Cubagua: el ojo de la ficción
Carlos Pacheco*
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Cualquiera
que sea el nombre que se elija para designarla o la serie de rasgos que se
enumeren para caracterizarla, encontramos en la novelística hispanoamericana de
los últimos treinta años un corpus muy significativo de novelas que han venido
transformando, de manera bastante drástica, los modos tradicionales de
representación ficcional de la historia. Bastaría con mencionar los nombres de
narradores como Carpentier, Arenas, Fuentes, Roa Bastos, Otero Silva, Posse,
Piglia, Denzil Romero, Andrés Rivera, Fernando del Paso, Ana Teresa Torres,
Elena Poniatowska, Tomás Eloy Martínez o Angeles Mastretta para comprender de
qué transformación estamos hablando. Un conjunto significativo de lecturas de
ese fenómeno, entre las que destacan las propuestas críticas de Ángel Rama
(1981), Juan José Barrientos (1986, 1988), Daniel Balderston (1986), Noé Jitrik
(1986, 1995), Fernando Ainsa (1991), Alexis Márquez Rodríguez (1991), Seymour
Menton (1993), Carmen Perilli (1995), Maria Cristina Pons (1996), Karl
Kohut (1997) y Luz Marina Rivas (1997, 1998), ha venido deslindando el terreno
teórico e intentando establecer las características diferenciales de la nueva
tendencia.
En efecto, aunque exista por supuesto una
diversidad interna en cada segmento del continuum, el nuevo fenómeno significa
un marcado quiebre conceptual y estético respecto de la novela histórica
precedente cuya significación no ha escapado a las lecturas críticas. En vez de
desempeñar dentro de la dinámica socio-cultural un papel que podría llamarse
constructivo, confluyente con los de la narrativa historiográfica, el discurso
jurídico y político, el periodismo y otros textos culturales, en su proyecto de
reforzar el proceso de diseño, desarrollo y consolidación de los proyectos
nacionales en cada uno de nuestros países, estas llamadas “nuevas novelas
históricas” vienen más bien a cumplir una función revulsiva, cuestionadora,
decontructiva. De igual manera, en lugar de constituirse, mediante un respetuoso
sometimiento al dato historiográfico, en nuevas versiones literarias de
personajes y acontecimientos consagrados como históricos, ellas se levantan como
figuraciones irreverentes del pasado asumiendo y enfatizando, por ese mismo
hecho, la legitimidad interpretativa del acto estético, es decir, la
productividad de la ficción como alternativa de acercamiento a la comprensión
critica del pasado histórico. Con su apuesta por el desacato, la hipérbole, la
relativización carnavalesca, el gesto irónico, la atención a los ámbitos
privados, el intertexto, y la metaficcionalidad, rasgos que comparte en buena
medida por supuesto con tendencias y opciones de la narrativa hispanoamericana
de nuestro fin de siglo, esta novelística realiza entonces en su conjunto un
vuelco apreciable en los modos de ficcionalizar la memoria colectiva.
Aunque reconociendo por lo general la validez
anticipatoria de El reino de este mundo (1949) de Alejo Carpentier, la
mayoría de los críticos ha concordado en ubicar a fines de los años sesenta o
principios de los setenta el inicio de la nueva tendencia ficcionalizadora de la
historia. Me gustaría defender en esta exposición la validez de Cubagua
de Enrique Bernardo Núñez como gesto primero y nítido, verdaderamente fundador
de este proceso. Cubagua, publicada por primera vez en 1931, tendría que
ser considerada entonces no tanto como un antecedente muy antiguo de este vuelco
estético, sino como la obra fundadora muy avant la létre, de la llamada
“nueva novela histórica” hispanoamericana. Esta propuesta de avanzada vendría a
ser, por cierto, uno de los motivos más importantes entre los que hicieron
imposible a lectores y críticos anteriores a los años sesenta comprender en su
complejidad la más importante novela de Núñez, captar sus calidades como
construcción ficcional y reconocer su jerarquía dentro de la producción
narrativa venezolana y continental.
