perfil divino y todo lo demás».
Ella empezó a comer otra naranja, y él la miraba embebecido. Nunca le había
parecido tan guapa como entonces. Sus labios, empapados en el ácido de la fruta,
tenían un carmín intensísimo, hasta el punto de que allí podían ser verdad los
rubíes montados en versos de que tanto han abusado los poetas. Sus dientecillos
blancos, de extraordinaria igualdad y finísimo esmalte, mordían los dulces
cascos como Eva la manzana, pues desde entonces acá el mundo no ha variado en la
manera de comer fruta. Saboreando aquella, Isidora ponía en movimiento los dos
hoyuelos de su cara, que ya se ahondaban, ya se perdían, jugando en la piel. La
nariz era recta. Sus ojos claros, serenos y como velados, eran, según decía
Miquis, de la misma sustancia con que Dios había hecho el crepúsculo de la tarde.
Miquis intentó abrazarla. Isidora había despuntado un casquillo con intención
de comérselo. Variando de idea al ver las facciones de su amigo tan cerca de las
suyas, alargó un poco la mano y puso el pedazo de naranja entre los dientes de
Miquis. Él se comió lo que era de comer y retuvo un rato entre sus labios las
yemas de aquellos dedos rojos de frío.
Isidora se levantó bruscamente, y echó a correr por el sendero.
Corrieron, corrieron...
«¡Ya te cogí!-exclamó Augusto, fatigadísimo y sin aliento, apoderándose de
ella-. Perla de los mares, antes de cogerte se ahoga uno.
-Formalidad, formalidad, señor doctorcillo-dijo Isidora, poniéndose muy seria.
-¡Formalidad al amor! El amor es vida, sangre, juventud, al mismo tiempo
ideal y juguete. No es la Tabla de Logaritmos, ni el Fuero Juzgo, ni las
Ordenanzas de Aduanas.
-Juicio, mucho juicio, Sr. Miquis.
-El juicio está claro, señorita. Yo sé lo que me digo. Oye bien. Por mi
padre, que es lo que más quiero, juro que me caso contigo.
-¡Huy, qué prisa!...
-Está dicho.
-¡Mira éste!
-Un Miquis no vuelve atrás; un re non mente; la palabra de un Miquis
es sagrada.
-¡Bah, bah!
-Soy del Toboso, de ese pueblo ilustre entre los pueblos ilustres. Un tobosino no puede ser traidor.
-Pero puede ser tinaja.
-No te rías; esto es serio. Estamos hablando de la cosa más grave, de la cosa
más trascendental».
Y era verdad que estaba serio.
«No nos detengamos aquí-dijo Isidora viendo que el estudiante buscaba un
sitio para sentarse-. Hace fresco.
-Sigamos. En otra parte hablaremos mejor.
-¿A dónde quieres llevarme? Yo no voy sino a mi casa.
-Por ahora bajemos a la Castellana, para que veas cosa buena.
-Sí, sí, a la Castellana. Mi tío el Canónigo me decía que es cosa sin igual
la Castellana.
-Escribiré mañana a tu tío el Canónigo.
-¿Para qué?
-Para pedirte. Agárrate de mi brazo. Vamos aprisa... Cuando digo que me caso...
Sí, estudiante y todo. Mi padre pondrá el grito en el cielo; pero cuando te
conozca, cuando vea esta joya... desprendida de la corona del Omnipotente...».
Las risas de Isidora oíanse desde lejos. Al llegar al barrio de Salamanca
guardaron más compostura y desenlazaron sus brazos. Descendían por la calle de
la Ese, cuando Isidora se detuvo asombrada de un rumor continuo que de abajo
venía.
-IV-
«¿Hay aquí algún torrente?-preguntó a Miquis.
-Sí, torrente hay... de vanidad.
-¡Ah! ¡Coches!...
-Sí, coches... Mucho lujo, mucho tren... Esto es una gloria arrastrada».
Isidora no volvía de su asombro. Era el momento en que la aglomeración de
carruajes llegaba a su mayor grado, y se retardaba la fila. La obstrucción del
paseo impacientaba a los cocheros, dando algún descanso a los caballos. Miquis
veía lo que todo el mundo ve: muchos trenes, algunos muy buenos, otros
publicando claramente el quiero y no puedo en la flaqueza de los caballos,
vejez de los arneses y en esta tristeza especial que se advierte en el semblante
de los cocheros de gente tronada; veía las elegantes damas, los perezosos
señores, acomodados en las blanduras de la berlina, alegres mancebos guiando
faetones, y mucha sonrisa, vistosa confusión de colores y líneas. Pero Isidora,
para quien aquel espectáculo, además de ser enteramente nuevo, tenía
particulares seducciones, vio algo más de lo que vemos todos. Era la realización
súbita de un presentimiento. Tanta grandeza no le era desconocida. Habíala
soñado, la había visto, como ven los místicos el Cielo antes de morirse. Así la
realidad se fantaseaba a sus ojos maravillados, tomando dimensiones y formas
propias de la fiebre y del arte. La hermosura de los caballos y su grave paso y
gallardas cabezadas, eran a sus ojos como a los del artista la inverosímil
figura del hipogrifo. Los bustos de las damas, apareciendo entre el desfilar de
cocheros tiesos y entre tanta cabeza de caballos, los variados matices de las
sombrillas, las libreas, las pieles, producían ante su vista un efecto igual al
que en cualquiera de nosotros produciría la contemplación de un magnífico fresco
de apoteosis, donde hay ninfas, pegasos, nubes, carros triunfales y flotantes
paños.
¡Qué gente aquella tan feliz! ¡Qué envidiable cosa aquel ir y venir en
carruaje, viéndose, saludándose y comentándose! Era una gran recepción dentro de
una sala de árboles, o un rigodón sobre ruedas. ¡Qué bonito mareo el que
producían las dos filas encontradas, y el cruzamiento de perfiles marchando en
dirección distinta! Los jinetes y las amazonas alegraban con su rápida aparición
el hermoso tumulto; pero de cuando en cuando la presencia de un ridículo simón
lo descomponía.
«Debían prohibir-dijo Isidora con toda su alma-que vinieran aquí esos
horribles coches de peseta.
-Déjalos... En ellos van quizás algunos prestamistas que vienen a gozarse en
las caras aburridas de sus deudores, los de las berlinas. El simón de hoy es el
landau de mañana... Esto es una noria; cuando un cangilón se vacía otro
se llena».
Apareció un coche de gran lujo, con lacayo y cochero vestidos de rojo.
«El Rey Amadeo-dijo Miquis-El Rey. Mira, mira, Isidora... No me quitaré yo el
sombrero como esos tontos.
-Si apenas le saludan...-observó Isidora con lástima-. Pues cuando vuelva a
pasar, le hago yo la gran cortesía. Mí tío el Canónigo dice que está excomulgado
este buen señor; pero el Rey es Rey».
Pasado su primer arrobamiento, Isidora empezó a ver con ojos de mujer,
fijándose en detalles de vestidos, sombreros, adornos y trapos.
«¡Qué variedad de sombreros! ¡Mira este, mira aquel, Miquis!... ¡Vaya un
vestidito! Y tú, ¿por qué no montas a caballo, para parecerte a aquel joven?...
-Es un cursi.
-Y tú un veterinario... ¡Qué hermosas son las mantillas blancas! Es moda
nueva, quiero decir, moda vieja que han desenterrado ahora... Creo que es cosa
de política. Mi tío el Canónigo decía...
-Hazme el favor de no nombrarme más a tu tío el Canónigo, quiero decir, a mi
querido tío... Esto de las mantillas blancas es una manifestación, una protesta
contra el Rey extranjero.
-¡Qué salado! Si yo tuviera una mantilla blanca también me la pondría.
-Y yo te ahorcaría con ella.
-¡Ordinario!
-Tonta.
-Esta gente-afirmó Isidora con mucho tesón-sabe lo que hace. Es la gente
principal del país, la gente fina, decente, rica; la que tiene, la que puede, la
que sabe.
-Trampas, fanatismo, ignorancia, presunción.
-¿Pues y tú?..., grosero, salvaje, pedante...
-Isidora, mira que eres mi mujer.
-¿Yo mujer de un albéitar?...
-Isidora, mira que te cojo... y ni tu tío el Canónigo te saca de mis manos.
-Basta de bromas. ¡Vaya, que te tomas unas libertades!... Nuestros gustos son
diferentes.
-Su gusto de usted, señora, se amoldará al gusto mío. Eso se lo enseñará a
usted mi secretario, que es una vara de fresno.
-¡A mí tú!-exclamó ella con brío, deteniéndose y mirándole.
-No hagas caso... Te quiero como a la Medicina... Haz de mí lo que gustes...
-Eso ya es otra cosa...
-Cuando nos casemos, como yo he de ganar tanto dinero, tendrás tres coches,
catorce sombreros y la mar de vestidos...
-¡Si yo no me caso contigo!...»-declaró la joven en un momento de
espontaneidad.
Había en su expresión un tonillo de lástima impertinente, que poco más o
menos quería decir: «¡Si yo soy mucho para ti, tan pequeño!».
«Falta saberlo. Te casarás por fuerza. Te obligaré. Tú no me conoces. Soy un
tirano, un monstruo, un Han de Islandia; beberé tu sangre...
-¿Qué es eso de Han de Islandia?-preguntó ella en su prurito de ilustrarse.
-Han de Islandia es berenjenas. Déjese usted de sabidurías. Coser, planchar y
espumar el puchero.
-No espumaré yo el tuyo, paleto.
-¡Marquesa de pañuelo de hierbas!
-Sacamuelas».
Los dos se echaron a reír.
«No te quiero-murmuró Isidora.
-Pues me echo a llorar.
-No te quiero ni pizca, ni esto.
-Pues yo te adoro. Mientras más me desdeñas, más me gustas. Cuando pienso que
ya se acerca la hora de separarnos, no sé qué me da... Se me antoja robarte.
-¡Y cuánta gente a pie!-exclamó ella sin hacer caso de las gracias de Augusto.
-Aquí, en días de fiesta, verás a todas las clases sociales. Vienen a
observarse, a medirse y a ver las respectivas distancias que hay entre cada una,
para asaltarse. El caso es subir al escalón inmediato. Verás muchas familias
elegantes que no tienen qué comer. Verás gente dominguera que es la fina crema
de la cursilería, reventando por parecer otra cosa. Verás también despreocupados
que visten con seis modas de atraso. Verás hasta las patronas de huéspedes
disfrazadas de personas, y las costureras queriendo pasar por señoritas. Todos
se codean y se toleran todos, porque reina la igualdad. No hay ya envidia de
nombres ilustres, sino de comodidades. Como cada cual tiene ganas rabiosas de
alcanzar una posición superior, principia por aparentarla. Las improvisaciones
estimulan el apetito. Lo que no se tiene se pide, y no hay un solo número uno
que no quiera elevarse a la categoría de dos. El dos se quiere hacer pasar por
tres; el tres hace creer que es cuatro; el cuatro dice: «Si yo soy cinco», y así
sucesivamente.
-Ya se van los coches»-dijo Isidora, que apenas había oído la charla de su
amigo.
Era tarde. Llegaba el momento en que, cual si obedeciera a una consigna, los
carruajes rompen filas y se dirigen hacía el Prado. Es tan reglamentario el
paseo, que todos llegan y se van a la misma hora. Isidora notó la confusión del
desfile al galope, tomándose unos a otros la delantera, escurriéndose los más
osados entre el tumulto; y oía con delicia el chasquido de látigos, el ¡eh!...
de los cocheros, y aquel profundo rumor de tanta y tanta rueda, pautando el
suelo húmedo entre los crujidos de la grava. Ella habría deseado correr también.
Su corazón, su espíritu, se iban con aquel oleaje. Allá lejos brillaban ya no
pocas luces de gas entre el polvo del Prado. Aquella neblina que se forma con el
vaho de la población, las evaporaciones del riego y el continuo barrer (de que
son escobas las colas de los vestidos), se iban iluminando hasta formar una
claridad fantástica, cual irradiación lumínica del suelo mismo. Viendo cómo los
coches se perdían en aquel fondo, Isidora apresuró el paso.
«Vámonos por aquí-dijo Miquis, desviándola de los paseos para subir hacia el
Saladero y acortar camino.
-¡Jesús!, siempre me llevas por lo más feo, por donde no se encuentran más
que tíos. ¿Hay también aquí ventorrillos?
-¿Quieres que comamos juntos? Iremos a una fonda.
-No, no, no. Basta de paseos. Esto no está bien... ¡Qué se dirá de mí! Para
calaverada, basta.
-¡Maldita sea la hora en que nací!-gruñó el estudiante-. ¿Dejarte ahora,
separarnos?... ¿Vas a tu casa?
-Sí, hombre. ¡Qué dirán!
-¡Oh!, sí, ¡qué dirán los marqueses de Relimpio!
-No son marqueses, pero son personas honradas.
-¿Quieres ir esta noche al Teatro Real?».
¡El teatro Real! Otro golpe mágico en el corazón y en la mente de la sobrina
del Canónigo.
«Pero a eso que llamas paraíso, ¿van personas?...
-¿Personas decentes?... Lo más decente de Madrid, la flor y nata».
Como no estaba bien que ella saliese sola con Miquis por la noche,
convinieron en que este convidaría también a las niñas de Relimpio. A esto debía
anteceder la presentación reglamentaria de Augusto en el domicilio de D.ª Laura,
para lo que se acordó, tras cortas vacilaciones, una mentirijilla venial.
Isidora diría que al volver a su casa desde la de su tía se había encontrado al
joven, amigo íntimo, deudo y aun pariente lejano del señor Canónigo. Era, no ya
estudiante, sino médico hecho y derecho, y bien podía prestar servicios tan
excelentes como gratuitos a una familia que no gozaba de perfecta salud.
Despidiéronse con fuertes apretones de manos, que a Miquis no le parecían
nunca bastante fuertes. Isidora subió sumamente fatigada. Las de Relimpio le
dijeron que había venido a visitarla un caballero de muy buen porte. Entró la
joven en su cuarto, donde la esperaba una gratísima sorpresa. Sobre la cómoda
había una tarjeta con el pico doblado.
Capítulo V
Una tarjeta
El corazón quería salírsele del pecho al ver los bonitos caracteres que
decían:
El marqués viudo de Saldeoro.
Largo rato estuvo perpleja, la cartulina en la mano, sin apartar los ojos del
sortilegio que sin duda contenían las letras negras del nombre y las pequeñitas
de las señas: Jorge Juan, 13. Las emociones varias que se sucedieron en
Isidora, las cosas que pensó en rápido giro de la mente, no son para contadas.
Todo se resolvió en alegría, de la que se derivaban, como de rico manantial,
diversas corrientes de sentimientos expansivos; a saber: un profundo
agradecimiento al distinguido caballero que la visitaba, y un deseo vivo de que
llegase pronto, muy pronto, lo más pronto posible, el día siguiente.
Su buen tío había escrito a dos principales señores de Madrid, hijo y padre,
para que la ampararan, defendieran y aconsejaran en el grave negocio de reclamar
su posición y herencia. ¡Cosa extraña y digna de gratitud! Una de las personas a
quienes venía recomendada, el hijo, el marqués de Saldeoro, de cuya gallardía y
proezas galantes habían llegado noticias al mismo Tomelloso, no esperaba a ser
visitado por ella, sino que, dando una prueba más de su acatamiento al bello
sexo, apresurábase a visitarla en tan humilde morada...
Y como la impresionable joven, cuando se entretenía en ver las cosas por su
faz risueña y en hacer combinaciones felices llegaba a límites incalculables,
empezó a ver llano y expedito el camino que antes le pareciera dificultoso;
pensó que se le abrirían voluntariamente las puertas que creyó cerradas, y que
todo iba bien, perfectamente bien. Usando entonces de aquella propiedad suya que
ya conocemos, dio realidad en su mente al marqués de Saldeoro, favorito de las
damas, según decían lenguas mil; le tuvo delante, le oyó hablar agradecida, le
preguntó ruborizada; construyó, si así puede decirse, con material de
presunciones y elementos fantásticos, la visita personal que al siguiente día no
podía menos de realizarse.
Consecuencias precisas de esta febril concomitancia con un personaje a quien
adornado suponía de seductoras cualidades, fueron un desdén muy vivo hacia el
pobre Miquis y una vergüenza de las escenas de aquel día. El paseo con el
estudiante, la escena del ventorrillo, la vil tortilla cebolluna, las naranjas
comidas en campo raso, las confianzas, las carreritas, se reprodujeron en su
imaginación como un sabor amargo y malsano, haciendo salir el rubor a su
semblante. Habían sido aquellas aventurillas tan contrarias a su dignidad y a su
posición futura, que diera cualquier cosa porque no hubieran pasado.
Tan metida en sí misma estaba con estos bochornos y aquellas alegrías, que
apenas comió. Como recordara en la mesa que debía hablar algo de Augusto para
preparar su presentación, dijo que era un estudiante pobre, un buen chico, hijo
de labradores, algo tocado de la cabeza, más músico que médico y más médico que
fino. Cuando Augusto llegó, negose Isidora a ir al teatro, porque le había dado
jaqueca. Emilia y Leonor no quisieron ir tampoco, y el buen estudiante quedó en
la situación más desairada del mundo. Pero como era tan listo, y
maravillosamente a todo se plegaba, hasta dominar las situaciones más difíciles,
bien pronto cautivó a la familia con sus donaires. Doña Laura propuso jugar a la
brisca; trajo D. José de su cuarto una sebosa baraja, y en el comedor, bajo la
pestífera llama del petróleo mal encendido, formaron el más alegre corrillo que
vieron casas de huéspedes.
Huyendo de tanta vulgaridad, retirose Isidora a su cuarto, donde se encerró.
«Ese pobre Miquis-decía-es un buen muchacho, pero tan ordinario... ¡Pobrecillo!,
me da lástima de él; pero ¿qué puedo hacer? ¿Puedo hacer yo que las cosas sean
de otra manera que como Dios las ha dispuesto?... Está que ni pintado para
Emilia o para Leonor... Me alegraré mucho de que sea un hombre de provecho.
Necesitará protección de las personas acomodadas, y en lo que de mí dependa...».
Se acostó, no para dormir, sino para seguir dando vida ficticia en el horno
siempre encendido de su imaginación a la visita del día siguiente y a las
consecuencias de la visita. El marqués de Saldeoro entraba; ella le recibía
medio muerta de emoción, le hablaba temblando; él le respondía finísimo. ¡Y qué
claramente le veía! Ella rebuscaba las palabras más propias, cuidando mucho de
no decir un disparate por donde se viniera a conocer que acababa de llegar de un
pueblo de la Mancha... Él era el más cumplido caballero del mundo... Ella se
mostraba muy agradecida... Él dejaría su sombrero en un sillón... Ella tendría
cuidado de ver si alguna silla estaba derrengada, no fuera que en lo mejor de la
visita hubiera una catástrofe... Él había de dirigirle alguna galantería
discreta... Ella tenía que prever todas las frases de él para prepararse y tener
dispuestas ingeniosas contestaciones... ¡Cielo santo!, y aún faltaba una larga
noche y la mitad de un larguísimo día para que aquel desvarío fuera realidad...
Era preciso arreglar el cuarto lo mejor posible... ¡Qué pensaría el caballero
ante aquellos miserables trastos!... Isidora no podía mirar sin sentir pena las
tres láminas que ornaban las paredes empapeladas de su cuarto. Aquí una vieja
estampa sentimental representaba la Princesa Poniatowsky en momento de
recibir la noticia de la muerte de su esposo; allí el cuadro del Hambre;
enfrente, dos amantes escuálidos, esmirriados y de pie muy pequeño, él de casaca
con mangas de pemil, ella con sombrero de dos pisos, se juraban fidelidad junto
a un arroyo... Si D.ª Laura no se incomodase, Isidora arrojaría a la calle las
tres laminotas... Pues, ¿y la cómoda con su cubierta de hule manchado? Más valía
no verla... Pero ella se levantaría temprano y fregotearía bien la cómoda, el
lavabo de tres patas y haría maravillas de orden y limpieza... Después compraría
una corbata bonita... Rogaría a D.ª Laura que la dejase traer de la sala dos
sillas de damasco con sus fundas de percal... En fin... No contenta con pensar
lo que pasaría al siguiente día, pensó los sucesos del tercer día y los del otro
y los del mes próximo, y los del año venidero, y los de dos, tres o cuatro años
más.
Dejémosla mal dormida, abrazada consigo misma, a las altas horas de la noche,
cuando todo ruido cesara en la casa. ¿Era aquello felicidad o martirio? Dice
Miquis, y quizás dice bien, que no existiría ni siquiera el nombre de felicidad
si no se hubieran dado al hombre, como se da al niño el juguete, el consuelillo
de esperarla.
Capítulo VI
¡Hombres!
-I-
Aquella buena mujer que pared por medio de la Sanguijuelera vivía,
tenía por consorte a un rico mercader americano. Entiéndase bien que lo de rico
se le aplica por ser tal su apellido (se llamaba Modesto Rico), y lo de
americano por tener un establecimiento, no en las Américas que están de la otra
banda del mar, sino en aquellas, menos pingües y lejanas, que se extienden por
la Rivera llamada de Curtidores, pasan la procelosa Ronda de Toledo y van a
perderse entre basuras, escombros y residuos de carbón en las Pampas de la
Arganzuela, cerca de donde, por fétidas bocas, arroja Madrid sobre el Manzanares
lo que no necesita para nada.
Modesto Rico tenía un tingladillo de clavos usados, espuelas rotas, hebillas,
cerraduras mohosas, jaulas de loros, abolladas alambreras y tinteros de cobre.
Era además lañador y lañaba de lo lindo. Ganaba poco, y este poco se lo quitaba
su afición a la horchata de cepas. Animal más digno de desprecio y lástima no se
ha visto ni verá. Una y otra vez en el curso de la semana, y principalmente los
domingos y lunes, hacía sus cuentas sobre las costillas de su mujer con una vara
de acebuche o simplemente con la mano, más dura que granito.
Pues de esta unión había nacido un niño, el más bonito, el más gracioso, el
más esbelto, el más engañador y salado que en el barrio había. Contaba a la
sazón diez años, que parecían doce, según estaba el rapaz de espigado y suelto.
Su cara era fina y sonrosada, el corte de la cabeza perfecto, los ojos luceros,
la boca de ángel chapado a lo granuja, las mejillas dos rosas con rocío de fango;
y su frente clara, despejada y alegre, rodeada de graciosos rizos, convidaba a
depositar besos mil en ella. Por estas lindezas, por la soltura de sus miembros
y gallardía de su cuerpo alto y delicado, estaba más orgullosa de él su madre
que si hubiera parido un príncipe. Hablaba el lenguaje de su edad, con graciosos
solecismos, comiéndose medio idioma y deshuesando el otro medio. Si en el Cielo
hay algún idioma o dialecto, el oír cómo lo destrozan los ángeles será el mayor
regocijo y entretenimiento del Padre Eterno.
Hacía grandes esfuerzos Angustias (a quien llamaban también Palo-con-ojos)
por poner sobre aquellas tiernas carnes ropa apropiada a la preciosa cara y al
bonito cuerpo de su hijo. Su pobreza no le permitía el lujo más ansiado de su
corazón. Pero allá Dios le daba a entender, con guiñapos del Rastro y otros
arreglados por ella, conseguía vestirle a su placer, y se recreaba en él;
mirábase en aquel espejo que era su vida y sus amores; se henchía de
satisfacción oyendo los encomios que del muchacho hacían las vecinas. Para los
domingos tenía un pantalón azul, más bien recortado que corto, unas botas usadas,
de segunda mano, o mejor, de segundos pies, y una camisola que su madre cuidaba
de planchar el sábado. Pero lo más lindo era una chaquetilla de felpa roja, tan
raída como bien ajustada, sobre la cual liaba Angustias una faja hecha de dos o
tres cintas de colores perfectamente cosidas, con lo que el muchacho parecía un
sol, más que un príncipe, algo de sobrenatural en belleza y gallardía, como un
Niño Jesús vestido de torero. Desde que apareció por primera vez en la calle de
Moratines, le pusieron por apodo el Majito, y así se llamó toda su vida.
Su nombre era Rafael. Decían los vecinos que todas aquellas galas habían sido de
niños muertos y de despojos allegados, sabe Dios cómo, del obscuro borde de la
tumba. No nos corresponde aclarar esto, y tuvieran o no razón las murmuradoras,
ello es que el Majito estaba majísimo con aquellos arreos.
Lo que vamos a contar pasó en un domingo. El Majito salió brincando de
su casa para ir a enredar a las ajenas. Mirole salir gozosa Palo-con-ojos;
mas no era fácil que el regocijo se pintase en su cara, por tenerla casi toda
cubierta con un pañuelo, a causa del dolor de muelas y de la hinchazón que
estaba sufriendo aquel día. Y aun así no faltaban alrededor de su frente las
sortijillas pegadas con tragacanto, ni la canastilla y peinas. Era la carátula
más grotesca que imaginarse puede, pues uno de los lados de su rostro parecía
calabaza, y era tal el peso, que no separaba de aquella parte la mano.
El Majito se metió de un salto en la tienda de la Sanguijuelera.
Esta solía mimarle y le obsequiaba unas veces con piñones y otras con azotes.
«Hola, lagartijilla, ¿ya estás aquí?... No enredes en la tienda, porque vas a
cobrar.
-¿Y Pecado?
-En el taller... Dios le tenga allá...».
Aquel día, aunque era festivo, el soguero tenía trabajo hasta las doce. No
había querido ir Mariano; pero su severa tía le cogió por una oreja, y... ¡Valiente
holgazán!
«¿Y Pecado?-volvió a preguntar el Majito.
-Te digo que está en el trabajo... No te montes sobre la tinaja. Si me la
rompes, vas a ver. ¡Eh, eh! No te encarames, o te vas de aquí más pronto que la
vista.
-¿En dónde está Pecado?».
Para preguntar, los sabios y los chicos. La Sanguijuelera, cansada de
responder a la misma pregunta, le cogió con una mano los dos carrillos,
estrujándoselos, con lo que la boca del Majito resultó como una guinda.
Le dio un beso en ella, diciéndole: «¡Qué pesado eres..., y qué rebonito!».
«¡Suéltame, vieja!-exclamó Rafael, limpiándose la cara.
-Eso es, frótate, bobo... Y me has llenado de babas.
-¿Y Pecado?
-¡Toma Pecado!».
Y le arreó dos nalgadas. Como un jilguero saltó el Majito, y de un
brinco se puso en el pasillo, y de otro brinco en el patio interior, y con un
tercer brinco se metió en el aposento donde Encarnación vivía, el cual no era
notable por su desahogo ni por sus claridades. Difícilmente se podría determinar,
sin tener costumbre de andar dentro de tal laberinto, lo que allí había; pero
el Majito, que conocía el local como un ratón conoce las entradas y salidas
de la casa que habita, subió a eminencias que parecían camas; descendió a negros
abismos que parecían arcones abiertos; trepó por las gastadas graderías de un
estante viejo; se arrastró por suelos polvorientos; metió su brazo por tortuosas
grietas formadas de informes bultos arrimados a la pared. Sin duda buscaba algo.
Su flexible cuerpecillo se escurría y deslizaba en silencio de hueco en hueco,
hasta que al fin, apoyado en un cofre, dio una voltereta agitando las patitas en
el aire, y se sumergió como el nadador en persecución de la perla.
Era un rincón obscuro, polvoroso, lleno de cachivaches, antes apreciables al
tacto que a la vista, objetos de cartón, de cuero, de metal, algo como mochilas,
bayonetas, cartucheras, trozos de arreos militares, desechados por inútiles en
la liquidación de un bazar de juguetes. El Majito miró y se estuvo quieto,
atento. Sus ratoniles ojos veían en la obscuridad aquel montón de cosas. Era un
cuadro en las profundidades del mar, con ansiedad de buzo y resplandor de
mariscos entre el lívido verdor del agua. Las arañas se paseaban sobre los
objetos, pero Rafael no les tenía miedo. Las correderas entraban y salían por
los intersticios, huyendo azoradas al ruido, pero el Majito tampoco las
tenía miedo. Estuvo un rato en acecho, dudoso, mirando y eligiendo. Fuerte cosa
era decidir cuál objeto tomaría. Por último, decidido, tiró de una brillante
empuñadura y sacó un sable. Después revolvió el conjunto y vio un brillo
seductor de galones. Diole un salto el corazón de ratero y tomó lo que brillaba.
Era un sombrero que parecía escudilla, un ros de cartón, deforme, cuarteado,
pero con tres tiras de papel dorado pegadas en redondo. El Majito, que
tan poco sabía del mundo, sabía que los tres entorchados son la insignia del
capitán general, y que esta es la jerarquía más alta del ejército. ¡Vaya usted a
averiguar dónde esos diablos de chicos aprenden estas cosas!
Se puso el ros y vio que era bueno. Empuñó el sable. Era un palito pinchante
amarrado a una empuñadura de metal, que en su origen parecía haber sido asa de
un brasero de cobre. Había en la prenda militar una fabricación tosca, pero
ingeniosa, que denotaba tanta habilidad como falta de medios. Autor y dueño de
aquellos arreos era, como se habrá comprendido, el famoso Pecado, gran
amigo de cosas de guerra, y que desde su tierna infancia se mostraba muy precoz
para las artes mecánicas. Él apandaba, no se sabe dónde, aunque es de presumir
que fuera de sus viajes por las Américas, restos de juguetes, pedazos de
hojalata, de madera, de hierro; y con un clavo viejo, una cuerda, una navaja
rota y un enorme guijarro que servía de martillo y de piedra de afilar, hacía
maravillas.
En cuanto al ros, justo es consignar que no vino a sus manos por causa de
rapiña, sino que lo cogió en la calle, en el momento de caer de un balcón,
arrojado por unos niños. Era pieza lastimosa; pero ¡cómo se trasformó en sus
hábiles manos! Púsole visera que no tenía para lo cual le bastó media suela de
una zapatilla; lo moldeó y le dio forma, que casi había perdido; adornole con
una vistosa placa, que sacó de la chapa circular de un botecillo de betún, y por
último, con ciertos tirajos de papel dorado, sutilmente desprendidos de una caja
de mazapán, le puso sus tres entorchados. ¡Muy bien! ¡Así se hacen las cosas! El
ros tuvo en sus orígenes plata y oro, insignias de comandante. Pecado le
hizo ganar de un salto la mayor jerarquía militar con una prontitud que
envidiaría la misma Gaceta..., ¡hala!
Dejemos a Majito con el ros encasquetado, el sable en la derecha mano,
en actitud tan belicosa, que si le viera el sultán de Marruecos convocara a toda
su gente a la guerra santa. Con la mano siniestra se limpió el polvo y las
telarañas que no querían desprenderse de la felpa de su chaqueta, y dando
después tres o cuatro brincos, se puso en la calle gritando con todo el vigor de
su pecho infantil: «Soy Plin».
¡Ser Prim! ¡Ilusión de los hijos del pueblo en los primeros albores de la
ambición, cuando los instintos de gloria comienzan a despuntar en el alma, entre
el torpe balbucir de la lengua y el retoñar, casi insensible, de las pasiones!
Esta ilusión, que era entonces común en las turbas infantiles, a pesar de la
reciente trágica muerte del héroe, se va extinguiendo ya conforme se desvanece
aquella enérgica figura. Pero aún hoy persiste algo de tan bella ilusión; aún se
ven zamacucos de cinco años, con un palo al hombro y una gorra de papel en la
cabeza, que quieren ser Prim o ser O'Donnell. ¡Lástima grande que esto se acabe,
y que los chicos que juegan al valor no puedan invocar otros nombres que los
gárrulos motes de los toreros!
Ya lo hicimos-dijo Encarnación mirando al Majito-. Apandó los
chirimbolos, y cuando el otro venga tendremos la de no te menees».
El Majito se dejó ir con grave paso por la calle de Moratines abajo.
Era el día ventoso, frío y seco, hijo maldito de la malditísima primavera de
Madrid. La pluma del ros del Majito (porque una pluma de pavo tenía) se
torcía con la fuerza del viento. La cola de las gallinas que andaban por la
calle se doblaba también, obligándolas a dar tumbos entre el fango. Todo lo que
colgaba de las paredes, ropa, trapos, sogas, se ponía horizontal; balanceábanse
las bacías de cobre colgadas en la puerta del barbero; las faldas de las mujeres
se arremolinaban; se rompían las vidrieras; los hombres se iban sujetando con la
mano sus gorras y sombreros, los curas apenas podían andar; todo lo flotante
tendía a tomar la horizontal, y en medio de esta desolación relativa, el
Majito avanzaba tieso y altanero, como hombre supinamente convencido de la
importancia de sus funciones.
En la calle de Ercilla tenía ya un séquito de seis muchachos; en la del
Labrador, ya se le había incorporado una partida de diez y siete, entre hembras
y varones, siendo las primeras, ¡cosa extraña!, las que más bulla metían. Los
tres chicos del capataz de la fundición de hierro salieron batiendo marcha sobre
una plancha de latón, y pronto se agregaron a ellos, para aumentar tan dulce
orquesta, los dos del tendero, tañendo esas delicadas sonatas de Navidad, que
consisten en descargar golpes a compás sobre una lata de petróleo. Eran estos
enemigos del género humano pequeñuelos y sucios. Calzaban botas indescifrables,
pues no se podía decir a ciencia cierta dónde acababa la piel y empezaba el
cordobán. Estaban galoneados de lodo desde la cabeza a los pies. Si la basura
fuera una condecoración, los nombres de aquellos caballeritos se cogerían toda
la Guía de forasteros.
Al desembocar el ya crecido ejército en la plaza de las Peñuelas, centro del
barrio, agregose una chiquillería formidable. Eran los dos nietos de la Tía
Gordita, los cuatro hijos de Ponce el buñolero, las del sacamuelas y otros
muchos. Mayor variedad de aspecto y de fachas en la unidad de la inocencia
picaresca no se ha visto jamás. Había caras lívidas y rostros siniestros entre
la muchedumbre de semblantes alegres. El raquitismo heredado marcaba con su
sello amarillo multitud de cabezas, inscribiendo la predestinación del crimen.
Los cráneos achatados, los pómulos cubiertos de granulaciones y el pelo ralo,
ponían una máscara de antipatía sobre las siempre interesantes facciones de la
niñez. En un momento se vio a la partida proveerse de palos de escoba, cañas,
varas, con esa rapidez puramente española, que no es otra cosa que el instinto
de armarse; y sin saber cómo surgieron picudos gorros de papel con flotantes
cenefas que arrebataba el viento, y aparecieron distintivos varios, hechos al
arbitrio de cada uno. Era una página de la historia contemporánea, puesta en
aleluyas en un olvidado rincón de la capital. Fueran los niños hombres y las
calles provincias, y la aleluya habría sido una página seria, demasiado seria. Y
era digno de verse cómo se coordinaba poco a poco el menudo ejército; cómo sin
prodigar órdenes se formaban columnas; cómo se eliminaba a las hembras, aunque
alguna hubo tan machorra que defendió a pescozones su puesto y jerarquía.
Crecía el estrépito, engrosaban las haces. ¿De dónde había salido toda
aquella gente? Eran la discordia del porvenir, una parte crecida de la España
futura, tal que si no la quitaran el sarampión, las viruelas, las fiebres y el
raquitismo, nos daría una estadística considerable dentro de pocos años. Eran la
alegría y el estorbo del barrio, estímulo y apuro de sus padres, desertores más
bien que alumnos de la escuela, un plante del que saldrían quizás hombres de
provecho y sin duda vagos y criminales. De su edad respectiva poco puede decirse.
Eran niños, y tenían la fisonomía común a todos los niños, la cual, como la de
los pájaros, no determina bien los años de vida. La variedad de estaturas más
bien indicaba los grados de robustez o cacoquimia que los años transcurridos
desde que vinieron al mundo. El mal comer y el peor vestir pasaba sobre todos un
triste nivel. Algunos llevaban entre sus labios, a modo de cigarro, un caramelo
largo, de esos que parecen cilindro de vidrio encarnado, y con un fácil
movimiento de succión le hacían entrar en la boca o salir de ella, repitiendo
este gracioso mete y saca con presteza increíble.
El militar paseo tenía por música, además del estruendo de las latas, el reír
inmenso de la bandada, el pío pío mezclado de voces prematuramente roncas, y
salpicado de esos dicharachos que, al ser escupidos de la boca de un niño nos
recuerdan al feo abejón cuando sale zumbando del cáliz de la azucena. Había en
las filas renacuajos de dos pies de alto, con las patas en curva y la cara
mocosa, que blasfemaban como carreteros; había quien, mudando los dientes,
escupía por el colmillo; había quien llevaba una colilla de cigarro detrás de la
oreja y una caja de fósforos en un hueco, que no bolsillo, de la ropa. Había
piernas blancas desnudas asomándose a las ventanas de un pantalón que a pedazos
se caía; había zancas negras, esbeltas cinturas ceñidas por sucia cuerda o por
tirajo informe; chaquetones que fueron de abuelos, y calzones que fueron mangas;
blusas que aún se acordaban de haber sido chalecos; gorras peludas que fueron,
¡ay!, manguito de elegantes damas. Pero la animación principal de aquel cuadro
era un centellear de ojos y un relampaguear de alegrías divertidísimo. Con aquel
lenguaje mudo decía claramente el infantil ejército: «¡Ya somos hombres!». ¡Cuántas
pupilas negras brillaban en el enjambre con destellos de genio y chispazos de
iniciativa! ¡En cuántas actitudes se observaban pinitos de fiereza! ¡Allí la
envidia, aquí la generosidad, no lejos el mando, más allá el servilismo, claros
embriones de egoísmo en todas partes! En aquel murmullo se concentraban los
chillidos para decir: «Somos granujas; no somos aún la humanidad, pero sí un
croquis de ella. España, somos tus polluelos, y cansados de jugar a los toros,
jugamos a la guerra civil».
-II-
Llegaron a la vía férrea de circunvalación que corta el barrio, sin valla,
sin resguardo alguno. La miseria se familiariza con el peligro como con un
pariente. Sintieron silbar la máquina, y los condenados se pusieron a bailar
sobre los carriles desafiando el tren mugidor que venía. Lo azuzaban, lo
escarnecían, hasta que apareció la locomotora en la curva, y al verla cerca se
dispersaron como bandada de gorriones. El tren de mercancías pasó, enorme,
pesado, haciendo temblar la tierra, y ellos a un lado y otro de la vía le
saludaban con espantosa rechifla, le amenazaban con puños y palos, le trataban
de tú, remedaban con insolente escarnio los bufidos de la máquina, el
desengonzado movimiento de las bielas, y por último pusieron al guardafreno como
hoja de perejil. El tren les hacía tanto caso como a una nube de mosquitos, y
desapareció dejando atrás su humo y su ruido.
