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La búsqueda de una identidad nacional en
Puerto Rico exhibe elementos particulares propiciados por su
historia. La isla no sólo sufrió la conquista del imperio español,
sino que hacia el final del siglo XIX –cuando la mayoría de los
territorios latinoamericanos ya gozaban de una vida independiente
de la Corona y sentaban las bases para nuevas naciones– los
Estados Unidos invadieron sus costas, para iniciar un segundo
proceso de colonización. Las discusiones nacionales se enfocan a
menudo entre la necesidad de lograr un estado soberano mediante la
independencia total de los norteamericanos o las ventajas de
unirse a ellos como parte de la Unión Americana. El vaivén entre
gobiernos anexionistas y estadolibristas en Puerto Rico señala que
la sociedad de la isla se debate entre varias propuestas
políticas, y no hay un mandato ciudadano claro del rumbo que el
país debe tomar. Este dilema, por supuesto, no es ajeno a la
literatura puertorriqueña. En este ensayo me propongo examinar los
múltiples conflictos que la cultura nacional enfrenta según son
presentados en
Seva: historia de la primera invasión
norteamericana de la isla de Puerto Rico ocurrida en mayo de 1898,
de Luis López Nieves. Me interesa primero analizar las
características que este relato comparte con aquellos del género
negro; más adelante, estableceré paralelismos con lo que Roberto
González Echeverría llama “archival fictions” para señalar cuál es
el nuevo mito puertorriqueño que este relato propone. En última
instancia, mi exégesis de Seva procura demostrar cómo las
formas literarias que López Nieves elige para su relato resultan
idóneas para expresar las disyuntivas de la nacionalidad
puertorriqueña. Seva cuenta
sin duda con un lugar privilegiado en la historia de la literatura
de su país, y varios críticos han reconocido esta distinción al
explorar algunas de las razones de su éxito. Por un lado, ya
existen ensayos que destacan la contribución de Seva como
la epopeya literaria de Puerto Rico y otros que se detienen a
establecer con detalle los huecos que el texto de López Nieves
llenó para la historiografía de la isla1.
Además, se ha vinculado este texto con debates sobre la generación
de los años 30, con las novelas fundacionales como las entiende
Doris Sommer e incluso con relación al plebiscito puertorriqueño
de 1994. Sin embargo, entre mis lecturas no encontré quien
analizara la relación existente entre este relato y el género
negro2.
I. EL GÉNERO NEGRO
Una vez delimitado el campo de acción de
este ensayo, deseo comenzar por apuntar aquellos rasgos de la
narración que tienen su origen en el género negro. Bajo este
nombre incorporo varias clasificaciones de novelas, entre ellas la
novela policial, de detectives, de espías, el thriller y el relato
de misterio. Esta decisión abarcadora para los efectos de este
trabajo se debe a que los criterios de los especialistas en el
género para definir los particulares de estas novelas son
confusos, y tan es así que no se ha convenido en un nombre para
designar a este tipo de narrativas. Sin embargo, coincido con
Leonardo Padura Fuentes en uno de los requisitos básicos del
género:
Para ser policial sí es imprescindible
la existencia de algún delito o la intención al menos de
cometerlo –preferiblemente, al principio de la historia–, y un
conflicto que de ese hecho se desprenda. Después puede venir el
suspenso, la investigación de los actos violentos –o no venir
ninguno de ellos–, pero la trama debe armarse alrededor o a
partir de aquel acto criminal que impulsa las acciones
dramáticas. Sin ese requisito no existe la novela policial
(12-13).
A lo largo de la narración, descubrimos
dos delitos. Uno, en las primeras líneas de la historia, consiste
en la desaparición de un profesor de historia de la Universidad
Interamericana de Puerto Rico –el doctor Víctor Cabañas. Más
adelante, podemos ligar este crimen a su descubrimiento de una
violencia mucho mayor: la masacre de todo un pueblo en 1898. Pero
existen más rasgos que permiten considerar Seva como un
relato de este tipo.
El personaje del Dr. Víctor Cabañas
comparte varias características con algunos héroes de las novelas
del género negro, sobre todo con aquellos que pertenecen a la
tradición inductiva clásica3.
