| Isla
cerrera de Manuel Méndez Ballester, novela muy leída pero poco
comentada por la crítica, merece una relectura y redescubrimiento,
sobre todo en esta época del Quinto Centenario. Publicada en 1937
dentro del espíritu revisionista de la generación de los treinta,
es única como novela histórica puertorriqueña cuyas pautas aun
tienen plena actualidad. Más de
cincuenta años después de su aparición, la novela es lectura
obligada en la escuela pública, hecho que beneficia a la juventud
pero que no ha estimulado su crítica. El Quinto Centenario,
aniversario de descubrimientos, es una ocasión propicia para
rescatar "clásicos" olvidados, aun más cuando su tema es la
colonización de Puerto Rico. Como veremos, hay motivos de más para
aconsejar un redescubrimiento de Isla cerrera como obra
maestra de la historiografía novelada puertorriqueña.
Conquistador conquistado
La trama novelesca de Isla cerrera
concierne al joven español Ricardo Boadilla, hijo de madre
mozárabe y padre noble, moro granadino, quien en busca de
aventuras llega en 1519 a bordo de un barco negrero a la isla de
San Juan de Puerto Rico, donde Juan Ponce de León le encauza y le
ayuda a conseguir una encomienda. La novela traza los efectos que
produce durante diez años la realidad de la conquista--calor
enervante, guerrilla con caribes, la esclavitud
institucionalizada, los estragos del huracán y la viruela, y
rebeliones de indígenas y negros--en el sensible joven idealista.
El que vino en plan de conquista es conquistado a la vez por el
encanto de la isla y por sus peligros.
Historiografía y novela
Hasta muy recientemente la novela
histórica ha sido un género escasamente cultivado en las Américas
y menos aún en Puerto Rico.(1) Méndez Ballester parece
seguir el modelo de los "episodios nacionales" galdosianos, pero a
diferencia de ellos, su narración está en tercera en vez de
primera persona, el período comprendido es extenso y alejado de la
actualidad del autor, y la peripecia del protagonista está
directamente vinculada con personajes y eventos históricos en vez
de servir éstos como telón de fondo. El recuento de la historia es
completo y exacto, con tanta fidelidad a los datos históricos que
merece llamarse historiografía novelada más bien que novela
histórica.
Si por una parte este tipo de novela es
una rareza en Puerto Rico, por otra parte abunda la historiografía
ensayística. Josefina Rivera de Alvarez dedica un capítulo de su
Diccionario de la literatura puertorriqueña a esta
modalidad que seguramente le sirvió a Méndez Ballester como
inspiración y fuente. En ella ha distinguido Isabel Gutiérrez de
Arroyo dos etapas. La primera incluye las comunicaciones de fin
útil e informativo de Ponce de León y los primeros cronistas,
junto con la primera historia formal de Puerto Rico escrita por
Fray Iñigo Abbad y Lasierra (Rivera de Alvarez 13). La segunda
etapa, cuyo propósito es intelectual e investigativo, comienza a
mediados del siglo XIX con la Biblioteca histórica de
Alejandro Tapia y Rivera, y comprende las aportaciones de Tapia,
José Julián de Acosta, Salvador Brau y Cayetano Coll y Toste. A
esta etapa también pertenecen libros publicados poco antes que
Isla cerrera: Historia de Puerto Rico (1922) del
norteamericano Paul G. Miller, utilizado como libro de texto en
las escuelas públicas de la isla, Historia del Adelantado Juan
Ponce de León (Orígenes puertorriqueños (1929) de los hermanos
Juan Augusto y Salvador Perea, El descubrimiento de Puerto Rico
(1936) de José González Ginorio, y de L. Montalvo Guenard,
Historia del Adelantado Juan Ponce de León (Orígenes
puertorriqueños (1929) y Rectificaciones históricas; el
descubrimiento de Puerto Rico (1933).(2) Sin embargo, esta
intensa actividad historiográfica no llegó a contagiar a los
novelistas. ¿Cómo explicar el hecho de que en Puerto Rico, donde
el pasado colonial perdura en fortalezas, monasterios, y murallas,
la novela histórica de sus orígenes no floreciera más que en esta
novela? Y en ella Méndez Ballester combina las tradiciones de las
dos etapas historiográficas de Puerto Rico, la crónica y la
erudición con el propósito artístico de novelar.
