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Buenas noches, gracias a
cada uno y a cada una de ustedes por estar aquí... gracias a la
Editorial Norma, a Gizel Borrero y gracias también a Luis, por
refrendar ese viejo máxima de mi abuelo, quien aseguraba -con esa
sabiduría primitiva y profunda que sólo los abuelos tienen- que
los amigos y los familiares solo sirven -y cito, con perdón del
folclor- para joderlos...
Y decía esto en el buen
sentido de la palabra, claro, es decir, para usarlos, para
hacerlos partícipes de nuestras vivencias... las buenas y las no
tan buenas, para el consuelo, para el apoyo y también para la
celebración, para hacerlos cómplices en los sueños, en los planes
de vida y, por supuesto también en los momentos cuando algunos de
esos proyectos se convierte en realidad, como es el caso de
El silencio de Galileo...
Sin duda alguna, todo
nacimiento es siempre una buena nueva y el de un libro no es la
excepción, en especial cuando el autor es precisamente alguien
cercano, de manera incuestionable cuando se trata de un amigo...
Y precisamente, porque de
un amigo se trata, es que debo hacer una confesión con un breve
prólogo: cuando en mayo pasado participé -también por invitación
de Gizel- en un foro sobre
El corazón de Voltaire, ante un grupo de profesores del
Departamento de Educación, pensé que mi etapa como presentador de
Luis había culminado.
A modo de prólogo, lo
siguiente: Como hoy, en esa ocasión me invitaron para hablar, más
que del libro,
del autor y de mi relación con él como periodista y amigo. Releí
algunas de las entrevistas que le hice a Luis durante los últimos
años, traté de mirarlo de manera objetiva como ser humano y como
escritor, volví a leer El corazón de Voltaire y del
ejercicio salieron unas notas algo extensas y -creo yo-
decentemente articuladas que me permitieron elaborar un retrato
bastante fiel del señor López Nieves, con apuntes de todos los
claroscuros relevantes tanto al escritor como al ciudadano...
Les repito que, luego de
ese episodio, pensé -no sé por qué- que no volvería a hablar de
Luis en una actividad pública... o al menos no pensé que lo haría
en un futuro cercano. Quizá por eso me sorprendí un poco cuando
Gizel me llamó para invitarme a estar con ustedes esta noche.
Ahora la confesión: acepté
por tres razones: porque Luis es mi amigo, porque recordé lo que
decía mi abuelo... y también porque sabía que aquellos apuntes
-inéditos para todos los que están hoy aquí, con excepción de
Gizel- me permitirían honrar mi compromiso sin pasar trabajo.
Ya adivinaron... jamás los
encontré...
¿Qué sucedió? No sé...
suelo conservar la mayor parte de lo que escribo.
Ahora esto es fresco, de
las últimas dos noches... menos reposado que lo que tenía pero
creo también que más espontáneo, anclado más a la emoción que a la
razón, atado más a la sabiduría selectiva del recuerdo que a la
precisión del registro escrito...
Debo decir que conocí a
Luis antes de que él me conociera a mí... por sus libros, claro.
Por
Seva, por
Escribir para Rafa y por
La verdadera muerte de Juan Ponce de León.
Ignoro cuándo supo él de
mí, pero conversamos oficialmente por primera vez -es decir, como
escritor y periodista-, en el 2001, luego de que él ganase el
Premio Nacional de Literatura del 2000 precisamente por “La
verdadera muerte...”.
Luego hubo un paréntesis hasta enero de 2006, poco después de la
publicación de El corazón de Voltaire, en
diciembre de 2005.
Quizá uno de los mayores
privilegios que he tenido a lo largo de veinte años como
periodista ha sido la oportunidad de acercarme a lo que amo de una
manera un tanto distinta a como lo hace el resto de la gente.
La literatura es una de
esas cosas -la música es la otra- y la experiencia con Luis
revalidó esa certeza cuando descubrí al hombre que cohabita con el
escritor, no como un ente separado, sino como coprotagonista del
afán de contar que tuvo su génesis El extranjero, de Camus,
obra que a los trece años de edad lo convenció de que narrar era
su destino. Poco después, la segunda epifanía: el cuento
“Continuidad de los parques”, de Cortázar...
Del primero me dijo que
bien sabía que no era un libro propio para la edad que entonces
tenía, pero fue “muy iluminador”. Del segundo, recuerda que fue su
salto a la modernidad. No lo entendió a la primera lectura. Lo
volvió a leer y le dio su primer taquicardia: había descubierto el
placer estético de la palabra escrita y también su poder. Desde
entonces se quedó enganchado a ella.
Y lo cito: “Hay un poco de ambas cosas en mi
vocación: herencia y sensibilidad... crecí rodeado de libros y eso
se combinó con mi inquietud de mirar a mi alrededor. Usualmente
las personas miran los hechos y punto, mientras que los escritores
miramos no sólo los hechos, sino también a quienes los observan…
siempre tuve el privilegio de tener esa otra mirada”.