Por ejemplo, el hecho de que Cabañas sea un profesor universitario
lo vuelve indirectamente una personificación de la razón –ya que
los centros académicos son los núcleos generadores del
conocimiento contemporáneo. Este rasgo particular del investigador
fue señalado por Edgar Allan Poe en su texto The Murders in the
Rue Morgue, según recuerda Hoppenstand: “The detective is a
character emblematic of pure reason; he is the most intelligent
person in the story who possesses an extraordinary ability to
locate clues (or facts) that eventually disclose truth” (110).
Además de encarnar a la razón, Cabañas reconoce –gracias a su
genial intuición– la pista que iniciará su aventura por la
historia de Puerto Rico, en una colección de literatura oral. Cabe
anotar como paréntesis que esta referencia bibliográfica remite a
ciertas alusiones a un conocimiento antiguo tan abundantes en la
narrativa de Jorge Luis Borges. Pero a diferencia del uso
frecuente de títulos inexistentes del escritor argentino, el libro
del Dr. Marcelino Canino que despierta la curiosidad de Cabañas sí
cuenta con una ficha bibliográfica exacta y es un libro de
consulta sobre el cantar folklórico de Puerto Rico.
Marty Roth describe la importancia de las pistas en el proceso de
investigación de un misterio, en estas palabras:
The concept of the clue can be
initially understood as the apparently accidental fact – the
object that seems to have no reason being where and what it is.
The absence of relationships in itself indicates how significant
those missing connections are, and, when they are found, they
will constitute a new story. The task of the detective is so to
interpret and integrate the clue that, far from being accidental
and peripheral, it will become the central fact of a new history
(187-188).
La tarea detectivesca de Cabañas comienza
con un mínimo error, una palabra: “los americanos llegaron en
mayo” (López Nieves 19), que contradice lo que la historia
oficial ha señalado sobre la invasión norteamericana a la isla en
julio de 1898. Sin embargo, el protagonista no tiene la absoluta
certeza de lo que busca –“Buscaba a ciegas” (19)– ni de que su
sospecha esté fundada en algo más que una corazonada: “tal vez sea
producto de una extraordinaria estupidez o de una intuición
genial. No sé” (21). Sus averiguaciones lo llevan a Washington,
D.C. y encuentra el diario del general Miles, encargado de la
maniobra militar. Este hallazgo emociona francamente a Cabañas,
que lo califica como: “mi gran obra. El descubrimiento más
importante de mi vida, la confirmación de mis sospechas” (24). No
obstante, el profesor no se contenta con dar a conocer esas
páginas, que constituirían el equivalente a una declaración
firmada del ejecutor de un crimen. Un afán de rigor científico,
heredado quizás de su entrenamiento como historiador, para que su
investigación aporte pruebas contundentes sobre la autenticidad de
la masacre, extiende sus viajes por España y Puerto Rico. En estos
meses, el profesor se presenta a sí mismo como un tipo astuto,
capaz de burlar la vigilancia tanto de bibliotecas privadas como
públicas, en Estados Unidos y España por igual cuando afirma, por
ejemplo: “Como en casa de Peggy Ann, me bastó echar el mapa en el
maletín y salir de la biblioteca” (42). Además, es hábil para
engañar a personas que quizás lo acerquen a sus objetivos, como es
el caso de Peggy Ann Miles –a quien sedujo con la falsa esperanza
de gloria para sus antepasados. No obstante, el protagonista
también expone un lado más vulnerable de su personalidad4
cada vez que contempla la posibilidad de fracasar en su intento:
"No he encontrado cosa alguna" (21); “¿Soy un imbécil?" (42).
Simultáneamente, relata los sacrificios laborales, económicos,
amorosos y familiares que hizo para demostrar sus hallazgos:
[...] me siento solo y a veces pienso
que voy a desanimarme. Estos últimos once meses no han sido
fáciles. Vivo metido en bibliotecas, duermo en incómodas
pensiones de estudiantes y tengo la misma ropa. No puedo
comprarme nada, no he ido al cine, no he estado con una mujer.
Tarde en la noche leo libros viejos que tomo prestados en las
bibliotecas. El dinero no me da para comprar el periódico (López
Nieves 41).