Volviose a ordenar la hueste y siguieron marchando, con el Majito a la
cabeza. ¡Ah! Todavía mandaba. Goza, goza del brillo de tu alta posición, que
tiempo vendrá en que las grandezas se humillen y las altas torres se desplomen.
Avanzaban por la planicie que se extiende entre el hospital del Niño Jesús y los
collados áridos que rodean el barranco. Allí no hay casas todavía, es decir, no
hay miseria. ¿Quién diréis que salió a recibirlos? Pues un pavo que habitaba en
muladar próximo, y que todas las mañanas se paseaba solo por el llano, con la
gravedad enfática que tanta semejanza le da con ciertos personajes. El pavo los
miró; ellos le miraron y se detuvieron. Hizo él la rueda y les echó una arenga,
es decir, que después de soltar dos o tres estornudos, que son la interjección
natural del pavo, les soltó esa carcajada que parece ladrido. Los chicos se
echaron a reír en inmenso coro, y el animal volvió a hacer la rueda y a echarles
otra arenga, diciendo «amados compatricios míos...» con el cuello rojo cual la
esencia del bermellón, el moco tieso, las carúnculas inyectadas como un orador
herpético. Más gritaban ellos, más gargajeaba él. A cada voz respondía con sus
estornudos y su carcajada. Parecían aclamaciones a la patria, vivas
contestados con hurras. Después dio media vuelta y marchó delante. Era
esa caricatura militar de antaño que se llamaba tambor mayor. El viento le
despeinaba las plumas, y al arrastrar las alas y dar el estornudo era el puro
emblema de la vanidad. No le faltaban más que las cruces, la palabra y la edad
provecta para ser quien yo me sé.
Había llegado el momento en que la partida necesitaba hacer algo para
justificar su existencia. ¿Qué haría? ¿Una simple fiesta militar, o dividirse en
dos bandos para batirse en toda regla? El susurro y la confusión indicaban que
la falange se hacía a sí misma aquella pregunta. Bien pronto nadie se entendía
allí. La discordia descompuso las filas, y todo eran empujones, codazos, gritos.
No había uno que no quisiera ser Prim, incluso el renacuajo de las patas corvas.
Pues qué, ¿el Majito no habían mandado ya bastante? Hasta el pavo, con
aquella carcajada que parecía un vómito de sonidos, exclamaba: «¡Abaa... jojojo
el Majito!».
«Miá este-dijo uno de los chicos del carbonero, atacando al general en jefe
con el codo, así como los pollos embisten con el ala-. Dice que me ponga detrás...
Si no te callas, puñales, te pego la bofetá del siglo.
-Pega, hombre, pega-chilló Rafael preparándose a recibirle, animoso,
imponente, con el puño cerrado, y presentando también el codo y antebrazo como
un escudo-. Vamos, hombre...
-No vus perdáis, muchachos; no vus perdáis-dijo en tono conciliador el del
herrero, interponiéndose.
-Ponte atrás, ¡coles!-gritó el Majito-. ¡Qué coles! Si no te pones
atrás, verás...
-Que no me da la gana, hombre...
-Achúchale, achúchale-dijeron algunos que querían ver reñir al Majito
con el hijo del carbonero.
-No vus perdáis, muchachos-volvió a decir el otro, sin soltar de la boca
sucia el caramelo largo.
-¡Que le achuche, que le achuche!»-graznaron varios, arremolinándose.
El Majito y Colilla, que así se llamaba el del carbonero, se
sacudieron el primer golpe en los hombros.
«¡Leña!
-¡Atiza!».
A los primeros golpes cayó a tierra el ros. Más pronto que la vista lo cogió
Gaspar (el de las patas corvas), se lo puso, y echó a correr hacia abajo, en
dirección a las Yeserías. Allí le detuvieron dos muchachos que subían del río;
le quitaron la codiciada prenda, y uno de ellos se la puso. Mirose en un charco
verdoso, y estalló en risa. En tanto la refriega había cesado, y el Majito,
con la cara soplada, los ojos encendidos, el corazón hirviendo de rabia, se
había subido a una colina de las inmediatas al barranco, y desde allí gritaba
que iba a matar a uno y a reventar a seis si no le devolvían su sombrero.
Los que subían del río eran como de doce años, descalzos, negros, vestidos de
harapos. El uno traía una espuerta de arena. Los dos mostraban grandes manojos
de una hierba que se cría en aquellas praderas. Es una liliácea, que algunos
llaman matacandil y otros jacinto silvestre o cebolla de lagarto. Tiene un tallo
o tuetanillo que se chupa, ¡y es dulce!
«¡Matacandiles!»-chillaron muchos, arrojando las armas y saliendo a recibir a
los dos individuos, conocidos en la república de las picardías con los nombres
de Zarapicos y Gonzalete.
«¿A cómo?-preguntó una voz.
-A cinco.
-¡Qué coles!..., a cuatro.
-¡A cinco! El que no dé cinco no chupa.
-Maldita sea tu madre..., ¡a cuatro!
Y empezó un regatear febril, una disputa de contratación que retrasaba las
ventas. Pero ¿qué se vendía y qué se compraba allí? Los matacandiles que en las
tardes de primavera dan materia a un animado comercio infantil, ¿se cambiaban
por dinero? No, porque la escasez de numerario lo vedaba. Sin embargo, no puede
decirse que no fuera metálico el segundo término del cambio, porque los
matacandiles se cambiaban por alfileres.
Zarapicos y Gonzalete eran comerciantes. No daban un paso por
aquellos muladares habitados, ni aun por las calles de Madrid, sin que sacaran
de él alguna ganancia. ¡Bien por los hombres guapos! Vivían de sus obras y de
sus manos; su casa era la capital de España, ancha y ventilada; su lecho el
quicio de una puerta o cualquier rincón de casa de dormir; su vestido una serie
de agujeros pegados unos a otros por medio de jirones de tela; su sombrero, el
aire y el sol; sus zapatos, los adoquines y baldosas de las calles. No eran
hermanos; eran amigos. Habían llegado cada uno a Madrid por distinta vía y
puerta; Zarapicos, por el Norte; Gonzalete, por el Sur. Tenían
padres; pero ya no se acordaban de ellos. Vinieron pidiendo limosna. Después
habían visto que Madrid es un campo inmenso para la actividad humana, y a la
limosna habían unido otras industrias.
Zarapicos fue durante algún tiempo lazarillo de un ciego; Gonzalete
sirvió a una mujer que, al pedir en la puerta de la iglesia, le presentaba como
hijo. Uno y otro se cansaron de aquella vida mercenaria y poco independiente, y
ansiosos de libertad se lanzaron a trabajar por su cuenta. Entonces se
conocieron, y entablaron cariñosa amistad. Ambos aspiraban a vender La
Correspondencia o El Imparcial, pero ¡ay! ciertas posiciones, por
humildes que parezcan, no están al alcance de todos los individuos. Eran
demasiado granujas todavía, demasiado novatos, demasiado pobres, y no tenían
capital para garantizar las primeras manos. Uno de ellos logró vender El
Cencerro los lunes; otro merodeaba contraseñas en las puertas de los
teatros. Eran dos millonarios en capullo. Zarapicos decía a Gonzalete:
«Verás, verás cómo semús cualquier cosa».
Antes de llegar a las altas posiciones comerciales tenían que pasar por
humillante aprendizaje y penoso noviciado. ¡Recoger colillas! Ved aquí un empleo
bastante pingüe. Pero tal comercio tiene algo de trabajo, y exige recorrer
ciertas calles, instalarse en las puertas de los cafés, consagrarse al negocio
con cierta formalidad. Eran niños, necesitaban juego como el pez necesita agua,
y así por las tardes se iban al río a recoger matacandiles. Allí se presentaba
inopinadamente algún bonito recreo, tal como cortar la cuerda de una cabra que
estuviera atada en los bardales, y a veces se presentaban buenos negocios.
Ocurría con frecuencia el caso de tropezar con una herradura en la carretera del
Sur, y ¡cuántas veces, junto a las fábricas, podían recogerse pedazos de
lingote, clavos y otras menudencias que, reunidas, se vendían en el Rastro! Con
estas cosillas resultaba que tanto Zarapicos como Gonzalete
pudieran tocarse el titulado pantalón para sentir sonar algo como retintín de un
cuarto dando contra otro. Eran ricos; pero no gastaban un ochavo en comer. Dos
veces al día la guarnición de Palacio da a los chicos las sobras del rancho, a
trueque de que estos les laven los platos de latón. Esta sopa boba, a la cual
los granujas llaman piri, atrae a mucha gente menuda a los alrededores
del cuerpo de guardia, y se la disputan a coscorrones.
Después de bien llena la panza, nuestros dos amigos bajaban hacia el río. Si
tenían ganas de trabajar, ayudaban a las lavanderas a subir la ropa; si no,
tiraban hacia las Yeserías. Aquel día cogieron tantos matacandiles, que apenas
podían llevarlos. Por la mucha abundancia, Zarapicos fijó en cinco
alfileres el precio de la docena de matacandiles. Hubo temporada en que se
cotizaron a diez y once, manteniéndose firme este precio durante toda una
semana.
Lo mismo Zarapicos que Gonzalete tenían las solapas de sus
deformes chaquetas llenas de alfileres tan bien clavados, que sólo asomaban la
cabeza. El borde de la tosca tela parecía claveteado como un mueble... Las
transacciones empezaron en seguida. Unos daban tallos, los otros chupaban y
pagaban. Muchos tenían repuesto de alfileres; otros corrían a sus casas,
encontraban a sus madres peinándose al sol, en las puertas de las casas, y les
quitaban la moneda o se la robaban.
En tanto el Majito, desde la cumbre de una eminencia formada por
escombros, increpaba a la muchedumbre infantil de abajo, diciendo que iba a
reventar a patadas a todos y cada uno si no le devolvían su sombrero. ¡Qué
vergüenza! Zarapicos lo tenía puesto, y estaba tan contento de su
adquisición, que amenazó al Majito con subir y sacarle las tripas si no
se callaba. Con el viento y la bulla que el pavo metía apenas se sentían las
chillonas voces provocativas. El Majito, cansado de parlamentar sin fruto
ni resultado alguno, lanzó una piedra en medio de la turba de comerciantes. Al
voltear, haciendo honda de su elástico brazo, parecía un gallito de veleta,
obedeciendo más al viento que al coraje. Gonzalete, al recibir la piedra
en un hombro, gritó: «¡Repuñales! ¡Maldita sea tu sangre!».
Entonces Zarapicos tiró al Majito; la piedra silbó en el aire y
no hirió al muchacho, que al punto disparó la segunda suya. Instantáneamente,
sin que se dieran órdenes ni se concertara cosa alguna, generalizose la pelea.
Muchos se pasaron al bando del Majito, sin darse la razón de ello; otros
permanecieron abajo, y todos tiraban, soldados bravos, saliendo a la primera
fila y desafiando el proyectil que venía. Bajarse, elegir el guijarro, cogerlo,
hacer el molinete con el brazo y lanzarlo, eran movimientos que se hacían con
una celeridad inconcebible.
Para que no les viera la gente mayor del barrio ni los del Orden Público, se
corrieron al barranco de Embajadores, lugar oculto y lúgubre. Ninguna orden se
dio entre ellos para este hábil movimiento, nacido, como la batalla misma, de un
superior instinto. El Majito y los suyos ocupaban la altura, Zarapicos
y su mesnada el llano. Piedra va, piedra viene, empezaron las abolladuras de
nariz, las hinchazones de carrillos y los chichones como puños. Mientras mayor
era el estrago, mayor el denuedo: «¡Leña!, ¡atiza!, ¡dale!». ¡Qué ardientes
gritos de guerra! Ni las moscas se atrevían a pasar por el espacio en que se
cruzaban las voladoras piedras. Una de estas alcanzó a una mujer y la detuvo en
su camino, obligándola a retirarse con la mano en un ojo. Muchos chiquillos se
retiraron también berraqueando, porque el dolor les enfriaba los ánimos, dando
al traste en un punto con todo su coraje.
El barranco de Embajadores, que baja del Salitre, es hoy en su primera zona
una calle decente. Atraviesa la Ronda y se convierte en despeñadero, rodeado de
casuchas que parecen hechas con amasada ceniza. Después no es otra cosa que una
sucesión de muladares, forma intermedia entre la vivienda y la cloaca. Chozas,
tinglados, construcciones que juntamente imitan el palomar y la pocilga, tienen
su cimiento en el lado de la pendiente. Allí se ven paredes hechas con la
muestra de una tienda o el encerado negro de una clase de Matemáticas; techos de
latas claveteadas; puertas que fueron portezuelas de ómnibus, y vidrieras sin
vidrios de antiquísimos balcones. Todo es allí vejez, polilla; todo está a punto
de desquiciarse y caer. Es una ciudad movediza compuesta de ruinas. Al fin de
aquella barriada está lo que queda de la antigua Arganzuela, un llano irregular,
limitado de la parte de Madrid por lavaderos, y de la parte del campo por el
arroyo propiamente dicho. Este precipita sus aguas blanquecinas entre collados
de tierra que parecen montones de escombros y vertederos de derribos.
La línea de circunvalación atraviesa esta soledad. Parte del suelo es lugar
estratégico, lleno de hoyos, eminencias, escondites y burladeros, por lo que se
presta al juego de los chicos y al crimen de los hombres. Aunque abierto por
todos lados, es un sitio escondido. Desde él se ven las altas chimeneas y los
ventrudos gasómetros de la fábrica cercana; pero apenas se ve a Madrid. Hay un
recodo matizado de verde por dos o tres huertecillas de coles, el cual sirve de
unión entre la plaza de las Peñuelas y la Arganzuela. En este recodo el
transeúnte cree encontrarse lejos de toda vivienda humana. Sólo hay allí una
choza guardada por un perro, dentro de la cual un individuo, al modo de gitano,
cuida los plantíos de coles.
Pues bien: por este paso, que se llama la Casa Blanca, los valientes
muchachos se corrieron desde las Peñuelas a la Arganzuela, lugar que ni hecho de
encargo fuera mejor para descalabrarse a toda satisfacción.
¡Zas, zas!, iban y venían los pedruscos del campo del Majito al campo
de Zarapicos y viceversa. Ocupaba el primero, como hábil capitán, las
alturas sinuosas, y los desalmados del bando contrario se dispersaban por el
llano, al borde de los charcos verdosos. Habíalos seguido el pavo, y colocándose
en lugar seguro, de donde dominar pudiera la perspectiva del campo de batalla,
les animaba con sus guerreros toques a degüello. Más enfurecidos ellos cuanto
mayor era el número de los que se retiraban contusos, se atacaban con creciente
furor. Estaban rojos. Sus brazos, al parecer descoyuntados, elásticos, flexibles
como una banda de cuero, funcionaban con aterradora prontitud. Ni Zarapicos
se acordaba ya de los matacandiles, ni Gonzalete de los alfileres. Morir
matando era su ilusión. Estaban ebrios, y los más intrépidos se reían de los
pucheros de los desanimados...
De improviso hubo entre los combatientes de uno y otro ejército un movimiento
de sorpresa. Oyose una voz, dos, veinte, que dijeron «¡Pecado!», y cien
ojos se volvieron hacia el barranco. Por él venía, descendiendo a saltos, un
muchacho fornido, rechoncho, tan mal vestido como los demás, el cual a cada paso
lanzaba una interjección y amenazaba con el puño. Era el gallito del barrio, el
perdonavidas de la partida, capitán de gorriones, bandolero mayor de aquellos
reinos de la granujería, angelón respetado y temido por su fuerza casi varonil,
por su descaro, por su destreza en artes guerreras y de juego. Así no hubo en el
cotarro uno solo que no temblara al oírle gritar: «¡Estarvus quietos!.., ¡vus
voy a reventar!...».
-III-
Detuviéronse las manos ardientes que empuñaban la piedra, y todos le miraron.
Fundábase la superioridad de Pecado en la fuerza, de donde venía la
justicia, es decir, que solía dirimir contiendas de chicos, unas veces a
trompada limpia y otras con atinadas y comedidas razones, aunque todo hace creer
que el primer argumento era el que con más frecuencia usaba.
«¿Por qué vos zurráis?»-preguntó ceñudo, tremendo.
El Majito había salido a su encuentro. Pecado era para él más
que un amigo, un protector, un maestro amado. Al verle, todo aquel valor
homérico de que dio pruebas en la altura, se trocó en llanto de desconsuelo,
cosa natural en chicos, cuya rabia se deshiela en lágrimas, y haciendo pucheros
que desfiguraban su hermosura, exclamó:
«Picos..., mi sombrero... Yo soy Plim.».
En vez de llorar, el desvergonzado Zarapicos se echó a reír como un
sátiro. Con inflamados ojos miró Pecado su querido ros en la cabeza de
aquel monstruo de la rapacidad, y poniéndose los brazos en jarra, habló así:
«¿Sabes lo que te digo?..., que si no sueltas el ros te reviento a patás.
-¡Ladrón!»-chilló el Majito, sintiéndose otra vez más valiente por la
presencia de Mariano.
Al oírse llamar con nombre tan infamante, Zarapicos, que era un rapaz
honrado, aunque pobre, no pudo contener el ímpetu de su ira, y echando la mano
al cuello del insolente Majito, le derribó en tierra, diciendo:
«¡Figuerero!..., ¡coles!, ¡te deslomo!».
Pero el Majito supo reponerse, sacudirse, levantarse, y, una vez en
pie, sus manos alzaron un canto tan grande como medio adoquín.
«Suéltalo»-le dijo prontamente Pecado con voz y gesto de prudencia.
El Majito soltó la piedra refunfuñando feroces amenazas de asesinato.
Volviéndose a los desvergonzados comerciantes, Pecado les dijo con
imperioso ademán, en que había tanta energía como orgullo:
«Dirvos.
-No nos da la gana.
-Dirvos, digo.... y venga mi sombrero.
-Miale, miale... ¿Te quieres callar? El sombrero es mío».
Al oír Pecado una afirmación tan contraria a los sagrados derechos de
propiedad, no se pudo contener más. Huyó de su corazón la generosidad, de su
espíritu la prudencia, y arremetió a Zarapicos con tal empuje que este
dio algunos pasos atrás, y habría caído en tierra si no fuera también un
muchachote robusto. Lucharon, ¡ay!, con varonil fiereza. Las bofetadas se
sucedían a las bofetadas, los porrazos a los porrazos. De cada golpe se inflaba
un carrillo. Trabados al fin de manos y brazos, cayeron rodando. Zarapicos
debajo, Pecado encima. Pecado vencía, y machacó sobre su víctima
con ferocidad. El niño rabioso supera en barbarie al hombre. ¿Habéis visto reñir
a dos pájaros? El tigre es un animal blando al lado de ellos.
Bien molido estaba Zarapicos, cuando acercó a coger entre sus dientes
un dedo de Pecado. ¡Oh! ¡Con qué inefable delicia apretó las quijadas!
Mariano dio agudísimo grito, y saltó como gallo herido. El otro se levantó. Su
rostro era un conjunto de dolor, de vergüenza, totalmente embadurnado de fango y
lágrimas. Al mismo tiempo reía y lloraba. Pecado se cegó; no veía nada;
llevó la mano a la cuerda que sujetaba sus calzones a la cintura. La última
injuria que cambiaron fue referente a sus respectivas madres. Cuando nada
inmundo les queda por decir, arrojan aquel postrer salivazo de ignominia sobre
la cuna que poco antes les ha mecido.
«Tu madre es una acá y una allá.
-Tu madre es esto o lo otro».
Pecado no dijo ni oyó más; sacó de la cintura una navajilla,
cortaplumas o cosa parecida, un pedazo de acero que hasta entonces había sido
juguete, y con él atacó a Zarapicos. Del golpe, el infeliz chiquillo cayó
seco.
¡Hombres ya!
Silencio terrorífico. Los muchachos todos se quedaron yertos de miedo. Al
principio no comprendían la realidad abominable del hecho. Cuando la
comprendieron, los unos echaron a correr llevados de un compasivo horror; los
otros rompieron a llorar con ese clamor intenso, sonoro, dolorido, que indica en
ellos la intuición de las grandes desdichas.
Aquello no era una travesura; era algo más. Aquello de que estaba manchado
Zarapicos no era el almagre de que se pintaban alguna vez para jugar; era
sangre, ¡sangre! Zarapicos no jugaba al muerto; no hacía gestos para
hacer reír a sus compañeros; no decía con voz doliente ¡madre! para representar
una comedia; era que se moría realmente... Temblando, pálido y siniestro, con
los ojos secos, sin tener clara idea de su acción, Pecado arrojó el arma
que había sido juguete. El instinto le mandaba huir, y huyó.
Alborotose en un instante el barrio de las Peñuelas. Salieron todas las
mujeres a la calle, gritando, algunas con el cabello a medio peinar. Los hombres
corrían también. La Guardia Civil, que tiene su puesto en la calle del Labrador,
se puso en movimiento; y hasta un señor concejal y un comisario de Beneficencia,
que a la sazón paseaban por el barrio eligiendo sitio para el emplazamiento de
una escuela, corrieron al lugar del atentado. ¡Horror y escándalo!
Las mujeres clamoreaban alzando al cielo sus manos; los hombres gruñían;
la Sanguijuelera misma salió de su tienda a buen paso, medio muerta de
terror y vergüenza, y por todas partes no se oía sino: «Pecado, Pecado».
La Arganzuela se llenó de gente. Unos corrían en busca del juez; otros decían
que el juez no le encontraría vivo; los más hablaban de llevarle a la Casa de
Socorro, y todos decían: «¡Pecado!».
Vino corriendo el boticario con árnica y vendajes, diciendo también: «¡Pecado!».
El concejal, seguido del comisario de Beneficencia (que por ser hombre muy
grueso no podía seguirle aprisa), hacía, siguiendo a la multitud, las
consideraciones más sustanciosas sobre un hecho que, si bien algo
extraordinario, no era nuevo en los anales de la criminalidad de Madrid.
«Van siete casos de esta naturaleza en diez años-decía el comisario de
Beneficencia, harto sofocado, por ser poco compatibles su gordura y la celeridad
del paso.
-Terrible es el matador hombre; pero el matador niño, ¿qué nombre merece?...
Dicen que este tiene trece años.
-¡Qué país!
-¡Pero qué país!
-En Málaga son frecuentes estos casos.
-Y en Madrid lo van siendo también.
-¡Y nos ocupamos de escuelas! ¡Presidios es lo que hace falta!
-Escuelas penitenciarias, o cárceles escolares... Es mi tema».
Cuando llegaron al sitio de la catástrofe, los dos señores, dignísimos
representantes de lo más meritorio y venerable que hay en los pueblos modernos,
se echaron recíprocamente el uno sobre el otro estas dramáticas exclamaciones:
«¡Esto es espantoso!
-Esto parte el corazón
-Escuelas, Sr. de Lamagorza.
-Presidios, Sr. D. Jacinto.
-Yo digo que jardines Froebel.
-Yo digo que maestros de hierro que no usen palmeta, sino fusil Remington.
-Pero qué, ¿se lo llevan ya?
-No está muerto; pero parece grave.
-¡Golpe más bien dado!-murmuró un chulo-. Ese chico es de buten.
-¡Vaya, que la madre que parió tal patíbulo!-apuntó una de estas que llaman
del partido.
-El asesino, el asesino, ¿dónde está?-gritó el concejal dándose gran
importancia, y brujuleando en la muchedumbre con fieros ojos-. Guardias, busquen
ustedes al criminal... ¡Qué País!... Pero guardias..., los del Orden Público,
¿dónde están?».
Pero ya la Guardia Civil había comenzado sus pesquisas. Los chicos, que en
estas cosas suelen ser más diligentes que los hombres, indicaban la dirección
que siguió Pecado en su fuga. Las opiniones eran diversas. Unos decían
que se había refugiado en la Quinta de la Esperanza; otros que había tomado por
la vía férrea adelante. Un naranjero, que con su comercio portátil de naranjas,
cacahuetes y caramelos largos, se había acercado al lugar de la pelea, aseguró
haber visto al matador saltar la tapia de una corraliza inmediata a las
huertecillas de coles y acelgas que rodean el arroyo. Fundada era la declaración
del naranjero. Acercáronse hombres y mujeres a la corraliza; unos empinándose
sobre la punta de los pies, otros subiéndose a una piedra, miraron por encima de
las bardas de adobes, y vieron al terrible chico tratando de esconderse en un
ángulo. Pecado miró con receloso espanto la hilera de cabezas que en el
borde de la tapia se le aparecía, y ante aquella visión de pesadilla se sintió
domeñado, aunque no cobarde. Terrible coro de amenazas e injurias brotó de
aquella fila de bocas, y más de cincuenta brazos se extendían rígidos por encima
de la tapia. Pero el alma de Pecado se componía de orgullo y rebeldía. Su
maldad era todavía una forma especial del valor pueril, de esa arrogancia tonta
que consiste en querer ser el primero. El estado casi salvaje en que aquella
arrogancia crecía, trájole a tal extremo. De esta manera, un muñeco abandonado a
sus instintos llega a probar el licor amargo de la maldad y a saborearlo con
infernal delicia. A Pecado se le conquistaba fácilmente con hábiles
ternuras. Era tan bruto, que el Majito mismo, con un poco de mimo y otro
poco de esa adulación que algunos chicos manejan como nadie, le tenía por suyo.
Pero de ningún modo se le conquistaba con la fuerza.
Así, cuando vio aquel cerco de semblantes fieros; cuando se vio amenazado por
tantas manos e injuriado por tantas lenguas, desde la provocativa de las
mujeronas hasta la severa y comedida del guardia civil; cuando notó la saña con
que le perseguía la muchedumbre, en quien de una manera confusa entreveía la
imagen de la sociedad ofendida, sintió que nacían serpientes mil en su pecho, se
consideró menos niño, más hombre, y aun llegó a regocijarse del crimen cometido.
Cosas tan tremendas como desconocidas para él hasta entonces, la venganza, la
protesta, la rebelión, la terquedad de no reconocerse culpable, penetraron en su
alma. Por breve tiempo la ocupaba el miedo, y lágrimas de fuego escaldaban sus
mejillas; pero pronto la ganó por entero el instinto de defensa. Entrevió, como
un-ideal glorioso, el burlar a toda aquella gente, escapándose y aumentando el
daño antes causado con otros daños mayores.
Esta era la situación moral de Pecado cuando el comisario de
Beneficencia, llevado de un celo que nunca será encomiado bastante, se empinó
como pudo sobre una piedra, y asomando la cabeza y hombros por encima de la
tapia, dirigió al criminal su autorizada y en cierto modo paternal palabra,
diciendo:
«Mequetrefe, sal pronto de ahí, o verás quién soy».
¡Cuánto habría dado el criminal por que cada mirada suya fuera una saeta!
Quería despedir muertes por los ojos. Cogió un ladrillo, y apuntando a la por
tantos títulos respetabilísima cabeza del apóstol de la Beneficencia oficial, lo
disparó con tan funesta puntería, que el buen señor gordo gritó: «¡Carástolis!»,
y estuvo a punto de caer desvanecido. Testigos respetables dicen que en efecto
cayó.
¡Víctima ilustre ciertamente!
¿Nos atrevemos a decir que la agresión inicua y casi sacrílega de que había
sido objeto el señor comisario, provocó algunas sonrisas y aun risotadas entre
aquella gentuza, y que hubo quien entre dientes dijo que había tenido el chico
la mejor sombra del mundo?... Digámoslo, sí, para eterno baldón de la clase
chulesca.
Zarapicos fue llevado en gravísimo estado a la Casa de Socorro, y la
nueva víctima pateaba y rabiaba de ira al sentir el dolor de su frente y ojo, y
al verse manchada de sangre aquella mano benéfica que sólo para alivio de los
menesterosos existía.
«¡Guardias, guardias, reventad a ese miserable!... ¡Vaya un monstruo!... ¡Carástolis!
¡Ay!, ¡ay! Sr. Lamagorza, este truhán me ha matado... ¡Qué país!, ¡qué país!».
Alguien apoyaba por allí cerca estas sentidas razones con otras igualmente
enérgicas, que revelaban una indignación fulminante. Era el pavo, que avanzó
haciendo la rueda y arrastrando las alas hacia el señor comisario herido. En
tanto Pecado, rápido como el pensamiento, se subió al cobertizo y se dejó
caer en el arroyo por una vertical de más de cinco metros, deslizándose por la
escabrosa superficie de tierra. Dieron vuelta hacia la otra parte los guardias y
el público para cogerle; pero él se escurrió por el borde del arroyo, metió los
pies en el agua cuando le faltó el terreno, y buscó un refugio en el agujero
negro de la alcantarilla por donde aquella agua blanquecina y nada limpia
desembocaba.
«Que le cojan ahora-dijo una mujer del pueblo, que después de la
descalabradura del señor comisario, simpatizaba, ¡oh vilipendio!, con el
criminal.
-¡Que venga la guardia de la alcantarilla!»-exclamó el concejal inflamado de
coraje.
Los guardias civiles y los de Orden Público trataron de remontar el arroyo;
pero venía muy crecido. Peligraba el lustre de las botas y aun las botas mismas.
«¿Quién pesca ahora a ese condenado?
-Hay una reja que no le dejará internarse. Ha de estar a cuatro o cinco varas
de la boca».
Miraban todos y no le veían. Un guardia civil arriesgó las botas, acercándose
a la boca. Llevaba fusil.
«Allí está-gritó-. Le veo los ojos».
El guardia distinguía dos luceros en la obscuridad. Desde allí Pecado
atisbaba a sus perseguidores con cierta serenidad provocativa.
«¡Granuja!-gritó el civil-, sal de ahí o te hago fuego.
-¡Fuego, fuego!»-clamó a lo lejos la voz del comisario, a quien piadosas
chulapas ponían una venda.
Pecado había entrado con ánimo de no parar hasta verse en lugar
seguro, aunque tuviera que ir a las entrañas de la tierra. Pero la obscuridad y
el espanto de aquel sitio acongojaron su corazón, aún no suficientemente varonil
para arrostrar ciertos lugares. Se detuvo; viose entre dos especies de muerte, y
vaciló... Le consolaba que los guardias no podían entrar a cogerle. ¿Y si le
hacían fuego?... Entonces se achicó tanto, que volvió a ser niño y a tener
miedo. Dirigió la mente a ciertas ideas confusas de su tierna niñez; pero
aquellas ideas estaban tan borradas, tan lejanas, que poco o ningún alivio
encontró en ellas. De Dios no quedaba en él más que un nombre. Era como un
rótulo escrito sobre un arca vacía, de la cual, pieza por pieza, han ido sacando
los ricos tesoros. Nada sabía; su tía le hablaba poco de Dios, y el maestro de
escuela le había dicho sobre el mismo tema mil cosas huecas que nunca pudo
comprender bien. Las nociones de su tía y las palabras del maestro se le habían
olvidado con el penoso trabajo del taller de sogas y aquella vida errante de
juegos, raterías y miseria.
Sin saber cómo, este orden de ideas llevole a reconocerse culpable. Algo
chillaba dentro de él que se lo decía. Era criminal, y sus perseguidores tenían
razón en perseguirle, y aun en matarle atándole en un palo y estrangulándole.
Esto le hizo estremecer de espanto, ¡a él que había visto una y otra ejecución
en el Campo de Guardias sin conmoverse!... Pero aunque se reconoció bien
perseguido, su orgullo estaba allí para aconsejarle no entregarse... ¡Fuera
miedo!... Desgraciadamente para él, estos fieros pensamientos se aplacaban con
el agotamiento de las fuerzas físicas. Estaba cansado; en todo el día no había
comido más que el currusco de pan que le dio su tía al ir al trabajo. ¡Y había
dado tantas vueltas a la rueda en el aposento obscuro del soguero!... ¡Y corrió
tanto después para ir desde la calle de las Amazonas a su casa!... ¡Tenía un
hambre tan atroz y una sed!...; sobre todo, una sed de padre y muy señor mío. A
estas insufribles molestias se unió el frío. Sus pies desaparecían en el agua, y
desde lo interior del cañón de ladrillo venía un aliento glacial que le empujaba
hacia afuera. ¿Qué haría?
Determinose entonces en él ese fenómeno de observación retrospectiva que
suele acompañar a las situaciones de gran perplejidad. El espíritu turbado
abandona el palenque de la duda, y se refugia en los hechos que han precedido
inmediatamente a la situación terrible. Espantose de no haber previsto lo que le
pasaba, y comparo la serenidad de la mañana con el apuro y desasosiego de la
tarde. ¡Qué lástima haber vivido aquel día!... ¡Qué lejos estaba de que iba a
cometer barbaridad tan grande! No había ido con gusto al trabajo por ser
domingo. Nunca iba con gusto, porque él daba a la rueda y su tía cobraba. Pero
al fin, con gusto o sin él, allá fue tranquilo, pensando en que por la tarde se
divertiría en el Canal o en la Arganzuela. Había estado toda la mañana esperando
con mucho anhelo la hora de soltar el trabajo. Contaba los segundos por las
vueltas de la odiosa rueda. Creíase motor del misterioso reloj del tiempo. Dale
que le dale, había llegado al fin la hora, y la manivela, que para él era parte
de sus propias manos, se había quedado sola en el taller, quieta y muda.
Sin decir adiós al maestro, porque el maestro no le saludaba a él a ninguna
hora, Pecado había salido y bajado a saltos por la Ribera de Curtidores.
Aún le parecía ver los puestos rastreros y las manos recogiendo cachivaches.
Era día de toros. Aquellos barrios estaban muy animados. Todo lo recordaba
perfectamente; todo lo veía, como si lo tuviera delante, revivido a sus ojos en
la obscuridad de su escondite. Se acordaba de que, al llegar a la Ronda, le
había detenido el paso un perezoso carromato de cinco mulas, de esos que no
acaban de pasar nunca. El muchacho, impaciente y atrevido, atravesó por debajo
de la panza de una de las mulas, que por más señas era torda. Después vio un
entierro; luego encontró a dos chicas del barrio que le dieron un cacahuet, y
él..., él las había administrado un par de nalgadas a cada una, porque eran muy
bonitas... Representábase luego la llegada a su casa; recordaba que su tía,
antes de darle de comer, le había anunciado el hurto del ros, y que él, sin
poderse contener al oír tan atroz noticia, abandonó la comida, y subiendo otra
vez a la Ronda, se lanzó por el barranco abajo en busca de la cuadrilla. Lo
demás, por ser más reciente y desagradable, se le representaba con matices aún
más vivos. El ensangrentado cuerpo de Zarapicos no se quitaba ya de
delante de sus ojos... Su orgullo y sus malos instintos rebuscaban todos los
sofismas del egoísmo para producir una reacción; pero si estos ganaban algún
terreno, al punto lo perdían. Los sofismas hacían grandes esfuerzos por destruir
la hermosa flor del arrepentimiento; pero cuantas más hojas le arrancaban, más
lozanas las echaba ella.
«¡Date, date, canallita!-gritó el guardia-, o te dejo seco».
Pecado miró al guardia. No, no se entregaría. Antes morir que
entregarse. Eso de que le llamaran canallita, le exasperaba... Vislumbró el
presidio, como en sus sueños infantiles había vislumbrado otras veces el
Cielo... Pero si el hambre y la sed le devoraban, ¿qué podía hacer más que
entregarse? Y el guardia aquel era precisamente un hombre a quien Mariano
admiraba mucho por su gallardía y su simpático rostro. Se llamaba Mateo
González, y servía en el puesto de la calle del Labrador. Pecado le
imitaba en el modo de andar. En sus sueños de ambición, no se le ocurría jamás
ser general, ni obispo, ni banquero, ni comerciante famoso, sino ser Mateo
González.
Este, que era ladino, tuvo una idea feliz. Pecado le vio desaparecer,
y por un momento tembló de alegría. Pero no le dio tiempo el guardia a
regocijarse, porque otra vez apareció por el arroyo adelante. En vez de fusil,
traía dos naranjas en la mano derecha.
«¡Eh, Marianín!-gritó inclinándose para verle mejor y mostrarle lo que
llevaba-. Sal; no seas tonto. No te haremos nada... ¿Ves? Si sales, te doy estas
dos naranjas».
Pecado dio un salto hacia fuera y se arrojó en brazos del guardia.
«¡Ah tunante...!»-dijo este con alegría, echándole la zarpa al cuello y
dejándose arrebatar las naranjas.
-IV-
Consagremos un recuerdo de consideración y lástima, en el último renglón de
esta tragedia, al digno señor comisario de Beneficencia, autor de tantos y tan
hermosos expedientes. Él solo sería capaz, si le dejaran, de elevar en pocos
años a una altura increíble, dentro de los archivos nacionales, esos grandiosos
monumentos papiráceos en que se cifra nuestra bienandanza. Sería preciso tener
corazón de estuco para no afligirse al verle descalabrado, con la mano en la
frente y esta ceñida por un pañuelo, corriendo en coche simón hacia la Casa de
Socorro de la calle de Embajadores, donde por la noche se vistió de la luz de
los serafines el pobrecito Zarapicos.
La Correspondencia recogió en el Juzgado de guardia una nota del
suceso de aquel día, y lo dio a sus lectores en un sueltecillo crudo. Cuando lo
leyeron los amigos que acompañaban al señor de Lamagorza en su casa, y cuando
este les refirió detalles del hecho, oyéronse las exclamaciones más ardientes
sobre el estado moral e intelectual del país; se recordaron otros hechos
análogos ocurridos antes en Madrid, Valencia y Málaga, y por último se declaró
con unanimidad muy satisfactoria que era preciso hacer algo, ¡algo, sí!, y
consagrar muchos ratos y no pocas pesetas a la curación del cuerpo social. Como
la prensa alarmada acalorase el asunto en los días sucesivos, se formaron
juntas, se nombraron comisiones, las cuales a su vez parieron diversas especies
de subcomisiones; y hubo discursos seguidos de aplausos... y se lucieron los
oradores; y otros, que ávidos estaban de dar sus nombres al público, adquirieron
esa celebridad semanal que a tantos desvanece.
Tanta actividad, tanta charla, tanto proyecto de escuelas, de penitenciarías,
de sistemas teóricos, prácticos, mixtos, sencillos y complejos, celulares y
panoscópicos, docentes y correccionales, fueron cayendo en el olvido, como los
juguetes del niño, abandonados y rotos ante la ilusión del juguete nuevo. El
juguete nuevo de aquellos días fue un proyecto urbano más práctico y además
esencialmente lucrativo. Ocupáronse de él juntas y comisiones, las cuales
trabajaron tan bien y con tanto espíritu de realidad, que al poco tiempo se alzó
grandiosa, provocativamente bella y monumental, toda roja y feroz, la nueva
Plaza de Toros.
