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Historiografía novelada: Redescubrimiento de Isla cerrera de Manuel Méndez Ballester*

Dra. Estelle Irizarry
Georgetown University, Wáshington, D.C.

Isla cerrera de Manuel Méndez Ballester, novela muy leída pero poco comentada por la crítica, merece una relectura y redescubrimiento, sobre todo en esta época del Quinto Centenario. Publicada en 1937 dentro del espíritu revisionista de la generación de los treinta, es única como novela histórica puertorriqueña cuyas pautas aun tienen plena actualidad.

Más de cincuenta años después de su aparición, la novela es lectura obligada en la escuela pública, hecho que beneficia a la juventud pero que no ha estimulado su crítica. El Quinto Centenario, aniversario de descubrimientos, es una ocasión propicia para rescatar "clásicos" olvidados, aun más cuando su tema es la colonización de Puerto Rico. Como veremos, hay motivos de más para aconsejar un redescubrimiento de Isla cerrera como obra maestra de la historiografía novelada puertorriqueña.

Conquistador conquistado

La trama novelesca de Isla cerrera concierne al joven español Ricardo Boadilla, hijo de madre mozárabe y padre noble, moro granadino, quien en busca de aventuras llega en 1519 a bordo de un barco negrero a la isla de San Juan de Puerto Rico, donde Juan Ponce de León le encauza y le ayuda a conseguir una encomienda. La novela traza los efectos que produce durante diez años la realidad de la conquista--calor enervante, guerrilla con caribes, la esclavitud institucionalizada, los estragos del huracán y la viruela, y rebeliones de indígenas y negros--en el sensible joven idealista. El que vino en plan de conquista es conquistado a la vez por el encanto de la isla y por sus peligros.

Historiografía y novela

Hasta muy recientemente la novela histórica ha sido un género escasamente cultivado en las Américas y menos aún en Puerto Rico.(1) Méndez Ballester parece seguir el modelo de los "episodios nacionales" galdosianos, pero a diferencia de ellos, su narración está en tercera en vez de primera persona, el período comprendido es extenso y alejado de la actualidad del autor, y la peripecia del protagonista está directamente vinculada con personajes y eventos históricos en vez de servir éstos como telón de fondo. El recuento de la historia es completo y exacto, con tanta fidelidad a los datos históricos que merece llamarse historiografía novelada más bien que novela histórica.

Si por una parte este tipo de novela es una rareza en Puerto Rico, por otra parte abunda la historiografía ensayística. Josefina Rivera de Alvarez dedica un capítulo de su Diccionario de la literatura puertorriqueña a esta modalidad que seguramente le sirvió a Méndez Ballester como inspiración y fuente. En ella ha distinguido Isabel Gutiérrez de Arroyo dos etapas. La primera incluye las comunicaciones de fin útil e informativo de Ponce de León y los primeros cronistas, junto con la primera historia formal de Puerto Rico escrita por Fray Iñigo Abbad y Lasierra (Rivera de Alvarez 13). La segunda etapa, cuyo propósito es intelectual e investigativo, comienza a mediados del siglo XIX con la Biblioteca histórica de Alejandro Tapia y Rivera, y comprende las aportaciones de Tapia, José Julián de Acosta, Salvador Brau y Cayetano Coll y Toste. A esta etapa también pertenecen libros publicados poco antes que Isla cerrera: Historia de Puerto Rico (1922) del norteamericano Paul G. Miller, utilizado como libro de texto en las escuelas públicas de la isla, Historia del Adelantado Juan Ponce de León (Orígenes puertorriqueños (1929) de los hermanos Juan Augusto y Salvador Perea, El descubrimiento de Puerto Rico (1936) de José González Ginorio, y de L. Montalvo Guenard, Historia del Adelantado Juan Ponce de León (Orígenes puertorriqueños (1929) y Rectificaciones históricas; el descubrimiento de Puerto Rico (1933).(2) Sin embargo, esta intensa actividad historiográfica no llegó a contagiar a los novelistas. ¿Cómo explicar el hecho de que en Puerto Rico, donde el pasado colonial perdura en fortalezas, monasterios, y murallas, la novela histórica de sus orígenes no floreciera más que en esta novela? Y en ella Méndez Ballester combina las tradiciones de las dos etapas historiográficas de Puerto Rico, la crónica y la erudición con el propósito artístico de novelar.