En esos momentos de desesperación, sin
embargo, aparecen personajes que facilitan de una u otra manera la
continuación de sus pesquisas. Coincidentemente, esos personajes
son mujeres: Peggy Ann Miles, la madre del protagonista, y doña
Luca. Cabañas las presenta de la siguiente forma:
Peggy Ann Miles es una viejita
encantadora que vive en una casita como de postales. Es
solterona y algo sorda, pero su aliento es dulce. Me recibió con
galletas, té y palabras muy corteses. (23)
Mamá, quien siempre me apoya y nunca ha
intentado imponerme su voluntad [...] amenaza con dejar de
enviarme dinero (aunque sé que sería incapaz de hacerlo). (41)
[...] doña Luca, una viejita muy dulce
que vive con su hija en uno de los sectores más inaccesibles del
Barrio El Duque (48).
El papel positivo e importante que estos
tres caracteres juegan en la investigación del profesor contrasta
con los tropiezos que otros detectives tienen con mujeres, según
afirma Roth: “In the course of his investigation, the detective,
particularly the hard–boiled detective, will encounter a series of
women who are screen images of the criminal. Each one becomes the
antagonist of a particular phase of his quest. The criminal will
often turn out to be one of these women, ideally the first one he
meets” (120). Las tres mujeres que Cabañas encuentra en su camino
no sólo son generosas (con sus archivos familiares, su dinero o su
café) y dulces, sino que contrastan con otros personajes femeninos
del género negro por su incapacidad de cualquier crimen e incluso
de cualquier descortesía. Más que antagonistas de la figura
principal del cuento, estas mujeres son indispensables para
completar cada fase de su investigación: Peggy Ann en Washington,
la madre en España, doña Luca en Puerto Rico. Por otro lado,
también es notable que son mujeres asexuadas –porque el interés
del protagonista en ellas reside en otro aspecto material, ya
mencionado líneas arriba– y en este atributo sí coinciden con
aquellas colegas que habitan este género narrativo. Roth afirma al
respecto: “Women who signify sexuality have no place in mystery
and detective fiction” (113). La única mujer que pudiera alcanzar
un significado sexual, Beatriz, decide romper el compromiso
matrimonial después de esperar más de un año a que Cabañas regrese
–y la breve referencia del novio abandonado al asunto indica que
la prioridad del profesor es exponer un crimen, no llegar al
altar.
El amigo de nuestro protagonista juega un papel muy importante en
el texto5.
Al igual que Cabañas, este personaje comparte algunos rasgos
propios del género negro –aunque a López sea posible relacionarlo
con dos tipos. Por un lado, a primera vista parece un personaje
muy pasivo porque sólo participa al inicio del texto para
presentar la historia de su amigo y en las últimas líneas para
plantear dudas. A pesar de que López es el destinatario de las
cartas del profesor, su voz no interactúa directamente con la de
Cabañas en el transcurso de la narración. Además, la brevedad de
sus dos intervenciones le otorga una cualidad inactiva que lo
vuelve descendiente de los detectives subalternos. José Antonio
Portuondo explica el rol de los ayudantes de investigador, usando
como ejemplo un personaje célebre:
Watson no es otra cosa que encarnación,
humanización de la cuartilla en que va registrándose, en sus
diversas etapas, el desarrollo de un problema lógico. De aquí la
necesidad estricta de su condición pasiva, para no contribuir a
aumentar los hechos disturbantes (55).
En este orden de ideas, este personaje da
la impresión inicial de ser un pretexto para la exposición de las
diversas fases del problema que Cabañas enfrenta. No obstante sus
actuaciones parcas, el contenido de sus comentarios lo relacionan
con los detectives de la segunda corriente del género negro, la
realista. Según Portuondo, en este tipo de texto “el crimen no es
un problema lógico ni el investigador un genio del análisis, sino
que uno y otro están sólo para mostrarnos descarnadamente una
sociedad en crisis, para revelar las miserias de la decadencia
capitalista” (57).
Los problemas de la sociedad
puertorriqueña en que los personajes habitan, más que denunciarse
abiertamente, se sugieren a través del suspenso que recorre la
narración. Por ejemplo, muy temprano en sus inquisiciones, Cabañas
presiente un complot: “ya intuyo que algo anda terriblemente mal.