Capítulo VII
Tomando posesión de Madrid
La noticia de la barrabasada de su hermano fue para Isidora un golpe
terrible. Precisamente, cuando supo el extraño caso, hallábase en la más
lisonjera situación de espíritu que un alma juvenil puede apetecer. Todas sus
ideas tenían como un tinte de aurora; detrás de cuanto pensaba, creía notar un
resplandor delicioso, el cual, demasiado vivo para contenerse en su alma, salía
por los sentidos afuera y matizaba de extrañas claridades todos los objetos.
Nada veía que no fuera para ella precioso, seductor, magnífico o por cualquier
concepto interesante, y hasta un carro de muertos que encontró al salir de la
casa, más que por fúnebre, le chocó por suntuoso.
Había salido temprano a comprar varias cosillas, o si se quiere, había salido
por salir, por ver aquel Madrid tan bullicioso, tan movible, espejo de tantas
alegrías, con sus calles llenas de luz, sus mil tiendas, su desocupado genio que
va y viene como en perpetuo paseo. Los domingos por la mañana, si esta es de
abril o mayo, los encantos de Madrid se multiplican; crecen la animación y el
regocijo; hay bulla que no aturde y movimiento que no marea. Mucha gente va a
misa, y a cada paso halla el transeúnte bandadas de lindas pollas, de cintura
bien ceñida y velito en la frente, que salen de la iglesia, devocionario en
mano, joviales y coquetuelas.
Las campanas dijeron algo a Isidora, y entró a oír misa en San Luis, en cuya
escalerilla se estrujaba la gente. Dentro, las misas sucedían a las misas, y los
fieles se dividían en tandas. Unos se marchaban cuando otros caían de rodillas.
Allí se persignaba una tanda entera, aquí se ponía en pie otra, y las
campanillas, anunciando los diversos actos del sacrificio, sonaban sin
interrupción.
«¡Qué bueno es el Señor-pensaba Isidora delante de la Hostia-, que me allana
mi camino y me manifiesta su protección, desde el primer paso que doy para
lograr mi puesto verdadero...! No podía ser de otra manera, porque lo justo
justo es, y Dios no puede querer cosas injustas, y si yo no fuera ante el mundo
lo que debo ser, o mejor dicho, lo que soy ante mí, resultaría una injusticia,
una barbaridad...».
Y luego, cuando el sacerdote consumía:
«Bendito sea el Señor que me ha deparado la ayuda del marqués de Saldeoro,
ese caballero sin igual, fino y atento como no hay otro... ¡Y qué hermosos ojos
tiene, qué guapo es y con qué elegancia viste! Aquello es vestirse; lo demás es
taparse... ¡Qué bien habla, y cómo se interesa por mí! Tiene razón cuando me
dice: «¡Oh!, esté usted tranquila, que si esto no se arregla por bien, como yo
espero, entonces... ahí tenemos los tribunales. ¡Es asunto ganado!». ¡Oh! Sí,
los tribunales. ¡Qué bonitos son los tribunales!... Todo será cuestión de
algunos meses. Después...».
Por la mente de Isidora pasaba una visión tan espléndida, que a solas y en
presencia del sacerdote, del monaguillo y de los fieles, la venturosa muchacha
sonreía.
«No es caso nuevo ni mucho menos-decía-. Los libros están llenos de casos
semejantes. ¡Yo he leído mi propia historia tantas veces...! ¿Y qué cosa hay más
linda que cuando nos pintan una joven pobrecita, muy pobrecita, que vive en una
buhardilla y trabaja para mantenerse; y esa joven, que es bonita como los
ángeles y, por supuesto, honrada, más honrada que los ángeles, llora mucho y
padece, porque unos pícaros la quieren infamar; y luego, en cierto día, se para
una gran carretela en la puerta, y sube una señora marquesa muy guapa, y ve a la
joven, y hablan, y se explican, y lloran mucho las dos, viniendo a resultar que
la muchacha es hija de la marquesa, que la tuvo de un cierto conde calavera? Por
lo cual de repente cambia de posición la niña, y habita palacios, y se casa con
un joven que ya, en los tiempos de su pobreza, la pretendía, y ella le amaba...
Pero ha concluido la misa. ¿Pies, para qué os quiero?».
Y con tanta prisa y con tal desgaire bosquejaba la señal de la cruz sobre la
frente, cara y pechos, y tan atropelladamente mascullaba un Padre Nuestro, al
despedirse del santo altar, que parecía decir: «Abur, Dios».
En la puerta, las vendedoras de flores entorpecían el paso de la gente, y
alargaban sus manos con puñados de rosas y otras florecillas, gritando: «Un
ramito de olor...». «Cuatro cuartos de rosas». Isidora compró rosas para
acompañarse de su delicado aroma por todo el camino que pensaba recorrer. Al
punto empezó a ver escaparates, solicitada de tanto objeto bonito, rico,
suntuoso. Esta era su delicia mayor cuando a la calle salía, y origen de
vivísimos apetitos que conmovían su alma, dándole juntamente ardiente gozo y
punzante martirio. Sin dejar de contemplar su faz en el vidrio para ver qué tal
iba, devoraba con sus ojos las infinitas variedades y formas del lujo y de la
moda.
¡Cuántas invenciones del capricho, cuántas pompas reales o superfluidades
llamativas! Aquí las soberbias telas, tan variadas y ricas que la Naturaleza
misma no ofreciera mayor riqueza y variedad; allí las joyas que resplandecen,
asombradas de su propio mérito, en los estuches negros...; más lejos ricas
pieles, trapos sin fin, corbatas, chucherías que enamoran la vista por su
extrañeza, objetos en que se adunan el arte inventor y la dócil industria,
poniendo a contribución el oro, la plata, el níquel, el cuero de Rusia, la
celuloide, la cornalina, el azabache, el ámbar, el latón, el caucho, el coral,
el acero, el raso, el vidrio, el talco, la madreperla, el chagrín, la porcelana
y hasta el cuerno...; después los comestibles finos, el jabalí colmilludo, la
chocha y el faisán asados, cubiertos de su propio plumaje, con otras mil y mil
cosas aperitivas que Isidora desconocía y la mayor parte de los transeúntes
también...; más adelante los peregrinos muebles, las recamadas tapicerías, el
ébano rasguñado por el marfil, el roble tallado a estilo feudal, el nogal hecho
encaje, las majestuosas camas de matrimonio, y por último, bronces, cerámicas,
relojes, ánforas, candelabros y otros prodigios sin número que parecen soñados,
según son de raros y bonitos.
El hechizo que estas brillantes instalaciones producían en el ánimo de
Isidora era muy particular. Más que como objetos enteramente nuevos para ella,
los veía como si fueran recobrados después de un largo destierro. El entusiasmo
y la esperanza que llenaban su alma la inducían a mirar todo como cosa propia,
al menos como cosa creada para ella, y decía: «Con esas pieles me abrigaré yo en
mi coche; en mi casa no habrá otros muebles que esos; pisaré esas alfombras; las
amas de cría de mis niños llevarán esos corales; mi esposo..., porque he de
tener esposo..., usará esas petacas, bastones, escribanías, fosforeras,
alfileres de corbata; y cuando alguno esté enfermo en casa, se tomará esas
medicinas tan buenas, guardadas en tan lindas cajas y botecillos».
Por mirarlo todo, deteníase también a contemplar las encías con que los
dentistas anuncian su arte, las caricaturas políticas de los periódicos,
colgados en las vidrieras de los cafés, los libros, los cromos, los palillos de
dientes, las aves disecadas, las pelucas y postizos, las condecoraciones, las
fotografías, los dulces y hasta los comercios ambulantes en que todo es a
real.
Necesitaba comprar algo, poca cosa... Pero con el tiempo..., cuando ella
saliera de su destierro social, ¡qué gusto ir de tienda en tienda, mirar todo,
escoger, esto tomo, esto dejo, pagar, mandar llevar a casa el objeto comprado,
volver al día siguiente...! Entró en una tienda de paraguas a comprar una
sombrilla. ¡Le pareció tan barata!... Todo era barato. Después compró guantes.
¿Cómo iba a salir sin guantes, cuando todo el mundo los llevaba? Sólo los
pordioseros privaban a sus manos del honor de la cabritilla. Isidora hizo
propósito de usarlos constantemente, con lo cual, y con la abstinencia de todo
trabajo duro, se le afinarían las manos hasta rivalizar con la misma seda.
Después de adquirir un abanico no pudo resistir a la tentación de comprar un
imperdible. ¡Cayó en la cuenta de que le hacía tanta falta!... Incapaz de
calcular las mermas de su nada abundante peculio, vio en los Diamantes
Americanos ciertos pendientes que, una vez puestos, habrían de parecer como
nacidos en sus propias orejas. Comprolos, y no tardó en enamorarse de un
portamonedas. ¿Cómo podía pasarse sin aquella útil prenda, tan necesaria cuando
se tiene algún dinero? No había cosa peor, según ella, que llevar las monedas
sueltas en el bolsillo, expuestas a perderse, a confundirse y a caer en las
largas uñas de los rateros. Puesto el tesoro en el flamante portamonedas, siguió
viendo cosas, y a cada instante emigraban de él las pesetas y los duros, ya para
tomar algo de perfumería, ya para horquillas, ¡de que tenía tanta falta!, bien
para una peina modesta, bien para papel de cartas, con su elegante timbre de
iniciales. Verdaderamente no se podía pasar sin papel de cartas, ¡ni de qué
servía un papel que no tuviera timbre!...
«Aún me queda bastante-dijo al regresar a su casa-para poner a Mariano en un
colegio y comprarle algo de ropa...».
Hacía cuentas mentalmente; pero las cifras sustraídas eran tan rebeldes a su
espíritu, que ni se acordaba bien de ellas, ni acordándose sabía darles su justo
valor. Como todos los gastadores (cuya organización mental para la aritmética
les hace formar un grupo aparte en la especie humana), veía siempre engrosadas
las cifras del activo, y atrozmente flacas e insignificantes las del pasivo.
Este grupo de los derrochadores arrastraría a la humanidad a grandes
catástrofes, si no lo contrapesara el grupo de los avaros, creados por las leyes
del equilibrio.
Isidora se había dejado la calderilla suelta en el bolsillo, como cosa
indigna de ocupar un departamento en los pliegues de raso del portamonedas, y
por la calle iba dando limosna a todos los pobres que encontraba, que no eran
ciertamente pocos. Eso sí: corazón más blando ni que más fácilmente se
enterneciera con ajenas lástimas y desdichas no existió jamás. En su mano había
quizás un vicio fisiológico, y decimos vicio, porque si esta noble parte de
nuestro cuerpo parece hecha para el acto de la aprehensión, o por la aprehensión
formada (que en esto hay graves diferencias entre los doctores), la suya parecía
hecha para el acto contrario, y no habría tenido razón de ser, si el dar no
existiera.
Entró en su casa tarde, cargada de compras, porque añadió a las indicadas
arriba dos cucuruchos con orejones y galletas para obsequiar a D. José Relimpio.
Con tanto paquete entre las manos se le ajaron las rosas. Púsolas en un vaso con
agua fresca, almorzó, y escribió dos cartas, gastando en ellas, por su torpeza
en la caligrafía, ocho plieguecillos del timbrado papel, y habría gastado más si
no le dieran a la sazón la noticia del crimen de su hermano. Dejolo todo y salió
agitada, para enterarse en el Juzgado, visitar a Mariano en la cárcel y ver el
partido que debía tomar. Entonces cayó en la cuenta de que necesitaría gastar
algún dinero, y segura de tener bastante, registró los huequecillos rojos del
portamonedas, contó, revisó, pasó las piezas de una parte a otra; pero por más
vueltas que daba y trasiegos que hacía, resultaba siempre que apenas tenía dos
docenas de pesetas. ¿En dónde estaba lo demás? ¿La habían robado?
Por un momento creyose Isidora víctima de los infinitos timadores que
hormiguean en Madrid; pero repasando las compras y estableciendo por la fuerza
incontrastable de la Aritmética, que a veces se impone a sus mayores enemigos,
la realidad de las cifras, hizo liquidación neta de todo y declarose ratero de
sí misma. Su siempre viva imaginación veía las monedas que había tenido, la
media onza, la pieza de a cuatro, los tres duros algo anticuados y por lo mismo
más valiosos. ¿En dónde estaban? Poco a poco fue recordando que la primera había
caído en tal tienda, la segunda más allá, y que a ocupar su lugar venían pesetas
gastadas y algún duro flamante que parecía de lata. Cuando el manirroto suelta
las monedas, le queda en el alma, a la manera de un dejo numismático, cierta
creencia de que no las ha soltado, y conserva la idea o imagen de ellas, y no se
convence de su error hasta que la necesidad le impele a trazar una cuenta.
Entonces vienen los ceñudos números cargados de lógica y ponen las cosas en su
lugar.
Nada sacó en limpio Isidora de las diligencias de aquella tarde, sino un
nuevo gasto en coches y tranvías. Acompañábala D. José Relimpio, el cual mostró
tales deseos de fumar, que Isidora, sensible a esta necesidad como a todas, le
obsequió con un paquete de puros de a medio real. Cuando regresaron, ella
desalentada y pesarosa, él tieso y humeante, D.ª Laura recibió a su digno esposo
con endemoniado gesto, y le dijo:
«Quita allá; vicioso... Ya tenemos la chimenea encendida. ¡Contenta me
tienes! Tú, con mirarte al espejo y chupar el maldito coracero, crees que no
hace falta nada más. Mejor trabajaras...».
Capítulo VIII
Don José y su familia
-I-
A la mano se viene ahora, reclamando su puesto, una de las principales
figuras de esta historia de verdad y análisis. Reconoced al punto el original
del retrato exacto y breve trazado con tanta destreza por Isidora. El bigotito
de cabello de ángel, de un dorado claro y húmedo; los ojos como dos uvas,
blandos y amorosos; la cara arrebolada, fresca y risueña, con dos pómulos
teñidos de color rosa, marchita; el mirar complaciente, la actitud complaciente,
y todo él labrado en la pasta misma de la complacencia (barro humano, del cual
no hace ya mucho uso el Creador), formaban aquel conjunto de inutilidad y
dulzura, aquel ramillete de confitería, que llevaba entre los hombres el letrero
de José de Relimpio y Sastre, natural de Muchamiel, provincia de Alicante.
Rematemos este retrato con dos brochazos. Era el hombre mejor del mundo. Era un
hombre que no servía para nada.
Tenía sesenta años. Procedía de honrada y decentísima familia. Había sido
militar en sus mocedades; pero, por no servir para la milicia, viose forzado a
dejar la pesadez y estruendo de las armas. Había sido empleado en Rentas, pero
cumplía tan mal y se tomaba tan largas vacaciones, que le despidieron de la
oficina. Fue contador de un teatro, y se arruinó la empresa. Fue asociado de un
contratista de fielatos, y por razón de su maldita amabilidad, la parte mayor de
las vituallas entraban sin pagar. Fue marido de D.ª Laura, y gastó el reducido
patrimonio de esta en varias suertes de amabilidades.
Doña Laura, mujer de áspera naturaleza, agriada por la vejez y por el
cansancio de aquella vida de tentativas penosas y sin fruto, le decía con
dramático acento:
«Hombre inútil, hombre-muñeco. El día en que me casé contigo debió el Señor
haberme llevado de este mundo. ¿Para qué sirves tú, como no sea para comer?
-Soy tenedor de libros»-respondía D. José, satisfecho de una razón que, a su
juicio, excusaba todas las demás razones; y consideraba para sí cuán lejos está
de la mente del vulgo aquel precioso arte o ciencia en que era maestro. Bien por
su larga permanencia en oficinas, bien porque se dedicó resueltamente a ello, lo
cierto era que D. José conocía la Partida Doble como conoció Newton las
Matemáticas y Colón la Náutica. Hay afinidades verdaderamente extrañas entre el
espíritu humano y los distintos modos del saber, y aquel que por su organización
parece no prendarse de las cosas ideales y halagüeñas, encuentra en las arideces
de la Contabilidad los mayores encantos. Habiendo dominado esta ciencia,
emprendió el escribir un tratado de ella en sus ratos de ocio, que eran los más
del año, y si no lo dejara a la mitad, habría sido un monumento de la humana
sapiencia. Sobre cada parte de la Teneduría tenía escritos substanciosos
tratados, y era de ver con qué inspirada sagacidad explicaba la Banca en
comisión, las Cuentas de Resaca, la Gruesa ventura a cobrar,
las Fianzas y Avales, los Depósitos y Mercaderías.
Suspendió el trabajo al llegar a ocuparse del precioso tema de Mi cuenta,
Su cuenta y Cuenta común, y es lástima que en tan interesante
punto lo suspendiese.
Lo extraño era que siendo D. José poseedor de los más escondidos secretos de
la Contabilidad, no tuviera nada que contar. El movimiento de sus fondos y el
manejo de la casa no merecían que se emplease en ellos una gota de tinta; pero
D. José, que tratándose de hacer números iba siempre más allá de las
necesidades, tenía en su cuarto el libro Mayor, el Diario, el
Diario provisional, el Mayor de mercancías, el de Caja, el de
Cuentas corrientes, el de Efectos a cobrar, el de Facturas,
y otros voluminosos mamotretos, en cuyas hojas ponía más números que arenas
tiene el mar, sin que la familia supiese qué sustancia sacaba de ello.
Pero lo que más a D.ª Laura enfurecía era que, con ser viejo y cascado, se
mirase tanto al espejo. En efecto; además de que en su cuarto, a solas, se
pasaba las horas muertas mirándose, no entraba en pieza alguna donde hubiese un
espejillo sin que, ya con disimulo, ya sin él, se echase una visual para
examinar su empaque, y atusarse después el bigote, o poner mano en los contados
cabellos que venían flébiles y pegajosos, desde la nuca, a tapar el gran claro
de la coronilla.
«Eso es, mírate bien-le decía D.ª Laura-, para que no te olvides de esa cara
preciosa. ¡Lástima que no vengan los pintores a sacar tu figura de gorrión
mojado!».
Don José se reía con esto. ¡Era tan bueno!... Si la miel es condición y
substancia precisa en la naturaleza del hombre, aquel era, más que hombre, un
merengue andando. Riendo decía a su cara consorte:
«No todos tenemos la suerte de conservarnos como tú, que estás tan hermosa y
frescachona como cuando te conocí.
-Calla, Sardanápalo.
-La verdad por delante. Todavía, todavía... Vamos, que alguien daría un
resbalón.
-Quita, quita-clamaba la señora con expresión de asco-. ¿Me tomas por
esas...?».
Don José había sido un galanteador de primera. No lo podía remediar: estaba
en su naturaleza, en su doble condición de tenedor de libros y de galán joven, y
así, ya casado y viejo, no veía mujer bonita en la calle sin que la siguiera y
aun se propasase a decirle alguna palabreja. Entre sus amigos, solía llevar la
conversación desde los temas trillados a los motivos de amor y aventuras; y todo
se volvía almíbar, hablando de pies pequeños, de tal pantorrilla hermosa, vista
al subir de un coche, de una mirada, de un gesto. Las aventuras no pasaban
generalmente de aquí y eran pura charla, porque su timidez le ponía grillos para
pasar a cosas mayores.
Pero aun en aquellos días de vejez y decadencia, cuando salía a tomar el sol,
embozado en su raída capita, iba a los lugares más concurridos de muchachas
guapas. Si topaba con alguna que fuese sola, se aventuraba a seguirla con su
paso vacilante, sin malicia, sólo por rutina del oficio, como solía
decir; y siempre que en sitio y ocasión de apreturas, como parada militar y
procesión de Corpus, se hallaba en contacto inmediato con alguna beldad, el alma
se le salía a los labios, toda acaramelada y jaleosa, para decir: «¡Cómo me
gusta usted, señora!... ¡Vaya una real moza!... Dichoso el mortal que tal
posee».
Este libertino platónico era tío de Isidora en tercer grado, por ser primo
segundo de Tomás Rufete; y además la había sacado de pila. La había visto nacer
y crecer, y desde aquellos tiempos había profetizado, con la seguridad de un
conocedor profundo en teneduría de destinos humanos, que la niña sería una
hermosa mujer, quizás elegante y famosa dama. ¡Cuánto se alegró de volver a
verla ya crecida, y cuánto compadeció sus desgracias, y con qué puro interés se
ofreció a ella para servirla en todo lo que hubiese menester!
La familia Relimpio vivía pobremente, porque D. José, con ser tan maestro en
números, no había sacado de ellos ninguna sustancia. Doña Laura conservaba una
casa y una viña en Dolores, que le daban mil reales al año. Las niñas trabajaban
para las camiserías. Tenían máquina, y cosiendo noche y día, velando mucho y
quedándose sin vista, allegaban de cinco a siete reales diarios. Melchor, el
varón, no había llevado hasta entonces un solo céntimo a la casa, como no fuera
el caudal inmenso de ilusiones y proyectos; pero la familia fundaba en él
grandes esperanzas. Melchor, recién salido del vientre de la madre Universidad,
tan desnudo de saber como vestido de presunción, había de ser pronto un
personaje, una notabilidad. ¿No lo eran otros? Este era un punto inconcuso, el
axioma de la familia, pues no hay familia que no tenga algún axioma.
Para pagar con desahogo la casa, la familia tenía que ceder un gabinete a
caballero decente, sacerdote, o señora viuda sin hijos. Durante tres años
proporcionáronle este alivio distintos sujetos. Vacó dos meses el gabinete,
hasta que vino Isidora, y con ella los cuatro reales diarios, y a más los ocho
de la comida. Sin este refuerzo la hacienda de Relimpio se habría resentido
bastante.
Pero las cosas vienen según Dios quiere, y no según nuestro gusto y
conveniencia, y Dios quiso que a Isidora se le acabase el dinero, para lo cual
le inspiró aquel desordenado apetito de compras, antes mencionado. Él se sabría
los motivos de esto. Doña Laura, que gustaba de meterse a descifrar los
designios del Ordenador de todas las cosas, decía que este le había mandado a
Isidora, como una plaga de Egipto, para probar su paciencia.
En suma, la de Rufete se quedó sin un cuarto, y su tío el Canónigo mostraba
la mayor pachorra del mundo para enviarle fondos. ¡Ay!, esa gente de provincias
cree que una onza es un millón. ¡Un mes llevaba la pobre de grandes apuros,
haciendo diligencias inútiles en pro de su hermano, que en la cárcel seguía, y
privada de todo, viendo tantas cosas bonitas sin poder comprarlas! Cumplido el
vencimiento del hospedaje, no sólo no pudo pagar el dinero del gabinete ni los
ocho reales de la comida, sino que, por añadidura, tuvo que pedir prestada
cierta cantidad a D.ª Laura. Diósela esta con el gesto menos gracioso que se
puede imaginar; pero la esperanza de un nuevo envío del Canónigo, a todos
consolaba. Remolón era el buen señor, y transcurrió otro mes sin que entrase por
las puertas la ansiada libranza. Áspera y recelosa D.ª Laura, invitó a Isidora a
trabajar con espaciosos argumentos. ¿No tenía manos? ¿No sabía coser? ¿No
trabajaban como negras aquellas dos señoritas decentes, Emilia y Leonor?
Isidora era hábil en la costura y en prepararla, pero no sabía manejar la
máquina. En esto era consumada maestra Emilia, la más inteligente y trabajadora
de las dos hermanas. Había llegado a amar la máquina como se quiere a un animal
querido; conocía los secretos de su maravilloso artificio, y había hecho de este
un esclavo sumiso. Semanalmente la engrasaba con cariño, la recorría con interés
fraternal, para ver si alguna parte o miembro de ella necesitaba reparación, y
todos los días cosía en ella con presteza increíble. Cuando llegaba la hora del
reposo la cubría y la abrigaba bien para que no le cayese polvo. Entre las dos
costureras, una de hierro y otra de carne, hacían los pespuntes más preciosos,
largos o menudos, según fuera menester. Además de esto, Emilia, a quien
inspiraba sin duda el espíritu venturoso de Elías Howe, dominaba los mecanismos
auxiliares para hacer dobladillos, enjaretar, marcar y coser bastillas.
Don José conocía regularmente la máquina (que era la Canadiense de
Raymond) y sabía prepararla; pero aunque sus hijas y su mujer le apremiaban a
todas horas para que cosiese y las ayudase, él no se daba a partido, bien porque
le parecía impropio de varón aquel trabajo, bien porque creyera (y esto es lo
más probable) que una cuenta bien llevada aprovechaba a la familia más que todas
las costuras del mundo. A él que no le sacaran de apuntar números, de leer La
Correspondencia, hacer cigarrillos y charlar. Todo lo demás era ocupación
denigrante. Una noche de verano, sin embargo, en que estaba toda la familia
reunida en el comedor, como de costumbre, D. José empezó a mover la máquina.
«Papá-le dijo Emilia-, ya que no nos ayuda usted, al menos enseñe a coser a Isidora».
Don José quería tanto a su ahijada y gustaba tanto de verse próximo a ella,
que aceptó gozoso. Las primeras explicaciones tuvieron poco éxito. Isidora no
podía comprender aquel endiablado mete y saca de hilo superior, que por tantos
agujerillos tiene que pasar hasta que lo coge en su horadado pico la aguja, y
empieza, debajo de la placa, la rápida esgrima con el hilo interior. Se atacan
con encarnizamiento, se cruzan, se enlazan, se anudan y se retiran tiesos, para
volver a embestirse después que pasa una vigésima parte de segundo.
¡Lástima que Isidora no tuviera su espíritu aquella noche en disposición de
atender a las sabias enseñanzas de su padrino! Estaba aburridísima. Habían
pasado tres meses sin que su situación variara sensiblemente. El Canónigo la
había mandado fondos; mas eran tan escasos que, cubiertas algunas atenciones
perentorias, volvieron las escaseces y apuros. Mariano continuaba en la cárcel,
y la causa seguía adelante. El interés que el público y la prensa habían
mostrado por aquel grave suceso, quitaba toda esperanza de arreglarlo
satisfactoriamente. A estos motivos de pena añadía la de Rufete el ningún
adelanto que en tantos días había tenido el principal y más interesante negocio
de su vida, con más otras cuitas, sobre las cuales, por tenerlas ella como en
delicado secreto, no nos atrevemos a aventurar palabra alguna. Tan distraída
estaba, de tal modo se le escapaba el pensamiento para entregarse a su viciosa
maña de reproducir escenas y hechos pasados, presentes y futuros, el habla y
figura de distintas personas, que no atendía a la lección más que con los ojos y
con un mutismo respetuoso que Relimpio tomaba por la mejor forma de atención
posible.
Empezaba el verano. El comedor, expuesto al Poniente, estaba caldeado como un
horno. Emilia y Leonor hilvanaban junto a la mesa, ya despojada de manteles, a
ratos silenciosas, a ratos charlando por lo bajo sobre cosas que las hacían
reír. Doña Laura había abierto la ventana que daba a un denegrido patio, por
donde subía el vaho infecto de una cuadra de caballos de lujo instalada en el
fondo de él; y acomodándose en un sólido sillón que, como señora gruesa, tenía
para su exclusivo uso, se quedó dormida. En la misma mesa y en el lado opuesto
al ocupado por las dos hermanas, tenía Relimpio máquina y discípula, y sobre
aquel círculo amoroso de confianza y trabajo derramaba una colgada lámpara su
media luz, tan pobre y triste, que los que de ella se servían no cesaban de
recriminarla, achacando su falta de claridad a la escasez de petróleo, a la
falta de mecha, o bien a lo mal que la preparara la moza. Todo era darle a la
llave para subir la mecha, con lo cual se ahumaba el tubo, o para bajarla, con
lo que se quedaban todos de un mismo color. Pero sin acobardarse por la
pestilencia del petróleo ni por la penumbra de su avara luz, seguían trabajando
aquellas pobres chicas, sometidas a la ley de la necesidad, que obliga a comprar
el pan de hoy con los ojos de mañana.
«Ahora voy a enseñarte a llenar una canilla-decía D. José-. ¿Ves este
carretillo de acero que saco de la lanzadera? Pues hay que llenarlo de hilo,
para lo cual se pone aquí, y con el mismo volante de la máquina se le hace dar
vueltas y...».
Isidora fijaba los ojos en la operación; pero ¡cuán lejos andaba su
pensamiento!
«¡Qué triste vida!-decía para sí-. La deshonra que ha echado Mariano sobre mí
me impide reclamar por ahora nuestros derechos... Parece que Dios me
desampara... Una persona me demostró interés. ¿Por qué no viene a verme ya? ¿Qué
ha pasado? ¿Qué piensa de mí?...».
«Ahora, ya que tenemos la canilla bien repleta de hilo la metemos en la
lanzadera. Ajajá. Fíjate bien en la maña con que hay que ponerla. Pif, ya está.
Ahora viene lo más delicado. De esto depende el coser bien o el coser mal.
Atiende, hija; pon aquí tus cinco sentidos. Hay que pasar la punta del hilo por
estos agujeritos, ¿ves?
-Será preciso que yo le escriba. ¿No me recomendó mi tío a él y a su
padre?... Pues le escribiré. Así no puedo vivir. ¡Qué triste es el verano en
esta tierra! Toda la gente elegante se va, y yo me quedo sola, sin amigos, sin
amparo...
-Cojo la punta del hilo, sacándola por la izquierda de la canilla, la meto
con mucho cuidado por el primer agujero, pif, ya está. Mira... Ahora mi señor
hilo tiene que meterse por el segundo agujero, pif. Muy bien, y después allá va
por el tercero. En seguida..., que no se te olvide esta particularidad..., el
hilo pasa por debajo de la uncella, y ya está. Ahora pongo mi canillita en su
puesto, enganchó el hilo de abajo con el de arriba, para lo cual hasta dar una
vuelta, y... adelante con los faroles. Niñas, tela.
-Hace cerca de veinte días que no viene a verme. ¿Se habrá ido a veranear sin
despedirse de mí?... ¿Creerá que soy una impostora?... Esta idea me mata.
-Ahora, bajo mi pisatela, acorto el punto, dándole una vuelta al tornillo...,
atiende bien..., y después de aflojar un poco el hilo superior, empiezo. Anda,
maquinita, que a casa vas...
-¡Qué idea me ocurre! Iré a su casa... No, eso no debe ser... Le escribiré
con cualquier pretexto... Quizás no sea preciso... El corazón me dice que vendrá
mañana... ¡Oh! Dios de mi vida, si viniera...».
-II-
Doña Laura dio varias cabezadas, y entre dormida y despierta, exclamó con
ira: «Siempre mirándote al espejo».
«Mujer-dijo, riendo D. José sin dejar su obra-. Si no me miro al espejo, si
estoy cosiendo...».
Las niñas sonreían. Algo azarada D.ª Laura despertaba del todo, y decía: «No,
no estaba dormida. Yo sé lo que me digo».
Había en el comedor un reloj de pared que era el Matusalén de los relojes. Su
mecanismo tenía, al andar, son parecido a choque de huesos o baile de
esqueletos. Su péndulo descubierto parecía no tener otra misión que ahuyentar
las moscas, que acudían a posarse en las pesas. Su muestra amarilla se decoraba
con pintada guirnalda de peras y manzanas. De repente, cuando más descuidada
estaba la familia, dejó oír un rumor amenazante. Allí dentro iba a pasar algo
tremendo. Pero tanta fanfarronería de ásperas ruedas se redujo a dar la hora.
Sonaron once golpes de cencerro.
Doña Laura se levantó y las niñas dejaron la costura. La criada tomó el
dinero de la compra. Isidora desapareció, mientras Emilia guardaba la máquina.
Don José tenía la costumbre de acostarse una hora más tarde que su señora y
niñas, y esa hora la empleaba en leer La Correspondencia, deleite sin el
cual no podía pasar, y después de hacer cigarrillos de papel, valiéndose de un
aparato conocido, cilindro de madera lleno de agujeritos, donde se introduce el
papel liado, y se cargan y atascan después de picadura. Echose al cuerpo el
periódico, leyendo con extremada atención las conferencias de hombres políticos,
y repasando al fin los muertos y los anuncios. Luego, mientras atarugaba la
máquina de pitillos, meditaba sobre los sucesos del día y sobre política
general. No carecía de convicciones arraigadas en materia de gobernación del
reino. Declarábase enemigo de todos los partidos; sostenía que los españoles
debían unirse para bien de la patria, y entonces se acabarían las trapisondas y
las revoluciones. Sentía por las glorias de su patria un entusiasmo ardiente.
Tres cosas le indignaban: 1.ª Que los ingleses no nos devolvieran Gibraltar. 2.ª
Que los ministros tuvieran treinta mil reales de cesantía. 3.ª Que no se hubiera
levantado un monumento a Méndez Núñez. En aquellos tiempos, el repertorio de sus
ideas se había enriquecido con una, muy firme, que no cesaba de manifestar en
todas las ocasiones. «Nada, nada-decía-; este D. Amadeo es una persona decente».
Cuando el reloj dio las doce, retirose D. José, dejando La Correspondencia
sobre la mesa, para que la leyera Melchor, que entraba siempre alrededor de las
dos. Mucho sorprendió a Relimpio, cuando se acercó al lecho conyugal, ver a su
cara mitad todavía despierta.
«¿Estás en vela, chica?-le dijo quitándose su gorrete-. Acabo de leer el
periódico... ¡Qué cosas pasan! ¡Cómo marean a ese pobre señor! Yo sigo en mis
trece; sostengo que D. Amadeo es una persona decente.
-Déjame en paz. ¡Contenta me tienes! Estoy desvelada pensando en esa...
Valiente mocosa se nos ha posado encima.
-Quia, quia, mujer. Es una huérfana...
-¿Es mi casa hospicio? Nos va a arruinar esa... Dios me perdone el mal
juicio; pero creo que acabará mal tu dichosa ahijadita. No le gusta trabajar, no
hace más que emperifollarse, escribir cartas, pasear y lavarse. Eso sí; más agua
gasta ella en un día que toda la familia en tres meses.
-Quia, quia. Déjala que se lave. Pues también trabaja. Esta noche ha tomado
con tanta atención y empeño la lección de costura, que dentro de poco coserá en
máquina mejor que yo.
-Eres bobo, Relimpio. Esa chica tendrá mal fin. ¡Y qué humos, bendito Dios,
qué pretensiones! ¡Y qué morros nos pone a veces, después que la estamos
manteniendo! Hay que echarle memoriales algunos días para poderle hablar.
-Es una huérfana. ¿Crees tú que el Canónigo la desamparará? No, yo no lo
creo.
-Fíate del Canónigo y no corras. Lo más gracioso..., no sé cómo me río, es
que ella está echando chispas de rabia porque no puede gastar en bicocas...
Vamos, que si esta tuviera dinero, gastaría un lujo asiático, y tendría lacayos
colorados como ese Rey...
-El cual, la verdad por delante, es la persona más decente...
-¡Ay, Isidorita, Isidorita!, me parece que usted es una buena pieza, y el día
menos pensado la voy a plantar a usted en la calle.
-¡Laura!-exclamó tímidamente D. José, ya acostado.
-Quita, quita. Fuera moscones. No nos faltara quien ayude a pagar el
alquiler. No quiero líos en mi casa.
-¿Líos...? ¡Quia!
-Líos, sí; ¿pues qué quieren decir las visitas del marqués de Saldeoro?
¿Sabes quién es ese danzante?
-Una persona decentísima, un caballero, un joven...-murmuró Relimpio
aletargándose.
-Sea lo que quiera, esas visitas me apestan. No es mi casa para estas cosas,
señorita doña Isidora. Tú, Relimpio, como eres tan alma de Dios, no te fijas; yo
sí. Ese marquesito, o lo que sea, vino aquí un día y estuvo de visita con ella
un cuarto de hora. Volvió a la semana siguiente, y la encerrona fue más larga,
¿te enteras? Después siguió viniendo cada tres o cuatro días. ¡Oh, cómo se le
conoce en la cara a esa berganta, cuando le espera, cuando tarda, cuando no ha
de venir! Tú eres un simple y no ves nada. Yo me he puesto detrás de la puerta a
escucharles, y les he sentido charlar muy animados, sumamente animados; pero no
he podido entenderles una sola palabra. Les he oído reír, sí, reír mucho, pero
¿de qué...? Aquí hay algo, Relimpio; aquí hay algo».
Don José, que ya estaba, si no enteramente dormido, a punto de llegar a
estarlo, murmuró claramente estas dulces palabras, que salieron de sus labios
envueltas en una sonrisa:
«¡Y qué guapa es...!
-Quita allá, quita, esperpento. ¡Contenta me tienes!...
-Nada, mujer; decía que D. Amadeo es una persona...
-¡Quita, quita...!
-¡Quia, quia...!».
-III-
Las relaciones de Isidora con las hijas de su padrino, si cordiales al
principio de la vida común, fueron enfriándose poco a poco. Isidora no
disimulaba bien su idea de la inferioridad de Emilia y Leonor, ya en posición
social, ya en hermosura, buen gusto y maneras de presentarse. Se creía tan por
encima de sus primas en esto, que cuando se trataba de prendas de vestir, de la
elección de un color, flores o adorno cualquiera, la de Rufete manifestaba a las
de Relimpio un desdén compasivo. «Estas pobres cursis-decía para sí-de
despepitan por imitarme, y no pueden conseguirlo».
Algo de verdad había en esto. Isidora tenía una maestría singular y no
aprendida para arreglarse. Con ella nació, como nace con el poeta la
inspiración, aquella facultad de sus ojos para ver siempre lo más bello,
sorprender lo armonioso y elegir siempre de un modo magistral, así como la
destreza de sus manos para colocar sobre sí misma cualquier adorno. Poseía la
rarísima afición a la sencillez, que comúnmente no se halla en las zonas medias
de la sociedad, sino que es don especial de la civilización primitiva o de la
muy refinada cultura. Las niñas de don José, reconociendo esta superioridad, se
aconsejaban de ella, consultándole sobre todos los arreglos de trapos que
hacían. Su pobreza les vedaba ciertamente el lujo; pero como es ley que todas
las clases de la sociedad, a excepción de la jornalera, vistan de la misma
manera, y como hay un verdadero delirio en los pequeños por imitar el modo de
presentarse de los grandes (de donde resulta que la hija de un empleado de doce
mil reales apenas se distingue, en la calle, de la hija de un prócer), las de
Relimpio se emperifollaban tan bien con recortes, desechos, pingos y cosas
viejas rejuvenecidas, que más de una vez dieron chasco a los poco versados en
fisonomías y tipos matritenses.
Eran ambas agradables, y Emilia bastante bonita, de ese tipo fino, delicado y
esbelto que tanto en Madrid abunda. Largos meses vivieron con un solo vestido
bueno para las dos, un par de botinas comunes y una pelliza blanca de invierno,
de lo que resulta que cada día le tocaba a una sola niña salir a paseo con D.ª
Laura. Mas a fuerza de trabajar, de desvelos y de casi inverosímiles economías,
lograron vestirse y calzarse ambas de la misma manera, y aun tener sendos
sombreros de moda, arreglados por ellas, bajo la inspección de Isidora, con
despojos y reliquias de otros sombreros que conseguían de balde en una tienda
para la cual trabajaban. ¿Qué mujer no tiene sombrero en los años que corren?
