
Puerto Rico
The Island and BeyondSpring 2008
Mayra Santos-Febres y las escritoras boricuas del siglo XXI
Carmen Oquendo-Villar
Caminaban Franca y Fina una tarde calurosa en dirección al fuerte de San Felipe del Morro, buscando un poco de alivio para sus respectivas pelambres en la fresca brisa que se levantaba del Atlántico, cuando se entabló entre ellas una conversación memorable. Perras sabias y trotamundos retomaban siempre, en sus paseos vespertinos por las calles del viejo San Juan, algún tema literario que les apasionaba y que solían examinar extensamente mientras desahogaban, frente a algún paisaje digno de Francisco Oller y entre aguas mayores y menores, las exigencias naturales del cuerpo y del alma.
El coloquio de las perras
Rosario Ferré
Mayra Santos-Febres me propuso escribir el prólogo para una antología,
Las espinas del erizo: antología de escritoras boricuas del siglo
XXI,
justo cuando retomaba mis estudios sobre el Caribe; después de un
desvío al Cono Sur –– y sus imponentes figuras paternas –– para
refrescar los consabidos discursos caribeños. No había proyecto más
adecuado que esta invitación (y reto) que me proponía Mayra:
zambullirme en el imaginario vislumbrado por las escritoras de nueva
tinta que se suman, desde el siglo XXI, a ese “bien común” llamado
literatura puertorriqueña. Encontré muy tentadora esta invitación de
aportar con un estudio preliminar y así participar observando
críticamente esta intervención en el canon isleño. Acepté.
¿Desde dónde asediaban las nuevas escritoras el canon? Fue fácil
reconocer que el sistema narrativo isleño, aún cuando estuviera
enfrascado en el discurso del colonialismo y la docilidad, ha
compartido muchas características de la discursividad de los
patriarcados soberanos. Según Juan Gelpí, en Literatura y paternalismo
en Puerto Rico, este canon fue tradicionalmente regido por el concepto
de generación literaria, la cual giraba en torno a la gran figura
central del padre. El trabajo de las nuevas escritoras se articula como
un corpus que reta o irrita lo que podría considerarse la primera
“generación” de escritoras mujeres. Interlocutora principal de esta
antología, esa generación surgió en los años setenta a partir del
distanciamiento que socavó el canon masculino, la desfiguración de la
figura patriarcal, y el surgimiento de la idea de la nación como una
“casa en ruinas,” para continuar con la metáfora de Gelpí.
Santos-Febres argumenta que fue esta generación de escritoras la que
solidificó el canon literario femenino en el país e internacionalizó la
literatura puertorriqueña en general.
Las escritoras –– innovadoras e irreverentes cuando irrumpieron en el
panorama literario de las postrimerías del siglo veinte –– salían
entonces despavoridas pero exhuberantes por las ventanas de la “casa en
ruinas” de la literatura nacional. E, irónicamente, a veces tan
celosas de la soberana de la casa nacional como los patriarcas. Ahora,
en el 2008, ellas mismas son invitadas a co-habitar en esta antología
una nueva casa de la escritura localizada en un globalizado siglo
XXI.
El trabajo editorial de Santos Febres agrupa estos textos por entender
que “reta[n] los paradigmas formales de la generación del 70 y de sus
más importantes representantes: Ana Lydia Vega, Rosario Ferré, Magali
García Ramis, Olga
Nolla y Mayra Montero” (2). A estas “Maestras”, las
narradoras del 70, va dedicada la antología, por “haber abierto el
camino que ahora yo (y otras muchas) recorremos” (6).
Con esas madres y contra ellas se organiza esta antología. ¿Cuáles son
los “paradigmas formales” de la generación del setenta que retan las
nuevas escritoras de Las espinas del erizo? Entre ellos se encuentran:
el habla popular como lengua literaria, la exaltación de las clases
populares, la identidad caribeña y latinoamericana. En el caso de
muchas, la presencia femenina y feminista. Las nuevas escritoras que
nos presenta Santos Febres se alejan de esas modalidades narrativas, y
si las incorporan, no dominan la narrativa.
Los textos de esta antología no siguen un paradigma narrativo
coherente. Es importante recordar que no se trata de una nueva
generación. “No sigo” –– dice Santos Febres en el
antologario ––
“criterios estrictamente generacionales –– algunas de esta divas
nacieron antes, mucho antes que otras.” Clarifica: “Me dirige
fundamento mayor.” (2) El silencio con respecto a la nueva
producción literaria boricua forma parte de este “fundamento
mayor.” En términos de la producción literaria de escritoras, no había
habido una antología desde 1986 de escritoras de nuevas tintas. En las
décadas de los ochenta y noventa aparecieron dos antologías pero en su
mayor ía de las escritoras ya consagradas, como es el caso de las
siguientes tres. Ramón Luis Acevedo, Del silencio al estallido:
Narrativa femenina puertorriqueña (Río Piedras: Editorial Cultural,
1991), María M. Solá, Aquí cuentan las mujeres. Muestra y estudio de
cinco narradoras puertorriqueñas (Río Piedras: Editorial Huracán,
1990), y Diana Vélez, Reclaiming Medusa: Short
Stories by Contemporary
Puerto Rican Women (San Francisco:
Spinsters/Aunt
Lute Book
Company,
1988). “Es como si después del 70 se hubiera acabado el mundo
literario en la Isla” –– dice Santos Febres –– “Esto se debe en parte a
la fragmentación de colectivos literarios, a la publicación mayormente
en internet y no sé si consecuentemente, a una publicación mermada en
editoriales locales” (3-4). La editora extiende, pues, una invitación a
la lectura en el contexto de ese profundo silencio con respecto a la
literatura actual en Puerto Rico.
