Lisa di Noldo
por
Luis López Nieves
No
es que la comida francesa sea mala, bastante fama tiene, pero durante
mi quinto día en París, cuando al fin realizaba mi sueño de pasar un día
completo en el famoso Museo del Louvre, se me descompuso el estómago de
pronto y tuve que correr hasta el baño más cercano. No sé si se debió a
las ricas cenas carnívoras que cada noche, en busca de la novedad,
disfrutaba en un restaurante diferente del Quartier Latin, o a los
croque-messieurs y a las crêpes que durante el día me atragantaba, de
pie, en cualquier brasserie. Pero lo cierto es que de pronto tuve que
correr. No digo más. Basta señalar que los baños del museo más famoso
del mundo son limpios: cualquier otro detalle sería imprudente. En el
momento del primer retortijón estaba en uno de los pisos más altos y
remotos del Museo, y había corrido hasta el baño más cercano, por lo que
me sentía bastante aislado del bullicio y escuchaba poco movimiento. En
el tiempo que estuve allí sólo entraron cinco o seis hombres: el último
anunció algo en voz alta, pero debido a mi francés defectuoso y al
dolor de mis entrañas no entendí lo que dijo.
Varias veces me sentí
aliviado, libre para volver al Museo al fin, pero cuando me enderezaba,
me lavaba las manos y trataba de acercame a la salida, de repente me
veía obligado a regresar con prisa al cubículo. No daré más detalles.
Creo que estuve en el baño al menos noventa minutos. Terminado mi
calvario, no sólo me lavé las manos sino que aproveché para enjuagarme
la cara y mojarme el pelo. Me miré en el espejo y la verdad es que ya
era otro: tenía el rostro pacífico y se me había calmado el estómago.
Ahora sólo tenía ganas de volver a los salones del Museo.
Al abrir
la puerta del baño me encontré ante una galería oscura: con esfuerzo, y
gracias a la luz indirecta que salía del baño, podía distinguir las
siluetas de los cuadros en las paredes, pero las luces del Museo estaban
apagadas. Tampoco escuchaba a nadie. Miré mi reloj: ya eran las siete y
diez de la noche; el Museo cerraba a las seis. Agarrado de las paredes,
muy despacio, empecé a buscar una salida, pero a cada paso mío se hacía
más oscuro y llegó el momento en que casi no veía nada. ¿Qué hacer?
No
tenía fósforos, porque no fumo. No encontraba botones de emergencia,
ventanas ni teléfonos. No hallaba las escaleras. Nada. ¿Cómo llegar a la
salida? Tanteando muy despacio, agarrado de las paredes, recorrí las
galerías durante más de dos horas. Me perdí en ese laberinto de pinturas
y esculturas. Rendido, sin esperanzas de encontrar una salida hasta que
llegaran los empleados por la mañana, decidí regresar a la abundante
luz del baño donde podría pensar un poco y examinar mis opciones. Pero
tan pronto empecé a buscar el baño comprendí de golpe que había perdido
toda orientación y que ya no sabía si iba o venía. Estaba en una galería
de tapices renacentistas. Olía a humedad, a viejo, a tiempo detenido.
El silencio era perfecto. Frustrado, angustiado, me senté en una esquina
con los codos sobre las rodillas, como un niño. Fijé la vista sobre el
tapiz que tenía justo al frente, en el que se representaba un banquete
del Renacimiento. En el centro de la mesa llamaba la atención una
espléndida bandeja de oro, con incrustaciones de madreperla y
lapislázuli, repleta de frutas suculentas. A pesar de las tinieblas, y
de la antigüedad del tapiz, las frutas estaban tan bien hechas que sentí
hambre y la boca se me hizo agua. Al mismo tiempo una brisa ligera, que
surgió de la nada, me refrescó el rostro. Escuché un sonido suave,
ingrávido, como los pasos de una mujer descalza. Con el rabo del ojo me
pareció ver, de pronto, una sombra que se movía. Me puse de pie al
instante y comprobé que no era una aparición, sino una elegante mujer de
carne y hueso que se me acercaba.
No era hermosa ni fea: vestía un
traje negro de mangas largas y amplio escote redondo; sobre los hombros
llevaba una estola arcaica, del mismo color. El largo cabello, peinado
con una simple partidura en el centro, era oscuro y algo ondulado. Un
velo de gasa muy fina le cubría la parte de arriba de la cabeza, como
una corona. Aunque calculé que tan sólo tendría unos 29 años de edad, su
aire era anacrónico; aun así me atrajo su sonrisa autónoma, que no
guardaba relación con el momento ni el lugar en que ambos estábamos
atrapados.
