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Edición No. 353

La constitución borgiana del periodismo
(Segunda Parte)

Por Oscar Hidalgo

La constitución borgiana del periodismo En 1940 salía de la imprenta la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. Bioy afirmaba en su “Prólogo” para la primera edición de esta Antología que con algunas de sus narrativas, Borges ha creado un nuevo género literario que participa del ensayo y de la ficción. Sin embargo, con estos componentes se olvidaba que, entre 1933 y 1934, su amigo ya había publicado en un periódico vespertino de Buenos Aires los reportajes a los que se refirió como “ejercicios de prosa narrativa”, que en 1935 fueron agrupados en el libro Historia universal de la infamia. No más había visto la luz y Amado Alonso le puso atención como objeto para el estudio del estilo literario. En la revista Sur, se refirió a las historias de infamia y a su índole estridentista y sensacionalista. Pero en vez de asumir la condición periodística plena de estas piezas, Amado Alonso excusaba a su autor y, para justificarlo, las atribuyó a “los planes estratégicos del diario popular” en el que originalmente salieron impresas. Algo así como una degradación en la prensa de una serie de narrativas borgianas, según esta interpretación que desconocía los avatares de un género periodístico que ya nacía.
El mismo Borges parecía estar consciente de las transgresiones en varios sentidos que había perpetrado en Crítica y en las dos primeras ediciones que se le hicieron a esta Historia universal de la infamia, con dos décadas entre sí, dedicó sendos prólogos con numerosas aproximaciones al problema del carácter de aquellos escritos publicados por el periódico vespertino. Casi no parecía haber quedado tranquilo con la condición transfronteriza —entre periodística y literaria— de sus historias de infamia porque de dos maneras las consideraba, por su procedimiento y por su estilo. En cuanto a lo primero, estableció que estos textos abusaban de algunos procedimientos como “las enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas”. Obviamente, tenemos que apuntar que estos procedimientos son muy propios de la redacción periodística y del script audiovisual. En cuanto a lo segundo, ensayó una clasificación de su propio periodismo: “Yo diría que barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura”. ¿Estaba insinuando que el tomo estaba integrado con piecitas de un periodismo barroco? Más adelante se involucró en una periodización estética y escribió que es barroca la etapa final de todo arte, cuando este exhibe y dilapida sus medios. Pero lo más sorprendente es que sin solución de continuidad, le aplicó él mismo el calificativo de barroco a las páginas periodísticas de 1933 y 1934. Nunca aclaró Borges si con ello trataba de exagerar una vez más el tono sensacionalista de aquellas incursiones suyas en la prensa escrita o si, por el contrario, se había adelantado a los juicios de Bioy Casares de 1940, pero para marcar distancia. De ser así, habría escrito literatura barroca entre el ensayo, la crónica y la ficción. De lo contrario, estamos en una tercera opción, en la que simplemente tenemos periodismo barroco, si aplicamos la categoría a la que recurrió Borges. Justamente lo que en otra oportunidad clasificaríamos como piezas del mejor Periodismo Interpretativo.

