Luis López Nieves, dos lecturas sobre El corazón de Voltaire
Ficción e intriga

Cuando Humberto Eco publicó El nombre de la rosa, revolucionó para siempre los parámetros de la novela policíaca; tanto por su entorno histórico como por su tipo de trama, y su tratamiento. Algo semejante puede decirse del puertorriqueño Luis López Nieves, con El corazón de Voltaire; una especie de novela policíaca, escrita en género epistolar. Lo más original es su contemporaneidad, pues adapta el modelo epistolar a la rapidez del e-mail; de modo que la misma novela se hace ligera, tanto en su prosa como en sus recursos dramáticos.

El corazón de Voltaire es una ficción monstruosa, y el autor dice que es completamente original; se trata de un científico, cuya investigación acerca de la autenticidad de los restos del genio francés sufre un vuelco inesperado. La crítica a la arrogancia intelectual es apenas una justificación para la trama, que es deliciosa y disparatada; además de eso, la rica descripción y los cambios de paisaje añaden fuerza a una de las mejores novelas de los últimos tiempos. El autor hace alarde de una erudición casi escandalosa, que resulta en una burla graciosa; y nos lleva con el corazón en la boca por los caminos de la intriga histórica.

¿El pendulero de Foucault?

El corazón de Voltaire es la más pura ficción literaria; y abunda en excelencias; con sutiles homenajes a escritores complejos e icónicos, como Humberto eco y Jorge Luis Borges. También, es sabido que la relación de Eco con Borges queda remarcada en la primera novela del primero, El nombre de la rosa; cuando, igual que Aristóteles a Platón, le enmienda la plana a su inspirador y lo critica en cada una de sus páginas. Lo mismo puede decirse de López Nieves y El corazón de Voltaire, aunque más atrevido con la naturaleza de sus maestros que con sus maestros mismos; cuando, por ejemplo, el más ordinario de los personajes de El corazón de Voltaire insiste quisquilloso en su cuestión. Se trata de una ficción intelectual, que se desarrolla entre intelectuales y muy intelectualmente; y de pronto, en medio de tanta excelencia irrumpe la vulgaridad de un simple peluquero; cuya máxima relación con la república platónica, además, era la portañuela de un académico al que no comprendía.

El libro comienza con una provocación sobre los restos de Voltaire; a partir de ahí, la trama se desarrolla y crece como una pelota de nieve. El autor maneja el chantaje palaciego y el clientelismo diplomático como los recursos con los que se avanza hoy día un proyecto cultural. Pero no hay en todo el libro ningún ánimo de reivindicación; quizás sea por eso mismo que es más eficiente, como ficción, que todas las críticas realistas. Detalles anecdóticos, como la forma en que surge el cuestionamiento de la autenticidad de esos restos; las presiones y la manera en que aparecen los recursos para dicha investigación, y la manera brutal en que culmina; todo eso enriquece con problemas marginales una trama genial, pero no sobra nada. Desde la primera página hasta la última, es como tener tres libros en uno; desde falsa la novela histórica a la de aventuras, y por supuesto, la investigación policíaca.

En el libro hay además señales dispersas sobre el culto de la “literatura en la literatura”. No es algo serio, sino precisamente la muestra de esa ligereza que hace de este libro un juego feliz, y con ello también audaz. Un momento realmente dramático, es cuando se rompe la supuesta línea genética con los descendientes de Voltaire. Es en ese momento climático donde comienza la gran trama, y el libro justifica el homenaje silencioso a autores sutiles y complejos, pero emblemáticos, como Jorge Luis Borges y Humberto Eco.

La insistencia del entrometido, incluso, consistía en una pregunta perpetua; si los libros sobre Voltaire se vendían en las vitrinas y las estaciones de tren, “como sucede con las biografías de Piaff, Aznavour, Deneuve y Depardieu”. Entonces es como la ironía que usó Eco para con Borges en el personaje de Guillermo de Basquerville; en plena victoria (postmoderna) de la Ilustración, un entredicho sobre su sentido y eficacia, y hasta sobre la validez de sus propósitos.

Obviamente, se podrán argüir y elaborar todos los conceptos neoplatónicos y hegelianos del mundo; que si la república de las letras, la espantosa Utopía que se expande en la usura de las universidades; todo eso, pero el ensayo ya no es más literario, como con Borges, porque volvió a ser académico, como con Eco; y eso es un hecho, como si el propio Baskerville no hubiera podido escapar de aquella biblioteca incendiada por su irreverencia; no sólo por el dogmatismo de un monje ciego, sino también por el irrespeto de una persona que no sabía lo que el otro. A nadie sabe cuántos años de aquella ficción de Eco, hoy nos gastamos esta otra; donde el populismo socialistoide, ya poderoso y cruel, desdeña el protocolo y las caretas.

El resultado es incluso bello, toda una imagen recorrida por clásicos como El jardín de los senderos que se bifurcan y El nombre de la rosa, de Borges y Eco respectivamente.

 

                                     

El peluquero gay de un perdido pueblo, en una perdida ficción, queda para siempre sin una respuesta; nunca sabrá, aunque los intelectuales sí y se lo callan, si tan renombrado personaje “es importante fuera de las universidades”, y si no para qué sirve entonces. Obvio, como que en definitiva se trata de la lucha de clases, y que esa lucha es por el poder; porque Marx tuvo muchas veces —casi siempre— razón en sus intuiciones, aunque se extraviara en los fines mismos y en el método; pues entonces no pasa otra cosa que la decadencia inevitable de una tendencia triunfante, para que el péndulo vuelva un poco más calmo a intentar el centro. El péndulo de Foucault, en una tardía reivindicación, brindaría entonces la reivindicación de Eco; al fin y al cabo, se trata de gratuidad, que es por lo que el análisis estético es más efectivo que el ético; aunque por tanta sutileza no soporte la mediocridad de los intereses que negocian su acceso al poder.

Privilegio sufrido de monjes extraños, que se erotizan y lo trasgreden todo en pos de la santidad iluminada; el conocimiento mismo, que salvífico condesciende a develarse al escriba enamorado de su imposible. ¿Será que López Nieves rescata los perdidos juegos de Castalia?, ¿cuántos homenajes, por Dios?; no es tan sólo Eco y Borges, es también Lezama Lima y Herman Hesse, ¿o es tan sólo el impulso del campanero?

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