No sólo por ser novela histórica se destaca Isla cerrera, sino también porque la historia en ella es amplia, cuidadosamente investigada y meticulosamente fiel a los hechos y cronología. Los elementos novelescos y los históricos están entretejidos con tanta maestría que hace creer en la realidad de su protagonista, Ricardo Boadilla. De hecho su apellido, a la vez que es una simbólica alusión al rey Chico, evoca el del fraile Francisco de Bobadilla, visitador mencionado por el rey D. Fernando en sus ordenanzas para el tratamiento de los indios, junto a Ovando y el Almirante Diego Colón (Caro Costas 107). Por él Colón y sus hermanos fueron devueltos a España en cadenas, pero fue a su vez destituido en 1501.

La estructura misma del libro con sus dos partes no divididas en capítulos, sino con pausas señaladas por tres asteriscos, recuerda la estructura de crónica más bien que de novela. El elogio y la descripción de la isla (p. 70) evocan también las crónicas, y un personaje de nombre Iñigo a bordo del barco puede ser un velado tributo al historiador Fray Iñigo Abbad del siglo XVIII.

Las primeras páginas recrean el ambiente en Sevilla y la animación en torno a la Casa de Contratación. Se ve al aliciente que fue el ideal renacentista de la fama para el protagonista, que sueña con "el día en que su nombre se escuchara en toda la colonia y aun en la corte" (153). Un personaje (Maestre) relata detalles sobre su viaje a la isla de San Juan con el Almirante Colón en 1493 y la expedición de Yáñez Pinzón en 1500. Vemos los barcos negreros, cómo marcan a los esclavos con el terrible carimbo (68) y las lamentables condiciones de su traslado y tratamiento.

Las figuras rigurosamente históricas que desfilan por las páginas de la novela o que aparecen por alusión incluyen a Cristóbal Colón, Cisneros, el Gran Capitán, Fray Bartolomé de Las Casas, Hernán Cortés, Diego Colón, Sancho Velázquez, Juan Ponce de León, su traductor Juan González, Luis de Añasco (acompañante de Ponce), Juan García Troche y el abogado Antonio de Gama (yernos de Ponce), Diego de Salcedo, Cristóbal de Sotomayor, Pedro Mexía (casada con la india Luisa, del cacicato de Loíza) y los caciques Yagüez y Agüeybana.

La figura de más relieve es el capitán Juan Ponce de León, espiritualizado (su voz, mirada y gesto son todo espíritu de "lejanos atardeceres") pero no exageradamente romantizado. Los historiadores Juan Gaulberto Gómez y Antonio Sandras Burín lo responsabilizan por la introducción de la esclavitud del indio: "La armonía más perfecta reinó entre indígenas y españoles hasta fines de 1510; pero Ponce de León, inspirándose en las prácticas seguidas en Santo Domingo, decidió repartir los indios en encomienda, o, lo que es lo mismo, reducirlos a esclavitud..." (13).(3) No obstante, la visión favorable que de él proyecta Méndez Ballester está de acuerdo con el aprecio de la historiadora Loida Figueroa por su "precedente de integridad y buena administración" y "su preocupación por la población permanente" (64) evidenciada en su porfía en oponerse al traslado de Caparra a la isleta de San Juan. Sobre este último detalle aporta Figueroa las palabras del hidalgo:

Yo... comprendo que este traslado se proyecta en beneficio de los que van y vienen por la mar, y de los transeúntes y mercaderes sin arraigo, del tráfico marítimo en suma, y creo que se debe más respeto a los que viven en la tierra y de la tierra que a los que viven de la mar, porque aquéllos son los que han de poblar. (Figueroa 64).