No sólo por ser novela histórica se
destaca Isla cerrera, sino también porque la historia en
ella es amplia, cuidadosamente investigada y meticulosamente fiel
a los hechos y cronología. Los elementos novelescos y los
históricos están entretejidos con tanta maestría que hace creer en
la realidad de su protagonista, Ricardo Boadilla. De hecho su
apellido, a la vez que es una simbólica alusión al rey Chico,
evoca el del fraile Francisco de Bobadilla, visitador mencionado
por el rey D. Fernando en sus ordenanzas para el tratamiento de
los indios, junto a Ovando y el Almirante Diego Colón (Caro Costas
107). Por él Colón y sus hermanos fueron devueltos a España en
cadenas, pero fue a su vez destituido en 1501.
La estructura misma del libro con sus dos
partes no divididas en capítulos, sino con pausas señaladas por
tres asteriscos, recuerda la estructura de crónica más bien que de
novela. El elogio y la descripción de la isla (p. 70) evocan
también las crónicas, y un personaje de nombre Iñigo a bordo del
barco puede ser un velado tributo al historiador Fray Iñigo Abbad
del siglo XVIII.
Las primeras páginas recrean el ambiente
en Sevilla y la animación en torno a la Casa de Contratación. Se
ve al aliciente que fue el ideal renacentista de la fama para el
protagonista, que sueña con "el día en que su nombre se escuchara
en toda la colonia y aun en la corte" (153). Un personaje
(Maestre) relata detalles sobre su viaje a la isla de San Juan con
el Almirante Colón en 1493 y la expedición de Yáñez Pinzón en
1500. Vemos los barcos negreros, cómo marcan a los esclavos con el
terrible carimbo (68) y las lamentables condiciones de su
traslado y tratamiento.
Las figuras rigurosamente históricas que
desfilan por las páginas de la novela o que aparecen por alusión
incluyen a Cristóbal Colón, Cisneros, el Gran Capitán, Fray
Bartolomé de Las Casas, Hernán Cortés, Diego Colón, Sancho
Velázquez, Juan Ponce de León, su traductor Juan González, Luis de
Añasco (acompañante de Ponce), Juan García Troche y el abogado
Antonio de Gama (yernos de Ponce), Diego de Salcedo, Cristóbal de
Sotomayor, Pedro Mexía (casada con la india Luisa, del cacicato de
Loíza) y los caciques Yagüez y Agüeybana.
La figura de más relieve es el capitán
Juan Ponce de León, espiritualizado (su voz, mirada y gesto son
todo espíritu de "lejanos atardeceres") pero no exageradamente
romantizado. Los historiadores Juan Gaulberto Gómez y Antonio
Sandras Burín lo responsabilizan por la introducción de la
esclavitud del indio: "La armonía más perfecta reinó entre
indígenas y españoles hasta fines de 1510; pero Ponce de León,
inspirándose en las prácticas seguidas en Santo Domingo, decidió
repartir los indios en
encomienda, o, lo que es lo mismo, reducirlos a
esclavitud..." (13).(3) No obstante, la visión
favorable que de él proyecta Méndez Ballester está de acuerdo con
el aprecio de la historiadora Loida Figueroa por su "precedente de
integridad y buena administración" y "su preocupación por la
población permanente" (64) evidenciada en su porfía en oponerse al
traslado de Caparra a la isleta de San Juan. Sobre este último
detalle aporta Figueroa las palabras del hidalgo:
Yo... comprendo que este traslado se
proyecta en beneficio de los que van y vienen por la mar, y de
los transeúntes y mercaderes sin arraigo, del tráfico marítimo
en suma, y creo que se debe más respeto a los que viven en la
tierra y de la tierra que a los que viven de la mar, porque
aquéllos son los que han de poblar. (Figueroa 64).