En términos generales, creo que sé cuidarme y nada me ocurrirá.
Pero de no ser así estarás tú para saber qué hacer y cómo
ayudarme” (López Nieves 18). Así que después de esperar noticias
de su amigo, López decide que la mejor manera de ayudarle no es
continuar con las pesquisas de la masacre, sino publicar los
documentos en su poder para establecer el perfil de Cabañas así
como los motivos que alguien tendría para hacerlo desaparecer. La
teoría de un complot tiene eco en el segundo detective, ya que
asegura la necesidad de “tomar varias precauciones que garanticen
mi seguridad personal” (15). Sin embargo, una “querida amistad” y
un “difuso sentido del deber” son más poderosos que los peligros
sospechados, así que este personaje se convierte indirectamente en
un autor al organizar los documentos inicialmente encontrados por
Cabañas: “(He ordenado los documentos de manera que presenten un
cuadro narrativo coherente. Las cartas-diario de Víctor, las
cuales me llegaban por correo esporádicamente, sirven de hilo
unificador.)” (17). La inclusión entre paréntesis de esta nota en
la carta inicial de López pretende minimizar su intervención en el
relato, pero estas líneas son cruciales porque muestran la
integración de dichos documentos en una práctica discursiva
determinada por el punto de vista de quien lo interpreta.
En otras palabras: si Cabañas emprendió
la investigación de un crimen histórico, López intenta esclarecer
la desaparición de su amigo y para ello eligió relatar su historia
a partir de los documentos que aquel le envió. La lectura de ese
archivo está mediada por el suspenso, rasgo indiscutiblemente
ligado al género negro. La pertinencia de esta clase de narrativa
para denunciar un crimen proviene de algunos aspectos que Thomas
Narcejac describe:
El suspense es la novela de la
víctima. La víctima es el personaje oscuramente amenazado;
siente que se está enredando en una especie de trampa (y el
lector también). Y la trampa se irá cerrando lentamente, poco a
poco le aplastará. Tratará por todos los medios de buscar una
solución. [...] En vano (240).
Luego que Cabañas no puede dar testimonio
de su visita a la base naval, López asume la tarea de presentar la
historia adoptando en la medida de sus posibilidades el punto de
vista de la víctima de un crimen. No obstante, no puede darse el
lujo de presentarse a los agentes de policía con este caso por dos
razones relacionadas de manera íntima: la primera, por una fuerte
sospecha de que las autoridades están involucradas en la
desaparición de su amigo; por otro lado, es una convención del
género negro representar a las fuerzas policiales como ineptas y
corruptas, característica por demás básica en esta historia.
En páginas anteriores, al iniciar el
análisis de López como detective realista, mencioné con Portuondo
que parte de la razón de ser de estos personajes estriba el
mostrar una sociedad en crisis. La dramática pregunta final de
López respecto al paradero de Cabañas es un índice que apunta
implacable al envilecimiento de las autoridades, que no siempre
responden a los intereses locales:
¡Hoy, al leer estas páginas, el pueblo
de Puerto Rico se ha enterado, al fin, de los sucesos que
culminaron en la MASACRE DE SEVA! Ahora le corresponde al
gobierno explicar: ¿Dónde está el doctor Víctor Cabañas? (López
Nieves 55).
Considerando, pues, que el segundo
detective del texto se acerca más a la tradición realista del
género negro es necesario integrar algunos de los elementos
extraliterarios a los que se alude en la narrativa para mejor
contextualizar la denuncia a la que aspira. Por ejemplo, la
decisión de López de presentar el caso de Cabañas a la prensa
responde a su obligación moral de traer a la mesa de discusión
pública la corrupción gubernamental. En su carta al director del
periódico Claridad, López reconoce el esfuerzo que implica
asimilar un descubrimiento histórico tan importante. Sin embargo,
recupera el enfoque en la víctima al sugerir un complot: “Víctor
[...] ha pagado un precio muy alto para probar que cuando los
norteamericanos entraron a Puerto Rico [...] no lo hicieron de la
forma en que oficialmente suele describirse” (López Nieves 16). En
el fondo, un punto importante de la carta es la afirmación de que
la historia oficial miente, y aquel que lo revela sufre terribles
consecuencias. Estas circunstancias no son nuevas ni para el Sr.