Muestra y símbolo del arraigo de Ponce de León a la tierra la construcción permanente de su casa de piedra, detalle cuidadosamente recogido en la novela, que describe las demás "casuchas de madera rústica y techumbre de paja" (74).(4)

Una lectura de la comprehensiva biografía de Ponce de León escrita posteriormente por Murga Sanz en 1959 permite constatar la autenticidad de un sinnúmero de datos y detalles incorporados magistralmente a la narrativa. En ella cobran vida hechos históricos como la llegada de la Inquisición y su juicio contra Sancho Velázquez, las ordenanzas a favor de los indígenas del rey don Fernando, las funciones de los visitadores, las reformas impulsadas por los frailes, las epidemias de la viruela, y los rebeliones de indios y negros. Visitamos lugares geográficos: Caparra, Toa, la Villa de San Germán, Aguada (Aymaco) y Yukiyu. Pero la historiografía novelada ofrece lo que los libros de historia no pueden transmitirnos: la intrahistoria, o sea la silenciosa marcha de la vida cotidiana de aquella gente de la época cuyos hombres no aparecen en la historia "grande."(5)

Aportación literaria

Como ya se ha indicado, la crítica ha sido muy parca. Vicente Géigel Polanco alude a la novela, recién publicada, en Puerto Rico Ilustrado. Concha Meléndez escribe una breve introducción para la edición de 1941 que señala que "el autor busca el rastro de lo que somos, reconstruyendo los primeros años de la colonización de Puerto Rico" y contrasta al protagonista con el héroe pasivo de la novela histórica de La gloria de don Ramiro de Larreta. Manrique Cabrera la caracteriza como novela que "urge recordar" como "reconstrucción de los duros días que cunaron la temprana colonia" (314). Más recientemente Josefina Rivera de Alvarez la elogia por su caracterización convincente y fidelidad ambiental reforzada por el lenguaje de ecos arcaicos 1983: 447).

Como novela, Isla cerrera participa en todas las categorías literarias imperantes en la narrativa hispanoamericana de su época. Es a la vez novela histórica, social, agraria, indigenista, y costumbrista. El vocablo "cerrera" de su título evoca el conflicto civilización y barbarie que constituyó un tema atrayente para la novelística hispanoamericana de principios de siglo, ejemplificado en Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos (1929).

Como novela social, trata con notable equilibrio el problema de los indios y negros esclavizados en sus dimensiones social, económica y ética. La narrativa revela simpatía con el indio sin entrar en excesos románticos. Se reconoce su tragedia y explotación ("el trabajo aniquila el cuerpo de los indios," 252) y analiza los destrozos causados por el cambio de una estructura social comunitaria a otra de propiedad y propietarios ajenos. Condena la trata y el tratamiento inhumano de los esclavos negros. Sin excusar la conducta de los encomenderos españoles, la novela reconoce la influencia del selvático aislamiento y el acecho de los aborígenes en tornarles crueles.

La temática indigenista incluye la caracterización variada de personajes individuales y descripciones de las armas y el atuendo, nombres de tribus, sus bohíos, labores de las mujeres, bohiques (hechiceros), naborías (nobles) y prácticas como el areyto, el consejo de guerra y la deformación del cráneo para distinguir a los niños nobles. La experiencia del indio se resume en las palabras de Cayán: "Llegó el blanco y perdimos el conuco, el bohío y los montes" (167).

Como novela agraria, hay descripciones detalladas de las faenas agrícolas (rozar los campos, preparar la siembra, levantar ringleras de montones de tierra), la flora (ceibas, guamá, jicacos) y fauna (hutías, alcatraces, un guayacán), productos (yuca, plátanos, guineos, tabaco, algodón, ganado).

