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Miércoles 8 de Setiembre de 2010
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Diálogo con el puertorriqueño Luis López
Nieves, cuya última novela vino a presentar en el Filba
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| “El fin de mis libros es postular otra historia”
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Luis López Nieves inauguró, en «El silencio
de Galileo», un formato de novela epistolar acorde con los tiempos
actuales: el relato procede por e-mails.
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«Me gusta poner en duda las ideas recibidas, llenar de incertidumbre al lector, cuestionar sus ideas sobre lo ocurrido» sostiene
Luis López Nieves, considerado el más importante escritor de Puerto Rico. López Nieves
es doctor en Literatura Comparada por la Universidad de Nueva York en
Stony Brook y ha ganado numerosos premios, entre ellos el Nacional de
Literatura de su país en dos ocasiones. Fundó el primer programa de
Maestría en Creación Literaria de América Latina en San Juan de Puerto
Rico, y ha publicado las novelas «Seva», «La verdadera muerte de Juan Ponce de León», «El corazón de Voltaire», el libro de relatos «Escribir para Rafa», y acaba de llegar a nuestro país su más reciente obra, «El silencio de Galileo»,
que presenta la particularidad de que está escrita a través de e.mails.
Durante su breve visita a Buenos Aires. en ocasión del Filba,
dialogamos con él.
Periodista: ¿Cómo planeó sumar historias diversas en «El silencio de Galileo»?
Luis López Nieves: Si bien hay varias historias, la principal es la de la historiadora francesa Ysabeau de Vassy,
profesora de la Sorbona, a quien una amiga, una vizcondesa cuyo padre,
un conde que se está muriendo y quiere confirmar que desciende de Galileo, le pide que encuentre pruebas de su presunción. Ysabeau,
como favor, comienza esa investigación histórica. Y allí surge otro
tema: quién inventó realmente el telescopio, porque hay datos que
cuestionan que fuera Galileo. La novela a medida que indaga sobre los descendientes de Galileo
hasta nuestros días y sobre quién realmente inventó el telescopio, me
permite hacer surgir otros cuestionamientos que llevo haciendo hace
muchos años y que tienen que ver con lo que llamo «historia trocada».
P.: ¿Qué implica la fórmula «historia trocada» que le ha servido de base a las cinco novelas que lleva escritas?
L.L.N.:
Jugar con la historia, cambiar cosas de tal forma que cuando el lector
termine el libro no sepa qué es cierto y qué no lo es. Con esa forma de
trocar, de cambiar, indago la diferencia entre la historia y la
literatura, porque yo planteo que la historia es un género literario.
Eso le molesta a los historiadores. Pero recuerdo, por ejemplo, que si
se lee historia de Roma, Julio César puede aparecer como un gran
héroe y hombre admirable en un libro; en otro es un gran villano, y en otro que
tenía cosas buenas y cosas malas; todo depende de quién escriba la
historia.
P.: ¿Cuándo comenzó con esta línea?
L.L.N.: Con mi primer
libro, «Seva»,
donde cuestiono el mito de que recibimos la invasión estadounidense con
los brazos abiertos y aplaudiendo. Muestro que esa leyenda ha sido
fabricada. Mi cuarto libro, «El corazón de Voltaire» comienza
con una conversación en Brasilia, donde el presidente de Brasil le
cuestiona a la embajadora de Francia la autenticidad del corazón de Voltaire
que está en una urna en la Biblioteca Nacional de París. Cuando se
entera el presidente de Francia, se escandaliza de que se haya puesto en
duda esa reliquia nacional, y le pide a un investigador académico que
confirme ante el mundo que ese es el auténtico corazón de Voltaire.
P.: ¿Esa propuesta literaria lo lleva a hacer revisionismo histórico?
L.L.N.: No hago revisionismo. El revisionismo revisa para plantear una versión nueva. Yo hago otra búsqueda. Cuando leemos «La República» de Platón o la «Poética» de Aristóteles,
estamos leyendo libros que han sido copiados y vueltos a copiar por
siglos. Cada vez que las copias se iban poniendo viejas, se hacía una
nueva. Podemos sospechar que en 2500 años hombres muy fanáticos hayan
hecho pequeños cambios, sacado frases que les molestaban. Recuerdo que
tiempo después de haber publicado «El corazón de Voltaire» hubo amigos que me llamaron porque había salido en los diarios que al estudiar el ADN de los huesos de Juana de Arco,
que habían sido venerados por siglos con peregrinaciones a los restos
de la santa, resultó que eran huesos de gato. El engaño viene de lejos.
El negocio de las reliquias fue enorme. En la Edad Media, muchas iglesias
tenían un pedacito de la verdadera Cruz. Juntándolos se podría haber
hecho un edificio de 5 pisos. Un poco al estilo de la «tabla rasa»
de Descartes comencé a cuestionarme todo. ¿Por qué no puedo pensar que
un conserje descontento con el trato y el salario tiró el corazón de
Voltaire y puso otro? Después de Voltaire, el primer pensador moderno,
decidí que la siguiente novela sería sobre el primer científico moderno,
Galileo.
P.: Y el telescopio será como el corazón de Voltaire, lo que le lleva a cuestionar las versiones de la realidad.