La mujer me miraba con toda la sabiduría del mundo, como
si ya supiera quién era yo, dónde vivía y por qué me había perdido como
un imbécil en el Museo.
–Ah, ¿también perdida? –exclamé sin pensarlo
mucho. Quizás pude haber dicho algo más inteligente o menos predecible,
pero estaba nervioso.
–No, no –dijo sin perder la sonrisa–. Vivo aquí.
Hablaba
con acento raro, pero no era francesa. Andaluza o siciliana, tal vez.
De Creta, Cerdeña o del Algarbe, también era posible. Pero no de
Francia.
–¿En París?
–En el Museo, desde hace muchos años.
–Claro –dije–. En el Museo. ¿Y cómo te alimentas?
–De las miradas. De los elogios. Desde muy lejos vienen a visitarme.
–Bueno, entonces conoces bien el edificio.
–Cada palmo, recodo y nicho. Durante trescientos años he caminado estas galerías todas las noches.
–¡Trescientos años! Entonces lo conoces muy bien. ¿Puedes ayudarme a salir?
–Claro, ahora mismo puedo llevarte al vestíbulo, pero preferiría charlar un poco. ¿Tienes prisa?
Reexaminé
a la mujer con la vista, sin decir palabra. Colocó la mano derecha
sobre la izquierda, ambas al nivel de la cintura, y esperó a que
terminara mi inspección. Con la sonrisa decía todo y nada.
–¡Eres La Gioconda, Monna Lisa! –exclamé de golpe.
–Desde el día en que me casé, hace muchos años.
–Lisa es lindo, pero nunca entendí el "monna". Es selvático.
–No, no. Viene de señora, "madonna". Mi nombre de soltera fue Lisa di Noldo, si te gusta más.
–Lisa di Noldo –repetí el melódico nombre–. Me gusta más.
–Debes tener hambre.
–Mucha, desde que vi las frutas de ese tapiz.
–Pero están viejas –acentuó la sonrisa un poco–. Ven, sé dónde puedes comer algo.
Con
su mano fría, suave, tomó la mía y me llevó al centro mismo de la
oscuridad. Yo no veía nada, ni siquiera la mano libre que colocaba
frente a mi rostro para protegerlo de lo desconocido. Pero ella me
guiaba con paso seguro, rápido, como si camináramos a plena luz del día.
Me inspiró una cierta tranquilidad y me dejé llevar, aunque de todos
modos, como simple reflejo o por alguna profunda desconfianza que no
quería admitir, conservaba mi mano libre como un escudo frente a mi
rostro indefenso.
–Puedes bajar la mano, sé lo que hago –dijo, como
si me leyera los pensamientos. Con un ligero bochorno, la bajé de una
vez. No sabía si ella, en las tinieblas, había notado mi sonrojo.
El
paseo no fue breve. Bajamos unas cinco escaleras y tuve la impresión de
que cruzábamos el edificio de un lado al otro, aunque no estaba seguro
porque llevaba mucho tiempo desorientado. Mi único contacto con el mundo
era aquella suave mano que me guiaba con dulzura, el susurro de sus
faldas que rozaban el piso y el tenue olor bucólico que emanaba de su
cuerpo invisible.
Al fin Lisa se detuvo, abrió una puerta y encendió
la luz. La claridad súbita me deslumbró durante varios segundos, pero
pronto descubrí que estábamos en una cafetería.
–Comida como tal no
hay. Pero puedes saciar el hambre con esos víveres modernos –indicó
mientras señalaba unas tablillas repletas de bolsas de papitas fritas y
de otras meriendas embolsadas. Había también una máquina de refrescos.
Agarré
cuatro bolsas de papitas y me serví una Coca-Cola grande. Ella no quiso
nada. Busqué con la vista alguna mesa que estuviera cerca de una
ventana, pero no había ventanas. Nos sentamos en la primera mesa.
–¿Cómo anda el mundo? –preguntó Lisa–. Por favor dime todo lo que sepas.
–¿Dónde te quedaste?
–¿Leonardo sigue famoso en Italia?
–¿Da Vinci? Famosísimo en el mundo entero, gracias a ti.
–Al contrario, yo le debo la fama –dijo, pero su sonrisa críptica me creó la duda de si hablaba en serio.
–¿Tus últimas noticias son del siglo XVI?