Sólo las pordioseras que piden limosna se ven privadas de aquel atavío; pero día
llegará, al paso que vamos, en que también lo usen. La humanidad marcha, con los
progresos de la industria y la baratura de las confecciones, a ser toda ella
elegante o toda cursi.
Con ser tipos perfectos de la miseria disimulada, las niñas de D. José se
habrían horrorizado de que se les propusiera casarse con un hábil mecánico, con
un rico tendero o con un propietario de aldea. Doña Laura misma, hecha ya al
vivir miserable, barnizado y compuesto para que no lo pareciese, no pensaba en
alianzas denigrantes. Sus ilusiones eran que Emilia se casase con un médico, de
estos chicos listos que salen ahora, por cuya razón no veía con malos ojos las
visitas de Miquis. En cuanto a Leonor, a quien su madre suponía dotada de un
talento no común, le vendría bien un oficial de Estado Mayor, de Ingenieros, o
cosa así.
En el paraíso del Teatro Real, adonde iban un par de veces por semana, tenían
estas dos niñas finas su círculo de mozuelos galanteadores y estudiantes y
empleados de esas categorías ínfimas que rayan en lo microscópico. Ellas se
daban una importancia colosal, aparentando, particularmente Leonor, lo que ni en
sueños podían tener; y como eran agradables de cara y sueltas de lengua, muchos
inocentes caían en el lazo, y las miraban como lo granadito de la sociedad. La
confusión de clases en la moneda falsa de la igualdad.
Hablemos ahora de Melchor, honra y gala de la familia, orgullo de su madre, y
esperanza de todos, pues primero se dudara allí de los Cuatro Evangelios que de
la próxima ascensión del joven Relimpio a una posición coruscante. ¿Cómo no, si
Melchor era, según D.ª Laura, lo más selecto del orbe en hermosura, talento y
sociabilidad? Y verdaderamente, si la figura y buen talle es la escalera por
donde los humanos han de subir a la gloria o a la riqueza, Melchor debía
empinarse más que ningún otro porque tenía la mejor fachada personal que pudiera
desear un hombre. Era el primer fruto del matrimonio de D. José con D.ª Laura, y
aún decían malas lenguas que era tresmesino, cosa que no nos importa averiguar.
Su edad no pasaba de veintiséis años. Tenía la barba negra, los ojos ídem, el
pelo ídem, el entendimiento ídem; mas su filiación era difícil en lo tocante a
la primera de estas señas personales, pues muy a menudo variaba la ornamentación
capilar de su cara; de modo que si este mes se le veía con barba corrida, el que
entra llevaba patillas; al año siguiente aparecía con bigote solo; después con
bigote y perilla, como si quisiera inscribir en su cara, con la navaja de
afeitar, la caprichosa inconstancia de sus pensamientos.
Con ser primogénito y hombre, era el Benjamín y el niño mimado de la casa.
Todos los sacrificios parecían pocos, y se le había acostumbrado a la
humillación de sus padres ante la majestad de sus antojos. Mirábanle D. José y
D.ª Laura como un ser superior, sagrado, que por casualidad o por misterioso
intento de la Providencia, había nacido del vientre de aquella mujer humilde. En
las cuestiones con sus hermanas, siempre tenía razón Melchor, y las niñas podían
carecer de lo más preciso para que Melchor disfrutara de lo superfluo. Doña
Laura comía mal o no comía para que su hijo fumase bien. A D. José se le negaba
el vino en la mesa para que Melchor pudiese tomar café y no hacer un mal papel
entre sus amigos. En las casas pobres suelen vestirse los hijos con la ropa
desechada de los padres. Allí, por el contrario, le hacían a D. José chaquetas
de los gabanes viejos de Melchor, y todas las corbatas de éste pasaban, después
de usadas, a decorar el cuello paterno.
El bolsillo de D. José estaba siempre más limpio que patena, porque era
hombre tan derrochador que, si allegaba algún cuarto, cometía la vil acción de
comprar castañas y sentarse a comérselas en un banco del Retiro. Pero en el
chaleco de Melchor siempre sonaba algo, aunque fuera media docena de pesetas,
reunidas por D.ª Laura, Dios sabe cómo, con mil apuros, con el enfermizo velar
de las niñas y el ahorro llevado a límites increíbles.
Melchor había seguido la carrera de Derecho. Un chico tan sin segundo, tan
extraordinariamente dotado por Dios en talento y finura, no podía degradarse en
oficios mecánicos y bajos menesteres. Darle carrera poco lucida habría sido
contrariar sus altos destinos. Tenía doña Laura un hermano, que era y es afamado
ortopédico de Madrid, hombre que ha labrado una fortuna en su taller. Este
laborioso industrial, luego que Melchor, de quien era padrino, llegó a los
quince, quiso llevarle consigo y enseñarle aquel honrado oficio; pero tanto D.ª
Laura como D. José consideraron esto como un insulto. ¡Melchor ortopedista,
arreglador de jorobas, corrector de hernias, fabricante de muletas y aparatos
tan feos!... Vamos, vamos, esto era monstruoso. Doña Laura oyó las proposiciones
de su hermano, no ya con indignación, sino con asco. El joven mismo, cuando ya
despuntaba en la Universidad y tenía su barniz literario, reíase de su tío el
ortopédico. Sólo la idea de ir a trabajar con él en aquella odiosa tienda le
sublevaba. ¿Cómo podían entenderse él y su tío, él tan sabio, tan listo, llamado
a sublimes destinos, y su tío un hombre tosco y rudo que sólo sabía hacer
suspensorios y cazar, un bárbaro que llamaba cláusulas a las cápsulas, y
que cuando se puso el primer tranvía hablaba de la tripulación de los
coches, en vez de decir trepidación?
Salió Melchor de la Universidad hecho, como decía Miquis, un pozo de
ignorancia. Entre todas las ciencias estudiadas, ninguna tenía que quejarse
por ser menos favorecida; es decir, que de ninguna sabía una palabra.
Se trató entonces de lanzarle. Era un bonito bajel, recién hecho y
pintado, al cual no faltaba ya más que hacerle flotar en el mar sin fin de las
ambiciones. El diputado por Monóvar le consiguió un destino en la Dirección de
Rentas Estancadas, asunto del cual Melchor entendía tanto como de cantar la
epístola. Vamos, vamos, que entraba con pie derecho. Desgraciadamente pasó
algunos años alternando entre colocaciones miserables y calamitosas cesantías.
El joven se desesperaba, viendo la desproporción grande entre su posición real y
la artificial, que se había creado con amistades de chicos pudientes, con la
necesidad de vestir bien y sus eternas pretensiones, fomentadas sin cesar por
toda la familia.
No tenía amor al estudio, porque oía decir constantemente que el estudio de
poco aprovecha. Pero el roce con muchachos listos le había suministrado un
mediano caudal de frases hechas y de ideas de repertorio, por lo cual no era de
los más callados en los cafés. Disputaba sobre política, y aun metió su cuarto a
espadas en ella, escribiendo en algún periodiquejo. Era de notar que siempre lo
hacía en tono tan indignado y mostrando tal ira contra el Gobierno, que sus
trabajillos gustaban en las redacciones y aun le produjeron algunos cuartos.
Fue colocado, y durante una temporada corta se dedicó al espiritismo. Se le
veía en nocturnas reuniones de esta secta, que es la antesala del Limbo, y llegó
a adquirir esas convicciones tenaces que sólo se encuentran en los prosélitos de
los sistemas más absurdos. Muchas horas de la noche pasaba en su casa en tétrica
conversación con las patas de las mesas, o bien escribiendo con mano temblona lo
que, según él, le decían este y el otro espíritu; y aunque tales majaderías no
agradaban mucho a D.ª Laura, por ser remachada católica, la bendita señora no le
decía una palabra, ni trataba de arrancar de la mente de su hijo las telarañas
de aquella ridícula doctrina.
Pero pasó el tiempo, y con él el espiritismo de Melchor, dejando el puesto a
otros ideales más prácticos. Veía transcurrir los años sin que sus medios
pecuniarios estuvieran en armonía con sus pretensiones, ni con aquel porvenir
brillante que su buena madre le anunciaba. El no era rico, pero era preciso
parecerlo; es decir, vestirse como los ricos, tratar con ricos. Es cruel eso de
que todos seamos distintos por la fortuna y tengamos que ser iguales por la
ropa. El inventor de las levitas sembró la desesperación en el linaje humano.
Padecía con esto Melchor horriblemente, y cada día sufría una humillación
nueva. El lujo de los demás le azotaba la cara. Paseaba. ¿Por qué era suyo el
cansancio y de los demás el coche? ¿Por qué razón el sentía el amor, y era otro
el que tenía la querida? Iba al teatro. ¿Por qué era suya la afición a la música
y ajeno el palco? Estas cuestiones brotaban sin cesar en su cerebro como las
chispas en la fragua. Para colmo de pena, oía la historia de fortunas
improvisadas. En el café, en los círculos todos, se referían maravillosos
cuentos, como los de magia. Aquí un pobrete audaz había redondeado colosal
ganancia en pocos meses. Allá una idea feliz, engendrando el más pingüe de los
negocios, había hecho poderoso al que un año antes era mendigo. Mil agentes
bullían en Madrid, realizando, con maravillosos beneficios, esas combinaciones
obscuras entre el Tesoro y los usureros, entre los servicios y las contratas, de
que resultaban los únicos milagros del siglo XIX.
Desde que le asaltaron estos pensamientos, Melchor ideaba todas las semanas
un plan o arbitrio nuevo. Lo maduraba en su mente, lo comunicaba a su madre
expuesto ya en claras cifras; encontrábalo de perlas D.ª Laura; trataba él de
llevarlo a la práctica, y entonces, de las dificultades venía la muerte del plan
y el engendro de otro.
Primero tratábase de una cosa muy sencilla: «Son habas contadas, mamá»-decía
él. Consistía en combinar un sistema de anuncios con un sistema de regalos,
ofrecidos por las tiendas a cuantos comprasen en ellas. El plan era soberbio.
Produciría millones, con tal que todos los tenderos de Madrid aceptaran la cosa,
y con tal que todos los industriales facilitasen los anuncios. Ya se había
entendido él con un litógrafo que le haría las primeras tarjetas crómicas.
A estas habas contadas sucedieron otras. Tratábase de una red de tranvías
aéreos. ¿El capital? Seguridad tenía de encontrarlo cuando los banqueros
conocieran su plan. Pero estos no supieron ver la inmensidad de millones que
podía dar de sí el negocio, y los tranvías aéreos se quedaron en los aires.
Después se trató..., también habas contadas..., de conseguir del Gobierno el
privilegio de expender fósforos, luego de montar una agencia para conseguir
destinos, y sucesivamente de otros delirios y extravagancias.
Entre tantas combinaciones no se le ocurrió al joven Relimpio la más sencilla
de todas, que era trabajar en cualquier arte, profesión u oficio, con lo que
podía ganar, desde un peseta para arriba, cualquier dinero. Pero él fanatizado
por lo que oía decir de fortunas rápidas y colosales, quería la suya de una
pieza, de un golpe, no ganada ni conquistada a pulso, sino adquirida por arte
igual al hallazgo de la mina de oro o del sepultado tesoro de diamantes. En los
días a que nuestra historia se refiere, andaba Melchor algo desanimado, y
grandísima confusión reinaba en su espíritu. En su mente lo inverosímil luchaba
en sombrío pugilato con lo posible. ¿Saldría de este batallar alguna idea
grande, algún plan jamás soñado de otro alguno? Las visiones de la riqueza real
se peleaban dentro de él con las imágenes del bienestar ajeno, entre el
estruendo de los rebeldes apetitos, tanto más revoltosos cuanto más distantes de
ser saciados.
Llegaba a su casa todas las noches entre una y dos de la madrugada, fatigado,
triste, pensativo; soltaba la capa; ponía los codos sobre la mesa del comedor,
las quijadas entre las palmas de las manos, y así se quedaba media hora o más en
reposada meditación. Si había entrado fumando, que era lo más probable,
consagraba su atención a curar, ennegrecer o culotar (no hay otra manera
de decirlo) una boquilla de espuma de mar, empeño que le traía muy atareado a
diferentes horas del día. Llevaba adelante su obra con tanto esmero y paciencia,
que en el café oía más de un elogio por la perfección e igualdad de ella. Hay
orgullos muy singulares. El que Melchor fundaba en su pipa era disculpable,
porque la pipa iba pareciéndose al ébano más puro y reluciente, y el artista,
después de arrojar sobre ella, distribuyéndolos bien, chorros de espeso humo, la
frotaba con el pañuelo, y se miraba después en aquel espejo de azabache...
Cuando concluía de fumar, guardaba la pipa en el estuche y se iba a la cama, de
donde no salía hasta la una del siguiente día.
Isidora no simpatizaba con el mimado hijo de los Relimpios. Aquella hermosura
tan ponderada por D.ª Laura parecíale a ella ordinaria, y los modales y vestir
del joven afectados y cursis. En cuanto a las altas cualidades morales y
mentales con que, en opinión de la familia, estaba agraciado por Dios, Isidora
no comprendía nada. Parecíale el más desaforado holgazán, el más bárbaro egoísta
del mundo.
Capítulo IX
Beethoven
-I-
El palacio de Aransis, situado en la zona de la parroquia de San Pedro, es un
edificio de apariencia vulgar, como todas las moradas señoriales construidas en
el siglo XVII, las cuales parecen responder a la idea de que Madrid fuese una
corte provisional. Seguros los grandes de que tarde o temprano se fijaría el Rey
en otra parte, hacían, en vez de casas, enormes pabellones o tiendas de campaña,
empleando en vez de lienzo y tablas el ladrillo y el yeso. La importancia
artística de tales caserones es nula; su solidez mediana, y en cuanto a
comodidades interiores, solamente es habitable lo que ha sido reformado, pues
los señores antiguos parece se acomodaban a vivir sin luz y sin abrigo, ya en
anchas cavidades desnudas, ya en obscuras estrecheces.
La casa de Aransis es de las reformadas en el siglo pasado. Al exterior,
fuera de su puerta almohadillada, por la cual entrarían sin inclinarse los
gigantones del Corpus, nada absolutamente tiene de particular. Interiormente
conserva bastantes obras de mérito, como tapices, muebles y cuadros, sin que
ninguna de ellas raye, ni con mucho, en lo extraordinario. El abandono en que
sus dueños la tienen nótase desde la puerta al tejado, pues aunque todo está en
orden y bien defendido de la polilla, hay allí olor de soledad y presentimiento
de ruina. Digan lo que quieran los que se empeñan en que ha de ser bueno todo lo
que no es moderno, el interés artístico de los salones de Aransis no pasa de
mediano.
Desde el 63 todo estaba cerrado allí; sólo se abría los días de limpieza. La
casa tenía por habitantes el silencio, que se aposentaba en las alcobas, entre
luengas colgaduras hechas a imagen del sueño, y la obscuridad se agasajaba en
las anchas estancias. Por algunas rendijas la luz metía sus dedos de rosa,
arañando las tapicerías. De noche, ni ruido, ni claridad, ni espíritu viviente
moraban allí.
Un día de otoño del 72 alegrose de súbito el palacio; abriéronse puertas y
ventanas; entraron aire y luz a torrentes, y los plumeros de media docena de
criados expulsaron el polvo que mansamente dormía sobre los muebles. Luego
sucedió traqueteo de sillas, lavatorio de cristales y preparación de luces. En
medio de este alboroto, oíanse las notas sueltas de un piano, martirizado en
manos del afinador. Al día siguiente, hubo estruendo de baúles descargados,
oficiosa actividad de lacayos, rodar tumultuoso de carruajes en la calle y en el
portal inmenso, desnudo, vacío. Una señora de cabello entrecano y gallarda
estatura envuelta en pieles, tapada la boca, trémula de frío, subió la escalera,
dando el brazo a un señor cacoquimio, y pasó de pieza en pieza, sin parar hasta
aquella donde debía reposar del viaje. Acompañábanla, además del señor
cacoquimio, un jovencito como de catorce años, que llevaba tras sí, atado de una
cadena, un enorme perro negro, y cerraban la comitiva dos criadas jóvenes y
guapas, que no tenían facha de gente española.
La marquesa de Aransis, viuda desde el 54, vivía de asiento en París, en
Londres durante la temporada o season, parte del verano en un puerto de
Bretaña, y algunos inviernos solía venir a España para templar su salud, no muy
buena, en el clima de Córdoba, donde tenía casa y posesiones. En Madrid no
estaba sino cuatro o cinco días, de paso para Córdoba o Granada. Aquel año
efectuaba su viaje a fines de septiembre, y mostrándose, sin saber por qué,
menos cariñosa que otras veces con su patria, había dicho al entrar en la casa:
«Esta vez no estaré sino tres días». Era lunes.
Descansó hasta las dos, hora en que el jovencito que la acompañaba se puso al
piano para tocar dificilísimos ejercicios, y no lo dejó hasta la hora de comer.
Recibió luego la señora muchas visitas, comió con el señor cacoquimio, el
muchacho pianista, la marquesa de San Salomó, el apoderado de la casa y dos
personas más, y retirose a su alcoba después de rezar mucho.
Empleó casi todo el día siguiente en devolver visitas y se encerró a las
cuatro. No quería recibir a nadie. Deseaba estar sola. Aquella casa la repelía
arrojando sobre su alma una sombra triste y lúgubre, y al mismo tiempo la
llamaba a sí y la retenían los amorosos recuerdos. Llegó la temprana noche. La
marquesa había resuelto abrir el cuarto de su hija difunta, que estaba cerrado
desde la muerte de esta, acaecida nueve años antes. En tan largo espacio de
tiempo no había permitido la madre que fuese abierta por nadie la fúnebre
alcoba; no había querido abrirla ella misma, porque la miraba como a una tumba y
las tumbas no se abren. Pero en aquella ocasión decidiose a quebrantar su
propósito. Ya desde París había traído la idea de realizar aquel acto
tristísimo. Su deseo procedía de una piedad entrañable, del temor mismo, que a
veces nos estimula robando su aguijón a la curiosidad.
«Lo abriré esta noche»-, pensó dando un gran suspiro, y después de comer se
trasladó a un hermoso gabinete, la mejor y más rica pieza de la casa. En uno de
los testeros estaba el gran piano de Erard donde tocaba mañana y tarde el
jovencito que había venido con la señora; en otro el espejo de la gran chimenea
reproducía con misteriosa indecisión la cavidad adornada de la estancia. Frente
al espejo, la abertura de dos cortinas, pesadamente recogidas, dejaba ver una
puerta blanca, lisa, puerta en la cual se echaba de menos un epitafio.
De las paredes colgaban cuadros modernos de dudoso mérito y algunos retratos
de señores de antaño, de esos que están metidos en cincelada armadura de
ceremonia, el brazo tieso y en la mano un canuto, señal de mando. Los muebles no
eran de lo más moderno. Pertenecían a los tiempos del tisú y de la madera
dorada, y los bronces proclamaban con su afectada estructura griega la
disolución de los Quinientos y los senatus consultus de Bonaparte. Aunque
no hacía frío, la humedad de la desamparada casa era tal, que fue preciso
encender la chimenea.
El joven, más bien niño, entró jugando con el perro, a quien llamaba Saúl.
«No alborotes, hijo-indicó la señora, molesta por el ruido-; deja en paz a
Saúl».
Poco después estaba el animal regiamente echado en medio de la sala, y
parecía un león de ébano. Su hermosa cabeza destacábase soberbia, inteligente, a
un tiempo cariñosa y fiera, sobre el ramaje de colores de la alfombra, y sus
ojos devolvían en chispas vivísimas la lumbre de la chimenea.
Trató de abrir la marquesa la puerta, mas con mano tan insegura lo hacía, que
la llave tanteaba en el hierro sin acertar a introducirse. Al fin sonó el
chasquido de la metálica lengua al recogerse. Empujada, cedió la puerta con
lastimero sollozo de herrumbres, y mostró el ámbito negro, del cual salía un
aliento de humedad estacionada, que se nutre de las tinieblas, de la quietud, de
la soledad.
La marquesa, que se había detenido en el umbral, paralizada del temor y
respeto que aquel interior, no abierto en nueve años, le infundía, retrocedió un
instante; tomó una de las dos lámparas que en el gabinete había, y resuelta, con
devoción y ánimo, penetró en la habitación, cuya puerta de par en par abrió.
«Hija de mi alma, ya te hemos perdonado»-murmuró a manera de rezo, al dar los
primeros pasos.
En el centro había una mesa, sobre la cual dejó la señora la lámpara. Sentose
en un sillón junto a la mesa, y cruzando las manos empezó a llorar y a rezar,
derramando su vista por todos los objetos de la estancia, los muebles y
cortinas, y fijándola en algunos con la saña que a veces emplea contra sí misma
el alma dolorida. La sed de ver se nutría del temor de ver, englobándose uno en
otro, miedo y apetito, para que el alma no supiera distinguir del suplicio el
goce. Entonces oyéronse las notas medias del piano acordadas dulcemente,
indicando un motivo lento y sencillo de escaso interés musical, pero que
semejaba una advertencia, el érase una vez del cuento maravilloso.
La marquesa no hacía caso de aquella música que estaba cansada de oír. Su
nieto era un precoz pianista, un monstruo, un fenómeno de agilidad y de buen
gusto. Había sido discípulo y era ya émulo de los primeros pianistas franceses.
Orgullosa de esta aptitud, la marquesa obligaba al muchacho a estudiar diez
horas al día. Sin hacerle caso aquella noche, ni aun darse cuenta de lo que el
niño tocaba, la ilustre señora, solicitada de otros pensamientos y emociones más
crudas y reales que las que produce la música, seguía mirando todo. No había
visto aquellos objetos desde el día en que expiró su hija. La muerte estampaba
su sello triste en todo. La falta de luz había dado a la tela de los muebles
tonos decadentes. El polvo deslustraba las hermosas lacas, y tendido sobre todo
una neblina áspera y gris que no podía ser tocada sin estremecimiento de
nervios. Sobre la chimenea permanecía un jarrón con flores que fueron naturales
y frescas nueve años antes. Eran ya un indescriptible harapo cárdeno, que al ser
tocado, caía en partículas secas y sonantes, como los despojos de cien otoños.
En los muebles finísimos de caprichosa construcción, los dorados se habían
vuelto negros. Un armario ropero de triple luna tenía las puertas entreabiertas,
y de su seno de cedro se veían salir desordenados vestidos, rasos y granadinas,
fayas y gros riquísimos, todo ajado y descolorido, todo en tal manera invadido
por la muerte, que parecía próximo a caer; si se le tocaba, en menudas
partículas como las flores de antaño. Olor de polilla y de flores mustias y de
perfumería podrida y descompuesta por la vejez, salía de aquellos despojos.
Veíanse también por el suelo, junto al armario, zapatos y botitas apenas usados,
y un corsé cuyo cordón suelto describía rúbricas por el suelo.
Mirando esto, la marquesa recordó el más triste detalle de aquel día triste.
Pocas horas antes de morir, su hija, creyéndose bien por una de esas raras
alucinaciones del temperamento, que son la más tremenda ironía de la muerte,
había tenido el antojo de engalanarse. Sintiendo en aquel instante engañosas
fuerzas, se había vestido con febril ansiedad diciendo que ya no estaba mala y
que iría al teatro aquella noche. Después había sentido de súbito como una
puñalada en el corazón, y cayó al suelo. Le quitaron las ropas de lujo, la
descalzaron, le fueron arrancando una a una las bellas prendas, profanadoras del
sepulcro, y poco después dejó de existir.
Este recuerdo, que siempre la horrorizaba, llevó a la marquesa a contemplar
un hermoso cuadro colocado sobre la chimenea. Era un retrato de mujer, en cuyo
agraciado rostro hacía contraste la sonrisa de los labios frescos con la
melancolía de los ojos pardos, debajo de las cejas más galanas que han podido
verse. Resultaba una doble expresión de enamorada y de burlona, y allí se echaba
de ver el sentimiento hondo y fuerte, mal disimulado con la hipocresía de un
carácter superficialmente picaresco.
La marquesa no se saciaba de mirar al retrato. ¡Era tan parecido; era la
pintura, como de Madrazo, tan fina, tan conforme con la distinción, elegancia y
gracia del original! ¡Qué admirable aquella circumpostura del cabello abundante,
guarneciendo el rostro, no ciertamente muy oval, antes bien tirando a una
redondez algo voluptuosa! ¡Qué palidez tan encantadora! ¡Qué armonía entre lo
enfermizo y las inexplicables seducciones! ¡Y aquella mano blanca recogiendo la
negra mantilla, qué airosa, qué viva en su admirable modelado!... A la madre se
le escaparon en un murmullo de dolor estas palabras:
«¡Pobre hija mía! ¡Pobre pecadora!».
Y diciendo esto, levantose de la caja del piano próximo un murmullo vivo, que
pronto fue un lamento, expresión de iracundas pasiones. Era la elegía de los
dolores humanos, que a veces, por misterioso capricho de estilo, usa el lenguaje
del sarcasmo. Luego las expresiones festivas se trocaban en los acentos más
patéticos que pudiera echar de sí la voz misma de la desesperación. Una sola
idea, tan sencilla como desgarradora, aparecía entre el vértigo de mil ideas
secundarias, y se perdía luego en la más caprichosa variedad de diseños que
puede concebir la fantasía, para reaparecer al instante transformada. Si en el
tono menor estaba aquella idea vestida de tinieblas, ahora en el mayor se
presentaba bañada en luz resplandeciente. El día sucedía a la noche y la
claridad a las sombras en aquella expresión del sentimiento por el órgano
musical, tanto más intenso cuanto más vago.
De modulación en modulación, la idea única se iba desfigurando sin dejar de
ser la misma, a semejanza de un histrión que cambia de vestido. Su cuerpo
subsistía, su aspecto variaba. A veces llevaba en sus sones el matiz duro de la
constancia; a veces, en sus trémolos la vacilación y la duda. Ora se presentaba
profunda en las octavas graves, como el sentimiento perseguido que se refugia en
la conciencia; ora formidable y guerrera en las altas octavas dobles,
proclamándose vencedora y rebelde. Sentíase después acosada por bravío tumulto
de arpegios, escalas cromáticas e imitaciones, y se la oía descender a pasos de
gigante, huir, descoyuntarse y hacerse pedazos... Creyérase que todo iba a
concluir; pero un soplo de reacción atravesaba la escala entera del piano; los
fragmentos dispersos se juntaban, se reconocían, como se reconocían, como se
reconocerán y juntarán los huesos de un mismo esqueleto en el juicio final, y la
idea se presentaba de nuevo triunfante como cosa resucitada y redimida. Sin duda
alguna una voz de otro mundo clamaba entre el armonioso bullicio del clave: «Yo
fui pasión, duda, lucha, pecado, deshonra, pero fui también arrepentimiento,
expiación, redención, luz y Paraíso».
-II-
La marquesa, que no había dejado de mirar el rostro de su hija hasta que las
lágrimas echaron un velo sobre sus ojos, volvió a rezar, y mientras pronunciaba
una oración especialmente consagrada a las ánimas, pensaba así:
«Dios te habrá perdonado, pobre alma querida, como te perdoné yo».
Y empezó a traer a la memoria recuerdos mil, algunos tristes como reflejo del
cariño herido, otros punzantes y terribles como la imagen del honor vulnerado.
Recordó que si las faltas de la hija habían sido de estas que en los términos
sociales no tienen excusa, la severidad de la madre había sido implacable. Con
estas lastimosas memorias, la marquesa sintió algo que podría llamarse el
remordimiento del deber. ¿Había sido cruel con su hija? El descubrimiento de
liviandades que pronto se hicieron públicas, puso a la señora a punto de morir
de indignación y vergüenza. ¡Qué bien recordaba esto, y cómo se renovaban su
iras con las memorias, enardeciéndole la sangre! Ella entonces encerró a su
hija, con todo el rigor que la palabra indica. Habíala recluido en aquella
habitación, de donde no salía nunca, ni tenía comunicación alguna con el
exterior. Vivió como emparedada seis meses. ¿De que murió? No se sabía bien.
Murió de encierro, y fue víctima de la inquisición del honor.
¡Oh rigor extremo! La marquesa era una mujer de otras edades. Estaba forjada
en el yunque Calderoniano con el martillo de la dignidad social, por las manos
duras de la religión. No cabían en ella las viles condescendencias que son el
fruto amargo de una de las maneras de la civilización. Mientras su hija estuvo
prisionera, se le permitía engalanarse, pero no salir del cuarto. La marquesa no
hablaba con ella más que lo preciso, sin usar jamás frase cariñosa ni vocablo
atento. La buena señora recordaba, como se recuerda la impresión de una
quemadura, estas palabras de fuego dichas por su hija el día antes de caer
enferma: «Mamá, mátame con cuchillo; no me mates con tus miradas».
De súbito la enfermedad, incubada perezosamente, estalló, desarrollándose con
rapidez en seis días. Desde el primero anunciose un fin desgraciado. Todo el
rigor de la madre cedió al instante, como el hielo que se funde. ¡Qué bien
recordaba, al cabo de nueve años, la expresión de la cara del médico, las
medicinas, los antojillos de la enferma, nacidos de terribles aberraciones
nerviosas! Ya pedía flores, ya helados que no había de tomar. De pronto pedía
todos los libretos de ópera que se pudieran adquirir. Otra vez hizo llevar a su
casa gran parte del almacén de música de Romero. «Pájaros, pájaros...». Le
llevaron media plaza de Santa Ana. «¡Oh! ¡Tengo que contestar tantas cartas...!»
Y se ponía a escribir. De estos deseos locos, ansiosos, que eran como los
tirones que daba la muerte para arrancarla más pronto de raíz, se alimentaba su
fiebre galopante.
«Moriste como una pobre mártir-pensó la marquesa, rezando otra vez-. Moriste
reconciliada con Dios, recitando oraciones y besando la santa imagen de Nuestro
Redentor».
Oyose otra vez la voz del clave, con triste elocuencia de salmodia. La frase
tenía un segundo miembro. Bien podría creerse que un alma dolorida preguntaba
por su destino desde el hueco de una tumba, y que una voz celestial contestaba
desde las nubes con acentos de paz y esperanza. Descansaba el motivo sobre
blandos acordes, y este fondo armónico tenía cierta elasticidad vaga que
sopesaba muellemente la frase melódica. A esta seguían remedos, ahora pálidos,
ahora vivos, sombras diferentes que iban proyectando la idea por todos lados en
su grave desarrollo. Las sabias formas laberínticas del canon sucedieron a la
sencillez soberana, de donde resultó que la hermosa idea se multiplicaba, y que
de tantos ejemplares de una misma cosa formábase un bello trenzado de peregrino
efecto, por hablar mucho al sentimiento y un poco al raciocinio, juntando los
encantos de la mística pura a los retruécanos de la erudición teológica.
Bruscamente, una modulación semejante a un hachazo variaba, con el tono, el
número, el lenguaje, el sentido. Estrofa amorosa, impregnada de candor pastoril,
aparecía luego, y después el festivo rondó, erizado de dificultades, con
extravagancias de juglar y esfuerzos de gimnasta. Enmascarándose festivamente,
agitaba cascabeles. Se subía, con gestos risibles, a las más agudas notas de la
escala, como sube el mono por una percha; descendía de un brinco al pozo de los
acordes graves, donde simulaba refunfuños de viejo y groserías de fraile. Se
arrastraba doliente en los medios imitando los gemidos burlescos del muchacho
herido, y saltaba de súbito pregonando el placer, el baile, la embriaguez y el
olvido de penas y trabajos.
Abriendo el pupitre de un escritorio de ébano, la marquesa revolvía papeles,
cartas, objetos diversos. Sus ojos deseaban y temían encontrar las cosas;
fijáronse en un paquete de cartas, recorrieron con sobresalto algunos renglones,
y se apartaron con horror como de un espectáculo de oprobio. «Se quemará todo
esto»-dijo poniendo a un lado el paquete execrable. Después halló un pliego en
que estaba empezada una carta. La enferma había tenido delirio de escribir
cartas; pero apenas comenzadas, las dejaba. En algunas sólo se veían deformes
garabatos, hechos al rasguear de la pluma temblorosa; en otras las letras claras
manifestaban ideas sueltas, palabras tiernas agrupadas sin sentido alguno. En
algún papel la melancolía había repetido muchas veces una misma palabra,
trazándola primero con grandes letras, que luego iban disminuyendo hasta ser
como puntos.
«Se quemará todo»-volvió a decir la marquesa, haciendo un montón de lo que se
destinaba a la hoguera.
Revolviendo más, encontró un retrato. La señora puso muy mala cara al verlo.
Le causaba horror; mas por lo mismo volvió a mirar la aborrecida imagen, porque
el odio tiene también sus embebecimientos. No bastaba destinar al fuego la
cartulina. Era preciso descuartizar primero al reo. La marquesa rompió en
menudos pedazos el retrato.
¡Cómo se reía entonces Beethoven! Su alegría era como la de Mephisto
disfrazado de estudiante. Luego entonaba graciosa serenata, compuesta de
lágrimas de cocodrilo y arrullos de paloma. Pero la marquesa no ponía atención y
seguía rebuscando.
«¿Qué será esto?»-pensó al tomar un paquetito atado con cinta de color de
rosa.
Desdobló el paquete y vio un collar de perlitas, con un papel que decía:
«Para mi hija. Le suplico que sea buena y rece por mí».
La marquesa lloraba de nuevo. Su mano halló al instante un paquete más chico.
Abriolo. Dentro vio una sortija pequeña, con un papel que decía: «Para mi niño,
que hoy cumple cinco años. 12 de abril de 1863. Deseo que sea bueno y piense en
mí».
La marquesa lloraba ya con ruidosos gemidos. Acudió el perro negro y puso su
hermosa cabeza sobre las rodillas de la dama, mirándola de hito en hito con sus
ojos negros y cariñosos, a cuya dulzura nada podía compararse. Dejó de oírse la
voz inefable del piano, y Beethoven, con su mundo de sentimientos y de formas,
desapareció en el silencio como una viva luz tragada por las tinieblas. Acudió
el niño músico, y asustado de ver a la señora tan afligida, le preguntó la causa
de su duelo. La marquesa le besó en la frente, le tomó después la mano, buscó en
ella un dedo...
«¿Es para mí esa sortija?-preguntó el muchacho.
-Para ti. Quizás sea demasiado pequeña... Pero en el meñique bien puede
entrar. Ya está. No la pierdas.
-¿Es regalo tuyo?
-Sí».
Y poco después se volvía a cerrar la triste alcoba, y retirándose personas y
luces, todo quedaba en silencio y soledad tristísima. Y al día siguiente se hizo
una mediana hoguera en la chimenea, donde ardieron con chisporroteo, que parecía
una protesta contra la Inquisición, papeles varios, recuerdos, flores, mechones
de cabello, cartulinas. Majestuosamente sentado sobre sus cuatro remos, el
perrazo negro presenciaba con atención solemne aquel acto, retratando en sus
pupilas de endrina la llama movible que se comía, sin hartarse, las páginas del
ignorado drama. Cuando la llama se extinguía, lamiendo las últimas cenizas,
Saúl bostezó con soberano fastidio.
Y no hubo más. El piano sonó también casi todo aquel día, y al siguiente la
señora marquesa, acompañada del caballero cacoquimio, del niño músico, de las
dos criadas extranjeras y del perro, partió para Córdoba; y el caserón de
Aransis se quedó otra vez solo, frío, obscuro, mudo, como inagotable arca de
tristezas que, después de saqueada, conserva aún tristezas sin número.
Capítulo X
Sigue Beethoven
El caserón, no obstante, tenía su alegre nota. Como la voz del grillo en una
grieta del sepulcro, así era la voz del conserje Alonso, cantando peteneras en
su habitación cercana al portal y en el patio. Era un hombre casi viejo, de
buena pasta, honrado y comedido. Vivía allí con su mujer enferma, de la cual no
tenía hijos, y la mitad del día se la pasaba trabajando en carpintería, por pura
afición, bien haciendo marcos de láminas, para lo que tenía especiales
aptitudes, bien arreglando muebles antiguos para venderlos a los aficionados. No
se sabe qué funciones había desempeñado en la casa en su juventud. Creemos que
fue montero, porque siempre acompañaba al marqués de Aransis en sus excursiones
venatorias. Lo cierto es que en una de estas tuvo Alonso la desgracia de perder
una pierna, de lo que le vino aquel destino sedentario. A pesar de ser hombre
acomodado (pues a sus gajes y ahorros añadía una regular herencia), nunca quiso
abandonar el puesto humilde de conserje. Era natural del Toboso, y algo pariente
de los Miquis. Manejaba los capitalitos de algunos manchegos que querían colocar
su dinero en fondos públicos. Y ved aquí un banquero que pasaba horas largas
limpiando metales, quitando el polvo, haciendo recorrer tejados y chimeneas, y
cobrando, por ayudar al administrador, los recibos de inquilinato de las muchas
casas que el marquesado de Aransis posee en Madrid.
Estaba una mañana el buen hombre en el patio, cuando se abrió la puerta y
aparecieron tres personas. Una de ellas saludó con mucha afabilidad a Alonso, el
cual dijo así:
«¡Dichosos los ojos que te ven, Augusto, cabeza sin tornillos...! Ayer tuve
carta de tu padre. Dice que le escribes poco y que andas distraidillo.
-¡Pobre viejo!... Si le escribo todas las semanas... ¿Y cómo está
Rafaela?¿Qué tal va con las píldoras?
-Pues no va mal. Hoy, como está el día tan bueno, le dije: «Anda, mujer, anda
a que te dé un poco el aire». Y con efecto, ha salido. Ya sabes que un hermano
suyo ha venido a establecerse en Madrid. Hará dinero, porque estos catalanes
saben ganarlo. ¿No le has oído nombrar? Juan Bou, litógrafo. Está viudo;
necesita quien le ayude a arreglar su casa..., y con efecto, Rafaela ha ido
allá... Es calle de Juanelo. Yo debía haber ido también, y con efecto...
-Con efecto-dijo Miquis repitiendo el estribillo de su amigo-, veníamos... Ya
me parece que hablé a usted de ello la semana pasada. Estos dos amigos, esta
señorita y este caballero, desean ver el palacio de Aransis. Cuentan que es tan
hermoso...».
Alonso era complaciente. Entró en su vivienda, sacó un manojo de llaves, y
señalando la escalera, dijo con formas respetuosas:
«Pasen los señores. Verán lo que hay».
Miquis, presentando a los que le acompañaban, no pudo reprimir sus instintos
de malignidad zumbona, y habló así con afectada finura:
«El Sr. D. José de Relimpio y Sastre, ¡consejero de Estado!».