Muestra y símbolo del arraigo de Ponce de
León a la tierra la construcción permanente de su casa de piedra,
detalle cuidadosamente recogido en la novela, que describe las
demás "casuchas de madera rústica y techumbre de paja" (74).(4)
Una lectura de la comprehensiva biografía
de Ponce de León escrita posteriormente por Murga Sanz en 1959
permite constatar la autenticidad de un sinnúmero de datos y
detalles incorporados magistralmente a la narrativa. En ella
cobran vida hechos históricos como la llegada de la Inquisición y
su juicio contra Sancho Velázquez, las ordenanzas a favor de los
indígenas del rey don Fernando, las funciones de los visitadores,
las reformas impulsadas por los frailes, las epidemias de la
viruela, y los rebeliones de indios y negros. Visitamos lugares
geográficos: Caparra, Toa, la Villa de San Germán, Aguada (Aymaco)
y Yukiyu. Pero la historiografía novelada ofrece lo que los libros
de historia no pueden transmitirnos: la intrahistoria, o sea la
silenciosa marcha de la vida cotidiana de aquella gente de la
época cuyos hombres no aparecen en la historia "grande."(5)
Aportación literaria
Como ya se ha indicado, la crítica ha
sido muy parca. Vicente Géigel Polanco alude a la novela, recién
publicada, en Puerto Rico Ilustrado. Concha Meléndez
escribe una breve introducción para la edición de 1941 que señala
que "el autor busca el rastro de lo que somos, reconstruyendo los
primeros años de la colonización de Puerto Rico" y contrasta al
protagonista con el héroe pasivo de la novela histórica de La
gloria de don Ramiro de Larreta. Manrique Cabrera la
caracteriza como novela que "urge recordar" como "reconstrucción
de los duros días que cunaron la temprana colonia" (314). Más
recientemente Josefina Rivera de Alvarez la elogia por su
caracterización convincente y fidelidad ambiental reforzada por el
lenguaje de ecos arcaicos 1983: 447).
Como novela, Isla cerrera
participa en todas las categorías literarias imperantes en la
narrativa hispanoamericana de su época. Es a la vez novela
histórica, social, agraria, indigenista, y costumbrista. El
vocablo "cerrera" de su título evoca el conflicto civilización y
barbarie que constituyó un tema atrayente para la novelística
hispanoamericana de principios de siglo, ejemplificado en Doña
Bárbara, de Rómulo Gallegos (1929).
Como novela social, trata con notable
equilibrio el problema de los indios y negros esclavizados en sus
dimensiones social, económica y ética. La narrativa revela
simpatía con el indio sin entrar en excesos románticos. Se
reconoce su tragedia y explotación ("el trabajo aniquila el cuerpo
de los indios," 252) y analiza los destrozos causados por el
cambio de una estructura social comunitaria a otra de propiedad y
propietarios ajenos. Condena la trata y el tratamiento inhumano de
los esclavos negros. Sin excusar la conducta de los encomenderos
españoles, la novela reconoce la influencia del selvático
aislamiento y el acecho de los aborígenes en tornarles crueles.
La temática indigenista incluye la
caracterización variada de personajes individuales y descripciones
de las armas y el atuendo, nombres de tribus, sus bohíos, labores
de las mujeres, bohiques (hechiceros), naborías (nobles) y
prácticas como el areyto, el consejo de guerra y la deformación
del cráneo para distinguir a los niños nobles. La experiencia del
indio se resume en las palabras de Cayán: "Llegó el blanco y
perdimos el conuco, el bohío y los montes" (167).
Como novela agraria, hay descripciones
detalladas de las faenas agrícolas (rozar los campos, preparar la
siembra, levantar ringleras de montones de tierra), la flora
(ceibas, guamá, jicacos) y fauna (hutías, alcatraces, un
guayacán), productos (yuca, plátanos, guineos, tabaco, algodón,
ganado).