MUCHO DESPUÉS

Año de 1969. En pleno apogeo del boom literario hispanoamericano, Carlos Fuentes había cifrado el sentido final de la prosa de Borges en atestiguar, primero, que Latinoamérica carecía de lenguaje y, por ende, que debía constituirlo. Dedicaba a este asunto —así perfilado como una tarea fantástica— un capítulo de su interpretación sobre la nueva novela hispanoamericana y ponía de relieve que, específicamente, se le debía a Borges la creación de una narrativa mítica. En esta perspectiva, la apreciación literaria de Fuentes pasaba a ser en realidad toda una interpretación cultural acerca de Hispanoamérica y de la constitución de un lenguaje y hasta de una realidad. Realidad epocal, pero realidad al fin. Se trataba de una realidad, nada menos que a partir del lenguaje que Borges le había heredado a los exponentes del boom. El lenguaje resucitado, tal y como lo vio Fuentes, portaba la alarma, la renovación, el desorden y el humor. Suficientes elementos que representan, marcan y caracterizan a los enfoques de toda una época de ascenso cultural que nunca antes se había suscitado en lengua castellana; no después de Darío, no antes de Borges.
El ensayo de Fuentes (La nueva novela hispanoamericana, 1969) había sido precedido por la entrevista a Guillermo Cabrera Infante que publicó Emir Rodríguez Monegal (El arte de narrar, 1968). El narrador le reconocía al académico que una de sus preocupaciones era convertir el lenguaje básico oral en lenguaje literario válido. Era necesario aclararlo y desarrollarlo, y por eso ampliaba: “Es decir, llevar este lenguaje, si tú quieres horizontal, absolutamente hablado, a un plano vertical, a un plano artístico, a un plano literario”. Y por ahí nos encontramos de nuevo con el Borges de Fuentes y con la constitución borgiana, en esa síntesis cultural que logró el boom: “una diversidad de exploraciones verbales”, al decir del novelista mexicano.
Si aceptamos esta pluralidad expresiva, el problema entonces, ¿va a ser entroncar a la literatura con el periodismo? ¿Tuvieron Marín Cañas y García Márquez algún problema para re-editar sus reportajes en forma de libros titulados El infierno verde o el Relato de un náufrago? Un simple prólogo le bastó a Gabo, en 1970, para introducir la compilación de sus entrevistas interpretativas con el marinero. Y también la decisión de reconocerle escrupulosamente a Luis Alejandro Velasco los derechos de autor que, precisamente, iban a originar un diferendo que se resolvió por la vía judicial a favor del escritor.
Tenemos a la mano otros casos. ¿Qué mejor caracterización epocal para Hispanoamérica que la guerra del Chaco, tal y como la reporteó Marín Cañas en San José, desde su propia imaginación y sin haber pisado suelo paraguayo?
Y si buscamos otras opciones, ¿no tenemos las aventuras cervantinas de José Fabio Garnier, plasmadas en 1921 en el Segundo coloquio de los perros Cipión y Berganza y que fueron precedidas por una revelación en los periódicos josefinos? ¿Pero no es precisamente el canon borgiano, tal y como lo fijara Fuentes, lo que leyeron los puertorriqueños cuando Luis López Nieves publicó el reportaje Seva, en la víspera de la Navidad de 1983?