El costumbrismo consiste en descripciones de comida (casabe, maíz, yuca, con higüeras de licor de casabe fermentado) y del folklore (cuentos de hechizos, leyendas y romances del Cid y cantos africanos). El diálogo--pero no la narrativa--reproduce el lenguaje con ligera inflexión de época en expresiones como "trujo," "vido," "grande era...," "se lo quitar" y "respondelle." Isla cerrera es una novela fundamentalmente realista con toques naturalistas en el efecto del medio ambiente sobre los personajes y en las descripciones grotescas del indio muerto con "una hedionda gusanera en el pecho" (105), cadáveres descabezadas por caribes (140), la caza de negros fugados con mastines y la muerte de un indio de hernia por una carga excesiva.

La caracterización de Ricardo no es simplista. Sus imperfecciones no son comentadas sino implícitas en sus acciones. Por ejemplo, en varias ocasiones lo vemos castigar a sus caballos y borricos, descargando su cólera en las bestias inocentes.

Sutil pero eficaz es el uso de simbolismo en la novela. Un episodio simbólico anticipa lo que pasará a las ilusiones reformistas del protagonista: "resbaló y fue a caer en el lodazal" (73).(6) Otros símbolos funcionan como metáforas de castigo cuando "Al cruzar un boscaje, los bejucos le fustigaron el rostro a Ricardo" (110), experiencia repetida más tarde cuando "la cabellera de la india flagelaba el pecho del conquistador" (204). Un símbolo más evidente es el pajarraco de mal agüero que aparece hacia el final.

También sutil es la ironía de que el mayordomo Orgaz que maltrata a indios y negros se entretiene "esculpiendo figurillas de barro a la usanza indígena y oyendo relatos de un indio que tenía de criado" (114). Ejemplo de mestización inconsciente, e inevitable, es el resultado del contacto cuando no de voluntad.

Hay momentos de supremo lirismo como en la preciosa y conmovedora contestación que hace Ricardo al final de la novela a la pregunta de su mujer--¿Y cuándo vuelves, Ricardo?--cuando se embarca, herido de gravedad, para España: "Guimazoa, volveré cuando florezcan de nuevo los flamboyanes. Fijaos en lo hermosos que están los que sembramos" (282). Otra flor sembrada será el hijo por nacer, que llevará el nombre de Juan Ponce.

Algunos nombres y alusiones tienen sugerencias simbólicas, como el apellido morisco del protagonista, que evoca el de Boabdil, el rey Chico que perdió Granada a los Reyes Católicos. El romance del Cid reproducido en la novela alude a su conquista de Valencia, perdida de nuevo después de su muerte. Se sugiere por esta vía alusivo-simbólica el conflicto que se lleva a cabo con diferentes razas como protagonistas en tierras americanas. También sugestivo es el nombre de Guimazoa, que en lengua indígena (Güimazoa) es "nombre de la madre de Dios, la invisible, según el historiador Pedro Mártir de Anglería" (Hernández Aquino 240). Versión indígena de "María," anuncia así la transición al cristianismo y el mestizaje que en el futuro contribuirá a resolver los conflictos étnicos arraigados en el sistema colonial.

La narración mantiene un tono objetivo y no se convierte en portavoz del autor. Imparte información histórica, novelesca y descriptiva, y a veces proporciona al lector un resumen retrospectivo general. En contraste con el diálogo, no contiene arcaísmos.

Espíritu treintista

Isla cerrera coincide con la orientación de la Generación de los años treinta que según Rivera de Alvarez se adentra con actitud crítico-reflexiva en la sustancia de lo material y espiritual vinculado a la tierra en busca los rasgos definidores del puertorriqueño sin olvidar su dimensión universal (423).