“Familiares y amigos me quisieron convencer
de que escribir no es realmente una opción en la vida y que
quienes se dedican a eso terminan en una cuneta... no fue sino
hasta cuando estaba en una clase se ciencias políticas que Pablo
García, un profesor muy querido, me preguntó: ‘¿qué tú haces
aquí?... yo estoy hablando de cómo son las cosas y tú de cómo
deben ser. No sirves para esto, mejor vete a Humanidades’. Él
mismo me llevó a Literatura para que me orientaran. Luego de eso
tomé un taller de cuento con René Marqués y otro con Pedro Juan
Soto… de ahí ya no hubo vuelta atrás”.
Una de las cosas que mejor definen a Luis es
su intolerancia a la mediocridad. En él y tampoco en quienes están
a su alrededor... y sabe que hay que pagar un precio por ello...
“Cada día estoy menos dispuesto a negociar con esas cosas”, dice.
“Si nunca lo he hecho, menos ahora. Si eso es ser comemierda, pues
lo soy... Tengo el privilegio de hacer lo que amo. Donde quiera
que me he parado lo he hecho de frente y he dicho lo que soy y lo
que pienso”.
Cuando comenzamos a entrar en confianza, le
comenté que mucha gente precisamente pensaba eso de él: que era un
gran comemierda... Me miro, se sonrió con ese gesto tan de él y me
dijo -con el mismo tono que usa en el salón de clases: “que
pendejo eres... ¿no sabes que eso piensan también muchas personas
de ti...”
Creo que la amistad quedó sellada desde ese
momento...
Como buen profesor, Luis sabe que se puede
enseñar a escribir… pero sólo la técnica, de la misma manera que
se enseña a pintar, mezclando colores y manejando el pincel, pero
no a capturar la esencia de lo que se pinta. “Algo así pasa con la
literatura”, sostiene. “Se enseña la técnica de los diversos
géneros, pero no la magia, esa fina línea donde empieza la
literatura y termina la simple redacción de textos”.
En la misma línea de pensamiento, Luis afirma
que imaginar es otra cosa que no se enseña... que no se puede
enseñar a mirar, a descubrir, a interpretar y a convertir en
palabras eso. “Para eso, entre otras cosas, hay que leer los
clásicos -asevera- esto es vital para entrenar la imaginación y
desarrollar la destreza para contar. Si de algo se quejan los
estudiantes de la maestría en Creación Literaria es precisamente
de la cantidad de obras clásicas que se asignan para lecturas. La
maestría dura dos años y la verdad es que al cabo de ese lapso el
egresado tiene las herramientas para escribir, pero no se
garantiza que será un gran escritor. Es igual que cuando alguien
se gradúa de leyes o medicina: nada asegura que serán unas
eminencias”.
Luis se distancia del estereotipo del artista
para quien el proceso creativo es una agonía y sostiene que deriva
un placer enorme de escribir, nunca una angustia existencial. “No
soy de los escritores a los que les gusta escribir ‘mirándose el
ombligo’, o sea, que les encanta escribir sobre ellos mismos”,
sostiene. “A mí nunca me ha gustado la literatura sobre la
literatura… me aburre muchísimo”.
“El lector puertorriqueño está desorientado
respecto a la literatura local por muchas razones, entre ellas
porque no hay más páginas literarias en los medios masivos de
comunicación... pero lo más grave es que el mundo académico del
país se aleja cada vez más del lector común. En este contexto
domina el ‘amiguismo’, donde los escritores doctos escriben los
unos para los otros, no para los lectores. Con la maestría en
Creación Literaria estamos sacando la literatura de la academia y
creando escritores que escriban para los lectores comunes, que son
los que más abundan en el país y que tan distantes están de esa
elite intelectual que cree ser la dueña de la literatura y que se
regodea en el halago mutuo”.
Desde 1987 está
en la Universidad del Sagrado Corazón y con esta institución ha
cultivado una relación muy honesta y gratificante. Aquí creó una
campaña para cuidar nuestro idioma que fue muy famosa y también un
programa de redacción para los medios a nivel de maestría que ha
sido de gran valor y que ya tiene un lustro de historia.
Espero que estas palabras ayuden a trazar un
mapa que sirva como puente para acercarse un poco más al Luis que
el grueso de sus lectores desconoce. Confío también que este breve
ejercicio haya arrojado un poco de luz, no sólo a su estupenda
obra -que en ese sentido se basta a sí misma- sino también a la
acendrada pasión que la alienta...
Gracias nuevamente a todos ustedes por estar
aquí... Gracias también a ti Luis... Sé que sabes -como lo sabía
mi abuelo- para qué somos los amigos...
FIN |