EL PERIODISMO DE UN PASQUÍN

La constitución borgiana del periodismo El señor José Marín Cañas (1904-1980) murió en San José sin haber podido entender las razones por las que le habían entregado la dirección de un periódico capitalino de mala medra —en su propia apreciación—, cuyo valor de venta nunca pasó de cinco céntimos pero que obtuvo una calurosa acogida por el mundo obrero costarricense de los años treinta. No se trataba de una hoja diaria de tendencias económicas favorables al trabajador, sino que según el propio criterio de Marín, el favor que gozaba era por el mínimo precio. Este hecho fundamental fue el que acostumbró al obrero costarricense a leer un diario; cosa que con el tiempo se le convirtió en una necesidad —explicaría Marín mucho años después. Toda una masa de obreros ticos había integrado La Hora a su dieta diaria, pero como en la aldeana capital costarricense no podía pasar desapercibido el crecimiento de aquella hoja diaria, fue clasificada inmediatamente y con un dejo despreciativo como un “pasquín”. Lo cierto es que aceptaron los trabajadores aquella hoja y les cayó sin darle importancia alguna la clasificación de pasquín que le dieron los intelectuales, los profesionales y la gente culta en general. Pues bien, en este pasquín salieron publicados los impactantes reportajes sobre la guerra fronteriza entre Costa Rica y Panamá, que se había librado en 1921.
“La lectura de su texto logró un aceptable éxito entre los clientes del pasquín y ello me dio ánimo para publicar un folleto cuyas páginas amarillas caducaron con el tiempo”. Había nacido Coto, un libro cuyo mérito, “exclusivamente íntimo”, según el decir de este periodista, “consiste en el favor de los lectores que me animó a emprender una obra de más envergadura”. Con estas breves palabras de Marín, en 1976, se rememoraba el inicio del periodismo literario costarricense porque, casi de inmediato, el joven director del pasquín se animó con otra tirada de mayores ambiciones. En la primera plana de la edición correspondiente al viernes 11 de enero de 1935 (Año II No. 699), el periódico La Hora anunciaba el avance de la guerra en el Chaco con un título sensacional:
 ...............................MONTONES DE CADAVERES
...............................se ven desde las posiciones bolivianas
Y en un recuadro de la página 6 traía el anuncio publicitario correspondiente a una extensa serie folletinesca dedicada precisamente a la guerra entre Bolivia y Paraguay, y que estaba por salir al público. Se leía así:
                                   EL INFIERNO VERDE
                        Comenzará a publicarse el lunes próximo
Desde el miércoles 9, La Hora había brindado la explicación de que se estaba traduciendo desde el idioma alemán, para este medio, y haciéndoles el arreglo correspondiente, las cuartillas de esta serie testimonial. Titulaba así ese día:
                                   “El Infierno Verde” Comenzará
                                   A Publicarse El Lunes Próximo
 “Estamos tratando de darlo en formato de libro —precisaba— para que los lectores no tengan nada más que recortar las páginas y encuadernarlas después, quedando su libro hecho”.
Pues bien, Marín Cañas reincidió en las páginas de su periódico, esta vez con 56 entregas que se publicaron entre el 14 de enero y el 20 de marzo de 1935, sobre los acontecimientos bélicos sudamericanos en el Chaco. De nuevo, también, salió a circular el consabido folleto que recopilaba las historias del fantástico cronista de guerra josefino pero ya para mediados de aquel año, su narrativa periodística iniciaba otro rumbo, propiamente literario, porque la editorial Espasa-Calpe daba a conocer en Madrid y en Buenos Aires su propio tiraje de El infierno verde.
¿Qué había hecho Marín Cañas en La Hora? Los reportajes salieron sin que su autor fuera debidamente identificado pero, al mejor estilo cervantino, el libro —en su volumen literario— publicaba una brevísima introducción en la que se explicaba que un viajero alemán —Herbert Erkens, colega suyo pues había trabajado como reportero de un periódico de Bonn— tenía unos papeles que, a su vez, le había regalado su amigo Wilfred Wandrey. El tal Herbert Erkens le heredó el manuscrito a Marín y esa era la serie reporteril que publicó La Hora, de San José.

INDEX

La constitución borgiana del periodismo I. La primera edición de la Antología de la literatura fantástica, que data de 1940 (Sudamericana, Buenos Aires) incluyó un recuento de las indagatorias sobre un Mundo Tercero también llamado Orbis Tertius, en las que intervinieron —junto con Borges— Bioy Casares, Alfonso Reyes y Xul Solar, entre otros.
II. En 1921 salió a la luz en San José de Costa Rica, el Segundo coloquio entre Cipión y Berganza, que le daba continuidad al primero, de Miguel de Cervantes Saavedra. El tomito no indicaba el nombre de su autor pero sí que la edición se hizo en la casa impresora de doña María v. de Lines.
III. Tan sólo veintitrés años antes, el General Nelson Miles había llevado un diario de guerra en Puerto Rico que al pasar el siglo XX, su nieta Peggy Ann Miles le facilitó al profesor universitario Víctor Cabañas, en Washington. Corría octubre de 1978. El contenido de los apuntes de Miles se publicó en el periódico Claridad, de San Juan, gracias a la notable incursión de Luis López Nieves en el periodismo, en 1983. Luego se han sacado innumerables ediciones en forma de libro, con varios apéndices y una excerpta de reacciones.