Don José se inclinó turbado, sin atreverse a contestar.
«Y su sobrina, la señorita de Rufete, que acaba de llegar de París...».
Isidora miró a Miquis con tan indignados ojos, que el estudiante no se
atrevió a seguir. El conserje echó una mirada a la poco flamante levita de D.
José y al traje sencillamente decoroso de Isidora, sin hallarse completa armonía
entre el vestido y las personas. O quizás, hecho a las burlas de Miquis, no
quiso llevar adelante sus investigaciones. Subieron.
«Esto es del género Luis XV-dijo con ínfulas de cicerone instruido,
enseñándoles la primera sala-. La decoró el señor marqués viejo. Aquí todo es
antiguo».
Como en nuestra moderna edad, tan pronto demasiado enfatuada como descontenta
de sí misma, se ha convenido en que sólo lo antiguo es bueno, Miquis, que hacía
el papel de artista magistralmente, empezó a manifestar esa admiración lela de
viajero entusiasta, y a lanzar exclamaciones, y a torcerse el pescuezo para
mirar el techo, quedándose una buena pieza de tiempo con la boca abierta.
«Esto es maravilloso-decía-. Vaya con las patitas de las consolas... ¡Qué
elegancia de curvas! ¿Y esas cortinas con amorcillos y guirnaldas?... ¡Pero
dónde llega el techo...! ¡María Santísima! Yo me estaría toda la vida mirando
esas pastoras que dan brincos y esos niños que cabalgan en un cisne. Ha de
convenir usted conmigo, Sr. D. José, en que hoy por hoy no se hacen más que
mamarrachos. Aquí tenemos un salón que usted debía tomar por modelo para el
palacio que está usted construyendo en la Castellana. Verdad que no tiene usted
allí una pieza tan grande; pero mucho se puede hacer todavía mandando tirar
algún tabique».
Don José le daba con disimulo codazos y más codazos para que cesara en sus
burlas. También Relimpio creía de su deber honrar la casa que visitaban,
embobándose de admiración y lanzando interjecciones cada vez que el bueno de
Alonso señalaba un espejo, un cuadrito o el biombo de cinco hojas, tan lleno de
pastores que ni la misma Mesta se le igualara.
«Y a ti, Isidora, ¿qué te parecen estas maravillas?-prosiguió Augusto, cuando
pasaban a otra sala-. Probablemente no te llamarán mucho la atención, porque
vienes del centro mismo de la elegancia y del lujo, de aquel París... Mira, mira
estos retratos de caballeros y señoras de los siglos XVI y XVII... ¡Qué nobles
fisonomías! Aquel que empuña un canuto, semejante a los de los licenciados del
ejército, debe de ser algún guerrero ilustre. ¡Vaya unos nenes! Aquella señora
de empolvado pelo, ¡cuán hermosa es y qué bien está dentro de su tonelete! ¿Y
aquella monja?...
-Es el retrato de sor Teodora de Aransis-indicó Alonso con respeto-,
superiora del convento de San Salomó, donde murió ya muy anciana y en olor de
santidad hace diez años.
-¡Guapa monja! ¿Qué tal, D. José?».
Don José dijo al oído de Miquis:
«¡Si pestañeara!...».
Pasaron de sala en sala, cada vez más admirados; Miquis, enfático y
grandilocuente; D. José, repitiendo como un eco las exclamaciones de su amigo;
Isidora, muda, absorta, abrumada de sentimientos extraños a las emociones del
arte; mirándolo todo con cierta ansiedad mezclada de respeto, que más bien
parecía el devoto arrobamiento que inspiran las reliquias sagradas.
Llegaron al gabinete donde estaba el piano. Dejando que marcharan delante
Alonso e Isidora, D. José se llegó a Miquis y en voz baja le dijo:
«Oiga usted lo que pienso, amigo D. Augusto: ¡Lo que es el mundo!... ¡Que
unos tengan tanto y otros tan poco!... Es un insulto a la humanidad que haya
estos palacios tan ricos, y que tantos pobres tengan que dormir en las calles...
Vamos, le digo a usted que tiene que venir una revolución grande, atroz.
-Eso digo yo, Sr. D. José. ¿Por qué todo esto no ha de ser nuestro? A ver,
¿qué razón hay? ¿Qué pecado hemos cometido usted y yo para no vivir aquí?
-Justamente: ese es mi tema.
-Hay que decir las cosas muy claritas.
-Que venga esa revolución, que venga. ¿Somos iguales, sí o no?
-Sí-afirmó Miquis con acento de Mirabeau.
-Así es que yo no me explico...».
La mente de D. José caía en un mar de confusiones, hundiéndose más a medida
que veía más objetos, ya de lujo, ya de comodidad. Iba a seguir emitiendo
juicios muy filosóficos sobre aquella revolución próxima, cuando Miquis acertó a
ver el piano. Verlo, correr hacia él, abrirlo, hojear los papeles de música, y
dar con su dura mano un acorde en la octava central, fue cosa de un instante.
Beethoven estaba en aquel ingente librote, que por lo grande, lo revuelto, lo
obscuro, tenía algo de mar; allí estaba su turbulento genio escondido debajo de
mil líneas, puntos, rasgos, tildes y garabatos que parecen oscilar, encresparse
y confundirse con la rítmica hinchazón de las olas. En la superficie alborotada
de un libro de sonatas difíciles, sólo es dado navegar al músico experto.
También estaba allí la nave, admirable construcción de Erard. No faltaba más que
el piloto, el músico, el intérprete, bastante hábil para lanzarse al abismo con
ánimo valeroso y manos seguras. Miquis sentía la inspiración en su mente; pero
sus dedos, tan adiestrados en la cirugía, apenas acertaban a manejar torpemente
algunas teclas, esto es, que no sabían apartarse de la orilla.
Pero tocó. Apenas podía leer la enmarañada escritura del autor de Prometeo.
Los sonidos equivocados, que eran los más, le desgarraban los oídos. El tono era
difícil, y anunciaba sus asperezas una sarta de infames bemoles, colgados junto
a las dos claves, como espantajo para alejar a los profanos. No obstante,
ayudado de su voluntad firme, de su anhelo, de su furor músico, Miquis tocaba.
Pero ¡qué sonidos roncos, qué acordes sesquipedales, qué frases truncadas, qué
lentitud, qué tanteos! Resultaba lastimosa caricatura, cual si la poesía sublime
fuera rebajada a pueril aleluya.
En tanto, Alonso abría la puerta de la alcoba, y sin traspasar el umbral de
ella, en voz baja y con respetuoso acento, hablaba de una persona muerta allí
nueve años antes, de la puerta cerrada, del retrato, de la quema de papeles, de
la piedad de la señora marquesa...
«Y con efecto-añadió tocándose la punta de la nariz con la ídem del dedo
índice-; dicen, y yo estoy en que será verdad, que para el año que viene se hará
aquí una capilla... ¡Qué guapa era la señorita! ¿No es verdad?».
Los tres contemplaron en silencio el retrato: Alonso, con lástima; Relimpio,
con la curiosidad mundana del que se cree experto en cosas femeninas; Isidora,
con doloroso pasmo en toda su alma, el cual crecía, dándole tantas congojas, que
retiró su vista del cuadro y se apartó de allí para no dar a conocer lo que
sentía.
Ninguno de los presentes conocía el secreto de su vida. No quería confiarlo a
D. José, por ser demasiado sencillo, ni a Miquis, por excesivamente malicioso.
En la semana anterior fue grande su disgusto al saber, por Saldeoro, que la
marquesa de Aransis había estado en Madrid tres días y que ella, por ignorarlo,
no se había presentado a la noble señora. ¡Qué contrariedad tan penosa! Pasados
algunos días, como sintiese cada vez más vivo el deseo de ver el palacio de
Aransis, no quiso dejar de satisfacer prontamente aquel antojo y se valió de
Miquis, cuya amistad con el guardián de la casa le era conocida. ¡Qué día aquel!
Todo cuanto allí vio le había causado profundísimas emociones; pero el retrato,
¡cielos piadosos!, habíala dejado muerta de asombro y amor.
«¡Si pestañeara!-dijo para sí aquel calaverón incorregible de D. José
Relimpio-. Yo he visto esa cara en alguna parte; esa fisonomía no me es
desconocida».
Alonso seguía dando noticias discretas y mostrando algunas preciosidades, a
lo que atendía con mucha urbanidad el padrino de Isidora. Pero esta no veía ni
oía nada. Se había quedado de color de cera, y temblaba de frío. Por un instante
sintiose a punto de perder el conocimiento, y a su turbación uníase, para
hacerla más honda, el miedo de darla a conocer ridículamente. Se sentó; hizo
firme propósito de serenarse. La endemoniada, balbuciente y atroz música de
Augusto le rompía el cerebro. No era aquello el canto numeroso ni el expresivo
lloro de las Musas, sino el berraquear insoportable de un chico mimoso y recién
castigado.
«Música alemana, ¿eh?-indicó Relimpio con airecillo de suficiencia-. Señor de Miquis, si eso parece un solo de zambomba...
-¡Pobre Beethoven mío!-exclamó el estudiante dejando de tocar y haciendo un
gesto de desesperación-. ¡Qué lejos estabas de caer entre mis dedos!
-Me parece que debemos marcharnos-dijo el tenedor de libros ofreciendo un
pitillo a Alonso, que respondió: «No lo gasto»-. ¿Nos vamos, Augusto?
-A escape. Ya no me acordaba de que tienen ustedes que ir a comer a la
embajada inglesa...».
Salieron, desandando las habitaciones, no sin volver a contemplar de paso lo
que ya detenidamente habían admirado. Isidora se quedó atrás. ¡Qué ansiosas
miradas! Sin duda querían recoger y guardar en sí las preciosidades y
esplendores del palacio... Cuando llegó a la última sala se oprimió el corazón,
dilatado por furioso anhelo, y no con palabras, sino con la voz honda,
tumultuosa de su delirante ambición, exclamó: «¡Todo es mío!».
Capítulo XI
Insomnio número cincuenta y tantos
«¡Qué hermoso palacio, Dios de mi vida! ¡Cuánto habrá costado todo aquello!
¡Pensar que es mío por la Naturaleza, por la ley, por Dios y por los hombres, y
que no puedo poseerlo!... Esto me vuelve loca. Dios no quiere protegerme, o
quiere atormentarme para que aprecie después mejor el bien que me destina. Si
así no fuera, Dios hubiera hecho que yo me enterara de que la marquesa estaba en
Madrid. El corazón no puede engañarme, el corazón me dice que cuando yo me
presente a ella, cuando me vea... No, no quiero pleitos; quiero entrar en mi
nueva, en mi verdadera familia con paz, no con guerra, recibiendo un beso de mi
abuela y sintiendo que la cara se me moja con sus lágrimas. ¡Es tan buena mi
abuelita!... Y aquel Alonso cojo, ¡qué fiel y honrado parece!... Siempre,
siempre seguirá en la casa, con su pata de palo, que va tocando marcha por las
escaleras... Mis papeles están en regla. Debo tomar el tren y marcharme a
Córdoba. ¿Y con qué dinero, Virgen Santísima? Vaya, que mi tío se porta...
Tantas promesas y tan poca substancia. ¡Ah! ¡Señor Canónigo, cómo se conoce la
avaricia! Temo presentarme a mi abuela con esta facha innoble. Ya mis botas no
están decentes, ya mi vestido está muy cesante, como dice la
Sanguijuelera. Tanta vergüenza tengo de mí, que quisiera no hubiese espejos
en el mundo... Siento llegar a ese lindo ganso de Melchor: es la una. Yo debería
dormirme. ¡Si Dios quisiera darme un poquito de sueño!... Me volveré de este
otro lado.
»Ya siento un poco de sueño. Detrás de los ojos noto pesadez... Si no fuera
por este pensar continuo y esto de ver a todas horas lo que ha pasado y lo que
ha de pasar... Ven, sueñecito, ven... ¿Pero cómo he de dormir? Me acuerdo de mi
hermano preso, y la cabeza se me despeja, doliéndome. Está visto, no me dormiré
hasta las dos. ¡Pobre, infeliz hermano! ¡Qué afrenta tan grande para mí y para
él! No, mientras esto no se arregle y Mariano salga de la cárcel no diré una
palabra, no daré un solo paso, no veré a mi abuela... ¡Ay, infeliz Isidora,
infeliz mujer, infeliz mil veces! ¿Cómo quieres dormir con tanta culebrilla en
el pensamiento? Aquí, debajo de este casco de hueso, hay un nido en el cual una
madre grande y enroscada está pariendo sin cesar... El palacio, mi abuela, mi
hermano criminal, yo sin botas, yo llena de deudas, y luego aquel, aquel, aquel,
que ha venido a trastornarme más... ¡Qué hermosos, qué divinos ojos los de mi
madre! Cuando la vi en pintura me pareció verla viva, que me miraba y se reía,
diciéndome cosas de esas que se les dicen a los hijos. Madre querida, mándame un
beso y con él un poco de sueño. Quiero dormir; pero no se duerme sin olvidar, y
yo no puedo echar de mi cabeza tanta y tanta cosa. ¡Si se lograra dormir
cerrando mucho los ojos; si se pudiera olvidar apretándose las sienes!... Me
volveré de este otro lado. ¿Para qué, si al instante me he de cansar también?
Más vale que abra los ojos, que me distraiga rezando o contándome cuentos.
¡Jesús, qué negro está mi cuarto! Si no duermo, vale más que encienda luz y me
levante, y abra el balcón y me asome a él... Pero no, tendré frío, me
constiparé, cogeré una inflamación, una erisipela. ¡Ay, qué horror! Me pondré
tan fea..., y es lástima, ¡porque soy tan guapa, me estoy poniendo... divina!
Aquí, recogida una en sí, y en esta soledad del pensar, cuando se vive a cien
mil leguas del mundo, se puede una decir ciertas cosas, que ni a la mejor de las
amigas ni al confesor se le dicen nunca. ¡Qué hermosa soy! Cada día estoy mejor.
Soy cosa rica, todos lo afirman y es verdad... ¡Dios de mi vida, las dos! Este
chasquido que oigo es el muellecito de la caja en que Melchor guarda su pipa. El
asno bonito se acuesta...¡Las dos, y yo despierta!...
»¡Qué silencio en la casa! Me volveré de este otro lado... ¡Oh!, ¡qué calor
tengo! Me deslizaré a esta otra parte que está más fresca. Tengo un cuerpo
precioso. Lo digo yo y basta... Vamos, ¿pues no me estoy riendo, cuando son las
dos y no he podido dormirme? Virgen Santísima, sueño, sueño, olvido... Esta es
otra; ¿por qué me palpita el corazón? Lo mismo fue hace dos noches. Yo tengo
algo, yo estoy enferma. Este latido, este sacudimiento no es natural. Parece que
se me salta... ¡Jesús, madre mía! ¿Qué siento? ¡Pasos en mi cuarto! ¡Alguien ha
entrado!... ¡Ah!, no, no hay nada: es como una pesadilla... ¡Cómo sudo, y qué
sudor tan frío! ¡Si al menos me durmiera! ¿Pero cómo, si el corazón sigue
palpitando fuerte?... Tengamos serenidad. Corazón, estate quieto. No bailes
tanto, que me dueles... ¡Cuidado, que te me rompes, que te me rompes!... ¡Qué
cosas pienso! Cuando estoy despabilada y paso toda la noche afinando el pensar,
hasta se me figura que me entra talento... Y vamos a ver, ¿por qué no he de
tener yo talento? Sí que lo tengo. Eso, antes que los demás, lo conoce la misma
persona que lo tiene. No, mamá mía, no has echado tontos al mundo. Yo.... ya
ves; y en cuanto a Mariano, deja que salga de esa maldita cárcel, que se afine,
que se pulimente, que se instruya... ¡Dios me valga! ¡Las tres!
»¿Pero las horas se han vuelto minutos? La noche vuela, y yo no duermo. Daré
otra vuelta y cerraré los ojos; los apretaré aunque me duelan... ¿Por qué no
puedo estar quieta un ratito largo? ¿Qué es esto que salta dentro de mí? ¡Ah!,
son los nervios, los pícaros nervios, que cuando el corazón toca, ellos se sacan
a bailar unos a otros. ¡Qué suplicio! Me muero de insomnio... Un baile en
aquellos salones. Cielo santo, ¡qué hermoso será! ¡Cuándo verás en ti, garganta
mía, enroscada una serpiente de diamantes, y tú, cuerpo, arrastrando una cola de
gro!... Me gustan, sobre todas las cosas, los colores bajos, el rosa seco, el
pajizo claro, el tórtola, el perla. Para gustar de los colores chillones ahí
están esas cursis de Emilia y Leonor... ¡Cómo me agradan los terciopelos y las
felpas de tonos cambiantes! Un traje negro con adornos de fuego, o claro con
hojas de Otoño resulta lindísimo... El buen gusto nace con la persona...
»Vamos, gracias a Dios que me duermo. Poquito a poco me va ganando el sueño.
Al fin descansaré: bien lo necesito... Ya llegan los convidados, mi abuelita me
manda que los reciba. Estoy preciosa esta noche... Entran ya. ¡Cuánta sonrisa,
cuánto brillante, qué variedad de vestidos, qué bulla magnífica! y... en fin,
¡qué cosa tan buena! Hay una tibieza en el aire que me desvanece; me zumban los
oídos, y en los espejos veo un temblor de figuras que me marea. Pero esto es
precioso, y ya que una ha de morirse, porque no hay más remedio, que se muera
aquí. ¡Jesús, qué cosa tan buena! Mi vestido es motivo de admiración. Eso bien
se conoce. Acaba de llegar Joaquín y se dirige hacia mí... ¿Qué campanas son
estas? ¡Las cuatro! Si estoy despierta, si no he dormido nada, sí estoy en mi
cuarto miserable... Dios no quiere que yo descanse esta noche. Me volveré de
este otro lado...
»El tal marqués viudo de Saldeoro está loco por mí; pero no seré tonta, no le
daré a conocer que me gusta... ¡Y cómo me gusta!... En fin, suspiremos y
esperemos. Conviene tener dignidad. ¿Soy acaso como esas cursis que se enamoran
del primero que llega? No, en mi clase no se rinde el corazón sin defenderse.
Firmeza, mujer. Si Miquis te es indiferente y el marqués viudito te encanta, no
des a entender tu preferencia... ¡Los hombres! ¡Ah!... que se fastidien. Se dice
que son muy malos, y yo lo creo... Pero el marquesillo me gusta tanto... Es lo
que ambiciono para marido; y él me jura que lo será... ¡Jesús, qué cosa tan
buena! ¡Qué hermosa figura, qué modales, qué manera de vestir tan suya...! Pero
yo me pregunto una cosa: ¿dirá que me quiere porque sabe que voy a ser
riquísima?... Mucho cuidado, mujer; no te fíes, no te fíes... Por de pronto le
agradezco sus invenciones delicadas para ofrecerme dinero y obligarme a
aceptarlo... Por nada del mundo lo aceptaría... ¡Humillarme yo!... Antes
morir... ¡Las cinco, Virgen del Carmen, y yo despierta!
»No quiero pensar en Joaquín, ni en mi abuela, ni en mi hermano, ni en mis
botas rotas, a ver si de este modo me olvido y duermo. Meteré la cabeza debajo
de la almohada. ¡Ah!, esto me da algún descanso... Hace dos semanas que no veo a
Joaquín, y me parece que hace mil años. ¡Estuve tan fuerte aquel día!... ¡Me
fingí tan incomodada! Verdad es que él fue atrevido, atrevidísimo... Es tan
apasionado, que no sabe lo que se hace... Estaba fuera de sí. ¡Qué ojos, qué
fuerza la de sus manos! ¡Pero qué seria estuve yo!... Con cuánta frialdad le
despedí..., y ahora me muero porque vuelva... ¡Jesús, acaban de dar las cinco y
ya dan las seis! Esto no puede ser. Ese reloj está borracho... Tengamos calma.
Siento mucho sueno. Al fin el cansancio me hará dormir. Si yo no pensase... ¡Qué
felices deben de ser los burros!... Firme, mujer; mientras más apasionado esté
Joaquín, más fría y tiesa tú... Ya siento a D.ª Laura trasteando por la casa. Ya
entra la luz del sol en mi cuarto. ¡Es de día y yo despierta! Todos, todos los
talentos que hay en mi cabeza, los doy, Señor, por un poco de sueño. Señor, dame
sueño y déjame tonta...
»Ya siento bulla en la calle... Pasan carros por la de Hortaleza; pronto
empezarán los pregones. Mañana, ¿qué digo mañana?, hoy es miércoles, 17.
¿Recibiré carta y libranza de mi tío? Mi tío no es; pero así le llamo. ¡El
pobrecito es tan bueno, pero tan avaro!... Doña Laura riñe con la criada...
¡Maldita sea D.ª Laura! El día en que tenga con qué pagar a esa mujer feroz,
será el más alegre de mi vida... ¡Las siete ya! Quiero dormir, aunque no
despierte más. Esta cama es un potro, un suplicio. Si dentro de un rato no
duermo, me levantaré. No puedo estar así. En mi cabeza hay algo que no marcha
bien. Esto es una enfermedad. ¿Si se morirá la gente de esto, de no dormir?...
Entonces la muerte será un despabilamiento terrible. Francamente, envidio a las
ostras. ¡Cómo entra el sol por mi cuarto! El pícaro va derecho a iluminar mis
pobres botas, que ya no sirven para nada. También da de lleno en mi vestidillo
para hacerle, con tantísima luz, más feo de lo que es. ¡Qué miserable estoy,
Dios mío! Esto no puede seguir así; no seguirá. Voy a escribir a mi tío, a la
marquesa, a D. Manuel Pez, a Joaquín... ¡Las ocho, Dios de mi vida! Me levanto.
Dormiré mañana a la noche».
Capítulo XII
Los Peces (sermón)
-I-
Dijo también Dios: Produzcan las aguas reptiles de ánima viviente...
Y crió Dios las grandes ballenas, y toda ánima que vive y se mueve, que
reprodujeron las aguas según sus especies... Y vio Dios que era bueno.
Y las bendijo diciendo: Creced y multiplicaos y henchid las aguas de la
mar...
(Génesis, cap. I, versículos 20, 21 y 22.)
Amados hermanos míos: Feliz mil veces la postrera de las tierras hacia
donde el sol se pone, esta nuestra España, que concibió en su seno y crio a
sus pechos a D. Manuel José Ramón del Pez, lumbrera de la Administración, fanal
de las oficinas, astro de segunda magnitud en la política, padre de los
expedientes, hijo de sus obras, hermano de dos cofradías, yerno de su suegro el
Sr. D. Juan de Pipaón, indispensable en las comisiones, necesario en las juntas,
la primera cabeza del orbe para acelerar o detener un asunto, la mejor mano para
trazar el plan de un empréstito, la nariz más fina para olfatear un negocio,
servidor de sí mismo y de los demás, enciclopedia de chistes políticos, apóstol
nunca fatigado de esas venerandas rutinas sobre que descansa el noble edificio
de nuestra gloriosa apatía nacional, maquinilla de hacer leyes, cortar
reglamentos, picar ordenanzas y vaciar instrucciones, ordeñador mayor por juro
de heredad de las ubres del presupuesto, hombre, en fin, que vosotros y yo
conocemos como los dedos de nuestra propia mano, porque más que hombre es una
generación, y más que persona es una era, y más que personaje es una casta, una
tribu, un medio Madrid, cifra y compendio de una media España.
Don Manuel José Ramón Pez andaba, en la época a que se refiere este nuestro
panegírico, entre los cincuenta y los sesenta años. Desde su tierna edad servía
en esta maternal Administración española. De niño había tenido el amparo de
otros peces mayores y de los Pipaones, que también eran Peces por la rama
materna. Más adelante se gobernó solo, y casi siempre desempeñó elevados y
ubérrimos destinos, con intervalos de cesantías; que nada hay estable ni
completo en este mundo. Gozaba reputación de honrado, lo que el predicador
declara con gusto, aunque esto de la honradez bien sabemos todos que ha llegado
a ser una idea puramente relativa. De sus principios políticos no queremos
hablar, porque no hay para qué. Ni esto importa gran cosa, con tal de establecer
que aquellos principios, presupuesto que los hubiera, tenían por atributo
primero una adaptación tan maravillosa como la de los líquidos a la forma y
color del vaso que los contiene. Eran, pues, principios líquidos, lo que no es
ciertamente el colmo de la incohesión, pues también los hay gaseosos. Si un
carácter ha de formarse de una sola pieza y de una sola substancia, descartando
las demás como puramente ornamentales, el carácter de D. Manuel se componía de
una sola y homogénea cualidad, la de servir a todo el mundo, prefiriendo
siempre, por la ley de gravitación social, a los poderosos.
Es fama que no hay cosa, debajo de la jurisdicción de lo humano, que no se
consiguiera por mediación de Pez, y de aquí que Pez estuviera en aquellos días
de apogeo tan abrumado de recomendaciones como lo está de ex-votos un santo
milagroso. La recomendación es entre nosotros una segunda Providencia; equivale
a lo que otros pueblos menos expedientescos llaman suerte, fortuna. Por ella se
puede llegar a cumbres altísimas; por ella se abren los caminos que hallan
cerrados el trabajo y el talento. Debemos al misticismo esa forma administrativa
de la paciencia que se llama el expediente; debemos al favoritismo esa forma
gubernamental del soborno que se nombra la recomendación.
No como una segunda fase de su carácter servicial, sino como una ampliación
de él, tenía don Manuel la virtud de la filogenitura, o sea protección decidida,
incondicional, una protección frenética y delirante, a la copiosísima, a la
inacabable, a la infinita familia de los Peces. En aquellos días, amados
hermanos míos, desempeñaba una de las principales direcciones de Hacienda, y aun
se le indicaba para ministro. En los mismos días veríais repartidos por toda la
redondez de la Península número considerable de funcionarios que por llevar el
claro nombre de Pez, manifestaban ser sobrinos, primos segundos, cuartos o
séptimos, o siquiera parientes lejanos de D. Manuel. Había cuatro o cinco Peces
entre los oficiales generales del ejército, todos con buenos lotes en
direcciones o capitanías generales. Los magistrados y jueces y promotores
fiscales del género Pez se contaban por centenares, distribuidos en toda la
España. Para que en todas las jerarquías hubiera algún miembro de esta
omnisciente familia de bendición, también había un obispo pisciforme, y hasta
doce canónigos y beneficiados que pastaban en el banco del Culto y Clero. En
ayudantes de obras públicas, capataces, recaudadores de contribuciones,
empleados de Sanidad, vistas de Aduanas, inspectores de Consumo, jefes de
Fomento, oficiales cuartos, séptimos y quincuagésimos de Gobiernos de provincia,
el número era tal que ya no se podía contar. Invoquemos el texto divino:
Crescite et multiplicamini, et replete aguas maris.
De la Mancha, centro y venturoso nido de aquella familia, no hay que hablar,
porque allí los había hasta de las más bajas categorías. Sin contar alcaldes,
secretarios de Ayuntamiento, cuyo parentesco con D. Manuel era evidente, aunque
remotísimo, coleaban mil y mil Pececillos, sólo relacionados con el ilustre jefe
por los servicios mutuos y el apellido, que tomaban su parte de sopa boba, ya de
peones camineros, ya de peatones, quier de maestro de escuela, quier de
sacristán. Para decirlo todo de una vez, y concretándonos al distrito perpetuo
de D. Manuel, basta decir que era una pecera. Amados hermanos míos, recordemos
la opinión que acerca de esta gente formó el Apóstol de las Escuelas,
Augusto Miquis, manchego. De sus profundos estudios ictiológicos sacó la
clasificación siguiente: Orden de los Malacopterigios abdominales.
Familia, Barbus voracissimus. Especie, Rémora vastatrix.
-II-
Amados hermanos míos: si de la Mancha pasamos, pues todo es España, a la
Dirección de que era jefe D. Manuel, hallaremos un espectáculo no menos
patriarcal. De su matrimonio con una de las hijas de D. Juan de Pipaón (que de
Dios goza), había tenido D. Manuel siete criaturas. Descontando al hijo mayor,
Joaquín Pez, de quien se hablará cuando le toque; descartando también a las dos
señoritas de Pez, ya casaderas, quedaban cuatro pimpollos. Luis, de veintiséis
años, tenía treinta mil reales en la Secretaría del Ministerio; Antoñito, de
veintidós Navidades, gozaba veinticuatro en una Dirección limítrofe; Federico,
de diez y nueve, se dignaba prestar sus servicios al lado del papá por la
remuneración de catorce mil reales; Adolfito, de quince, había admitido un bollo
de ocho mil entre los escribientes, y el gato..., no, el gato no había recibido
aún la credencial; pero la recibiría en justo galardón de su celo persiguiendo a
los ratoncillos que roían los papeles de la oficina.
No pasaremos adelante, por respeto al mismo Sr. de Pez, sin hacer una breve
excursión al campo de la Aritmética. Es una observación o problema que el
público ha formado muchas veces ante ciertas antítesis, que, a fuerza de
repetirse, han llegado a sernos familiares. Cuando D. Manuel era Director, el
boato de su familia igualaba al de una familia propietaria con quince o veinte
mil duros de renta. El no tenía bienes raíces de ninguna clase, no estaba
inscripto en el gran libro, no debía de tener tampoco economías. Sumando su
sueldo con el sueldo de los pececillos, el total no alcanzaba, con las mermas
del descuento, a seis mil duros. Problema: ¿por qué misteriosas alquimias pasaba
esta cantidad para alimentar las siguientes partidas: casa de diez y ocho mil
reales, buena mesa, estreno constante de ropa por todos los individuos de la
familia, lujosos vestidos de baile para las niñas, landó, palco a primer turno
al Teatro Real, excursiones a los otros teatros, viajes de verano, imprevistos,
etc...? Aun suponiendo doble el activo por lo que D. Manuel percibía de algunas
compañías de ferrocarriles, quedaba la mitad del gasto en el aire. Pero estos
rompecabezas, que en tiempos pasados preocupaban algo a los vagos, amigos de
averiguar vidas ajenas, ya, por ser de todos los momentos, han llegado a parecer
cosa natural y corriente. Familiarizada la sociedad con su lepra, ya ni siquiera
se rasca, porque ya no le escuece.
Introduzcámonos en el hogar Pez; nademos un momento en el agua de esta redoma
de felicidad, donde brillan las escamas de plata y oro de este matrimonio
dichoso, y de esta prole dichosísima. Los tiempos eran prósperos. Tocaba
entonces estar arriba. El árbol fecundísimo del poder protegía con su plácida
sombra a la familia. Bastaba alargar la mano para coger sus sabrosas frutas. El
aroma de sus flores embriagaba. De situación tan bella procedía en todos aquel
deseo febril de goces y el delirio de llamar la atención, de parecer mucho más
de lo que realmente eran. La señora de Pez ya no aspiraba simplemente a que sus
hijas casasen con hombres ricos y decentes. No; sus yernos habían de ser
millonarios, y además, duques, o cuando menos, marqueses; ellas mismas (dañadas
ya sus inocentes almas por la fatuidad) habían hecho suyas las ideas de su
endiosada mamá, y aún iban más lejos, y soñaban con príncipes, ¿por qué no con
reyes?
Eran dos niñas preciosas, de hermosura delicada y frágil, de esa que luce en
la juventud con la belleza enfermiza de una flor de estufa, y luego se disipa en
el primer año de matrimonio; rubias, delgadas, quebradizas, porcelanescas. Sus
ojos claros lucían demasiado grandes en la delgadez linda y afilada de sus
caritas de cera. A fuerza de ser traídas y llevadas por su mamá de salón en
salón, de teatro en teatro, de fiesta en fiesta, parecían fatigadas, pero no
hartas de frívolos pasatiempos y goces. Se las educaba en la inmodestia, de
donde resultaba que estas tales niñas apenas podían esconder, bajo el barniz de
la urbanidad, el desprecio que sentían hacia todo lo que fuera o pareciese
inferior a la esfera en que ellas estaban. No se les caía de la boca la palabra
cursi, aplicándola a este o aquel que no viviese inmergido en el mar de
felicidades de la familia Pez; y al hablar de este modo no comprendían las
tontuelas que ellas caían también debajo del fuero de la cursilería, porque esta
es un modo social propio de todas las clases, y que nace del prurito de
competencia con la clase inmediatamente superior. Aquellas niñas, mil veces
dichosas, no habían visto el mundo sino por su lado frívolo; no conocían la
sociedad ni su mecanismo, ni sus orbes y gravitación admirables. Su instrucción
se circunscribía a un poco de Catecismo, una tintura de Historia, ¡y qué
Historia!, algunos brochazos de Francés y un poco de Aritmética. Pero ¿de que
servían los rudimentos de esta ciencia madre a las preciosas Josefa y Rosita, si
no les cabía en la cabeza que ellas careciesen de cosas que la hija del duque de
Tal poseía en abundancia? En aquellos cerebros, tan limpios de malicia como de
sindéresis, cerebros atiborrados de hojas de rosa, para ahuyentar las ideas,
como si estas fueran cucarachas, no podía entrar la comparación entre los diez
millones de renta del duque de Tal y los cincuenta mil reales del Director de
Hacienda, aun suponiéndole Pez, y Pez grandísimo. Creavit Deus Cete grandia
(los grandes cetáceos).
Dejémoslas en paz. Eran dichosas. ¿A qué conturbar su felicidad, picoteándola
con números? Que gocen de la vida, de los verdes años. Ocupémonos de Adolfito,
el precoz funcionario, que no iba a la oficina sino cuando le daba la gana; que
había encargado un velocípedo a Londres y había extendido él mismo la orden para
que el administrador de la Aduana de Irún lo dejase pasar sin derechos, ¡qué
rasgo de genio! «Tú irás muy lejos, niño», le dijo el jefe de Negociado. Y
realmente aquel rasgo valía una cartera. ¡Genialidad infantil que anunciaba el
embrión de un hombre de Estado español!
Ocupémonos también, amados hermanos míos, de Federico y Antoñito Pez, que
estaban a punto de ser abogados, y que eran el uno filósofo (muchos filósofos de
hoy tienen diez y siete abriles) y el otro economista. ¡Ah! La Economía política
es una ilusión que se pierde siempre a los veinte años. Federico se había
distinguido en esos círculos de sabiduría temprana donde centenares de ángeles
juegan al discurso. Era oradorcito. Allí era de oír lo siguiente: «El señor que
me ha precedido en el uso de la palabra...». Y el tal preopinante no llevaba
chichonera porque hoy es moda que los niños de teta usen sombrero. Las
controversias de los menudos filósofos y economistas tomaban siempre un tono de
acaloramiento y personalismo, que agriaba los nobles caracteres. La Memoria
escrita por Federico sobre no sé qué, pasó desde la tribuna a la prensa,
apareció en una Revista; el niño se creció; inscribiose en un círculo más
nombrado; hízose oír; le aplaudieron. Primero hablaba y luego gritaba.
Ensordecía los pasillos. Llegó a envanecerse con su facilidad de palabra, y a
creerse un Moret, un Gabriel Rodríguez. Hubo de volverse loco porque le dijeron
que aún mamaba. ¡Disparate! El no mamaba sino del presupuesto.
Antoñito, que era el filósofo, empleaba las horas de oficina en hacer
revistas musicales para un periódico de teatros. La Filosofía y la Música tienen
un alma de diez y nueve años, una afinidad que parece parentesco. Son dos
cuerdas distintas del laúd de la tontería. Antoñito, que había hecho en su
cabeza una especie de pasta filosófica, amasando al padre Taparelli con Augusto
Comte, era además un wagnerista furibundo, aunque, la verdad ante todo, en jamás
de los jamases había oído música de Wagner. En sus artículos llamaba a todas las
cantantes divas, y a toda las obras spartitos. Era severísimo con
los artistas cuando no le daban butaca.
Ocupémonos, finalmente, de Luis Pez, el cual no era filósofo, ni economista,
ni músico; era jinete. Había comenzado una carrera militar, pero tuvo que
abandonarla por falta de luces. Su pasión eran los caballos. Se ocupaba del
propio tanto como de los ajenos, y deploraba que no tuviéramos hipódromo (1872).
Como el de sus hermanas, estaba su cerebro tan limpio de Aritmética, que no
acertaba a comprender por qué él tenía un solo caballo, mientras su amigo, el
hijo de los duques de Tal, montaba alternativamente cinco, sin contar los veinte
que ocupaban la cuadra de la calle de San Dámaso. He aquí una contradicción
económica ante la cual Federico Pez, un Bastiat en estado de larva, habría
tenido quizás algo que decir. Iba nuestro galán centauro a la oficina lo menos
que podía. Estaba agregado a la Comisión de empleados que redactaban las nuevas
Ordenanzas de Aduanas. ¿Para qué había de molestarse este digno funcionario en
asistir a su trabajo si él no sabía lo que era comercio; si no sabía lo que era
un puerto; si no había visto otra mar que el mar sin barcos de Biarritz; si
ignoraba lo que es un buque, un cargamento, lo que son derechos, valores, rol,
tasa, escala alcohólica, arancel, y demás cosas que atañen al tráfico y
desarrollo del cambio? Bostezaba en la oficina, cobraba su sueldo, esperaba con
ansia la hora y la calle. Amados hermanos míos, tiempo es ya de que digamos con
el ángel. ¡Ave, María!
-III-
Sorprendamos a D. Manuel José Ramón Pez (o del Pez) cuando, recién
abandonadas las ociosas plumas, entraba en su despacho a enterarse de varios
asuntos, ajenos a su empleo, aunque muchos tenían con él relación misteriosa,
sólo de él conocida. Envuelto en su abrigadora bata, calados los lentes o
quevedos, afeitada y descañonada ya la barbilla violácea, bien peinadas y
perfumadas con colonia las patillas de un gris de estopa, revolvía cartas,
consultaba notas, hojeaba memorándums, ordenaba in mente lo que no
tenía orden, hacía cálculos, esbozaba proyectos, trazaba planes. La frase y el
guarismo se entrecruzaban en su cerebro, demarcando en su frente una arruga
fina, delicada, que parecía hecha con tiralíneas; abismábase en meditaciones;
después, tarareando una cancioncilla, pasaba la vista por los periódicos de la
mañana, daba algunas órdenes a sus escribientes y se ocupaba un poco de teatros
y diversiones.
A cada instante era visitado el despacho por un ángel que entraba retozando.
¡Qué cháchara suplicatoria y qué mendicidad mezclada de regocijo! «Papá, dale el
dinero a Francisco para que vaya por el palco de la Comedia... Papá, no olvides
que hoy se renueva el abono del Real... Papaíto, págame esta cuenta de Bach...
Papá, el sastre... Papá, la modista... Papa, la florista... Papá, la cuenta de
Arias... Papá, nuestros abanicos... Papá, el caballo... Papá, papá, papá...».