Después de treinta y tantos años de haber
sido relativamente ignorada por editores, lectores y críticos, Cubagua ha
venido adquiriendo con el tiempo el reconocimiento que merece, llegando a ser
hoy día uno de los textos narrativos venezolanos que cuenta con mayor número de
análisis y lecturas interpretativas, lecturas realizadas por importantes
críticos que muestran, en su diversidad, la riqueza y jerarquía estética de esta
novela. Como exploradores que por diversos flancos se acercaran a una isla
ficcional llena de riquezas y revelaciones y que se internaran en ella para
conocerla cada vez más plenamente, los trabajos sucesivos de Osvaldo Larrazábal
(1969), Domingo Miliani (1978), Orlando Araujo (1980), Angel Vilanova (1983),
Rafael Fauquié (1983), Alexis Márquez Rodríguez (1985), Douglas Bohórquez
(1990), Víctor Bravo (1990) o Margoth Carrillo (1995) han ido estableciendo la
complejidad, la valia estética y el potencial innovador de Cubagua. Desde
farallones o ensenadas diferentes, estas miradas han interpretado la novela de
Núñez como relectura ficcional de la historia, como cuestionamiento renovador de
los cánones vigentes del género novelístico, como figuración moderna de un viaje
iniciático, como denuncia socio-politica, como descenso transcultural a los
socavones del mito, como compleja estructura de personajes cambiantes,
transhistóricos, desdoblados, como elaborada construcción lírica, como juego
inédito con las espirales del tiempo, o como texto de avanzada y de tardío
reconocimiento a causa de su sorprendente modernidad.
Estos diversos acercamientos son sólo
separables por supuesto para los efectos del análisis y la explicación. Son
diversas rutas exploratorias que sirven para acercarse sin embargo a un mismo
objeto estético de lograda complejidad. Lo que estos abordajes nos revelan no
son entonces rasgos aislados ni mucho menos contrapuestos, ya que la calidad de
Cubagua se asienta primero que nada sobre la potencia estética de una
construcción narrativa capaz de integrar sabiamente en su diminuto cuerpo
textual todos esos aspectos, potenciando la significación del conjunto con su
interjuego ágil y dinámico.
El primer argumento para postular a
Cubagua como obra fundadora de la nueva novela histórica es precisamente
esta capacidad integradora. En el estrato más inmediato, más visible de su
presencia narrativa, se trata por supuesto de una novela que tematiza
determinados procesos históricos, económicos y políticos: la conquista, la
exploración del territorio, la explotación de recursos naturales, la hegemonía
política y cultural, la represión de toda disidencia por medio de las armas, de
las leyes y de los hábitos sociales, tal como han sido ejercidos en diversas
épocas del pasado nacional y continental. En la encarnadura más profunda de
estos eventos, sin embargo, el relato es capaz de revelar otras dimensiones de
la cultura y de la vida humana: las inquietantes fulguraciones de la experiencia
mitico religiosa, la exploración irónica de los espacios de la
cotidianeidad, el ineluctable poder transformador del amor-pasión, la
irreductible fuerza comunicativa de la ambigüedad, la intuición poética y la
construcción de universos simbólicos, dimensiones éstas que emergen de súbito,
que se hacen visibles merced a un ágil vuelco de timón del curso narrativo,
sorprendiendo al lector una y otra vez, dentro de una construcción narrativa de
señalado dinamismo.
Si decidiéramos extender el arco de la
paradoja hasta su limite, podríamos proponer que Cubagua, a través de ese
impulso integrador de que venimos hablando, logra convertirse en una suerte de
novela total en miniatura, en un diminuto Aleph narrativo para el cual
ninguna faceta de la realidad tiene por qué ser ajena. Es en este hecho donde
encuentro el principio de su calidad innovadora, renovadora del género. Porque
de esta forma Cubagua está contraviniendo una de las pautas primeras y
más visibles de la novelística histórica tradicional: ésa que limita “lo
histórico” únicamente a los acontecimientos del pasado (principalmente a los
acontecimientos político-militares) de reconocida relevancia nacional. Desde la
perspectiva que nuestra novela estaría inaugurando, lo histórico permanece
viviente en la memoria en muchas otras dimensiones. Y estas facetas de la
realidad pretérita, la multitud de eventos borrados de las agendas de los
historiadores y sus protagonistas, tan frecuentemente anónimos, son precisamente
los fantasmas que, de acuerdo a los postulados de De Certeau (1985), reclaman
impacientes la oportunidad de hacer oír sus voces. En las páginas de
Cubagua, son ellos quienes hablan.