Coss ni para los lectores de su periódico, que tienen frescos en
la memoria los sucesos del cerro Maravilla6
–precisamente dados a conocer al público en fechas cercanas a la
escritura de la carta inicial, en octubre de 1983. Esta denuncia
de intereses obscuros y ejecutores sin rostro inscribe la historia
de Cabañas en un aura de complot internacional donde las
ambiciones de los Estados Unidos y Puerto Rico son confusas. De
esta manera, López integra elementos de la novela de espías para
reforzar la creación del suspenso en su texto. Sin embargo, estos
rasgos no han sido añadidos por capricho de López sino que la
misma narración de Cabañas recurre al contexto de la Guerra Fría
como escenario de la historia: en la última carta que el profesor
universitario envía a su amigo para anunciarle su visita a la base
naval de Roosevelt Roads, es posible observar cómo el conflicto de
intereses multinacionales va cerrando la trampa sobre el
protagonista:
[...] las denuncias de periodistas
locales, norteamericanos e internacionales, y las protestas de
algunos gobiernos latinoamericanos, al efecto de que en dicha
base existe un arsenal nuclear secreto, en violación de no sé
cuál tratado que prohíbe las armas nucleares en América Latina.
Esto me preocupa porque: [...] Corro el riesgo de que me acusen
de espía, lo cual conlleva pena de muerte (López Nieves 52, 54).
II. EL ARCHIVO
La novela, sin embargo, no se alimenta
únicamente de la tradición del género negro. Coexisten con este
tipo de relato varias modalidades discursivas, como las cartas,
los diarios, las declaraciones notariadas y las proclamas
militares. La inclusión de estos documentos enriquece el texto
porque aquellos traen consigo la veracidad que históricamente se
les ha conferido. En palabras de Roberto González Echeverría, “the
novel, having no fixed form of its own, often assumes that of a
given kind of document endowed with truth-bearing power by society
at specific moments in time” (8). Cada una de las pruebas que
Cabañas envía a su amigo contribuye a la estructura de la
narración, al mismo tiempo que apela a una clase específica de
documento que goza de esta característica: por un lado, los
diarios se consideran el fruto de la reflexión personal y sincera
del autor; por otro lado, el afidávit se basa en la confianza
pública depositada en el notario que certifica aquello que es
verdadero. Aunque sólo se hace mención de las fotografías de don
Ignacio Martínez y la grabación de su testimonio, la evidencia
visual y auditiva remite a pruebas más empíricas. De esta manera,
se invoca a la credibilidad nacida del testimonio sensorial y de
prácticas discursivas sancionadas socialmente.
Una vez recopilado todo, es posible
encontrar que la estructura del relato se concentra en “este sobre
donde encontrará amplia documentación” (López Nieves 15), es
decir, un archivo organizado minuciosamente por el autor del
texto. La adopción de esta forma es interesante a la luz de lo que
González Echeverría ha calificado como “archival fictions”, ya que
él afirma que esta clase de narrativa imita un tipo específico de
documento para mostrar las convenciones a las que se somete
–estrategias semejantes a aquellas de la literatura. De esta
manera, las narrativas de América Latina han reproducido la
estructura de documentos legales, así como de reportajes de las
ciencias naturales y sociales porque, en palabras del autor,
“novels are never content with fiction; they must pretend to deal
with the truth, a truth that lies behind the discourse that gives
them form” (González 18).
“The Archive is a modern myth based on an
old form, a form of the beginning” (18), afirma González. El
archivo presentado en Seva cuestiona las circunstancias que
dieron origen a la segunda colonización de Puerto Rico por los
Estados Unidos: ante la descripción oficial de una ocupación
pacífica, responder con el relato de una resistencia valerosa.
Frente a la declaración de nobles intereses norteamericanos en la
isla, exponer un complot internacional. Ambas propuestas oficiales
toman forma en la proclama del general Nelson A. Miles, incluida
como parte del archivo. Podría objetarse que ese legajo no es un
documento real, pero no importa si es un escrito verdadero o
inventado porque la combatividad de la novela se dirige
precisamente contra el sustento ideológico que otorgaría
credibilidad al manuscrito de Miles. En otras palabras, la forma
de la proclama militar es revisada tanto por la posibilidad de que
el documento incluido sea falso –ya que expone una retórica
específica– como por la exhortación final de López para establecer
nuevos mitos, semejante a una llamada a las armas.