Era un pío pío que no cesaba. Por fortuna don Manuel José Ramón era la imagen
viva de la Providencia, según generosamente daba y repartía, sin quejarse, sin
regañar; antes bien, regodeándose de ver tanto gusto y apetito satisfechos.
Adoraba a la familia y se recreaba en ella. También él era feliz, porque si
algún bien positivo hay en el mundo, es el que sienten mano y corazón en el
momento de dar algo.
Y en tanto, en el recibimiento de la casa se agolpaba un gentío fosco,
siniestro, una turba preguntona y exigente, que quería hablar con el señor, ver
al señor, decir dos palabritas al señor. Sonaba a cada instante la campanilla, y
entraba uno más. Eran los desfavorecidos de la fortuna, pretendientes, cesantes
de distintas épocas, de la época de Pez y de la época del antecesor de Pez.
Algunas bocas famélicas pedían pan; otras no pedían más que justicia. Aquellos,
sofocados por la necesidad, pedían para el momento; estos para el mes que viene,
y algunos estaban atrofiados ya y tan sin fuerzas para pretender, que pedían
para cuando hubiese una vacante. Con este gentío calagurritano se mezclaban
los postulantes de otra esfera, personajes y señorones que pasaban al despacho
desde que llegaban. El criado no podía contener a la turba impaciente,
desesperanzada, a veces rabiosa, que tenía en sus maneras el ímpetu del asalto.
Una mujer mal vestida atropelló en cierta ocasión al criado, se metió por el
pasillo adelante, entró sin anunciarse en el despacho, y encarándose con D.
Manuel, dijo con lágrimas y gestos de teatro: «Señor, soy viuda de un Pez».
Don Manuel repartía promesas, limosnas, a veces credenciales de poca monta, y
para todos tenía un consuelo, una palabra o un duro. Era bondadoso y muy bien
educado. Había en su mente, junto a la idea de su derecho al presupuesto, la
idea de ciertos deberes ineludibles para con la humanidad cesante y desposeída.
Por concluir nuestro panegírico con un hecho concreto de la vida del santo,
diremos que una mañana D. Manuel mandó que no entrase nadie. Estaba fatigado.
Quería ir pronto a la oficina, donde tenía cita con el marqués de Fúcar y con el
ministro para tratar de salvar al Tesoro, haciéndole un préstamo.
«¡Ah!, se me olvidaba...-murmuró, echando la vista sobre una carta-.
Francisco, dile al señorito Joaquín que suba».
Joaquín Pez, el mayor de los Pececillos, tenía treinta y cuatro años. Se
había casado por amor con la hija única de la marquesa de Saldeoro. Quedose
viudo a los ocho años de matrimonio, no exento de alborotos, y cuando las cosas
de esta relación ocurren estaba asombrosamente consolado de su soledad. Por dos
calidades, de mucho valer ambas, se distinguía; física la una, moral la otra.
Era su corazón bueno y cariñoso. Era su figura y rostro de lo más apuesto,
hermoso y noble que se pudiera imaginar. Tenía toda la belleza que es compatible
con la dignidad del hombre, y a tales perfecciones se añadían un aire de
franqueza, una agraciada despreocupación, o sí se quiere más claro, una
languidez moral muy simpática a ciertas personas, una cháchara frívola, pero
llena de seducciones, y por último, maneras distinguidísimas, humor festivo,
vestir correcto y con marcado sello personal, y todo lo que corresponde a un
tipo de galán del siglo XIX, que es un siglo muy particular en este ramo de los
galanes.
Y hablemos ahora, amados hermanos míos, del defecto de Joaquín Pez, defecto
enorme, colosal, reprobado por la Filosofía, por la Iglesia, por los Santos
Padres y hasta por la gente de poco más o menos. Este defecto era la debilidad,
deplorable incuria para defenderse del mal, dejadez de ánimo y ausencia completa
de vigor moral. Conocidas las condiciones físicas y sociales del Pez, bien se
comprenderá que este vicio del alma había de tener por expresión sintomática el
desenfreno de las pasiones amorosas.
Disculpémosle. Era tan guapo, tenía tanto partido, que más que el tipo del
seductor leyendario, tal como nos lo han transmitido los dramas, era en varias
ocasiones un incorregible seducido. Las mujeres absorbían su atención, todo su
tiempo y todo su dinero, muy abundante al recibir la herencia de su esposa, pero
muy mermado ocho años después. Cuando le conocemos, Joaquín estaba en el apogeo
de sus triunfos, y en todos los terrenos sociales se presentaba con su carcaj y
flechas; es decir, que no despreciaba ninguna pieza de caza, ya estuviese en
palacios, ya en cabañas o andurriales.
Ya os oigo decir, amados míos, que estas cacerías, lejos de fortificar al
hombre, le desmedran y embrutecen. Tan claro es eso como el agua; pero nuestro
vigoroso Pez no había llegado aún, cuando le conocimos, al grado de
envilecimiento que es el término de las pasiones locas. Su vicio era todavía un
vicio del corazón, intervenido con la fantasía. Aún persistían en él ilusiones
juveniles, con sus delicadezas y entusiasmos, con sus melancolías, sus arrebatos
e impaciencias. El cuerpo principiaba a envejecer antes que el alma, porque esta
retardaba su extenuación con fantasmagorías y esfuerzos de iluminismo, de que
nacían, aunque por modo artificioso, afectos parecidos a la ternura.
Vivía solo este joven, en el piso bajo de la casa, cuyo principal ocupaban
sus padres. Levantábase tarde, almorzaba con su familia, y después de la una
rara vez le volvían a ver sus padres hasta el día siguiente.
«Pero, hombre, ¿has visto?-le dijo el papá Pez, prejuzgando con su tonillo
burlón el asunto de que iba a tratar-. Otra carta del Canónigo en que viene con
las mismas historias... Nos recomienda a esa tal Isidora y a su hermano para que
les aconsejemos y les dirijamos..., ¡qué tonterías!, en su pretensión... Dice
que son nietos de la marquesa de Aransis; que él lo probará ante los Tribunales.
¿Tú crees esto?
-Yo..., yo, verdaderamente...-manifestó Joaquín con aquella indolencia que de
su cuerpo a su pensamiento se extendía-. No lo afirmo ni lo niego.
-Logomaquias, hombre-dijo D. Manuel apartando de sí con desprecio la carta de
su amigo el Canónigo, cacique y faraute de los Peces en buena parte de la
Mancha-. Esto es novela... ¡Nietos de la marquesa de Aransis!... Cierto es que
aquella pobre Virginia... ¿Conoces tú a esa Isidora?
-Sí.
-¿Y ella sostiene...?
-Como el Evangelio.
-Logomaquias. Estas historias de muchachos mendigos que a lo mejor salen con
la patochada de tener por papás a duques o príncipes, no pueden pasar en el día,
mejor dicho, yo creo que no han pasado nunca. Admitámoslo en las novelas; ¡pero
en la realidad...! En fin, sea lo que quiera, es preciso atender al Canónigo,
que nos sirve bien. Entérate. Dice que pongamos a disposición de la muchacha
algunas cantidades. En lo que no le haré el gusto, por ahora, es en lo de hablar
de ello a la marquesa de Aransis. Es cosa muy delicada. Cumpliremos diciéndoselo
a su apoderado, el marqués de Onésimo... Logomaquias, hombre...
-Yo me encargaré de esto-replicó decididamente Joaquín-. Ya he visto a esa
hija de reyes. Es una muchacha simpática, discreta y buena, que merece, sí,
merece, sin duda algo más de lo que posee».
Cuando Isidora llegó a Madrid, recibió don Manuel una carta del Canónigo
recomendando a su sobrina, e indicando de un modo vago el asunto que tanto había
hecho reír al señor Director. Por encargo de este, Joaquín la visitó; encontrola
guapa el primer día, el segundo muy guapa, y el tercero deliciosísima, con lo
que la diputó por suya. Trazó las primeras paralelas; halló resistencia; trazó
las segundas y halló más resistencia, una tenacidad que anunciaba el heroísmo.
De aquí vino aquella retirada hábil que desconcertó, como antes se dijo, a la
joven, no vencida por el ataque, sino por el aburrimiento de no verse atacada.
¡Cuán cierto es que el ocio enerva y rinde al más aguerrido ejército antes que
el fuego y las balas!
Las dotes militares de Joaquín, más que de general de tropas regladas, eran
de guerrillero hábil en golpes de mano. Viene esto de la índole de los tiempos,
que repugnan la epopeya. No pueden substraerse los amores a esta ley general del
siglo prosaico... El atrevido capitán de partidas, desde que habló con su padre,
ideó, pues, la emboscada más hábil que concertaron guerrilleros en el mundo. No
pondría sitio. Enviaría un parlamentario al enemigo para hacerle salir de la
plaza. Si el enemigo caía en el lazo, si pasaba el río de la Prudencia y se
ponía bajo los fuegos del desfiladero de la Audacia...
En el capítulo siguiente veréis, ¡oh amados feligreses!, lo que pasó.
Capítulo XIII
¡Cursilona!
Serían las cuatro cuando Isidora, acompañada de su padrino, llegó al portal
de la casa de Joaquín Pez. Su ansiedad era grande, porque había recibido una
elegante esquela en que el viudito de Saldeoro, después de declararse
imposibilitado de salir a la calle, invitaba a la señorita de Rufete a venir a
su casa, donde sería enterada de una comunicación del Canónigo en que se le
enviaba dinero, y de un asunto extraordinariamente importante y venturoso. Los
comentarios que hizo Isidora desde la calle de Hernán Cortés a la de Jorge Juan
no cabrían en este volumen, aunque fuese doble. ¡De qué manera y con qué
fecundidad de imaginación dio vida en su mente a la entrevista próxima a
verificarse! Al llegar al portal, y al decir a D. José: «dese usted una
vueltecita por el barrio y vuelva aquí dentro de media hora», ya había ella
desarrollado en sí misma cien visiones distintas de lo que había de pasar.
Cuando ella entraba, salían las dos niñas de Pez con su mamá para subir al coche
que las esperaba en la calle. ¡Qué elegantes! Isidora las miró bien; pero iba
ella, a su parecer, tan mal, con tan innoble traza, que de buena gana se hubiera
escondido para no ser vista de las otras. Porque la de Rufete, pobre y mal
ataviada, se consideraba fuera de su centro. Su apetito de engrandecerse no era
un deseo tan sólo, sino una reclamación. Su pobreza no le parecía desgracia,
sino injusticia, y el lujo de los demás mirábalo como cosa que le había sido
sustraída, y que tarde o temprano debía volver a sus manos.
Las niñas de Pez apenas se fijaron en la muchacha que entraba. Pero esta las
examinó bien, y en menos de lo que se dice hizo de ellas crítica acerba, las
desnudó, les quitó los sombreros, censuró aquellos talles de araña, y concluyó
por considerar en su mente lo que resultaría si la más guapa de las chicas de
Pez se vistiera con los arreos de Isidora, y esta se pusiera los de la chica de
Pez.
Entró en casa de Joaquín, y el criado la encerró en un gabinete mientras
pasaba recado al señorito. ¡Qué hermosos y finos muebles, qué cómodos divanes,
qué lucientes espejos, qué blanda alfombra, qué graciosas figuras de bronce, qué
solemnidad la de aquel reloj, sostenido en brazos de una ninfa de semblante
severo, y sobre todo, qué magníficas estampas de mujeres bellas! La escasa
erudición de Isidora no le permitía saber si aquellas señoras eran de la
Mitología o de dónde eran; pero la circunstancia de hallarse algunas de ellas
bastante ligeras de vestido le indujo a creer que eran Diosas o cosa tal. ¡Y qué
bonito el armario de tallado roble, todo lleno de libros iguales, doraditos, que
mostraban en la pureza de sus pieles rojas y negras no haber sido jamás leídos!
«Pero ¿qué harán en los rincones aquellos dos señores flacos? ¡Ah! Esa pareja se
ve mucho por ahí. Son Mefistófeles y D. Quijote, según ha dicho Miquis. Yo no
haré nunca la tontería de tener en mi casa nada que se vea mucho por ahí. Vamos,
que aún puedo yo dar lecciones a esta gente». Mirando y remirando los ojos de
Isidora toparon con el Cristo de Velázquez, y estaba ella muy pensativa tratando
de averiguar qué haría nuestro Redentor entre tanta diosa, cuando entró Joaquín.
«¡Albricias!-le dijo de buenas a primeras, tomándole las dos manos y
apretándoselas mucho-. Papá ha tenido una carta del Canónigo... Papá se propone
hablar a la marquesa de Aransis. Todo se arreglará... Esto va bien. ¿No lo dije
yo?».
Isidora quedó tan turbada por esta irrupción brusca de buenas noticias, que
no acertó a decir nada. Miraba embebecida a Joaquín. Pasada la primera impresión
de las noticias, lo que dominó en el espíritu de la joven fue la vergüenza de
que Joaquín, tan admirador de ella, la viese mal vestida. Había estado dos horas
arreglándose para disimular su mala facha. Venía compuesta con galana sencillez,
respirando aseo y coquetería; pero todo el aseo del mundo, toda la gracia y
sencillez no podían disimular la fea catadura del descolorido traje, ni menos,
¡y esto era lo más atroz!, la desgraciadísima vejez y mucho uso de las botas,
que no sólo estaban usadas y viejas, sino ¡rotas! Lo que Isidora padecía con
esto no es decible. Cuidadosamente escondía bajo las faldas sus pies, tan
pequeños como mal calzados, para que Joaquín no se los viera.
Pero ya él se los había visto, sin perder por eso el amor, o llámese como se
quiera, que sentía; antes bien, exaltándose más. Por efecto de esas aberraciones
del gusto que marcan el tránsito de la pasión al vicio, Joaquín la amaba más con
aquel atavío grosero; y si estuviera completamente derrotada, como mendiga de
las calles, viera en ella sublimado el ideal del momento.
«¿Y cuándo hablará su papá de usted a la marquesa?-preguntó Isidora ya más
dueña de sí-. La marquesa está en Córdoba...
-¿En Córdoba?... Ya-murmurró Joaquín, a quien no le importaba gran cosa que
la marquesa estuviera donde mejor le acomodase-. Eso no importa. La marquesa
vendrá... ¡Ah!, ya me olvidaba de decir a usted lo mejor. Tenemos orden del
señor Canónigo para entregar a usted las cantidades que necesite. Usted dirá.
-¡Las cantidades que necesite!»-repitió Isidora embelesada, viendo en su
imaginación una cascada de dinero.
¡Tener dinero! ¡Qué alborozo! Parecía que en su alma, como en alegre selva
iluminada de repente, empezaran a trinar y a saltar mil encantadores pajarillos.
¡De tal modo se le anunciaban las necesidades satisfechas, los goces cumplidos,
las deudas pagadas y otras satisfacciones más, traídas por la soberana virtud
del oro!
Conocedor Joaquín de la manera de tocar ciertos registros del alma humana y
de los efectos de la sorpresa teatral en los sentidos del hombre, y más aún de
la mujer, llegose a la chimenea, tomó de ella una cajita, abriola y mostró a los
ojos admirados de Isidora porción cumplida de dinero, monedas de oro y plata, y
dos o tres manojillos de billetes de Banco.
«No sé lo que habrá aquí-dijo Pez revolviendo el tesoro con sus dedos, y
afectando hacerlo con indiferencia para dar a entender su familiaridad con los
millones-. Mil, dos, cuatro, ocho... Usted dirá».
El efecto fue inmenso. Atónita y embobada estaba la de Rufete, paseando su
alma con las miradas por el interior de la hermosa cajita, y si bien la cantidad
no era fabulosa ni mucho menos, por ser todos los billetes pequeños, la pobre
joven, que tanto se dejaba llevar de la hipérbole, creía ver pasar por entre los
dedos de Joaquinito Pez toda la corriente del dorado Pactolo.
«Usted dirá-repitió él, hojeando los cuadernillos de billetes como si fueran
libritos de papel de fumar-. Mi parecer es que usted, por quien es y por la
posición que ocupará, no debe seguir viviendo en aquella casa. Usted debe tomar
una casa para sí y su hermano, ponerse en otro pie de vida, no escatimar ciertas
comodidades, en fin... ¿Quiere usted que yo me encargue de buscarle casa, de
proporcionarle muebles, modista...?».
Joaquín la miró. ¡Qué guapa era! Isidora le oía como si oyera una descripción
del Paraíso a quien realmente ha estado en él. Luego, cuando Joaquín la miró tan
de cerca que ella podía contarle los pelos de la barba rubia y los radios
dorados de las pupilas obscuras, creyó ver al mismo ángel de la puerta del
Paraíso mostrando las llaves de él... Por un instante Isidora no hizo más que
saltar la mirada de la cajita al rostro, y del rostro a la cajita. La profunda
admiración que por el joven sentía se acrecentaba hasta parecer cariño
entrañable. ¡Era tan seductor su modo de mirar!... ¡Tenía un no sé qué tan
distinto de todos los demás hombres!... Así lo pensó Isidora, sintiendo herida y
traspasada toda aquella parte de su corazón que dejaba libre el orgullo.
«Usted dirá»-volvió a indicar Joaquín, dejando a un lado la cajita y tomando
las manos de Isidora.
Esta se puso a temblar, tuvo miedo, porque Joaquín se le hizo más guapo, más
seductor, más caballero, revistiéndose de todas las perfecciones imaginables.
«¿Me porto mal-dijo él con voz blanda-; me porto mal en pago de la ofensa que
usted me hizo despidiéndome y diciéndome que no podía quererme?».
Isidora fluctuaba entre el reír y el temer. Se reía y estaba pálida. Después
sintió frío.
«Yo bien sé lo que pasará cuando usted llegue al fin de su camino-prosiguió
él-. En vez de quererme entonces como ha prometido, me despreciará... ¡Será
usted entonces tan superior a mí!...».
La perfidia en estas palabras era tanta, que no cabía debajo de todos los
pliegues del disimulo.
Isidora, además de reír, además de temer, además de tener frío, se sentía
como mecida en un vagoroso y aéreo columpio. La cara hermosísima del joven Pez
pasaba ante sus ojos con oscilación de resplandores celestes que van y vienen.
¿Cómo no, si de pronto empezó a oír retahíla de palabras ardientes, que jamás
oyera ella sino en sueños? Joaquín la tuteaba, Joaquín se extralimitaba de
palabra. Rápidamente conoció Isidora la proximidad de su mal, y tuvo una de esas
inspiraciones de dignidad y honor que son propias en las naturalezas no
gastadas. Su debilidad tuvo por defensor y escudo al sentimiento que, por otra
parte, era causa de todos sus males: el orgullo. Se salvó por su defecto, así
como otros se salvan por su mérito. No es fácil definir lo que rápidamente
pensó, las cosas que trajo a la memoria, las sacudidas que dio a su dignidad de
Aransis para que se despertase y saliese a defenderla. Ello es que saltó del
asiento con tal rapidez, que no pudo Joaquín detenerla, y con velocidad de
pájaro se puso en la puerta. El violento palpitar de su seno, cortándole la
respiración, apenas le permitió decir:
«No quiero nada, no quiero nada».
Evidentemente, referíase al contenido de la cajilla. Joaquín corrió tras
ella, diciendo: «Formalidad, formalidad». Pero la de Rufete, valiente y
decidida, trató de abrir la puerta. Estaba cerrada. Era de ver su ligereza de
gorrión, su prontitud para correr de un punto a otro, perseguida, mas no
alcanzada. Corrió a la ventana, que por ser de piso bajo estaba a dos varas de
la calle, abriola, y apoyándose en el alféizar, vuelta hacia dentro, dijo así
con animosa voz:
«Si usted no me abre la puerta y me deja salir, grito desde aquí y pido
socorro».
Quedose parado el Pez; reflexionó un instante. De repente su amor se deshizo
en despecho y su despecho en risa.
«¿Escenita?... ¿Gritar en la calle? ¡Qué ridiculez! Usted se empeña en que
hagamos el oso».
La ira retozaba en sus labios. Miró a Isidora con tanto enojo, que esta se
turbó y creyó haber sido desconsiderada y excesivamente altanera. Después el
joven abrió la puerta. Indicó a Isidora la salida, dejando escapar de sus
labios, trémulos de ira, esta palabreja:
«¡Cursilona!...»
Tres minutos después, Isidora se unía a don José en la esquina de la calle, y
marchaba hacia su casa con el alma llena de turbación, alegre de la victoria y
triste de la pobreza, satisfecha y desconcertada, diciendo para sí:
«Me ofende por que soy huérfana, y me insulta porque soy pobre; y a pesar de
todo...».
Capítulo XIV
Navidad
-I-
Al día siguiente recibió Isidora una carta de Joaquín incluyéndole algunos
billetes de Banco, y pidiéndole perdones mil por el caso del día anterior.
Decíale que si alguna palabra áspera y malsonante salió de sus labios al
despedirla, la tuviese por dicha en son de broma o por no dicha. Finalmente, le
pedía permiso para verla de nuevo en casa de Relimpio. Agradeció ella con toda
su alma el desagravio, y sus aflicciones de aquel día se le disiparon con la
grata vista del pan bendito, o llámese papel-moneda. Dio al olvido sus agravios;
pero si perdonó fácilmente a Joaquín la injuria intentada contra su honor, tuvo
que hacer un esfuerzo de bondad para perdonarle el que le hubiera llamado
cursilona. Tal es la condición humana, que a veces el rasguño hecho al amor
propio duele más que la puñalada asestada contra la honra. El marqués viudo la
visitó dos días después, y su comedimiento, después de las audacias referidas,
la cautivaba más, o si se quiere de otro modo más claro, su comedimiento tenía
la virtud de hacer disculpable y aun amable la osadía pasada; que así se
contradicen los corazones en su lógica de misterios. Poco a poco, con las
visitas y el largo charlar de ellas, Isidora iba queriendo al viudo, y el viudo
aficionándose tanto a ella, que llegó un punto en que hubo de sorprenderse y
asustarse de la formalidad de su cariño. En tanto el asunto marchaba
satisfactoriamente. Don Manuel Pez y el marqués de Onésimo habían escrito a la
marquesa de Aransis, y aunque esta no contestaba, era de presumir que
contestaría pronto y a gusto de todos. También llevaba buen camino lo de la
causa criminal de Mariano. Joaquín bebía los vientos para que le soltase el
juez, aunque fuera bajo fianza, por razón de la irresponsabilidad que le daban
sus pocos años. Isidora visitaba a su hermano dos veces por semana, llevándole
ropa y golosinas. Algunas veces se encontraba en la cárcel a la Sanguijuelera,
que iba con fin semejante; y ambas se trataban de palabras, distinguiéndose la
vieja por la procacidad de su lenguaje y erizado de puños y el ningún
respeto que a su sobrina tenía.
Llegó Navidad, llegaron esos días de niebla y regocijo en que Madrid parece
un manicomio suelto. Los hombres son atacados de una fiebre que se manifiesta en
tres modos distintos: el delirio de la gula, la calentura de la lotería y el
tétanos de las propinas. Todo lo que es espiritual, moral y delicado, todo lo
que es del alma, huye o se eclipsa. La conmemoración más grande del mundo
cristiano se celebra con el desencadenamiento de todos los apetitos. Hasta el
arte se encanalla. Los teatros dan mamarracho, o la caricatura del Gran Misterio
en nacimiento sacrílegos. Los cómicos hacen su agosto; la gente de mal vivir,
hembras inclusive, alardea de su desvergüenza; los borrachos se multiplican.
Tabernas, lupanares y garitos revientan de gente, y con las palabras obscenas y
chabacanas que se pronuncian estos días habría bastante ponzoña para inficionar
una generación entera. No hay más que un pensamiento: la orgía. No se puede
andar por las calles, porque se triplica en ellas el tránsito de la gente
afanada, que va y viene aprisa. Los hombres, cargados de regalos, nos
atropellan, y a lo mejor se siente uno abofeteado por una cabeza de capón o pavo
que a nuestro lado pasa.
Las confiterías y tiendas de comidas ofrecen en sus vitrinas una abundancia
eructante y pesada que, por la vista, ataruga el estómago. No bastan las
tiendas, y en esquinas y rincones se alzan montañas de mazapán, canteras de
turrón, donde el hacha del alicantino corta y recorta sin agotarlas nunca. Las
pescaderías inundan de cuanto Dios crió en mares del Norte y del Sur. Sobre un
fondo de esteras coloca Valencia sus naranjas, cidras y granadas rojas, llenas
de apretados rubíes. En los barrios pobres las instalaciones son igualmente
abundantes; pero la baratura declara la inferioridad del género. Hay una caliza
dulzona que se vende por turrón, y unas aceitunas negras que nadan en tinta. De
la Plaza Mayor hacia el Sur escasea el mazapán cuanto abunda el cascajo. La
escala gradual de la gastronomía abraza desde los refinamientos de Pecastaing,
Prast y la Mahonesa, hasta la cuartilla de bellota y la pasta de higos pasados
que se vende en una tabla portátil hacia las Yeserías. El enorme pez de Pascuas
comprende todas las partes y substancias de cosa pescada, desde el ruso
caviar hasta el escabeche y el arenque de barril, que brilla como el oro y
quema como el fuego.
Una familia podrá morirse toda entera; pero dejar de celebrar la Noche Buena
con cualquier comistrajo, no. Para comprar un pavo, las familias más
refractarias al ahorro consagran desde noviembre algunos cuartos a la hucha.
¿Cómo podían faltar los de Relimpio a esta tradicional costumbre? También ellos,
pobres y siempre alcanzados, tenían su pavo como el que más, gracias a los
estirones que D.ª Laura daba al dinero, y tenían, asimismo, sus tres besugos de
dos libras y media, que se presentarían engalanados de olorosos ajos y limón.
Don José era el hombre más venturoso de Madrid desde el día 22. Ocupábase en
recorrer los puestos de la Plaza del Carmen para traer a su mujer noticias
auténticas del precio de la merluza, el besugo, los pajeles. Tratábase de esto
en Consejo, y D. José decía con gravedad: «Todo está por las nubes. Veremos
mañana». El 23, D. José y D.ª Laura tomaban un berrinche porque no les había
caído la lotería, fenómeno extraño que todos los años se reproducía
infaliblemente. Opinaba D.ª Laura que todos los premios se los embolsaba el
Gobierno, y que la lotería era un puro engaño; pero más juicioso D. José,
aseguraba que el número jugado era muy bonito y que no habían faltado más que
dos unidades (¡que te quemas!) para que tocara premio. Concluían ambos por
exclamar con cristiana paciencia: «Otro año será».
Pero llegaba la mañana del 24, y entonces D. José era la imagen de la
felicidad, siempre que nos representemos a esta embozada en su capa y con su
gran cesto enganchado en el brazo derecho. Don José llevaba el cesto y D.ª Laura
el dinero, y aquí era el recorrer tiendas, el mirar todo, el preguntar precios,
no arriesgándose a la empresa de sus compras hasta no estar seguros de que
compraban lo mejor. Ya Relimpio estaba enterado de los puntos donde era legítimo
el turrón de Alicante y Jijona, donde era más barato el mazapán, más dulces las
granadas y más gordas las aceitunas. De todo compraban aunque fuera en cortísima
cantidad.
Los comentarios de él sobre la calidad de las cosas compradas no tenían
término. Y luego, cuando entraban en la casa, ella con la bolsa vacía, él
doblado bajo el grato peso de la cesta, ¿quién no se conmovería viéndole sacar
todo con amor para enseñarlo a las chicas, y poner cada cacho de turrón
ordenadamente sobre la mesa, diciendo a qué clase pertenecía cada uno, y
regañando si algún ignorante confundía el de yema con el de nieve? Lo que no
podía sufrir D.ª Laura era que él probase de todo para darlo por bueno, y con
este motivo había ruidosas peloteras; pero él aseguraba que todo estaba
riquísimo, que todo era gloria, y con esto y con recoger D.ª Laura las compras
para guardarlas con siete llaves, concluían las cuestiones. Después, D. José se
metía también en la cocina para ayudar y dar más de un consejo; que algo se le
entendía de arte de estofados y otros culinarios estilos. Las niñas dejaban la
costura aquel día; no se pensaba más que en la cena, y entre componerse para ir
al Teatro Martín con Miquis, y ayudar un poco a su madre, se les pasaba la
tarde.
Don José, a quien las horas se le hacían siglos, no pensaba en apuntar en el
Diario ni en el Mayor los gastos extraordinarios de aquel día. Por la tarde
ocupábase de instalar la mesa en la sala, por ser el comedor muy pequeño para
tan gran festín. Después se miraba diez y nueve veces al espejo, se acicalaba, y
en el colmo ya del regocijo, les quitaba a los chicos del tercero el tambor con
que atronaban la casa toda, y tocaba por los pasillos con furor y denuedo,
seguido de la turba infantil y por ésta con alegres chillidos aclamado.
A la bendita y honesta cena de esta excelente familia no asistía nunca, desde
muchos años, el señorito Melchor, que cenaba con sus amigos. Lejos de censurar
esto, D.ª Laura hallaba natural que su hijo, escogido entre los escogidos, no se
sentase a la vulgar mesa de sus padres. Mejor papel haría en otra parte. Ya
Melchor se rozaba con literatos, diputados, artistas y empleados de cierta
categoría. Probablemente, aquel año iría a cenar en casa de un marqués.
En cambio les acompañaba el ortopédico, hermano de D.ª Laura, y el hijo de
este, llamado Juan José. ¡Ah! El ortopédico era saladisímo para una cena. Hombre
de gran formalidad, se trocaba en el más gracioso del mundo en cuanto bebía dos
vasos de vino; decía los disparates más chuscos que se podrían imaginar. Él y
Relimpio, que también perdía la chaveta en cuanto empinaba un poco, por estar
privado de mosto durante el año entero, eran los héroes de la fiesta; brindaban
con gritos, se abrazaban riendo como locos, y por fin rompían a llorar. En suma,
que era preciso llevarlos a cuestas a la cama, con gran algazara y risa de todos
los comensales. Los únicos convidados de fuera de casa eran Miquis y un poeta
presentado por este en la casa, llamado Sánchez Berande, el cual hacía monos y
versos no se sabe bien si a Emilia o a Leonor.
Ea..., ya tenemos la mesa arreglada en la sala, por ser el comedor pequeño
para tanto gentío. Don José, que se pintaba sólo para arreglar un banquete,
contemplaba su obra con legítimo orgullo, y se recreaba en el brillo de la loza
y la cristalería, en la muchedumbre de luces, en el adorno y opulencia de la
mesa. Después esparcía miradas de felicitación por toda la capacidad de la sala,
por la sillería de reps que había sido desnudada de sus fundas de percal, y por
las cajitas de dulces, las bandejas de latón y demás chucherías... Todo estaba
bien, perfectamente bien. Hasta el retrato del dueño de la casa, al óleo,
detestable, colgado en la pared principal, rebosaba satisfacción en su
acaramelado semblante. «Estoy hablando», decía Relimpio siempre que lo miraba.
Frente al retrato había una laminota, en la cual D.ª Laura se inspiraba siempre
para increpar a su marido. Era Sardanápalo quemándose con sus queridas...
Completaban el decorado de la pieza tres o cuatro fotografías de niños muertos.
Eran los hijos que se le habían malogrado a D.ª Laura en edad temprana. Vistos a
la luz de las bujías del próximo festín, los pobrecitos tenían cara de muy
desconsolados por haberse ido del mundo tan pronto sin alcanzar la hartazga de
aquella noche.
-II-
Isidora no cabía en sí de júbilo. Aquel día, el 24, soltarían a Mariano. Ella
misma iba a sacarle de la horrenda cárcel. ¡Oh! ¡Si no se hallara muy mal de
dinero, aquel día habría sido uno de los más felices de su vida! ¿En qué había
gastado lo que le diera dos meses antes el marqués de Saldeoro por cuenta del
Canónigo? Verdaderamente ella no lo sabía. Había pagado a doña Laura, se había
comprado ropa... ¿Pero lo demás dónde estaba? Isidora reflexionó.
En perfumería había adquirido lo bastante para tres años. ¿Y de qué le
servían aquellos candeleros de bronce, y el jarro de porcelana, y el cabás
de cuero de Rusia? Cosas eran estas que compró por la sola razón de comprarlas.
¡Eran tan bonitas!... Pues ¿y aquel vaso de imitación de Sajonia, de qué le
servía?... ¿Y las botellas para poner cebollas de jacinto?
Más necesario era sin duda el librito de memorias, el plano de Madrid, las
cinco novelas y la jaula, aunque todavía le faltaba el pájaro. Estaba muy
desconsolada por no tener un buen baño; ¿pero cómo podía satisfacer este gusto
en casa tan pequeña? Luego, la maldita D.ª Laura se ponía frenética por la mucha
agua que Isidora gastaba. Si esta no podía disfrutar de una hermosa pila de
mármol, en cambio se había provisto de tarjetas, de papel timbrado, de una
canastilla de paja finísima, de una plegadera de marfil para abrir las hojas de
las novelas, de un antucás, de pendientes de tornillo con brillantes
falsos, de un juego de la cuestión romana y de algo más, tan lindo como
caprichoso. Mucha, muchísima falta le hacía un buen mundo para poner la ropa;
pero ya lo compraría más adelante. Tampoco estaba bien de ropa blanca; pero
tiempo habría de hacerse un hermoso equipo.
Gozosa, daba la última mano a su atavío para salir en busca del hermano. La
orden del juez para soltarlo debía de estar ya en las oficinas de la cárcel.
Salió radiante y satisfecha; mas no quiso tomar el breve camino de la calle de
Hortaleza, porque le daba vergüenza de pasar por cierta tienda donde debía
algunas cantidades, poca cosa en verdad.
Ya anochecía cuando Isidora regresó acompañada de su hermano, el cual,
vergonzoso y cohibido, bajaba los ojos delante de la gente. Recibiole D. José
Relimpio con ciertos asomos de severidad, dándole una palmada en el hombro y
diciendole: «Hombre, veremos cómo te portas ahora». Pero D.ª Laura, implacable y
fiera, dijo que Mariano no se sentaría a su mesa, aunque bajase Cristo a
mandarlo. Oyó esto Isidora con rabia; mas conteniéndose, devoró tal afrenta y se
amordazó la boca para que no saliesen las palabras que del corazón le brotaban.
Encerrose con el chico en su cuarto, le lavó y vistió, para lo que tenía
apercibida gran cantidad de agua y ropa nueva. El muchacho observó en los ojos
de Isidora una lágrima, más bien que del sentimiento, nacida del despecho, y le
dijo:
«¿Por qué lloras? ¿Por lo que ha dicho esa tía bruja?
-¡Gente ordinaria!...-murmuró Isidora.
-¿Por qué no le contestaste?-dijo Mariano con extraña rudeza.
-No me rebajo yo a tanto.
-¡Puño!».
Mariano dio un puñetazo sobre su propia rodilla. Luego Isidora le echó un
sermón sobre su detestable maña de decir a cada paso palabras malsonantes, y
aunque el muchacho alegó, para defenderse, que también las decían los
caballeros, ella se mantuvo inflexible, decidida a castigar las malas palabras
como si fueran malas acciones.
«Ahora, señorito-le dijo con severidad-, ha de andar usted derecho. Pase que
en otro tiempo, cuando nuestra desgracia nos tenía poco menos que en la miseria,
ocurrieran ciertas cosas..., ciertas barbaridades, Mariano, de que no quiero
acordarme... Echémosles una losa encima. Pero ahora ya han cambiado las cosas.
Eres un bárbaro, y vas a empezar a desbastarte. Tú no seas tonto; principia por
convencerte de que eres persona decente, y así tendrás dignidad. De nuestra tía
Encarnación, hazte cuenta de que no existe, porque no la volverás a ver. Eres ya
otra persona».
Oyó atentamente el muchacho estas advertencias, y se prometió a sí mismo
hacer todo lo posible para entrar con pie derecho en aquella senda de caballería
y decencia que su querida hermana le marcara. Tras esto Isidora cayó en la
cuenta de que Mariano y ella habían de cenar aparte aquella noche, pues si el
chico no podía sentarse a la mesa de los Relimpios, tampoco ella se sentaría por
nada del mundo. Al punto determinó salir en busca de alguna cosa para aderezar
la cena. ¡Muy bien, excelente idea! ¡Mariano y ella cenarían tan ricamente en su
cuarto, solos, y sin rozarse con aquella gente ordinaria!
Pero sobrevino la más grande contrariedad que en vísperas de un banquete
puede ocurrir. Isidora no tenía dinero. Entre las múltiples propiedades de este
metal, ella había notado principalmente una, la de acabarse en los momentos en
que más falta hacía. El portamonedas no contenía más que un par de pesetas y
algunos cuartos. Buscó y rebuscó Isidora en todos los bolsillos, gavetas y
huecos, porque recordaba que en otra ocasión parecida había encontrado de
repente una moneda de oro olvidada en el fondo de un cajón de la cómoda; mas
ninguna moneda de plata ni de oro apareció aquella vez, con lo que se dio por
vencida, y resolvió que la cena fuese una modesta colación, más propia de día de
ayuno que de noche de Navidad. Aunque a D.ª Laura nada debía, antes muriera que
pedirle dinero, después del atroz desaire recibido de ella. No se atrevía
tampoco a acudir a Joaquín Pez.
Salió. Mariano se quedó solo. Por no ser excesivo el número de sillas que en
el cuarto había, estaba sentado en un baúl bajo. A su lado, en un rincón, vio
paquetes de papeles viejos liados fuertemente con bramante. Eran los cartapacios
y protocolos que Tomás Rufete había emborronado durante su enfermedad, y que
fueron guardados en casa de Relimpio, hasta que sus hijos los recogieran, por si
algo había de interés entre tal balumba de desatinos. Isidora los había llevado
del desván a su cuarto, y allí los puso con ánimo de someterlos a un examen
cualquier día. Mariano leyó, no sin trabajo, los rótulos que decían: «Desolación...
Hacienda pública... Desfalcos... Muerte... Latrocinio...», y otras cosas
extravagantes. Como ninguna distracción sacaba de ver letreros, empezó luego a
revolver todo lo que su hermana tenía sobre la cómoda, y después lo que en el
primer cajón había. Todo lo revisaba, lo examinaba por dentro y por fuera; hojeó
las novelas, levantó de las botellas las cebollas de jacintos para ver las
raíces, abrió el estuche de los tornillos de diamantes americanos, revolvió la
caja y los sobres de papel timbrado; y como en el momento de estar sobando el
papel echase de ver el tintero y la pluma, tomó esta y trazó sobre un
plieguecillo, con no pocos esfuerzos, alargando el hocico y haciendo violentas
contorsiones con el codo y la muñeca, estas palabras: Mariano Rufete, alias
Pecado. Contempló satisfecho su obra, y luego, con gran ligereza, echó una
rúbrica que parecía el dibujo de un puñal. Se echó a reír como un bruto, dejando
el papel sobre la mesa. Luego dirigió su atención al tocador de la hermana; fue
viendo uno por uno los botes que en él había, metiendo en todos las narices y
diciendo «¡qué bueno!» o «¡qué rico!». Se puso pomada, se perfumó con esencias y
se lavó las manos, sonriendo de gusto al ver cómo se deslizaban dedos sobre
dedos al suave resbalar del jabón.