COLOFÓN

El Embajador mexicano en Buenos Aires le propuso a Borges —poco antes de 1940— que junto con Bioy, Xul Solar y otros como Carlos Mastronardi, Martínez Estrada y Drieu La Rochelle, acometieran la reconstrucción de todos los tomos de la Enciclopedia del Orbis Tertius. Llegarían ex ungue leonem, decía el Embajador Alfonso Reyes.
No pasaron sino tres décadas para que otro azteca valorara en la obra de Borges la equiparación de la libertad y la imaginación. Era Carlos Fuentes. Recalcó Fuentes a este propósito que la constitución borgiana contaba con esos dos componentes de la libertad y la imaginación: “constituye un nuevo lenguaje latinoamericano”, decía.

ADENDA

La constitución borgiana del periodismo Lo que no sabían Alfonso Reyes ni Carlos Fuentes, mucho menos Borges et all, era que los propósitos enciclopédicos de los constituyentes del Orbis Tertius habían derivado exclusivamente hacia los cuarenta tomos reseñados en el aporte de Borges en la Antología de la literatura fantástica, pero nada más. Punto. Aunque Borges había adelantado su esperanza de que cien tomos de esta empresa vieran la luz en el siguiente siglo, ¡la Segunda Enciclopedia!, su distinguida cofradía se circunscribió al fantástico proyecto dentro de los límites que resumía Reyes. ¡Lo que no era escaso por aquellos años!
En cambio, a contrapelo de estos enciclopedistas, sucesivas generaciones de creadores ya venían abocados a la verdadera tarea, que no era otra que editar todo lo referente a un nuevo país y no una mera colección de tomos de una enciclopedia de Orbis Tertius.
La carta manuscrita de Gunnar Erfjord descubierta en un libro de Hinton que había sido de Herbert Ashe, evidenciaba la existencia verosímil de la rama paralela que Borges tuvo ante sus ojos y dejó pasar sin hacer una sola “pregunta tramposa”. Recordemos que este documento de Erfjord remitido en un sobre que tenía el sello postal de Ouro Preto, elucidaba enteramente el misterio: A principios del siglo XVII, en una noche de Lucerna o de Londres, empezó la espléndida historia. Una sociedad secreta surgió para inventar un país.
Resumiendo a Erfjord escribe Borges sobre esta trama: “Al cabo de unos años de conciliábulos y de síntesis prematuras comprendieron que una generación no bastaba para articular un país. Resolvieron que cada uno de los ancestros que la integraban eligieran un discípulo para la continuación de la obra”.
Y es en este punto de la carta de Erfjord donde Borges se extravió sin remedio, aunque sí hubiera indicios cruciales y pistas que tienen que ver con el carácter de la tarea que se había fijado la apócrifa sociedad. Por ejemplo, como es todopoderosa la idea de un sujeto único, es raro que los libros estén firmados y se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, “que es intemporal y es anónimo”.
Tengamos presente que se afirma en Orbis Tertius que hay un solo sujeto, que ese sujeto indivisible es cada uno de los seres del universo y que éstos son los órganos y máscaras de la divinidad. Pero hay que ubicarse con José Fabio Garnier (1884-1956) en un pequeño país centroamericano y ya en el siglo XX. En 1921 Garnier era un bien establecido arquitecto y hombre de teatro que ordenó imprimir otro coloquio de perros, el segundo. El volumen —que por supuesto era parte de la cadena cervantina— se le traspapeló y salió a correr el mundo sin indicar el nombre del autor. Un ejemplar de esta edición, del 14 de abril de 1921, se abre con la pieza teatral A la sombra del amor y seguidamente viene el Segundo coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, que carece de autor. Este tomo se guarda en una biblioteca privada porque la reimpresión, debidamente corregida y con el nombre bien claro y bien impreso de José Fabio Garnier, es el que se conserva en la Biblioteca Nacional de San José.