Aunque su persona pública se haya configurado en el espacio público
isleño como matrona nacional, Santos Febres y su presente trabajo
editorial no buscan inscribir su figura como la matrona literaria de la
contemporaneidad. Las espinas del erizo: antología de escritoras
boricuas del siglo XXI ubica a las escritoras en el siglo que se
adentra sin acatar el modelo de generación literaria y sus imponentes
padres y, ahora más recientemente, madres igualmente imponentes. Lo que
organiza esta antología es un impulso más cercano a la tradición del
taller literario, fenómeno con mucha acogida en las letras
puertorriqueñas. El impulso del taller no es genealógico ni vertical,
sino cercano al modelo rizomático de
Deleuze y Guattari, el cual ha
tenido ecos lejanos en el Caribe, como en la obra del martiniqueño
Edouard Glissant, el cubano Antonio Benítez Rojo y de la propia
Santos-Febres.
“Todo escritor requiere su taller” escribía en 2005 la misma Santos
Febres en el prólogo a Cuentos de oficio: Antología de cuentistas
emergentes en Puerto Rico, aludiendo metaliterariamente al
proceso de formar oficiantes en el mundo de las letras. Esa antología
de 2005, producto de los talleres literarios que Santos-Febres lleva
impartiendo por décadas en la isla, se adhería al modelo de publicación
de tomos de cuentos de talleristas, como lo habían hecho antes
Luis
López Nieves en su Te traigo un cuento y
Mayra Montero en Veintitrés y
una tortuga. En Puerto Rico el taller literario ha tenido un importante
desarrollo de su literatura a partir de mediados del siglo veinte.
Enrique Laguerre fundó en los años cincuenta el primer taller de
narrativa en la Universidad de Puerto Rico. Entre los escritores que
han ofrecido talleres, sobre todo de cuento, se encuentran Luis López
Nieves, Emilio Díaz Valcárcel, Mayra Montero, Edgardo Rodríguez
Juliá.
Escritora formada ella misma bajo la mentoría de los escritores
Ché Melendes y
Angelamaría Dávila, Santos-Febres ahora nos presenta en Las
espinas del erizo: Antología de escritoras boricuas del siglo
XXI una
selección del trabajo de las nuevas escritoras que, aunque no fueran
necesariamente formadas en su taller, han sido definitivamente acogidas
bajo su ala y mentoría. Y es significativo que sea
Mayra –– escritora
consagrada en las letras nacionales e incluso en todo el Caribe hispano
–– quien proponga este reordenamiento de la historia literaria boricua.
Si bien se inscribe en este marco literario, la presente antología
reformula concepciones antológicas previas. Las espinas del erizo no
reúne escritoras que acatan obedientemente el modelo de quien las
convoca. Por el contrario, en las páginas de la antología encontramos
una diversidad de acercamientos y maniobras retóricas. Estas
voces no intentan explicar la identidad “mujer’ aun cuando
pudieran coincidir con Judith Butler cuando ésta se pregunta ––¿qué
quiere el género de mí? –– pensando en la categoría
identificatoria “género” que antecede la subjetividad misma. (Judith
Butler, What
Does Gender
Want of Me?
New Psychoanalytic
Perspectives, Conferencia Magistral en el Programa de
Studies of
Women, Gender
and Sexuality,
Harvard University, 4 de
diciembre, 2007). Tampoco definen una “identidad”
nacional/étnica/racial, puertorriqueña, ni siquiera caribeña. Todas las
identidades anteriores se dan por sentado o se les da la vista larga.
Lo que sí impera en cada cuento son mujeres “bregando, ” por utilizar
el consuetudinario término boricua estudiado por Arcadio Díaz Quiñones
en El arte de bregar: Ensayos (San Juan: Ediciones Callejón, 2000).
