
¿FUE ROBERTO COFRESÍ y Ramírez de Arellano pirata, filibustero, bucanero, corsario, o todo eso a la vez, sinónimos que caben en una sola palabra: ladrón? Amigo de lo ajeno, resentido social, ¿era eso realmente el famoso pirata puertorriqueño que asoló las costas de Puerto Rico, tomó refugio en las ensenadas de la Isla de Mona y en sus andanzas dominó las aguas del Mar Caribe, portando patente de corso otorgada por la corona española?
Convertido hoy en leyenda, al inquieto hijo menor de la familia Cofresí y Ramírez de Arellano, se le conoció como el “Robin Hood” boricua, robaba a los ricos para dar a los pobres. Para unos era un ladrón y bandido cruel, y para otros, un hombre compasivo y generoso.
Apasionado del mar, Cofresí nunca quiso estudiar una profesión como hicieron su padre y sus hermanos quienes se dedicaron a las leyes. Lo suyo eran el mar y los barcos. Pero eligió la parte tenebrosa de esa pasión: la piratería, el robo, el pillaje.
Para aquellos días la Corona española concedía una “patente de corso”, algo así como un permiso para que estos “corsarios” robaran a otros, dejaran en paz a los galeones españoles y proveyeran a la corona un porcentaje de sus ganancias, especialmente si se trataba de barcos del nuevo territorio de América del Norte.
Pero la Marina de Estados Unidos mortificada por el incesante acoso de Cofresí, que cada día se tornaba más ambicioso y peligroso, decidió que era hora de darle escarmiento. Reunidos los oficiales del gobierno norteamericano con representantes de la Corona española –una de las pocas veces que lograron ponerse de acuerdo— acordaron perseguir con las flotas de ambos gobiernos al terrible Cofresí, hasta que un día lo enfrentaron, lo arrinconaron y apresaron en una de las numerosas ensenadas alrededor de Puerto Rico e Isla de Mona donde se refugiaba después de sus fechorías.
Luego de un juicio al estilo de aquellos tiempos, unos dicen que Cofresí fue condenado a la horca sin posibilidad de perdón o indulto. Otros que sucumbió al garrote vil. Otros aseguran que lo enjuició un Consejo de Guerra y que fue fusilado junto a sus hombres.
Ahora circula por ahí un supuesto testamento de Cofresí sin testamentario. Curioso, ¿no? Todo se da dentro de las páginas de un fascinante libro de la autoría de Luis Asencio Camacho, quien acaba de publicar su primera novela. Precisamente ésta que presentamos aquí, con el intrépido caborrojeño como eje central de una historia en la que, según Terranova Ediciones, el autor “confronta la ficción de la historia con una historia de ficción”.
“CORSARIO… ÚLTIMA VOLUNTAD y testamento para la posteridad del capitán don Roberto Cofresí y Ramírez de Arellano, de Cabo Rojo” es el título de este libro que apenas acaba de llegar a las librerías de Puerto Rico, y que su autor, Luis Asencio Camacho, tardó 20 años en concebir y seis semanas en escribir. Dice dicho autor, que Cofresí registró sus vivencias en un relato que llamó “Última voluntad y testamento” y que escribió durante su breve estadía en el calabozo de una prisión de San Juan, posiblemente La Princesa.
¿Cómo llegó ese documento a las profundidades de una cueva subterránea en la Isla de Mona, donde fue descubierto? ¿Quién lo llevó allí? A eso y otras preguntas intentará responder el autor en 151 páginas encuadernadas en rústica, llenas de asombrosas revelaciones, en las que conoceremos a un Cofresí despojado de su furia piratesca, en medio de una profunda y última introspección.
Aparte de la consabida Dedicatoria y el tradicional Agradecimiento, el autor nos lleva a los tiempos de Cofresí a través de la Introducción. Luego nos habla de los orígenes del Testamento, y de Miguel de la Torre, gobernador de la isla aquellos días, así como del testamento. Habla también de Isla de Mona y los piratas del Caribe; del descubrimiento del documento, y de la controversia y edición del mismo.
Nos enteramos, además, de la carta de Miguel de la Torre al rey Fernando de España, precedida por la definición de la palabra “corsario”. Y, al fin, de la última voluntad o testamento de Roberto Cofresí, dividido en tres secciones: Orígenes, Edad de Oro y El principio del fin: 1824-25. Cierran el volumen fragmentos del diario de don Miguel de la Torre; y un asombroso Epílogo.
No obstante, los editores advierten a los lectores que, con excepción de figuras históricas, los personajes de esta obra son ficticios. Y que la organización Geographic Venture Internacional Group y su revista “Spelunker Internacional” son productos de la imaginación del autor; igual que “The Fingerprints of God” y “The Niches of Eden”, y las organizaciones Universidad Estatal de Great Lakes y la Alianza Puertorriqueña para la Cultura y el Patrimonio.
En fin, DaVinci tuvo a su Dan Brown; Voltaire a su López Nieves; y ahora Cofresí a su Asencio Camacho. Disfrútenlo.