El costumbrismo consiste en descripciones
de comida (casabe, maíz, yuca, con higüeras de licor de casabe
fermentado) y del folklore (cuentos de hechizos, leyendas y
romances del Cid y cantos africanos). El diálogo--pero no la
narrativa--reproduce el lenguaje con ligera inflexión de época en
expresiones como "trujo," "vido," "grande era...," "se lo quitar"
y "respondelle." Isla cerrera es una novela
fundamentalmente realista con toques naturalistas en el efecto del
medio ambiente sobre los personajes y en las descripciones
grotescas del indio muerto con "una hedionda gusanera en el pecho"
(105), cadáveres descabezadas por caribes (140), la caza de negros
fugados con mastines y la muerte de un indio de hernia por una
carga excesiva.
La caracterización de Ricardo no es
simplista. Sus imperfecciones no son comentadas sino implícitas en
sus acciones. Por ejemplo, en varias ocasiones lo vemos castigar a
sus caballos y borricos, descargando su cólera en las bestias
inocentes.
Sutil pero eficaz es el uso de simbolismo
en la novela. Un episodio simbólico anticipa lo que pasará a las
ilusiones reformistas del protagonista: "resbaló y fue a caer en
el lodazal" (73).(6) Otros símbolos
funcionan como metáforas de castigo cuando "Al cruzar un boscaje,
los bejucos le fustigaron el rostro a Ricardo" (110), experiencia
repetida más tarde cuando "la cabellera de la india flagelaba el
pecho del conquistador" (204). Un símbolo más evidente es el
pajarraco de mal agüero que aparece hacia el final.
También sutil es la ironía de que el
mayordomo Orgaz que maltrata a indios y negros se entretiene
"esculpiendo figurillas de barro a la usanza indígena y oyendo
relatos de un indio que tenía de criado" (114). Ejemplo de
mestización inconsciente, e inevitable, es el resultado del
contacto cuando no de voluntad.
Hay momentos de supremo lirismo como en
la preciosa y conmovedora contestación que hace Ricardo al final
de la novela a la pregunta de su mujer--¿Y cuándo vuelves,
Ricardo?--cuando se embarca, herido de gravedad, para España:
"Guimazoa, volveré cuando florezcan de nuevo los flamboyanes.
Fijaos en lo hermosos que están los que sembramos" (282). Otra
flor sembrada será el hijo por nacer, que llevará el nombre de
Juan Ponce.
Algunos nombres y alusiones tienen
sugerencias simbólicas, como el apellido morisco del protagonista,
que evoca el de Boabdil, el rey Chico que perdió Granada a los
Reyes Católicos. El romance del Cid reproducido en la novela alude
a su conquista de Valencia, perdida de nuevo después de su muerte.
Se sugiere por esta vía alusivo-simbólica el conflicto que se
lleva a cabo con diferentes razas como protagonistas en tierras
americanas. También sugestivo es el nombre de Guimazoa, que en
lengua indígena (Güimazoa) es "nombre de la madre de Dios, la
invisible, según el historiador Pedro Mártir de Anglería"
(Hernández Aquino 240). Versión indígena de "María," anuncia así
la transición al cristianismo y el mestizaje que en el futuro
contribuirá a resolver los conflictos étnicos arraigados en el
sistema colonial.
La narración mantiene un tono objetivo y
no se convierte en portavoz del autor. Imparte información
histórica, novelesca y descriptiva, y a veces proporciona al
lector un resumen retrospectivo general. En contraste con el
diálogo, no contiene arcaísmos.
Espíritu treintista
Isla cerrera coincide con la
orientación de la Generación de los años treinta que según Rivera
de Alvarez se adentra con actitud crítico-reflexiva en la
sustancia de lo material y espiritual vinculado a la tierra en
busca los rasgos definidores del puertorriqueño sin olvidar su
dimensión universal (423).