L.L.N.: En 1608, en Holanda, el alemán Hans Lippershey pide una patente para el telescopio. Diez días después el holandés Zacarías Janssen, que vivía en la misma ciudad, pide la patente para el telescopio. Casi de inmediato, su vecino, el holandés Jacobo Metius
pide la tercera patente por lo mismo. Los historiadores se sorprenden
de la casualidad de que todo eso haya ocurrido en el mismo momento, en el
mismo lugar, y piensan que «la idea estaba en el aire». ¿Casualidad entre gente que se conocía? La «historia trocada» no tiene que ver con si Hitler
murió en Paraguay o en la Argentina, si tuvo 20 hijos. No es plantear
conspiraciones, ni imponer nuevas versiones, es tomar las cosas con una
pizca de sal y ser menos crédulos.
P.: A eso agrega forma
innovadoras. En «El silencio de Galileo» parte de la actualidad para
narrar por momentos históricos, realizando una investigación retroactiva
que se cuenta solamente a través de e-mails.
L.L.N.:
Mis primeros tres libros remiten a la técnica epistolar, porque me gusta
el formato de las cartas. Eso, básicamente, por un repudio a la
narrativa ampulosa, sobrecargada, con tanta descripción, tanto detalle
innecesario. Lo que me provee la carta es un modo de ir directamente al
grano, de no andar con rodeos. Es personal y directa casi como el
teatro, se ve a los personajes actuando sin que haya ese narrador que a
mí me molesta. Cuando llevaba escritas 40 páginas de «El corazón de Voltaire»,
donde se cruzaban cartas tradicionales, tuve la revelación, que no fue
que se abriera el cielo y aparecieran ángeles, sino que me dije: ¿cuánto
hace que no escribo una carta? ¿Cuánto hace que no me pongo frente a un
papel, escribo, lo doblo, lo ensobro, le pongo una estampilla? ¿Quién
las escribe hoy, que no sean las comerciales? Tengo que contar esta
historia a través del correo electrónico. Reescribí todo y al llegar a
la página 60 entré en una auténtica euforia porque sentía que había
descubierto algo nuevo. Y la forma actuaba sobre el contenido y afectaba
el ritmo. En «El corazón de Voltaire» había personajes en
Francia, en Argentina, en México. Con las cartas hubieran pasado semanas
entre lo que se preguntaba y la respuesta, con el correo electrónico
todo pasaba en segundos. Hay momentos de siete intercambios en un día,
eso acelera la novela de una forma imposible antes. El formato es de una
enorme flexibilidad, lo que da una libertad absoluta. Puedo poner una
frase: «llámame esta noche», o enviar en diez páginas datos de diversos
documentos históricos. Cuando descubrí ese procedimiento, me surgió de
inmediato el desafío de escribir la novela completa con correo
electrónico.
P.: Ese desafío en la forma recuerda al de, entre otros, Julio Cortázar en «Rayuela» y Georges Perec en sus novelas.
L.L.N.: Hay críticos que han sostenido que «El
corazón de Voltaire»
es la primera novela escrita con e-mails, y también que he hecho
desaparecer al narrador, que si se mira bien la novela no existe porque
todo pasa en el ciberespacio con correos que se cruzan sin personajes.
Mi desafío era, al no tener un narrador, lograr la caracterización de
los personajes de forma indirecta, darle a cada personaje una voz
particular. Y que a través de los correos se desplegara el conflicto.
P.: Y
en «El silencio de Galileo» siembra incertidumbres sobre quien creó el telescopio.
L.L.N.: Paternidad que durante 400 años estuvo en disputa, y al que apliqué el juego narrativo de «historia trocada». Los historiadores sostienen que Galileo
no inventó el telescopio; yo planteo que sí, y siembro la duda en el
lector. Mezclo datos ciertos con otros ficcionales. Se llega a un
momento en que no se sabe que cosas son verídicas y cuales creación mía.
Se toma como ciertas cosas que son fantasía, y viceversa.
Cuando digo que había un cuerpo de traductores en Venecia, lo invento,
pero es posible y verosímil porque Venecia era el centro comercial del
Mediterráneo y llegaban barcos de todas partes, y tendría que haber
algún medio para comunicarse.
P.: ¿Qué relación tiene la literatura del Estado Libre Asociado de Puerto Rico con la literatura estadounidense?
L.L.N.:
Lo de Estados Libre Asociado es un nombre que no significa nada, somos
una colonia, definitivamente. Somos un país latinoamericano, y nuestra
relación es con la literatura latinoamericana. La literatura de
puertorriqueños de los Estados Unidos es la de una minoría pobre de ese
país, de la misma manera que los escritores chicanos son los mexicanos
que escriben en inglés y participan de la cultura norteamericana. Están
en proceso, como pasó con los italianos, de convertirse en
estadounidenses. Hay, claro, escritores puertorriqueños que viven en
Estados Unidos como exiliados y mantienen el español y nuestra cultura.
El puertorriqueño de Nueva York, que habla inglés y se siente norteamericano,
como Jennifer López, quiere ser estadounidense. Los de Puerto
Rico no aceptamos que se nos considere una minoría de Estados Unidos,
porque somos un país colonizado pero enteramente latinoamericano, y no
nos deben confundir. Junot Díaz nació dominicano, pero está
integrado a los Estados Unidos y su cultura, es profesor del MIT,
escribe inglés, es en definitiva un escritor norteamericano.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
L.L.N.: Postergué una novela sobre Napoleón, la tercera de la trilogía histórica de Voltaire y Galileo, para escribir una muy diferente que se llamará «Toda la sangre del mundo», que por una superstición no contaré de ella nada más.
Entrevista de Máximo Soto
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