La figura de Juan Ponce de León en la novela, como héroe, misionero y poblador (Murga 239), es digno representante de las ideas de los treinta. Como se trata de una novela histórica, las recomendaciones treintistas que se enuncian no se ven como tales por parte del autor. Se insinúan indirectamente en boca de dos personajes: Maestre, a bordo del barco, y Fray Luis, el franciscano. Ambos personajes son manifestaciones de un arquetipo que ha definido Jung en los cuentos folklóricos tradicionales--el Viejo Sabio, que aparece cuando el protagonista tiene un gran problema y necesita de fuerzas superiores a las suyas para resolverlo. Precisamente cuando Ricardo se debate en la incompatibilidad de ideas que guían su conducta aparece Fray Luis el franciscano. La conversación conduce a Ricardo a la decisión de que se casará con Guimazoa. Fray Luis confirma la noticia de la muerte de Juan Ponce que hace exclamar a Ricardo: "Podemos decir entonces que la isla ha quedado huérfana." El discurso del fraile en la página 212 es el tradicional del arquetipo que aconseja calma y le da su ejemplo: aunque tuvo que ceder para que no lo echasen de la isla, "aquí me véis, poniendo aquí y allá mi granito de arena."

Otra evidencia del espíritu generacional son algunas semejanzas con La llamarada de Enrique A. Laguerre, publicada dos años antes, que revelan más espíritu de época y propósitos compartidos que influencia directa.(7) La inicial enemistad del mayordomo Orgaz que luego de ser salvado por Ricardo se convierte en su servidor más fiel recuerda las desavenencias de Juan Antonio Borrás con don Flor, también resueltas. Ambos jóvenes llegan a tolerar los abusos que antes condenaron en sus mayordomos. Cuán parecido a Juan Antonio Borrás es Ricardo cuando al comienzo afirma que "los abusos no los tolero" (90) y termina entregándose al sistema como el "blanco cacique del Aymaco" (171) y cuando reconoce que "clamar contra las injusticias de la esclavitud era buscarse la enemistad de los oficiales reales" (69). Ambas novelas retratan la trayectoria espiritual y el dilema moral de jóvenes idealistas, alzamientos de gente explotada, y los daños causados por huracanes que deshacen su trabajo. En las dos novelas hay un personaje traidor que organiza a los desafectos (Segundo en La llamarada, el indio Cayán en Isla cerrera).

Las influencias de generación habían de ser mutuas. Como en la novela de Laguerre, el fuego (hay varios: en el hato de D. Pedro Mexía, en los sembrados, y en los ranchones) es señal de rebelión: "La llamarada de los ranchones subía muy alta, retorciéndose en lenguas rojizas que iluminaban la matanza" (275). Estos episodios enriquecen a la vez la lectura de La llamarada porque identifican como tradición indígena el incendio de protesta. Y si por una parte Méndez Ballester refleja algunas realidades presentes en La llamarada, por otra parte Laguerre aborda el género histórico, ya probado por Méndez Ballester, doce años más tarde en La resaca.

Isla cerrera no pertenece al género de novela histórica de tono romántico como en el siglo anterior. Tiene un tono marcadamente moderno porque imparte un sesgo irónico al recuento de la histórica. El lector reflexivo que conoce las obras dramáticas de Méndez Ballester publicadas posteriormente, El clamor de los surcos (1938) y Tiempo muerto (1940), no puede dejar de advertir la estrecha relación que guardan con su novela histórica. La explotación del jíbaro en la década de los treinta no era tan diferente de la que marcó las primicias de la colonización de Puerto Rico. ¿Cómo no ver en Isla cerrera las pésimas condiciones materiales y problemática social de los pobres de la ruralía puertorriqueña que inspiraron dramas de Méndez Ballester y La llamarada de Laguerre? Esta ironía, tan sutil que ha pasado desapercibida, hace que esta novela se distinga de la narrativa histórica de leyendas y folklore cultivada por Coll y Toste para acercarse más al carácter claramente irónico de la novela histórica actual ejemplificada en La renuncia del héroe Baltasar de Edgardo Rodríguez-Juliá y en Seva de Luis López Nieves.