La figura de Juan Ponce de León en la
novela, como héroe, misionero y poblador (Murga 239), es digno
representante de las ideas de los treinta. Como se trata de una
novela histórica, las recomendaciones treintistas que se enuncian
no se ven como tales por parte del autor. Se insinúan
indirectamente en boca de dos personajes: Maestre, a bordo del
barco, y Fray Luis, el franciscano. Ambos personajes son
manifestaciones de un arquetipo que ha definido Jung en los
cuentos folklóricos tradicionales--el Viejo Sabio, que aparece
cuando el protagonista tiene un gran problema y necesita de
fuerzas superiores a las suyas para resolverlo. Precisamente
cuando Ricardo se debate en la incompatibilidad de ideas que guían
su conducta aparece Fray Luis el franciscano. La conversación
conduce a Ricardo a la decisión de que se casará con Guimazoa.
Fray Luis confirma la noticia de la muerte de Juan Ponce que hace
exclamar a Ricardo: "Podemos decir entonces que la isla ha quedado
huérfana." El discurso del fraile en la página 212 es el
tradicional del arquetipo que aconseja calma y le da su ejemplo:
aunque tuvo que ceder para que no lo echasen de la isla, "aquí me
véis, poniendo aquí y allá mi granito de arena."
Otra evidencia del espíritu generacional
son algunas semejanzas con
La llamarada de
Enrique A. Laguerre, publicada dos años antes, que revelan más
espíritu de época y propósitos compartidos que influencia directa.(7) La inicial enemistad
del mayordomo Orgaz que luego de ser salvado por Ricardo se
convierte en su servidor más fiel recuerda las desavenencias de
Juan Antonio Borrás con don Flor, también resueltas. Ambos jóvenes
llegan a tolerar los abusos que antes condenaron en sus
mayordomos. Cuán parecido a Juan Antonio Borrás es Ricardo cuando
al comienzo afirma que "los abusos no los tolero" (90) y termina
entregándose al sistema como el "blanco cacique del Aymaco" (171)
y cuando reconoce que "clamar contra las injusticias de la
esclavitud era buscarse la enemistad de los oficiales reales"
(69). Ambas novelas retratan la trayectoria espiritual y el dilema
moral de jóvenes idealistas, alzamientos de gente explotada, y los
daños causados por huracanes que deshacen su trabajo. En las dos
novelas hay un personaje traidor que organiza a los desafectos
(Segundo en La llamarada, el indio Cayán en Isla cerrera).
Las influencias de generación habían de
ser mutuas. Como en la novela de Laguerre, el fuego (hay varios:
en el hato de D. Pedro Mexía, en los sembrados, y en los
ranchones) es señal de rebelión: "La llamarada de los ranchones
subía muy alta, retorciéndose en lenguas rojizas que iluminaban la
matanza" (275). Estos episodios enriquecen a la vez la lectura de
La llamarada porque identifican como tradición indígena el
incendio de protesta. Y si por una parte Méndez Ballester refleja
algunas realidades presentes en La llamarada, por otra
parte Laguerre aborda el género histórico, ya probado por Méndez
Ballester, doce años más tarde en La resaca.
Isla cerrera no pertenece al
género de novela histórica de tono romántico como en el siglo
anterior. Tiene un tono marcadamente moderno porque imparte un
sesgo irónico al recuento de la histórica. El lector reflexivo que
conoce las obras dramáticas de Méndez Ballester publicadas
posteriormente, El clamor de los surcos (1938) y Tiempo
muerto (1940), no puede dejar de advertir la estrecha relación
que guardan con su novela histórica. La explotación del jíbaro en
la década de los treinta no era tan diferente de la que marcó las
primicias de la colonización de Puerto Rico. ¿Cómo no ver en
Isla cerrera las pésimas condiciones materiales y problemática
social de los pobres de la ruralía puertorriqueña que inspiraron
dramas de Méndez Ballester y La llamarada de Laguerre? Esta
ironía, tan sutil que ha pasado desapercibida, hace que esta
novela se distinga de la narrativa histórica de leyendas y
folklore cultivada por Coll y Toste para acercarse más al carácter
claramente irónico de la novela histórica actual ejemplificada en
La renuncia del héroe Baltasar de Edgardo Rodríguez-Juliá y
en
Seva de
Luis López Nieves.