«¡Eh!, ya me has revuelto todo-dijo Isidora al entrar de la calle-. ¡Jesús,
qué desorden! Mira, te voy a pegar».
Mariano reía.
«¿Y qué has escrito aquí? Mariano Rufete, alias Pecado... ¿Qué es eso
de Pecado? ¡Como yo vuelva a oírte dándote a ti mismo esos apodos...!
-Como los toreros-observó estúpidamente Mariano sin cesar de reír.
-A ver... ¿Es que no quieres ser persona decente?... ¿Pero qué haces, gandul?
¿Te enjugas las manos en mi vestido? Quita allá, asqueroso. ¿No ves la toalla?
Lo que digo; no quieres entrar por el camino de las personas decentes. Eres un
salvaje... Ya se ve; no has tratado sino con cafres».
Y diciendo esto, de un pañuelo que cogido por las cuatro puntas traía, sacó
sucesivamente varios pedazos de turrón y algunos puñados de cascajo, castañas,
nueces, avellanas y bellotas. Al poner sobre la cómoda la última porción de tan
variados bastimentos, lanzó de su pecho un suspiro enorme.
«¿Todo eso has traído?-preguntó Mariano-. ¿Y el pavo? Yo quiero pavo.
-Cenarás lo que te den-replicó ella pasando de la pena al enfado-. Es una
mala educación pedir lo que no hay.
-El año pasado-dijo Mariano con rudeza y desdén-mi tía la Sanguijuelera
tenía besugo, y pimientos encarnados, y turrón de frutas, y lombarda, y una
granada de este tamaño. Yo me la comí toda. ¡Estaba más rica...!».
Ceñuda y pensativa, Isidora puso la mesa. Mariano se sentó en una silla alta
y ella en otra baja.
«Mañana será otro día-dijo ella-. Eso de atracarse la Noche Buena es propio
de gente ordinaria. Ya te enseñaré yo a ser caballero... Vaya que está rico este
turrón. Pruébalo...».
No se hacia de rogar Pecado, antes engullía sin cumplimiento. En la
sala de la casa había empezado ya el alboroto; mas no la cena, porque esperaban
a Miquis. La entrada de este se conoció desde el retiro de los Rufetes por un
repentino aumento del bullicio. Un instante después Isidora vio que se abría
suavemente la puerta de su cuarto y que entraba la irónica fisonomía del
estudiante.
«Vengo a tener el gusto de saludar a la señora archiduquesa-dijo este,
sombrero en mano, con ceremoniosa cortesía-. Bien se ve que estamos ya en plena
aristocracia. Esta noche se queda usted en casa; quiero decir, que recibe
usted a sus amigos...
-Toma-le dijo Isidora ofreciéndole una bellota-. Es lo mejor que te puedo
ofrecer.
-Gracias, marquesa-repuso Miquis sentándose-. Es delicioso el obsequio. Vamos
a cuentas y hablemos con seriedad. ¿Por qué no cenas con nosotros?
-Nosotros-manifestó Isidora ahogada por la pena y el despecho-no somos
dignos... Vete, vete pronto. Te esperan. Ya han sacado la sopa de almendras.
-¡Ay, chiquilla! ¡Cuánto más me gustan tus bellotas!... Pero no llores. De
buena gana te acompañaría... Pero es tan tiránica la sociedad...
-Vete, vete... Mi hermano y yo cenamos solos. Ya ves... Estamos tan
contentos... Mejor es así. Cada uno en su casa».
Augusto la contempló en silencio, asombrado de su hermosura, que cada día iba
en dichoso aumento, enriqueciéndose con un encanto nuevo.
«Aquí viene bien aquello de a tus pies, marquesa»-dijo, levantándose.
Y luego, volviendo la vista para observar con una mirada en redondo todo el
cuarto, añadió:
«Estás perfectamente instalada, marquesa. Magnífico gabinete. Aquí los
arcones de roble; ahí el gran armario de tres lunas. Cuadros de Fortuny, tapices
de los Gobelinos, porcelanas de Sèvres, y de Bernardo Palissy... Muy bien.
Bronces, acuarelas...».
Mariano le miraba con cierto espanto. Isidora entreveraba de sonrisas su pena
profundísima. Pero se sintió herida en lo más vivo de su alma cuando Miquis,
después de transformar el humilde cuarto en aristocrático gabinete, dijo con el
mismo tono de encomio:
«Bien se conoce en esta rica instalación el buen gusto del marqués viudo de
Saldeoro. Adiós, marquesa. Ceno en el palacio de Relimpio».
-III-
Cuando Augusto se marchó, quedose Isidora meditabunda, clavados los ojos en
su propia falda.
«¿Quién es ése?-le preguntó Mariano.
-Un tipo, un mequetrefe-repuso ella sin mirar a su hermano, señales claras
por donde manifestaba estar aún dentro de la esfera de atracción del pensamiento
que la dominaba.
-Dame más turrón, marquesa-exclamó el muchacho.
-¿Por qué me llamas así?-preguntó Isidora bruscamente, despertando de su
mental sueño.
-¿Es apodo? ¡Puño!... ¿Y por qué te pone motes ese gatera?
-Mariano, cuidado cómo se habla.
-¡Se burla de ti!-gritó Pecado con aquel arrebato de infantil
fanfarronería que en él parecía cólera de hombre.
-Yo te juro que no se burlará más»-dijo ella con los ojos húmedos de
lágrimas.
Mariano la miró, diciendo:
«Tonta, no ha sido para tanto... Las mujeres lloran por cualquier cosa. Que
venga a mí con bromas; verá cómo le saco las entrañas...
-Mariano, loco, bruto y salvaje-gritó ella, despertando otra vez en su
letargo de pena y despecho-. Si te oigo hablar así otra vez...
-No dije nada, nada... Dame turrón».
La algazara de la sala crecía, y por las palabras sueltas, los plácemes y
exclamaciones que de ella hasta el cuarto de los Rufetes llegaban, así como por
los olores culinarios que invadían toda la casa, se podía saber a qué altura
andaba el festín. Se sintió sucesivamente la aparición del besugo, la del pavo,
aclamado con palmoteo y vivas. Don José lo recibió cantando la Marcha real.
Después se oyeron las ruidosas cuestiones a que dio motivo el gran acto de
trincharlo. Las risas sucedían a las risas, y los comentarios a los comentarios.
Al mismo tiempo se conocían los efectos del Valdepeñas y del Cariñena en la
torpe lengua del ortopédico, que desgranaba las palabras, y en el entusiasmo
anacreóntico de D. José Relimpio, que no decía cosa alguna derecha y con
sentido.
La criada entró en el cuarto de Isidora, trayendo un plato con varias lonjas
de pechuga y un poco de relleno. Encendiéronsele a Mariano con luces mil los
ojos, y no parecía sino que cada destello de su mirar era un largo tenedor; pero
Isidora, en quien el orgullo no daba lugar al agradecimiento ni al perdón, vio
con repugnancia aquel tardío obsequio. Aunque comprendió que este había nacido
en el bondadoso corazón de Emilia, siempre veía en él como un mensaje de
lástima. Rechazó la fineza diciendo:
«Que muchas gracias y que no queremos nada.
-Chica, chica, tú eres tonta-gruñó Mariano con su rudeza propia, exacerbada
hasta el salvajismo.
-Si no te callas, te pego.
-Yo quiero cenar-afirmó él con brutal terquedad, echando a un lado la cabeza
y dando un golpe con ella sobre la mesa.
-Eso es, rómpete la cabeza.
-Mala hermana, ¡no das de cenar a tu hermanito! Mira tú, mejor estaba en la
cárcel...
-Como vuelvas a nombrar...
-¡Nombro!... ¡Puño!
-Como vuelvas a decir...
-¡Puño!-repitió el bergante alzando la mano.
-¡Alzas la mano!..., ¡a mí!..., a tu hermana.
-Yo me quiero ir con mi tía.
-Si vuelves a nombrar...
-¡Mala hermana..., marquesa!...».
Pecado hizo burla de su hermana con tanto descaro, que esta hubo de
ponerle a raya con dos bofetadas muy bien dadas que, o mucho nos engañamos, se
oyeron desde la sala. No era ella mujer que se dejaba embromar de un mocoso,
aunque este tuviera los buenos puños y los medianos antecedentes del señorito
Rufete. Dominado este por la actitud de su hermana y por el cariño que le tenía,
se contuvo. Echado de bruces sobre la mesa, la barba apoyada en el arco que con
sus brazos hacía, a Isidora contemplaba en silencio con la seriedad y atención
hosca de uno de esos perrazos que muerden a todo el mundo menos a su amo.
El bullicio de la sala llegaba ya al delirio. Don José hacía el amor a su
mujer echándole ternísimos requiebros entre los aplausos de los divertidos
comensales. Doña Laura llamaba a su marido Sardanápalo. El ortopédico había
empezado a cantar villancicos, acompañándose de golpes dados sobre la mesa con
el mango del cuchillo. Sólo Emilia y Leonor conservaban su amable serenidad, la
una obsequiando a Miquis, la otra a Sánchez Berande. El joven poeta, Miquis y el
hijo del ortopédico alborotaban también, el primero con sus discursos, el
segundo con sus cantorrios de tangos y malagueñas. Después se hizo una grande y
solemne pausa, porque Berande, a ruegos de todos, iba a recitar versos. Creíase
destinado a la inmortalidad; tenía un buen tomo preparado para darlo a la
estampa, en el cual, como en muestrario de bazar, había de todo: elegías, odas,
pequeños poemas, poemas grandes, epigramas, doloras, suspirillos germánicos,
sáficos y octavas reales. La sala parecía tribuna del Congreso, que se hundía
con los aplausos al terminar Berande su recitación.
«Versos-dijo Mariano, alzando su cabeza y poniendo atención.
-¿Te gustan los versos?-preguntole Isidora, gozosa de sorprender a su hermano
un síntoma de decencia.
-Sí-replicó el muchacho-; me sé de memoria los de Francisquillo el Sastre,
que empiezan:
Salga el acero a brillar,
pues soy hijo del acero...
-Calla, bruto; esas son barbaridades.
-También sé los del Valeroso Portela, que dicen:
Escuchen, señores míos,
les diré de Juan Portela,
el ladrón más afamado
de la gran Sierra Morena.
-Calla, hijo, calla por Dios. Me estás envenenando con tus horribles coplas.
Ningún joven guapo y decente aprende tales cosas. Esto está bien para el pueblo,
para el populacho. ¿Sabes tú lo que es el populacho?
-Mi tía la Sanguijuelera-contestó el chico con tan graciosa
naturalidad, que Isidora no pudo contener la risa.
-Ya aprenderás mil cosas que no sabes. Y dime ahora, ¿qué aspiración tienes
tú?... ¿Qué quieres ser?...
-Yo no quiero ser nada-repuso él con apatía.
-Es preciso que estudies y que trabajes. No volverás a la fábrica de sogas.
Irás a un colegio. ¿Qué carrera quieres seguir?».
Mariano meditó un instante. Después dijo con resolución:
«La de tener mucho dinero.
-¿Y para qué quieres tú el dinero?
-Toma..., mia ésta... Pues para ser rico.
-Pero es preciso que seas algo.
-Rico...
-¿Y en qué gastarías el dinero?
-En comer lomo, granadas, turrón y en beber buen vino. Tendré un caballo y me
vestiré todo de seda.
-¿No te gustaría militar y llegar a general?
-Sí, sí-afirmó Pecado, despidiendo de sus ojos brillo de animación y
alegría-. Para ir mandando la tropa y arreando palos..., así..., ¡toma!
-No, no, no se pega. No creas que los generales pegan... Hay carreras
preciosas, como Estado Mayor, Ingenieros, Artillería.
-¡Artillero, artillero!-gritó Pecado, dando golpes en la mesa-. Ya me
verás, cañonazo va, cañonazo viene... ¡Bum, bum!
-Dispararías cuando fuera menester...
-No, no, siempre... Al que me hiciera algo, ¡zas!...».
A esto llegaban cuando volvió la criada trayendo un plato con varios pedazos
de turrón, de parte de la señorita Emilia y del señorito Miquis. No
considerándose aún desagraviada Isidora con estos regalitos, negose a
admitirlos; pero Mariano se abalanzó al plato más pronto que la vista, y
arrebatando el turrón, empezó a engullir con tanta prisa, que no pudo su hermana
evitarlo.
«¡Malcriado..., glotón!-le dijo cuando otra vez se quedaron solos-. ¿No has
comido ya bastante?».
Mariano negó con la cabeza, por no poder hacerlo con la boca.
«Te pondré interno en un colegio».
Mariano hizo con los dedos una señal que quería decir: «Me escaparé».
«No te escaparás. ¿Piensas que vas a lidiar con bobos? Hay un maestro muy
rígido.
-De la bofetada que le pego-dijo Mariano pudiendo ya articular algunas
palabras-, va volando al tejado.
-¡Fanfarrón!...».
En la sala, la cena parecía tocar a su fin. Todas las clases de turrón habían
sido probadas, así como las granadas y las ruedas de naranjas espolvoreadas de
azúcar. Relimpio, con la última copa de cariñena, dio con su cuerpo en tierra.
«¡A la Misa del Gallo, vamos a la Misa!», gritaba con torpe lengua el insigne
galán rodando debajo de la mesa. Muertos de risa los demás, le cogieron por los
cuatro remos para llevarle a la cama, y él iba cantando el Kirie
eleisón con voz de sochantre, y los demás riendo y vociferando, de lo que
resultaba el más grotesco cuadro y música que se pudiera imaginar.
«¡Cuánta grosería! ¡Qué gente tan ordinaria!»-exclamó Isidora.
Poco después llegó Emilia al cuarto de esta, y diole excusas por la soledad
en que se había quedado en noche de tanta alegría. Mas, no dando su brazo a
torcer Isidora, replicó que había estado perfectamente en su cuarto. Trajeron un
catre de tijera para que se acostase Mariano, y cuando Isidora le mandó que se
recogiera, por ser ya más de medianoche, el maldito muchacho se le plantó
delante y le dijo con sus bruscos modos:
«Dame dinero.
-¿Y para qué quieres tú dinero, tunante? Acuéstate.
-Me acostaré; pero yo quiero dinero. Si no me das dinero, no te quiero...
-¿Para qué lo necesitas?
-Para ir mañana a los toros.
-Si ahora no hay toros, mentecato.
-Pero hay novillos y mojiganga.
-¿Y cómo sabes eso?
-Por los chicos... Si no me das dinero, no te quiero.
-Mañana te daré unos cuartitos...
-¿Cuartitos? Tú eres rica-dijo pasando la vista con malicioso examen por los
diversos objetos que Isidora poseía-. Tú tienes dinero, porque has comprado
estas cosas ricas, y yo no tengo nada, nada; soy un pobre».
Al decir esto se desnudaba para acostarse.
«Yo también soy pobre-afirmó Isidora-; pero con el tiempo, tal vez dentro de
poco, tú y yo estaremos bien y tendremos todo lo necesario y aún más.
-La señorita gasta y come bien, y tiene a su hermanito muerto de hambre-gruñó
él, acostado ya.
-No seas tonto. Cállate y duerme.
-Si mañana no me das dinero, salgo a la calle y pido limosna. Ya sé yo cómo
se pide. Me lo ha enseñado un chico.
-¿Qué estás diciendo, cafre?
-Que pediré limosna. Verás.
-No me sofoques... A un colegio, a un colegio.
-Ya me estoy durmiendo... Hasta mañana.
-¿No rezas, herejote?».
Mariano murmuró algo que no era fácil descifrar, y se durmió sosegadamente.
Todavía quedaba en él algo de niño. Su hermana le contempló un instante movida
de un sentimiento extraño en que se combinaban el cariño y el terror. Iba a
darle un beso; pero cuando ya casi le tocaba con sus labios, se apartó diciendo:
«Temo que se despierte y me pida lo que no puedo darle».
Capítulo XV
Mariano promete
A la siguiente mañana, no repitió Mariano sus exigencias de la noche de
Navidad. Estaba de buen humor, alegre, saltón, inquieto y condescendiente.
Gozosa también Isidora de verle sin las siniestras genialidades de la pasada
noche, hízole mil caricias, le vistió, le arregló, púsole una elegante corbata,
que ha días tenía para él, le peinó, sacándole raya, y cuando estuvo, a su
parecer, bastante acicalado y compuesto, llevole delante del espejo para que se
viera, y le dijo: «Ahora sí que estás hecho una persona decente». Él se miraba
riendo, y decía una y otra vez... «Quia, quia; ese no soy yo».
Después salieron juntos a pasear por las calles. A cada paso, Mariano quería
que le comprara cosas; y en verdad que si ella tuviera algo en su bolsillo, le
tapara la boca más de una vez; pero nada tenía, y los dos se volvieron a casa
cariacontecidos. Él se preguntaba que de qué servía tanta pomada en el cabello,
tal lujo de corbata y camisa blanca, si entre los dos no tenían ni un ochavo
partido. Por la tarde, Mariano salió solo, cuando su hermana no estaba en el
cuarto, y volvió ya muy entrada la noche, todo sucio, desgarrado, la camisa rota
y la corbata hecha jirones. Pintar la ira de Isidora al verle en tal facha,
fuera imposible. Mariano confesó, con loable franqueza, que había estado jugando
al toro con otros chicos en la plaza de las Salesas, con lo que redoblándose el
enojo de la hermana, le dio un vapuleo de esos que duelen poco. Lo más extraño
es que el muchacho, con ser tan bravío y rebelde, no se defendió de los azotes,
ni hizo ademán de volver golpe por golpe, ni chistó siquiera... Por la noche ya
habían hecho las paces; él prometía ser bueno, y fino y persona decente. Exigió
que su hermana le llevara al teatro, ella lo prometió así; mas como no pudiese
cumplir al siguiente día por la causa que fácilmente conocerá el lector, se
enfureció el chico, pidió dinero, negóselo ella, hablaron más de la cuenta, y él
puso término a la disputa con esta amenazadora frase:
«¡Dinero! Ya sé yo cómo se encuentra cuando no lo hay. Los chicos me lo han
enseñado».
Isidora no hizo caso. El día de Inocentes salió un rato. Al volver, Mariano
había revuelto todo el cajón alto de la cómoda.
«¿Qué haces?-preguntole su hermana, previniendo algún desastre.
-¿Aciértame que tengo aquí?»-le dijo Mariano mostrándole su puño cerrado.
Isidora trató de abrir el puño del muchacho; pero este apretaba tan
fuertemente sus dedos, que los blandos y flojos de Isidora no pudieron moverlos
ni un punto, ni separarlos. Con su fuerza varonil, Mariano hacía de su mano un
arca de hierro.
«Abre la mano, ábrela.
-No quiero.
-¿Qué tienes ahí?... ¿Qué has cogido?».
Mariano se puso de un salto en la puerta, siempre con el puño cerrado. Riendo
como un desvergonzado bruto, dijo a su hermana: «Abur, chica».
Al punto echó Isidora de menos sus diamantes de tornillo, que aunque falsos,
valían cuatro duros. ¡Cuántas lágrimas derramó aquel día! Mariano estuvo una
semana sin parecer por la casa de Relimpio.
Una noche, cuando menos se le esperaba, apareció al fin avergonzado,
compungido, la ropa hecha jirones, imagen del hijo pródigo. Con la alegría de
verle, no fue la severidad de Isidora tan grande como cumplía, y le perdonó.
Tenía Mariano entre sus maldades, desarrolladas por el abandono, algunas cosas
buenas, y la cualidad mejor era la franqueza con que confesaba sus delitos sin
ocultar nada, ni dorarlos con comentarios artificiosos para hacerlos pasar por
donaires. Todo cuanto había hecho en la semana lo contó puntualísimamente; pero
ninguna parte de aquella Odisea de travesuras causó tan penoso efecto en el alma
de la señorita de Rufete como estas palabras:
«Estuve en casa de mi tía Encarnación, ¿sabes?..., y mi tía Encarnación y la
tía Palo-con-ojos comían juntas; y mí tía Encarnación me dijo: «Anda,
pillete, anda con tu hermana a que te dé de comer y te vista de señorito, pues
bien puede hacerlo». Entonces mi tía Encarnación y la tía Palo-con-ojos
se pusieron a hablar de ti, y mi tía Encarnación dijo que tú tienes un novio
marqués que te da mucho dinero».
Isidora se quedó yerta; pero como el mostrar enfado por aquel ultraje habría
sido ocasión de que entrara más en malicia el chico, harto malicioso ya, fingió
tomar a broma el caso, aunque le destrozaba el alma, y se echó a reír. Pero su
fingimiento de buen humor fue de todo punto imposible cuando Mariano, con aquel
descaro que determinaba el tránsito brusco del candor al cinismo, le dijo:
«Ya, ya. Las mujeres sois todas unas... Bien sé lo que hacéis para tener
siempre dinero. Los chicos me lo han dicho».
Risas, azotes, lágrimas sucedieron a esta declaración; pero también paces al
siguiente día. Isidora, que recibió del marqués de Saldeoro otra visita
platónica y una nueva remisión de fondos por cuenta, al parecer, del Canónigo,
salió de aquella sombría situación de escaseces y apuros; pagó sus deudas,
compró un Diccionario de la Lengua castellana y llevó a su hermano al teatro, de
lo que este recibió tanto gusto, que en algunos días apareció como transformado,
encendida la imaginación por las escenas que había visto representar, y
manifestando vagas inclinaciones al heroísmo, a las acciones grandes y
generosas. Contenta Isidora de esto, comprendió cuánto influye en la formación
del carácter del hombre el ambiente que respira, las personas con quienes tiene
roce, la ropa que viste y hasta el arte que disfruta y paladea.
Animada Isidora al ver que no carecía su hermano de algún fundamento bueno y
sólido para construir en él la persona decente, determinó que no corriera un día
más sin ponerlo en un colegio. Pasados Reyes, el señorito fue confiado a un
profesor que apacentaba su rebaño de chicos en un colegio de la calle de
Valverde. Mal, muy mal le supo al de Rufete la sujeción, porque sobre todos sus
instintos malos y buenos dominaba el de la vagancia y el gusto de correr por
calles y caminos, con cierto afán como de buscar aventuras. La mortificación de
su amor propio al ver que le eran muy superiores niños de menos edad que él,
aumentaba el horror que hacia el colegio y su maldito profesor sentía. Era casi
un hombre, y en todas las clases ocupaba el último lugar. Era el burro perpetuo,
burla y mofa de los demás chicos. Su barbarie llegó a ser proverbial en las
clases; los alumnos todos celebraban con risas y pataleo los dislates que decía
en sus lecciones, y el maestro mismo, cargando sobre él el peso de su desdén
pedagógico, solía decir, reprendiendo a cualquiera de los alumnos: «Eso no se le
ocurre ni al mismo Rufete. Eres más tonto que Rufete».
La poca estimación que se le tenía mató en él sus escasos deseos de aprender.
Concluyó por despreciar el colegio como el colegio le despreciaba a él, de donde
vino su costumbre de hacer novillos, la cual aumentó de tal modo que, sin
saberlo su hermana, dejó de asistir un mes entero al estudio. En aquellos días
de aventuras y pilladas y esparcimiento, cualquiera que hubiese tenido interés
en seguir los pasos de este desgraciado chicuelo le habría visto encaramándose
en la verja de la puerta principal de la Plaza de Toros para alcanzar a ver algo
del ensayo de la mojiganga, o bien jugando en los tejares adyacentes, o en el
río entre las lavanderas. En sus compañías, que al llegar al colegio fueron de
niños decentes, descendió poco a poco hasta el más bajo nivel, concluyendo por
incorporarse a las turbas más compatibles con su fiereza y condición picaresca.
Granujas de la peor estofa, aspirantes a puntilleros, toda clase de rapaces
desvergonzados y miserables, formaban su pandilla; y como Mariano solía tener
algún dinero, eran de ver su boga y popularidad entre esta chulería menuda, que
sin cesar se ofrece a nuestra vista por calles y caminos con escándalo de la
moral, con bochorno de la sociedad y del cristianismo, que no aciertan a recoger
y sujetar estos presidios sueltos del porvenir.
Capítulo XVI
Anagnórisis
¡Hosanna, hosanna! A principios de febrero, Joaquín visitó una tarde a
Isidora para anunciarle que la señora marquesa de Aransis había llegado de
Córdoba y deseaba verla. El regocijo que esta nueva produjo en Isidora la dejó
alelada por breve rato, y en su aturdimiento no hacía más que contemplar al
mensajero y recrearse en su belleza. Si no hubiera puesto ya en él todos los
afectos disponibles de su gran corazón, bastaría aquel acto para que le amase
sobre todas las cosas. Pero Joaquín dijo más. La señora marquesa de Aransis se
había dignado fijar el día siguiente, 11 de febrero, a las cuatro de la tarde,
para recibir a la señorita de Rufete. Esta se ruborizó de golpe por la idea sola
de aproximarse a la marquesa. ¡Qué minuto de asombro y congoja dulce! Después el
marqués viudo habló algo de los graves sucesos políticos del día; pero a Isidora
le importaba poco que se llevara el diablo a todos los políticos y no se enteró
de nada.
Cuando se quedó sola, ¡qué cosas pensó y dijo! Y por la noche, ¡cómo se
anticipó a los sucesos! ¡Con qué vigor y fuerza de fantasía construyó en su
mente la persona de la marquesa, a quien nunca había visto, y qué bien
imaginaba, falsificando la realidad, el cuadro que las dos harían, abrazadas,
llorando juntas, sin poder expresar la multitud de afectos propios de un modo
tan sublime! Viose repentinamente transportada a las altas esferas que ella no
conocía sino por ese brillo lejano, ese eco y ese perfume tenue que la
aristocracia arroja sobre el pueblo. Viose dueña del palacio de Aransis, mimada,
festejada y querida. Dio gracias al Señor porque reparaba al fin la gran
injusticia cometida con ella por la sociedad; rezó, se espiritualizó, bañó su
alma, si así puede decirse, en ondas de honradez y virtud; la aromatizó con
esencias sacadas de la dignidad, de la magnanimidad y nobleza. Hizo luego mil
proyectos, todos grandiosos y humanitarios, como socorrer pobres, vestir
desnudos y consolar afligidos y menesterosos; y desde esta región de la
beneficencia se precipitó a escape hacia los ensueños del lujo, en un carro
triunfal tirado por atrevidos pensamientos, corriendo por entre nubes de
supuestas delicias, hasta que fue a caer sin aliento, fatigada y moribunda en el
abismo de rosas de un sueño dulce.
Al despertar creyose por un momento en los brazos de su abuela. ¡Oh! La luz
de aquel día, de aquel jueves, 11 de febrero, tenía para ella un tinte sonrosado
y divino, lleno de poesía y de esperanza, como si todo el día fuera aurora. Su
primer juicio fue para apreciar lo que tardaba la hora de su dignificación
gloriosa; la hora de una de las más grandes justicias que había visto la tierra.
En el tiempo había aquel día un monstruoso pliegue: las cuatro de la tarde.
Isidora empezó a arreglarse desde muy temprano. ¿Cómo iría? No era
conveniente presentarse a su abuela con apariencias de notorio bienestar. Todo
prurito de llamativa elegancia en su honrada pobreza le parecía chocarrero y de
mal gusto. Tampoco convenía presentarse con desaliño, anunciándose como
demasiado influida por la baja condición en que tan injustamente había vivido.
El desaseo y abandono serían de muy mal efecto. Era preciso que en su apariencia
comedida, modesta, honrada y grave revelara la dignidad con que pasaba de su
estado miserable a otro esplendoroso. Así se mostraría merecedora del nuevo
puesto, demostrando no haber deshonrado su origen en la humildad. Toda la mañana
la pasó en estos pensamientos. También meditó si convendría o no llevar consigo
a Mariano, decidiéndose por la negativa, por temor a que la comprometiese con su
salvajismo. Tiempo habría de presentarle y también de ponerle en un colegio de
Francia, donde seguramente vendría a ser caballero digno de su escogido linaje.
Cuando se acercaba la hora, púsose la de Rufete su vestido de merino negro,
tan decente que no se podía pedir más, muy bien cortado y hecho; pero sin
perifollos ni afectados paramentos. Mirose mucho al espejo, embelesándose en su
propia hermosura, de la cual muy pronto se había de congratular la marquesa como
de cosa propia, y se dio algunos toques en el peinado. Uno de sus mayores
encantos era la gracia con que compartía y derramaba su abundante cabello
castaño alrededor de la frente, detrás de las orejas y sobre el cuello. Aquella
diadema de sombra daba a su rostro matices de poesía crepuscular, como si todo
él estuviese formado con tintas y rasgos tomados de la melancolía y sosiego de
la tarde. Sus ojos eran pardos y de un mirar cariñoso con somnolencias de siesta
o fiebre de insomnio, según los casos; un mirar que lo expresaba todo, ya la
generosidad, ya el entusiasmo y siempre la nobleza. Rara vez se le conocía el
orgullo en su mirada afable y honesta. Miquis decía que había en aquellos ojos
mil elocuencias de amor y propaganda de ilusiones. También decía que eran un mar
hondo y luminoso, en cuyo seno cristalino nadaban como nereidas la imaginación
soñadora, la indolencia, la ignorancia del cálculo positivo y el desconocimiento
de la realidad.
Mirose mucho al espejo y se puso el velo. ¡Bien, bien! Su dignidad, su
hermosura, su derecho mismo, resplandecían más en la decencia correcta y limpia
de su vestido negro. Mirose luego a los pies. ¡Bien, muy bien! Admirablemente
calzada, aunque sin lujo, completaba su personalidad con la decencia de las
botas, parte tan principal del humano atavío, que por ella quizás se dividen las
clases sociales.
Dieron las tres. Tomó de una gaveta, donde muy guardados estaban, los papeles
que su tío le había dado, y que eran testimonio de su derecho incontestable; a
saber: dos partidas de bautismo, varias cartas y otro documento interesantísimo.
Pasó la vista por ellos, aunque ya se los sabía de memoria, y los guardó. No los
necesitaba, sin duda, porque la cosa era tan clara...; pero quiso llevarlos por
previsión o delicadeza. Al salir echó sobre su pobre aposento una mirada de
lástima en que también había algo de gratitud. Le parecía tan excesivamente
humilde, que se admiraba de que ella se hubiera dignado por tanto tiempo
honrarlo con su presencia. La princesa de Poniatowsky parecía más triste al
verla partir, y los del cuadro del Hambre se volvían más flacos y
macilentos. ¡Pobre cuarto..., tan pobre y tan rico en recuerdos, sueños y
emociones! Se lo hubiera llevado con gusto para incrustarlo en los muros
venerables del palacio de Aransis.
Al salir se despidió mentalmente de las de Relimpio. Les echó una rociada de
desprecio. Así puede decirse, pues tal era su idea. Se figuraba que tenía en la
mano una de aquellas mangas de riego que había visto en las calles, y que,
apuntándola a D.ª Laura, arrojaba sobre ella, en forma de inundación, todo el
desdén que puede caber en un corazón tan grande como el depósito del Campo de
Guardias. Sólo exceptuaba de este chaparrón al bueno de D. José, para quien
destinaba in mente la plaza de tenedor de libros en cierta casa. Don
José, como siempre, la acompañó aquella tarde.
Serían las tres y media cuando pasaron por la Puerta del Sol. A medida que se
acercaba Isidora a los barrios próximos a San Pedro iba sintiendo turbación tan
grande, que creyó le faltarían las fuerzas para llegar allá. Miraba la hora en
los relojes de las tiendas y tabernas. Unos marcaban ya las cuatro, otros las
cuatro menos diez. Nueva confusión. El tiempo estaba también turbado. No sabía
si apresurarse o detenerse. No quería llegar ni antes ni después de la hora. Al
fin vio en el extremo de una callejuela un esquinazo de revoco, un balcón, el
primero de larga fila de balcones, y se detuvo mirándolo. Allí era: tuvo miedo,
frío y ganas de llorar...
Despidiose de D. José, el cual no comprendía por qué su ahijada le mandaba
retirarse.
«¿Pero qué? ¿Te quedas aquí?... ¿No vuelves a casa?...
-No me pregunte usted nada, padrinito. Pronto lo sabrá usted todo. Adiós.
-A ti te pasa algo. ¡Qué pálida estás!... Pero aguarda...
-Adiós, adiós».
Dejándole plantado en medio de la calle, dirigiose a la puerta del palacio.
El gran sobresalto de su alma crecía a cada paso. ¡Oh! Sin duda, su abuelita la
esperaba con igual ansiedad. Hasta llegó a imaginar que estaría en un balcón
esperándola. Miró y no había nadie. La casa estaba muda, cerrada, como el retiro
misterioso donde, para gozarse en sí mismo, se hubiera confinado el silencio; la
puerta principal entreabierta. Isidora, al tocarla, sintió como un valor
repentino. El contacto de su propiedad le devolvía el dominio de sí misma.
¡Revelación magnética de su derecho!
Con voz clara preguntó al conserje por la marquesa. El cojo, como si la
esperara, la invitó a pasar adelante y subir. En lo alto de la escalera había
otro criado que, sin aguardar a que ella preguntase, abrió con mucho respeto una
mampara. Esto animó a Isidora. Dentro de ella se reía un sentimiento y lloraba
otro. Andaba como una máquina. Su corazón no era corazón, sino un martinete que
daba golpes terribles. Un tercer criado le salió al encuentro, y diciéndole:
«Pase usted», la llevó de sala en sala hasta un gabinete. El criado dijo: «La
señora saldrá al instante».
Isidora se sentó. Instante único, tremendo; ángel con el pie levantado y las
alas extendidas, que va a volar y no se sabe si dirigirá su vuelo al suelo o al
infinito; instante soberano; dogal que oprime la garganta; espada de un cabello
suspendida; es hermano del instante en que se nace o en que se muere, del
instante en que se hunden los imperios, y de aquel, no conocido todavía, en que
se acabará el mundo... ¡Ah!, la puerta del gabinete se abría... Isidora vio
entrar una dama de cabello casi blanco, grave, hermosa, imagen de la dignidad y
de la nobleza, como reina y madre de reyes. Tan turbada estaba Isidora, que no
acertó a contestar al saludo afectuoso de la señora. No sabía lo que le pasaba.
Se levantó, volvió a sentarse. No podía asegurar si dijo o no dijo algo. Se
sentía morir. ¡El semblante de la marquesa no expresaba nada..., la marquesa no
la había abrazado..., la marquesa no había parado mientes en su fisonomía!...
Las dos se miraron.
Entonces Isidora vio que la marquesa sacó unos lentes de oro, y aplicándolos
a sus ojos, la miraba, la observaba detenidamente, callada, fría, como si
examinara un objeto raro, pero no tan raro como para despertar admiración.
Isidora creyó que la señora había estado mirándola siglo y medio, año más, año
menos.
Al fin, de aquella hermosa esfinge con lentes salió una palabra.
«El Sr. de Pez me ha dicho que usted deseaba hablarme. El Sr. de Pez me
escribió a Córdoba diciéndome que usted..., parece que asegura...».
¡Cosa rara! También parecía turbada la marquesa. Pero lo que más pasmó y
confundió a Isidora fue no ver en la digna señora señales de enternecimiento.
«Es usted, según creo-dijo esta-, una joven que se llama Isidora, hija de un
tal Rufete...
-No, señora-manifestó Isidora recobrando en un punto su valor, y usando un
lenguaje en que se combinaba hábilmente la energía con la urbanidad-. He llevado
y llevo ese nombre, que no es el mío. Don Tomas Rufete ha pasado, hasta que
murió por padre mío, y por tal le tuve y le quise; pero yo me llamo Isidora de
Aransis».
La marquesa la interrumpió con un gesto de enojo. Volvió a mirarla fijamente
y palideció.
«Me han asegurado-dijo-que usted pretende pasar por hija de mi desgraciada
Virginia. ¿Es cierto que usted lo cree así?
-¡Oh!, ¡que si lo creo!-exclamó Isidora echándose a llorar-. Si no lo
creyera, no viviría...
-Parece-indicó la marquesa-que esa creencia en usted es sincera; parece que
es una convicción arraigada y profunda... No puede usted figurarse-añadió con
cierto cariño-lo que me ha dado que pensar esta idea de usted. Cuando me
escribieron dándome cuenta de una joven que se llamaba mi nieta, estuve muchos
días preocupada con esto... He tenido mucha curiosidad de ver a usted..., y
ahora que la veo, no puedo negarle que me interesa un poco. Si la apariencia, si
el semblante son indicios de la condición moral de las personas, desde luego
aseguro que al declararse usted nieta mía, no la ha movido ningún interés
maligno. Usted es sincera y honrada, usted tiene la convicción...
-Señora-exclamó Isidora cayendo de rodillas a los pies de la aristócrata-. La
voz de la sangre me ha llamado hace tiempo; la voz de la sangre me pone ahora a
los pies de la madre de mi madre».
Le besó las manos con religioso respeto. Y el alma se le iba tras los besos,
con la más santa y sincera afección que es dado imaginar. Pero aquellas
manifestaciones tan extraordinariamente expresivas, lejos de enternecer a la
marquesa, la provocaron a recoger su ánimo, y dijo con sequedad:
«Pero ¿qué es esto?... Levántese usted, hija... No puedo consentir... Usted
no me ha entendido bien...».
Isidora se levantó. Creía que la marquesa quería llevar las cosas por el
terreno de las explicaciones frías antes de entregarse a las expansiones del
sentimiento.
«Usted no me ha entendido bien-replicó la de Aransis, viendo cómo Isidora se
enjugaba las lágrimas luego que se sentó-. He dicho tan sólo que usted, por la
manera de expresarse, por cierto sello de honradez y bondad que noto en su
fisonomía... (es usted muy hermosa...) me ha parecido desde un principio digna
de interés y consideración. Usted sin duda no ha venido aquí a representar una
comedia; usted se declara hija de mi desgraciada hija porque así lo cree,
fundada en motivos y circunstancias que ignoro; pero de eso, a admitir que usted
tenga razón, hija mía, hay inmensa distancia, y así, señorita, no puedo menos de
manifestar a usted con la seriedad que exige el caso, que está usted
completamente equivocada».
Si a Isidora le hubieran dejado caer de un golpe sobre el corazón todas las
cataratas del Niágara, no habría experimentado sensación más dolorosa de choque
duro y frío. Quedó convertida en estatua, y sus lágrimas se secaron, evaporadas
por el vivo calor interno que le salió a los ojos. ¡Completamente equivocada!