Actualidad

La historia en Isla cerrera es a la vez pretérita y viva. Tuvo una actualidad no percibida en los años treinta y la sigue teniendo hoy. No deja de ser importante la cuestión de responsabilidad cívica y el llamado por la obediencia a "sabias leyes" y ordenanzas promulgadas pero no acatadas. Ricardo explica al mayordomo la imperativa de "cumplir las ordenanzas reales para que puedan vivir como Dios manda" (115). "Las primeras experiencias le llevaron al convencimiento de que podría mejorarse mucho la estancia, si se cumpliesen las sabias ordenanzas reales promulgadas para reglamentar la vida del indio. El sería fiel ejecutor de aquellas leyes..." (116).

Las cuestiones morales y éticas, el conflicto entre el lucro y el deber, son perennes. Vemos a Ricardo llegar a pertenecer "a la clase de los encomenderos, la gente más estimada y poderosa de la colonia" (130), sólo para abdicar sus idealismo. Las dudas de Ricardo aparecen en forma de múltiples preguntas y una especie de autodiálogo.

Los detalles son distintos pero aún persisten problemas sociales, raciales, y económicas. Aún se vive del crédito, como el préstamo de bienes raíces que contrata hace Ricardo cuando necesita 100 pesos para comprar la encomienda, suma que le adelanta Orgaz a cambio de una participación en ella (130). Al mismo tiempo podemos apreciar los adelantos que ha traído el tiempo: el viaje de San Juan al oeste de la isla cerca de las tierras de Luis de Añasco fue entonces de diez días.

Las palabras de Ponce de León que proponen la conservación y respeto por la tierra suenan como fueran escritas hoy:

La fortuna y el bien la hallaréis en el cultivo intenso de la tierra, aunque pocos se percaten de esto. El oro se gasta, pero la tierra la tendréis siempre. Aquesta es la riqueza del Nuevo Mundo. (81)

Ponce de León tuvo que enfrentarse con el problema de la emigración de la isla, resistiendo el traslado de Caparra para favorecer a los pobladores más que a los que "van y vienen por la mar." Podría decirse que es el primer emigrado de Puerto Rico retratado en novela; quería quedarse en su casa de Caparra que estableció como residencia permanente, pero por obligación a su rey dejó la isla, después de ver casadas a sus tres hijas, para ir a la Florida donde le esperaba la mala suerte que lo finó (Murga 239-41).

Isla cerrera realiza en el medio literario el programa que el autor atribuye a Ponce de León en la novela. Los postulados de éste, que configuraron el carácter de la colonización-- "levantar pueblos" y estimar la tierra--no distan de los de la generación de los treinta. Su encomienda fue "la paz y sosiego y buena gobernación de la isla" (Murga 47), proyecto que aún incumbe a los gobernantes. Fray Luis expresa la consigna de Juan Ponce: "Pensad que en medio de las amarguras de esta humanidad, vamos siempre hacia adelante, cultivando la tierra, levantando estancias y fundando pueblos" (212). El buen fraile se queja de que "más se preocupa la gente de sacar oro que de cultivar la tierra y hacer nuevas fundaciones." Se estima el interés económico por encima de hacer "nuevas fundaciones"--que puede interpretarse en sentido metafórico como mejorar la patria.

Ricardo Boadilla participa en la aventura de Puerto Rico porque "Allí estaban levantando un pueblo" (117) y allí, inspirado por el ejemplo de Juan Ponce de León aprende a forjar patria. Méndez Ballester también sigue esta consigna como novelista en Isla cerrera, puesto que edificar el patrimonio cultural mediante libros es también una manera digna de "levantar pueblo" y edificar patria.

FIN

OBRAS CITADAS

Alegría, Ricardo E. Juan Garrido, el conquistador negro en las Antillas, Florida, México y California. San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, 1990.

Caro Costas, Aída R. Antología de lecturas de historia de Puerto Rico (Siglos XV-XVIII). San Juan, 1987.