Una novela que ficcionalice el pasado desde
una tal amplitud de visión no puede por supuesto mantener una actitud de
sometimiento a ninguna supuesta verdad del dato historiográfico establecido.
Este seria un nuevo argumento para destacar la originalidad innovadora de
Cubagua dentro de un contexto literario como el de la Venezuela de los
tempranos años treinta; un medio aún demasiado respetuoso de las versiones de
hechos y personajes establecidos como modelos referenciales por la
historiografía, disciplina que a su vez no alcanzaría sino décadas más tarde a
ser consciente de sus propios procesos de autolegitimación. Es esa autonomía
respecto a cualquier supuesta “verdad de los hechos”, establecida e inamovible,
el otro pilar de la valía estética de la obra de Núñez, un universo de ficción
regido sólo por sus leyes internas, una ficción histórica cuya libertad de
imaginar es sólo comparable en este sentido a la osadía imaginativa de obras muy
posteriores como El mundo alucinante de Reinaldo Arenas (1969), Yo el
supremo, de Augusto Roa Bastos (1974) o La tragedía del Generalisimo, de Denzil Romero (1983).
Cubagua, por tanto, no es catalogable como novela histórica en razón de que construya su historia ficcional a partir principalmente de acontecimientos y personajes codificados culturalmente como “históricos”. Ocupa más bien un lugar distinguido entre las novelas históricas hispanoamericanas porque problematiza el pasado y el conocimiento del pasado; porque cuestiona las modalidades legitimadas de estudiarlo y referirlo, así como la utilización manipuladora de ese conocimiento para ponerlo al servicio de intereses personales, o de prácticas hegemónicas en lo cultural, lo político y lo económico; porque pone en escena la confrontación agónica de diferentes concepciones del tiempo; porque exhibe finalmente, de esta manera, una lúcida conciencia de la historia que desborda las nociones historiográficas y literarias de su tiempo y que pareciera sólo poder manifestarse a través de la narrativa ficcional.
La novedad de una perspectiva inédita como
ésta sobre el pasado y su memoria se manifiesta como sabemos en propuestas
ensayisticas, biográficas y novelísticas anteriores y posteriores de nuestro
autor. Es, sin embargo, en Cubagua donde ella encontrará un cumplimiento
más cabal. Casi cuarenta años antes de que se publicaran las novelas
consideradas como las manifestaciones más tempranas de la neonovela histórica
(si es que asentimos a tal segmentación del continuum), Cubagua
manifiesta concepciones y experimenta con muchos de los recursos narrativos que
han sido propuestos por Seymour Menton como características definidoras de la
nueva tendencia.
En efecto, en el marco de su sorprendente
brevedad, de su económico y eficiente diseño narrativo, Cubagua alberga
en primer lugar concepciones teóricas de carácter claramente ruptural acerca del
tiempo y de la historia. Por otra parte, como se ha visto, defiende de manera
osada la autonomía del hecho estético respecto del dato documental. Crea,
además, un complejo universo de personajes, cuya plausibilidad ficcional logra
burlar los cercos tradicionales de la identidad única, de la adscripción a una
época histórica particular y hasta del deslinde marcado por la dicotomía
real/ficticio. Realiza en varias instancias la antigua y nueva práctica de la
intertextualidad y la narración metaficcional, logrando que escritos como los de
Leizaga y Mendoza se conviertan traviesamente por momentos en protagonistas del
relato, mientras otros discursos de índole lírica (el del poeta Padilla) o
protocolar (el del Dr. Almozas) son víctimas de prácticas deconstructivas
realizadas desde la irrisión paródica. Somete finalmente al lector a una
navegación exigente entre estratos narrativos diversos y contrastantes que se
interrumpen mutuamente de manera repentina (de lo cotidiano a lo histórico, del
lirismo al mito), dinamizando así el relato y potenciando su significación.