–No, no. Me hablaron de la liberación femenina. ¿Las mujeres aún visten como los hombres?
–¿Quién te dijo semejante barbaridad? –exclamé sorprendido–. Las mujeres nunca se han vestido como nosotros.
–Las
he visto. Y hace unos años Magdalena, una doncella de Madrid, se quedó
atrapada. Pasamos la noche platicando. En esa misma silla comió, como
tú. Vestía calzas parecidas a las tuyas, no llevaba traje de mujer.
No
era difícil hablar con Lisa. Me hacía una pregunta tras otra,
entusiasmada, con la alegría de una niña pero la inteligencia de una
mujer madura. Antes de terminar mis respuestas me lanzaba nuevas
preguntas, a veces de dos en dos, o de tres en tres. Quería saberlo
todo, ponerse al día, enterarse de lo que ocurría en ese mundo externo
que tanto celebraba a La Gioconda, pero que ella apenas conocía. No era
presumida, no parecía consciente de su fama. Hablaba con la curiosidad
de una persona ordinaria y celebraba mis noticias como si ocurrieran
ante sus ojos. En algún momento de la noche, que ya no puedo precisar,
comprendí de golpe que me había enamorado, que a partir de ese encuentro
mi vida ya no podría ser la misma.
Ya le había contado a Lisa sobre
Garibaldi y la unificación italiana, que ella casi no podía creer; me
disponía a contarle sobre el Che Guevara y la historia de América
Latina, pero de pronto se puso de pie, sobresaltada, y me agarró la
mano.
–Amanece. Debes irte. Ven, ven.
Nuevamente me llevó de la
mano por las oscuras galerías. Iba con mucha prisa, casi corriendo,
repitiendo de vez en cuando que debíamos apurarnos para que no la vieran
los empleados. Llegamos finalmente a una habitación algo iluminada: por
debajo de la puerta entraba luz suficiente para ver el rostro exquisito
de Lisa.
–Hasta aquí llego, salió el sol. Al cruzar esa puerta
entrarás a un vestíbulo iluminado. Todavía te faltarán unos cien codos
para llegar a la salida del edificio, que está cerrada. Sólo podrás
salir si los centinelas te abren. Ten cuidado. Y no me olvides –dijo en
voz baja –, no me olvides.
Me miró con esa famosa expresión que no
describiré, porque millones de personas lo han intentado sin éxito
durante quinientos años. Había alegría en su rostro, pero también
tristeza. Entonces, en cuestión de segundos, por impulso y sin
planearlo, di el paso que habría de marcar el resto de mi vida: besé la
boca más famosa del mundo.
Lisa no me rechazó: tampoco me abrazó.
Para una mujer de su tiempo no es fácil besar a un hombre la primera
noche. Todavía hay mujeres así en el mundo, y yo había conocido a
varias, por eso reconocí la reacción de una mujer que quiere pero no
debe, o que cree querer pero no está segura. Sostuve el beso; ella
esperaba pasiva, pero sin repudio. Al despegarme bajó la mirada y guardó
silencio por primera vez en toda la noche. La famosa sonrisa de
siempre, el extraordinario signo de interrogación del que tanto se ha
hablado en el mundo, había desaparecido: ante mí tenía ahora un tímido
rostro sonrojado. Le levanté el mentón con el dedo. Me miró a los ojos
con los suyos humedecidos y ya no fue necesario decir más.
Me apretó la mano:
–Debes irte. Podrían verme.
De
repente agarró mis manos entre las suyas, me las besó varias veces y
corrió hasta perderse en la oscuridad de los salones. Cerca de mí,
detrás de la puerta que llevaba al vestíbulo iluminado, comencé a
escuchar voces y pasos: los empleados empezaban a ocupar sus puestos de
trabajo. Había llegado la hora de salir y de contarle a los guardias
sobre mi prisión accidental. Abrí la puerta y sólo pude dar dos pasos:
la luz contundente del vestíbulo me deslumbró. Ciego, desconcertado, me
cubrí los ojos con las manos: escuché los gritos de los empleados
asombrados, la viril conmoción de los guardias, los estridentes
chillidos de la alarma. Varios guardias corrían hacia mí. De pronto
sentí un fuerte golpe en las espaldas, caí al piso boca abajo, una
rodilla dura me apretó el cuello contra el suelo y perdí el sentido.