Pero, ¿cómo es que un archivo puede
reestablecer mitos? González Echeverría explica:
How are archival fictions mythic, and
how is the Archive a modern myth? First, they are mythic because
archival fictions deal with the origin both in a thematic and in
what could be called a semiotic way. By the origin I mean the
beginning of history, or a commonly accepted source of culture.
[... The] accumulation function is semiotic in that it sorts the
vestiges of previous mediations and displays them. Archival
fictions are also mythic because, ultimately, they invest the
figure of the Archive with an arcane power that is clearly
originary and impossible to express, a secret that is lodged in
the very expression of the Archive, not separate from it and
hence impossible to render wholly discursive (174-175).
Entre los nuevos mitos que se pueden
observar en el relato de Seva se incluye, por supuesto,
aquel del puertorriqueño como personaje valeroso. Es importante
notar que en esta nueva mitología no se describe con detalle cómo
son los habitantes del pueblo masacrado –qué etnia predominaba en
el asentamiento, si llevaban una vida ligada a la agricultura o al
comercio, cuáles eran sus costumbres y comidas, etcétera– es
decir, no se ofrece un reportaje antropológico sobre esta
comunidad. En ese sentido contrasta con los trabajos de ensayistas
que han propuesto modelos para definir al puertorriqueño basados
en su etnicidad, lengua y su grado de incorporación a la cultura
occidental, como es el caso de Antonio S. Pedreira en Insularismo
y de René Marqués en “El puertorriqueño dócil”. En el texto que
concierne a este ensayo, sólo se lee sobre lo heroico de la
resistencia de Seva y se conjetura sobre la antigüedad del
poblado. En una breve meditación, Cabañas plantea la siguiente
hipótesis: “también es posible que haya sido una especie de
colonia penal o un lugar de exilio doméstico” (López Nieves 40).
Esta sospecha agrega al prototipo del puertorriqueño proyectado en
la narración, la capacidad de alterar ciertas normas dictadas por
las autoridades en el poder, pero sin minar su deseo de defender
al país aun a costa de su propia vida. Indirectamente, puede
afirmarse que el nuevo puertorriqueño sería aquel que apoye a la
nación, no al Estado. Este nuevo mito no exige la predominancia de
un espacio sobre otro: da igual si se vive en las montañas
boscosas, las plantaciones o la ciudad. La única condición para
pertenecer a la nueva comunidad puertorriqueña es el heroísmo
frente al extranjero invasor –y el modelo de esta actitud renovada
se encuentra en los habitantes de Seva.
Otra característica del archivo, según
González, es su condición de “repository of stories and myths, one
of which is the story about collecting those stories and myths”
(144). Seva también cumple con la segunda particularidad
propuesta por el crítico, porque –como se vio– el relato de las
vicisitudes del doctor Cabañas para reunir los documentos está
presente en el transcurso de la narración e incluso es
indispensable para dar al personaje dimensiones simpáticas al
lector. Además, la accidentada historia de las investigaciones del
profesor obedecen también a la intención de dar un mártir a la
estructura del mito. De esta manera, Cabañas no es sólo una
víctima de la incompetencia del gobierno y un complot
internacional para inyectar suspenso a la narración, pero
igualmente es el primer mártir sacrificado para el establecimiento
del mito renovado del puertorriqueño. Su muerte, pues, no es en
vano. Y esta desaparición refuerza en la obra “a link between
knowledge and death that will be one of the main components of
archival fictions. Death is a metaphor for the impossibility of
knowledge” (González 165). La visita del protagonista a la base
naval sobre la que descansan los restos de Seva sin duda arrojó
alguna luz al investigador sobre sus sospechas. Sin embargo, para
el puertorriqueño a quien está dirigido el nuevo mito, la muerte
del profesor de historia significa un trabajo sin concluir. El
conocimiento total sobre Seva está irremediablemente incompleto y
necesita ser terminado. Si unimos esta interpretación con aquella
derivada de los elementos del género negro en el relato –que
alegan la imposibilidad de acudir a las autoridades para que
resuelvan esta muerte– es también comprensible que el centro de
poder no desee completar un nuevo mito que subvierta la ideología
que apoya su dominio en la comunidad. Corresponde pues, al
ciudadano la búsqueda de ese conocimiento fundacional.