Antes de orientar estas líneas hacia su
conclusión, es necesario plantear un último aspecto que vincula a Cubagua
con la neonovela histórica. Se trata de la representación ficcional del
historiador como personaje de ficción, un recurso narrativo nada extraño en
novelas que cuestionan el oficio historiográfico, a
menudo para replantearlo en otros términos de mayor amplitud. En efecto, en
numerosas obras hispanoamericanas recientes como Solitaria/Solidaria, de
Laura Antillano, El fiscal, de Augusto Roa Bastos, La luna, el año, el
viento, el día, de Ana Pizarro,
Seva, de
Luis López Nieves,
Respiración artificial, de Ricardo Piglia, Santa Evita, de Tomás
Eloy Martínez, o Dona Inés contra el olvido, de Ana Teresa Torres, entre
otras), el personaje historiador representa una función relevante en la
significación global del relato. En algunos casos, ese historiador ficcional
cumple un papel protagónico y asume, frente a la investigación historiográfica y
la escritura de la historia, una posición reflexiva., interrogante, critica o
hasta abiertamente heterodoxa, llegando a optar en ocasiones por el
distanciamiento o por el abandono de los cánones de la disciplina en favor de la
escritura ficcional.
En Cubagua (dejando de lado por el
momento la exploración de una situación semejante en La galera de Tiberio), Enrique Bernardo Núñez realiza una
contraposición muy nítida, de valor irónico y simbólico destacable, entre dos
perspectivas. Por una parte está la mirada abierta y comprensiva sobre el pasado
y la verdad histórica que termina teniendo Leizaga después de su experiencia de
iniciación mítica. Por la otra, el ciego dogmatismo del historiador Tiberio
Mendoza, instalado en el bunker de la disciplina historiográfica, que le impide
reconocer otras dimensiones de experiencia, así como su posterior falta de ética
en la manipulación de los escritos de Leizaga para provecho propio, hechos que
lo descalifican ante el lector.
La mirada evaluativa del autor implícito de
la novela acerca de este contraste de visiones, actitudes y conductas viene a
coincidir entonces claramente con la expresada por Núñez en otros de sus
escritos ficcionales y ensayísticos, donde a menudo se compara críticamente la
actividad historiográfica y la novelística. En el caso de Cubagua, no hay
duda acerca de la valoración positiva de Leizaga. Si bien éste aparece al final
del relato aún confundido, lleno de preguntas y obligado a experimentar la
prisión y el exilio, es é1 quien ha logrado palpar --a través de su experiencia
limite de lo transcultural y lo mítico-- la entraña de la historia, el misterio
del tiempo recurrente. Su triunfo está en el conocimiento, no en el
poder. Por ello, no es extraño que Enrique Bernardo Núñez, capaz por formación,
experiencia y vocación de asumir el discurso historiográfico, haya optado en
buen momento por preferir la novela para expresar sus hallazgos y convicciones
respecto del tiempo, el pasado y la memoria que busca actualizarlo y
comprenderlo.
Como hemos visto, Cubagua puede ser postulada como la muy adelantada obra fundadora de la nueva novela histórica en Hispanoamérica por una serie de razones: por su sabiduría integradora de aspectos de la realidad, momentos históricos y estratos discursivos; por su capacidad de combinarlos en una estructura novelesca densa y bien resuelta; por su asertividad como producto estético y su autonomía del dato establecido; por su carácter reflexivo, su conciencia de la historia y su cuestionamiento del oficio historiográfico; por su utilización innovadora de recursos narrativos pertinentes; por su ficcionalización del historiador como personaje contrastivo. Finalmente, y tal vez sea ésta la razón más importante: Cubagua asienta su primacía y originalidad sobre el reconocimiento del poder indagativo, cognoscitivo y comunicador de la narrativa ficcional. Tanto en su proceso de escritura como en el de lectura, la novela produce un saber nuevo e intransferible sobre el pasado histórico. En Cubagua, el ojo de la ficción penetra la historia.
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*Crítico e investigador de la
literatura. Profesor de la Universidad Simón Bolívar (Venezuela)
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