Según Quiñones “el verbo bregar flota, sabio y divertido, en los
múltiples escenarios de la vida puertorriqueña […] Las mujeres y los
hombres emplean sin cesar ese verbo, con libertad e inteligencia. Los
puertorriqueños están siempre en la brega, vulnerables, alertas. […]
Bregar es, podría decirse, otro orden de saber, un difuso método sin
alarde para navegar al vida cotidiana, donde todo es extremadamente
precario, cambiante o violento … (19-20). Las mujeres de esta
nueva literatura “bregan” de modo protagónico; no como trasfondo. Son
mujeres que transitan, no sólo la esfera privada, sino también la
esfera pública de Puerto Rico, el Caribe y otros escenarios
indefinidos. La categoría “ciudadana” es fundamental para estos nuevos
sujetos literarios. “El asunto es” ––dice Santos Febres–– “que la mujer
aparece como agente en esos mundos. Los transita, los cambia, es
cambiada por ellos, los explora, ya no desde la mera esfera de lo
privado (como madre, esposa, amante, etc.) sino como
cuidadana/marginal, profesional, viajera, etc. Desde otra mirada (4).
Esa “otra mirada” también incide en la mirada al mundo de la esfera
privada, como ocurre en “Carta al padre” de Mara
Negón,
texto que establece diálogos diacrónicos y sincrónicos, con la
generación del setenta y con Papi, novela de una estimulante escritora
contemporánea de la República Dominicana: Rita Indiana Hernández.
Inscrita la figura masculina como pretexto en la “Carta al padre”, la
narrativa del cuento de Negrón explora a filiación de la hija lejos de
la tensa y traumatizada inscripción de la figura masculina en la
narrativa previa. Evita inscribir la figura masculina como un Ambrosio
del cuento de Rosario Ferré: “Cuando las mujeres quieren a los
hombres,” cuento en el que la sombra del temible hombre encauza una
insospechada solidaridad femenina. Formada en París bajo el ala de
Hélène Cixous,
Negrón ha sido una importante diseminadora del feminismo
de corte francés en la isla. Este padre que nos presenta es su propia
re-elaboración caribeña del montaje teórico francés. El recuerdo del
padre, ausente y añorado, es el fundamento del que se sirve la hija
para explorar su goce (jouissance). “No he querido nunca alcanzarte, mi
goce nace de la imposibilidad de alcanzarte, de la imposibilidad de no
ver nunca ese rostro” (157). La ausencia de la figura paterna, tópico
recurrente en las sociedades caribeñas contemporáneas, recibe como
respuesta el goce de la hija, situación narrativa que diverge del tono
de Papi de Rita Indiana Hernández Papi (San Juan: Ediciones Vértigo,
2005). El texto de Hernández explaya la furia de una juventud
desquiciada por las calles de Santo Domingo. Todo tipo de sostén
económico recibe la narradora de su papi, un “PostPater” (término de
Manuel Clavell Carrasquillo) criado en los fangales, a la sombra del
paternalismo de Balaguer. Luego de “superarse” vive una vida de
cuarentón nuevo rico entre el barrio y Miami, totalmente a espaldas de
su hija. Papi es el furibundo reclamo de la hija ante el abandono del
padre. En ese sentido, Rita Indiana estaría más próxima a las
narradoras puertorriqueñas del setenta, a pesar de sus ambientes
localizados en un postmoderno y caribeño siglo veintiuno. Lejos de la
furia, el reclamo y el descontrol, la “Carta al padre” de Mara
Negrón
presenta un goce pausado en un mundo interior que ocupa cada oración,
toda la página. El padre es tan sólo el pretexto.
El texto de Mara
Negrón –– quizás el que más se
regodea en el concepto género ––, es sólo un ejemplo de la
conversaciones que entabla esta antología, pero los registros de los
otros cuentos son anchos y ajenos. Se trabaja el texto social, el de
fantasía, el intimista, el erótico, la recreación histórica. Los tonos
son tan diversos como las escritoras. El andamiaje narrativo también.
Sin embargo, ninguno de estos cuentos es contestatario. No buscan
instaurar “justicia poética” (5). Simplemente exploran la
condición de ser mujer en el mundo; ser escritora en el mundo
globalizado pero aún profundamente patriarcal en el cual vivimos. La
visión de ese gran mundo globalizado narrado, visto desde el minúsculo
punto cartográfico que supone esta isla caribeña, hechiza a las
escritoras antologadas y a quien las agrupa. “[L]as razones por las
cuales me interesa presentar a estas escritoras –– dice Santos
Febres
en el antologario –– “es que se adentran en una cultura de la
globalización desde Puerto Rico” (3).
Los textos de estas doce escritoras son, según la propuesta de
Santos-Febres, las espinas de un erizo que, “a ritmos diferentes, se
van hundiendo en la piel despreocupada de la literatura
puertorriqueña”. Con este título, Santos-Febres inscribe y reta la
tradición cultural de la femme
fatale y la vagina
dentata, otorgándole
un giro caribeño y reivindicativo a una imagen trillada, irritante e,
incluso, no procesable. Los erizos, al igual que las escritoras de esta
antología, son criaturas que merodean el ambiente, pero que al sentirse
amenazadas son capaces de enrollarse sobre sí mismas y formar una bola
púas. La casa de la escritura le abre el camino a la inmensa y
globalizada intemperie que habitan los erizos, esas criaturas que
entran en contacto dejándose sentir.