Esos signos, uno surgido en el siglo 17 y otro en el 18, enfrentaron con las armas de la ciencia y la razón el autoritarismo neoprovidencialista y los prejuicios cristiano-medievales, respectivamente. El papel de la duda en torno al poder de la autoridad y la tradición, fue consustancial en ambos casos. Se trata de actitudes propias de la retadora cultura burguesa, asunto del cual López Nieves está muy consciente tanto como cualquier otro lector de historia. Estas novelas, sin duda, pueden leerse como una celebración del mundo moderno pero, desde mi punto de vista, representan mucho más que eso.
Ambas búsquedas noveladas inciden en el hecho de que el icono se reduce a una sombra sugerida que transita entre la selva digital que se construyen Ysabeau de Vassy, Roland de Luziers y sus corresponsales a través del correo electrónico. El asunto teórico central pierde su protagonismo ante las acciones del investigador y sus aliados. La novela está en otra parte, el trasfondo histórico es un pretexto locuaz.
Del mismo modo, los personajes se reducen a una voz que viaja en el cibermundo, entre hipextextos invisibles pero concretos cuyo aspecto apenas se sugiere en los juicios casuales del interlocutor casual, como si se tratara de un mero boceto. La Internet es un mundo paralelo real en donde todo ocurre sin ocurrir. Más que ningunos otros, estos personajes son puro texto. La belleza tentadora de Ysabeau se sostiene sobre el exagerado lenguaje seductor de Luigi Nolfo, un caballero trasnochado y ridículo, y las sugerencias lésbicas de Pauline Taillardat.
Lo cierto es que un nuevo tipo de hiper-irrealismo virtual se consolida a través de estas dos interesantes narraciones. La rareza y el atractivo de los personajes de López Nieves, radica en que nunca están allí físicamente. Se trata de figuras etéreas, inciertas y desdibujadas. Los rostros, los cuerpos son accesorios que el lector inventa, si así lo desea, acorde con su prejuicios e interpretaciones. Mi imagen de Ysabeau es, por demás, muy tropical, vulgar y juguetona.
La apelación constante a los avances de la revolución digital, un más allá imposible de imaginar siquiera aún desde adentro de la revolución tecnológica de posguerra, establece un contrapunto interesante. El silencio de Galileo desmantela un mito de la época del barroco en el escenario de los recursos de la Internet. Voltaire se reduce ante los avances del conocimiento del genoma humano. El patético final del mito de Galileo, deja teóricamente al genio y al idiota en una posición similar. El efecto es disyuntivo: la celebración de la modernidad se ha convertido en una burla atroz.
La otra parodia de la modernidad radica en el manejo de la imagen del historiador que elabora el novelista. El historiador moderno fue el sacerdote más respetable de la nación: después de todo él la inventa, la organiza y la formula. Pero los historiadores de López Nieves son otra cosa. La imparcialidad y la mesura, dos valores de la historiografía profesional burguesa, no están presentes en Ysabeau. Esta mujer ha perdido toda la mesura.
Las pasiones, las apetencias, las ambiciones, la voluntad de poder, pienso en los juicios sobre la historia del ateniense Tucídides o del florentino Maquiavelo, anidan en y se posesionan de esta mujer virtual y la llenan de una humanidad incuestionable. La identidad de Ysabeau se conforma sobre la base de ese conjunto de absolutos pasionales que la conducen a darlo todo en nombre de la gloria del hallazgo inconmensurable. Ysabeau está más allá del bien y del mal, se encuentra fuera del marco de la ética ¿quién no lo está en la postmodernidad salvaje? La conquista de una presumida verdad así lo justifica.
El historiador en López Nieves es un documentador salvaje –un erudito rapaz-. Pero también funciona como un manipulador o un mentiroso compulsivo. Ysabeau es un caso sicológico que parece manifestar múltiples personalidades. Es una mujer impulsiva y vanidosa, una obsesiva contumaz que ve el pasado como una posesión posible que se toma como en medio de un abordaje.
Pero ocasionalmente funciona como un detective o un criminólogo especializado en las prácticas desviadas de unos personajes que desaparecieron hace cientos de años; o un conspirador experto en desenredar entuertos o capaz de crear un triángulo de cuatro lados como planteaba uno de los problemas clásicos de la escolástica medieval.
El silencio de Galileo parte de un engaño calculado e inteligentemente diseñado. Cuando Luis me habló por primera vez de este proyecto me imaginé un laberinto que él nunca trató: el silencio de Galileo antes de reafirmar “pero gira” ante el tribunal de la inquisición tras su juicio y su retractación pública. Las posibilidades de filosofar sobre la duda y su contenido eran muy altas. Ahora celebro el engaño de la imaginación del maestro y amigo.
FIN