Decirle esto a ella era lo mismo que decirle: «Tú no existes, tú eres una
sombra; menos aún, un ente convencional». ¡Tan profundas raíces tenía en su alma
aquella creencia!
«Yo no sé-prosiguió la marquesa con frialdad-cómo ha llegado usted a adquirir
ese absurdo convencimiento; no sé, ni quiero saberlo, por qué serie de
circunstancias, de qui pro quo y de falsas apariencias, ha llegado usted
a creerse nacida de mi desgraciada hija. Ignoro si en su error ha obrado, como
causa, una mala inteligencia, o la astucia de seres malignos que esperan sacar
ventaja de estas cosas; lo que sí puedo asegurar a usted, y lo aseguro porque lo
sé, es que ha sido usted atrozmente engañada, hija mía, y espero que no
insistirá en ello después de lo que acabo de manifestar».
Pedir a Isidora que no insistiera, era como pedir al sol que no alumbrase.
Era toda convicción, y la fe de su alto origen resplandecía en ella como la fe
del cristiano dando luz a su inteligencia, firmeza a su voluntad y sólida base a
su conciencia. El que apagase aquella antorcha de su alma, habría extinguido en
ella todo lo que tenía de divino, y lo divino en ella era el orgullo. Al oír a
la marquesa creía escuchar los términos más terribles de la injusticia humana.
La pena que con esto sintiera la colmó de confusión y espanto en los primeros
momentos; pero después su orgullo contrariado se hizo brutal soberbia. Su ira
surgió como una espada que se desenvaina, y le dio concisa elocuencia para
decir:
«Por Dios que nos oye, juro que soy quien soy, y que mi hermano y yo nacimos
de doña Virginia de Aransis. Se nos podrá arrebatar lo que es nuestro; se nos
podrá negar nuestro patrimonio y hasta nuestro nombre; pero Dios, que conoce
nuestro derecho, nos defenderá.
-En vista de esa terquedad-dijo la marquesa esforzándose en no llevar la
cuestión a un terreno dramático y en huir de las declamaciones-me arrepiento de
haber hecho a usted la justicia de creerla sincera y sin malicia. Una vez para
siempre digo a usted que de los dos niños de mi infeliz hija, la hembra murió,
el varoncito vive y está a mi lado. Si insiste usted en traer a mi casa esas
farsas estudiadas, o capítulos de novelas, me veré obligada a tenerla a usted o
por impostora o por demente...
-Tengo documentos-exclamó Isidora mostrando sus papeles.
-No quiero verlos. Supongo qué pruebas son esas. Yo las tengo clarísimas para
probar lo que he dicho.
-Y yo..., ¡yo también probaré!-balbució Isidora con el corazón, hecho
pedazos, en los labios-. ¡Ah! ¡Qué desgraciada soy, señora! Yo me muero».
Rompió a llorar con tanta amargura, que la marquesa, la bondad misma, tuvo
lástima de ella.
«He empleado con usted palabras muy duras-le dijo-. Pero usted ha tenido la
culpa, hija mía. Usted ha sido engañada. No será quizás impostora. Hablará usted
de buena fe; pero han abusado miserablemente de su credulidad y de su
inocencia... Usted parece buena... Confiéseme sus penas, porque penas hay, lo
sospecho. ¿Quién ha metido a usted en la cabeza esas historias? Cuénteme usted
todo. Después, si necesita algo, si usted se ve en alguna necesidad...
-Hasta aquí he vivido arrojada de mi casa, de mi posición, privada de mi
verdadero nombre. Si no se me restituye lo que desde que nací me pertenece, nada
quiero. Pido justicia, no limosna».
La marquesa no creyó deber prolongar un coloquio de aquella especie. Las
últimas palabras de Isidora tocaban en la insolencia. Levantose, y mirando a la
pobre joven con más lástima que cólera, le dijo:
«Si tan convencida está usted, acuda usted a los Tribunales.
-Acudiré-exclamó Isidora con firme convicción.
-Entretanto, es inútil que disputemos aquí. Puede usted retirarse».
La marquesa intentó tirar del cordón de la campanilla. Con un movimiento
inesperado, Isidora la detuvo, y postrándose ante ella, exclamó con viva
explosión de sentimientos nobles:
«Señora, usted me echa de su casa, cuando yo esperaba que me recibiría usted
con los brazos abiertos... Usted me aborrece porque no cree en mi derecho, y yo
la adoro porque creo en él. No hay odio en mi corazón ni puede haberlo para la
madre de mi madre... Déjeme usted besar sus manos».
La marquesa parecía muy disgustada de tal escena. Volviendo el rostro,
apartaba de sí a Isidora. Esta se puso en pie. Tuvo otra inspiración más audaz
que la anterior. Con gentil arrogancia separó su velo para mostrar más completos
el rostro y el busto. Su cara se sublimaba por la fe. ¿Qué destello divino era
el que de sus ojos emanaba? No puede darse idea del timbre de su voz al decir:
«¿Para qué leyes? Soy mi propio testigo, y mi cara proclama un derecho. Soy
el retrato vivo de mi madre».
La marquesa la miró otra vez palideciendo. ¿Cruzó por la mente de la noble
señora un rayo de duda?... ¿Vaciló su firme creencia? ¡Quién puede saberlo! A
sus ojos asomaron las lágrimas.
«No interprete usted mis lágrimas como una concesión-dijo a Isidora-. Lloro
por el recuerdo de mi querida hija. En cuanto al parecido...».
Volvió a observarla tan fijamente, que Isidora, al sentirse acariciada por
aquel mirar profundo, se estremeció de esperanza. La hermosura de la joven, su
distinción innegable, su modo de vestir, sencillo y honesto, hicieron en la
noble dama profunda impresión.
«En cuanto al parecido-continuó esta-, nada tengo que decir, porque si alguno
hay, es puramente casual... Me hará usted un favor en retirarse».
Tiró de la campanilla, y se alejó serenamente sin prisa y sin cólera, como
nos alejamos después de aplastar un insecto.
Isidora se encontró sola en el gabinete. Un lacayo apareció en la puerta. Era
señal de que la ponían bonitamente en la de la calle. Levantose y salió. Andaba
con la teatral arrogancia y la serenidad terrible de que se revisten algunos al
subir al cadalso. Las salas del palacio se iban quedando atrás, como se
desvanece el mundo cuando nos morimos.
Cuando bajaba la escalera, un lacayo subía. Tomola este por una de las
infinitas personas, de aspecto decente, que iba a pedir limosna a la marquesa, y
le dijo: «¡Qué bonita es usted, prenda!».
Puede juzgarse cómo estaría su espíritu, cuando este ultraje apenas le hizo
impresión. En el portal estaba Alonso y un hombre muy gordo, el cual al pasar la
miró con atención picaresca. Ambos le hicieron un frío saludo. Salió sin darse
cuenta de nada y dio algunos pasos por la calle. Como si tropezara con un poste,
hallose de improviso frente a D. José de Relimpio. Isidora despertó al choque y
dijo:
«¿Pero está usted aquí?
-Sí, hija mía-replicó el galán viejo muy conmovido-. El corazón me decía que
habías de salir pronto, y esperé... No me podía acostumbrar a la idea de no
volver a verte... ¿Qué quieres tú?... Yo tomo cariño a las personas con mucha
facilidad... Aquí se me ha pasado el tiempo mirando como un bobo a los balcones
y diciendo: «Ella ha de salir, ella ha de salir».
Capítulo XVII
Igualdad.-Suicidio de Isidora
Isidora no ponía atención en las cariñosas palabras de D. José. Sintió en su
cerebro una impresión extraña, como el rastro aéreo de inmensa caída desde la
altura a los más hondos términos que el pensamiento puede concebir. ¡Y qué
manera tan rara de ver el mundo y las cosas todas que están debajo del cielo, y
aun, si se quiere, el cielo mismo! Cambio general. El mundo era de otro modo; la
Naturaleza misma, el aire y la luz eran de otro modo. La gente y las casas
también se habían transformado; y para que la mudanza fuera completa, ella
misma, Isidora, era punto menos que otra persona.
«¿Pero a dónde vamos, hija?»-preguntó Relimpio viendo que andaban y
desandaban calles, subían costanillas, y divagaban pasando muchas veces por un
mismo sitio.
Isidora no le contestaba y adelante seguía, llevándolo como rodrigón. Ella
miraba al suelo, él el cielo. Sin saber cómo, halláronse en las Vistillas. Caía
la tarde. Don José llamo la atención de su ahijada hacia la magnificencia del
crepúsculo que desde aquel despejado sitio se gozaba; alzó los ojos ella y miró,
arrojando un suspiro tan grande sobre el inmenso paisaje que a su vista tenía
que parecía querer llenarlo de tristeza. Como Isidora siempre trataba de
encontrar armonías entre su estado moral y la Naturaleza, la hermosísima
retirada y apagamiento del día no eran extraños al occidente que había en su
alma. Los destellos de oro fundido iban palideciendo poco a poco, o se hundían
dejando tras sí un rastro pálido y verdoso. A la derecha, la sierra azul, de
masa uniforme y sin contornos, se alejaba, desvaneciéndose en el fondo del
firmamento, donde al fin quedaría como el espectro de un mundo. Marcábanse las
curvas del río por jirones de niebla desvanecida, vellones sueltos, que se iban
reuniendo hasta formar un velo salpicado de motas blancas, o sea la ropa de los
lavaderos.
«¡Qué feísimo es esto!»-murmuro Isidora con ira que indicaba cierta
hostilidad contra la Naturaleza.
Entonces el patriarcal D. José se puso a admirar la belleza del cielo, que
estaba limpio, azul, profundo, expresando como nunca la proyección abovedada del
pensamiento humano. La luna nueva, como una hoz de plata, caía del lado del
Poniente, precedida de Venus. Apenas, en lo restante del firmamento principiaba
a verse una que otra estrella como el vago apuntar de la idea en el cerebro. Don
José desparramó su vista por toda la redondez de arriba, y apuntando con
suficiencia de astrónomo a un astro que brillaba más a cada instante, dijo
lacónicamente:
«¡Júpiter!».
Isidora también miro, pero con escarnio y desdén.
«¡Qué horrible está la luna!»-murmuró.
Y la comparó al corte de una uña. Volviéndose a su embelesado padrino, que
osó hablar de distancias y magnitudes siderales, le dijo con mucha displicencia:
«¿Y qué tengo yo que ver con Júpiter?... ¿Qué me va a dar a mí Júpiter?».
Bajaron a la calle de Segovia, ella delante, detrás él.
«A ti te pasa algo... ¿Qué tienes?-le dijo el maestro de Teneduría.
-¡Qué le importa a usted! Si no quiere usted acompañarme, puede dejarme sola.
-¡Pues no faltaba más!... Hasta el fin del mundo...».
Una sombra lúgubre que sobre la calle se proyectaba les hizo alzar la vista,
y vieron la mole del viaducto en construcción, un bosque de andamios sosteniendo
enorme enrejado de hierro.
«Cuando este puente se acabe-dijo Relimpio en tono de mucha autoridad-, no
servirá sino para que se arrojen de él los desesperados».
Isidora miró con desprecio al puente, y repuso:
«¡Quia! Eso es muy bajo».
Subieron por la calle adelante. De una taberna, donde vociferaban media
docena de hombres entre humo y vapores alcohólicos, salió una exclamación que
así decía: «Ya todos somos iguales», cuya frase hirió de tal modo el oído, y por
el oído el alma de Isidora, que dio algunos pasos atrás para mirar al interior
del despacho de vinos.
«Se confirma lo que esta mañana se decía-murmuró D. José demostrando una gran
pesadumbre-. El Rey se va, renuncia a la corona, y a mí no hay quien me quite de
la cabeza que es la persona más decente...
-Todos somos iguales»-afirmó Isidora repitiendo la frase.
Y la frase parecía volar multiplicada, como una bandada de frases, porque a
cada paso oían: «Todos somos iguales... El Rey se va». Salían estas palabras de
los grupos de hombres, y aun de los que formaban mujeres y chicos en las puertas
de algunas casas.
Mientras D. José dejaba oír con tímida voz consideraciones prudentes y
juiciosas sobre el suceso del día, Isidora pensaba que aquello de ser todos
iguales y marcharse el Rey a su casa, indicaba un acontecimiento excepcional de
esos que hacen época en la vida de los pueblos, y se alegró en lo íntimo de su
alma, considerando que habría cataclismo, hundimiento de cosas venerables,
terremoto social y desplome de antiguos colosos. Esta idea, no obstante, con ser
tan conforme al hundimiento moral de Isidora, no la consolaba. A la momentánea
alegría siguió agudísima pena. Por un instante se sintió invadida de un dolor
tan grande, que llegó a pensar en que no debía vivir más tiempo. Pero esta
desesperación también duró poco. Todos los medios de apartarse voluntariamente
de la vida le parecían dolorosos, antipáticos y aun cursis. Heridos su orgullo y
su dignidad, muertas sus ilusiones, algo la ataba aún a la vida, aunque no fuera
más que la curiosidad de goces y satisfacciones que no había probado todavía...
No, morir, no. Tiempo había para eso.
A medida que se acercaba a la zona interior de Madrid y recibía su calor
central, se iba robusteciendo en ella la idea del vivir, del probar, y del ver y
del gustar. Había sofocado una vida para fomentar otra. Cuando esta moría, justo
es que aquella resucitara.
De la calle Mayor pasaron a la plaza de Oriente, porque Isidora estaba
cansadísima y quería sentarse. No sólo tenía necesidad de reposo, sino de
meditación, pues tanto como su desengaño la mortificaba aquella noche la idea de
tener que volver a casa de D.ª Laura. No; decididamente allá no volvería aunque
tuviera que quedarse a dormir en aquel banco frío y duro. En tanto don José
miraba al Palacio, tratando de adivinar lo que en su interior ocurría; mas nada
revelaba el coloso en su muda faz de piedra. En ningún balcón se veía luz. Todo
estaba cerrado y sombrío como el disimulo que precede a las grandes
resoluciones.
«¡Pobre señor!-exclamó Relimpio ofreciendo a la dinastía extranjera el
homenaje de un suspiro-. Le tienen mareado..., aburrido. Yo me pongo en su
caso...».
Después de sondear su alma y de pensar atropelladamente diversas cosas,
Isidora dijo esto a su buen padrino:
«Debe usted marcharse... Yo no voy a casa todavía.
-¡Marcharme!, ¡dejarte sola!... Tú estás loca-replicó él no sabiendo
renunciar al goce indecible de estar al lado de su ahijada.
-Es que no puedo ir a casa todavía... Márchese usted, que si no le reñirá D.ª
Laura.
-Déjala... Yo te acompañaré adonde quieras. No faltaría más...; ¡ir tú sola,
de noche, por esas calles! En Madrid hay mucho atrevido. Te lo digo con
franqueza, porque yo no soy ningún anacoreta. A los pícaros españoles nos gustan
tanto las hembras bonitas... No, hija, no. No puedes andar sola de noche. Estás
cada día más guapa, y por dondequiera que vas llamas la atención.
-¡Llamo la atención!-, pensó ella, y se levantó decidida.
-¿A dónde vamos, hija?
-No lo sé todavía».
Al penetrar en las calles bulliciosas, cuya vida y animación convidan a los
placeres y a intentar gratas aventuras, sintió la joven que se amenguaba su
profundísimo pesar, como el dolor agudo que cede a la energía narcótica del
calmante. Se sintió halagada por el contacto de la sociedad; percibió en su
cerebro como un saludo de bienvenida, y voces simpáticas llamándola a otro mundo
y esfera para ella desconocida. Y como la humana soberbia afecta desdeñar lo que
no puede obtener, en su interior hizo un gesto de desprecio a todo el pasado de
ilusiones despedazadas y muertas. Ella también despreciaba una corona. También
ella era una reina que se iba.
Adelante. La Puerta del Sol, latiendo como un corazón siempre alborozado, le
comunicó su vivir rápido y anheloso. Allí se cruzan las ansiedades; la sangre
social entra y sale, llevando las sensaciones o sacando el impulso. Madrid, a
las ocho y media de la noche, es un encanto, abierto bazar, exposición de
alegrías y amenidades sin cuento. Los teatros llaman con sus rótulos de gas, las
tiendas atraen con el charlatanismo de sus escaparates, los cafés fascinan con
su murmullo y su tibia atmósfera en que nadan la dulce pereza y la chismografía.
El vagar de esta hora tiene todos los atractivos del paseo y las seducciones del
viaje de aventuras. La gente se recrea en la gente.
Isidora observó que en ella renacía, dominando su ser por entero, aquel su
afán de ver tiendas, aquel apetito de comprar todo, de probar diversos manjares,
de conocer las infinitas variedades del sabor fisiológico y dar satisfacción a
cuantos anhelos conmovieran el cuerpo vigoroso y el alma soñadora. Se miraba en
los cristales, y se detenía larguísimos ratos delante de las tiendas, como si
escogiera. No paraba mientes en el susurro de los grupos, que decían: «El Rey se
aburre, el Rey se va».
A la entrada de la calle de la Montera la animación era, como siempre,
excesiva. Es la desembocadura de un río de gente que se atraganta contenido por
una marea humana que sube. A Isidora le gustaba aquella noche, sin saber por
qué, el choque de las multitudes y aquel frotamiento de codos. Sus nervios
saltaban, heridos por las mil impresiones repetidas del codazo, del roce, del
empujón, de las cosas vistas y deseadas. El piso húmedo, untado de una especie
de jabón negro, era resbaladizo; pero ella se sostenía bien, y en caso de apuro
se colgaba del protector brazo de su padrino. El ruido era infernal. Subían los
carros de la carne con las movibles cortinas de cuero chorreando sangre, y su
enorme pesadez estremecía el suelo. Los carreteros apaleaban a las mulas.
Bajaban coches de lujo, cuyos cocheros gritaban para evitar el desorden y los
atropellos. Deteníanse los vehículos atarugados, y la gente, refugiándose en las
aceras, se estrujaba como en los días de pánico. La tienda del viejo Schropp
detenía a los transeúntes. Como se acercaba Carnaval, todo era cosa de máscaras,
disfraces, caretas. Estas llenaban los bordes de las ventanas y puertas, y la
pared de la casa mostraba una fachada de muecas. Enfrente, el escaparate del
Marabini, lleno de magníficos brillantes, manifestaba al público tentadoras
riquezas.
«Dejemos esto, chica-dijo D. José a su ahijada, que miraba embebecida las
joyas-. Esto no es para nosotros».
De repente la de Rufete anduvo hacia la Puerta del Sol.
«¿Otra vez?
-Quiero ir hacia el Congreso-declaró ella.
-Ya..., ¿para ver si se arma?... No nos metamos en apreturas, hija, no sea
que por artes del demonio...».
Menudeaban los grupos, todos pacíficos. No eran hordas de descamisados, sino
bandadas de curiosos. Se oía decir aquí y allí: «La República, la República»,
pero sin gritos ni amenazas. Se hablaba con frialdad de aquella cosa grande y
temida. No había entusiasmo ni embriaguez revolucionaria, ni amenazas. La
República entraba para cubrir la vacante del Trono, como por disposición
testamentaria. No la acompañaron las brutalidades, pero tampoco las victorias.
Diríase que había venido de la botica tras la receta del médico. Se le aceptaba
como un brebaje de ignorado sabor, del cual no se espera ni salud ni muerte.
¡Cuánta gente en la Carrera! Es abierta lonja de noticias. El Congreso, donde
se forja el rayo; el Casino, donde imperan los desocupados, y el café de la
Iberia, que es el Parnasillo de los políticos, dan a esta calle, en días o
noches de crisis, un aspecto singular. Isidora y su padrino siguieron la
corriente. ¡Cuántos hombres, y también cuántas mujeres! El contacto de la
muchedumbre, aquel fluido magnético conductor de misteriosos apetitos, que se
comunicaba de cuerpo a cuerpo por el roce de hombros y brazos, entró en ella y
la sacudió.
«Déjeme usted sola-dijo a su padrino-. Yo tengo que hacer. Le va a reñir a
usted doña Laura.
-Deja a D.ª Laura que se la lleve el demonio-exclamó Relimpio, a quien la
idea de no acompañar a su sobrina le ponía furioso-. ¡Hay por aquí tanto hombre
imprudente!... Ya ves que no cesan de echarte requiebros y decirte flores. Esto
es indecoroso, y no sería extraño que yo tuviera un lance».
¡Ay Isidora! ¿Qué significó ese susurro de carcajadas que sentiste dentro de
ti?... ¿Era que empezaba a comprender la posibilidad de consolarse sin renunciar
a sus ideas? ¡Oh, no! Antes morir que abandonar sus sagrados derechos. «¡Las
leyes!-pensó-. ¿Para qué son las leyes?». Esta idea le infundió algún contento.
Sí; ella confundiría el necio orgullo de su abuela; ella subiría por sus propias
fuerzas, con la espada de la ley en la mano, a las alturas que le pertenecían.
Si su abuela no quería admitirla de grado, ella, ¿qué tal?..., ella echaría a su
abuela del trono. Venían días a propósito para esto. ¿No éramos ya todos
iguales? El pueblo había recogido la corona arrojada en un rincón del Palacio y
se la había puesto sobre sus sienes duras. ¡Bien, bien, bien! Y se aplaudió a sí
misma, se palmoteó con esas manos inmateriales, que para apoyar sus discursos
tiene el corazón. ¡Pleito! Esta palabra, anunciadora de una gran idea, se le
quedó fija en la mente desde entonces, como grabada en fuego. Vio una turba
infinita de escribanos y jueces, y pirámides de papel en cuya cúspide brillaba
deslumbrante y cegadora la inextinguible luz de su verdadero estado civil.
En la calle de Floridablanca el gentío era más espeso; pero los curiosos no
hacían nada, ni siquiera gritaban. Eran turbas comedidas que no daban vivas ni
mueras. Se hablaba de la llovida República, como se habría hablado de un
chubasco que acabara de caer. Nada de lo que dentro de las Cortes pasaba se
traslucía fuera.
Aunque Isidora no iba sola, era demasiado guapa y D. José demasiado humilde
para que la joven dejase de oír una y otra vez algunas fórmulas equívocas del
requiebro de las calles, nacido de la mala educación y de la falta de respeto a
las mujeres.
«Vámonos a casa-dijo Relimpio algo amostazado-. Yo no me puedo contener. Soy
una pólvora. Tú no conoces mi genio. Pues bien, me estás comprometiendo.
-Váyase usted, que yo me quedo-replicó ella impávida.
-¿Pero estás loca?...
-No estoy loca. Es que...
-Pero ¿tú buscas a alguien? ¿Esperas a alguien?».
Isidora no apartaba sus ojos de aquella puerta pequeña por donde entra y sale
toda la política de España.
«Vaya, que tienes unas cosas... Ya van a dar las diez».
Isidora no le hizo caso. De repente avanzó hacia la calle del Sordo, mirando,
no sin disimulo, a tres individuos que acababan de salir del Congreso. Uno de
ellos se distinguía por su gabán claro.
«¿Al fin nos vamos?-preguntó D. José con alegría.
-No se enfade usted conmigo, padrinito-dijo Isidora mirándole-. Le quiero a
usted mucho».
Avanzaban por la calle del Turco. Relimpio no se había fijado en los tres
señores que delante iban a distancia como de unos treinta pasos. Al llegar al
extremo de la calle, D. José, que gozaba mucho por los recuerdos históricos, se
paró y dijo con voz lúgubre:
«Aquí mataron a D. Juan Prim. Todavía están en la pared las señales de las
balas».
Isidora no miró las señales de los proyectiles. Miraba a los tres caballeros,
que se habían detenido algo más arriba, junto al jardín de Casa-Riera. Parecía
que se despedían. En efecto, dos siguieron hacia la Presidencia, y el del gabán
claro bajó por la calle de Alcalá.
¡Instante tremendo, que no olvidaría jamás D. José Relimpio aunque viviera
mil años! Cuando el señor del gabán claro pasó por la trágica esquina, Isidora
echó a correr, llegose a él, se le colgó del brazo. Hubo exclamaciones de
sorpresa y alegría... Después siguieron juntos, y se perdieron en la niebla.
«¡Ah!-murmuró D. José con vivo dolor-. Es el marqués viudo de Saldeoro...
¡Ingrata!... ¡Y qué hermosa!».
El pobre señor se apoyó en la esquina: su desconsuelo era grande. Pensó que
no la vería más. Vuelta la cara a la pared, ¿qué hizo durante el rato que
permaneció allí?... ¿Lloró? Quién lo sabe. Tal vez estampó una lágrima en
aquella pared donde a balazos estaba escrita la página más deshonrosa de la
historia contemporánea.
Capítulo XVIII
Últimos consejos de mi tío el Canónigo
¡Qué lástima no ser poeta épico para expresar, con la elocuencia propia del
caso, el enojo de D.ª Laura, el cual, si no rayaba tan alto como la ira de los
dioses, hallábase a dos dedos de ella! Todo por que la señorita Isidora no se
conducía decorosamente. Don José estaba profundamente afligido por no poder
lanzarse a la defensa de su querida ahijada. Y si alguna tímida palabreja salía
de su boca, D.ª Laura se le quería comer vivo. El cargo principal que contra
Isidora se formulaba era que se había quedado fuera de casa en la noche del 11.
«Nada, nada-dijo la iracunda señora a su marido del modo más imperioso-. Esa...
Sardanápala no tiene que poner más los pies en mi casa. Si la ves, dile
que mande por sus cuatro pingos y por los papelotes de su padre».
Y en efecto, al anochecer del 12, Isidora mandó por su equipaje. ¡Temblad,
humanos!..., ¡ponía casa! El furor de D.ª Laura creció, y en ella chocaban las
palabras con las ideas y las ideas con las palabras, como las olas de un mar
embravecido. Relimpio no podía disimular una aflicción honda que tenía su
asiento en la región cardíaca. Parecía atacado de un aplanamiento general.
Melchor dijo mil groserías de la ahijada de su padre, y las dos chicas,
contenidas por el pudor, no dijeron nada.
Y tú, ¡oh lector!, ¿qué dices? Yo te ruego que no sigas a esta familia por el
peligroso sendero de los juicios temerarios. Sabe que el poner casa la de Rufete
no puede atribuirse aún a sospechosos motivos; sabe, pues hay obligación de que
se te diga todo, que el mismo día 12 por la mañana recibió nuestra hermosa
protagonista dos cartas de Tomelloso. En la una, su tío el Canónigo se despedía
de ella para el otro mundo y le daba mil consejos de mucha substancia, amén de
un legadillo para que ambos huérfanos prosiguieran la empresa de reclamar su
filiación y herencia, si ya no estaban en posesión de ambas cosas. La otra carta
anunciaba la muerte del santo varón.
El cual, hora es ya decirlo, no era tal Canónigo ni cosa que lo valiera, sino
un seglar soltero, viejo y extravagante, a quien desde luengos años se había
aplicado aquel apodo por su amor a la vida descansada, regalona y sibarítica. En
sus buenos tiempos, D. Santiago Quijano-Quijada, primo carnal de Tomás Rufete,
había sido mayordomo de una casa grande, y después administrador de otras
varias. Cuando tuvo para vivir sin ayuda de nadie, se retiró a su pueblo, donde
vivió célibe, entre primas y sobrinos, más de treinta años, dedicado a la caza,
a la gastronomía y a la lectura de novelas. Tenía ciertos hábitos de grandeza, y
en su modo de hablar y de escribir distinguíase tanto de sus convecinos, que
antes que lugareño parecía de lo más refinado y discreto de la corte. Era muy
avaro y sumamente excéntrico. Omitiendo las mil aseveraciones contradictorias
que corrían por toda la Mancha acerca de su caballerosidad o de su avaricia, de
su ingenio o de sus no comprendidas chifladuras, dejaremos que se nos muestre él
mismo en la carta que escribió a Isidora, y que copiamos a la letra:
«El Tomelloso, a 9 de febrero de 1873.
»Mi querida sobrina (o cosa tal): Cuando recibas estos renglones, ya este
pecador, a quien llamaste tío y que más que tío ha sabido ser padre tuyo, estará
en la Eternidad dando cuenta a Dios de sus muchas culpas. Aquella dolencia que
ni el médico de este pueblo ni el de Argamasilla entendieron, me coge ya toda el
arca del pecho, quitándome la respiración de tal modo, que a cada momento pienso
que se me va fuera el alma. Y aprovecho el poquito tiempo que esta señora ha de
estar dentro de mi cuerpo, para escribirte y darte la despedida, sintiendo mucho
no poderlo hacer por mi mano. Tengo que estar tendido boca arriba sin
movimiento, y el Sr. Rodríguez Araña, secretario del Ayuntamiento, me hace el
favor de escribir lo que dicto, puesto el pensamiento en ti y en tu hermano, a
quienes supongo ya en pacífica posesión del marquesado.
»Por tu última carta veo que esperabas aviso de la señora marquesa de
Aransis. Esa buena señora os habrá reconocido como nietos, porque no puede ser
de otra manera. Ojalá fuera tan seguro que he de alcanzar la gloria eterna, como
lo es que tú y Mariano nacisteis de aquella hermosa y sin ventura Virginia, de
quien sacaste tú la figura y rostro de tal manera y semejanza, que verte a ti es
lo mismo que verla a ella resucitada. Pero si por artes de algún enemigo o
tontunas de la marquesa (que a esta gente endiosada hay que tenerle miedo) se te
hubiese cerrado la puerta de Aransis, te aconsejo, te mando y ordeno que acudas
con tu cuita a los Tribunales de justicia, pues tan claro y patente está tu
derecho en los papeles que tienes y en otros que yo conservaba para el caso y
que te remito, que en dos repelones has de ganar el pleito y tomar por la ley lo
que de otro modo no quisieran darte. Yo tengo gran fe en la fuerza de la sangre,
y me parece que estoy viendo a la señora marquesa echándote los brazos al cuello
y comiéndote a besos. Si las cosas han pasado de otra manera, trata de que la
señora te reconozca por el parecido. Conviene que te registres bien el cuerpo
todo, a ver si tienes en él algún lunar o seña por donde la marquesa venga en
conocimiento de que eres hija de su hija; que yo he leído casos semejantes, en
los cuales un lunarcillo, un ligero vellón o cosa así han bastado para que
encarnizados enemigos se reconocieran como hijo y padre y como tales se
abrazaran. De esto están llenas las historias.
»Para que lo gocéis, si es que ya estáis en vuestro trono, o para que siga el
pleito, si no lo estáis, os dejo un legado que no es cosa mayor. Os doy por
curador a mi amigo el Sr. D. Manuel Pez, nuestro diputado, persona a quien
conoces y seguramente tendrás por la misma caballerosidad.
»Cuando poseas lo de Aransis, que es buen bocado, no dejes que se te vaya la
mano en el gastar, pues las liberalidades consigo mismo o con los demás son el
peligro de los ricos y la sangría de las bolsas. Cásate con persona de tu
condición, pues si lo haces con quien por debajo de ti esté, te expones a que el
peso de tu cónyuge te tire hacia abajo y no te deje flotar bien. En caso de no
hallar exacta pareja, más vale que te unas con quien te sea superior, que
también hay príncipes y duques por estas tierras.
»No tengas vanidad; pero tampoco des tu brazo a torcer. Haz limosnas, que los
pobres y necesitados tienen a los ricos por providencia intermedia entre la
Providencia grande y su miseria. Sois como delegados del Sumo Repartidor de
bienes, para que de lo vuestro deis una parte a los que nada tienen.
»Que no se conozca nunca que has sido pobre, pues si descubres por entre tus
sedas el paño burdo de tus primeros años, habrá tontos que se rían de ti.
Instrúyete bien en las cosas que no has podido aprender en la pobreza. Tú eres
lista y harás grandes progresos. No olvides de darte algunas tareas de piano,
que eso de teclear es, a mi modo de ver, cosa fácil y que se aprende con un poco
de paciencia.
»Para no descubrirte, muéstrate al principio circunspecta y callada, que con
esto pasarás por modesta, y la modestia es virtud que en todas partes se
aprecia; y en este periodo primero de circunspección, dedícate a observar lo que
hacen los demás para aprenderlo y hacerlo tú misma luego que te vayas soltando.
Observa cómo saludan, cómo manejan el abanico, cómo dan el brazo, cómo se
sientan a la mesa y ponen el abrigo. Hasta de la manera de dar limosna a un
pobre tienes que hacer particular estudio. Date un buen curso de todas estas
cosas para salir consumada maestra.
»Dicen que la sociedad camina a pasos de gigante a igualarse toda, a la
desaparición de las clases; dicen que esos tabiques que separan a la humanidad
en compartimientos, caen a golpes de martillo. Yo no lo creo. Siempre habrá
clases. Por más que aseguren que esta igualdad se ha iniciado ya en el lenguaje
y en el vestido, es decir, que todas las personas van hablando y vistiendo ya de
la misma manera, a mí no me entra eso. ¿La educación general traerá al fin la
uniformidad de modales? Patarata. ¿Los salones de la aristocracia se abren a
todo el mundo y dan entrada a los humildes periodistas y folicularios? A otro
perro con ese hueso. Dicen que las señoras de la grandeza cantan flamenco y que
los veterinarios echan discursos de filosofía. Esa no cuela. Yo no lo creeré
aunque lo vea. Si en algún momento de inundación social ha podido pasar eso, las
cosas volverán a su cauce.
»Haz lo posible por distinguirte de los demás sin humillar a nadie, se
entiende. Usa siempre las mejores formas, y hasta cuando quieras ofender, hazlo
con palabras graciosas y suaves. Si tienes que dar una bofetada, dala con mano
de algodón perfumado, que así duele más.
»Una buena mesa es cosa que enaltece al rico y pone, por decirlo así, el
sello a su grandeza. En nada se conoce el buen gusto, nobleza y dignidad de un
alto señor como en sus guisos y manera de presentarlos y servirlos. Digna corte
de los finos manjares es un buen círculo de convidados que sazonen la comida con
las especias finísimas del ingenio discreto; especias, hija mía, que más bien
son flores de aroma delicado. Mira bien a quién convidas. No sientes parásitos a
tu mesa, que estos, después de vivir a tu costa, te criticarán. Elige
diariamente un pequeño número de comensales, graves sin afectación, ingeniosos
sin descaro, festivos sin chocarrería, y que coman sin gula y beban sin
embriaguez, honrando tu casa y celebrando tu mesa.
»Mucho te hablaría de tu cocina, si mi mal me diera espacio para ello.
Solamente te diré, que pues la moda quiere que el arte francés con sus
invenciones, en que entran el gusto y la forma, prevalezca sobre nuestra cocina
nacional, no te dejes vencer del patriotismo, tratando de restablecer usos
culinarios que están ya vencidos. Adopta la cocina francesa, toma un buen jefe y
provéete de cuanto la moda y la especulación traen de remotos países. Pero has
de saber que es de buen gusto el no condenar en absoluto nuestras sabrosas
comidas; y así, no hay cosa de más chispa que sorprender un día a tus convidados
con un plato de salmorejo manchego, bien cargado de pimienta, o con un estofado
de la tierra, bien espeso y oloroso. Esto, hecho a tiempo y tras una exhibición
hábil de fruslerías francesas, no sólo no te será vituperado, sino que te valdrá
grandes alabanzas.
»Vístete con primor. Huye tanto de la vulgaridad poniéndote lo que todas se
pongan, como de la excesiva singularidad poniéndote lo que a nadie se le haya
ocurrido usar. Hay un término medio, delicadísimo, muy difícil de alcanzar, en
el cual debe mantenerse la persona verdaderamente elegante. Muchos que quieren
huir demasiado de la vulgaridad, dan en la extravagancia; procura que en tus
atavíos, sin que falte lo común y corriente, haya algo exclusivamente tuyo, algo
personal, personalísimo, que no puedan imitar los demás, y habrás logrado el
objeto.
»Sé siempre buena católica cristiana, que lo primero es salvar el alma.
Cumple los preceptos de la Iglesia, que todo ello se puede hacer sin fatigarse.
Pero no te entregues con excesivo afán a las prácticas religiosas; trata a los
curas con consideración, y dales para que coman, que a esta gente hay que
tenerla contenta. De cuando en cuando costea novenas y alguna que otra función;
pero sin pasar de ahí ni abrir tu puerta a los señores de hábito negro, los
cuales, si les dejaras, pronto imperarían en ti y en tu casa. Ten cuenta que si
eres beata, dirá la gente que lo haces para encubrir alguna trapisonda, y
considera que ya no hay santos ni cosa que lo valga.
»De un punto sumamente grave te quiero hablar ahora, y es de la vida
conyugal, cosa que, según oigo decir, anda ahora muy por los suelos. Yo quisiera
que la tuya fuera ejemplar y que nadie pudiese en ningún punto poner en duda la
limpieza de tu honor ni la firmeza de tu fe matrimonial. Es muy posible que tu
esposo, llevado de la corriente y de los perversos usos del día, se hastíe un
poco de ti, y busque entretenimiento y variedad en otras mujeres. ¡Atroz desaire
que te producirá no pocos sofocones y te pondrá a dos dedos del mayor peligro en
que jamás se han visto tu dignidad y virtud!... Pues si te dejas llevar del
despecho y rabia de los celos, si te impacientas demasiado por la soledad en que
tu esposo te tiene, te faltará poco para caer en pecado igual al suyo. Cuidado,
hija mía, mucho cuidado. A su poligamia contesta con tu castidad, a su lascivia
con tu abstinencia. Aguanta, resiste, y no degrades tu corazón dándolo a algún
mequetrefe que lo tome por vanidad, y por hacer gala de tu conquista entre los
tontos y desocupados. Consérvate digna, recatada, siempre señora inexpugnable;
que al fin y al cabo tu marido, por la fuerza de sus vicios, reventará, y
entonces podrás volverte a casar eligiendo con todo cuidado otro marido que te
considere más y te atienda mejor que el primero.
»Otras muchas cosas quisiera decirte; pero como creo haber manifestado las
más importantes, no digo más, porque las fuerzas me faltan. Acuérdate de lo
mucho que hemos hablado de esto en las largas noches de invierno. Mi pensamiento
se va nublando, y temo que, si no doy punto aquí, me falten fuerzas para firmar
esta. Dentro de poco habré cerrado mis ojos a la luz de este mundo. Quiera Dios
abrírmelos a los de la gloria eterna. He recibido los Santos Sacramentos, y
espero el perdón de mis culpas. Tengo la conciencia tranquila; no temo la
muerte, y me importan ya poco las molestias de mi cuerpo. Perdono a mis
enemigos; me despido de mis amigos, y recibe tú el último pensamiento y el
suspiro último de tu amantísimo tío (o cosa tal),
SANTIAGO QUIJANO QUIJADA».
Madrid.-Junio de 1881.
FIN DE LA PRIMERA PARTE DE
LA DESHEREDADA
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