¿Por
qué? ¿Por qué carajo no me quedé en el Museo con Lisa? ¿Por qué no
corrí tras ella en la oscuridad? ¿Por qué me fui ese día, como un
cobarde? Hay decisiones, tomadas en sólo tres segundos, que marcan el
resto de una vida.
La policía francesa, con la ayuda pertinaz de mi
embajada, finalmente se convenció de que yo no era un ladrón y me dejó
libre. Despidieron al guardia incompetente que había anunciado en el
baño, en voz alta, que el Museo cerraba, pero que por prisa o vagancia
no había examinado todos los cubículos ni apagado la luz, según le
correspondía.
Desde el primer día que salí de la cárcel empecé a
visitar a Lisa, pero ya no era igual. No estábamos solos; apenas podía
verla debido a la grotesca aglomeración de turistas majaderos que
siempre exclamaban lo mismo: "¡Es tan pequeña!" A veces yo la
contemplaba durante horas, sin moverme, y creía notar un leve guiño para
mí, un ligero saludo, pero lo mismo decían los turistas: "Mamá, parece
que me sonríe". "Papá, mira, adonde quiera que me muevo me sigue con la
vista". ¡Insoportable! Locos, locos todos.
Decidí que no abandonaría
a Lisa. Les ordené a mis abogados que vendieran todos mis bienes y que
me enviaran el dinero a París, donde compré un apartamiento. Contraté un
abogado francés, trasladé la administración de mis bonos y acciones
hasta acá, y terminé por cortar todos los hilos que me ataban a la
patria. En París gozaría de holgura económica y de entera libertad para
estar con mi Lisa.
Todos los días la visitaba, desde las primeras
horas hasta que el Museo cerraba. Imaginaba conversaciones con ella, le
hablaba con el pensamiento. Al principio la situación fue tolerable:
sufría breves ataques de angustia, cierto, pero siempre volvía a la
esperanza, a la ciega esperanza. Sin embargo, al quinto mes de estar en
París ya empezaba a desesperarme de veras. Necesitaba más. Ya no podía
compartir a mi Lisa con esa manada de necios que no hacía más que
repetir sandeces e imaginarse –locos delirantes– que mi adorada les
sonreía. ¡Insufrible!
No sé, en realidad no sé qué habría sido de mí
si ella no hubiera tomado la iniciativa. Comenzaba mi sexto mes en
París y llegué al Museo temprano, como siempre, aunque bastante
deprimido. Me detuve frente a mi amada para darle los acostumbrados
buenos días antes de que llegara la gran masa de necios, pero me quedé
boquiabierto cuando el rostro de Lisa asumió de repente un gesto
suplicante. Fue muy claro el ademán, no tuve duda alguna: me imploró que
volviera. No fue mi imaginación: el escaso público también se dio
cuenta de que algo había ocurrido en el semblante de Lisa. Hubo un
notable murmullo y varias exclamaciones de miedo. En pocos minutos
llegaron varios guardianes y curadores, a quienes los turistas les
contaron que la bella sonrisa de La Gioconda se había transformado, por
unos segundos, en un gesto de súplica. Ya no necesité más. No necesité
más. Era evidente que no me lo había imaginado ni me estaba volviendo
loco. Lisa me necesitaba.
Esa fue la primera noche en que traté de
esconderme a la hora del cierre. Intenté todo. Me sentaba en la esquina
remota de algún salón poco visitado, me paraba detrás de una estatua, me
escondía en un entrepiso, pero siempre llegaba un guardián y me decía
que debía salir porque estaban cerrando. De más está decir que lo
primero que probé fue el mismo baño en que me había quedado la primera
vez, pero el sustituto del guardián despedido cumplía sus tareas con el
celo excesivo de un novato. Una tarde, en un cubículo, llegué a trepar
los pies sobre el inodoro, pero el guardián abría cada puerta una por
una y se cercioraba de que no hubiera nadie.
Cerca de seis semanas
duró este suplicio. De día acompañaba a Lisa y le indicaba, por medio de
ligeros gestos, que estaba en camino, que tuviera paciencia. De tarde
hacía un nuevo intento que nunca podía ser demasiado obvio, porque me
arriesgaba a que me arrestaran por tentativa de hurto, en cuyo caso, ya
preso, nunca volvería a ver a Lisa. Yo no podía dejarla sola, por eso
toda maniobra mía debía parecer accidental, como ocurrió la primera vez.