III. LA CONTRADICCIÓN
No deja, sin embargo, de llamar la
atención que el autor haya tomado elementos de la novela negra
para alimentar una forma estructural de su cuento. Durante mucho
tiempo, el género fue considerado un simple ejercicio intelectual
hasta por sus autores, como Dorothy L. Sayers que lo calificó como
“literatura de evasión”. Sin embargo, cuando esta tradición fue
incorporada por el mundo de habla hispana varias décadas más
tarde, la infusión de nuevos componentes tuvo un éxito tal que
incluso Alfonso Reyes clasificó a esta literatura como “el género
clásico de nuestro tiempo” (citado en Padura 11). La popularidad
de estos relatos queda manifiesta en la rápida proliferación de
colecciones editoriales españolas dedicadas al género negro, entre
las que se cuenta como pionera “El club del crimen”, iniciada por
Editorial Sedmay en 1978. Durante la década de los 80, los
anaqueles de las librerías vieron desfilar sellos como “Etiqueta
Negra, de Júcar; Libro Policiaco Amigo y Cosecha Roja, de
Ediciones B; la colección Alfa 7, de Laia; la Serie Carvalho, de
Planeta; la colección La Negra, de Ediciones la Malgrana y la Cua
de Plata, de ediciones 62” (Padura 111). Según afirma Luis Rogelio
Nogueras, “en 1976, se imprimieron alrededor de quinientos
millones de ejemplares de títulos policiales” en todo el mundo
(6). Como es natural, los escritores hispanoamericanos comenzaron
una nueva tradición de novela negra. Por ejemplo, la nueva novela
policial cubana se distinguía de las escuelas tradicionales en
cuatro aspectos:
En primer lugar, el delincuente “se
enfrenta –como apunta Armando Cristóbal– al estado
revolucionario, al pueblo en el poder”. En segundo lugar, el
investigador no es un aficionado, sino un verdadero policía, que
representa a ese mismo pueblo. En tercer lugar, y como lógica
consecuencia de lo anterior, ese investigador recibe la
colaboración de las organizadores populares de la Revolución,
especialmente de los CDR. Y en cuarto lugar, no se trata en
puridad de un investigador (aunque exista el investigador-jefe
como figura central), sino de un equipo, que realiza su trabajo
de manera coordinada y científica (Nogueras 152).
En medio del entusiasmo generalizado, no
es sorprendente que López Nieves se apropie de características
formales de la novela negra. A final de cuentas, en la
intersección entre una corriente clásica norteamericana del género
y otra corriente hispana renovadora del mismo, Puerto Rico se
encuentra en un lugar privilegiado ya que recibe los afluentes de
ambos ríos.
En mi opinión, Seva abarca
patrimonios atractivos pero que al mismo tiempo presentan
disyuntivas difíciles de resolver. Por ejemplo, considerando
únicamente el uso de la novela negra hay que decidir entre una
tradición clásica inductiva o realista; norteamericana o hispana;
local o internacional. Al confrontar el género negro y el archivo
se presentan dicotomías como: la denuncia del presente o la
fundación mítica de un nuevo pasado que se ajuste al presente
deseado; el uso de la casualidad que conduce a las pistas o la
organización sistemática de los documentos; las aportaciones a un
género urbano nacido a partir de la modernidad industrial o de una
forma mítica que se ubica en un tiempo y espacio indefinibles. El
cuento presenta también otras coyunturas entre verdad y ficción,
historia y literatura, mito y entretenimiento lúdico, una herencia
española y una tradición norteamericana, la nación y el Estado, la
autoridad y el ciudadano. En pocas palabras, Seva expone en
sus páginas aquellos elementos que entran en conflicto al momento
de definir la identidad puertorriqueña. Aunque no intenta resolver
esos debates, sí hace un llamado a enfrentar la pregunta por lo
nacional en un plano discursivo.
FIN |