Es claro el origen de la falacia editorial, porque el tiraje no corregido tenía destinatarios precisos y catalogados entre los partícipes de la conjura, para quienes todos los libros son el producto de un único autor, pero como este volumen se traspapeló y circuló más allá de lo convenido, pues entonces Garnier tuvo que sacarlo para el gran público, en una casi inmediata segunda reimpresión en la que él mismo se identificada debidamente, como su autor.
Mucho menos literaria que este Segundo coloquio de Costa Rica es la historia de Seva, en Puerto Rico, que escrupulosamente se le atribuye a Luis López Nieves, porque con el mejor sentido y la más desarrollada vocación periodística supo develar un capítulo de la verdadera historia decimonónica del Caribe. El diario del General Nelson Miles estaba celosamente guardado y bien cuidado en Washington desde que fuera escrito, de su puño y letra en 1898, y no fue sino hasta el otoño de 1978 que el profesor puertorriqueño Víctor Cabañas pudo conocerlo, fotocopiarlo y hacerlo llegar a López Nieves. A su vez, éste interrumpió sus labores a las que lo tenía destinado el PhD, que ejercía con fervor, e incursionó en el periodismo interpretativo.
Para 1983, en las vísperas de la Navidad, López Nieves publicó los documentos de Cabañas en el periódico Claridad, de San Juan. Los apuntes del General Miles y una pieza cartográfica exhumada en los depósitos de una biblioteca provincial de España no dejaron lugar a la duda, porque hubo —hasta algún momento del siglo XIX—, en las derivaciones de la sierra oriental del Luquillo, un brevísimo pueblito costero llamado Seva.
El manuscrito del jefe expedicionario registraba, para las 11:30 horas del 5 de mayo de 1898: “Tal y como lo habíamos planeado, desembarcamos a las 10:00 horas por la playa del pueblo de Seva. Pero sufrimos un serio revés”. La historia de Borinquen daba así, con este texto de Miles, un giro hacia el siglo XX en la constitución borgiana, gracias a un reportaje muy periodístico de Claridad, en San Juan. El reportaje de López Nieves se reeditó con posterioridad, una y otra vez, y ha dado origen a todo un proyecto cultural en el sitio web www.ciudadseva.com. Se ha hecho la observación de que recuerda mucho el propósito de la constitución borgiana: “surgió para inventar un país”.
Desde 1941, Borges reportó que la realidad estaba cediendo en más de un punto. “Lo cierto es que anhelaba ceder”, puntualizaba en la Postdata de 1947 a su propio aporte para la Antología de la literatura fantástica. “Han sido reformadas la numismática, la farmacología y la arqueología. Entiendo que la biología y las matemáticas aguardan también su avatar… Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo. Su tarea prosigue”.
Este verdadero work in progress amarra el periodismo interpretativo de López Nieves con la historia y la constitución borgiana.
Hasta ahí Borges, hasta ahí su certero hallazgo porque difícilmente sospechó siquiera lo que venía por lo que se refiere al periodismo. No es que alguien iba a descubrir los cien tomos de la anhelada Segunda Enciclopedia del Orbis Tertius sino que los periódicos El Espectador, de Bogotá, y Claridad, de San Juan, iban a darle un mentís al ciego profeta. Y tanto Gabo —con el relato del náufrago Luis Alejandro Velasco— en 1955, como López Nieves —con Seva— en 1983, se encargarían de ello.

LLAVES BORGIANAS

José Fabio Garnier, heredero de Cervantes, y Luis López Nieves, adscrito a la genética del periodismo infame, son dos muy buenas líneas de continuidad para un empeño que se habría iniciado en el siglo XVII, urdido por una sociedad secreta y benévola: una sociedad que surgió para “inventar un país”, según la carta de Gunnar Erfjord descubierta por Borges. Recordemos. El volumen en octavo mayor de Herbert Ashe que procedía del Brasil, paró en el hotel de Adrogué donde Borges iba a vacacionar. Hasta ahí la revelación de Borges. Hasta allí el hallazgo en Adrogué. ¡Qué pobre les iba a resultar a otros conjurados toda esta elaboración enciclopédica en comparación con su propia obra dentro del ADN del periodismo!

Alto Chucuyo de Tucurrique, Cartago, 15 de septiembre del 2008.

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