En fin, una noche se me ocurrió una nueva estrategia, bastante más
arriesgada que las anteriores. A la hora del cierre me fui al baño de la
primera noche, que tenía cinco inodoros con sus cubículos. Entré al
tercero, cerré la puerta con seguro y trepé los pies sobre el inodoro. A
los pocos minutos llegó el guardián y gritó desde la puerta:
– On ferme maintenant. Sortez, s'il vous plaît.
Caminó
hasta el primer cubículo y abrió la puerta con un golpe de la mano:
ésta chocó con la pared y volvió a cerrarse. Hizo lo mismo con la
segunda puerta. Me preparé. Cuando golpeó la tercera puerta, que no
abrió, aproveché el ruido para deslizarme por debajo del panel divisorio
y llegar al segundo cubículo. Me trepé rápidamente al inodoro. El
guardia, irritado, preguntó en voz alta si había alguien dentro. Luego
se metió por debajo de la puerta, quitó el seguro y abrió. Aproveché el
bullicio para deslizarme debajo del panel y pasar al primer cubículo.
Muy molesto, el guardia dijo una frase que interpreté como "malditos
bromistas de mierda", aunque no puedo estar seguro porque lo dijo muy
rápido. Continuó su tarea donde se había quedado: empujó la puerta de
los cubículos cuarto y quinto, regresó a la entrada del baño, apagó las
luces y salió.
Unos treinta minutos estuve sin moverme, acuclillado
sobre el primer inodoro, tieso de miedo. Debía estar seguro de que no
quedaba nadie en las galerías del Museo. Al fin, cuando pensé que ya no
había peligro, salí del cubículo y prendí la luz. Me lavé la cara con
agua fría, me peiné y partí entusiasmado a buscar a mi querida Lisa,
pero no fue necesario: me esperaba ante la puerta, con su famosa sonrisa
y los brazos cruzados.
–¿Por qué tardaste tanto? –me reprochó con cariño.
Los
labios más conocidos del mundo y el cuerpo más desconocido: ambos
fueron míos esa noche, la más gloriosa de mi vida. Le dije que la amaba;
respondió, con la voz entrecortada, que no quería vivir un día más sin
mí. No digo más. Así pasamos la noche, entre declaraciones de amor,
anécdotas sobre nuestros seis meses de separación y la historia del Che
Guevara que finalmente, entre caricias y caricias, pude contarle a mi
curiosa Lisa. No daré más detalles.
Yo le besaba la parte de atrás
del cuello, que como todo su cuerpo olía a paisajes y flores, cuando de
pronto, alarmada, me apretó la mano y casi gritó:
–Amanece, caro mío. Debes irte. Ven, ven.
Nos pusimos de pie y ella quiso llevarme de la mano hasta la salida. Pero me negué a moverme.
–No me voy –dije–. Me quedo contigo.
–No, no. Qué dices. Nos descubrirán.
–No importa. Me quedo.
–Te harán daño. Te desterrarán. Estarás lejos de mí y no podré soportarlo.
–Pues piensa en algo rápido, porque no me iré de tu lado.
–¡Caro mío! –exclamó desesperada–. Están entrando. Llegarán en un momento.
La besé con fuerzas, la apreté entre mis brazos y le repetí que no me iría.
–Caro mío, hay una posibilidad. Tal vez la haya –dijo halándome la mano–. Ven, rápido. Sígueme. Tengo una idea.
–¿Adónde vamos?
Tiró con fuerza de mi mano y sin decir otra palabra nos internamos en la oscuridad total.
Lisa
y yo vivimos felices en París, en el Museo del Louvre. Durante el día,
cierto, ella le pertenece a la humanidad, pero de noche es sólo mía.
Contrario a lo que piensan algunos idiotas, sí es posible vivir
únicamente del amor. Hace años que, como ella, ya no me hace falta la
comida. Nos alimentamos mutuamente porque sólo necesito su presencia, su
hermosa conversación, sus suaves caricias plácidas. Y no me canso de
explorar este cuerpo exquisito que Leonardo tuvo la genialidad de
ocultarle al mundo bajo un traje negro y un manto oscuro. A mi querida
Lisa vienen a contemplarla todos los días desde cada país de la tierra.
Unas cuantas galerías más arriba, en la remota sala de tapices italianos
del Renacimiento, nadie ha notado que en el tapiz llamado "El
Banquete", justo al lado de la espléndida bandeja de oro con
incrustaciones de madreperla y lapislázuli, hay un nuevo invitado que no
tiene cara de florentino ni de italiano. Mientras ninguno de los
empleados lo note, estaré a salvo.
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