Actualidad
La historia en Isla cerrera es a
la vez pretérita y viva. Tuvo una actualidad no percibida en los
años treinta y la sigue teniendo hoy. No deja de ser importante la
cuestión de responsabilidad cívica y el llamado por la obediencia
a "sabias leyes" y ordenanzas promulgadas pero no acatadas.
Ricardo explica al mayordomo la imperativa de "cumplir las
ordenanzas reales para que puedan vivir como Dios manda" (115).
"Las primeras experiencias le llevaron al convencimiento de que
podría mejorarse mucho la estancia, si se cumpliesen las sabias
ordenanzas reales promulgadas para reglamentar la vida del indio.
El sería fiel ejecutor de aquellas leyes..." (116).
Las cuestiones morales y éticas, el
conflicto entre el lucro y el deber, son perennes. Vemos a Ricardo
llegar a pertenecer "a la clase de los encomenderos, la gente más
estimada y poderosa de la colonia" (130), sólo para abdicar sus
idealismo. Las dudas de Ricardo aparecen en forma de múltiples
preguntas y una especie de autodiálogo.
Los detalles son distintos pero aún
persisten problemas sociales, raciales, y económicas. Aún se vive
del crédito, como el préstamo de bienes raíces que contrata hace
Ricardo cuando necesita 100 pesos para comprar la encomienda, suma
que le adelanta Orgaz a cambio de una participación en ella (130).
Al mismo tiempo podemos apreciar los adelantos que ha traído el
tiempo: el viaje de San Juan al oeste de la isla cerca de las
tierras de Luis de Añasco fue entonces de diez días.
Las palabras de Ponce de León que
proponen la conservación y respeto por la tierra suenan como
fueran escritas hoy:
La fortuna y el bien la hallaréis en el
cultivo intenso de la tierra, aunque pocos se percaten de esto.
El oro se gasta, pero la tierra la tendréis siempre. Aquesta es
la riqueza del Nuevo Mundo. (81)
Ponce de León tuvo que enfrentarse con el
problema de la emigración de la isla, resistiendo el traslado de
Caparra para favorecer a los pobladores más que a los que "van y
vienen por la mar." Podría decirse que es el primer emigrado de
Puerto Rico retratado en novela; quería quedarse en su casa de
Caparra que estableció como residencia permanente, pero por
obligación a su rey dejó la isla, después de ver casadas a sus
tres hijas, para ir a la Florida donde le esperaba la mala suerte
que lo finó (Murga 239-41).
Isla cerrera realiza en el medio
literario el programa que el autor atribuye a Ponce de León en la
novela. Los postulados de éste, que configuraron el carácter de la
colonización-- "levantar pueblos" y estimar la tierra--no distan
de los de la generación de los treinta. Su encomienda fue "la paz
y sosiego y buena gobernación de la isla" (Murga 47), proyecto que
aún incumbe a los gobernantes. Fray Luis expresa la consigna de
Juan Ponce: "Pensad que en medio de las amarguras de esta
humanidad, vamos siempre hacia adelante, cultivando la tierra,
levantando estancias y fundando pueblos" (212). El buen fraile se
queja de que "más se preocupa la gente de sacar oro que de
cultivar la tierra y hacer nuevas fundaciones." Se estima el
interés económico por encima de hacer "nuevas fundaciones"--que
puede interpretarse en sentido metafórico como mejorar la patria.
Ricardo Boadilla participa en la aventura
de Puerto Rico porque "Allí estaban levantando un pueblo" (117) y
allí, inspirado por el ejemplo de Juan Ponce de León aprende a
forjar patria. Méndez Ballester también sigue esta consigna como
novelista en Isla cerrera,
puesto que edificar el patrimonio cultural mediante libros es
también una manera digna de "levantar pueblo" y edificar patria.
FIN
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