Figueroa, Loida. Breve historia de Puerto Rico, vol. 1. Río Piedras: Edil, 1979.

Gualberto Gómez, Juan y Antonio Sendras Burín. Bosquejo de la historia de Puerto Rico (1493-1891). Madrid: 1891.

Hernández Aquino, Luis. Diccionario de voces indígenas de Puerto Rico. Río Piedras: Cultural, 1977.

Jung, C. G. The Archetypes and the Collective Unconscious. Princeton: Princeton UP, 1980.

Laguerre, Enrique A. La llamarada. Río Piedras: Cultural, 1984.

--. La resaca. Río Piedras: cultural, 1969.

López Nieves, Luis. Seva: Historia de la primera invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico ocurrida en mayo 1898. San Juan: Cordillera, 1985.

Méndez Ballester, Manuel. Isla cerrera. San Juan, 1986.

Manrique Cabrera, Francisco. Historia de la literatura puertorriqueña. Río Piedras: Cultural, 1975.

Murga Sanz, Vicente. Ponce de León: fundador y primer gobernador del pueblo puertorriqueño. Río Piedras: Editorial Universitaria, 1971.

Rivera de Alvarez, Josefina. Diccionario de literatura puertorriqueña. 2 tomos. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1974.

--. Literatura puertorriqueña: Su proceso en el tiempo. Madrid: Partenón, 1983.

Rodríguez Juliá, Edgardo. La renuncia del héroe Baltasar. Río Piedras: Cultural, 1986.

Vivas Maldonado. Historia de Puerto Rico. Long Island City: Anaya-Las Américas, 1975.

NOTAS

1. Ver Fernando Alegría, Historia de la novela hispanoamericana, México: 1966, 74-75. En Puerto Rico del siglo XIX Alejandro Tapia y Rivera escribió dos novelas de inspiración histórico-legendaria, La palma del cacique y Cofresí, de corte romántico, como lo es también La peregrinación de Bayoán de Eugenio María de Hostos. En el siglo XX se puede citar La resaca de Enrique A. Laguerre (1957) y más recientemente, Seva de Luis López Nieves (1985) y La renuncia del héroe Baltasar de Edgardo Rodríguez-Juliá (1986).

2. Ver Josefina Rivera de Alvarez, Diccionario de literatura puertorriqueña I, 742-50.

3. Sin embargo la institución de la encomienda fue ya una realidad en el Nuevo Mundo y según Loida Figueroa quien repartió a los indígenas fue el repartidor asociado Velázquez mientras Ponce estuvo en España desde marzo o abril de 1510 hasta fines de 1511 (64).

4. Murga dice que su construcción comenzó en 1509 y continuó en 1510, pero no ha podido encontrar "ningún dibujo ni rasguño" de ella (51).

5. No se trata únicamente de gente "común," como comprueba el caso del conquistador negro Juan Garrido, también olvidado por la historia (ver Ricardo A. Alegría, Juan Garrido, el conquistador negro en las Antillas, Florida, México y California).

6. Parecida es la caída de Dolorito Montojo en La resaca, novela de Laguerre, de 1949.

7. Méndez Ballester, amigo de Laguerre, hace constar en su introducción a la vigésimoquinta edición conmemorativa de La llamarada que corrigió las pruebas y supervisó la impresión.

* Publicado en Revista del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe 10, enero-junio 1990, pp. 2-8.

La Dra. Estelle Irizarry es catedrática de literatura hispánica de la Universidad de Georgetown, en Washington, D.C., EE.UU; autora de 29 libros sobre literatura (9 de ellos sobre literatura puertorriqueña); miembro de número de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y correspondiente de la Real Academia Española; dirigió Hispania, la revista de la Asociación Americana de Profesores de Español y  Portugués, durante los años 1993-2000.

10 Nov 2010

Novela de
Luis López Nieves

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